• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: mayo 2021

Los intelectuales, entre la pandemia y el abismo

27 jueves May 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Con la irrupción del Sars-CoV-2 surge la sociedad de la pandemia y la cuarentena, sociedad de las restricciones a las libertades individuales, el trabajo y las reuniones sociales. En efecto, la irrupción global del coronavirus nos obligó a aceptar limitaciones existenciales que comprometen la vida en su totalidad, incluyendo en muchos la restricción mental, que limita, desvirtúa o niega el sentido del discurso y las diferentes narrativas. Por eso las hijas de Asclepio (Dios de la Medicina a quien Zeus mató con un rayo por temor a que los humanos alcanzaran la inmortalidad), Hygea y Panacea, también diosas, lograron imponerse en este escenario de incertidumbre, silencio y duelos, la primera mediante la higiene, la segunda procurando curar la enfermedad; de ellas derivan los términos higiene y panacea que empleamos a menudo.

Lo cierto es que aquella vida que considerábamos normal (en realidad el cerebro convierte en normal cualquier estímulo repetitivo) se esfumó, difícilmente volverá, salvo algunas costumbres, ciertos hábitos, simbolismos, y algún reflejo del pasado que nos produce nostalgia, pero el cambio está en curso y al parecer nada ni nadie lo detendrá. Por supuesto que no faltan los que repiten a modo de sonsonete que “todo tiempo pasado fue mejor”, un recurso de la mente frente a las emociones negativas y los sentimientos de vulnerabilidad, aunque Ernesto Sabato decía que la frase no significa que antes sucedían menos cosas malas, sino que la gente las olvida. Es cierto, la gente olvida demasiadas cosas, de allí la infatigable repetición de los errores.

Con esta pandemia se instalaron en la sociedad la vulnerabilidad y la finitud, dos cualidades existenciales ignoradas por muchos o que no merecían nuestra atención por falta de tiempo material, en fin, dos cualidades capaces de igualarnos y de recordarnos nuestra frágil, contradictoria y finita vida humana.

Cuando hablamos del futuro queremos pensar que será mejor que el pasado, sin embargo la realidad de nuestros días no alienta esa tendencia. Algunos optimistas y autores de manuales de autoayuda sostienen que de esta pandemia los seres humanos saldremos mejores, algo que en lo personal dudo. Un estudio estadounidense con perspectiva histórica anticipa que en los próximos años, superada esta pandemia, se vivirá una época de derroche económico y desenfreno sexual, similar a la de los felices años veinte del siglo pasado, también llamados años locos.

Hoy por hoy el individuo advierte que tanto su vida pública, como su vida privada y hasta su vida íntima han sido horadadas, pues, sin su consentimiento experimentaron cambios sustanciales que logran debilitarlas, incluso dañarlas, y se siente inerme. No es para menos, el ciudadano de a pie, víctima en esta catástrofe epidemiológica como todos, ante este panorama revuelto y oscuro, desde la impotencia se convierte en un simple observador, aunque quisiera ser un testigo de cargo con su testimonio, pero en el fondo sabe que es un convidado de piedra porque su opinión no cuenta. La pandemia caló muy hondo y no se divisa ningún puerto seguro, mientras el timonel pretende sacar rédito de la catástrofe. Existe el agravante de una dirigencia mundial que además de no practicar la ejemplaridad muestra confusión o niebla mental. La impresión de muchos es la de un mundo a la deriva.

Claudio Magris no puede disimular su pesimismo por tanto encierro y restricciones que ha pasado, y confiesa que le causa impresión el hecho de que el mundo cambiará más que con la Segunda Guerra Mundial. Tiene razón, pero no debemos olvidar que en esa conflagración al igual que en la Gran Guerra muchos fueron los países que decidieron no participar, a diferencia de la pandemia donde el virus no respetó fronteras, llegó a todos los confines del planeta y se llevó puesto millones de vidas.

Magris, que además de escritor e intelectual es un político independiente que ocupó una senaduría en Italia, advierte que en esta turbulencia populista hubo mucha gente que en su posicionamiento creyó ser de izquierda cuando en realidad se comporta como si fuera de derecha. Y cuando se refiere al mercado, advierte que ya no se lo percibe como un sistema eficiente sino como la medida de la vida. Coincido con Magris y, parafraseando al presocrático Pitágoras, creo que hoy el mercado es la medida de todas las cosas, incluyendo los seres humanos. La pandemia ha logrado que aumenten las distancias sociales y laborales, y que el lenguaje que se usa en las redes sociales se concentre solo en la instantaneidad. Magris, coincidiendo con otros pensadores, no cree que hoy podamos hablar de progreso, a menos que hagamos alusión específica de la ciencia y la tecnología.

