En una época no tan lejana, se decía que una persona era una autoridad en tal o cual tema porque se le reconocía un indiscutible dominio del mismo, en consecuencia se le daba crédito y su palabra era capaz de influir. A lo mejor no era muy conocido fuera de su círculo, pero los que seguían su producción académica o su trayectoria profesional, lo consideraban una autoridad. En nuestros días la influencia depende mucho más de la “notoriedad” que de la autoridad. Hoy por hoy rehacer la autoridad es una asignatura pendiente. Y quienes buscan la notoriedad apelan a cualquier método para tornarse visibles en público, para estar permanentemente presentes, ya que esta presencia suele otorgar influencia, aunque no dominen el tema que abordan o incluso digan disparates.
Se habla mucho del anglicismo “influencer”, es decir, alguien que en las redes sociales es seguido por miles o millones de personas y que puede influir en la compra de un producto (de allí que sea muy buscado por las empresas) o de adoptar una posición ideológica (de interés para el marketing político). También el “youtuber” sería un “influencer”, pero lo hace a través de sus videos en su canal de You Tube. Recuerdo que en algún momento, movido por la curiosidad intelectual o esa búsqueda de conocimiento que nos permite crecer, analicé los contenidos de algunos de estos personajes que en última instancia uno no sabe qué son, y me decepcionaron, claro que solo es mi opinión contra la masa de sus fervientes seguidores, quienes suelen creer que la verdad reside justamente en las mayorías…
Lo cierto es que hoy la realidad pasa por las redes sociales, por el mundo virtual, y esto se presta a la “posverdad”, esa manipulación a través de informaciones, creencias o sentimientos que termina por deformar la realidad, porque la meta es influir en la opinión pública y en la toma de posición de sectores sociales. Daría la impresión que desde el teclado de una PC se puede modificar la realidad…
Todos sabemos qué significa la verdad, no es necesario estar alfabetizado. Pero al que tenga alguna duda, es la coincidencia entre aquello que se afirma y los hechos, o si se quiere la adecuación entre el conocimiento y su objeto (Kant). Y en cuanto a la verdad moral, serían los principios y valores que se atienen a la realidad, que no dependen de la voluntad o del acuerdo social, sino del entendimiento. Para el relativismo no hay verdades absolutas, existe relatividad del conocimiento y tanto la verdad como la falsedad son relativas a una persona o cultura, por ello nunca podremos tener una certeza absoluta. De todas maneras, la realidad es eso que “existe de un modo actual y objetivo”, y nada tiene que ver con las apariencias, las ilusiones o la ficción que pertenecen al mundo subjetivo. Lo real, es, lo que existe, punto. Cuando uno dice lo contrario de lo que sabe, piensa o siente, pues, miente. Los psicólogos dicen que se miente para proteger la propia imagen, evitar consecuencias negativas, lograr objetivos personales o satisfacer necesidades emocionales. Como ser, en el mundo de la cultura sé de personajes que se inventaron un pasado imposible de comprobar, y otros que tuvieron encuentros ficticios con grandes intelectuales que ya no están para desmentirlo.
Ahora bien, más allá de la gente que se miente a sí misma o se autoengaña, me interesa la que a sabiendas procura convencer a otros de una mentira que puede tener consecuencias desastrosas, y creo que el paradigma es el engaño político que está cambiando el mundo. Para los británicos el Brexit fue un acontecimiento trascendente en lo político, económico y social. Después del referéndum (2016) las cosas no salieron como se vaticinaban, las consecuencias fueron negativas y, aquel voto mayoritario del 52% hoy se convertiría en un voto muy minoritario debido al arrepentimiento de la gran mayoría que dio su apoyo, ya que el “leave” (salir) fue impulsado por la deshonestidad y las mentiras.
Claro que en la historia de la humanidad el engaño a las masas ha sucedido incontables veces, al extremo que pueblos enteros fueron llevados a la guerra con falsas consignas.
El problema de nuestros días es que el engaño, gracias a la rapidez del mundo virtual, alcanza a millones de individuos en contados minutos. Y aunque luego se demuestre fehacientemente que se trataba de una mentira, resulta muy difícil desandar el camino, más allá que haya gente que crea en lo que quiere creer… En efecto, los datos comprobados, las evidencias, no logran convencer a todo el mundo. Hoy la mentira tiene más crédito que la verdad. Aquí lo emocional juega un papel importante, también los preconceptos sociales. Yo no uso la plataforma X (Twitter) por una cuestión de responsabilidad, ya que dar una opinión sobre un supuesto hecho exige una confirmación seguida de reflexión, y esto lleva su tiempo.
Hay individuos que me generan confianza porque los he visto actuar, eso no implica que les deposite mi fe, que considero algo muy íntimo ligado a la espiritualidad. A los políticos demagógicos o populistas que se muestran como profetas o mesías creando a su alrededor una aureola mística, no les alcanza la confianza de la gente, quieren que les tengan fe, porque aspiran a convertir su ideología política en religión, y hasta pretenden que su palabra sea infalible, no es casual que invoquen un “origen divino”.
En lo personal, muchas veces tuve problemas por actuar con honestidad, como es mi costumbre, por decir la verdad, cuando esperaban que avalara una mentira o que al menos callase. Y escuchar mi conciencia fue, ha sido y es mi problema. Para algunos valió más la mentira de otros que mi verdad. Al respecto, en la profesión tengo un anecdotario tan grande que bien podría escribir un libro, pero no viene al caso. Esto nada tiene que ver cuando me he visto en la necesidad de recurrir a la “mentira piadosa”, solo ante casos excepcionales donde las circunstancias lo aconsejaban por el bien del paciente, pues tengo por hábito decirles la verdad a los pacientes, aunque ésta sea muy dolorosa, obviamente con mucho tacto, ya que es un derecho que debemos respetar. De todas maneras, en todos los ámbitos de la vida nunca falta el que necesita ignorar la verdad. Además el ser humano no soporta demasiada realidad.
En el terreno de la salud pública desde hace décadas sé de algunas informaciones que se ocultan con el subterfugio: “no hay que alarmar a la población”, cuando lo que se procura es ocultar la realidad, la incapacidad de gestión, y sobre todo de dignidad. Pero no condeno aquellas mentiras que en la vida cotidiana se dicen para no herir a una persona, porque al fin de cuentas somos seres humanos y debemos evitar producir daño. Tengo presente cuando Albert Camus decía: “La libertad que debemos conquistar es el derecho a no mentir. Solo con esta condición tendremos razones para vivir y morir”. Camus siempre se ubicó en el lugar correcto, y antepuso la humanidad frente a la ideología y la política, eso lo convirtió en un marginado, más allá de obtener el Nobel.