• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

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El darse cuenta

26 jueves Mar 2026

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Todos los días al levantarnos, cuando nos enteramos de las noticias que en el mundo se suceden casi a la velocidad de la luz, nos asalta un sentimiento de indefensión ante las malas nuevas, la creciente incertidumbre, y el escenario caótico que no sabemos dónde nos conducirá. Algunos para evitar la ansiedad y el stress, prefieren no enterarse, aduciendo que no desean que las malas noticias les amarguen su día. Lo entiendo, no es mi caso, tengo por hábito estar bien informado sobre lo que sucede en la aldea global, y no me resulta indiferente lo que hoy pasa en los distintos escenarios bélicos, ni el sufrimiento de la gente que se ve involucrada en conflictos que no provocó ni desea, pues allí reside el verdadero núcleo de los Derechos Humanos, no en los relatos desde las ideologías, los grupos étnicos, las creencias religiosas ni los intereses mezquinos del “libre mercado”. Quizá muchos no se den cuenta que más allá de la retórica discursiva de las partes en conflicto, y de los que se suman con pasión al patético coro de acólitos, no se lucha por el bienestar de la gente, están en juego otros intereses, y las vidas de seres inocentes que se pierden, eufemísticamente son “daños colaterales”, números que conforman estadísticas… En fin, hay que darse cuenta cuando la lucha es de malos contra malos.

Por las mañanas, a partir de las seis, mientras preparo el desayuno, aguardo que Ramón, un hombre de 75 años que se levanta a las cuatro para recibir, ordenar y repartir los diarios (quien debe sobrevivir con una jubilación mínima, vergonzosamente miserable…), me llame por el portero, y al bajar a buscar el diario, intercambiamos algún comentario sobre el clima. Hojeo las páginas, pocas veces encuentro un artículo que amerite una lectura completa, y en cuanto a los editoriales, en general no suelen estar libres de cierta tendenciosidad, la que detecto rápidamente con el olfato de un sabueso bien adiestrado.

En algún momento del día procuro informarme con la TV alemana, la francesa, a veces la BBC de Londres, pues, hace tiempo decidí evitar la TV argentina por la baja calidad informativa y las opiniones sesgadas. También he suprimido Instagram al igual que otras redes, por cuestiones de salud mental. Sí mantengo Facebook, con discreción, y cuando alguna noticia me sorprende, mueve a duda o debo referirla en alguna de mis notas, procuro verificar la información. En efecto, la verificación hoy está en el epicentro de toda información púbica, ya que en este aluvión informativo que padecemos, por cierto tóxico, pululan a diestra y siniestra las fake news, y, hoy con IA se logran videos donde cualquiera hace declaraciones disparatadas o se lo ve en situaciones que afectan su moral. En el ámbito académico, la IA está inventando artículos científicos que no existen y libros que jamás se publicaron. La intención es socavar la legitimidad de la investigación institucional, por eso la necesidad de verificar la autenticidad de las fuentes. La IA, sucesora de Google, revela más pretensiones académicas pero sus problemas son similares. Y no solo se interfiere en la información, también en la comunicación, es decir, la relación entre las personas. Más allá de sus aportes al desarrollo científico y tecnológico, revela que sirve tanto para crear realidades ficticias como para descubrir información falsa o imágenes trucadas. En realidad, con todo invento, que puede ser concebido con la mejor intención, siempre surge alguna mente perversa, que hábilmente encuentra la manera de cómo utilizarlo con fines maléficos.

A lo largo de la historia, podemos ver cómo masas humanas fueron conducidas a apoyar e involucrarse activamente en ciertas aventuras que resultaron ser disparatadas, sin darse cuenta que las estaban manipulando. Claro que nunca faltan los que con el tiempo y a la luz de los hechos se dan cuenta del error, pero cuando ya es tarde.

Como ser, el derecho de huelga es una conquista social que ha permitido importantes avances en el mundo, pero debería utilizarse con prudencia. En efecto, hay que darse cuenta que un paro médico en los hospitales a quienes más perjudica es a los pacientes (siempre permanecí en mi lugar de trabajo, pese a solidarizarme con mis colegas), que una huelga en el ámbito universitario perjudica directamente a los estudiantes que pierden oportunidades de aprendizaje, como un paro de las aerolíneas provoca trastornos a los pasajeros que vuelan con distintos propósitos (algunos con verdadera urgencia), y, un paro general perjudica a todo el país, comenzando por los trabajadores y los usuarios de los servicios, más allá de las enormes pérdidas generales, que repercuten en la economía de cada hogar, sobre todo en el bolsillo de los más vulnerables, al extremo que si ese día no trabajan no comen… No me opongo a la protesta, al contrario, no es asunto de callar frente a las injusticias para preservar la paz, que a veces termina siendo la paz de los cementerios, ni marchar como la mayoría silenciosa, conveniente a las autocracias, pero tengamos presente que cuando tomamos una medida extrema, debemos darnos cuenta a quienes más perjudicamos, y asimismo quienes son los más beneficiados…

Hace poco publiqué en Madrid un artículo sobre la necesidad que tenemos de generar un diálogo entre las distintas generaciones. No son pocos los que sostienen que es muy difícil entender la forma de pensar de los jóvenes de hoy, comprender sus ideas y puntos de vista, de allí que sería imposible realizar un intercambio, sobre todo cuando uno ya no es joven, y es cierto, pero que sea una tarea difícil no implica que sea imposible. Es necesario darse cuenta que si no iniciamos este camino, resultará inviable superar la incomunicación actual, que es crítica y nos está enfermando como sociedad. Alguien tiene que dar el primer paso, y pienso que somos los mayores, que tenemos la experiencia de haber vivido lo suficiente, aunque hay saberes que no se aprenden de las experiencias ajenas, sino de las propias experiencias.

En otro orden de cosas, también es necesario darse cuenta que la vida tiene un inexorable ciclo biológico, más allá del empeño de los “inmortalistas” por evitarlo. Los otros días, un amigo del alma, me recordaba que todavía hay gente que no toma conciencia de que se llega a esta vida sin nada y se va como vino… Y añadía que al llegar a la vejez, y a una altura que resulta muy individual, uno debería tener el derecho de decir basta, porque cuando se siente que la propia existencia ya carece de sentido, es preferible adelantarse y no asistir al propio derrumbe… En fin, ésta es su opinión, pero motiva a reflexionar o quizá puede servir para darse cuenta de que nada es eterno.

El mundo de ayer

24 martes Feb 2026

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Stefan Zweig, un escritor que con maestría ejecutó todas las notas musicales de la literatura, en “El mundo de ayer”, libro autobiográfico que recomiendo leer, describe la Europa que conoció y vivió, desde su Viena natal y su condición de judío, que finalmente lo llevó al exilio. Él fue un amante de la libertad, soñaba con una Europa sin fronteras, se oponía a los nacientes nacionalismos, a la guerra, y tuvo el honor de que su obra fuese prohibida por los gobiernos de Hitler y Mussolini. Pero lo interesante es cómo describe la ambición expansionista y el clima belicista que iban surgiendo después de varias décadas de pacifismo, el abuso de poder por parte de las personas y los Estados, que se asemeja mucho a la realidad que hoy se vive en el mundo. De allí la sensación de que la historia se repite, eternamente, aunque cambien los actores.

Uno no puede permanecer impávido ante un panorama tan preocupante. La democracia no puede limitarse sólo al voto. En efecto, se puede acusar por este estado de cosas, a los denominados por Giuliano da Empoli: “ingenieros del caos”, estoy de acuerdo, sin embargo, la gente no es totalmente inocente, sobre todo cuando alaba tiempos pasados que jamás existieron, y termina dándole la oportunidad de gobernar a aquellos que nos plantan un caballo de Troya.

Tengo la percepción de vivir en una sociedad que, si no es engañada, se deja engañar o incluso no tiene inconvenientes en autoengañarse… Como si lo pasado no sirviese para protegerse y evitar la autodestrucción.

Cuando comencé a escribir este Blog, en el 2013, le solicité a Paula, mi nuera, que me hiciera el favor de subir los textos. No tenía mucha idea qué sucedería, pues, más allá de aquellos que lo leen por ser anunciado en Facebook o en Google, tengo un mailing que fui armando con los años, en su mayoría gente ligada a distintas actividades culturales, muchos académicos de diferentes países, amigos, gente que no conozco pero que me sigue, y algunas instituciones. En fin, desde hacía tiempo buscaba un ámbito donde pudiese opinar sobre temas de interés general. Y confieso que la respuesta de los lectores fue muy estimulante. Ahora bien, si nadie me leyese no publicaría nada y seguiría escribiendo, porque en mi caso, se trata de una necesidad. Me remito a Ortega y Gasset cuando acerca de la vocación, la definía como una íntima necesidad, no una simple afición o un entretenimiento. Lo mismo me sucede con la profesión o las otras actividades que he desarrollado desde muy joven. Entiendo lo que procura significar Byung-Chul Han cuando en “La sociedad del cansancio” se refiere a la autoexplotación del individuo moderno para realizarse, no creo que sea mi caso. Además, en el mundo, mucha gente tiene trabajos que no le agrada o incluso detesta; las necesidades económicas y de subsistencia se imponen, es comprensible.

Para mí la tarea de asistir a pacientes clínicamente complejos, el formar médicos con una visión integral de la profesión, pensar en profundidad ciertos temas existenciales y exponerlos por escrito o incluso dar conferencias ante un nutrido auditorio, siempre me produjo una íntima satisfacción. No soy un improvisado, me preparé con esmero y entusiasmo desde mucho antes de ingresar a la Universidad. Y nunca lo tomé como una carga, si como una responsabilidad. En varias oportunidades me han dicho que soy un romántico, un idealista, un soñador, y hasta han señalado mi inclinación por cierto quijotismo. Pues bien, es probable que tengan razón.

Me viene a la memoria que en mi juventud, cuando algún hecho me ocasionaba un bajón anímico, inmediatamente buscaba en mi biblioteca la obra completa de Almafuerte, para releer su poema Piu Avanti, que lo tenía con un señalador: “No te des por vencido, ni aún vencido, no te sientas esclavo, ni aún esclavo…” Y, rápidamente, henchía el pecho y daba vuelta la página. Pedro Bonifacio Palacios, estuvo muy ligado a La Plata, y tuvo una existencia sumamente difícil, pero sin duda fue un ejemplo de vida.

A lo largo de cada año, pero sobre todo los fines de año, recibo un sinnúmero de saludos de colegas que fueron mis alumnos o mis residentes, y lo curioso es que no solo han pasado años, sino décadas sin vernos, situación que me reafirma en la convicción de haber realizado a conciencia la tarea, en una época donde cada vez pareciera que lo humano va perdiendo terreno.

En estos días, un exitoso colega extranjero que fue mi residente y que vive en el exterior me decía: “Y de verdad se lo digo con mucho cariño: gran parte de lo que soy hoy como internista se lo debo a usted. Su forma de enseñar, de razonar los casos y de exigirnos siempre un poco más me marcó muchísimo. Le estaré siempre agradecido por todo lo que aprendí a su lado y por su ejemplo como médico”. Un colega argentino, que también fue mi residente en otro hospital de CABA y que vive a 90 km, me decía: “En estos días me estuve acordando mucho de Ud. Les contaba anécdotas a mis hijas de mis maestros del hospital. Me agarro un poquito de nostalgia, será que me estoy poniendo grande, le mando un afectuoso saludo, que pase unas lindas fiestas, un abrazo grande”. En fin, son palabras que le dan sentido a la vida, que acarician el alma, pero confieso que nada es gratuito, lamentablemente todo tiene un costo y, generalmente corre por cuenta de los hijos y la compañera… La remanida metáfora de la sábana corta, que jamás abandonan los economistas y políticos en ejercicio, también nos llega a los médicos con “conciencia moral”.

Hace poco leía una entrevista que le hicieron con motivo de cumplir 80 años al escritor inglés Julián Barnes, y decía que la memoria está más cercana de la imaginación que a una precisa recuperación intelectual, allí residiría la paradoja, y añadía que en cada nueva versión uno sale mejor parado… Reconozco que siempre me ha preocupado ser objetivo, aunque ello implicase ir contra mis propios intereses o simpatías.

