• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: agosto 2018

Rendición de cuentas

13 lunes Ago 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En determinados momentos de la vida, uno siente que ha llegado la hora de hacer una rendición de cuentas. Yo cada tanto suelo descargar mi conciencia, y tengo algunos testimonios publicados, pero en esta oportunidad coincide con que acabo de cumplir 70 años. Un hombre como yo que ha pasado la mayor parte de su vida en los hospitales atendiendo enfermos, formando a futuros médicos, capacitando a jóvenes profesionales y, como valor agregado, transitando por diferentes caminos de la cultura pudiendo mostrar una obra propia, tiene una vida que es más o menos pública y que puede despertar algún interés. Lo digo sin falsa modestia, sobre todo en una época donde el exhibicionismo vacuo, el marketing y la autopromoción desmedida mandan. Esta narración será en primera persona del singular, a sabiendas que algunos pueden considerarla un acto de narcisismo. Un amigo diría: ¿y por qué no? En fin, no es mi propósito. Desde la adolescencia tengo claro que uno debe esforzarse por vivir la vida que soñó, no la que otros quieren que viva, de allí mi natural rebeldía. Ser romántico, idealista, librepensador, denominaciones que en el pasado tuvieron su predicamento hoy no están socialmente bien vistas. Claro que no  se puede depender en exceso de la mirada ajena ni del reconocimiento de los otros si esto significa sacrificar lo que uno quiere ser, y yo nunca claudiqué.  Ahora bien, prescindiré de aspectos privados e íntimos que aquí no interesan. Tengo la intención de centrarme en algunos temas de mi profesión y quiero  dar testimonio. Al respecto, me gusta un proverbio árabe que dice: “Las cosas valen no por el tiempo que duran sino por la huella que dejan”.

Desde mucho antes de graduarme consideré la profesión de médico como una misión y un servicio. Desde ya que no quiero caer en el lugar común de formular el parangón entre el médico y el sacerdote, conozco perfectamente el metier de cada uno, más allá de que no ignore los orígenes sacerdotales de la profesión galénica. Los médicos no tenemos nada de ángeles, tampoco de santos, simplemente somos seres humanos, con la naturaleza de las pasiones humanas, con las luces y las sombras propias de la condición humana. Siendo estudiante universitario advertí que sería muy difícil ejercer la profesión sin tener una genuina vocación y careciendo de sentido común, por fortuna  no era mi caso, de lo contrario no hubiera dudado en tomar otro camino. Al  referirme a una misión hago alusión a la que incluye el poder que otorga la facultad de medicina para desempeñar el cometido específico, que más allá de los tecnicismos y exigencias curriculares, conlleva una natural exigencia u obligación moral. En lo que atañe a un servicio quiero explicitar la acción y efecto de servir a los seres vulnerados por las enfermedades, brindándoles asistencia y cuidado. Algunos profesionales no  comparten en la práctica este punto de vista, como lo revelan sus conductas. Cuando me entero de que ciertos colegas incurren en actos reñidos con la ética, que revelan insensibilidad ante el dolor ajeno, que no tienen un mínimo de sentido humanitario, confieso que siento vergüenza ajena. Deberían dedicarse a otra cosa y dejar de incrementar el malestar ya existente en los pacientes y sus familiares, el que termina por generar un clima de desconfianza como nunca antes vivimos en la historia de la medicina. Entiendo que estamos ante un cambio de época, que los valores están trastocados, que el dinero se ha convertido en un imperativo absoluto, pues, hoy todo pasa por la rentabilidad económica, y lo que no es rentable carece de valor, incluyendo la vida humana. Por eso, cuando tomo conocimiento de hechos que desvirtúan el espíritu del acto médico me asalta la impresión de que los valores de la profesión se han evaporado y me pregunto dónde fueron a parar las vocaciones, aquellas promesas altruistas. Afortunadamente muchos  escapan a estas miserias y enaltecen la tarea del médico, entre ellos rescato a mis discípulos. A los alumnos y médicos residentes, con quienes dialogo cotidianamente y de quienes siempre aprendo, suelo decirles que uno tiene que creer en lo que hace, estar convencido de ello,  porque estimo que de no ser así es mejor abandonar la profesión y armar otro proyecto de vida, al fin de cuentas nadie nos obliga a ser médicos.

