• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: diciembre 2017

El destino, el poder y las desigualdades III

20 miércoles Dic 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Hace unos años regresábamos de Europa con mi mujer y hacíamos la cola para la revisión de aduana en el aeropuerto, un trámite que a veces resulta interminable. De pronto advertí que en la cola de al lado, destinada  al personal diplomático, estaba un conocido empresario que traía grandes bultos transportados por personal contratado, lo curioso es que él no pertenecía al cuerpo diplomático. También noté que muy cerca, la ex esposa de un futbolista famoso, custodiada por dos o tres individuos de seguridad privada, recibía una serie de atenciones poco comunes. Le comenté a mi mujer, quien con tono sarcástico me respondió que se trataba de gente importante. Evidentemente,  los cientos de personas que estábamos allí respetando las normas del aeropuerto, no éramos importantes. No hay duda que las reglas de juego no son las mismas para todos, y en la Argentina esto es palmario.

“The importance of Being Earnest” es el título original de una obra de teatro de postrimerías del Siglo XIX, de Oscar Wilde, conocida en nuestro idioma como “La importancia de llamarse Ernesto”. Una comedia de enredos, cómica, con la seriedad y las costumbres de la época victoriana, que desde el título plantea la dualidad “earnest” que significa serio en inglés, y el nombre Ernesto. Lo interesante de la ficción es que el autor puede transmitir sus sentimientos a través de los personajes y, creo que no hay nada más humano que los sentimientos. En literatura se habla de trama y de estructura. La trama es todo lo que sucede en la narración y, la estructura es la manera de presentar los acontecimientos, el modo en que se encadenan y la técnica del autor. Más allá del indiscutible talento intelectual de Oscar Wilde, sabemos que era un gran conversador, muy agudo, y eso se pone de manifiesto en los diálogos de esta obra que se estrenó en Londres tres meses antes de que fuera a parar a la cárcel.

Hace poco me comentaron acerca de un joven que en You Tube tiene más de dos millones y medio de seguidores. Movido por la curiosidad busqué uno de sus videos. Lo que vi me pareció grotesco, sin mérito, pues lo que resaltaba de la actuación era la flatulencia de uno de los protagonistas, pero antes de expedirme, le pedí a un par de talentosos jóvenes artistas que vieran ese video. Quería evitar el sesgo generacional y también la deformación profesional. La conclusión de ellos no difirió de la mía. Todavía me pregunto qué es lo que les atrae a esa multitud de personas. De todas maneras está claro que se trata de un individuo de éxito, muy importante, no solo para sus seguidores sino para el mercado.

Hace unos años José María Aznar sostenía  que el Estado de Bienestar es incompatible con la sociedad actual y que el apoyo que le daban los socialistas encubría un complejo de inferioridad. En realidad, el Estado de Bienestar o Welfare State, surgido después de la Segunda Guerra Mundial, tenía por objeto superar los males padecidos por la población y procurar alcanzar cierta igualdad. Este proceso de construcción social no consiste en repartir a diestra y siniestra subsidios y ayudas económicas, eso sería malgastar los recursos y sobre todo generar malos hábitos. El clientelismo político es una manifestación patética de este error, habitualmente disfrazado de solidaridad y de justicia social. En los sectores más pobres y atrasados culturalmente, es habitual que estén a la espera de la llegada del caudillo o del “señor presidente”, como si se tratase de la venida del mesías.

Según Tocqueville la democracia es un sistema representativo que no tiene respuestas para la desigualdad, tampoco para la corrupción o la pobreza. Algunos economistas sostienen que todos los impuestos son negativos para el crecimiento de un país o de una región, aunque se cuidan mucho de hablar del “crecimiento con equidad”. Los escandinavos centraron sus esfuerzos en la educación y la sanidad, con la intención de que los ciudadanos fuesen más productivos. En Dinamarca, Finlandia, Suecia, países considerados entre los menos corruptos del planeta, la evolución del PBI ha sido buena. He leído que en Noruega se investigó el efecto que tiene heredar una gran fortuna y, la conclusión es que los herederos son menos productivos, entre otras cosas porque trabajan menos. Algunos consideran que debe gravarse en forma considerable no a las pequeñas herencias pero sí a las grandes, me parece razonable. La desigualdad también ha crecido por los trabajadores no formados, poco calificados, en un mundo dominado por el avance tecnológico. En cuanto a las clases medias, éstas suelen quejarse porque se ven estancadas en su crecimiento cuando no sienten que descienden. Y no faltan los que creen que la situación se resolvería haciendo la de Robin Hood, es decir, apropiándose  del dinero de los ricos para dárselo a los pobres. Nunca fue una solución, ya que sobran los ejemplos donde esos dineros fueron a parar a otras manos y no a quienes realmente lo necesitaban. Más allá de lo que se recaude, el nudo gordiano está en que la recaudación sea bien asignada, y esto a menudo no sucede.