Cuando se lee con fruición a los clásicos, uno se da cuenta que es muy poco lo que puede aportar a la literatura. A los grandes escritores del pasado los mantengo vivos, no me canso de citarlos, aunque a veces llegue a criticarlos por algún traspié o situación particular, nadie es perfecto, pero los encuentro tan actuales.

En lo que atañe a los maestros de la profesión, los evoco a menudo, y si bien es cierto que la medicina desde entonces cambió mucho, que “ahora la medicina es otra” según algunos, sin embargo, la mirada que ellos tuvieron perdura, y trasciende a través del tiempo por medio de quienes tuvimos el honor de ser sus discípulos. En efecto, tengo la gran ventaja de conocer lo viejo y de haber incorporado lo nuevo, por eso cuando desarrollo un tema de actualidad, metodológicamente procuro llegar a sus orígenes, para que ese abordaje facilite la comprensión de la cuestión vigente.

De todas maneras, me rebelo al ocio forzoso que algunos intentaron imponerme, por alguna razón no verbalizada con honestidad. Es curioso, parecería que a cierta altura de la vida, aun cuando uno puede seguir dando mucho a los demás, la sociedad, el sistema o lo que fuere, lo obliga a retirarse, sin embargo, algunos desobedecemos.

En varias oportunidades me han preguntado si continúo ejerciendo la profesión debido a que estoy jubilado, y siempre respondo que en realidad me jubilaron… Carezco del privilegio de otros (absolutamente prescindibles para el tejido social), que se jubilan cuando les da la gana y además con un estipendio que es ofensivo para la gran mayoría de los jubilados, pero en la Argentina, las cosas son así.

Y como “el hombre que está solo y espera”, para usar la frase de Scalabrini Ortiz, aguardo a que me llamen de algún hospital, de una universidad, de alguna institución cultural o humanitaria, porque todavía mantengo el sentimiento de estar vivo.

Hurgando en la memoria

27 martes Ene 2026

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Toda herramienta o práctica innovadora despliega oportunidades y riesgos, por eso la necesidad de una mirada equilibrada y no entregarse al encanto de la moda. Muchos creen que la moda trae soluciones mágicas y que si uno no está con los dictados de ella: “ya fue”. En mis días juveniles se hablaba del “último grito de la moda”. Y me preguntó por qué algunos mensajes estúpidos prenden en la gente, se repiten una y otra vez como un mantra, en cambio, reflexiones inteligentes, que podrían cambiar el curso de la historia, pasan inadvertidas. De allí que los individuos ligados al mercado publicitario, parafernalia que suele ser tóxica, estén muy atentos al momento, a las tendencias del día, a la veleta de la opinión público, pues, se trata del negocio.

Me pone mal ver familias con niños viviendo en las calles de Buenos Aires, así como adolescentes con bebidas alcohólicas que fuman porros y consumen alguna otra droga. Un problema infantojuvenil grave, al cual no se le brinda suficiente atención, más allá que haya gente comprometida. Son vidas quemadas, y a menudo me hago la pregunta contra-fáctica: ¿qué vida hubieran tenido esos chicos en otro contexto?

En mi juventud el alcohol hacía lo suyo, pero la droga prácticamente no existía,

estaba reservada a ciertos círculos de poder adquisitivo, la Argentina era un país de paso, no de consumo como ahora.

Otro gran problema, verificable es todas partes, es la generación Ni-Ni (ni estudian ni trabajan), jóvenes sin proyecto de vida etiquetados por buena parte de la sociedad como “vagos”. Revelan un fenómeno social complejo, donde la carencia de oportunidades se mezcla con la exclusión, la desmotivación, la pobreza, la crisis económica, el trabajo informal, e incluso no pocas chicas se dedican a tareas de cuidado familiar, lo que no es tenido en cuenta. ¿Cómo rescatar a estos jóvenes que la sociedad estigmatiza y el Estado siempre ignoró?

A esta crisis debemos sumarle los intentos de suicidio o suicidios consumados. Días pasados, al salir del gimnasio, presencié el rescate en las alturas de un joven por el grupo especial de bomberos, y el SAME lo trasladó a un hospital. Tema complejo, donde los profesionales que asisten a los suicidas muestran un altruismo no reconocido en ningún aspecto; si ese altruismo lo adoptase la clase dirigente, otro sería el mundo

La niñez y la adolescencia son cruciales, pues en los primeros años se configura la personalidad, el cerebro, y resulta fundamental el papel de la familia y de la escuela, porque se pueden detectar ciertas dificultades y prevenir problemas mayores. Los chicos deben ser acompañados en su maduración, y preparados para gestionar la frustración, desarrollar el pensamiento crítico, en fin, construir la identidad. La sociedad debería estar involucrada en fomentar valores como la empatía, la igualdad, el respeto a la diversidad, la responsabilidad democrática, ya que tienen que ver con el futuro.

Hace poco, en una charla de café, recordé un episodio que lo tengo tan fresco como si lo hubiese vivido hoy. Cuando bajaba una escalera, tenía solo cuatro años, perdí el equilibrio, me vi de cara contra el piso, y corrió mi tío Fermín que me tomó en sus brazos y no sabía cómo calmar mi llanto por el susto, la consecuencia fue que padecí tartamudez durante un largo año, afortunadamente desapareció de manera espontánea, aunque de tanto en tanto reaparecía cuando me ponía nervioso, pero me enojaba mucho no poder hablar con fluidez y, hoy pienso qué hubiera pasado si se hubiese perpetuado, quizá no habría llegado a ser un orador experimentado en foros internacionales.

Lo cierto es que ccuando uno cuenta la propia historia, también cuenta la historia de otros, y en todo caso, de toda la humanidad. Sin embargo, conviene tener presente que el pasado es inmodificable: “Lo hecho, hecho está”, decía Shakespeare en Macbeth, pero la historia, a diferencia del pasado, se puede reescribir…

Me viene a la mente, que siendo muy chico, mis padres solían llevarme al cine del barrio (había cuatro o cinco cercanos, hoy templos evangélicos o shoppings) y, me impresionaban las imágenes enormes que aparecían en la pantalla en blanco y negro, luego mi abuela (vivíamos con mis padres en su casa, ubicada en el centro de La Plata) compró la primera TV del barrio, entonces era como tener el cine en el living, y para mi desgracia la pantalla me cautivó (la adicción por las pantallas ya existía), luego vino la TV en color, Internet, las redes sociales, los dispositivos móviles (WhatsApp me permite comunicarme a diario con varios de mis afectos), la IA, y seguirán apareciendo otras tecnologías que facilitarán ciertas funciones de la vida cotidiana, aunque nos harán perder algunas habilidades y, sobre todo procurarán crear una dependencia, para que evitemos tomar decisiones con la propia cabeza.

Internet nació como el sueño de la interconexión entre los humanos, con la promesa de no vender los datos personales, dar respuestas confiables en vez de avisos comerciales, ser un nuevo ágora donde la gente se exprese con libertad y se fortalezca la democracia, y anunciaba la gratuidad de sus servicios, sin embargo, a pesar de sus ventajas, la realidad real demostró ser una trampa para los usuarios… He visto surgir estas tecnologías y desarrollarse (a diferencia de la generación Z), ello me tornó precavido. Ahora bien: ¿cómo la tecnología dará forma al mundo en los años que vienen?

En tiempos de fake news, influencers, dictaduras, en varias oportunidades, amigos y lectores elogiaron la “valentía intelectual” del contenido denunciatorio de mis artículos y cartas en los periódicos. Para mí, la “honestidad intelectual” fue, ha sido y es un imperativo moral. No pocos intelectuales ceden y, hasta venden la honra a los perros.

Hoy todos hablan de “cambio”, políticos y opinólogos presumen, pero lo cierto es que los seres humanos, aferrados a nuestras rutinas y hábitos (incluso los que son malos), somos reticentes a los cambios. Y cambiar exige hacer un esfuerzo consciente.

Para el marxismo, así como existe la lucha de clases, el cambio en los modos de producción origina transformaciones profundas en la vida de la sociedad, y sin duda está a la vista. Al respecto, recuerdo que Ortega y Gasset consideraba a la izquierda y la derecha como “formas de hemiplejía moral”. Pero el gran problema que aqueja a la humanidad es el sistema que no considera a los seres humanos como tales, los ve como piezas de producción, individuos que son funcionales y que están solos en el mundo.

En días signados por la rapidez e inmediatez de las mutaciones en cualquier orden de la vida, la lecto-comprensión del mundo es diferente, jóvenes y viejos transitamos el cambio, por eso la necesidad de una nueva narrativa del mundo, porque la sociedad ha comenzado a narrar de otra manera y, en la percepción social, lo audiovisual como lo iconográfico son potentes, hasta se habla de una cultura de la transformación. En fin, un clima de época con desorientación en las sociedades, las disciplinas, y las instituciones, duramente interpeladas, de no reinventarse quedarán al margen de la historia.

En lo personal, siguiendo a Ortega, uno es uno y su situación contextual, y yo soy consciente que procuré dar lo mejor en distintos planos de la vida, no ignoro los errores ni las falencias, pero si no di mucho más fue por los obstáculos y barreras que me pusieron, algunos con artimañas. Nunca faltan los quintacolumnistas, los difamadores, ni los dinamitadores de puentes (una historia universal de infames y canallas).

Tengo una inclinación natural por la justicia y ser considerado con los vulnerables, e incluso abrazar batallas perdidas, y ello tiene un alto precio. En este juego de la vida, asoma el libre albedrío, el azar, y sobre todo el “destino”, concepto complejo. Mi madre solía decirme que el destino se lo hacía ella, en verdad nunca le creí. Según Dostoievski, uno tiene sus planes, pero nos olvidamos que el destino también tiene planes…

