• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: julio 2020

Viviendo la cuarentena entre la pandemia y el polvo lunar

27 lunes Jul 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Continuamos con el aislamiento existencial, habiendo ya superado los cuatro meses (un récord mundial) y, comunicándonos con nuestros afectos solo por vía digital, ventaja que no hubo en tiempos de Tucídides ni en otras pandemias de la humanidad. Más allá del desconcierto de aquellos que toman decisiones como si supieran lo que hacen, porque si realmente supieran no vivirían contradiciéndose, debemos reconocer que este encierro también constituye una “oportunidad existencial”. En efecto, una oportunidad para replantearse lo que uno vino haciendo hasta ahora y lo que puede llegar a hacer en el tiempo de vida que le queda. Quizá no haya otra oportunidad como esta.

Por otra parte, desde que comenzó la cuarentena hay mucha preocupación en la opinión pública por la asignación de los recursos médicos (camas, medicamentos, respiradores) ante un hipotético desborde del sistema por una exagerada proporción de casos graves de Covid-19, como sucede en otros países. Frente a tanta saturación de noticias, muchas personas tienen temor a contagiarse y no recibir la atención médica adecuada o que se les niegue un respirador de ser necesario. Aquí tanto el sistema público como el privado (que cubre a casi el 70% de la población) están dando respuesta. Pero ahora algunos dicen que el problema para afrontar el Covid-19 sería la falta de recursos humanos como médicos entrenados y enfermeras, y se arrojan algunas ideas sueltas no elaboradas como posibles soluciones. El pasado 26 de abril, Perfil publicó una carta mía donde proponía algunas soluciones pragmáticas para cubrir la falta de médicos entrenados, que de haberse implementado entonces el problema habría perdido vigencia, pero claro, yo no soy un médico militante ni tampoco un médico mediático…

En los hospitales cada área o servicio tiene sus criterios de admisión definidos. El triaje del que hoy tanto se habla, fue ideado hace 200 años por un cirujano durante las guerras napoleónicas (también inventó la ambulancia), y su estrategia es clasificar a los pacientes según la urgencia para dar atención rápida y eficaz. Las decisiones los médicos las tomamos al lado del enfermo, no desde el escritorio o el gabinete, ya que la responsabilidad (ética, moral y legal), es, nuestra. Hay que estar al pie de la cama del enfermo para experimentar la complejidad de ciertos problemas. Y aquellas decisiones de trascendencia se consultan con el paciente y la familia. Los médicos jamás decidimos quien vive y quien muere, eso pertenece a la literatura de ficción. A diario tomamos decisiones en situaciones de riesgo o incertidumbre, diferenciamos las urgencias de las emergencias, y procuramos adoptar decisiones racionales, planificadas, en el terreno de las “valoraciones humanas”, con la intención de adoptar aquella decisión que sea la mejor para “ese paciente”. Las situaciones límite que se dan en contextos difíciles ponen a prueba la capacidad teórica, la experiencia práctica y el coraje del médico, quien más allá de los tecnicismos debe guiarse por un “sentido humanitario”. En distintas patologías (no solamente la Covid-19) y según el paciente en cuestión, a veces no ingresar un enfermo a la UTI o evitarle prácticas invasivas que serán fútiles, puede ser la mejor decisión, aquella que respete su dignidad, pudiendo asistirlo correctamente en la internación general y, conteniendo psicológicamente a la familia

En cuanto a los comités hospitalarios de ética, que deben ser interdisciplinarios y no estar digitados por la dirección del hospital, nunca toman decisiones, solo aconsejan (opinión consensuada de sus miembros) en el caso de que el médico tratante considere necesario consultar. Por otra parte, es difícil tener un comité funcionando las 24 horas. La toma de decisión en soledad frente a casos dilemáticos no es lo habitual, ya que al menos suele haber una discusión previa con los otros profesionales del servicio (medicina de equipo). Y muchas veces el médico tratante, como sucede en otros países, consulta a un colega de gran experiencia asistencial que además tiene formación bioética, de lo que puedo dar fe.