Creo que el reconocimiento más importante que puede recibir un médico es el de sus enfermos, y como profesor la gratitud de aquellos que uno formó. Confieso que me sorprende cuando alguien me dice lo importante que he sido en su carrera, sinceramente pienso que exagera, que quizá tiene un buen recuerdo porque he procurado que mis enseñanzas se desarrollen en un clima de cordialidad (del latín cordis, corazón). El título de “maestro” pueden concederlo los discípulos y los alumnos, nadie más, las otras vías pertenecen a la política. El problema es que vivimos una época de escasa reflexión crítica, ideas frágiles,  definiciones y conceptos borrosos. En efecto, hay quienes no entendieron que tener el título de médico no es lo mismo que ser realmente médico, de la misma manera el profesor de por sí no es un maestro, el académico o estudioso no necesariamente es un intelectual, y nadie por el hecho de publicar un libro se convierte en escritor. Tampoco la poesía es prosa escrita en verso.

Yo soy de los que creen que las deudas morales jamás se saldan, no hay con qué pagarlas. Por eso estoy tan agradecido con aquellos que me enseñaron y ayudaron a llegar a ser lo que soy. A pesar de que hoy no están, los evoco con afecto, es una forma de homenajearlos. Hace poco alguien me preguntó qué me parecía el curso del mundo en general y de la medicina en particular. Le respondí que pertenezco a una generación mítica (la de los 70), que quiso cambiar el mundo para bien, pero no tuvo éxito. Entiendo, como sostenía Cesare Pavese, que los problemas que agitan a una generación suelen extinguirse en la generación siguiente, no porque se resolvieron sino porque perdieron interés general. La modernidad nos  permitió evolucionar en muchos aspectos, y debo subrayarlo para que no me tilden de reaccionario, claro que en lo que hace a la fraternidad, la solidaridad, el humanitarismo, los valores universales, hemos retrocedido trágicamente. Los jóvenes de mi generación veíamos el mundo y la medicina desde otra perspectiva, hasta creíamos en la evolución del hombre como ser humano. Lo que fue la trama y sostén del mundo ya no lo es. Éste no es el mundo que yo soñé, por el que trabajé y trabajo con honestidad, para que en él puedan convivir mis hijos y mis nietos. En cuanto a la medicina, también dista mucho de la que soñé como vocación de servicio y tarea altruista. Cuando fundamos el ICIM escribí: “Necesitamos una medicina que sea técnicamente eficiente, éticamente correcta, humanitariamente satisfactoria, económica y financieramente viable”. No se  logró. El negocio de la salud, como el negocio de la educación o el negocio de la fe, hoy solo inspiran desconfianza. Cuando deba irme, me llevaré conmigo ese desengaño.

Desde que a los 29 años fui secretario adjunto a la presidencia de un congreso mundial en Europa, mi interés en los eventos internacionales nunca decayó, si bien soy muy crítico con ellos porque considero, entre otras cosas, que bailan con la música y al compás de la industria farmacéutica. En más de 45 años de profesión he participado de grupos europeos, publicado en revistas y libros con colegas de todos los continentes. También he comunicado en distintos idiomas casos clínicos infrecuentes e incluso diagnosticado patologías que son raras en cualquier parte. Por ende, tengo una experiencia asistencial importante, a fuerza de cometer errores, porque es poco probable contar con una riqueza experiencial sin haber cometido errores, de allí la humildad que creo necesario adoptar. Si al ego no lo tenemos bajo control, si permitimos que  nos desborde, termina convirtiéndose en nuestro peor enemigo. Todos los años viajo al exterior para participar de estos eventos, y por supuesto aprovecho para hacer con mi mujer lo que hoy se llama turismo cultural, pero aclaro que los costos de esos viajes y los demás gastos salen de nuestros bolsillos, no de los laboratorios y, muy pocas veces he recibido en el pasado alguna colaboración económica para viajar, pagar la matrícula de un congreso o incluso poner en marcha algún proyecto de capacitación para mis médicos residentes. Mi relación con la industria farmacéutica es transparente, no recuerdo que me hayan solicitado nada que estuviese fuera de lugar, tal vez porque saben cómo pienso. Sin embargo la relación económica de muchos laboratorios con los médicos es un problema en todas partes, y da lugar a un submundo que deslegitima la profesión. En efecto, procuran congraciarse con los médicos jóvenes a través de todo tipo de dádivas y buscan convertirlos en vendedores de sus productos. Por otra parte, estoy en desacuerdo con los colegas que aparecen en los medios promocionando un producto medicinal como si fuesen agentes de venta de esas empresas, no es ético, y estoy en desacuerdo con las sociedades científicas que apoyan una marca a cambio de una contraprestación para esa sociedad (no son ONG humanitarias), tampoco es ético, y  lo saben. Mi maestro de gastroenterología, Eduardo Arias Vallejo, un madrileño muy afable que fue discípulo de Gregorio Marañón, quien siempre mencionaba las cuatro vertientes de la medicina (ciencia, técnica, arte y oficio) cuando se enteraba de alguna  irregularidad o traspié en el ámbito universitario o en el seno de la especialidad, con enojo y tono amenazante solía decirnos: “Mejor que yo no suelte la pluma”. No sé si alguna vez la soltó, en el fondo Don Eduardo era un hábil político.