CON TONO INTIMISTA

29 lunes Dic 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Creí que con la nota anterior clausuraba, en cierta medida, esa intimidad que si bien algunas amigas no me lo solicitaban explícitamente, lo hacían con metamensajes… La vida íntima del otro nos despierta la curiosidad y salpimienta la existencia. Y por cierto, la nota tuvo una repercusión en sus lectores que en verdad no esperaba.Alicia Losoviz luego de leerla, me habló de, “la misteriosa esencia de mi Mismidad” (aquello por lo cual soy lo que soy). Pero ahora se sumaron amigos, también les interesa a los de mi sexo. No soy sexista, tengo pacientes gays y lesbianas que me confían sus intimidades de entre sábanas y, les tengo afecto, pues, no soy quien para juzgarlos. Pienso que en la Edad Media habrían sido ejecutados, época terrible y misteriosa, todavía la ciencia no logra descifrar la magia, la brujería, los milagros. Además de la veta científica profesional, tengo una veta humanística, por eso suelo decir que mi actividad personal es “pontificia” (constructora de puentes). A los médicos que tenemos una inclinación literaria, filosófica o artística (otra vocación más), en la profesión somos mal vistos por ciertos colegas, quienes sostienen que lo hacemos porque no nos gusta la medicina asistencial (tema para otra nota), crítica que revela la incapacidad para explorar diferentes campos del conocimiento y establecer puentes. En última instancia, el arte es una forma de escape.“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, decía el conde Tolstoi, que junto con Kafka, son los dos grandes maestros que más influyeron sobre tantas generaciones de escritores, aunque, curiosamente, ninguno recibió el Nobel de Literatura. Yo siempre fui muy lector, especialmente de la buena literatura. El mayor desafío es leer al autor que uno no prefiere o abordar una teoría con la que no se concuerda (suelo someterme a esa dura prueba para entrenar la apertura mental). Desde joven advertí que somos capaces de plantearnos la inescrutabilidad, como ser, liberar pueblos de sus opresores para luego sojuzgarlos, recurrir al amor y promover el odio, usar la energía nuclear para combatir enfermedades y destruir con ella pueblos enteros, y como alguien dijo, hacer música de cámara y simultáneamente cámaras de gas… La vida se centra en los seres humanos y las relaciones vinculares humanas; el terreno en el que se articulan los encuentros y desencuentros; la conexión que va más allá de las palabras. En fin, los autores clásicos, con gran poder de observación se adelantaron, vieron el problema, y lo expusieron con estilo (por eso son clásicos).Pero cuidado con la hermenéutica, no busco ubicarme a la altura de un pontífice, como nuestro Papa jesuita. A propósito, retornado de Europa, mientras finalizaba la carrera docente en la UNLP, me incorporé simultáneamente a la Universidad del Salvador en 1982 (Europa me abrió la cabeza y dejé atrás ciertos prejuicios ideológicos), y lo hice en la Primera Cátedra de Medicina que sigue funcionando en el célebre Hospital Ramos Mejía (CABA), fundada por el Profesor Lucio Sanguinetti que todavía asistía a las recorridas de sala (tío de mi amigo Florentino), y que dirigía el Profesor Ángel Centeno, también Secretario de Culto de La Nación durante los gobiernos de Frondizi y Menem, muy amigo del Cardenal Samoré. Ángel me presentó en nuestra primera reunión a Carlos Celso, con quien mantenemos una entrañable amistad y juntos continuamos dando clase a los alumnos en el Ramos. Yo solo podía concurrir una mañana a la semana (una clase teórica, seguida de una práctica con pacientes en la sala, y otra clase teórica), porque durante seis años viajé diariamente a La Plata, donde tenía el puesto de broncoscopista, en el mismo hospital donde el Profesor José María Mainetti, padre de José Alberto, considerado en el exterior como el mejor cirujano general que dio la Argentina, hizo médico a Favaloro, según lo manifestó públicamente René. Terminé la carrera docente de cuatro años con la calificación final de 10 puntos. Y recuerdo que Centeno un día me dijo que yo no nunca le rechazaba ningún tema de clase (no sabía que mi amor propio me llevaba a exponer temas que no me movían el amperímetro, pero los preparaba con detenimiento). En la USAL obtuve mi primer cargo de profesor auxiliar, luego en otras universidades fui profesor adjunto, asociado, titular en dos universidades, y ahora consulto. En fin, di clases de grado y postgrado regularmente creo que para más de media docena de universidades, estatales y privadas. Volviendo a Bergoglio, cuando lo designaron Papa, felicité a una monja que conocía y me miró como si le hubiese faltado el respeto, entonces advertí que aquí tenía su interna); al día siguiente, mi amigo, el Profesor Elías Hurtado Hoyo, me llamó al Hospital Sirio Libanés porque tenía en la AMA a periodistas que le reclamaban información, y sabía que a los 21 años, a poco de ingresar al seminario (muy próximo al hospital) lo llevaron para realizarle una intervención torácica que le salvó la vida. Traté de averiguar si había algún médico de esa época pero fue inútil, entonces pedí que me trajeran del archivo la historia clínica, pero la humedad la había destruido, recordaban solo los nombres de los dos cirujanos que lo operaron, y eso le informé a Elías.A los 25 años fui secretario del Ateneo de Oratoria de Buenos Aires, pero al poco tiempo suspendimos las actividades porque en el país había “estado de sitio”. Asistí al taller de narrativa que daba anualmente Attilio Dabini en la SADE; allí conocí a Miguel Vendramin, escritor y productor de TV, desde entonces mantenemos una amistad, y a Gloria Kehoe, talentosa joven que cuando escribía dejaba boquiabierto al viejo escritor italiano. Gloria, con quien congeniamos al conocernos, sigue desaparecida… Ya en Madrid, asistí al curso anual de filosofía de la Fundación Universitaria Española, hice un curso de doctorado sobre antropología en la Universidad Complutense, y me prendía de cuanta actividad cultural podía, más los viajes trimestrales por otros países. Mi madre solía decirme que yo tenía “un Dios aparte”. Pues bien, en el Centro Gallego, institución a la que ingresé por concurso en 1985, asistía por la tarde, y tenía un servicio de internación muy conflictivo, dividido en un sector atendido por la residencia y otro por médicos de staff (algo totalmente irracional, entre otras medidas que disponía la dirección). Eran decenas y decenas de camas en distintos pisos. Un día, un médico de planta faltó, avisó por teléfono y, deliberadamente no me informaron. Terminada la tarea me fui a mi casa pensando que el servicio quedaba en orden. Al día siguiente, la médica que tenía como jefa de los residentes, no bien llegué, me dijo a boca de jarro: “jefe, ayer lo reputee”. Cuando ella se iba, observó que en un office se estaban riendo de lo que me sucedería al día siguiente, cuando la dirección tomase conocimiento que el jefe de servicio se fue sin asistir a los 20 pacientes a cargo del médico faltante, podía costarme el cargo, y si fallecía alguno, tendría posiblemente una demanda penal y otra civil. La joven, que sin duda sabía lo que es la lealtad (por eso amo tanto a mis jóvenes alumnos y discípulos), tomó la decisión de abortar la maniobra, se fue al office, agarró las 20 historias clínicas, y atendió a todos los pacientes hasta la noche, impidiendo así la artera maniobra. Por eso digo que soy casi herpetólogo (especialista en reptiles).Me viene a la memoria un paciente, nacionalista vasco hasta las entrañas, a quien asistí en una internación, y a partir de allí, cada vez que consultaba a un colega por alguna de sus patologías, me buscaba por los pasillos del Centro y me decía: “vengo a consultar a mi brujo”. Necesitaba que yo estuviese de acuerdo con el diagnóstico y la prescripción indicados. A mis alumnos siempre les digo que la clave en la relación médico-paciente está en la “confianza”. Y en una oportunidad, al llegar a la institución, me aguardaba su esposa para llevarme a la habitación donde hacía horas lo habían ingresado, cuando lo vi quedé sorprendido, pues, dos o tres meses atrás le habían detectado un cáncer de cabeza de páncreas, y ahora estaba muy ictérico, caquéctico, daba pena; nos saludamos como siempre, intercambiamos algunas bromas (él sabía que mi abuelo materno era de Pamplona), y le dije que iría a buscar a la médica que lo seguiría en la internación; cuando a los pocos minutos regresé ya había fallecido; su mujer cubrió su cuerpo con una bandera del país vasco y me dijo: “él lo esperó para despedirse”.En esa época, a la mañana me desempeñaba en un hospital público de Vicente López, el hospital de tórax “Dr. Cetrángolo”, donde también conocí no pocas maniobras de baja calidad moral. Allí fui presidente del Comité de Docencia e Investigación por dos períodos, jefe de consultorios externos, alcancé en el escalafón la categoría más alta (médico de hospital), pero un día me tendieron una trampa con la intención de humillarme, y mi decisión causó sorpresa (a pesar que necesitaba ese empleo), porque no dudé en dar un portazo renunciando (he dado varios portazos en mi vida). Los que me conocen saben que con mi dignidad no se juega, pero qué saben de dignidad los que se amparan en las sombras…También colaboraba con los alumnos de la UBA del hospital contiguo, el “Hospital Houssay”. El profesor a cargo de esa cátedra me certificó la colaboración e hice una presentación ante la Facultad de la UBA, luego de consultar la Ley, ya que podía pasar de “Docente Autorizado” de la UNLP a la UBA en la misma condición, me resultaba más cómodo (además estaba claro que con el tiempo iría por la titularidad de una cátedra). El vice-decano me citó en la Biblioteca de la Facultad, me dijo que si bien la Ley habilitaba el traspaso entre universidades nacionales, el trámite era “muy dificultoso”, que se analizaría y luego me llamarían, jamás se comunicaron… Pasado unos años, en uno de mis períodos sin trabajo estable, me presenté a concurso de profesor en una universidad privada donde ahora él era decano, éramos cinco postulantes, y en el orden de méritos del concurso, me adjudicaron el último lugar (un colega amigo me dijo que el concurso tenía número puesto). Al dejar el Hospital Cetrángolo, con los años apareció la oportunidad de concursar por oposición pública la jefatura del Hospital Israelita, en el aula magna y en presencia de todo el hospital. Cinco inscriptos debíamos presentar el curriculum vitae (tres pertenecían al staff del hospital) y exponer en el aula magna sobre un tema sorteado el día anterior: EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). Gané el concurso sin pertenecer a la institución ni ser judío. Mara, entre el público, al finalizar y mientras deliberaba el jurado, me anotició que sería el ganador, e intuyo que inclinó la balanza el jurado externo, jefe de clínica del Hospital Argerich. En la gestión tuve gran apoyo del director, que lamentablemente duró solo seis meses por una movida de otro grupo de la colectividad, y a partir de entonces comenzó la persecución y la difamación. Allí también era profesor titular de la Universidad Bar-Ilan, confesional, diseñada a semejanza de la de Israel (fue la única universidad del país que se fundió…), y daba clases simultáneamente para la unidad hospitalaria de la UBA, pero nunca deje de concurrir semanalmente al Ramos por la USAL. Una filósofa amiga decía que yo estaba en la encrucijada, me producía mucha gracia. Confieso que cuando en las recorridas de las numerosas salas a mi cargo, encontraba algún viejito con los números del campo de concentración tatuados en la cara anterior del antebrazo, como si fuese un animal, me producía un enojo vehemente. Recuerdo que un lunes, no bien llegué al hospital, me esperaba el infectólogo para comunicarme que en mi servicio había 40 pacientes con un brote de salmonelosis, originado en la cocina del hospital (yo ya me veía en la tapa de los diarios y abandonando la profesión). Sin embargo, rápidamente organicé piquetes de cuatro médicos para la atención por sectores: uno de staff como coordinador, dos médicos residentes, y un médico concurrente, y les impuse la ley del silencio. Durante una semana casi no dormí, al final, los 40 pacientes se habían curado de la salmonelosis.Más adelante gané el concurso abierto en el Hospital Sirio Libanés para el cargo de jefe de departamento medicina interna. Unos meses antes había participado del concurso para la jefatura de clínica del hospital quizá más marketinero del país, sé que gané, pues al día siguiente me llamó el director del hospital para decirme que mi inesperada participación había prestigiado el concurso, pero que no me darían el cargo, y se lo otorgaron a un jefe de sección con la cuarta parte de mis antecedentes (un colega local me dijo que no podían aceptar el riesgo de un jefe de afuera que pudiera cambiar las reglas de juego de los numerosos “kioscos”); recuerdo que un prestigioso colega comentó que la institución era buena en lo técnico, pero maniobraba como un banco…. En otra oportunidad, me llamó un alto funcionario de un ministerio para que aceptase amigablemente un trámite de un asunto personal, lo acepté, pero al salir, mientras aguardaba el colectivo, súbitamente me vino la idea de que me estaban traicionando (¡una epifanía! diría Diana Paris). En efecto, me habían armado una causa con testigos falsos. Entonces busqué un abogado, que lo conocía por mis actividades bioéticas, pero de quien entonces no era amigo, y le comenté que detrás había un entramado político. Él me respondió: no te preocupes, vos también tenés apoyo político, andá a tu casa, recogé a tus hijos, instalate por un mes en el departamento de tu tía para que no puedan notificarte, y yo me encargo del resto. Su exmujer con quien se llevaba muy bien era jueza, y él era asesor de una figura muy importante del gobierno nacional, datos que yo desconocía. Al cabo de unos días, fue a hablar con el ministro del área (quien había oído hablar de mí) y le dijo: “si vos no solucionas esto, el doctor lo publicará en Página 12”, donde entonces estaba Lanata (en una oportunidad me entrevistó por la radio, muy profesional, al igual que Nelson Castro o Santos Biasati en TV). Exigí que el expediente quedase en aguas de borrajas, y que constase que quedaba a salvo mi buen nombre y honor… Paralelamente, escribí un informe, lo entregué a una amiga ya fallecida, para que lo guardase en su caja fuerte del banco por si me sucedía algún accidente…Después de 18 años a cargo del servicio de clínica de internación del Centro Gallego, el enviado de España, una suerte de gurka que respondía a una banda peninsular que pretendía gestionar económicamente todas las instituciones españolas de salud en América Latina (¿una vuelta a la colonia?), decidió despedirme, aduciendo que yo me había interpuesto en su camino. El telegrama decía por “reorganización del servicio”, y llegó un sábado por la tarde, púes, el día anterior, varios jefes de servicio nos revelamos ante la información que pretendía cerrar las residencias médicas, incluso había ido al Ministerio de Salud de la Nación para averiguar si esa medida podía traerle alguna consecuencia legal. Tiempo atrás me habían exigido que estuviese en la institución mañana y tarde (full time), con lo cual pasó a ser mi único trabajo rentado. El lunes siguiente retiré la indemnización, y con el dinero asegurado, escribí una carta que ningún periódico de aquí publicó. Había un diario de la colectividad gallega para el que hacía un tiempo había escrito algo y que circulaba por Latinoamérica. Pensé que no la publicaría, sin embargo, me tiré el lance. Grande fue mi sorpresa cuando la nota apareció en el cuerpo principal y, el director puso de título: “El Centro Gallego de Buenos Aires en su peor momento”. Al llegar la edición aquí, fue secuestrada, pero recibí un ejemplar, y un colega amigo me llamó preocupado, me dijo si me daba cuenta de lo que había hecho, que este hombre podía llevarme a los tribunales por difamación, y le respondí que justamente eso es lo que buscaba, que nos viésemos frente a frente en presencia de un juez, nunca sucedió. Me contaron que a los pocos días lo llamaron de Madrid para preguntarle qué estaba pasando en la institución. A los nueve meses lo echaron y se volvió a España para seguir con sus tropelías. Unos años después, El País de Madrid, informaba de una manifestación de mis colegas madrileños por el intento de privatización de hospitales públicos, donde aparecía su foto. Aquí le dejo al Centro una deuda enorme, y la institución dejó de ser lo que un día fue…Este año, charlando en un congreso con un gerente de la industria farmacéutica, me dijo que le llamaba la atención tantas jefaturas de diferentes hospitales (no le comenté de otras tres muy breves en clínicas privadas) y, le respondí que nunca me llevé bien con la corrupción. No hace mucho, un colega, discípulo, me dijo que deberían darme los títulos de “Médico de los Hospitales” y de “Profesor de las Universidades”. Para finalizar esta entrega, responderé la pregunta que me hacen desde 1980 y los años aciagos que pasé. Volví suspendiendo mi matrícula habilitante del Colegio de Médicos de Madrid, soy Doctor en Medicina por la UNLP pero también por la Universidad Complutense de Madrid, ya tenía un curriculum vitae internacional (entonces se valoraba el CV) e importantes contactos, en consecuencia, es fácil suponer que el futuro era más que promisorio y, ante mi país que me rechazaba, lo lógico hubiera sido irme, sin embargo, mis dos únicos hijos, que tuve con mi primera esposa (ya fallecida), no podían salir legalmente del país, y la paternidad implica responsabilidad, además de amor, por ellos no emigré, caso contrario posiblemente hubiera llegado a ser jefe de servicio y catedrático en París, Roma o Londres… Es más, antes de retornar, estando en Marruecos, supe que necesitaban en la Universidad de Rabat (se hablaba francés) un profesor adjunto de medicina interna. Me dijeron que si era aceptado podía ejercer y atender solo a la población europea que allí vivía, que los fines de semana tendría la oportunidad de viajar a París para descansar, e incluso hacer mucho dinero como paso intermedio para la radicación en Europa. En fin, pese a las fuertes tentaciones, tomé la decisión correcta. Los seres amados pesan a la hora de las decisiones trascendentes, para mí mucho más que los intereses y las pasiones. El problema es que la medicina es muy absorbente, como el arte, y crea dificultades en la compaginación de la vida familiar.A todos los que han tenido el estoicismo de leer esta nota, les agradezco cordialmente la deferencia y les deseo: ¡Feliz Año 2026!