Las implicancias éticas en la toma de decisiones médicas siempre me interesaron, justamente por ser un “médico práctico”, que vive la realidad asistencial. Desde 1979 en que asistí a unas jornadas del Colegio de Médicos de Madrid en que se abordó el tema y donde conocí al Profesor Florencio Escardó que era uno de los oradores invitados (reparemos que la Bioética nació a principios de los 70) he procurado estudiar el problema. La toma de decisiones me preocupa y me ocupa, tengo algunas publicaciones y durante años dicté para los alumnos del ciclo clínico la materia optativa (qué absurdo optativo): “toma de decisiones”.

Los otros días mi hijo menor me envió un WhatsApp diciéndome (un poco en broma): “quiero que me devuelvan mi vida”. Y claro, hemos suspendido nuestra rutina habitual y en su lugar adoptamos otra rutina, acorde con las limitaciones de todo tipo que nos impone la cuarentena. Está claro que cuando salgamos de la pandemia no seguiremos con la vida actual y tampoco volveremos a la que formaba parte de nuestro pasado…

El ministro de salud de la Nación dijo el 23 de enero que no existía ninguna posibilidad de que el coronavirus llegase a la Argentina; el 3 de febrero manifestó estar mucho más preocupado por el dengue que por el coronavirus; el 3 de marzo no creía que el virus llegaría tan rápido y, la semana pasada manifestó que ante el crecimiento de los contagios él creía que los mismos iban a comenzar a bajar. No se trata de opiniones que uno puede verter en una charla de café o de las creencias que se le comenta a un amigo. El discurso público que se emite desde el poder y, sobre todo en temas sensibles, debe ser cuidadoso y responsable. La historia revela que las epidemias suelen tener un ciclo propio, con una curva cuyo pico lo vemos con el espejo retrovisor…

Bajo el paraguas del coronavirus los filósofos mediáticos se lanzan al espacio público a través de los diferentes medios y, algunos hablan del espíritu revolucionario del Covid-19, como Franco “Bifo” Berardi, ya que allí donde la voluntad política no pudo ahora el coronavirus promoverá un cambio para terminar con el capitalismo. El virus sería el fuego purificador del capitalismo también para el comunista Slavoj Žižek. Pero Byung-Chul Han piensa lo contrario, el capitalismo no desaparecerá, solo que el virus en esta sociedad globalizada acentúa la soledad y la depresión, y cree que más bien se impondrá una “biopolítica digital” con su sistema de control y vigilancia. Giorgio Agamben pecó por no ver de entrada la epidemia en su real dimensión y, terminado el terrorismo, creyó que la epidemia no era más que una excusa para instalar el Estado de Excepción. Peter Sloterdijk ve una oportunidad para una declaración de co-independencia y Emanuele Coccia habla de la metamorfosis de la naturaleza y de la capacidad del virus que puede cambiar la vida de todos. Para Gianni Vattimo es excesivo atribuir a la pandemia “el sentido de acontecimiento del ser”, piensa que es correcto interpretarla. Célebre por su prédica sobre el posmodernismo y el pensamiento débil, enjuicia la metafísica occidental (verdades universales), defiende las minorías, y expone su tesis de un catolicismo sin dogmas y un comunismo sin gulags, a la vez que ataca la concentración de poder de la globalización por medio de sus axiomas. Vattimo expone la “metafísica de los excluidos”, opuesta a la metafísica conservadora cuyo fin es preservar el orden. Él piensa que los pobres para hacer la revolución necesitan otra metafísica, y que una revolución que se base en el derecho natural (que nace de la conciencia humana) termina inevitablemente en una dictadura. En fin, esta pandemia da para mucho.

