La educación es un eje fundamental en toda sociedad, ya que su objetivo es el desarrollo del ser humano. Y junto a la educación están los valores ético-morales y la cultura. Más allá que primero debamos explicitar de qué valores y de qué cultura hablamos, en este mundo colmado de malentendidos y de publicidad engañosa, es menester reconocer que la confusión es una nota dominante en la sociedad. Caminamos en un campo minado de falsedades. La trilogía educación, valores y cultura ha sido fundamental a lo largo de la historia, y hoy asume una importancia especial frente al cambio de época que desde hace tiempo vivimos, al que se le añade el fenómeno de la pandemia. No es sencillo introducir cambios en el sistema con la intención de mejora cuando las actitudes conservadoras se aferran al statu quo. De hacer los cambios, antes conviene poner a resguardo aquello que ha superado la prueba del tiempo demostrando su utilidad. Actualmente contamos con nuevas herramientas tecnológicas, pero también con problemas inéditos, de allí la necesidad de implementar cambios que den respuestas a las necesidades de aquí y ahora, y estos cambios no siempre pueden hacerse sobre la base de una evidencia total, por eso resulta imposible eludir el ensayo y error. Las ideas nuevas necesitan ser puestas a prueba, jamás consagrarlas por el simple hecho de ser nuevas. En este campo cultural existen modas, y la experiencia vivida nos revela que muchas de éstas son transitorias, por consiguiente se impone la prudencia en la implementación. Hay quienes proponen derribar los tabiques de las aulas, modificar la disposición de los bancos, suplantar los libros por los papers o recurrir de manera primordial a las tecnologías digitales. Tampoco faltan los que piden eliminar las clases por la pasividad del alumnado, reducir los tiempos de lectura, suprimir los exámenes o terminar de una vez por todas con las formalidades del sistema tradicional. En fin, se trata de un tema muy complejo donde sobran las coartadas políticas y pedagógicas.
Las críticas al sistema tradicional vienen sucediéndose desde hace décadas, asimismo desde hace décadas se cuestionan otras actividades necesarias para el desarrollo humano. La pedagogía, la educación y la cultura viven postradas ante las insolentes exigencias del mercado. Y en esta hoguera de vanidades y mezquindades, la avidez por el dinero fácil gana la calle y dirige la conducta social. Los conocimientos o contenidos epistémicos son aceptables siempre y cuando resulten rentables, pero no a largo plazo. Bajo un pragmatismo y un utilitarismo cuestionables se decide qué disciplinas son importantes, y qué contenidos se deben estudiar. Las materias menos prácticas o útiles para el mercado son apartadas cuando no se desechan, por eso no es casual que la enseñanza del arte y las humanidades cada vez tengan menos gravitación social, aunque no son pocos los jóvenes que muestran verdadero interés por abordar estas disciplinas. Para presionar sobre los gustos o modificar la elección de las carreras se manipula la sociedad mediante el marketing, la inteligencia artificial o con animadores sociales que pretenden vendernos un mundo de abracadabra.
Peter Burke, que se especializa en la historia del conocimiento, sostiene que debemos incorporar aquellos logros intelectuales de las otras culturas, y que hay que hacer un esfuerzo para visibilizar y entender el aporte que hicieron los otros. Añade que es necesario ampliar el campo de los saberes, considerando sus límites, y tener presente que el pasado interesa sobre todo para interrogar el presente. En efecto, recurrir al pasado no significa querer volver a vivir el pasado, si no examinarlo para interrogar el presente y procurar proyectarlo al futuro.
Internet define en gran medida la cultura de nuestro tiempo, pero no seamos ingenuos, está controlada por megaempresas y esto representa un verdadero peligro, también nos plantea una incógnita sobre la gestión política del conocimiento en la “sociedad de la información”. Para algunos existe hiper-información, capaz de producir una “intoxicación informática”, mientras otros sostienen que la sociedad está desinformada a pesar del cúmulo de noticias. Hay mucho énfasis en desterrar el conocimiento inútil y, debemos ser cuidadosos con esta calificación. Existe una burbuja de inmediatez, y la posibilidad de logros en el largo plazo no despierta ningún entusiasmo, a diferencia de lo que le sucedía a mi generación. La experiencia del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, fundado en 1930 por los hermanos Bamberger, resulta interesante. Abraham Flexner, reformador de la educación universitaria, los convenció para que pusieran su dinero en la investigación más abstracta. Flexner escribió un célebre ensayo acerca de la utilidad de los conocimientos inútiles. Él sostenía que el Instituto estaba en deuda con Hitler por personas como Einstein, John von Neumann y otros científicos que huyeron de Europa; recordemos que allí se produjo la bomba atómica y la computadora.