UNA CIERTA INTIMIDAD

22 lunes Dic 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En derecho se habla de público y privado. Pues bien, yo hablo de “vida pública”, “vida privada”, y “vida íntima” (estas dos últimas procuro separarlas con precisión y claridad). No suelo darle letra a los fisgónes, aunque hoy hablaré porque algunas amigas me lo sugirieron, y creo que es el momento, claro que contaré solo algunas cosas… Les pido paciencia porque mi narración será más extensa que la usual.

Al igual que Pablo Neruda, “Confieso que he vivido”. Reconozco que he tenido años muy difíciles, nunca con la tristeza de este año, ni tampoco que estaba funcionando en “piloto automático”. Tristeza, sí, no depresión, porque entonces entraríamos la psicopatología. Soy de los que creen que la vida íntima, es, íntima, y que uno a veces debe apelar al método de Cortázar (decir lo que debe decirse pero de tal manera que no parezca que uno lo dijo), y que hay secretos que uno se lleva a la tumba (aprovecho para hacer público mi deseo de que cuando llegue el momento me cremen y esparzan mis cenizas). No me olvido que llegamos al mundo desnudos y, así nos iremos, explica mi escaso afecto por las cosas materiales, sin embargo, creo que me pasé de rosca, y esto me ha causado no pocos problemas. En efecto, así como todo tiene sus límites, conviene ser equilibrado y, como los antiguos griegos, buscar el término medio, que no es el matemático ni el geométrico. Por otro lado, los que son verdaderos amigos, nos dicen aquello que no queremos oír, con la intención de que nos demos cuenta y reaccionemos. En cambio, los dictadores, están rodeados de aduladores y alcahuetes, no toleran a quien les muestre la realidad, prefieren crear su propia realidad, su burbuja, su épica, su mito, y no permiten tocar temas que no son de su conveniencia (temas tabúes). Y en la vida nos topamos con no pocos temas tabúes, bástenos el hecho que, absolutamente nadie, quiere hablar de las relaciones íntimas de sus padres.

Estimo que hay años muy difíciles de vivir, pienso que esto le ha de suceder a muchos. Yo recuerdo cuando murió mi padre, a los 64 años (él sentía pánico de la inminente jubilación) y, justo en el día de mi cumpleaños, hizo un ACV hemorrágico, fue como si el destino me hubiese clavado un puñal en la espalda; recuerdo que lo saqué de la bañadera con rigidez de descerebración y un ronquido tan fuerte que se oía a lo lejos ( lo percibía subiendo las escaleras con la puerta de su departamento cerrada (un hematoma temporal izquierdo, era hipertenso); el neurocirujano quería intervenirlo y me opuse, pues, sabía que de superar la intervención, perdería aquellas habilidades que le daban más placer: leer, escribir, caminar… Recuerdo que siendo muy chico, él me hizo leer toda su biblioteca de los clásicos, y también me hacía escribir, lo que me regocijaba. Pero ante la situación con que me encontré, tome una decisión, y a partir de entonces, la toma de decisiones en situaciones límites (afectaba nada menos que su calidad de vida) pasó a ser uno de los temas bioéticos (todavía no sabía de la bioética) a los que dediqué especial interés, eso sí, en aquella oportunidad, tuve el apoyo moral de mi primo Jorge, pocos años mayor que yo, y de todos los colegas de la UTI del Instituto Médico Platense que se solidarizaron con esta difícil decisión, que me costó lágrimas. Después falleció de SIDA mi primo Jorge, más tarde mi amada tía Martha (una soprano lírica que me introdujo a los nueve años en el coro de niños como barítono, solo fueron dos años), mi tío Fermín, y finalmente mi madre con Alzheimer (cuando aún no sabía leer, ella me leía ”Corazón” y, con el relato de Edmundo de Amicis, comenzó mi educación sentimental). A los cinco los recuerdo todos los días, viven en mi memoria, forman parte de mis sentimientos, pues, en gran medida ayudaron a que yo llegase a ser lo que soy. Y las deudas morales, a diferencia de las deudas materiales, jamás se saldan…

Alejandra y Maximiliano, mis hijos, Joaquín e Isabel, mis nietitos, Mara (a quien tanto le debo en todo sentido), al igual que otros familiares, amigos, exalumnos y discípulos, forman parte de esta constelación de afectos. No quiero hablar de mis maestros porque me llevaría un libro.

Cuando hace varios años, José Alberto Mainetti me invitó a participar de un seminario en la UNLP sobre” transhumanismo”, uno de los panelistas que ya había firmado en los Estados Unidos un contrato para ser criopreservado, manifestó que le gustaría despertarse dentro de 200 años y ver con qué mundo se encontraba, y yo dije que no me interesaba despertarme sin tener alrededor los seres que amo. Para mí lo importante es el arte de ser humano, que radica en la nobleza del espíritu, ya que no concibo un ser que carezca de sensibilidad humanitaria. Quizá la clave para comprender la mente resida más que en el raciocinio, en los sentimientos.

Cuando regresé al país, luego de mi experiencia científica y humanística siguiendo el consejo de Comenio, siendo muy joven y con muchos antecedentes, enfrenté un horizonte oscuro. Presenté ante una Institución certificaciones legalizadas, donde constaban los exámenes teórico-prácticos aprobados ante un tribunal de cinco profesores: “Neumonólogo” y “Gastroenterólogo” (ambos rendidos en un mismo año), y un importante miembro de esa Institución, dijo que en la Universidad Complutense de Madrid me habían “regalado” los títulos. En otra oportunidad, para cerrarme el paso, alguien sostuvo que hacía varios años que no hacía nada en la medicina. En diversos hospitales donde trabajé, la parte directiva se encargó de propagar a través del “radio pasillo” el rumor de que yo no examinaba a los pacientes (siendo semiólogo), no les enseñaba a los médicos residentes, en fin, que era un vago, y convenía “rajarme”.

Leyendo a José Ingenieros cuando tenía 12 años, aprendí que la mejor manera de combatir la envidia era elogiar los méritos ajenos. No me gusta la estridencia, la erudición debe exponerse de manera tenue, sin que se note, como la luz del amanecer. Con la humildad hace tiempo que me llevo muy bien, aunque como todos tengo mi ego (bajo rigurosa supervisión) y, el haber tomado partido por los débiles siempre me trajo problemas, no soy de los oportunistas que se suben al carro del vencedor… Tampoco tengo enemigos, aunque sé que varios me consideran su enemigo (problema de ellos). A mis íntimos les recomiendo como higiene, que el enojo no pase de las 48 horas, y, nunca humillar a otro (frecuente en la política), porque las secuelas pueden ser profundas, bástenos las dos últimas Guerras Mundiales. Sé que la envidia y el odio envenenan el alma, y en eso soy egoísta, procuro cuidar mi salud mental.

Este 2025 ha sido un año de tristeza, repito. Con la jubilación forzada (que no existe en ámbitos privilegiados), los muy canallas pretenden a uno sacarlo del juego, y yo pertenezco a una generación cuya principal característica fue, ha sido y es la rebeldía. Nos apartan en el momento que más podríamos dar en base a la experiencia. No se trata de una cuestión de poder o de ambiciones, pues, antes de cumplir los 40 años yo ya había satisfecho todas mis ambiciones profesionales, porque cumplí con los objetivos juveniles, lo que vino después fue valor agregado.

En muchas oportunidades me dijeron que no valía la pena que me quedase en el país, que estaba desaprovechado, pero tengo mis debilidades. De todas maneras, a veces uno necesita hacer la catarsis, aunque sea mínima, como si fuese un soplo, metafóricamente. Y debo darles las gracias a mi primo Fabián (hijo de mi tío Fermín) y a mis dos colegas de la bioética (también psicoanalistas), Diana Paris y Alicia Losoviz, por haberme escuchado. En efecto, a veces solo basta que los amigos te presten la escucha.

Tendría 35 años cuando escribí un opúsculo sobre redacción médica y técnicas documentales, y el Profesor Francisco Vilardell, entonces a cargo de docencia del Ministerio de Salud de España y presidente de la Organización Mundial de Gastroenterología, me dijo: “En España todos los médicos deberían leer su libro” (mi tío Fermín pagó la edición, pues ninguna editorial veía éxito comercial). En 2004 estuve toda una mañana conversando con el Profesor Ciril Rozman (creo que la figura viva más importante de la especialidad, hoy con 96 años), en el Clinic de Barcelona, y a las 48 horas recibí un mail donde me decía que estaba asombrado por la coincidencia de ideas que ambos teníamos. Con Federico Mayor Zaragoza, quien fue Ministro de Educación y Ciencia de España y por doce años director general de la UNESCO, solo nos escribimos, y la última vez me dijo que cuando retornase a Madrid le gustaría que nos conociéramos personalmente (falleció hace un año). Recuerdo con afecto a Diego Gracia (la personalidad más notable en la bioética de nuestra lengua), y esa semana que estuvo en Buenos Aires, nuestras conversaciones de la mañana a la noche (me enseñó mucho). De Laín Entralgo (el gran historiador de la medicina del Siglo XX), por quien sentía un respeto reverencial, ni me animaba a abordarlo cuando nos cruzábamos en el pasillo, aprendí que para tratar seriamente un tema había que remitirse a los orígenes (a Don Pedro le robé no pocas ideas). Con el alemán Dietrich von Engelhardt (un hombre de la nobleza aunque no lo parecía), gran amigo, fallecido en una UTI este año 2025, quien fue vice-rector de la Universidad de Lübeck y presidente de la Academia Alemana de Ética en Medicina, juntos concretamos muchos proyectos, más allá que el bife de chorizo y el cabernet savignon eran un placer que compartíamos. Este año también falleció otro gran amigo, el Profesor Florentino Sanguinetti, director del Hospital de Clínicas por más de 10 años y quien recibió a los damnificados por la bomba de la AMIA; nunca logré que me tuteara, ya que era mayor que yo, pero antes de morir en un WhatsApp me confesó que no se había animado por el respeto que me tenía. .. Debo detenerme, porque repito, mis maestros darían para un libro.