El mundo parecería haberse detenido por obra del coronavirus, pero solo en parte, pues, hay tres fenómenos, entre otros, que me llaman la atención. La crisis mundial y el estado angustiante de incertidumbre no han impedido que los grandes consorcios económico-financieros dejen de hacer negocios a escala global, como ser la noticia de los avances en una vacuna contra el Covid-19 eleva inmediatamente el precio de las acciones en la Bolsa, y ya se produjo la venta de millones de vacunas que aún deben probarse en humanos y autorizarse. Los gobiernos no solo están preocupados por la marcha de la cuarentena y el incierto escenario pospandémico, están mucho más preocupados por otros asuntos, como implementar medidas antipopulares en medio del temor generalizado, incrementar los sistemas de vigilancia con proyección al control social una vez salidos de la crisis, o incluso preservar el poder superada esta situación y, al respecto, algo llamativo son las elecciones en plena pandemia a sabiendas que muchos ciudadanos no pueden o no quieren ir a votar, o no están en las mejores condiciones psicológicas para emitir su voto, medida que pone en duda la legitimidad del acto eleccionario. La pandemia no detuvo la carrera espacial aunque sí fundió a las aerolíneas por no poder volar y, resulta curioso, porque los países embarcados en la misma tienen dinero para este tipo de investigaciones que, sin duda son relevantes para el progreso, pero no tienen recursos para solucionar problemas graves y crónicos en sus respectivas sociedades como la pobreza, la marginación o las desigualdades. En fin, la cara oculta de la luna que supone un 40% de la superficie lunar no ha sido vista por nadie, excepto por unos pocos astronautas. La Agencia Espacial Europea (ESA) quiere construir allí un “pueblo lunar”. Recordemos que ya en plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y Rusia se hablaba de la colonización de la Luna. Dicen que algunos astronautas cuando llegaron a la Luna después de un viaje de tres días dijeron que descubrieron la Tierra, y que les hubiera gustado haber llevado a algún político para que comprobara que desde allí no se ven las naciones ni las fronteras. Los chinos planifican abrir minas lunares para extraer helio-3 y, se calcula que la tonelada de este isótopo puede tener un valor de 2.000 millones de euros. Estas partículas de helio-3 están enganchadas al polvo lunar y proceden de la formación de nuestro Sistema Solar. El helio-3 podría ser utilizado en los reactores de fusión nuclear para generar energía.

Confieso que cuando observo la Luna, al igual que me pasa cuando contemplo el mar, me invade un clima de reflexión. Sin la Luna no puede existir la marea y tampoco puede existir la Luna sin el mar, por eso son fuentes inagotables de mitologías y de simbolismos. El tercer protagonista es el Sol (Helios en la mitología griega), esa dinamo cuya visibilidad determina el día y la noche, y que sin duda condiciona nuestros relojes biológicos. Qué mundo paradójico, por un lado proyectamos habitar otros planetas persuadidos por el progreso, y por otro no sabemos cómo convivir aquí. No somos capaces de encontrar un modelo que nos permita convivir con equidad, autonomía y democracia. Frente a este abismo globalizado que vivimos, lo importante es abordar la realidad y, no dejar que el deseo y la ilusión ocupen su lugar.

Viviendo la cuarentena entre la ineptocracia y los corporativismos

20 lunes Jul 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La cuarentena continúa, pero ahora se flexibiliza, y la medida no deja de llamar la atención si reparamos en los antecedentes de la misma. En efecto, cuando el presidente decidió imponer la cuarentena su argumento fue que era para “salvar vidas”, hasta entonces se habían reportado tres muertes, de todas maneras sostengo que la medida fue acertada. Y todos aquellos que pusieron algún reparo fueron denostados públicamente, se los acusó de “anti-cuarentena”, de no estar a favor de la vida. Claro que ahora con casi 12.000 infectados y cerca de 2.200 muertos, se flexibiliza una cuarentena que ya lleva cuatro meses. ¿Qué sucedió? Hace rato que vengo insistiendo en que debía flexibilizarse con mucha prudencia, pero me molestan las “incoherencias”. Si hubo errores hay que asumirlos y responsabilizarse, no es asunto de pedirle al ciudadano que tenga confianza ciega, porque ésta se gana con el ejemplo. La sofística nació en Grecia, en el Siglo V antes de la era cristiana, pero hoy revela su apogeo en la Argentina.

