Hace unas semanas estábamos con mi mujer en el MoMA de Nueva York en medio de un gentío proveniente de todas partes del mundo que dificultaba caminar por las salas. Pero lo que más me llamó la atención era la gente que se aglutinaba en torno al cuadro The Starry Night, de Vincent van Goth. Es más, había gente que subía en el ascensor directamente al quinto piso, ignorando las pinturas de Paul Cézanne, Picasso, Henri Matisse, Monet, Kandiski, Frida Khalo, y tantos otros maestros del arte. El cometido era sacarse una selfie al lado de la obra de Vincent y luego subirla a las redes sociales. Yo no entendía esa fiebre, pero mi mujer me explicó que sin duda tenía que ver con el éxito de la película sobre su vida estrenada el año pasado, y también por la hermosa canción compuesta en 1971 (Starry, starry night) y desempolvada recientemente. El genio incomprendido que fue Vincent van Goth, un holandés autodidacta, solo fue reconocido después de muerto, algo que no me sorprende. En fin, la masiva atención de la gente marca tendencia, y eso también denota moda.
Moda es aquello que en un momento determinado goza de gran aceptación por parte del público. En el caso de las prendas de vestir, donde más se usa el término, coincide con el gusto colectivo pero también cambiante por ciertas vestimentas. De allí que se hable de “tiendas de moda”, “moda de temporada”, “revistas de moda”, “estar de moda”, “vestir a la moda”. Cuando una prenda de vestir pasa de moda es porque perdió vigencia. Y en ese mundo circulan términos como Alta Costura o Haute Couture que tiene ver con el arte, la exclusividad, o Prêt à porter ligado a la industria y a la producción masiva. Pero la moda rápida es lo normal.
La industria de la moda fue la que primero siguió el concepto de “obsolescencia planificada”. En efecto, quien se viste siguiendo la moda comprueba que cada vez los períodos de vigencia son más cortos y las grandes marcas llaman al reciclaje, pues, pasa la temporada y esa ropa ya quedó obsoleta, con lo cual se fomenta el consumismo. Desde que apareció la globalización muchas cosas han cambiado en el mundo de la industria y de los negocios, pero sobre todo en la industria textil y de la moda. Recuerdo que en los años 90, en París, parábamos en un hotel del Barrio Latino y una tarde acompañé a mi mujer a un negocio del barrio donde vendían unas blusas muy bonitas, elegantes, que eran creaciones exclusivas, y de pronto advertí a mis espaldas los destellos de un flash fotográfico, inmediatamente la vendedora salió a la calle a los gritos, porque le estaban pirateando los modelos que tenía en vidriera. Por la noche salimos de paseo y delante nuestro iba una mujer oriental filmando todas las vidrieras que mostraban ropa de vestir. La piratería siempre existió y se verifica en todos los ámbitos de la industria y de la cultura en general. El gran conflicto se halla con la propiedad intelectual y en el pago de las patentes que a muchos les resulta conveniente ignorar.
Hoy las grandes marcas están presentes en todas partes, y es así como en una tienda de París, Roma, Londres, Moscú, Beirut, Nueva York o Buenos Aires, uno halla ropa confeccionada en la India, China, Vietnam, Camboya, Bolivia o Perú. Claro que detrás existe toda una abigarrada problemática. Como ser, actualmente se le exige a la industria de la moda que sea sostenible, que tenga conciencia ambiental y que asuma una responsabilidad social con el consumidor. Y los consumidores se movilizan siguiendo sus gustos y también el precio de los productos.
Un serio problema de la industria textil es la explotación laboral inhumana y en muchos casos el trabajo en condiciones de esclavitud. Según he podido leer, las marcas más famosas de ropa en el mercado buscan proveedores que les permitan una mayor rentabilidad, ya que pagan muy poco por la producción y luego venden sus productos a un precio muy elevado gracias al aparato publicitario que manejan. Talleres textiles, muchos de ellos clandestinos, tienen trabajando a familias enteras, incluyendo niños, sin ningún tipo de contrato ni cobertura social, con salarios miserables y bajo amenazas por ser extranjeros indocumentados. En Buenos Aires y en el interior del país, desde hace tiempo se realizan operativos en talleres clandestinos inhóspitos, detectando personas en condición de trata y servidumbre.