De los pacientes también he recibido muchas satisfacciones. En una oportunidad estaba en Tucumán y Callao, cerca de mi hogar, esperando que abriera el semáforo para cruzar, y un hombre mal entrazado, con pérdida de varias piezas dentarias, me dijo: “Doctor Cataldi, usted hace muchos años me curó la tuberculosis”. Rápidamente lo reconocí, lo había atendido en el hospital público (mi amiga Diana París me diría: ¡una epifanía Roberto!). Vivía en la “villa” (su eterno destino) e iba a que en la Iglesia le dieran ayuda (ropa y comida). Por Tucumán hacia el bajo, saliendo de la Iglesia, solía caminar Bergoglio cuando todavía no era el Papa Francisco.

Mi padre creo que tenía una suerte de “neurosis moral”, era implacable en su crítica de la corrupción, y a menudo me repetía, palabra más, palabra menos, que estaba con los que eran “pobres pero honrados”. Rectitud moral que le elogiaban los que lo conocían. En el momento que podía lanzarse al ruedo como concertista de piano (fue al conservatorio nacional pero no a la universidad), lo invadieron los nervios (¿pánico escénico?), y el neurólogo que consultó le recetó no tocar nunca más el piano, en vez de indicarle psicoterapia (mala praxis). Le dio la excusa perfecta. Sin embargo, reveló su coraje cuando estando yo en primer año de la facultad, la casa del al lado donde vivíamos voló por los aires por una explosión de gas, en la calle la gente gritaba, había una mujer atrapada, nadie se animaba a entrar a socorrerla, pero mi padre sin pensar en los riesgos la rescató y, luego se fue caminado hacia su empleo como si nada. No era muy demostrativo, pero sé que a mis espaldas decía que yo era un joven de fuerte carácter y que había heredado su moral. A mis padres les pasé facturas, como hacen todos los adolescentes, y con la madurez más que “entenderlos”, los “comprendí”.

Desde ya que mis hijos no se quedaron atrás conmigo. Ale, quien ha sabido cultivar la amistad como yo no logré y que en lo epistemológico más allá de su profesión de contadora vive haciendo cursos de lo que fuere, tiene una fuerte veta mística (en mi juventud también la tuve) y, tal vez por vivencias con su salud, habla en ritmo de narrativa de autoayuda. En lo onírico, ella es búho y yo alondra. Maxi tiene un fuerte sentido de la justicia. Recuerdo que siendo muy joven, acompañaba a un cantante que además era contador, y cuando presentaba a sus colaboradores decía: “en batería, Maxi Cataldi, ¡el incorruptible!” (lo caló al vuelo). De entrada vio a la música con sentido integral, desde la composición a la dirección orquestal y, con Mara pensábamos que sería director, pero un traspié de quien adoptó como modelo lo desilusionó. Reconozco que ambos tienen sobrados motivos para pasarme factura, lo considero muy normal. Maxi sostiene, “Papá hizo lo que pudo…”, y Ale: “el gran amor de su vida es la medicina…” En fin, son mejores personas que yo, eso me enorgullece, y sospecho que mis nietitos también lo serán.

En los años 90 fundé una revista de clínica, otra de humanidades médicas, y un periódico cultural, pero mi bolsillo no aguantó. También auto edité algunos de mis libros, esos que ninguna editorial quería editar por no ver la rentabilidad, lo que al principio me causaba vergüenza por la mala prensa, sin embargo, cuando supe que Jorge Luis Borges se pagó la edición de su primer libro, la vergüenza se diluyó. A propósito, ya me acostumbré a que me consideren Maestro e Intelectual. Si dijese que nunca lo desee sería un hipócrita, pero confieso que me ocasionaba timidez. Mi punto de vista es que la condición de maestro no la adjudican los pares, como sucede habitualmente, ya que les corresponde a los alumnos y discípulos (jurado natural), y la de intelectual, la otorga el ciudadano de a pie cuando reconoce que las palabras de uno lo hicieron reflexionar, despertar su conciencia. Lo digo despojándome de vanidad, la que me produce repulsa. Y en realidad, no tiene sentido pelearse con la verdad.

Hoy se dice que vivimos dominados por la rapidez, que en realidad es inmediatez, pero en mis años de estudiante, sucedía algo similar con características distintas. Como ser, yo a los 24 años estaba casado, graduado, atendía en un sindicato además de concurrir al hospital, y a poco más de un año nacía mi hija. Me pregunto: ¿por qué tanto apuro? Reconozco que elegí un medio altamente competitivo y eso tiene un precio. A mis alumnos y médicos residentes les aconsejo que vivan con plenitud, sin apuro, porque lo que no se vive siendo joven, suele vivirse después, y a menudo de manera problemática, ya que no somos ángeles.

Mi actual situación contextual me permitió retornar al gimnasio, algo que prácticamente abandoné cuando ingresé a la facultad, en tiempos tan conflictivos, absorbentes y exigentes. Entre los 15 y 17 años competía en torneos de fuerza en la categoría de pesado ligero (levantaba 110 kg sobre el pecho), tenía una apnea inspiratoria bajo el agua de 3 minutos, y era un fanático de la lucha libre (mi profesor actuaba por TV y hacía de “malo” en Titanes en el Ring). Es más, cuando fui a revisación del servicio militar, entonces obligatorio, los colimbas que me midieron dijeron: “éste va para Granaderos”. El destino hizo que obtuviese número bajo y me eximiera. De todas maneras, reconozco que haber abandonado el deporte fue uno de mis grandes errores.

Tengo plena conciencia de ser alguien que sueña con los ojos abiertos. Mis amigos dicen que soy idealista, pero en la profesión muy pragmático, por eso me consultan. Está claro que son las contradicciones propias de un ser humano. Concebí mi Fundación cerca del Mediterráneo y comenzó a funcionar en 1996. Mis proyectos de Universidad Internacional (con un diseño a la altura de los tiempos pero que recuperase el verdadero espíritu universitario) y de Hospital de la Comunidad (de alta complejidad destinado a gente de recursos limitados), fracasaron, mis potenciales socios no estaban dispuestos a realizar el esfuerzo económico ni el trabajo en equipo, en todo caso, que me encargase de todo y, a la hora de los beneficios, ellos aparecerían.

Una de las cosas que más disfrutamos, es viajar por el mundo. Conocer nuevos lugares, caminar sus calles en los circuitos no turísticos, descubrir su historia, hablar con los lugareños para que nos cuenten lo que viven y, con Mara siempre llegamos a la misma conclusión: en todo el planeta la gente tiene problemas similares, con sus más y sus menos. En realidad, es, la condición humana. Y todos, como el Dios Jano o como nuestra Luna, tenemos dos facetas. La cara oculta de la Luna hasta ahora resulta impenetrable, sobre todo porque es imposible comunicarse. Como decía una célebre psicoanalista francesa, cada cual debe saber qué hacer con su mal.

Hace unos años me llamaron de una clínica de Zárate (por indicación de unos residentes que había tenido unos 20 años atrás) para crear allí una residencia destinada a un hospital de alta complejidad. Concurrí con muchos entusiasmo, pese a manejar 180 km entre ida y vuelta dos veces por semana, pero la pandemia terminó por destruir el proyecto original, sin embargo, estoy muy contento de los colegas que formé, hoy muy bien ubicados y con quienes converso a menudo. Todas las semanas recibo WatsApps de discípulos que viven en nuestro continente y en Europa; pese a que a algunos hace décadas que no veo, me enorgullece el que hayan hecho carrera.

Hoy continúo esperando que alguien me llame para una actividad hospitalaria o universitaria, quizá remedando el título de mi primer libro de ensayo sociocultural, publicado en 2003 y presentado en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional: “La Espera de la Esperanza”.

En este diciembre, un poco complejo en mi “liberrimidad subjetiva críptica” (la frase es de un psiquiatra que internaba sus pacientes en la clínica donde hice guardias), invité a mi consultorio para charlar a tres hermosas jóvenes (por fuera y por dentro) de la generación Z. Generación a la que se le atribuye no pocos males de la época, pero doy fe que hay jóvenes que son la antítesis. Mer, Mechi y Justina, tres alumnas brillantes, y tengo el deseo que ellas como tantos otros jóvenes logren dar un golpe de timón a la alienación de este mundo. Espero que no les suceda lo de mi generación (setentista), que no pudo cambiar el mundo por fallar en la estrategia: recurrir a la violencia. No hay que confundir las causas con las consecuencias, ni las reglas con las excepciones, necesitamos dialogar, abrir la mente, pensar con la propia cabeza, romper las barreras intergeneracionales (comenzando por escuchar a los jóvenes), sobre todo en un país donde cada 20 horas se suicida un niño o un adolescente. No podemos desviar la mirada creyendo que no tenemos nada que ver con el problema.

En fin, como decía Epicteto: “La serenidad del espíritu se revela cuando eliges mantener la calma en medio del caos”. Convengamos que no es fácil, ya que por momentos nos sentimos agotados, destruidos, pero a la mañana siguiente volvemos renovados a la lucha por la vida.

A todos los creyentes les deseo Feliz Noche Buena y Feliz Navidad. A los no creyentes también les deseo mucha Felicidad. Y un reconocimiento a mi nuera, Pau, quien estoicamente sube los textos del Blog.

La indignación: otra vuelta de tuerca

27 jueves Nov 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Del Himalaya a Lima, la frase que hace mención de la rebelión juvenil que hoy desafía el poder de tres continentes. Las rebeliones suelen ser juveniles, como fue la Revolución Francesa (1789) protagonizada por jóvenes veinteañeros o el Mayo Francés (1968), así como otras célebres revueltas, más allá que a menudo haya detrás un viejo intelectual meditando, deliberando y, dando letra a los jóvenes. Me viene a la memoria Jean Paul Sartre: “No somos lo que nos hicieron, somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” (determinarse por sí mismo), y para quien, “El infierno son los otros”.

Mi generación, bautizada “setentista” (teníamos entre 20 y 30 años), era muy lectora de Sartre, pretendía luchar contra la opresión, las desigualdades, e iba tras un proyecto sociopolítico que buscaba un cambio radical, al punto que creyó con fervor en la “revolución”. Generación mítica, catalogada de “generación derrotada” o “generación militante”, a pesar de que muchos no militábamos en política ni en movimientos radicalizados, sin embargo, teníamos opinión formada. No eran tiempos de tesituras tibias. La moral pública castigaba a los que cuestionaban el statu quo, aunque no eran pocos los que practicaban en la intimidad aquello que condenaban en público. A la rebelión juvenil le sobraban argumentos, pero equivocó la estrategia.

Recuerdo el opúsculo ¡Indígnate! de Stéphane Hessel (best seller), publicado en octubre de 2010, a los 93 años. Hessel, judío alemán, perteneció a la resistencia francesa y de adolescente fue lector de Sartre. Participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), y sostenía que el interés general debe primar sobre los intereses especiales. En ¡Indignate! se dirigía con afecto a las personas hacedoras del Siglo XXI: “Crear es resistir; resistir es crear”.

En 2011 los jóvenes de la generación Y (Millennials), protagonistas de la Primavera Árabe que luchaban por la libertad, mejores condiciones de vida y contra la corrupción, por primera vez se cruzaron con los jóvenes indignados de los países democráticos. Y Hessel convocaba a la rebelión pacífica. En muchos lugares del planeta, llegando al centenar, expresaron su indignación por los privilegios del sistema bancario, la corrupción y la injusticia social. La protesta produjo algunos cambios, pero la movilización fue desarticulada. El símbolo de los Indignados de New York era la máscara de Guy Fawkes (la película V de Vendetta-2006), que ocultaba la identidad de los manifestantes de la resistencia, máscara también utilizada por Anonymus, que luchaba contra la censura en Internet y pedía transparencia política.