El “efecto bandwagon” (significa carro), es una teoría psicológica que sostiene que los individuos toman ideas o conductas por el hecho de que la gran mayoría lo han hecho, pese a que estas decisiones puedan chocar con sus propias creencias o razonamientos. La expresión alude al “oportunista”, pues en la antigüedad muchos se subían al carro del vencedor y, en la vuelta de los ejércitos victoriosos a la patria solían llevar en sus carros a una multitud de toda ralea. En nuestros días se ve con el comportamiento del consumo, la moda o la política. Como ser, la tendencia individual que existe a la hora de cambiar el voto hacia aquellos candidatos electorales que puntúan más alto en las encuestas porque les hace sentir que están en el “lado ganador”, de allí el interés por trucar las encuestas y sondeos de opinión. Este fenómeno también es conocido como “efecto manada” o “efecto de la moda”. A menudo las personas hacen y creen ciertas cosas por el hecho de que muchas otras hacen y creen en esas mismas cosas, es un típico “comportamiento gregario”. En la vereda opuesta está el “efecto underdog” (significa desvalido o perdedor), que despierta simpatía por las minorías y, es, la opción menos valorada, habitualmente menospreciada, que en algunos despierta su defensa por considerar que se trata de una injusticia. La intención puede ser querer diferenciarse del resto, compadecerse ante la “causa perdida” o admirar la voluntad y el coraje de oponerse a la mayoría. Al respecto, varios me han dicho que uno de mis grandes errores ha sido ubicarme aquí, asumiendo la defensa de los débiles, lo que me ha ocasionado no pocos problemas, pero creo que la motivación fue, ha sido y es una cuestión de principios, y esto es crucial para los que tenemos el hábito de escuchar la conciencia.

Hitler, Mussolini, Stalin, jamás revelaron sentirse atribulados por los cadáveres que se apilaban en montañas día tras día durante la Segunda Guerra Mundial, consecuencia de sus ambiciones personales compartidas por sus círculos de poder, ambiciones que ellos procuraban enmascarar bajo la retórica de los nacionalismos, donde los seres humanos no importan, ya que solo importa el honor de la patria. Hoy Trump, Bolsonaro, Maduro, entre otros, tampoco se muestran compungidos por los miles de vidas que se pierden cotidianamente por la acción del coronavirus y, sin tomarse un respiro no paran de mentir, emplear cualquier argucia para deslegitimar a sus opositores y críticos, porque la meta es retener el poder. Estos líderes no respetan el conocimiento científico ni los logros de la medicina. Ponen la economía por delante de la salud de la población como estrategia electoral. Lo curioso es que son votados y seguidos por los más humildes, quienes pagan las facturas de estas locuras. En efecto, legiones de seguidores continúan apoyándolos, negando cualquier evidencia que los perjudique, justificando los traspiés morales de sus líderes pero siendo intransigentes cuando esos mismos traspiés los cometen sus oponentes. Adolecen del “virus del fundamentalismo”. Claro que en toda época hubo personajes siniestros ocupando sitios de poder, a quienes se les imputa la totalidad de los males que ejecutan sus huestes. Lo cierto es que a sus partidarios nadie los obliga, se suman porque se identifican con el pensamiento del jefe, o quizás es al revés, el jefe detecta lo que desea la muchedumbre y en consecuencia la alimenta.

Los otros días leí un artículo en un suplemento literario sobre Victoria Kent, diputada y jurista, republicana, que pasó cuatro largos años escondida en una buhardilla de París por temor a ser capturada por la Gestapo. Ella estaba entre el público que recibió a los primeros soldados aliados, españoles republicanos que liberaron París en 1944, hecho desdibujado en la historia oficial francesa. Victoria fue la primera mujer que se desempeñó como directora general de Prisiones en España y también la primera mujer en el mundo que ejerció como abogada ante un tribunal militar. El artículo me hizo recordar que recién llegado a Madrid en el 77, me enteré que había regresado del exilio. A los pocos días asistí a una tertulia literaria en el edificio del antiguo Instituto de Cultura Hispánica y me sorprendió ver entre el público a Victoria, la reconocí por su foto en los periódicos. Estuvimos sentados a solo dos metros y, en un momento ella me miró sostenidamente, como si hubiese descubierto que en el auditorio había un extranjero. Pienso que con casi cuarenta años de exilio, ella también se sentiría un poco extranjera en su patria. A pesar de su vejez conservaba su elegante presencia. Hoy pienso cómo me hubiese gustado haberla invitado a un café y que me narrase las incontables peripecias de su vida. En fin, siempre fui algo tímido.