En 1979, con diferencia de unos meses, luego de haber convalidado mis títulos de médico y doctor en medicina por los equivalentes españoles y de haber aprobado un curso de doctorado en la cátedra de Laín Entralgo, me citaron a examen de especialista en la Universidad Complutense de Madrid, en el Hospital San Carlos. Primero fue el examen de neumonólogo, cuya autorización concedieron por los antecedentes que tenía en esa especialidad desde que me gradué, paralelos a mi formación en medicina interna. Luego fue el de gastroenterólogo, tras dos años de curso en el Servicio-Escuela de Enfermedades Digestivas de Madrid, en régimen de residencia y donde obtuve la calificación de “sobresaliente”. Ambos exámenes, cuyas mesas examinadores fueron integradas respectivamente por cinco profesores de la Complutense, fueron teóricos y prácticos. Cuando retorné al país con esas acreditaciones debidamente legalizadas y muy entusiasmado con los resultados de tantos esfuerzos, las presenté en algunas instituciones y, comprobé que a menudo no eran consideradas un mérito, por el contrario, en una de ellas un funcionario le dijo a un colega amigo que, “en España regalan títulos”, pues, consideraba que no era posible que alguien en tiempo record hubiese obtenido ambas titulaciones. Alguno llegó a calificarme de “junta papeles”. Al parecer, tenía demasiado currículum para ser tan joven y eso  evidentemente era un inconveniente (…). Entonces comprendí que el camino que había escogido me traería muchos problemas. Siendo adolescente la lectura de José Ingenieros me vacunó contra la envidia, desde entonces elogio todo aquello que merezca ser elogiado. Los envidiosos, como sostenían los griegos, sufren doblemente: por sus males y por los bienes ajenos.  No exagero si digo que podría escribir un libro relatando los incontables obstáculos con los que tropecé o que arteramente me pusieron tanto en la actividad hospitalaria como universitaria y académica. Ni hablar de las trampas en los concursos. Todavía hay colegas que pueden dar testimonio de lo que digo por haber sido testigos. Recuerdo que siendo aún joven, hubo momentos en que llegué a considerar la posibilidad de retornar a Europa, pero había fuertes razones personales que me lo impedían. Opté por quedarme, al fin de cuentas ese siempre fue mi plan, vivir un tiempo como becario allí y retornar con lo visto y aprendido. Recuerdo que volví cargado de proyectos. No me arrepiento de la decisión que tomé, creo que fue acertada y, no quiero caer como muchos hacen en elucubraciones contrafácticas. Con los años comprendí que estar del lado de la verdad es importante pero no es suficiente, lo mismo puedo decir de la honestidad, los méritos, la capacidad, la conducta responsable, ya que hay otros factores que a veces terminan imponiéndose.

No tengo temor en llamar a las cosas por su nombre. En varias de las instituciones que trabajé, comprobé todo tipo de favoritismos, arreglos trasnochados y corrupción sistémica, algo que forma parte del underground de la profesión, pero siempre procuré mantenerme al margen, incluso de las “internas”, ya que mi objetivo fue, ha sido y es desarrollar la tarea específica, nada más. Mi mujer dice que yo vivo en mi mundo, de allí mi afición por el estudio y el trabajo. Pero algunos de mis críticos, por no llamarlos difamadores, jamás entendieron que disfruto del trabajo y que no es una impostura, pienso que no lo pueden entender porque no les sucede lo mismo, tal vez carecen de vocación. En el ámbito hospitalario cuando un jefe se dedica de lleno a su tarea despierta no pocas resistencias o recelos entre sus pares, y a veces lo ataca la jauría de los que no aceptan nada que pueda modificar el statu quo. Los delincuentes se cuidan mucho de dejar rastro, pero los mediocres no dejan rastro alguno porque no pueden.

