• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: junio 2020

Viviendo la cuarentena entre la pandemia y el futuro contingente

29 lunes Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El Covid-19  ha logrado que el mundo se detenga y de manera traumática. En este inmovilismo no buscado se pusieron en evidencia situaciones graves a las que el público no les prestaba mayor atención o ignoraba, irrumpieron dramas económicos, sociales, psicológicos, y de todo tipo, aunque hubo algunos beneficios colaterales impensados. La incertidumbre es el telón de fondo, pues, no sabemos qué sucederá en este escenario crítico, pero los medios recogen vaticinios de agoreros, nigromantes, futurólogos, exégetas de las sagradas escrituras, buscando  el beneficio del protagonismo mediático.

En muchas ciudades del planeta la gente hizo caso omiso de la cuarentena y salió a la calle. En efecto, las protestas contra el racismo por el asesinato de George Floyd, no sólo cuestionaron el pasado esclavista, racista y colonialista de muchos héroes, sino que se cargaron sus estatuas. Los iconoclastas, expertos en destruir imágenes, volvieron a acaparar la atención de los medios. Es una historia que arranca en la antigüedad, pero se reactivó con la caída del Muro de Berlín, cuando destruyeron  los monumentos de Lenin y Stalin. En pleno centro de Moscú, en la plaza que está frente al Bolshoi, hay una llamativa estatua de Marx, trabajada sobre un bloque de granito gris que pesa unas ciento sesenta toneladas. Un Marx con el puño cerrado y en actitud oratoria. El guía moscovita nos dijo que intentaron retirarla, pero dado su peso optaron por dejarla. Pues bien, en estos días, los que se manifiestan con la consigna “Black Lives Matter” (las vidas de los negros importan), descubrieron la historia que les ocultaron y arremetieron contra líderes confederados,  Colón, Leopoldo II de Bélgica, Winston Churchill, entre otros. Y esto es consecuencia de la historia oficial o de la “política de la historia”. En el último año del bachillerato tuve un profesor de historia que cuestionaba la historia argentina, su hora era la más esperada por nosotros, terminó inoculándonos el virus del revisionismo. Los virus al igual que los dinosaurios vivían en la tierra mucho antes de que irrumpiera el hombre, algo que para algunos sería una suerte de herida narcisista ya que el planeta puede  prescindir del hombre, quien se ha empeñado en dañar  los ecosistemas. Cuando algunos pacientes me preguntan si lograremos eliminar el Covid-19 de la faz de la tierra, les respondo que conviene hacernos a la idea de que en el futuro conviviremos con él, como acontece con tantos otros gérmenes, algunos más letales. El salto zoonótico, el salto del virus de un animal a un ser humano,  se ha dado en distintos momentos de la historia. Las teorías conspirativas de que este virus salió de un laboratorio pertenecen a la literatura de ficción, no hay evidencias, pero mucha gente da fe de ello. La carrera por lograr una vacuna remeda al dios Jano, en una cara los que investigan contra reloj por el bien de la humanidad, en la otra las grandes corporaciones en medio de  entresijos de patentes, donde la vacuna sería para el que pueda pagarla.

Los políticos dicen que el problema no es la cuarentena sino la pandemia, en una actitud sofística para justificar sus ineptitudes. Cuando aceptamos que todos los eventos son el resultado inevitable de causas previas, que todo lo que pasa en el mundo  y nos sucede a nosotros tiene una razón de ser, asumimos un “duro determinismo”, y nadie tendría libre albedrío. En efecto, si uno no creyese en el libre albedrío ya no podría hacer las propias elecciones, porque éste contempla el surgimiento de  los pensamientos, las creencias y los deseos que pensamos que existen en nosotros. En el “determinismo suave” están presentes el determinismo y el libre albedrío, tesitura que nos acercaría más a la realidad de las cosas. Es cierto que para muchos fenómenos no tenemos una explicación convincente, asimismo no logramos desentrañar ciertos misterios, más allá que haya gente que tenga respuestas para todo; no es mi caso. Con algunos problemas y dilemas tan antiguos como la humanidad,  deberíamos tener la humildad intelectual de reconocer que son insolubles. Y hasta los que somos creyentes y ejercemos una profesión científica, debemos asumir que hay límites para nuestro entendimiento. 

Un problema complejo es un problema enmarañado, difícil, con varios aspectos, de allí que su abordaje nos exija ver todas sus aristas y no obstinadamente solo una. Hoy quizá como nunca el poder está en el ojo del huracán. Yo suelo comparar el poder con  la heroína, una droga dura que genera fuerte dependencia y destruye al individuo, a menos que éste advierta que más allá de cuidar al poder, es necesario cuidarse del poder… Napoleón creyó tener en un puño a Europa y terminó sus últimos días en la Isla de Santa Elena. Il Duce fue ejecutado por los partisanos y el Führer se suicidó en su bunker. Churchill y De Gaulle, luego de ser considerados héroes nacionales, un buen día sus pueblos les dieron la espalda y tuvieron que irse a sus respectivas casas. Ya no se trata  de negar la política por los desatinos  que protagoniza la clase política enmarañada en intereses muy distantes de la ciudadanía, dando lugar a un profundo desaliento,  sino  plantearnos una “metapolítica” que vaya más allá de  las especulaciones habituales. Una política existencial con eje en la equidad (dar a cada uno lo que merece) y en la justicia social, es decir la igualdad de oportunidades, el combate de la pobreza, el Estado de bienestar, la distribución de la renta, entre otros derechos que hacen referencia a la “dignidad”. Un error habitual  es confundir la mala suerte con la falta de justicia. 

Una frase que circula como un sonsonete es que cuando termine esta epidemia mundial nada volverá a ser como antes. Es una frase contingente, ya que puede o no suceder, y si bien es inevitable que cambien muchas cosas, no somos pocos los que tenemos deseos de volver a hacer algunas como siempre. Desde ya que habrá cambios profundos en la vida cotidiana. Decía  Bertolt Brecht, «La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer». Ya es patente  un cambio de hábitos, en las reuniones con amigos, los espectáculos públicos, el turismo, los viajes, las clases virtuales, el tele-trabajo, las reuniones por zoom y, también las formas de “intimidad a distancia”. Por otro lado, la cuarentena obligó a millones de personas a convertirse en dependientes del Estado, lo que pone en riesgo la vida democrática y facilita el clientelismo. Las clases medias amenazadas por la economía y las restricciones de libertades pueden erosionar el sistema democrático. La recesión económica, el brutal desempleo y la caída del salario dependerán  del desarrollo de cada país, así como la cobertura social en lo que hace a las necesidades básicas insatisfechas. La seguridad y la tecnología de control con fines sanitarios invaden la intimidad de las personas y sin duda se proyectan en un futuro incierto. Existe la necesidad de  replantear la relación del hombre con el medio ambiente, así como el replanteo de los sistemas de salud y sus coberturas,  incluyendo un consenso en las políticas sanitarias de nivel mundial.