Hace un par de meses una médica ex residente de uno de mis servicios, que vive en Barcelona y hace un tiempo pasó dos años en África con Médicos sin Fronteras combatiendo el SIDA, me envió un video, preocupada y confundida, preguntándome cuál era mi opinión del contenido. Una colega de aquí que es homeópata y legista, que tiene una posición “anti-vacunas”, en un programa de TV sobre la historia de las pandemias desde el Siglo XX, mencionaba las diferentes “roscas geoestratégicas” así como las “sociedades secretas” (muy bien documentada) y, terminaba diciendo que la actual pandemia en el fondo es una pandemia de desinformación y que se trata de una gran mentira. Confieso que casi me convence. Lo curioso es que para todo tenía una respuesta… En realidad, la gente que se mueve así emplea “verdades a medias” o toma algunas verdades que le son útiles para apuntalar su “relato”, ya que ese es su fin, no otro. Y lamentablemente esto pasa en todos los ámbitos.

El mes pasado debía celebrarse en Filadelfia, en la Universidad de Pensilvania, el XV Congreso Mundial de Bioética, al que envié tres comunicaciones que fueron aceptados por el comité, pero a decir verdad meses antes ya había decidido no concurrir, pues, el gasto en dólares resulta excesivo y, los argentinos que nos ganamos la vida trabajando no podemos ignorar esa realidad. Además como médico no gozo de una “jubilación de privilegio”. Los médicos cuando somos llevados a juicio por haber cometido una “mala praxis” podemos ser inhabilitados en el ejercicio de la profesión durante varios años, o también responder con nuestro patrimonio, depende si la causa es penal o civil. Pero lo llamativo es que cuando el error lo comete un político, la responsabilidad se diluye mágicamente, aunque el daño haya sido mucho mayor. En fin, pertenecemos a dos corporaciones diferentes, pero el corporativismo es mucho más fuerte en estos últimos, como sucede con la justicia y los sindicatos, dos corporativismos intocables.

Si evitamos pelearnos con la verdad, un viejo mal argentino, debemos reconocer que tenemos mucho más de corporativismo que de república, de “dictablanda” que de democracia, de injusticia social que de Estado de Bienestar. Un amigo dice que eso está en nuestro ADN. No sé si es tan así. La educación puede corregir estas desviaciones. Parafraseando a Borges, comencé a ver el mundo gracias a la maestra que en la primaria me enseñó a leer. Muchas cosas han cambiado, ya no todo es la cultura letrada de la que provengo, hay fenómenos que irrumpieron y lograron imponerse, como la cultura digital, que a través de las redes sostiene parte del entramado cultural del mundo.

Volviendo a la cuarentena, es cierto que mucha gente no la respetó, sobre todo en el conurbano, y no por rebeldía social sino por estar viviendo una situación límite ante la posibilidad de morir de inanición, ya que el contagio es algo aleatorio y la muerte se da en un bajo porcentaje. Hasta ahora no escuché a ningún político que propusiera seriamente reemplazar en un futuro cercano ni remoto los subsidios y los planes sociales por empleos, no importa si esos trabajos son estatales o privados, lo que importa es que se pague lo que corresponda y el trabajador se sienta dignificado, no que viva de dádivas sumergido en la pobreza hasta el día del juicio final. Recuerdo que en los 90 a los que perdían sus trabajos se les prometía una “reingeniería laboral”, y muchos jamás volvieron a ingresar en el sistema, quedaron descartados, creyendo que eran inservibles. Hoy ante este “desempleo estructural” habría que preguntarles qué quieren o les gustaría hacer, antes de capacitarlos. Sé que no es fácil en un país con desempleo endémico, pero el trabajo es un elemento de autovaloración, y es fundamental en toda sociedad.