El Foro Económico Mundial cree que harán falta unos 100 años para lograr la igualdad de géneros. A pesar del progreso, todavía se ve a las mujeres como cuidadoras y encargadas de las tareas propias del hogar, una misión que a través de la historia siempre tuvieron.

En estos días estuvo en Buenos Aires la escritora canadiense Margaret Atwood, quien sostiene que para construir una sociedad igualitaria es necesario empezar por la educación en el hogar. Estoy de acuerdo, siempre lo pensé, porque muchas familias no asumen esa responsabilidad o creen que es función del Estado. Atwood considera que el lenguaje tiene mucho que aportar, ya que los gobiernos retuercen y distorsionan el lenguaje. George Orwel así lo entendió. Convengamos que más allá de que en política las palabras superan a los hechos, no podemos ignorar que tanto en la desigualdad como en la pobreza se manifiesta el insondable abismo que separa la retórica de la realidad.

También en estos días Roy Moore, quien llegó a presidir el Tribunal Supremo de Alabama, perdió la votación para regresar al senado de ese estado, lo que significó una desgracia para Trump y los republicanos. Moore considera que la América grande era la de los padres fundadores “en las que las familias estaban unidas, aunque hubiese esclavitud”.

Los expertos de la UCA que miden la pobreza en el país cambiaron de método para hacer sus mediciones, ya no se atienen al ingreso para detectar a los pobres sino que utilizan un índice donde se considera el déficit que sufre la población en ciertos derechos: seguridad alimentaria, cobertura de salud, servicios básicos, vivienda digna, recursos educativos, afiliación al sistema de seguridad social, comunicación e información. Me parece más real porque tiene un enfoque más amplio y multidimensional, pues, no todo es el ingreso. Lo cierto es que ya sea por ingresos o por derechos, en la Argentina un tercio de la población continúa en la pobreza. En efecto, 13,5 millones de personas son pobres, y de ellas 2,54 millones son indigentes, y el 48,4% de los chicos hasta 14 años padecen de este flagelo. Pero tengamos presente que las villas miseria surgieron en Buenos Aires en la década del 30, desde entonces no pararon de crecer y ningún gobierno buscó una solución definitiva. Hay más de 4.000 en todo el país. Por otra parte, hace 110 años se produjo la huelga de los inquilinos de los conventillos contra la suba de los alquileres. Estos inquilinos percibían bajos salarios y la huelga aconteció en Buenos Aires, Rosario y Bahía Blanca. Aquí hubo represión policial bajo las órdenes de Ramón Falcón. Unos años después, en 1919, se produjo la Semana Trágica, a raíz de una huelga prolongada que reclamaba mejoras laborales; también hubo represión, torturas, grupos parapoliciales, y un saldo de centenares de muertos, desaparecidos (muchos niños) e incontables detenidos. En esos días se produjo el único pogrom o matanza de judíos registrado en el continente americano, que tuvo por epicentro al barrio de Once. Se llegó a hablar de 1356 muertos, 4.000 heridos y más de 50.000 detenidos. Aquí los números de las víctimas jamás pueden ser corroborados porque el gobierno de turno declara la niebla estadística. Muchos eran rusos, que se los asimilaba a los judíos, de allí que en nuestro medio “ruso” y “judío” fue tomado como sinónimo. En medio de esta “locura criolla”, encabezada por la Liga Patriótica Argentina, algunos usaban como salvoconducto la frase: “yo, argentino”. Luego vinieron los atentados a la Embajada y a la AMIA, pero esa es otra historia.  La violencia es una constante en nuestro país,  hay demasiados agujeros negros, pero a muchos ciudadanos les tiene sin cuidado.