En nuestros días, la primera generación ciento por ciento nativa digital es la generación Z, que usa nuevas tácticas de activismo político y comparte una profunda indignación, la que a las claras vuelve a resurgir. Estos jóvenes llegan a movilizar multitudes con las redes sociales, pero al no tener líderes desconciertan a los gobernantes. Pues bien, ahora como símbolo de resistencia anti-establishment, hacen flamear la bandera pirata del animé japonés One Piece. En efecto, jóvenes separados por miles de kilómetros comparten las mismas críticas frente a la corrupción, la desigualdad social, la represión. No confían en las elites, padecen la precariedad económica, y son conscientes del poder de movilización de las redes. En estos últimos meses, los medios nos han mostrado manifestaciones y represiones, en ocasiones brutales, que se han extendido por Asia, África y el continente americano, llegando a provocar renuncias y reformas por la ruptura del contrato social, las promesas incumplidas, la postergación de la meritocracia, la detención del ascensor social. Y lo cierto es que hoy millones y millones de adolescentes y jóvenes viven desesperanzados.

En Estados Unidos y la Argentina la generación Z está dividida, al extremo que muchos jóvenes con una posición antipolítica (la política ya dejó de ser un arte), y la necesidad de un cambio que les brinde un futuro promisorio, son atrapados por una suerte de “populismo cazabobos”, y manipulados por líderes outsiders (algunos con claras manifestaciones psicopatológicas). En efecto, líderes que dicen defender la libertad pero que usan el poder del Estado para combatir la libertad de los que piensan distinto. Procuran distraer la atención de los problemas vitales de la población, posándola con ira en enemigos escogidos estratégicamente y, con medias verdades (siempre más efectivas que una mentira completa), falsas estadísticas e invocando paraísos perdidos y retrotopías, logran éxito electoral. Tienen soluciones simples para todo (ignoran la complejidad) y cuentan con una maquinaria de propaganda que mantiene desinformada a la gente, mostrando una realidad apócrifa, manipulando las emociones (el blanco preferido son los adolescentes), y con una narrativa épica hasta aseguran que realizarán proyectos faraónicos. Me viene a la memoria la frase de Oscar Wilde: “Dale una máscara al hombre y te dirá la verdad”.

Para algunos analistas, esta generación Z cuestiona la formación universitaria y el trabajo tradicional, buscan trabajos híbridos con jornadas reducidas, forman parte de la precarización laboral con empleos freelance, glorifican el emprendedurismo, la innovación, el autodidactismo, y no pocos tienen por meta llegar a ser inluencer o desarrolladores de videojuegos. De todas maneras, me consta que son muchos los jóvenes Z que no participan de este esquema descriptivo, con los peligros que acarrea toda generalización…

Hoy la principal caja de resonancia de la generación Z en América Latina está en Perú, que ya lleva siete presidentes en la última década; la reforma del sistema de pensiones imponía cargas desproporcionadas a jóvenes y trabajadores independientes, además de denuncias por corrupción, hubo represión, y el Congreso destituyó a la presidenta mediante un juicio político exprés. En Paraguay un escándalo promovido por audios de presuntas coimas y sobres con dinero llevó a la destitución de una senadora. Y las denuncias de corrupción, inseguridad ciudadana e insensibilidad de los gobernantes ante los dramas sociales, es patética a lo largo de todo el continente.

Los jóvenes de Asia y África han protagonizado últimamente hechos trascendentes. Como ser, en Bangladesh el gobierno reservaba el 30% de los empleos públicos a descendientes de veteranos de guerra de la Liga Awami (su desempeño fue vital en la independencia del país). En el Himalaya (Nepal) el gobierno bloqueó las redes sociales con la excusa de proteger la seguridad nacional, pero quería ocultar el lujo de los hijos de los políticos (nepo kids); la represión policial mató a más de 20 personas, se desató el caos, el primer ministro debió renunciar y se disolvió el Parlamento. Ocho mujeres embarazadas murieron en un hospital público de Marruecos durante una noche por falta de insumos y de médicos; los manifestantes reclamaron menos estadios y más hospitales (más de 5000 millones de dólares en infraestructura para el Mundial de fútbol de 2030); la represión se cobró tres muertes, más de 400 detenidos y de 2400 personas acusadas de diversos cargos. Madagascar tiene cortes crónicos de agua y electricidad, el 75% de la población sufre la pobreza; la represión policial dejó al menos 22 personas muertas, más de 100 heridos y, un coronel del Ejército dio un golpe de Estado para asumir como presidente, en consecuencia Madagascar fue suspendida de la Unión Africana. En Indonesia el anuncio de un subsidio habitacional de 3.000 dólares al mes para 580 diputados, hizo que el presidente cambiara su gabinete. Y la lista no se agota.

En fin, marchas, protestas, cacerolazos, acampadas, todas manifestaciones que revelan el descontento social globalizado y el mal humor. En el corazón de la protesta está la sensación de que la injusticia social avanza, que el cambio climático y la contaminación ambiental crecen, al ritmo de la concentración de dinero y poder en pocas manos, gracias al juego financiero, los negocios opacos, la explotación humana y de los recursos naturales del planeta. Un mundo gobernado por corporaciones, autócratas, tuiteros y encantadores de serpientes…

No es asunto de buscar la restitución de un tiempo pasado, donde la memoria suele jugarnos sus coartadas, sino de entender el tiempo que fluye. Y no podemos negar que

estamos viviendo un presente colmado de distopías que marcan el pulso de una época desolada. Necesitamos personas con mentes abiertas, donde el entendimiento y la tolerancia no se confundan con la comprensión y el aguante, y que el cuidado del otro no sea sinónimo de control en su peor acepción.

La fantasía de querer sepultar ciertas ideologías

10 lunes Nov 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El fascismo, el nazismo, el comunismo, entre otros “ismos”, son parte de la historia del Siglo XX, y a cualquiera que se le adjudique uno de sus adjetivos, es probable que sea con la intención de agraviarlo. Sin embargo, una observación prolija nos revela que las cosas no son como parecen o se pretende que parezcan, ya que vivimos en un mundo de apariencias. De todas maneras, no son pocos los dictadores que hubo en ese siglo y los que en nuestros días procuran emularlos. Como ser, hace unos días Estados Unidos revocó la visa del nigeriano Wole Soyinka, de 91 años, Premio Nobel de Literatura (1966), quien vivió en los Estados Unidos durante décadas y enseñó en distintas universidades, entre ellas la de Harvard, y el motivo habría sido que comparó a Donald Trump con Idi Amin…

En cuanto al fascismo, éste nació como un movimiento de cuño italiano, y es un error muy generalizado creer que Mussolini lo creó, pues si bien como saltimbanqui pasó del socialismo a la ultraderecha, su verdadero fundador fue el poeta Gabriele D´Annuncio  (1863-1938), considerado un piloto heroico de la Gran Guerra, comandante del escuadrón “La Serenísima”. Tenía gran talento, y más allá de su narcisismo, era un hombre de vasta cultura que dominaba la palabra, al punto que la crítica lo consideró el principal discípulo italiano de Nietzsche, influido por Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, elogiado por Marcel Proust y Henry James, e incluso Joyce habría dicho que fue el primero desde Flaubert en hacer avanzar el género novelístico hacia territorios inexplorados. Pero a Gabriele nada le causaba satisfacción, ni siquiera ser considerado el mejor poeta desde Dante… Por sus artículos periodísticos se lo considera el primer cronista moderno del periodismo europeo.

Fascismo, del italiano fascio (manojo de varas), y éste del latín fasc?s (plural de fascis), alude a los signos de la autoridad de los magistrados romanos.

La cesión de Fiume (hoy Rijeka, Croacia) en la Conferencia de París irritó sobremanera a D´Annuncio, y con 2.000 nacionalistas italianos desalojó a los aliados (creando una situación de hecho que pensó tendría éxito), pero al ser denegada la anexión a Italia, declaró el Estado Libre de Fiume y se autoproclamó Duce de Carnaro. El líder redactó la constitución de un Estado con 9 corporaciones, y una décima representada por los “humanos superiores” (héroes, poetas, profetas, superhombres), y declaró la música como principio del Estado. En efecto, un nuevo Estado, más bien marcial, con uniformes, saludos romanos (símbolo hoy ampliamente rechazado, asociado al fascismo, nazismo y franquismo), y donde según dicen no faltaban las orgías.

Algunos vieron en la personalidad de D´Annuncio una suerte de combinación entre Byron y Baudelaire. Hombre bohemio, dandy, don Juan, mentiroso e histérico, fue afecto al opio y al láudano. Su dictadura terminó quince meses después con el bombardeó del ejército italiano a la ciudad. Entonces se recluyó a orillas del lago de Garda hasta su muerte, en 1938.

Mussolini copió su estilo autoritario, la metodología de gobierno, la economía corporativa, los símbolos y rituales nacionalistas, el saludo romano, las camisas negras, la represión brutal. A petición suya, el rey Víctor Manuel III designó a Gabriele “Príncipe de Montenevoso” (Alpes italianos). Al morir D´Annunzio, Mussolini decidió honrar su memoria con funerales de Estado.

Un intelectual metido a político como Giovanni Gentile (toda dictadura tiene algún intelectual a su servicio), quien se oponía a la represión brutal de “Il Duce”, creía que Mussolini le devolvería a Italia el honor perdido… De todas maneras, hoy miles de personas visitan la tumba de Mussolini. Y un dato no menor es que durante toda la Segunda Guerra habría mantenido un intercambio epistolar secreto con Winston Churchill, quien lo admiraba. Recuerdo que en mi séptimo año de la Dante Alighieri de Buenos Aires, en el examen final de cultura y literatura, tuve que hablar de la Marcha sobre Roma (1922) y, no me acuerdo qué dije, lo que motivo un intercambio de ideas entre dos de los profesores de la mesa (uno del norte y otro del sur de Italia), quienes evitaron discutir. En uno de los viajes a Roma, en la estación de ferrocarril “i termini”, en la entrada había una rueda de personas conversando con un carabinieri, de pronto uno de ellos hizo el saludo romano y a viva voz dijo: “io sono fascista perché io sono italiano”, mientras los que lo rodeaban reían y aprobaban sus palabras.

En fin, quienes pensaron que con el triunfo de los aliados y la ejecución de Benito Mussolini el fascismo quedaría sepultado y jamás resurgiría, evidentemente se equivocaron, bástenos con observar la realidad de nuestros días.

Claro que mayor influencia y poder logró Hitler, quien también admiraba a Mussolini. Ambos, además de compartir una ideología de extrema derecha y tener ambiciones desmedidas, ordenaron cometer los crímenes más horribles y eludieron ensuciarse las manos. Eran muy buenos oradores y actuaban con magnetismo sobre las masas, como si fueran encantadores de serpientes. Hitler fabricó su figura mítica con un ministro de propaganda (Joseph Goebbels), un fotógrafo (Heinrich Hoffmann) y un cineasta (Leni Riefenstahl), y se tragó el mundo… Para difundir sus ideas, más allá que su libro “Mein Kampf” (Mi lucha) fue un best seller mundial y siguió vendiéndose aún después de muerto, estando prohibida su venta, apeló a lo visual como un instrumento fundamental de su propaganda y, dentro de su desequilibrio mental llegó a ser brillante. Su mentor fue Johann Dietrich Eckart (1868-1923), poeta y periodista como D´Annuncio, pero sin el éxito del italiano. Eckart participo de diversas asociaciones que exaltaban la condición “ariocristiana” y condenaban a los judíos y los bolcheviques. Formó parte del partido nacionalsocialista alemán desde sus inicios, y daba sus conferencias en cervecerías de Múnich, siendo Adolf uno de sus oyentes y seguidores, lo demostró con todos los homenajes que le hizo cuando llegó al poder. Eckardt fue quien por primera vez aludió al «Tercer Reich» y, junto con Hitler y otros nazis compartieron la cárcel por el intento de golpe de estado (1923), pero Dietrich desde niño conoció la enfermedad y por sus problemas psiquiátricos consumía morfina. Lo liberaron por su frágil estado de salud, y falleció a los cuatro días de salir de prisión. Su frase ¡Alemania, despierta!, se convirtió en un lema de mítines y reuniones nazis. Asimismo, Eckart tuvo como secretaria a Johanna Wolf, que luego se convirtió en secretaria de Hitler.