Hace poco tuve conocimiento de un nuevo concepto, acuñado por el francés Jean D’Ormesson: “la ineptocracia”. El término hace referencia del sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir y los más incapaces para triunfar, a la vez que los más interesados y menos preparados para generar riqueza y procurarse su sustento terminan siendo los grandes beneficiados del sistema, ya que se los recompensa con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios e injustos que soportan los que producen. Leí que otra consecuencia de esta ineptocracia sería el desconocimiento de la historia, la injusticia, el abuso, la corrupción y la torpeza de los decisores, que logran que los partidos políticos desempolven doctrinas fracasadas, pero que se abren camino en sociedades que parecían haberse librado ya de estas plagas. Hoy por hoy el anacronismo vuelve a estar de moda.

Ahora que están reponiendo películas antiguas, recordé que cuando era adolescente vi: “Nido de ratas”, de Elia Kazan, interpretado por Marlon Brando, entre otros célebres actores y actrices, y me impresionó el realismo del drama de la lucha de los estibadores de los muelles contra un sindicato corrupto y el crimen organizado. Muy actual.

Todos hablan de la normalidad que viene, pero nadie lo sabe. Y hasta los líderes están desorientados, ni siquiera saben qué harán mañana. En fin, asistimos a un giro cultural y, en muchos el silencio dejó de ser una alternativa. Como decía Horacio: Carpe diem.

Viviendo la cuarentena en medio de intoxicaciones ideológicas

13 lunes Jul 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde hace varios días los “runners”, es decir los corredores (término anglosajón incorporado al argot por la tilinguearía local), no pueden gozar del aire libre mientras queman calorías, algo beneficioso para la salud, más allá de que para algunos se trate de una suerte de retiro espiritual. Estos “estúpidos runners” (como se los calificó), tienen prohibido salir a correr, porque podrían inducir a otros y no sería un buen ejemplo, según un ministro. Yo siempre creí que las medidas sanitarias tenían que ver más con las evidencias científicas, el razonamiento y hasta el sentido común que con cuestiones emocionales, ideológicas o de clase social. Y si me atengo a esa línea argumental, me pregunto por qué son tantos los malos ejemplos en que incurren altos funcionarios para quienes existiría una cuarentena VIP. No entraré en detalles o hechos anecdóticos para que no me califiquen de opositor, pues, cuestiono aquello que me parece mal o es incorrecto, esté quien esté al frente del gobierno. Recuerdo que en los ´90 concurría con frecuencia a la casa de un colega, una figura médica legendaria, que me pidió que fuese su médico, había sufrido un ACV y ya no podía leer ni ver TV. Como era un pensador, con un pasado militante en el PC, al punto que en época de Perón estuvo preso en Martín García con otros miembros de la izquierda vernácula, necesitaba que lo actualizara sobre lo que sucedía en el mundo. Una de las noches que concurrí a charlar café de por medio, le dije que para mí algunos de los problemas que estábamos padeciendo eran consecuencia de errores del gobierno anterior, más allá de reconocerle a Alfonsín sus méritos. Al irme su esposa me acompañó al vestíbulo para abrir la puerta y, en ese momento llegaba Raúl Alfonsín acompañado de su hijo, actual embajador, y su custodio. Don Raúl se detuvo y, sin intuir que minutos antes había sido objeto de mis críticas, nos saludó con esa bonhomía propia de un hombre íntegro.

Los otros días vi por TV un reportaje a Julio María Sanguinetti, uno de los pocos políticos de América Latina con sólido prestigio. Entre referencias a lecturas y libros, ante una pregunta dijo que el argentino revela más dinamismo que el uruguayo, pero en materia institucional, no hay duda que en Uruguay las instituciones están muy consolidadas, a diferencia de la Argentina donde son un serio problema desde la época colonial. Creo que por cortesía de buen vecino evitó mencionar la palabra corrupción. Ayer los periódicos informaban que de los investigados por corrupción menos del 1% fueron condenados (…) Cuando la impunidad es estructural no hay futuro posible.