Con la irrupción del virus se alteraron nuestras rutinas, se bloquearon nuestros deseos y surgió una distopía, pero no la que aparecía en la literatura o el cine. La situación vivencialmente en curso, dio lugar a infinidad de reflexiones y citas sobre 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Farenheit 451, de Ray Bradbury, todas narrativas distópicas que fueron best sellers.

Lo que llamábamos normalidad quedó muy atrás y comenzó a hablarse de una nueva normalidad. Por las medidas restrictivas la gente suplantó la calle por el hogar, y no hay duda que lo revalorizó, le hizo mejoras, al punto de convertirlo en un bunker. La vida digital cobró inusitado desarrollo e importancia, a la vez que la gente dejó de concurrir a su lugar de trabajo, como también a la mayoría de los negocios que solía frecuentar y, dejó en suspenso para un futuro sin fecha los viajes y el turismo. La política sanitaria se enfrascó en la atención del Covid-19 y descuidó irresponsablemente la asistencia de las otras enfermedades, como si no existieran, una torpeza sanitaria que tendrá serias consecuencias. El miedo se impuso como inductor de la sobrevivencia, enfrentándose a nuestros deseos, generando malestares, problemas de todo orden, incluyendo dilemas. En efecto, desde que comenzó la pandemia vivimos entre el miedo y el deseo. Algunos gobernantes utilizaron el miedo con la intención de disciplinar a la sociedad, mientras otros trataron de quitarle irresponsablemente gravedad para lograr el agrado de sus seguidores. Unos y otros revelaron ser burdos canallas.

Cualquiera sabe que el miedo nos puede paralizar o por el contrario impulsar a actuar, al extremo que no pocos actos que calificamos de heroicos surgieron del miedo. Pienso que la gente con vocación voluntariosa privilegió el actuar en términos de rendimiento, como sucedió con muchos escritores que nunca fueron tan prolíficos como durante este encierro. Por eso aquellos que evitaron ser presa del pánico se dedicaron a hacer. Y la voluntad siempre fue elogiada en el mundo occidental ya que mediante ella se hicieron realidad muchos sueños que parecían imposibles, por eso alguien dijo que el quid de la cuestión no está en tratar de ser sino en hacer. Claro que esto nos conduce a la sociedad del rendimiento de la que tanto habla Byung-Chul Han.

Es curioso como en estos tiempos marcados por la pandemia a muchos intelectuales ya desaparecidos se los invoca o menciona reiteradamente, como si se tratara de un ritual en el que se convoca a sus espíritus, aguardando respuestas a esta situación. Como ser, Susan Sontang es una de las más mencionadas. Alguien preguntaba: ¿dónde quedaron aquellos intelectuales como Sontang que no aceptaban los límites de la especialización? La pregunta me parece pertinente, ya que en una situación como esta se necesita de la honestidad intelectual y de los intelectuales no contaminados por las ideologías. Dicen que lo que a Susan le desesperaba era la confianza que tenía en el poder transformador de la cultura, que fue clave en su formación intelectual, y sentía que este poder agonizaba (ella murió en el 2004).

Querofonte, amigo de Platón, consultó el Oráculo de Delfos y su pitonisa Sibila, sobre quien era el más sabio, y le respondió Sócrates. Cuando éste se enteró advirtió un enigma y, para develarlo consultó primero a los políticos, luego a los poetas, finalmente a los artesanos, todos dieron respuestas erróneas. Entonces Sócrates comprendió el sentido de las palabras del oráculo: creen saber, cuando no saben, y para peor no tienen conciencia de su ignorancia. De allí la frase socrática: “solo sé que nada sé”, pues, la sabiduría consiste en reconocer la propia ignorancia. Volver a examinar el pasado puede ser muy útil para lidiar con el presente.

La cocina de las revueltas.

14 viernes May 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Las revoluciones raramente surgen de manera espontánea, pues, suelen ser precedidas de un largo período de fermentación social que a veces llega a durar varias décadas, como sucedió con la Revolución Francesa. Y desde la Revolución Francesa la gran mayoría de estas revueltas tuvieron entre sus filas a cuadros intelectuales, siguieron el pensamiento de un ideólogo, o adoptaron el catecismo de un pensador radicalizado, ya que es necesario e imprescindible un discurso convincente que logre convertirse en símbolo de la anhelada conquista del poder. Por eso entre las bambalinas siempre hay algún pensador que al igual que el compositor musical, compone la partitura que ejecutarán los líderes del movimiento revolucionario.