Naomi Klein opina que la crisis ecológica está sacrificando la habitabilidad del planeta, y que la respuesta que debemos exigir debe basarse en una economía regenerativa que asiente en el cuidado y la reparación. Señala la distopía de Silicon Valley. Éste era el mundo que la corporación quería ver, dice. La normalidad sería volver a la crisis, a lo mortal, y debemos proteger la vida. “Necesitamos desarrollar nuevas herramientas de desobediencia civil que nos permitan actuar a distancia”.  Naomi sostiene que tenemos que  estar indignados y que los gobiernos deberían caer por lo que está pasando. 

Durante más de tres décadas vivimos el auge de la globalización, que nos la impusieron como “inevitable”,  con sus ventajas y sus perjuicios. Ahora algunos “illuminati” hablan de  una vuelta atrás, en vez de buscar con inteligencia una alternativa superadora.  No dudo que cada país tratará de arreglar su problemática como pueda y con la clase de dirigentes que le toque, aunque por más que se abjure de la globalización y se decrete un encierro nacional, siempre se necesitará de los otros… Hay países que sin duda son más predecibles. En el caso de la Argentina,  paradigma de la crisis crónica, no existe un país más kafkiano, pero no porque la población sea ávida lectora del escritor checo.

Entre los que reclaman un nuevo orden mundial, adaptado a las necesidades de la época, no faltan los que piden la desaparición de ciertos organismos, como la Organización Mundial de la Salud, que si bien ha incurrido en muchos errores, al igual que la UN, OEA o UE, no creo que deban desaparecer, sí ser reformados para una mejor gestión. Que se cuestione el orden o el desorden no significa que hay que destruir todo. Los gobiernos seguirán con sus relatos, y los sectores sociales más afectados saldrán a la calle con sus propias agendas, algunas utópicas, pero defenderán el derecho legítimo a  protestar, haciendo patente que el silencio no siempre es salud. Decía Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”. El problema reside cuando se la bloquea para defender el statu quo.

Nietzsche pensaba  que el filósofo debía ser “el médico de la cultura”. Y yo creo que el intelectual debería ser “el médico de la sociedad”.  En este escenario crítico, debemos ser responsables con los análisis, reflexiones y opiniones, brindándole al ciudadano lo que necesita para crear valores que le den sentido a la vida. Pienso en la misión del intelectual como un “imperativo moral”. Los intelectuales debemos ser protagonistas éticos, criticando, aportando ideas e imaginando tesis superadoras que no dependan de la coyuntura política, porque el intelectualismo partidista es un serio escollo. 

Con el encierro los recuerdos fluyen y, recordé situaciones que había olvidado por completo. Al ingresar a la facultad pensaba que sería neurocirujano, bastó entrar a la sala del hospital y  cursar medicina interna para darme cuenta que esa sería la medicina  a la que me entregaría, tal vez porque advertí que ninguna otra me daría una visión tan integral del ser humano enfermo. Luego le sumé la bioética, que más allá del andamiaje filosófico, es un puente entre las Dos Culturas (la tecno-científica y la humanística). La docencia la desarrollé tanto en el pregrado como en el postgrado y, me recuerda que debo estudiar todos los días. Esto explica que en mi caso las tres disciplinas se articulen y conformen un trípode intelectual que sin duda se proyecta como cosmovisión. 

Ayer encontré  la medalla (se acompañaba de un diploma) que hace años me otorgó la Sociedad de Medicina Interna de Polonia en su centenario. Tengo pendiente una visita a Varsovia, pero son tantas las asignaturas pendientes que partiré dejando varias deudas. Con el expresidente de esa sociedad, un colega de mi edad, durante varios años consecutivos nos reunimos en distintos países, hace tiempo que no lo veo, tampoco contesta mis mails, temo que ya no podré volver a verlo. Como decía Confucio: “Si todavía no sabemos qué es la vida, ¿cómo puede inquietarnos la esencia de la muerte?”

Viviendo la cuarentena entre la globalización electrónica y la perversa grieta

25 jueves Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El día anterior a que comenzara la cuarentena volvía de Zárate al mediodía y como acostumbro me detuve en el ACA de Ingeniero Maschwitz  para tomar un café y de paso cargar nafta, revisar los líquidos y  limpiar el parabrisas. Yo estaba vestido con ambo, venía de trabajar, el playero me identificó como médico y quiso entablar un diálogo. Hizo comentarios sobre la actualidad, la política, los sindicatos, la corrupción, y  me sorprendió su inteligencia y sentido común, algo que muchos con instrucción universitaria y postgrados carecen. El hombre que tendría unos 55 o 60  años revelaba ser buen observador, sabía de qué hablaba, no decía estupideces como las que circulan en los medios. Confieso que disfruté los 15 minutos de charla. Proseguí el camino y mientras conducía pensaba lo injusta que es la vida con algunos, pues ese hombre podría haber sido un brillante profesional o quizás un digno legislador. Frente a la desigualdad de oportunidades  no puedo ignorar que para algunos la vida fue, ha sido y es muy dura. En la universidad tuve muchos alumnos que trabajaban para poder pagarse los estudios, y que incluso tardaron más años en graduarse por el tiempo que les restó el trabajo. Siempre  procuré apoyarlos, los alenté por el esfuerzo que hacían y, no niego que me gratifica cuando me dicen que como profesor les di una oportunidad.

Por otra parte, admiro a las personas que revelan una comunión entre su obra y su trayectoria de vida, aunque debo reconocer que no es tan común. Cuando en 1996 para inaugurar las actividades de la Fundación decidimos crear los Premios “Vida, Obra  & Persona”, convoque a varios amigos, figuras de distintas disciplinas, para que fueran jurados y decidieran a quienes debíamos premiar. Traté de no influir, además no soy un entendido en la mayoría de los campos que abarcaban los premios. Se premió a gente de trayectoria, muy reconocida, pero al cabo de un tiempo comprobé que con algunos nos habíamos equivocado y, luego de la segunda edición decidimos no continuar.  Hay gente que revela ser quien es cuando tiene la oportunidad de acercarse al poder, no antes, y uno no puede predecirlo. Terminamos dando vuelta la página, preferimos olvidar el traspié y seguir adelante con la tarea de la Fundación.