Adolf Hitler preparó minuciosamente durante años el golpe relámpago militar a Europa. Polonia cayó en cinco semanas y Francia en seis semanas. Era excéntrico y supo explotar los sentimientos del pueblo alemán, quizá su resentimiento, logrando humillar a Francia cuando ésta se rindió, pues, mandó sacar del museo en que se hallaba el vagón de ferrocarril donde se firmó el armisticio de la Primera Guerra Mundial, y él se ubicó en el lugar que entonces ocuparon los generales franceses. Vagón que por orden de Hitler fue destruido por las SS en 1945, para que no cayera en manos de los aliados.

El nazismo fue como otros movimientos políticos de entonces, y lamentablemente también de nuestros días (algunos en franca expansión), una “religión secular”. Hoy seguidores de estas ideologías ocupan bancas en los parlamentos, altos cargos en los otros poderes del Estado, y posiciones de influencia en la sociedad. Quienes creen que desestimando su presencia o desoyendo sus consignas dejará de existir, se equivocan.

No deja de sorprenderme el hecho de que haya tanta gente que toma partido por una idea, partido o movimiento y, no conoce su trayectoria en el tiempo, como sucede con muchos jóvenes, que tienen una total ignorancia de cómo fue y ha sido la historia de lo que apoyan sin condicionamientos, aferrados a un relato apócrifo. En fin, estimo que es algo temerario. Y si algo tengo claro, es que en este mundo orwelliano o kafkiano, si buscamos un futuro promisorio, digno, se impone la lucidez intelectual, la ética, y el sentido de solidaridad.

Mi recuerdo de Adolfo Bioy Casares

12 viernes Sep 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Adolfo Bioy Casares (15 de septiembre de 1914), uno de los más importantes escritores del país, cuya trayectoria literaria tuvo un amplio reconocimiento internacional, bástenos el hecho que “La invención de Morel” (prologada por Borges y dedicada a él) fue traducida a más de dieciséis idiomas, y que entre las numerosas distinciones que recibió por su trayectoria, están los Premios Alfonso Reyes y el Cervantes.

Mi amigo Miguel Vendramin, escritor y productor de TV, compañero en el taller de narrativa de Attilio Dabini en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), entonces ambos veinteañeros, me recordó la fecha y, conociendo alguno de mis comentarios, me sugirió que escribiese algo sobre Bioy Casares.

Tuve la oportunidad de estar con él en una reunión literaria que organizó para sus amigos la psicóloga Delia Cabrera, ya fallecida, quien había convocado a un locutor para que leyese un cuento de Bioy y luego establecer una conversación con el escritor. Éramos muy pocos, no sé si llegábamos a diez, pero sé que fue en 1996 porque asistió Fernando de la Rúa cuando era candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad. Recuerdo que el futuro presidente de la Argentina, hizo un alto en la campaña a solicitud de nuestra común amiga. Fernando se sentó a mi lado y no bien comenzó la lectura del cuento se quedó profundamente dormido, pensé que estaría muy cansado por el trajinar de la campaña, pero al terminar la lectura, rápido de reflejos, abrió los ojos, se puso de pie, aplaudió e improvisó un brevísimo discurso acerca de la cultura y la importancia de la reunión literaria, le dio la mano a Bioy, un beso en la mejilla a Delia, saludó a todos, y se fue rápidamente. Entonces comenzó el diálogo sobre el cuento con Bioy, quien observaba el panorama con una sonrisa y, amablemente se mostraba dispuesto a contestar todas las preguntas.

Un tiempo después, nos recibió en su piso de la calle Posadas, un domingo por la tarde y, distendidos pudimos hablar de diversos temas, sobre todo de anécdotas de viajes por Europa, pero no hablamos de literatura. Me acuerdo que nos aguardaba en su biblioteca (abarrotada de libros), impecablemente vestido, como era su costumbre, y estaba sentado en una silla de ruedas, en ningún momento se puso de pie. Siempre me impresionaron sus ojos tan claros, pero ahora me impresionaba su notable delgadez, que no coincidía con fotos de poco tiempo atrás. Como médico internista y semiólogo, reparé en algunos signos de caquexia, sobre todo en su rostro y manos, pero desconocía que estuviese enfermo.

A un costado de la biblioteca, sobre una mesa había varios premios, entre ellos se destacaba el Cervantes, que recibió en 1990 (nosotros también le llevamos un premio). Y antes de retirarnos, me pidió tener unas palabras a solas con Delia. Luego supe por mi amiga que estaba muy preocupado por el destino de su vivienda, debido a un reclamo hereditario, pues su hija Marta había fallecido en un accidente, tengo entendido que la propiedad era de la familia Ocampo, y Silvina, su esposa, también había fallecido. Delia me comentó que, ella por su cuenta había conversado con un famoso estudio de abogados que estaba dispuesto a representarlo sin percibir honorarios.

Recuerdo que cuando nos fuimos, ya en la calle, le dije a mi amiga: “mi ojo clínico me dice que Bioy tiene una enfermedad grave, posiblemente maligna, y que lo está consumiendo lentamente”.

Ella se quedó muy preocupada y al día siguiente me llamó para que le diese más detalles sobre mi impresión, y comentó que hablaría con Bioy para que yo lo atendiese profesionalmente. Entonces desconocía su historia clínica y las internaciones previas, pero ella varias veces insistió con esta propuesta y, siempre le respondí que por ética debía esperar a que el interesado me lo solicitase, por otra parte no podía opinar sobre el tratamiento que recibía porque ni siquiera conocía el diagnóstico, más allá que la atención de los colegas fuese la correcta. En fin, era comprensible su ansiedad, porque veía que Adolfo iba desmejorando paulatinamente.

Bioy con frecuencia invitaba a Delia a almorzar los domingos en Lola, su restaurante preferido, próximo a su domicilio. Él era un hombre apuesto, seductor, un verdadero dandy, y con una vida privada e íntima de novela. Durante el almuerzo solía hacer la catarsis, le hablaba de sus problemas personales, le contaba sobre sus experiencias con escritores y escritoras de fama, y también ciertas intimidades, que serían la comidilla de un semanario de peluquería o de esos programas televisivos que por las tardes reparten a diestra y siniestra chismes de los famosos.

Bioy, hijo único de una familia aristocrática, reveló vocación por la literatura desde muy temprana edad, e influyó su padre y la biblioteca de su hogar, al punto que ya a los once años escribía relatos. Hizo el secundario en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza (UBA) pero no tuvo éxito con la Universidad, porque abandonó las carreras de Derecho y de Filosofía y Letras. Quiso administrar una de las estancias familiares, seguramente para demostrar que a pesar de todo estaba dispuesto a trabajar, pero fracasó en los negocios porque no estaba preparado para ese métier y, tampoco tenía interés. La estancia Rincón Viejo, de Pardo, partido de Las Flores, era para él un lugar placentero, donde volvía asiduamente para escribir. Y lo cierto es que la holgada posición económica de su familia, le permitió dedicar su vida a la literatura sin sobresaltos. En efecto, su compromiso con la literatura fue total, una entrega sin reservas.

La obra de Bioy estuvo muy ligada a Jorge Luis Borges, ya que hicieron numerosos trabajos literarios en dupla (ciencia ficción, policial, fantástico, guiones, antologías, traducciones) y fueron amigos inseparables desde que Victoria Ocampo los presentó (1932). En menor medida su producción estuvo conectada a la de Silvina Ocampo, quien tenía una obra prolífica y cuyos méritos fueron postergados por la crítica, pero se la reconoce como una de las escritoras más importantes de la literatura argentina.

Recuerdo de Bioy su trato afable, su capacidad de escucha en tanto me miraba con curiosidad, y su inocultable buen humor. Ante alguna de las anécdotas que le comenté, se echó a reír y se llevó las manos a la cabeza mientras la meneaba. En fin, conversar con el maestro era un verdadero placer y, para mí un privilegio. Su calidez humana se articulaba a la perfección con su pensamiento reflexivo, como lo revelan algunas de sus frases célebres: «Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros». “Llega un momento en la vida en que, haga uno lo que haga, solamente aburre. Queda entonces una manera de recuperar el prestigio: morir».

Una gran ciudad con más mascotas que niños

02 lunes Jun 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En La Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) la población de mascotas casi duplica a la población de niños y adolescentes. No deja de ser sorprendente para una metrópoli conformada por olas de inmigrantes que llegaron con un proyecto de vida que contemplaba no solo el progreso material, sino formar sus familias, además de tener un desarrollo educativo y cultural fuera de lo común, una riqueza material y espiritual reconocida en todo el mundo, así como una mística que la torna una ciudad única, entre otros atributos de importancia. Desde ya que no se trata de menospreciar a las mascotas, porque el amor de un perro hacia su amo es infinito, también su lealtad. Y no tengo dudas que en amor y lealtad, el perro supera con creces al ser humano… Pero éste no es el tema, sino la baja natalidad.

Hace unos días el presidente Milei en una conferencia dijo: “…el miedo es que ahora el mundo se quede sin gente. Lo hubieran pensado antes, nos hubiéramos ahorrado bastantes asesinatos en el vientre de las madres”. En clara alusión a que la caída de la natalidad en Argentina obedece a la legalización del aborto, lo que es absolutamente falso, pues, aquí la baja de la natalidad se verifica desde hace décadas, y la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) hasta la semana 14 de gestación, fue aprobada en diciembre de 2020. En Argentina la tasa de natalidad habría caído un 40% en la última década, al igual que en otros países de la región, pero aquí ha sido con mayor velocidad, hecho sin precedentes en América Latina.

La disminución de la natalidad se debe a factores económicos, sociales y culturales, por caso el acceso a la educación. Y muchas mujeres suelen postergar la maternidad e incluso tienen menor número de hijos, porque buscan desarrollarse en su trabajo y en su profesión. Claro que el factor económico es determinante, porque con los magros salarios resulta imposible mantener una familia, incluso de uno o dos hijos.

En cuanto a la educación, implica prevenir embarazos indeseados, y para ello se recurre a diversos métodos. También que en los colegios, a determinada edad y nivel educativo (no en cualquier nivel), ofrecer una educación sexual instrumentada con seriedad, sin que esto implique el despertar precoz de la sexualidad o alterar las emociones y sentimientos… Por otro lado, un dato no menor es que hoy en la ciudad habría unas 4500 personas viviendo en la calle, y varias son familias con niños en condiciones de vulnerabilidad, como uno puede ver caminando por el centro de la ciudad.

En Estados Unidos un supremacista blanco tuiteó: “Tu cuerpo, mi decisión”, en alusión burlesca a “Mi cuerpo, mi decisión”, consigna de las mujeres desde los años 60 en reclamo de autonomía para tomar decisiones sobre derechos sexuales y reproductivos. En consonancia con los sectores más retardatarios que buscan retornar a un orden social perimido, cimentado en jerarquías de género, raza, nación y, sobre todo contrarrestar los avances en igualdad, siendo la política económica una herramienta de estrategia ideológica y cultural. Es natural que ante la precarización laboral y el clima de incertidumbre muchos posterguen la idea de tener hijos, o incluso la descarten. Hoy la edad de la maternidad es mayor y, algunas en la espera olvidan los límites biológicos, al extremo que cuando se deciden ya es tarde. También la adopción de niños habría disminuido. Pero crecen aquellos métodos de anticoncepción definitivos, aun en jóvenes que no han tenido hijos, como la ligadura de trompas y la vasectomía. En fin, el dilema para muchas mujeres está entre la maternidad y el desarrollo personal. De todas maneras, es evidente que se necesitan políticas de Estado que privilegien el cuidado en los extremos de la vida (niños y ancianos), pues, no se pueden ignorar los cambios actuales, más allá que nos gusten o no.

Con Trump y Milei existiría una política de liberalización financiera y a su vez la pretensión de control del cuerpo de las mujeres. En realidad, la corporalidad femenina siempre ha estado en el ojo de la tormenta moral, y la voz de las mujeres fue, ha sido y es asordinada. Sin embargo, hoy la mujer está muy lejos de ciertos mandatos sociales históricos, al igual que de formas de entendimiento tradicionalmente conservadoras y religiosas que siempre limitaron su autonomía, como los conceptos de que fue creada para paliar la soledad del hombre y someterse a su voluntad, o que su finalidad en la vida es la procreación y el cuidado de la descendencia. Que acompañe a la pareja, que traiga hijos al mundo, que cuide con amor a la descendencia, sin duda es muy loable, pero no deja de ser una decisión individual, personal, que solo le pertenece a ella, y no se le debe imponer como todavía sucede en ciertas regiones y culturas atrasadas, que incluso cosifican a la mujer. En nuestros días la igualdad de géneros se ha convertido en una lucha permanente, asimismo la lucha por todos sus derechos, y esto va más allá del feminismo, ya que es una cuestión ética y moral, que hace a la dignidad humana.

