Con la irrupción del Sars-CoV-2 surge la sociedad de la pandemia y la cuarentena, sociedad de las restricciones a las libertades individuales, el trabajo y las reuniones sociales. En efecto, la irrupción global del coronavirus nos obligó a aceptar limitaciones existenciales que comprometen la vida en su totalidad, incluyendo en muchos la restricción mental, que limita, desvirtúa o niega el sentido del discurso y las diferentes narrativas. Por eso las hijas de Asclepio (Dios de la Medicina a quien Zeus mató con un rayo por temor a que los humanos alcanzaran la inmortalidad), Hygea y Panacea, también diosas, lograron imponerse en este escenario de incertidumbre, silencio y duelos, la primera mediante la higiene, la segunda procurando curar la enfermedad; de ellas derivan los términos higiene y panacea que empleamos a menudo.
Lo cierto es que aquella vida que considerábamos normal (en realidad el cerebro convierte en normal cualquier estímulo repetitivo) se esfumó, difícilmente volverá, salvo algunas costumbres, ciertos hábitos, simbolismos, y algún reflejo del pasado que nos produce nostalgia, pero el cambio está en curso y al parecer nada ni nadie lo detendrá. Por supuesto que no faltan los que repiten a modo de sonsonete que “todo tiempo pasado fue mejor”, un recurso de la mente frente a las emociones negativas y los sentimientos de vulnerabilidad, aunque Ernesto Sabato decía que la frase no significa que antes sucedían menos cosas malas, sino que la gente las olvida. Es cierto, la gente olvida demasiadas cosas, de allí la infatigable repetición de los errores.
Con esta pandemia se instalaron en la sociedad la vulnerabilidad y la finitud, dos cualidades existenciales ignoradas por muchos o que no merecían nuestra atención por falta de tiempo material, en fin, dos cualidades capaces de igualarnos y de recordarnos nuestra frágil, contradictoria y finita vida humana.
Cuando hablamos del futuro queremos pensar que será mejor que el pasado, sin embargo la realidad de nuestros días no alienta esa tendencia. Algunos optimistas y autores de manuales de autoayuda sostienen que de esta pandemia los seres humanos saldremos mejores, algo que en lo personal dudo. Un estudio estadounidense con perspectiva histórica anticipa que en los próximos años, superada esta pandemia, se vivirá una época de derroche económico y desenfreno sexual, similar a la de los felices años veinte del siglo pasado, también llamados años locos.
Hoy por hoy el individuo advierte que tanto su vida pública, como su vida privada y hasta su vida íntima han sido horadadas, pues, sin su consentimiento experimentaron cambios sustanciales que logran debilitarlas, incluso dañarlas, y se siente inerme. No es para menos, el ciudadano de a pie, víctima en esta catástrofe epidemiológica como todos, ante este panorama revuelto y oscuro, desde la impotencia se convierte en un simple observador, aunque quisiera ser un testigo de cargo con su testimonio, pero en el fondo sabe que es un convidado de piedra porque su opinión no cuenta. La pandemia caló muy hondo y no se divisa ningún puerto seguro, mientras el timonel pretende sacar rédito de la catástrofe. Existe el agravante de una dirigencia mundial que además de no practicar la ejemplaridad muestra confusión o niebla mental. La impresión de muchos es la de un mundo a la deriva.
Claudio Magris no puede disimular su pesimismo por tanto encierro y restricciones que ha pasado, y confiesa que le causa impresión el hecho de que el mundo cambiará más que con la Segunda Guerra Mundial. Tiene razón, pero no debemos olvidar que en esa conflagración al igual que en la Gran Guerra muchos fueron los países que decidieron no participar, a diferencia de la pandemia donde el virus no respetó fronteras, llegó a todos los confines del planeta y se llevó puesto millones de vidas.