El día de la Bandera, un  día adverso para el ejecutivo por la protesta popular en todo el país, sin distinciones de clases sociales, más allá de las burdas  manipulaciones para generar confusión y restarle importancia, una imagen por TV me sorprendió por aquel viejo adagio que dice que, “una imagen vale más que mil palabras”. En efecto, frente a la residencia de Olivos, entre los manifestantes, un hombre joven, robusto, cartonero, con su carro lleno de los desechos  que recoge en la calle, exhibía un cartel que decía: ¡No a ninguna privatización! Qué notable, un  ciudadano pobre, que no pertenece a la “oligarquía”, pero que con dignidad estaba defendiendo uno de los pilares de  nuestra Constitución: la propiedad  (los otros son la protección a la vida y la libertad). No tengo dudas que ese cartonero, a diferencia de tantos otros, es, un hombre de principios. Le comenté a un amigo politólogo que la oposición podría haber utilizado esa imagen no fabricada por el marketing como símbolo contra la grieta, y él me respondió que en toda grieta los sectores de uno y otro lado viven de ella, en este caso del poder y los dineros públicos con los que se hacen negocios, por eso el cierre de la misma no conviene ni a unos ni a otros. ¿Por qué en un país rico el pueblo está cada vez más pobre? Y él me dijo: cuando se busca la masiva dependencia del Estado, el pueblo pierde autonomía y debe conformarse con lo que le den, una vieja práctica abusiva e inmoral…

El día siguiente se celebró el día del padre. Lamenté mucho no poder abrazar a mis hijos ni besar a mis nietos, porque todos nosotros cumplimos a conciencia con la cuarentena, y a pesar de que critiquemos los errores que cometen los que dirigen la medida no por eso somos “anti-cuarentena”, como se esgrime para justificar lo injustificable. Sabemos diferenciar el “riesgo” del “miedo”, no somos tontos, tampoco kamikazes.

En estos días muchos hablan de Finlandia como el modelo de país que deberíamos seguir. Conozco algo de su historia y de datos estadísticos que la posicionan en un lugar de privilegio. En realidad todos los países nórdicos están muy bien. Con mi mujer hicimos una visita fugaz a Helsinki mientras nos alojábamos en San Petesburgo. Decidimos almorzar en un gran restaurante, donde habría unas 40 personas. La mayoría mientras almorzaba leía o trabajaba con  su notebook. El silencio que reinaba era propio de las bibliotecas públicas y observé que cada uno estaba en su mundo. También había mesas con dos o tres comensales que dialogaban pero sin estridencias. Había pasado ya una hora cuando miré hacia el piso y me di cuenta que varios tenían a su lado un perro. En efecto, habría una docena de perros en el local cuya presencia no advertí porque estaban en silencio. Recuerdo que le dije a mi mujer: se ve que hasta los perros aquí son educados. También muchos hablan de Holanda como modelo y, fuimos a Amsterdam mientras  nos hospedábamos en Bruselas. Me pareció una ciudad muy peligrosa por los cientos de miles de bicicletas que circulan por el centro a alta velocidad, hay que prestar atención para que a uno no se lo lleven puesto. Mucha juventud, mucha libertad. Quisimos visitar la casa de Ana Frank, próxima a uno de los canales, pero no pudimos por la cantidad de gente que pugnaba por entrar. En esa casa vivió la niña judía que soñaba ser novelista, recluida con su familia y otras cuatro personas durante casi dos años y medio ocultándose de los nazis. Fueron descubiertos, se los envió  a campos de concentración y, al igual que otras mujeres no seleccionadas para morir de inmediato, a Ana le raparon la cabeza y le tatuaron un número de identificación en el antebrazo, allí murió de tifus. En mi paso por el Hospital Israelita en algunas oportunidades asistí a pacientes viejitos que tenían el número tatuado y, siempre me produjo una profunda indignación, pues qué derecho tenían a marcar un ser humano como si fuese una res. El padre de Ana fue el único sobreviviente, y editó ese registro que ella llevaba del lugar secreto en un cuaderno bajo el título: “Diario de Ana Frank”. El negacionismo del Holocausto, miserable a todas luces, agitó la versión de que Ana Frank nunca existió y que el libro era una falsificación de la historia. Conflicto que obligó a realizar varias investigaciones y ante los tribunales se demostró que la negación era una infamia.

En fin, también infames son los que entre nosotros alimentan la grieta, esforzándose  para que cualquier problema se convierta en un falso dilema y así llevarnos a una situación límite, sin mayores alternativas. Pretenden hacernos caminar por la cornisa, que veamos el mundo en blanco y negro, induciéndonos a apoyar su propuesta  pero pretendiendo hacernos creer que es obra de nuestro libre albedrío. Cualquier persona, medianamente inteligente, que analice los discursos de uno y de otro advertirá que los argumentos son endebles y que el entramado termina siendo anti-lógico. Por eso rechazo las versiones maniqueas, son una falta de respeto, aunque reconozco que esas falacias son de consumo masivo y por gente de todos los niveles culturales. 

Como sucede en otros países, el negocio del espectáculo se instaló en el teatro de la política, alimentando el odio y manteniendo abierta las controversias de las que  viven políticos, sindicalistas, empresarios de medios. Desde hace muchos  años  pienso en la necesidad de que exista una política que no tenga que pasar necesariamente por los partidos, que puedan postularse “candidatos independientes” que respondan con lealtad a sus votantes. Sé que esto resulta muy difícil, es ir contra el corporativismo y el negocio de la partidocracia. La gente se ha acostumbrado a votar listas sábanas, conoce el nombre del que encabeza la lista y en el mejor de los casos el segundo y quizás el tercero, pero atrás sigue una larga lista de ignotos cuyo lugar se negocia en medio de tejes y manejes dentro de la estructura partidaria, por eso cuando emiten algún juicio en público dan vergüenza ajena, no tienen altura intelectual ni están capacitados para esa función, pero eso no importa, ellos están para dar quorum y alzar la mano siguiendo “la disciplina partidaria”, ese es el santo y seña de nuestra deplorable realidad política.

Un problema sanitario actual es el efecto paradojal de este confinamiento sin horizonte, es decir que una persona no enferma a través de un encierro prolongado y mal manejado termine enfermándose. En medicina lo llamamos “iatrogenia”. Desde que comenzó la cuarentena atiendo llamados telefónicos y por WhatsApp de personas solas, que con el bombardeo   informativo y las opiniones encontradas se angustian, alguno  llega a experimentar pánico.  Sin ser psicólogo los escucho, les explico la situación, procuro contenerlos emocionalmente, y les prometo que si se infectan no los abandonaré. Psicólogos de la UBA sostienen que la gran mayoría de los encuestados tienen a esta altura algún trastorno de malestar psicológico. Y claro, el stress emocional no lo ve quien no quiere verlo. Está presente en todas las edades. Un experto en educación recomendaba que los niños mantengan los vínculos escolares con los compañeritos y las maestras aunque sea por Internet (aumentaron las regresiones en los más pequeños), que los adolescentes no se encierren en sus habitaciones durante horas ya que a menudo se encierran con su angustia. También he escuchado a chicos del último año de secundaria decir que les robaron el año, ese año que esperaban con tantas ansias. Es comprensible.