La Revolución Francesa fue hecha por gente que rondaba los 20 años y más allá de sus excesos o algunos desvaríos, lograron cambiar la historia en sentido positivo. Claro que en aquella época la vida era más corta, la adolescencia breve, y a diferencia de lo que acontece en nuestros días, la situación imperante obligaba a madurar muy rápidamente.

Las revoluciones muchas veces son como esas tormentas que se gestan en silencio, desde adentro, que nadie las ve venir, y que el día menos pensado explotan sin poder advertir cuál será el resultado final. Un fenómeno de nuestros días son las rebeliones sociales, muchas de ellas con gran violencia y que se verifican en diferentes partes de los cinco continentes. Los motivos son diferentes, pero llama la atención que cuando la gente sale a la calle para reclamar por un motivo y, luego de días de lucha con el gobierno, éste termina cediendo, los manifestantes no se desmovilizan, siguen en la calle ahora reclamando por otros derechos. En estos movimientos populares no hay detrás partidos políticos, tampoco ideologías, y no se identifican líderes, de allí que se hable de anarquía.

En ocasiones las revoluciones son como la gota que rebalsó el vaso luego de un prolongado período de descontento y desobediencia social, resistencias individuales y rebeliones populares.

En el combate discursivo algunos teóricos apelan a ciertas abstracciones como la burguesía, el colonialismo, las políticas paternalistas o el imperialismo. Sin embargo, la realidad es que muchos se quedaron con los símbolos, las ceremonias, los eslóganes, en fin, la escenografía y el merchandising, y de allí no pasaron. En efecto, creyeron que la “mise en scène»  era suficiente para posicionarse ventajosamente. La mimesis revolucionaria es tal que algunos intelectuales y militantes se ponen la boina del Che Guevara (que Ernesto compró en La Favorita de Madrid, en la Plaza Mayor) o el uniforme color caqui de Fidel, y ya se sienten revolucionarios. Es común que seguidores de estos iconos revolucionarios desconozcan la historia que protagonizaron, y revelen ideas y expresiones confusas, inconexas o desordenadas.

Por otra parte, qué gobernante no llega al poder prometiéndole a sus votantes una revolución que cambiará el estado de situación de la Nación, o asegura que reconstruirá el país que según él fue arruinado por quienes lo precedieron y que todo lo habrían hecho mal. En fin, rebelarse significa romper con el poder, y ser revolucionario implica sublevarse violentamente contra el Estado en busca de la libertad.

La política globalizadora que se instauró desde hace algunas décadas, permitió privatizar empresas estatales a cualquier costo sin importar los daños colaterales ni el tendal de víctimas que ocasionaba, y más allá del marketing neoliberal, dejó en claro que los mercados no se regulan solos. El disgusto, el mal humor social que produjo fue, ha sido y es el fermento para que surjan líderes populistas y autoritarios que hacen un culto del oportunismo. Los ejemplos hoy dan la vuelta al mundo.

Para Saramago, quien falleció hace más de una década, la necesidad de reconocer al otro y de luchar por los otros, es, condición fundamental para el que pretende ser verdaderamente humano. Y entonces decía que el estereotipo Hitler o Mussolini va a ser reemplazado en el futuro por hombres, también fascistas, que hablarán de la familia, la bondad, las buenas costumbres, la religión y la ética. En otras palabras, hablarán de lo que las mayorías ansían oír, sin embargo la historia volverá a repetirse. Y su predicción se hizo realidad. Por su parte Víctor Hugo decía: “Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se vuelve un derecho”.

Byung-Chul Han dice que con el neoliberalismo donde la consigna ahora es que el individuo sea feliz, se lo distrae del dominio, obligándolo a una introspección, de donde surje que no habría que mejorar las situaciones sociales sino los estados anímicos. Sostiene que la exigencia de optimizar el alma obliga a adecuarse al poder y se ocultan las injusticias sociales. La psicología positiva finalizó con la revolución, al punto que en el escenario ya no aparecen los revolucionarios sino los “entrenadores motivacionales” cuya tarea es evitar que aflore el descontento, menos el enojo. Existe una anestesia social que impide la reflexión y el conocimiento, también reprime la verdad. Para Byung-Chul Han la sociedad neoliberal del rendimiento (la clave estaría en el rendimiento), nos induce a auto-exigirnos, a auto-explotarnos, incluso auto-esclavizarnos. El cansancio es apolítico en la medida que representa el cansancio del yo, siendo la profilaxis más efectiva contra la revolución.

Antes las revueltas se pergeñaban en ciertos cenáculos elitistas o en los cuarteles, también en las fábricas o las universidades, pero en nuestros días se proponen en las redes sociales, para terminar haciendo eclosión en la calle.

