Acabamos de retornar de Praga donde pasamos diez atrapantes días, tiempo insuficiente para conocer en detalle la cultura, las costumbres y el estilo de vida de un pueblo, pero hemos procurado aprovechar las oportunidades ofrecidas con la intención de tener una visión panorámica.
Praga es una ciudad con una estética notable, salta a la vista que la vorágine de los negocios inmobiliarios, propios de la época en que vivimos y que a veces aceptamos con estoica resignación, aquí no tiene mayor cabida. En efecto, los edificios históricos, los monumentos, las casas particulares acordes con el espíritu medieval, están cuidadosamente preservados. Caminando por Staré M?sto, la ciudad vieja, uno contempla lo gótico, lo renacentista, el art deco, el cubismo. Esto no significa que en la ciudad falten los edificios modernos, las casas de departamentos, los centros de convenciones y shoppings, pero se ha respetado la historia y privilegiado la estética.
En lo que hace al sentido del tiempo, los habitantes del antiguo Reino de Bohemia, al igual que sus vecinos de la Europa central, tienen por norma la puntualidad. Una red de transporte público en impecable estado de conservación e higiene permite trasladarse en contados minutos de un extremo al otro de la ciudad, cruzando el río Moldava. Además, me llamó la atención que haya relojes por todas partes.
Desde muy joven relacioné Praga con su literatura y sobre todo con Kafka, sin duda, el gran referente de la literatura checa, quien desde el 35 al 45 fue un escritor prohibido por su condición de judío y nunca le otorgaron el Nobel, al igual que Proust, Joyce, Nabokov o Borges, sin embargo fue el maestro de varios de los que obtuvieron ese premio tan manipulado. Bohemia siempre me impresionó como algo misterioso. Recuerdo haber leído hace tiempo A Sacandal in Bohemia de Arthur Conan Doyle, donde la dupla que conformaban Sherlock Holmes y el Doctor Watson en la Londres decimonónica debían salvar de un escándalo al heredero del Reino de Bohemia, quien en el pasado había cometido un desliz con una mujer que ahora lo amenazaba con publicar una foto comprometedora capaz de impedir su boda.
Para entrar en la vida de una región o ciudad que uno desconoce es conveniente recurrir a un nativo, a mí siempre me ha dado resultado. Nuestro guía se llama David, es un joven praguense, culto como todo guía turístico, quien me comenta que debió aprender el español con mucha celeridad para conseguir el trabajo que ahora tiene. A David le gusta pasar del relato histórico a los temas cotidianos, hace acotaciones inteligentes y denota tener sentido común. Me da la impresión que es judío, sobre todo por sus comentarios, pero no me atrevo a preguntarle. Dado el interés que mostramos por su ciudad se prodiga en detalles y anécdotas. Nos comenta que a los 21 años participó de la Revolución del Terciopelo, nos señala la calle donde fueron encerrados por las fuerzas represivas y que a diferencia del amigo que lo acompañaba, logró escapar corriendo y así evitar una golpiza. Según él la represión fue muy dura, pero no hubo muertos. Esta pacífica marcha que se produjo a los pocos días de la caída del Muro de Berlín, tuvo como antecedente a la Primavera de Praga, en el 68, la que fue reprimida por las tropas del Pacto de Varsovia. Hoy el país está muy occidentalizado y su pasado comunista me impresiona remoto al igual que la ocupación nazi.
En varias oportunidades David hace referencias al patriotismo, señalándonos con orgullo a algunos patriotas checos. Pero cuando le pregunto por la famosa polémica entre Vaclav Havel y Milan Kundera, la expresión de su rostro se transforma, dice que Kundera allí no es querido, que los checos veneran a otros escritores, que Kundera “se quedó con su rollo del pasado”. Para Vaclav Havel solo tiene elogios.