En una nota periodística el autor se quejaba de los científicos que ya no aportan la tranquilidad necesaria, que producen exabruptos y simplificaciones, y que incluso hay infectólogos que parece haberles gustado demasiado la TV, al punto de hablar de todo en calidad de panelistas. También decía que a los “millenials porteños”,  tratados de “estúpidos”, por DNU no pueden ver a sus amigos, practicar deportes, ir a la escuela ni visitar a sus abuelos. En fin, las voces se propagan en el viento, quienes deben prestarle atención no lo hacen, quizá tengan otros intereses. Me viene a la memoria una novela cuya trama olvidé pero recuerdo su título: “Dejemos hablar al viento”, de Juan Carlos Onetti, a quien un día tuve el placer de escuchar personalmente en su exilio español.Hoy los economistas se muestran preocupados por el PBI, pero el futuro del país no solo depende de este índice. ¿Acaso no importa el bienestar emocional, psicológico y social? Me preocupa mucho más el índice PCI (poder, coimas, impunidad) o el PIV (pobreza, inequidad, violencia). Y con relación a la tan publicitada post-pandemia, recordé una serie de ciencia ficción que en mi adolescencia veía por TV: “Rumbo a lo desconocido”.

Viviendo la cuarentena en un clima de rebelión.

18 jueves Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Este encierro prolongado y agobiante nos hace recordar muchas cosas, nos da tiempo para la reflexión, y actúa como disparador en una época en que los gobiernos pretenden reescribir la historia, incluyendo los antepasados. Para Borges cada autor crea sus propios antepasados, lo mismo le pasa a la gente corriente. En todo caso, la culpa es del Covid-19. En efecto, hemos encontrado el chivo expiatorio de muchos problemas, incluso anteriores a la existencia misma de este virus, al extremo que hoy sustituyó al terrorismo, exigiendo una narrativa diferente. Y claro, la violencia también es otra.

Como consecuencia del asesinato de Georges Floyd las sociedades han reaccionado contra el racismo con más de cuatro mil marchas en estos días, desde Europa hasta Asia. Haciendo un paneo compruebo que, Paris Match y L´Express (Francia), The Economist (Inglaterra), L´Espresso (Italia) y Der Spieguel (Alemania), coinciden en utilizar la palabra “fuego” para describir estas rebeliones, donde la lucha contra el racismo se entrecruza con la epidemia. También veo como Trump, Boris Jhonson y Bolsonaro persisten en sus taimadas actitudes, niegan lo que les es adverso. La contracara visible de estos impresentables son Angela Merkel, Jacinda Ardem y Sanna Marin, al frente de Alemania, Nueva Zelanda y Finlandia, quienes han demostrado tener la fortaleza, la energía y la inteligencia que no tienen estos mandatarios de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Brasil; mis amigos de esos países me confiesan sentirse avergonzados.

Merkel, hija de un pastor luterano y que debió vivir su juventud en la Alemania del otro lado del Muro, bajo control soviético, de allí que hable el ruso, tomó sus decisiones asesorándose prudentemente con un “equipo interdisciplinario” (médicos, psicólogos, juristas, pedagogos), y lo hizo con una visión humanitaria (como encaró el tema de los inmigrantes), evitando establecer una opción falsa entre la vida y la muerte con el objeto de lograr la docilidad de los que piensan diferente. Ardem dispuso reducir su sueldo y el de sus ministros en un 20% durante seis meses y, con ese simbolismo dijo que si había un momento para cerrar la grieta en su país era ahora, incluso manifestó que no buscaba aplanar la curva de contagiados sino eliminar la enfermedad. Marin, la primera ministra más joven del mundo (34 años) que asumió en diciembre pasado, criada en una familia homosexual, que fue la alumna más pobre de la clase, implementó una política de “testear, seguir, aislar y tratar”, impidió cerrar las guarderías por considerarlas imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad, y recurrió a una red de “operadores críticos” (médicos y enfermeras) para que el mensaje llegase a donde no llegaba el mensaje oficial. Cualquiera que siga la política internacional comprobará que estas mujeres deben convivir con una oposición que no es precisamente anodina, pero ellas saben dialogar, tienen buenas intenciones y objetivos transparentes, evitan presentarse como “líderes providenciales”, y no recurren a impostaciones que causan vergüenza ajena, por eso infunden confianza. Las tres tienen sus aciertos y sus errores, pero edificaron su éxito y prestigio en los hechos, desechando teorías conspirativas, propias de las narrativas populistas. Cómo será el futuro, no lo sabemos, deseo que ellas no pierdan el rumbo. Como ciudadano de aquí me entristece que nunca hayamos tenido una Merkel, ni una Ardem o una Marin, claro tampoco somos Alemania, Nueva Zelanda o Finlandia, donde como decía mi abuela también se cuecen habas.

Hace un par de años escribí en el blog un artículo sobre el Mayo Francés del 68 con motivo de que se cumplían 50 años de la revuelta estudiantil. En aquella época cursaba los primeros años de la universidad y aquel episodio sucedió dos años después de La Noche de los Bastones Largos, cuando la Policía Federal desalojó por la fuerza a estudiantes, profesores y graduados que habían tomado como protesta cinco facultades de la UBA. Hacía un mes que Onganía había derrocado al gobierno constitucional de Illía. La violenta represión fue con bastones largos y, ni el decano Manuel Sadosky se salvó, terminando con la cara ensangrentada. Se hicieron cuatrocientas detenciones de universitarios, se destruyeron laboratorios y bibliotecas. También se disolvieron las facultades de Sociología y Psicología, casas de estudio que engendraban “mentes subversivas”. Científicos y profesores debieron emigrar a universidades de los Estados Unidos, Canadá y Europa, y la universidad argentina nunca más volvió a ser lo que fue… La referencia apunta a dar una idea de por qué entonces muchos no teníamos suficiente información de lo que estaba sucediendo en París. Ese movimiento estudiantil tuvo repercusiones en otros países y, aquí el coletazo fue en la Ciudad de Córdoba: “El Cordobazo”, insurrección popular liderada por dirigentes obreros, a la que se sumaron estudiantes. Diez años después visité por primera vez París (ciudad a la que no me cansa volver), me alojé cerca del Bulevar Saint-Germain, y quise revivir en mi imaginación aquella revuelta de la que me hubiera gustado haber sido testigo.