Ciertos líderes políticos y militantes, asumen hoy como ayer una actitud altanera al pretender enseñarle a cada quien cómo vivir y qué debe pensar… En ciertas oportunidades lo hacen con una retórica paternalista, como el buen padre aconseja a su hijo, pero no nos dejemos engañar, en el fondo subyace un crudo autoritarismo, y lo sorprendente es que terminan siendo votados, por carisma, clientelismo, fraude, o quizás por una combinación de ellos.

Los recursos económicos de un Estado provienen fundamentalmente de los contribuyentes, son “dineros públicos” que deben administrarse con criterio y transparencia. Es imprescindible el control de organismos independientes, y por supuesto que de alguna manera quienes pagamos impuestos tengamos derecho a un informe detallado, pues, en última instancia es dinero que sale de nuestros bolsillos. Por otra parte, los fondos públicos no pueden ser fondos secretos y, los ciudadanos deberían tomar conciencia de esta situación anómala, como también conocer la voluntad del contribuyente y la exigencia de equidad. Ser ciudadano es tener conciencia crítica y exigir por sus derechos. Claro que muchos se resignan a mirar al costado como si los recursos fuesen ajenos ya que el gobierno de turno los usa de manera discrecional en función de sus intereses partidarios, lo que constituye una usurpación. En fin, en este clima comienzan a agitarse los ánimos y se cocinan las revueltas.

El Estado debe garantizar las condiciones mínimas que posibiliten la vida digna de todos sus habitantes, sean documentados o indocumentados, y si los gobernantes no son capaces de gestionar con eficiencia o son superados por la situación compleja, deben renunciar por motu proprio, si no el pueblo tiene el derecho y el deber de exigirles que se vayan. Pero claro, ese es mi deseo y, ya se sabe que el sistema siempre logra bloquear los deseos.

Gilles Deleuze no cree en los gobiernos de izquierda porque para él, gobierno e izquierda son términos contradictorios. Es probable que tenga razón, pues a lo sumo podemos esperar un gobierno que acepte las exigencias o las reivindicaciones que esgrime el clásico discurso de la izquierda, del que hoy se ha apropiado la derecha, con lo cual estas categorías quedan desdibujadas El sistema procura mantener a la gente ocupada, entretenida, y elabora día a día la agenda pública según sus intereses.

Con muchos revolucionarios sucede algo curioso, si vencen terminan instalando un régimen con toda la parafernalia del terror, pero si pierden claman por las libertades y se convierten en defensores de los derechos humanos. Hace unas décadas, recuerdo, un líder guerrillero centroamericano, ya alejado del movimiento insurreccional hizo una autocrítica que me sorprendió, pues, dijo que los dictadores que combatieron y derrotaron, vivían en lujosas mansiones y conducían automóviles Mercedes Benz, pero ya en el poder ellos se instalaron en sus mansiones y condujeron sus automóviles… En fin, es evidente que algunos critican los privilegios por la envidia que les produce no formar parte del grupo de los privilegiados.

Los tiranos saben que a las masas hay que sojuzgarlas mediante el terror, esto explica que los pueblos soporten durante décadas la pobreza, el oprobio, la humillación, porque le temen a la crueldad del amo. Sin embargo hay momentos en que la ecuación se invierte, entonces los individuos salen a la calle y ponen el cuerpo, quizá porque ya no tienen nada que perder.

Sandor Marai (a quien la ocupación comunista de su país lo tildaba de “burgués”), solía aludír a la pretendida falta de responsabilidad del grupo indefenso, al pueblo que era azotado por la dictadura y que no se atrevió a reaccionar de modo apropiado en el momento justo. El escritor húngaro, que era profundamente humano, terminó reconociendo que se trataba solo ciudadanos, no de héroes.

Primo Levi (que fue recluso en un campo de concentración de Polonia), habló de los que tuvieron que pasar por Auschwitz y, pensaba que había que mirar a los sobrevivientes y no a los torturadores para procurar entender el naufragio moral en que se sumió la Humanidad, pues, ya sabemos la maldad que cometen los torturadores. Los que fueron llevados contra su voluntad a los campos de concentración tuvieron que vivir lo impensable y ser partícipes del horror. Levi se oponía a que fueran tratados como héroes ya que carecían de la grandeza de los partisanos, aunque sí reconocía que eran seres inocentes. En fin, Levi relató tantas veces esta historia, y lo hacía en nombre de los que ya no podían hablar, al punto que llegó a decir que se había convertido en un “superviviente de profesión”, que era “casi un mercenario”. Finalmente Primo Levi se suicidó en 1987, Sandor Marai lo hizo dos años después.

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