Los consumidores pueden priorizar la calidad de la vestimenta, el estilo o la tendencia. A la compra le sigue el período de uso y finalmente el deshecho de las prendas. En Internet aparecen varios portales anunciando que otra moda es posible (también necesaria) y allí algunos diseñadores opinan que el ecosistema de la moda debe cambiar, que las grandes marcas deben modificar la forma de hacer negocios, que es necesario cuidar a las personas y al planeta (la industria textil se halla entre las que más contaminan). En reiteradas oportunidades he leído que se debe cambiar el paradigma de los hábitos de consumo y, esto no significa que necesariamente se deba afectar el buen diseño o que la ropa no esté bien confeccionada.
Los hábitos de consumo van cambiando con el paso del tiempo. Muy lejos estamos del famoso George Bryn Brummell, considerado un dandi, un exhibicionista original, que con su buen gusto por la ropa impuso su afición a los demás, sobre todo en la corte de Inglaterra en época de la Regencia. Él gastó parte de su fortuna en la ropa, pero además dicen que insistía en la higiene personal al punto de bañarse diariamente y, al igual que Cleopatra, se bañaba en una bañera llena de leche. A Beau Brummell se le atribuye el traje moderno de caballero, con corbata o pañuelo anudado al cuello.
No hace mucho las chicas solían comprar revistas de moda, pero hoy van directamente a Instagram. Y así como la ropa forma parte de la historia del diseño, también es parte de la historia del arte. Hace poco viendo un programa de la Deutsche Welle, tomé conocimiento de que ahora la moda es la anti-moda, cuya capital sería Marsella y que representaría el 5% de las ventas globales. Lo de anti suena a contestatario y procura romper con los cánones tradicionales. Se habla de tendencia “destroy” y culto a lo feo como expresión de rebeldía. El cine, el teatro, la música, entre otras manifestaciones artísticas, evidenciarían el contagio. Prendas de ruinosa apariencia pero de las grandes marcas tienen precios elevados. También resurge el “arte pobre” que remite a finales de la década del 60, cuando en Italia utilizaban materiales que carecían de valor o eran de desecho. En tiendas consideradas selectas, he visto ropa de trabajo u overoles con el sello de marcas líderes a precios desmesurados.
Lo orgánico está marcando una tendencia, tanto en la vestimenta, como en los productos cosméticos y de belleza, y sobre todo en los alimentos. En la industria agroalimentaria se procura establecer una competencia con la producción tradicional. Pero más allá de la moda, qué duda cabe que son más saludables aquellos productos naturales elaborados sin sustancias químicas, si bien es cierto que lo deseable no siempre es posible. Cuando voy al supermercado compruebo que en las góndolas los productos orgánicos son mucho más costosos que los convencionales y, según dicen, intermediarios y comerciantes procuran obtener un provecho extra precisamente por estar de moda. El abuso nunca falta. En fin, en la difusión de la moda mucho tiene que ver el marketing y la imitación. Y con respecto a esta última, no es inusual que haya individuos que copien o imiten costumbres, maneras, opiniones, estilos de vida que se consideran finos o elegantes, y que caracterizan a las clases altas de la sociedad o que son propios de individuos distinguidos. A esto se llama ser “snob”, adjetivo que tiene una historia detrás. El anglicismo snob incorporado al castellano como “esnob”, radica en la contracción del término “sine nobilitate”, porque en Inglaterra los burgueses se identificaban con la abreviatura “s.nob” que quiere decir “sin nobleza”. No dejan de sorprenderme ciertos individuos que por esnobismo cultural manifiestan detestar la moda, la buena literatura, el cine de culto, la buena música y el buen teatro, rebajando estas expresiones culturales y comparándolas con otras que no tienen mayor valor.Los esnobs procuran relacionarse con personas de estatus social elevado con el fin de mostrar su inclinación por la riqueza, el poder, y sienten la necesidad de simular un estilo de vida que aspiran lograr. Así procuran demostrar más de lo que son y de ostentar más de lo que pueden. Lo grave es que suelen ser arrogantes y tratan con desprecio a personas que no serían dignas de su atención. El esnobismo, que nada tiene que ver con la moda, es una simulación, también un síntoma de estupidez.