Los estudiantes franceses armaron una rebelión estruendosa, algo muy típico en los franceses cuando están disgustados. Comenzó a finales de marzo en Nanterre, en las afueras de Paris, y se prolongó hasta junio cuando De Gaulle retomó el control de la situación. En estos días de pandemia Marcelo Birmajer publicó una nota en contra de aquel mayo y, dice que existe un malentendido: “Los manifestantes tomaron las calles e intentaron impedir el normal funcionamiento de una de las democracias más prósperas del planeta”. Señala que allí vivían inmigrantes de todo el orbe, los que huían de la URSS, los latinoamericanos que escapaban de las dictaduras militares, millones de africanos y árabes, y hasta exiliados del franquismo, por eso sostiene que se hacía fila para vivir en París, mientras estos jóvenes franceses, provenientes de las clases media y alta, combatían lo que consideraban que era una democracia injusta, y planteaban como alternativa el maoísmo, el castrismo, el guevarismo, el stalinismo y otras variantes antidemocráticas. No tengo dudas de que en aquella época para muchos extranjeros Francia era un paraíso, sin embargo para muchos franceses era un infierno. No hay que olvidar “le malaise”, el cíclico malestar francés, quizás estimulado porque la renta y la riqueza están cada vez peor distribuidas, insatisfacción que los franceses expresan a viva voz en la calle. Hoy muchos ciudadanos galos denuncian la falta de ascenso social, en una sociedad cuyas relaciones son distantes y conflictivas. Los franceses se han acostumbrado a vivir bien y no están dispuestos a perderlo. Alexis de Tocqueville, sobrino de Chateaubriand, señaló que la revolución de 1789 no ocurrió en un momento de miseria, sino después de mejoras. Birmajer sostiene que entre la herencia de ese mayo sobrevive la intención de reivindicar a los delincuentes (algo de eso sucede en la Argentina de estos días) en consonancia con la concepción de Foucault, y recuerda que el filósofo adhirió en 1979 al ayatollah Khomeini, que llegó a asesinar a homosexuales.

Nicolás Casullo, investigador de las ideas (decía que la historia de las ideas es un fino hilo que las distingue de las ideas en la historia), entonces se hallaba exiliado, participó del Mayo Francés, y muchos años después escribió: “París 68”. Rescata ese movimiento que para él fue una revolución cultural y de costumbres, democratizante y antiautoritaria, que recorrió la historia llegando a una edad de postilusiones, postrevolucionaria, postpolítica, postideológica y postmoderna (Casullo murió en 2008). Señalaba que para los estadounidenses fue un dato cultural, estético, de los tiempos críticos, postmodernos, que enjuició representaciones, arte, valores, racionalidades, conductas y objetivos del “mundo burgués”, que comenzaba a sentir lo moderno como tradición que nos contempla. En los franceses revivió las ideas de Rousseau. Pero por encima de estas miradas divergentes, habría una tercera vía diferenciada de los leninismos y neo-anarquismos. El movimiento, más allá de su fracaso, dio pie a muchos cambios y nos dejó algunos interrogantes que motivan hipótesis contrafácticas.

Desde el Affaire Dreyfus hasta el Mayo del 68, Francia se presenta ante el mundo como “la patria de los intelectuales”, ya se trate de intelectuales universales al estilo de Sartre, intelectuales moralistas como Camus, intelectuales específicos por caso Foucault, o intelectuales de acción como André Malraux. Francia ha sido el gran escenario del debate intelectual, desde Zola a Gide, desde Camus a Sartre, desde Foucault a Bordieu.

En fin, en medio de esta inmovilización forzosa y globalizada, donde hasta el vuelo de las moscas se halla suspendido, me sorprenden ciertas insurrecciones populares, como en Hong Kong, Chile, Beirut, entre otros. También aquí han vuelto los cacerolazos y los piquetes. Unos reclaman libertad y ampliación de derechos, otros ayuda para enfrentar los desastres de esta economía pandémica, comenzando por paliar el hambre. Y me sorprendió la noticia en Facebook de que en Dinamarca las personas que reciben ayudas del Estado estarían inhabilitadas para votar (voto calificado), para evitar el clientelismo, como acostumbro procuré verificar la información, desmentida por la Embajada danesa.

En los noticieros locales veo al presidente recorriendo el país con su gabinete, como si estuviese en campaña, cortando cintas inaugurales, pronunciando discursos que están muy lejos de la consigna “Argentina unida”, prodigando abrazos sin barbijo, sin distancia social y, pienso que Kafka se quedó corto. Excepto el ejecutivo, los otros poderes siguen en cuarentena, no puedo olvidar a Luis XIV: L’État, c’est moi. Cualquier observador nota que se torna patente la Argentina de las verdades absolutas y de las decisiones extremas, que en el fondo no es más que la Argentina de los pasos perdidos… El surrealismo impulsado por gente iluminada así como por la información manipulada exhuma disputas inveteradas y moralmente miserables, como las sostenidas entre unitarios y federales, estatistas y privatistas, patriotas y anti-patrias, que no logran maquillar lo obsceno, el grotesco, lo bizarro. Y muchos toman partido con una olímpica ignorancia de la historia, hacen comparaciones superficiales y falaces, opinan sobre temas técnicos y complejos, y emiten juicios terminantes de aquello que no saben. La prepotencia de una historia que se teje sobre una miserable trama de destrucción masiva y pobreza planificada, que se procura destejer sin éxito desde la denuncia. En fin, a Unamuno le dolía España, a mí como a tanta otra gente de bien, me duele mi país.

Viviendo la cuarentena con templanza y pergeñando el futuro

09 martes Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La pandemia ha puesto en jaque nuestra razonabilidad, nuestras limitaciones, nuestra comprensión de la realidad, incluso la necesidad de un debate abierto y honesto entre las diferentes interpretaciones que prevalecen en los distintos campos. No hay duda que falta transparencia, la incertidumbre nos agobia y, las democracias pasan por un mal momento. Hace unos días, ante la compleja realidad, un amigo me dijo que a veces creía que las monarquías son más sinceras, me sorprendió tratándose de un hombre del derecho y defensor de la democracia, pero lo entiendo, son muchas las decepciones. Y en cuanto a las monarquías, en el mundo hay unas veintisiete y, se justificarían solo porque el pueblo las reclama, aunque dudo que todas sean legítimas. En Gran Bretaña tres de cada cuatro habitantes apoyarían la monarquía, quizá por representar una continuidad, tal vez por eso los británicos son muy monárquicos, aunque se atisban signos de cambio. Suecia, Holanda y Dinamarca, pese a sus regímenes monárquicos tienen democracias avanzadas. En Europa las monarquías parlamentarias no gobiernan, son más bien una atracción turística que genera divisas, sin embargo son cuestionadas por sectores juveniles. Algún intelectual nostálgico dice que las monarquías superan a las democracias. ¿Tienen razón de ser las monarquías en el Siglo XXI? Para mí no, en todo caso eso lo deciden los que prefieren ser súbditos en lugar de ciudadanos, aunque aclaro que no es tan así. A los argentinos nos gusta catalogar las cosas en blanco y negro, llegando a desdeñar la escala de los grises, pero yo pregunto: ¿un súbdito sueco, holandés o dinamarqués tiene menos conciencia de ciudadanía que un ciudadano cubano, brasileño o argentino? Dejo la respuesta al lector reflexivo y crítico. Aquí no tenemos monarquías formales, sí sucedáneos que despiertan verdadero horror.