En el ámbito laboral no me propuse hacer amigos, estimo que no es bueno mezclar lo personal con lo laboral, si bien es cierto que en todos los trabajos coseché grandes amistades. La amistad es muy importante, la valoro mucho, y surge espontáneamente. Las amistades por interés, buscadas por los arribistas, obviamente no son genuinas.

No es infrecuente que médicos muy capaces y responsables cultiven en sus momentos libres otras vocaciones, como el arte, la literatura, la reflexión filosófica o algún deporte, mientras otros colegas los toman como blanco de sus maliciosas críticas. En más de una oportunidad he defendido a alguno que fue injustamente criticado por el hecho de pintar, ejecutar un instrumento o escribir en sus ratos libres. Aquellos que no admiten que el médico tenga otras actividades paralelas no se dan cuenta de la importancia de las mismas para abrir la mente y tener una visión más amplia de la profesión y de la vida. Hace unos meses un individuo que no conozco,  a raíz de una carta que me publicaron en los diarios con motivo del día del médico, me envió un mail preguntándome si yo creía que en la medicina existía la ética, adjuntando la información periodística de tres casos mediáticos de mala praxis y, dado que  escribo, también me preguntó a qué me dedicaba realmente. No soy de los que se esconden y no tengo problemas en bajar a la arena, pero confieso que me desagrada el barro, y sé que hay gente que suele manejarse muy bien en ese medio, por eso procuro ser prudente, ya que uno sabe cómo entra al barro y no cómo sale.

En mi adolescencia mi padre me hizo leer su biblioteca del Siglo de Oro Español así como otros libros que consideraba importantes para mi formación, siempre le estaré agradecido. Me considero un gran lector, he leído de todo, incluso aquello con lo que no estoy de acuerdo, y tengo cierta habilidad para leer entrelíneas.  A los 24 años, además de graduarme de médico ya daba conferencias, escribía y publicaba, y simultáneamente asistía a cursos de historia, narrativa, filosofía, relaciones humanas e idiomas. La lectura de los clásicos y de otros pensadores actuales que incluso no figuran en el canon, me permite dialogar con ellos. Recuerdo que siendo muy joven, en momentos de adversidad, cuando el ánimo tiende a decaer, solía refugiarme en la poesía de Almafuerte. Mi inmersión en Las Dos Culturas, la científica y la humanística, ya era un hecho cuando ingresé a la universidad. En cualquier actividad que uno elija es necesario prepararse a menos que uno crea en la generación espontánea, tengo mala opinión de los improvisados y también de aquellos que simulan ser lo que no son.

Una de las cosas que me han criticado algunos allegados es mi clara inclinación por la defensa de los débiles y mi participación en ciertas causas perdidas. Quiero aclarar que no concibo la falta de sensibilidad social, tampoco el pragmatismo despojado de un sentido ético. Jamás pertenecí a ningún movimiento o partido político. Tengo por costumbre escuchar a mi conciencia que se impone de manera categórica. Mientras algunos de mis colegas se han pasado la vida procurando hacer relaciones importantes que les ayuden a conseguir puestos de jerarquía, ganar influencias, ser homenajeados, obtener premios, y qué se yo cuantas otras cosas, mi verdadero interés fue, ha sido y es otro. No recuerdo qué escritor decía que los premios, las buenas críticas, los homenajes, son estímulos psicológicos, ayudan a seguir adelante, pero si uno no los tiene igual puede seguir adelante. Claro que no he adoptado la postura extrema del talentoso Henri Micheax, que permanentemente se negó a conceder entrevistas, ser homenajeado, recibir premios, ser parte de un comité de redacción, al punto que no autorizó la edición de sus obras completas nada menos que en la Bibliothèque de la Pléiade, porque consideraba que más que canonización significaba una momificación. Las tesituras extremas no me agradan. Es evidente que hoy vivimos el tiempo de la inocencia perdida y, llegar a ocupar un ministerio, una dirección, un rectorado o un decanato suele responder al mecanismo de las puertas giratorias, es excepcional que sea por el peso de los méritos, aunque conozco algún caso que afirma que toda regla tiene sus excepciones. Cuando verbalizo estas observaciones hay quien se incomoda, considera que es políticamente incorrecto, que sería mejor que enmudeciese y mirase para otro lado. Como decía Aristóteles, soy amigo de Platón pero soy más amigo de la verdad. Y en cuanto a la mentira, creo que hay que mentir lo necesario, no más, pongo por ejemplo la mentira piadosa. En resumidas cuentas, he procurado ser sobrio, mantener cierta discreción personal y pública, no sé si lo he logrado, pero  estoy seguro que esa actitud ha despertado en algunos una inocultable falta de empatía.