El destino, el poder y las desigualdades II

06 miércoles Dic 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde mi primer viaje a España impulsado por un proyecto personal que demandó una larga estancia, retorné en varias oportunidades y, en octubre de 2012, después de 35 años, procuré recorrer aquellos lugares de Madrid que me atraparon en plena juventud y donde se gestaron algunos de los sueños que aún me acompañan. Ya nada era igual, es natural, lo intuí cuando planifique esa visita destinada a exhumar una etapa de mi pasado. Sabía que era imposible retrotraerme en el tiempo, hallar lo que en su momento me hizo feliz, sin embargo no me sentí bajo la influencia proustiana de À la recherche du temps perdu.

Llegué la tarde de un domingo lluvioso y frío, justamente el día de las elecciones en Galicia y el País Vasco (terruño de mi abuelo). Los resultados de los comicios calentaron los ánimos de no pocos españoles. Desde mi habitación en un hotel de la Gran Vía procuré seguir esa madrugada los acontecimientos que minuto a minuto recogían las cadenas televisivas. Esa semana fue muy conflictiva, en la ciudad se produjeron 80 huelgas por diferentes motivos. A los dos días de llegar me reuní con un discípulo que venía de Barcelona, impresionado por la multitudinaria manifestación independentista que en la ciudad condal había presenciado. Esa noche, los canales de televisión mencionaban el cerrojo de 1.500 policías establecido en torno al parlamento, donde se estaba debatiendo el presupuesto para el 2013, un presupuesto que según la oposición y en mérito a la experiencia reciente no tenía visos de realidad. Lo invité a mi joven médico residente al lugar donde se desarrollaban los hechos, diciéndole que tenía la oportunidad de ver cómo se gestaba la historia y que dentro de veinte años podría contarle a sus hijos. En la calle estaba el movimiento 25-S que, según los analistas, nadie entendía lo que pretendía. El gobierno los acusaba de practicar la violencia, de ser anti-sistema, y de carecer de propuestas. Es habitual que en las manifestaciones se cuelen elementos radicalizados que pretenden desvirtuar el espíritu de la convocatoria, basta con cuatro o cinco violentos para malograr una manifestación de miles de hombres y mujeres que reclaman pacíficamente. En cuanto a las propuestas que exigían los críticos, estimo que primero deben ser explicitadas por la clase política dirigente, que justamente se especializa en formular propuestas, aunque luego se olvide de cumplirlas, al fin de cuentas para algo se postulan. Las pancartas, muchas de ellas con frases más que ingeniosas, denunciaban una realidad que el poder prefería ocultar. Para algunos, ese movimiento integrado por jóvenes desocupados, debía limitarse a formar parte de esa mayoría silenciosa que tanto alaba el gobierno del PP. No todos eran desocupados, me consta, y algunos que denunciaban el sistema abusivo proponían medidas concretas para combatir la corrupción y salir de la crisis. Lo curioso es que ese panorama hoy se repite en muchos otros lugares del planeta.

Indignez vous!, título del librito de Stéphane Hessel que se convirtió en el manifiesto de los tiempos que corren, sirvió de inspiración a los indignados. Tengo entendido que el original francés fue introducido en España por Federico Mayor Zaragoza. Su prédica se  esparció por toda Europa y desbordó el viejo continente.  Héssel fue un intelectual profundamente europeísta, que participó en la elaboración de la Declaración de los Derechos Humanos en 1948. Era judío alemán, se nacionalizó francés, y en París se hizo activista siguiendo los cursos de Maurice Merleau-Ponty y leyendo a Sartre. Él participó de la Resistencia contra los nazis, fue diplomático, y dicen que pasaba de una batalla a otra, como los derechos de los inmigrantes sin papeles, el ecologismo, la pobreza, la causa palestina que le granjeó el enojo de las asociaciones judías. Stéphane, ya nonagenario, se convirtió en el referente moral de los indignados y murió en 2013.