Un país no es un cuartel, ni un templo, tampoco un club de fútbol, un banco o un gran bazar, mucho menos un set de televisión. Sin embargo la gran mayoría de la dirigencia política, de aquí y de allá, proviene de esas instituciones, lo que explicaría una cierta mentalidad o quizás una “escuela de vida”.

En estos días de severo confinamiento, con la meta de cumplir los 100 días de encierro (no sabemos cuántos más) y, donde procuramos que los sueños no se conviertan en pesadillas, a la vez que valoramos muchas cosas que antes no reparábamos, recordé que la templanza nos induce a hacer las cosas con moderación, más allá de ser una de las cuatro virtudes cardinales de la Biblia, junto a la prudencia, la fortaleza y la justicia, que son las virtudes principales y fundamentales de las que se derivan todas las demás. En efecto, la templanza mantiene el equilibrio y el dominio sobre la voluntad, controlando nuestros instintos, así como las pasiones, los impulsos y deseos. Hoy necesitamos mantener el equilibrio entre lo contingente y la visión de futuro, subrayo contingente porque como todos sabemos, puede o no suceder.

En otro orden de cosas, observo e identifico a ciertos oscuros actores sociales, siempre presentes, que crean una atmósfera de ilustración y conocimiento que no es tal, para hacerle creer al ciudadano común que participa de una actividad cultural y artística de gran trascendencia, cuando en realidad ésta no tiene mayor incidencia en el mundo real. Vivimos en una cultura mediática (el que está afuera no existe), que fabrica fuegos de artificio para que la gente crea que vive en una sociedad libre, abierta, tolerante, donde los que llegan a la meta lo hacen por méritos, no por amiguismo o nepotismo. Lo triste es que la realidad es todo lo contrario. Por suerte hay sectores sociales que no participan de este vacío cultural o quizá cultura del vacío, y que van más allá de lo superficial.

En mi juventud se valoraba el esforzarse para poder avanzar y, no pocos entre los que me incluyo, seguíamos una verdadera carrera meritocrática. Los que dicen que la meritocracia no garantiza la equidad y que no existe igualdad de oportunidades tienen sus razones, en tanto y en cuanto sean capaces de reconocer los méritos ajenos y denuncien las “roscas”, no los que deciden ignorarlos y entronizar a los peores. No está claro cómo medir los logros, con frecuencia la medición es arbitraria, además se cuela el marketing, bástenos como ejemplos el haber concurrido a una escuela donde el acceso lo decide el elevado costo de la matrícula, o a una ostentosa universidad que rankea internacionalmente, e incluso el obtener un empleo o cargo estatal de importancia, que como todos sabemos se logra más por contactos que por capacidad y méritos. Uno puede ser políticamente incorrecto, pero las cosas son como son. Reconozco honrosas excepciones, pero éstas no logran convertirse en regla.

Cuando los médicos discutimos en público, no en el ámbito apropiado de pares, la ciencia se torna mediática, y hasta ideológica. No significa que a la ciudadanía se le deba ocultar información por paternalismo, pero no es correcto hacerla participar de un debate propio de técnicos. El médico personal del ex premier Silvio Berlusconi, dijo: “Desde el punto de vista clínico, el Covid-19 no existe más”. Italia se está recuperando y, el virus sigue contagiando, la reacción de otros referentes fue enérgica. Los medios no solo registraron el debate, indujeron a tomar partido. Si la gente cree que el problema está resuelto puede asumir actitudes riesgosas. Los gobiernos dicen que hacen lo que los científicos les aconsejan, pero no siempre es así, además los científicos también se equivocan. El conocimiento científico es riguroso, metódico, sistemático y verificable, también auto-corregible. Y la ciencia es neutral, aunque los científicos no lo sean…

Cuidado con los mensajes y meta-mensajes “sensibles”. Un ministro de salud acusó a las clases media alta y media de traer la epidemia por viajar en avión. Claro, también los conquistadores trajeron a América la tuberculosis, la sífilis, la lepra, la viruela, la rabia, entre otras enfermedades infectocontagiosas que diezmaron la población, no por eso voy a enemistarme con mis antepasados. Ahora un funcionario bucea en la hermenéutica del virus e interpreta su ideología: éste es democrático para expandirse pero profundamente clasista cuando hay que contar las muertes, afirmación sin sustento en las estadísticas oficiales. Podríamos seguir con la retahíla de dislates, ya cotidianos. La segregación clasista, al igual que el racismo engendra odio, que puede servir a tirios y troyanos, pero no a la convivencia. El uso de metáforas exige destreza preceptiva y, de ser posible talento.

Entusiasmarse con el futuro en un país que no tiene moneda, no tiene crédito, no tiene reservas, ni tiene confianza, resulta difícil, sobre todo para aquellos que desde hace décadas vivimos los altibajos y sinsabores de la historia. Nos cuesta ser optimistas porque hemos sido defraudados y esquilmados una y otra vez por todos los gobiernos. Claro que tenemos a nuestro favor la gimnasia que otros no tienen, desde hace mucho somos cobayos de laboratorio de expertos extranjeros que buscan desentrañar nuestra inveterada crisis. Es célebre la frase de Georges Clemenceau hace un siglo cuando dijo que aquí se roba de día mientras la riqueza crece de noche, o el comentario del humorista Cantinflas de que la Argentina tiene millones de habitantes que por más que se empeñan no logran hundirla, o más cercanos en el tiempo, en mis días de becario en Madrid, mis colegas me decían que el único problema que tenía este rico país era que estaba habitado por argentinos, y que si se reemplazara la población por alemanes, ingleses o nórdicos probablemente sería la primera potencia… Bromas aparte, la situación es compleja y angustiante. Y el humor social no se puede regular por decreto.

Los analistas señalan tres fenómenos: la situación sanitaria, la catástrofe económica y la pandemia psicológica, pero hay otros fenómenos importantes, contextualizados por una peligrosa performance política e ideológica. La salud pública, las libertades ciudadanas, el funcionamiento de las instituciones o la sana economía, no tienen por qué colisionar.