Siempre tuve claro que ser jefe a uno no lo convierte en líder. Y como jefe en más de una docena de instituciones (servicios hospitalarios y cátedras universitarias), cargos casi todos obtenidos por concurso abierto, he procurado dar lo mejor, sin embargo no he podido evitar ciertas deslealtades, así como las ambiciones de algunos que deseaban sucederme a cualquier precio, soportar reticencias malvadas, sin que faltaran la insidia y la inquina personal. En todas partes me he encontrado con gente que me ve como un forastero o un outsider, y me han dicho –como crítica velada- que uno debe nacer y morir en la misma institución. Yo no estoy anclado en el pasado, por más que lo tengo presente, pero creo firmemente en el futuro, pese a mi edad y a saber que no llegaré a disfrutarlo, y trabajo con honestidad como ciudadano, médico e intelectual por un futuro abierto para todos, sin privilegios. No es retórica. Estoy comprometido con mi discurso, más allá de los peligros que entraña, y me viene la imagen de la puerta guardada por el dios Jano, aquel de las dos caras, que con una mira hacia la oscuridad y con la otra hacia la esperanza.

Mi capacidad de trabajo me llevó a ser jefe de servicio en dos hospitales a la vez, en uno por la mañana tenía bajo mi responsabilidad unas 150 camas de internación, además de consultorios externos, y en el otro por la tarde también otras 150 camas, ambos con sus respectivas plantas y residencias clínicas.  Además daba clases en los hospitales para alumnos de tres universidades. Reconozco que por momentos el trabajo me absorbía, pero era joven y tenía bastante vitalidad. Obviamente esto me llevó a cerrar el consultorio particular, lo que representó un error que luego lamenté. Recuerdo que en una oportunidad, cuando ingresaba al segundo hospital pasado el mediodía, me esperaba impaciente quien era mi jefe de departamento para reprenderme porque a mis espaldas tres médicos de staff habían solicitado reunirse con el director con la intención de dejarme en mala posición, y en un conflicto que el mismo director sabía que yo tenía razón. El jefe de departamento que avalaba mi desempeño, consideraba que ninguno de los tres podía reemplazarme, pero criticaba mi “distracción” ante situaciones como ésta, un defecto que admito siempre tuve.

La autonomía de vuelo, la libertad de palabra (no solo de pensamiento) y el rechazo al sometimiento que imponen algunas instituciones oficiales y también privadas, tiene un precio muy alto. Yo he pagado ese precio en defensa de mis principios y no me arrepiento, aunque sé que hay quienes pretenden que lo siga pagando hasta el día del juicio final. Creo que la firmeza en asumir mi autonomía, al fin de cuentas firmeza de carácter, a algunos les ha caído mal, otros se han molestado por no poder encasillarme o darse cuenta que nunca quise formar parte del rebaño. Puedo decir lo que pienso mientras otros callan y, considero que si uno está comprometido con la verdad tiene el deber y el derecho de no callar, a menos que esté en juego el pellejo. No quiero situarme en un plano moral superior porque nunca me lo creí, rehúyo del puritanismo y de toda neurosis ética. No tengo inconvenientes en aceptar que he cometido mis pecados de juventud, y ahora de mayor tengo no pocas fallas y errores, pero cuando me equivoco con alguien –y suele pasarme- tengo la costumbre de pedir disculpas.