Magris, que además de escritor e intelectual es un político independiente que ocupó una senaduría en Italia, advierte que en esta turbulencia populista hubo mucha gente que en su posicionamiento creyó ser de izquierda cuando en realidad se comporta como si fuera de derecha. Y cuando se refiere al mercado, advierte que ya no se lo percibe como un sistema eficiente sino como la medida de la vida. Coincido con Magris y, parafraseando al presocrático Pitágoras, creo que hoy el mercado es la medida de todas las cosas, incluyendo los seres humanos. La pandemia ha logrado que aumenten las distancias sociales y laborales, y que el lenguaje que se usa en las redes sociales se concentre solo en la instantaneidad. Magris, coincidiendo con otros pensadores, no cree que hoy podamos hablar de progreso, a menos que hagamos alusión específica de la ciencia y la tecnología.
Con la irrupción del virus se alteraron nuestras rutinas, se bloquearon nuestros deseos y surgió una distopía, pero no la que aparecía en la literatura o el cine. La situación vivencialmente en curso, dio lugar a infinidad de reflexiones y citas sobre 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Farenheit 451, de Ray Bradbury, todas narrativas distópicas que fueron best sellers.
Lo que llamábamos normalidad quedó muy atrás y comenzó a hablarse de una nueva normalidad. Por las medidas restrictivas la gente suplantó la calle por el hogar, y no hay duda que lo revalorizó, le hizo mejoras, al punto de convertirlo en un bunker. La vida digital cobró inusitado desarrollo e importancia, a la vez que la gente dejó de concurrir a su lugar de trabajo, como también a la mayoría de los negocios que solía frecuentar y, dejó en suspenso para un futuro sin fecha los viajes y el turismo. La política sanitaria se enfrascó en la atención del Covid-19 y descuidó irresponsablemente la asistencia de las otras enfermedades, como si no existieran, una torpeza sanitaria que tendrá serias consecuencias. El miedo se impuso como inductor de la sobrevivencia, enfrentándose a nuestros deseos, generando malestares, problemas de todo orden, incluyendo dilemas. En efecto, desde que comenzó la pandemia vivimos entre el miedo y el deseo. Algunos gobernantes utilizaron el miedo con la intención de disciplinar a la sociedad, mientras otros trataron de quitarle irresponsablemente gravedad para lograr el agrado de sus seguidores. Unos y otros revelaron ser burdos canallas.
Cualquiera sabe que el miedo nos puede paralizar o por el contrario impulsar a actuar, al extremo que no pocos actos que calificamos de heroicos surgieron del miedo. Pienso que la gente con vocación voluntariosa privilegió el actuar en términos de rendimiento, como sucedió con muchos escritores que nunca fueron tan prolíficos como durante este encierro. Por eso aquellos que evitaron ser presa del pánico se dedicaron a hacer. Y la voluntad siempre fue elogiada en el mundo occidental ya que mediante ella se hicieron realidad muchos sueños que parecían imposibles, por eso alguien dijo que el quid de la cuestión no está en tratar de ser sino en hacer. Claro que esto nos conduce a la sociedad del rendimiento de la que tanto habla Byung-Chul Han.
Es curioso como en estos tiempos marcados por la pandemia a muchos intelectuales ya desaparecidos se los invoca o menciona reiteradamente, como si se tratara de un ritual en el que se convoca a sus espíritus, aguardando respuestas a esta situación. Como ser, Susan Sontang es una de las más mencionadas. Alguien preguntaba: ¿dónde quedaron aquellos intelectuales como Sontang que no aceptaban los límites de la especialización? La pregunta me parece pertinente, ya que en una situación como esta se necesita de la honestidad intelectual y de los intelectuales no contaminados por las ideologías. Dicen que lo que a Susan le desesperaba era la confianza que tenía en el poder transformador de la cultura, que fue clave en su formación intelectual, y sentía que este poder agonizaba (ella murió en el 2004).
Querofonte, amigo de Platón, consultó el Oráculo de Delfos y su pitonisa Sibila, sobre quien era el más sabio, y le respondió Sócrates. Cuando éste se enteró advirtió un enigma y, para develarlo consultó primero a los políticos, luego a los poetas, finalmente a los artesanos, todos dieron respuestas erróneas. Entonces Sócrates comprendió el sentido de las palabras del oráculo: creen saber, cuando no saben, y para peor no tienen conciencia de su ignorancia. De allí la frase socrática: “solo sé que nada sé”, pues, la sabiduría consiste en reconocer la propia ignorancia. Volver a examinar el pasado puede ser muy útil para lidiar con el presente.