El jacobino Robespierre decía que, “Es urgente que cada ciudadano sepa, con el fin de hacer valer y hacer cumplir lo que les corresponde, los derechos que adquiere por nacimiento”. Se refería a los derechos que al nacer aseguran la existencia de una persona en el contexto social. Y Victor Hugo sostenía: “Pongámonos de acuerdo en qué es la igualdad, pues si la libertad es la cima, la igualdad es la base”, con lo que procuraba significar que todos deberían tener las mismas oportunidades y derechos, en cambio hoy se pretende tendenciosamente desdibujar el verdadero concepto de igualdad. Convengamos que tanto la tesis de Robespierre como la de Hugo, a la luz de la realidad actual terminan siendo utopías, en un mundo donde las distopías son tendencia… De todas maneras, pienso que las utopías son necesarias, ya que tienen por misión darle sentido a la vida. Sin utopías no habría progreso, tampoco un futuro mejor.

La Medicina y Yo.

13 martes May 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El presente artículo complementa el opúsculo que apareció al cumplir mis 30 años de médico: “Metamedicina” (editado por Junta de Educación Médica para América Latina, 2003), con prólogo de mi amigo y colega José Alberto Mainetti, y testimonios de discípulos de los distintos hospitales donde tuve jefaturas (después vinieron otras instituciones y otros discipulados médicos), pero también es complemento de artículos anteriores de este Blog (vigente desde 2013): “Bodas de Oro con la Medicina” (14/IV/2023); “La jubilación en un médico de hospital” (15/IV/2023); “Las andanzas de un outsider en la Bioética” (04/X/2021), entre otros escritos.

La medicina tiene la particularidad de ser una disciplina muy absorbente, al extremo de atraparlo a uno y no soltarlo. En efecto, despierta nuestro interés, retiene nuestra atención, y resulta muy demandante. Por eso, cuando tenemos vocación y ejercemos la profesión con plena conciencia, se convierte en una tarea de tiempo completo, que puede llegar a competir con nuestra vida familiar y, en ocasiones termina generando conflictos. En fin, yo la he vivido con integridad.

Como toda profesión, tiene sus luces y sombras, sus grandezas y miserias, de allí que las generalizaciones sean totalmente injustas. Lo cierto es que cada ser humano, posee una relación personal con la profesión que ejerce, por eso las miradas sobre ella difieren con los individuos, más allá que éstos puedan unirse en torno a temas comunes, respetando las diferencias, en otras palabras, alcanzar la unión en la diversidad no significa caer en el “pensamiento único”. Por otra parte, sigo viviendo la profesión en su doble vertiente: la asistencial y la docente.

Con relación a los pacientes, nunca se termina el aprendizaje. Al respecto, he aprendido de ellos muchas cosas, comenzando por escuchar al otro, algo fundamental para procurar entender lo que le pasa al ser humano enfermo, y en determinadas situaciones, ponerse en su lugar (la empatía como clave) e intentar comprenderlo. A propósito, si algo tengo claro es que el médico no es el juez de sus pacientes.

En lo atañente al quehacer como formador de médicos, tampoco uno nunca termina de aprender. Me gusta desempeñarme tanto en el pregrado como en el postgrado, lo disfruto, y lo vengo haciendo desde hace décadas, pero me ha generado algunas críticas por tocar simultáneamente ambas cuerdas y no decidirme por una. En efecto, hay quienes piensan que el docente dedicado a los alumnos del ciclo clínico al incursionar con los médicos residentes les ofrece un enfoque muy básico, y viceversa, si su expertise es el postgrado, puede ser muy complicado para los estudiantes. Pues bien, tengo meridiana claridad sobre lo que precisa uno y otro sector educativo. Sé de los conocimientos, habilidades y actitudes que cada uno requiere así como la metodología apropiada que se articula con estas competencias. Desde ya que esto exige ductilidad docente, más allá de vocación pedagógica. Tengo escrita no poca bibliografía al respecto, incluso en inglés. Para mí, esta doble vertiente, asistencial y formadora, fue, ha sido y es una suerte de misión, sin caer en el misticismo, pues, yo me refiero a la misión en el sentido de razón de existencia.

La experiencia me ha enseñado a separar la paja del trigo, a no confundir la tarea profesional, sobre todo en algunas de las instituciones donde me desempeñé como jefe o profesor, con aquellos colegas que ejercen funciones directivas y denigran desvergonzadamente las instituciones que representan. En verdad, lo institucional a menudo estuvo fuertemente marcado por los celos profesionales, y a mí solo me interesaba cumplir con la tarea, hacer las cosas bien, sin entrar en las intrigas y las roscas de poder ni tampoco dejarme salpicar por el lodo. Es cierto que nunca me llevé bien con la corrupción, que en nuestro país es estructural, presente en el Estado y en lo privado. A ello hay que sumarle las habladurías propagadas por el radiopasillo del hospital y que provienen de arriba, como ser, que al nuevo jefe que había ganado el concurso se le estaban investigando los antecedentes académicos del exterior, porque resultaban imposibles de creer, en vez de solicitar las certificaciones debidamente legalizadas, o una vez comprobadas manifestar que en la Universidad Complutense de Madrid regalaban títulos… También sé lo que significa que en una institución que ingresé por concurso, ejercí la jefatura de servicio por casi 18 años y llegué a prestigiarla, una nueva corruptela me despidiera por “razones de reorganización”, y que al buscar mis pertenencias me acompañara el servicio de seguridad, o que en otra institución, luego de más de 8 años como jefe de departamento, me cambiaran la cerradura de mi despacho por la cobardía de no dar la cara.

Recuerdo que a poco de asumir como jefe de departamento en un hospital de colectividad (el abuelo de mi mujer contribuyó como otros paisanos con dinero para su fundación), organicé las primeras jornadas científicas e invité a insignes figuras, incluso pude conversar en varias oportunidades con Domingo Liotta. Luego, considerando lo que allí se había expuesto (en CABA solo había dos o tres unidades de stroke que funcionaban con dificultades), convencí al jefe de neurología para que en un espacio vacío de mi servicio armara una “unidad de stroke”, el director entusiasmado me dijo que pensaba en la facturación que arrojaría (mi interés era rescatar a los pacientes con ACV), pero reunió en consulta a todas los jefes. Mientras tanto nosotros pensábamos en las donaciones para comprar equipos, el área estaría a cargo del jefe de neurología, y contaría con la colaboración de mis residentes. En el comité, estos jefes, de los otros servicios, expusieron todo tipo de inconvenientes y se fueron triunfantes por haber abortado el proyecto… Tengo para contar varias historias miserables como ésta.

Como no suelo pelearme con la verdad, siempre fui de frente y di la cara. Y podría seguir con esta retahíla de actos arteros, que incluyeron difamaciones, intentos de sumarios armados o de relacionarme con juicios de mala praxis a otros colegas donde yo no tenía nada que ver, pero soy creyente, y afortunadamente nada de esto logró prosperar, por eso pude seguir adelante renaciendo de entre las cenizas o también como las aves que vuelan muy cerca del barro sin ser salpicadas.

Las palabras y los hechos están muy entrelazados. La palabra como herramienta humana de comunicación debería estar al servicio del bien, utilizada con prudencia, para contener, alentar, consolar, edificar e incluso curar. La palabra “dignidad” es muy discutida, al extremo que no falta quien piensa que es un escollo discursivo, que convendría excluirla, porque como cualidad entorpecería el debate moral, además mucha gente no tiene claro qué significa, a pesar de que la invoca hasta el cansancio. Confieso que no es mi caso, privilegié mi dignidad aun cuando todos me dieron la espalda, porque a pesar de que perdí nunca me doblegué ante la corrupción, jamás estuve dispuesto a venderme, en consecuencia muchas veces me quedé sólo, sentía que no podía vivir traicionándome. En efecto, la mayor traición es la que se consuma contra uno mismo. Por eso, estimo que lo último que se pierde en la vida es el respeto a sí mismo. Recuerdo a un querido amigo y colega, ya desaparecido, que su padre le decía que era preferible morir antes que perder la dignidad… Y él se fue sin perderla, me consta. Sé que algunos dirán que el romanticismo es cosa del pasado, que uno está fuera de época, que los tiempos exigen adecuarse y ser pragmático, porque en última instancia solo se trata de vivir bien, haciendo a un lado la hojarasca y todo aquello que impide el éxito… Soy respetuoso de las opiniones que disienten con mi visión de la profesión que amo, sin embargo no tengo dudas que muchos no tienen la más remota idea de lo que significa la “conciencia moral”.

Hace poco, en un homenaje póstumo en la AMA a mi amigo y colega Florentino Sanguinetti, dije que en nuestras conversaciones, yo coincidía con él en la necesidad de tener claridad conceptual a la hora de la toma de decisiones, y consideraba que no solo es un atributo intelectual sino una cualidad moral. De la misma manera, pienso que ejercer la medicina asistencial, exige una actualización permanente para evitar caer en el error médico, lo que constituye un imperativo ético.

La realidad de nuestros días nos sumerge en un mundo vertiginoso (la tecnología y la ciencia tomaron rauda velocidad), y frente a esta situación contextual que alimenta la incertidumbre, deberíamos anteponer la paciencia y la persistencia. Los seres humanos además de ser impredecibles, estamos llenos de prejuicios, sin embargo lo importante es tener consciencia de los mismos para poder controlarlos y que no se nos impongan. No somos ángeles, todo ser humano tiene su lado oscuro, pero hay que saber qué hacer… La medicina primero fue mágica, después sacerdotal, luego científica y ahora también tecnológica. Y de esa sucesión histórica, quedan leños encendidos. Como ser, el pensamiento mágico continúa presente, resulta imposible desterrarlo. De la misma manera, por más racional que uno sea, no puede desechar lo emocional, que llega a ser más fuerte.

Un tema ineludible es el de la inteligencia artificial generativa (IAG), que más que representar el futuro ya es el presente. El año pasado expuse en el Foro Francolatinoamericano de Bioética, en Montevideo, organizado desde la UNESCO de París, sobre su relación con la docencia y también la asistencia. No hay duda que es una herramienta de gran utilidad si se la sabe utilizar, pero sus acérrimos defensores no tienen esta visión, con la excusa de que ésta no duerme, no se enferma, no se distrae, apuntan a reemplazar el trabajo humano (previo lavado de cerebro), en otras palabras, que al paciente lo atienda un robot y que al alumno le enseñe una máquina, lo que demuestra una vez más que el mercado carece de “conciencia de límite”. Por otra parte, estas herramientas deterioran nuestras habilidades cognitivas, incluyendo la creatividad y la innovación. Estudios serios revelan que los usuarios intensivos tienen una baja en el pensamiento crítico y, muchos jóvenes profesionales son dependientes, confían más en la IA y cada vez utilizan menos su propio cerebro.

Otro tema ambiguo y que sin duda genera equívocos, es la relación entre lo académico y lo mediático. En efecto, el público suele creer que el médico que asiduamente aparece en los medios es un profesional de reconocido prestigio, cuando a menudo no goza de mayor consideración académica por carecer de una trayectoria meritoria. En la pandemia escuchamos muchos disparates que dijeron colegas mediáticos a una sociedad adicta al espectáculo. A fines de los años 70 conocí en el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (donde yo estaba matriculado) a Florencio Escardó, un maestro de la pediatría, a su vez un destacado escritor e intelectual que frecuentaba los medios, y que tenía no pocos enemigos en la profesión, pero era un hombre brillante, de talento indiscutible, lo comprobé en los tres días que lo escuche y pude conversar con él, tal vez Escardó era una excepción a la regla…

En fin, estoy convencido que el arte más difícil de cultivar en la vida es el arte de ser humano, que radica en la nobleza del espíritu. Y no se concibe un médico que no tenga una auténtica sensibilidad humanitaria. No es fácil navegar en las procelosas aguas de la asistencia médica. Como muchas veces he dicho, la fórmula es ser un buen médico, pero también un médico bueno.

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