Recuerdo que en el ´73, ya graduado de médico, me topé en La Plata con un compañero de facultad que según él era asesor del ministro de salud de la provincia, me sorprendió que fuese asesor con solo seis meses de graduado, pero en época de estudiante había trabajado en correos y tenía pasado de gremialista. También entonces solía concurrir algunas noches a una pequeña pizzería de la ciudad con quien era mi novia, donde el dueño atendía al público cortando las porciones con gran habilidad. Un día desapareció del negocio y unas semanas después lo crucé en el ministerio de economía muy bien trajeado, ahora estaba a cargo de una dirección. En ese año, si mal no recuerdo, conocí en la quinta de una tía, en City Bell, a un individuo que vivía del curanderismo, bastó charlar un rato para confirmar que era “un chanta”, pero en unos meses estaba ocupando una subsecretaría de estado. Tiempo después supe que el pizzero y el curandero eran punteros políticos. Podría continuar con anécdotas de este tenor que le dan la razón a la inteligente observación de Julio María Sanguinetti.

A poco de iniciar la cuarentena publiqué que no debía descuidarse la atención de los pacientes con otras patologías, situación hoy corroborada por informes de diferentes centros asistenciales. Esta semana recibí varios mails de gente que no conozco diciéndome que mi predicción se cumplió. En realidad, cualquier médico asistencial advirtió esto de entrada, es más, un par de semanas antes de comenzar la cuarentena ya se veía este fenómeno, porque la gente se informaba y tenía temor a contagiarse. También lo comprobé en los cafés a los que concurría para mi ritual cotidiano, pues la gente dejaba suficiente espacio entre mesa y mesa, y los mozos me contaban que había caído mucho el consumo. Un colega con bastante experiencia asistencial, a quien se le reconoce autoridad, me llamó para hacer su catarsis. Comenzó diciéndome que estaba harto de las curvas de contagios, comparaciones descolgadas e interpretaciones sobre el virus, información que se le arroja a la población sin anestesia, asimismo de los colegas que son “expertos ideológicos” y nunca caminaron los hospitales ni vivieron la “medicina de trincheras”. En consecuencia, me comentó que buscaba ver películas donde hubiese un portal para entrar en otra dimensión (¿el más allá?), como sucede en los fenómenos paranormales, y las series donde los habitantes de otras galaxias intentan comunicarse con nuestro planeta. Lo comprendo, estamos demasiado saturados.

Si como los ecologistas adoptásemos una visión realista de los ecosistemas, llegaríamos a entender que existe una dinámica de mosaicos o patrones donde se producen cambios que están sujetos a factores externos, como los efectos de la actividad humana. Esta es la dinámica de la heterogeneidad en un sistema, por eso no se pueden tomar “medidas totalitarias” sin analizar cada segmento de la sociedad. La cuarentena aquí se ha vuelto a endurecer después de 100 días de encierro y, pronto alcanzaremos el récord de cuatro meses. Coincido que por el aumento de los contagios en determinadas zonas o barrios es necesario extremar las medidas, sin embargo meter a todos en una misma bolsa revela ineptitud, a menos que el fin sea generar un empobrecimiento generalizado, sobre todo de los monotributistas, autónomos, informales y comerciantes, clase media (aquellos que debemos trabajar para vivir), con la meta de lograr la “igualdad” y manejar el electorado con dádivas, estrategia que conduce al desmedro. Con un criterio igualitario e irracional, durante dos meses regiones sin ningún contagio se mantuvieron en estricta cuarentena, poniendo en duda el federalismo. La pandemia es una cosa y la política es otra. En CABA muchas actividades se podrían haber abierto con cuidado y con la gente del barrio, para así evitar los desplazamientos, incluso hubo gremios y negocios que presentaron sus protocolos de cuidado para paliar el abismo económico actual.

Que a nivel país se haya tomado a tiempo la decisión de imponer la cuarentena no justifica que a esta altura esté mal gestionada. La crítica no implica estar en contra de la cuarentena, pues nadie sabe cómo será el comportamiento del virus, y además éste no es el único factor que tiene capacidad letal. ¿Quién se hará cargo de esta nueva catástrofe?