Antes de la cuarentena solía hojear los suplementos económicos, financieros y de negocios, hoy los leo detenidamente para entender lo que sucede. Un economista decía que el aislamiento en el planeta rompe con la esencia de la economía de los últimos siete mil años. Por formación suele abordar los problemas partiendo de sus orígenes, de allí que me resulte difícil ignorar los antecedentes. Platón era un inflacionista por lo que he leído, que convenció al rey de Siracusa de emitir y de darle a la moneda metálica un valor tres veces superior que el valor del metal. Le pidió el monopolio del Estado y puso un duro control de cambio, pero la gente encontró la manera de eludirlo. Siracusa tuvo una hiperinflación, a Platón lo vendieron como esclavo y lo compraron sus discípulos. Aristóteles era completamente ortodoxo, educó a Alejandro Magno, el hombre que sometió a Grecia y el corazón de Asia. Le dijo a Alejandro que si quería un imperio debía crear una moneda que circulara por los países y mantuviera su valor a través del tiempo. El destino de la relación con el poder monárquico no fue muy diferente para Aristóteles, debió huir para refugiarse en Atenas. En fin, todo muy actual después de veinticinco siglos. Me preocupa que la economía se distorsione y seamos víctimas de la crematística, algo que también fue motivo de preocupación para los antiguos griegos.

Frente a los cierres definitivos de negocios y empresas, con el drama social y el porvenir oscuro, procuro averiguar qué sucede. Tengo en casa a una egresada de ciencias económicas que me explica lo que no llego a entender. Tratar a los empresarios y comerciantes como si todos fueran villanos no es justo, desde ya que los hay, como en todos los ámbitos de la vida. Pero muchas críticas altisonantes ignoran, o prefieren desconocer, la perversa “tasa impositiva”, pues solo dos países en el mundo pagan porcentajes por encima del 100%: Comoras (219,6%.) y Argentina (106%,). El esfuerzo y el éxito aquí no son alentados por el Estado, son un demérito. Claro que Comoras es un archipiélago de tres islas volcánicas y algunas pequeñas islas en el Océano Índico, entre Mozambique y Madagascar, tiene menos de un millón de habitantes, en su mayoría árabes que profesan el islam suni. Este país africano se independizó en 1975, con una historia de fraudes y dictaduras, es uno de los más pobres del mundo… En fin, si uno se atiene a la evidencia, dejando de lado ciertos enjuagues ideológicos, no hay que ser muy inteligente para comprender buena parte del problema. Como decía Rabindranath Tagore: “La verdad no está de parte de quién grite más”.

Viviendo la cuarentena con moderación y prudencia.