Es una verdad de Perogrullo que cada uno ve lo que quiere ver al igual que oye lo que desea oír, pues, es propio de la condición humana. Pero claro, cuando se trata de la lucha por los Derechos Humanos, en ocasiones nos topamos con contradicciones flagrantes. Esto sucede cuando a Temis se le cae la venda y pierde la imparcialidad, o cuando nos tapamos un ojo. Si estamos dispuestos a condenar a todo aquel que comete un crimen, condenemos a todos los criminales, no sólo a unos, a la vez que a otros los disculpamos.

El lema de la Revolución Francesa: “Liberté, égalité, fraternité”, constituye una frase muy afortunada, que hizo historia porque sirvió de inspiración a muchos movimientos reivindicatorios. La libertad es la que ha tenido mayor éxito, mucho menos la igualdad, y casi nada la fraternidad. Mandatarios y políticos jamás dejan de mencionarlas.

La igualdad en lo legal significa que todos seríamos iguales ante la ley, y en lo social apunta básicamente a la igualdad de oportunidades. Todos sabemos que es una ficción, sin embargo pienso que debemos luchar para que sea algo efectivo y práctico. Si tenemos una sociedad machista que oculta la servidumbre y los abusos, donde hay privilegios de clase, de culto o de otra especie, y donde  tanto el caciquismo, como el nepotismo y el amiguismo son monedas corrientes, la igualdad no deja de ser  un artículo más de la retórica.

En un estudio de opinión aparecido hace unos días en un matutino porteño, se reveló que el 78% de los argentinos desconfía de la justicia y que el 89% piensa que ésta no es igualitaria. No me sorprende. José Hernández recogió este vicio en el Martín Fierro: “Hacete amigo del juez…”; frase que denuncia esa íntima relación entre la justicia y el poder, que después de doscientos años se mantiene y nos retrotrae al absolutismo monárquico disfrazado  por la supuesta división de poderes.

En los primeros años del Siglo XXI la agricultura fue uno de los sectores más rentables en la Argentina, sin embargo los trabajadores del campo estuvieron entre los asalariados que menos percibieron. El avance tecnológico simplificó las cosas pero no acortó la jornada laboral, la prolongó, y el obrero rural no recibió gratificación por las cosechas récords que oxigenaban el país. Ellos, sin duda, nunca formaron parte del “discurso del campo”.

América Latina sería la región más desigual del mundo, y varios factores tienen  que ver en esta situación compleja. Según algunos analistas la desigualdad en el ingreso sería el resultado y no la causa de las profundas desigualdades sociales.

De lo que no hay duda es que la pobreza debe ser eliminada. Ser pobre produce vergüenza, degrada la dignidad, resiente el sentido de lo que uno vale. Claro que la vergüenza hoy es un sentimiento ignorado en las sociedades occidentales, pero en la doctrina de Confucio constituía una de las ocho virtudes. Las políticas para hacer frente a la pobreza no suelen considerar lo que siente un individuo pobre. En efecto, la pobreza humilla e impide que el individuo se sienta confiado para salir adelante. Es fundamental que quien tenga que hacer frente a esta situación lo haga dignamente y movido por el amor propio. En la India, el que pierde una cosecha, además del perjuicio económico, lo invade la vergüenza, y no es excepcional que se refugie en el alcohol o termine suicidándose. Los gobernantes no entienden que la miseria no se combate con dádivas, ni con planes clientelistas, sino generando las condiciones para que estos seres puedan salir adelante. La palabra caridad no me cae bien, más allá de que sea una virtud teologal junto con la fe y la esperanza. La asocio a la limosna, y a ésta la considero denigrante, prefiero hablar de ayuda al necesitado.

Montesquiu decía que la desigualdad conduce a la aristocracia y que la igualdad extrema al despotismo. Aristocracia y despotismo coinciden en encumbrar a una clase privilegiada.

La política puede ser vista como el intento de organizar racionalmente la convivencia mediante pautas respetadas por todos, pero también distribuyendo justamente los beneficios y las cargas sociales. Una buena política estimula el diálogo, procura la moderación, busca el equilibrio entre los sectores antagónicos, crea una atmósfera pacifista. En materia de distribución de los beneficios y las cargas sociales se impone la equidad, de lo contrario surge la ira entre los afectados. En cuanto a los medios de comunicación, son la principal herramienta para llegar a la población, pero a menudo exageran los pequeños éxitos del gobierno y tapan las grandes fallas. Así se genera un relato y se crea otra realidad.

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