Recorriendo a pie la zona histórica, nos comenta que Praga está llena de leyendas pero la gran mayoría no son verdaderas. Al pasar por la Plaza del Ayuntamiento nos dice que los praguenses la llaman la Plaza de Palermo, al preguntarle el motivo, con una sonrisa me responde que es por la corrupción que allí anida; su discurso está amenizado por muchas humoradas y, reconoce que el pueblo checo es muy dado al humor.
Para David los checos son poco religiosos. Acota que la Reforma se dio allí cien años antes que surgiera Lutero. Hace hincapié en la Guerra de los Treinta Años y su influencia en los siglos posteriores para poder entender el presente. Él está convencido de que las religiones solo se preocupan porque “la gente se vuelva tonta” y, con las manos se tapa los ojos.
En el pasado los jóvenes de las familias ricas iban a estudiar a las universidades de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, allí se formaban y al volver, la tarea para estos países se tornaba muy sencilla, pues, habían comprado a esas élites sin necesidad de derramar sangre. Cuando le pregunto por la Universidad de Praga, la más antigua de Europa central, rápidamente nos lleva al sitio donde fue fundada en 1347. Hoy se llama Universidad Carolina.
En la caminata, que dura varias horas, trato de registrar algunos datos en mi libreta de notas, pero David por momentos es un torbellino de información y no alcanzo a registrar todo lo que me interesa. Él admira a Jan Neruda, autor de Cuentos de la Malá Strana, cuya tumba visitamos al día siguiente en el cementerio de Vyšehrad; el poeta chileno tomó su apellido como seudónimo. Me habla de Kupka, pionero del arte abstracto, de Bohumil Hrabal, autor de Trenes rigurosamente vigilados, Yo, que he servido al rey de Inglaterra, y Una soledad demasiado ruidosa. También menciona a Voskovec y Jan Werich, actores y autores que influenciaron en el Teatro Liberado. La palabra “robot”, del checo robota, fue invención del dramaturgo Karel Capek. Y no falta su alusión a Tycho Brahe y Kepler, glorias de la astronomía bohemia, tampoco se olvida de los compositores musicales y de los cineastas. Nos lleva a la galería Lucerna para mostrarnos la estatua de San Wenceslao montando un caballo al revés que pende del techo del hall y, nos recomienda visitar el café, lugar de reunión de figuras históricas, lo que hacemos a la tardecita. También concurrimos al Café Slavia (nombre mítico de la madre de los eslavos) que se halla frente al Teatro Nacional.
Lo interesante es que Los Países Checos habrían estado habitados desde la Edad de Piedra. La tribu de los bogos (celtas) de donde proviene el nombre Bohemia llegó a estas tierras en el Siglo III antes de Cristo. Después de la Gran Guerra se decide crear Checoslovaquia con Bohemia, Moravia, Eslovaquia, parte de Silesia (actualmente dentro de Polonia) y Subcarpatia-Rutenia (en su mayor parte hoy en Ucrania), un diseño de gabinete a contrapelo de las aspiraciones y necesidades de estos pueblos.
La información que nos suministra procuramos articularla con las visitas a los diferentes sitios de la ciudad. La visión de David supera la de la guía en inglés que compramos en Buenos Aires antes de emprender el viaje, al punto que cuando le planteo alguna inquietud surgida de su lectura, sonríe y me responde: “eso es para los turistas”. En efecto, David está dispuesto a mostrarnos la verdadera Praga, la capital del antiguo reino de “Bogémia”, y se olvida del tiempo pactado, revelando que la motivación económica para él es secundaria cuando se siente a gusto. Nosotros estamos felices, hemos dado con la persona indicada que nos ayuda a eludir el fetichismo turístico. Pero todas estas imágenes y relatos nos sumergen en una reflexión que nos revela la complejidad de esa historia, el fanatismo de las religiones, la crueldad y las miserias del poder, los problemas identitarios que tornaron dificultosa cuando no imposible la convivencia entre los diferentes grupos, pero también la grandeza de un pueblo que construyó y supo cuidar una de las ciudades más bonitas de Europa y centro cultural de excelencia.
David y la antigua Bohemia
30 miércoles Oct 2013
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