01 lunes Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Algunos amigos, lectores de este blog, me aconsejan ante este confinamiento intransigente que evite enojarme por las cosas que pasan. Y mirando por el espejo retrovisor de mi vida, hoy me doy cuenta que ya en mi juventud me indignaban las mismas cosas, lo que refuerza la tesis de que aquí nada cambia, todo sigue más o menos igual, a lo sumo los cambios son gatopardistas, destinados al consumo del rebaño (no hablo de la inmunidad de rebaño). Llegaron a aconsejarme la práctica del Budismo Zen, con énfasis en la meditación, la percepción de “la verdadera naturaleza», desestimando el conocimiento intelectual para facilitar la práctica espiritual. Yo agradezco las buenas intenciones, pero en lo que atañe a la espiritualidad he recorrido un largo camino y, una febril incursión entre los 20 y 25 años, época en la que procuré investigar todo lo que pude. Llegué a la conclusión de que ciertos conocimientos me están vedados, por eso eludo el tratamiento de cuestiones metafísicas y esotéricas que jamás resolveré. Por algunas de mis notas en los periódicos recibí la felicitación de gente que no conozco y que me habla de la Biblia, que interpreta la génesis de la actual pandemia a través del algún versículo, y me invita a concurrir a sus iglesias donde aseguran que allí encontraré todas las respuestas… Felicito a aquellos que han resuelto todas sus dudas existenciales y las del más allá, no es mi caso, vivo con la realidad del más acá, sin descuidar la espiritualidad que forma parte de mi vida íntima, la que defiendo contra el viento y la marea. No pretendo convertir a nadie imponiéndole mi religión, pero me desagrada que traten de convertirme. Recuerdo que viajando a Bolivia para dar una conferencia sobre “industrias culturales y ética”, en el avión tuve por compañero de asiento a un hombre de mi edad, muy simpático, que inició un diálogo trivial y, a los diez minutos advertí cómo sutilmente me llevaba al terreno escatológico. Zorro viejo en estas lides olfateé que seguía un manual de conversión dogmática, Mientras bebíamos, a cada pregunta solía responderle con alguna duda, pues, tengo una marca cartesiana que me delata: la duda metódica. Cuando nos despedirnos, me confesó que era pastor y le prometí que visitaría su templo, se puso muy contento, pero jamás cumplí la promesa. En otra oportunidad, en San Pablo, en un seminario de bioética, un pastor holandés se refirió a los pacientes terminales, subrayando que en esa etapa de la vida el enfermo solo necesita que lo acompañen y lo contengan, no más, y criticó a los religiosos que ven una oportunidad para hacer proselitismo. Trasladando esa idea a la crisis actual, pienso que no es momento de ganar prosélitos, pero nuestros políticos se rehúsan, son refractarios por no decir incorregibles, y bien podrían protagonizar la “La jaula de las locas”.
Los que me conocen bien saben que me gusta decir verdades, pero confieso que me duele cuando esas verdades agravian o dañan a aquellos por los que siento verdadero afecto, estén situados de uno o de otro lado de la grieta. Me pasa porque privilegio los afectos y, hago a un lado las ideologías y los dogmas, de allí el estribillo de la canción que cantaba Tanguito, “Pero el amor es más fuerte”. En mis días de Madrid, los medios convocaban a menudo a Borges y Sábato. Mis amigos españoles estaban indignados con los declaraciones de Jorge Luis, dueño de una ironía incisiva, que lanzaba un misil a un poeta español consagrado y se quedaba callado con la mirada perdida, en cambio no se enojaban con Sábato que también profería sus críticas pero enseguida se ponía colorado, como si inmediatamente se arrepintiese porque no era su intención agraviar.
En la clase dirigente actual salta a la vista una impericia en el arte de la palabra y en la trasmisión inteligente de los mensajes, en la oratoria y en la escritura, al extremo que todos los días deben salir en los medios a formular aclaraciones sobre lo que dijeron, incluso desmentidos sobre las declaraciones del día anterior. En fin, el estilo oratorio hace a la persona, pero la incontinencia verbal hace al relato…
Resulta patético ver peleas de la farándula y vedetes que se enfrentan por cuestiones políticas y, el presidente participa, más allá de declaraciones falaces, e incluso veo en los noticieros que él si puede abrazarse con la gente, y hasta quitarse en público el barbijo, mientras yo tengo prohibido abrazar a mis hijos y nietos. Entonces, al igual que otros me pregunto: ¿éste es el sentido de la justicia social, y el de la igualdad ante la Ley? No sé si el presidente tiene un aparato inmunológico premiun, pasó los 60 años, la vicepresidente tiene 67, el ministro de salud 74, pertenecemos a la misma generación….
En la zona donde circulo por razones domiciliarias, limitada por las avenidas Corrientes, Callao, Santa Fe y 9 de Julio, compruebo un estricto cumplimiento del protocolo, todos con barbijo, distanciamiento social, frasco de alcohol en gel en el bolsillo, y en los supermercados del barrio un celoso cumplimiento del personal de seguridad para que al ingreso uno se desinfecte las manos y no entre más gente de lo previsto. Eso no se puede ignorar, ya que revela la responsabilidad que otros no tienen. Entiendo que en algunas zonas carenciales ese cumplimiento resulte imposible en todos sus términos, y allí sí tiene que estar el Estado para ver cómo protege a esa gente.
Con el aval del dilatado ejercicio asistencial que tengo, en muchos detecto agotamiento en sus rostros, no es para menos, llevan 10 semanas de aislamiento, algunos en soledad, no saben cuánto más, y nadie los contiene psicológicamente. En la Argentina basta con ignorar un problema para negarle su existencia real. Un colega psiquiatra decía que la psiquis no aguanta más de 4 ó 5 semanas de aislamiento, por eso vengo insistiendo en que hay que buscar alternativas inteligentes y no autoritarias, acordes con la zona o región y la realidad sanitaria. En Europa hice una pasantía de dos meses en un departamento de medicina psicosomática, me fue muy útil para desarrollar otra visión.
Hace varios años, en Lisboa, participaba de un congreso europeo y, el día de la inauguración, mientras aguardaba la apertura, pasó a mi lado el presidente de Portugal con cuatro custodios y su edecán. Luego de escuchar a las autoridades del congreso, él tomó la palabra, dio la bienvenida en portugués a sus connacionales y en un inglés british impecable pronunció su discurso. La mayoría éramos extranjeros (quizá yo el único latinoamericano), y él habló con un conocimiento de la medicina interna y su repercusión social, sin ser médico, que me deslumbró. Ya sé que pudieron haberle dado letra, pero él la masticó, y en la elocución se atuvo a la preceptiva clásica: exordio breve, desarrollo meduloso y epílogo impactante. Cuando llegó mi mujer al cóctel, le pregunté por qué aquí no teníamos políticos de esa talla. Hoy otro es el presidente, quien llegó al parlamento para tomar su cargo a pie, no permitió que en el recinto hubiese familiares, quienes lo aguardaban a la salida mezclados entre el público. Como decía uno de mis profesores, si bien el hábito no hace al monje, es evidente que lo ayuda… En cuanto al Covid-19, Portugal tomó medidas rápidas y efectivas: de entrada hicieron más test que Noruega, Suiza, Italia y Alemania, establecieron servicios de urgencia exclusivos para estos enfermos así evitaban contagios en los hospitales, regularizaron a todos los trabajadores inmigrantes para garantizarles la sanidad (150.000), entre otras medidas. Portugal es elogiado por el manejo de la pandemia.
Cuando comenzó la cuarentena hice público lo que pensaba sobre medidas que no debían dilatarse (algunas se dilataron, otras ni se consideraron), y no hablo con el diario del día después porque repito está publicado. Los médicos internistas, a diferencia de los epidemiólogos y otros especialistas, somos como no me canso de repetir en todos los foros locales e internacionales, los que mejor preparados estamos para ejercer una medicina integral, vemos el árbol y también vemos el bosque, no usamos anteojeras.
Era obvio que de entrada había que poner énfasis en los geriátricos, asilos, villas de emergencia y sujetos en situación de calle. Era obvio que no podía existir un protocolo único para realidades poblacionales tan desiguales. Era obvio que de entrada había que proteger al personal de salud por el alto grado de exposición. Era obvio que no se podían desatender otras patologías que incluso ocasionan más muertes. Era obvio que la “comunicación sensible” debía ser filtrada por psicólogos, para no infundir miedo, si no para que la población tome conciencia, sepa cuidarse y cuidar a los demás, eso forma parte de la educación, pero interesa más el adoctrinamiento, así nos fue y así nos va.
Uno puede imaginar o incluso planificar el futuro personal, sin embargo ante una situación de crisis como la que vivimos, gravísima, lo correcto es que el que lleva el timón explicite la hoja de ruta (dudo que la tenga por el tiempo transcurrido sin dar señales), la comunique de manera clara, sencilla y con precisión, así la gente puede saber hacia dónde navegamos y cuáles serán los puertos a tocar. Si el mensaje es breve, mejor, ahora si su contenido es anti-lógico, mixturado con chicanas y golpes bajos, que no se enoje si llueven las críticas, pues, cada uno debe hacerse cargo de sus palabras.
En Quilmes, en la Villa Azul, el asentamiento es de los años 60, y enfrente separada por la ruta, la Villa Itatí es de los años 50. Un hombre dice que el agua sale sucia y le da miedo dársela a los niños, una mujer comenta que espera atención médica desde hace un mes, otros se quejan por falta de comida, mientras la propaganda oficial (que tanto nos cuesta a los que pagamos impuestos) dice: “El Estado presente”, pero acaso alguna vez estuvo presente el Estado en estos 210 años de historia. Reparemos que La Villa 31, en Retiro y próxima a la Recoleta, es la emblemática de CABA, un asentamiento que comenzó en 1932, en la “Década infame” o de la “república conservadora” (entre 1939 y 1943), época caracterizada por el desarrollo y la bonanza económica, al extremo que se tropezaba en el Banco Central con los lingotes de oro, pero también época caracterizada por el retroceso de las libertades ciudadanas. Mi padre me contaba que cuando debió votar por primera vez, en un corralón de Villa Crespo bajo custodia del ejército, el presidente de mesa le pidió la libreta, la firmó, selló, y le dijo: usted ya votó… La justificación era el “fraude patriótico”. En fin, los barrios de emergencia según fuentes oficiales, en la Provincia de Buenos Aires desde el 2001, pasaron de 385 a 1.800 asentamientos, donde viven 12.300.000 seres humanos y esto, es, evidencia, punto. Como dijo Charles P. Scott en su famoso editorial de The Guardian: “Las opiniones son libres, los hechos son sagrados”.

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