He sido respetuoso con las instituciones y las jerarquías, pero jamás fui sumiso, a diferencia de algunos colegas que exhiben un orgullo vacuo y que cargados de oropeles van caminando sobre alfombras ajenas. Está claro que si queremos vivir en una comunidad humana necesitamos de un orden, de reglas y normas que todos cumplan para facilitar la convivencia. Pero cuando las reglas de juego fueron mal diseñadas o se establecieron de forma incorrecta o incluso tramposa, como en ocasiones sucede, nos enfrentamos a un dilema. Pienso que debemos situarnos más acá del Bien y más allá del Mal. Las instituciones las conformamos los hombres, y si hoy casi  todas están en crisis es porque la conducta de sus dirigentes revela una profunda crisis. Esperamos ejemplaridad de la dirigencia, pero ésta no aparece.

En lo que atañe a las jerarquías, desde chico mi padre me enseñó que no es el hombre el que se prestigia por ocupar un cargo en una institución, sino que debe ser el hombre el que le de prestigio al cargo, un concepto a contrapelo de la opinión masificada que yo tomé muy en serio. Dicen que los que persiguen el éxito a menudo procuran alcanzar las 3P: prestigio, poder y plata. En mi caso el dinero es solo un medio y de allí mi desapego. En la profesión médica, como también en otras, hay personajes que se mueven como si fueran los dueños de las instituciones, tal vez lo sean, aunque hacen lo imposible por ocultarlo, y a todo aquel que pretende irse por la cuneta que ellos no controlan con vocación de Big Brother, suelen actuar como comisarios políticos y terminan borrándolo de la nomenklatura. Lo sé perfectamente y, hasta podría escribir un libro de enjundiosas anécdotas, pero su publicación debería ser postmorten, no vaya a ser que alguno tenga la brillante idea de contratar un sicario. En muchas oportunidades he manifestado e incluso publicado que sólo reconozco las dinastías intelectuales, las otras no tienen sustento, pero alimentan a muchos tilingos.

Desde mi Fundación, que ya tiene más de dos décadas, estamos empeñados en promover Las Dos Culturas y, las grandes dificultades para concretar muchos proyectos obedecen a que no existe un negocio detrás como en otras instituciones que se declaran sin ánimo de lucro, a pesar de todo su reconocimiento cruza el Atlántico. Mis deseos reales suelo verbalizarlos, no son un enigma ni están encriptados. Gracias a Dios he logrado cumplir con no pocos sueños, lamento que otros no se hayan concretado, pero ha sido por falta de colaboración o porque no se dieron las circunstancias, sin embargo continúo en la lucha, soy de los hombres que luchan toda la vida como diría Beltold Brecht, pues, considero que quien no lucha ya perdió. Pienso que soy moderadamente optimista o tal vez un  pesimista bien informado, depende del momento. Proyectos muy elaborados e innovadores como la concreción de un hospital comunitario, una universidad internacional o una world conference of internal medicine, tuvieron como rechazo el argumento de que no respondían a la “lógica del negocio” y, sinceramente yo nunca me sentí como El mercader de Venecia. En la contabilidad de la vida, deberíamos abrir dos columnas, una con las cosas que hacemos por nosotros, la otra con las que hacemos por los demás. Hoy por hoy en todas partes y en diversos ámbitos el estado de cosas está cambiando. Lo cierto es que muchos decorados y cánones se están resquebrajando al igual que la hipocresía sistemática, y los encargados de esta loable tarea suelen ser jóvenes pensantes. Es de lamentar que en muchos casos haya que rehabilitar al hereje luego de haberlo quemado en la hoguera, porque pretender hacer justicia tardíamente ya no es justicia. El mundo está ávido de reparaciones de la memoria. Y el ejercicio de la desmemoria es manejado por los poderes según sus deseos y conveniencias. Los seres humanos siempre damos vueltas alrededor de los mismos temas existenciales, lo hacemos desde que tenemos registro del mundo, pero en el fondo se trata de problemas insolubles, que nos llevaremos con nosotros. No podemos pretender que la tecnología sustituya a la metafísica o la lógica a los sentimientos. Las máquinas solo entienden aquello para lo que han sido programadas y el mundo con o sin algoritmos será siempre un misterio, no nos engañemos ni nos dejemos engañar por aquellos que dicen tener todo resuelto. La vida de por sí es compleja, el asunto es que muchos se dedican a complicarla. Cuando uno comienza a entender ciertos mecanismos de la vida, es justamente cuando tiene que prepararse para la partida. Hoy la desigualdad está presente en todos los ámbitos, y por supuesto en la atención médica. La muerte es quizá la única ley que nos iguala, nadie escapa, nos iremos como vinimos.

Gracias, muchas gracias, a mis familiares, amigos y maestros.

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