Los argentinos tenemos la tendencia a creer que lo que nos sucede, o al menos la forma o las características con que nos sucede, es un hecho inédito, no registrado en la historia, y si acaso sucedió jamás lo fue con esa dimensión. Pues no es tan así. Basta viajar por el mundo para comprobar que es un error. Claro que no tener un horizonte visible es un inveterado problema entre nosotros, lo mismo confundir las causas con los efectos.

En las postrimerías del Siglo XIX la economía argentina estaba por delante de la de Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. No en vano se decía que era el granero del mundo. En estos días se destruyeron más de 70 silobolsas por motivos ideológicos y, a este vandalismo que le ocasiona al país una pérdida de millones de dólares se le suma un inexplicable silencio de algunas autoridades. Tuvimos una economía liberal con un modelo pensado por Mitre, Sarmiento, Roca, y con ese mercantilismo el país progresó, al igual que las élites, pero el pueblo seguía postergado. Luego vinieron las conquistas sociales, las masas tuvieron la oportunidad de acceder a la educación y la salud, y no sin sobresaltos el país se fue aggiornando. Cuando yo era chico estaba vigente la cultura del trabajo, a partir de la que muchos le daban sentido a su vida, también el ahorro, ese consumo diferido que servía para construir proyectos personales y alimentar sueños. Todo eso era legítimo, nadie lo cuestionaba, pero ahora forma parte del pasado. Siempre sostuve que no es asunto de sacarles los privilegios a unos para dárselos a otros, sino que tanto los unos como los otros no tengan privilegios, eso sería actuar con equidad.

La semana pasada con la celebración de la Independencia la gente rompió la cuarentena, no sin riesgos, y nuevamente salió a la calle con enojo. Los pocos canales de TV que cubrieron con “objetividad” la protesta mostraban solo banderas argentinas, no se admitieron banderías políticas aunque nunca faltan los oportunistas que quieren cabalgar sobre la ola. El sentido de la queja popular fue la defensa de la libertad de expresión y de las instituciones de la República, la necesidad de que la justicia cumpla con su deber en combatir la corrupción, entre otras cuestiones puntuales, pero además se veían pancartas donde se pedía volver al trabajo. En efecto, allí había mucha gente que no buscaba prebendas, subsidios ni planes sociales. Es gente acostumbrada a vivir de su trabajo, en una Argentina donde tenemos una legión de jóvenes carenciados y excluidos que nunca vieron trabajar a sus padres ni a sus abuelos. Ellos carecen de un ejemplo que sea edificante. Por otra parte, nadie ha hecho nada para encarar este problema, más que dar discursos. En fin, ésta fue una “protesta genuina” donde la gente salió a la calle motu proprio y “no fue llevada” como es habitual (…) Creo que no debe ser desvirtuada ni descalificada, debe servir para rectificar errores. Y es curioso que quienes más hablan de desterrar la grieta sean quienes la alimenten. Los argentinos le entregamos al Estado vía impuestos medio año de nuestro trabajo, algo que no sucede en la mayoría de los países, incluso con mejores economías, y sorprendentemente ese gran esfuerzo resulta insuficiente. La caída de la economía argentina en abril fue de -26,4%, cifra que no se registraba desde el año 1900, con lo cual retrocedimos nada menos que 120 años.

Al principio de la cuarentena las estadísticas de la Covid-19 diferenciaban CABA de la Provincia de Buenos Aires, luego los resultados se dieron bajo la denominación AMBA, y tuve que consultar qué comprendía: una “mancha urbana”, zonas rurales, semirrurales y el sector insular del Delta del Paraná, en otras palabras CABA más 40 municipios de los 135 partidos de la provincia. Y claro, en un país de unos 45 millones de habitantes, donde la Provincia tendría 17 millones y CABA 3 millones, el nudo gordiano fue, ha sido y es, político, por encima de cualquier otro mantra. No seamos ingenuos.

Para Claude Lévi-Strauss, “Nada se parece más al pensamiento mítico que la ideología política.” Saramago pensaba que cualquiera de estas ideologías era hormonal. En fin, yo coincidiendo con Pérez-Reverté, me precio de tener biblioteca en vez de ideología.

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