Cuando el poder pone trabas u obstáculos a la educación, entorpece la superación del individuo, prohíbe de hecho la disidencia, porque solo le interesa la sumisión, por eso sustituye la educación por el adoctrinamiento. Y la debilitación de las instituciones es otra estrategia política para deteriorar a la ciudadanía, como vemos en nuestros días.
En la Argentina la educación vive una crisis crónica en sus tres niveles. Guillermina Tiramonti sostiene que la educación aquí es un simulacro, unos hacen que enseñan, otros hacen que aprenden, y todos miran hacia otro lado, mientras la educación fracasa en una negociación entre el Estado y los sindicatos docentes, pues, uno elude los conflictos comprando paz y los otros adquieren beneficios corporativos. La clase media en gran medida abandonó la escuela pública y, se perdió esa vocación por enseñar que nosotros siempre admiramos. Tiramonti recuerda que los que somos de su generación nos formamos bajo el esfuerzo, el sacrificio, el trabajo, valores de la escuela del Siglo XX y, entonces la gratificación no existía, porque todo giraba en torno al esfuerzo. Hoy la realidad es otra, se necesita que el esfuerzo sea seguido de la gratificación. En pedagogía no hay dudas acerca de la conveniencia de estimular a los alumnos, despertarles la curiosidad, hacerlos trabajar en equipo, privilegiar la competencia en la búsqueda de soluciones a los problemas, influir en el ánimo para que sean capaces de trabajar y producir un conocimiento más complejo. Tiramonti sostiene que el chico que no aprende es porque no ha sido adecuadamente enseñado, estoy de acuerdo. Muchos padres se conforman con que la escuela los contenga, cumpliendo una función social, para evitar que permanezcan en la calle expuestos a los peligros de ésta. Para Tiramonti está bien que los padres reclamen, pero no para hacer la escuela que ellos quieren en base a la educación que recibieron, esa escuela ya fue. Hoy tenemos generaciones de chicos digitales, que tienen su celular y su tablet desde la cuna, y viven interactuando permanentemente con la tecnología. No podemos ignorar esa realidad. Por eso es necesario un sistema mixto, híbrido, acorde a la época.
Desde hace tiempo se advierte que los chicos con dificultades en el aprendizaje, con la sola presencialidad van pasado de año sin aprender, y esto lo avala el sistema y la falta de evaluaciones institucionales. De allí que cumplido el ciclo uno se encuentre con que luego de tantos años no leen correctamente, no saben interpretar un texto, no dominan las cuatro operaciones matemáticas básicas y tienen un pobre vocabulario, en otras palabras, una calamidad o más bien una estafa del sistema. Y no hablemos de que puedan exhibir una cierta cultura general que les facilite la vida en sociedad o que tengan incorporados aquellos valores que son fundamentales para la persona.
Hace 50 años la escuela evidenciaba una calidad que permitía articular lo social y era un factor de igualdad de oportunidades. Se cargó contra el enciclopedismo por ser obsoleto, anacrónico, se armaron “espacios de conocimientos” que aglutinan distintas disciplinas, pero no se incorporaron nuevas pedagogías, mientras paulatinamente se deterioró la condición del docente y también el salario. Resulta curioso que la Argentina sea uno de los países en el mundo que tiene más docentes por cantidad de alumnos, también más médicos por número de habitantes. Con estos datos de “recursos humanos” en educación y en salud, cualquiera podría pensar que llevamos la delantera, que somos un país de avanzada, cuando en realidad el deterioro del sistema educativo y del sistema de salud se verifica desde hace varias décadas y muy poco se ha hecho para mejorarlos.
Paralelo al abandono de la escuela pública por gran parte de la clase media, en base a un esfuerzo económico importante, se potencia la enseñanza privada que también tiene sus falencias. La industria del conocimiento está generando sus propias instituciones de formación, pues ya no recurren a las escuelas técnicas que antes gozaban de prestigio.
De los 10 millones de estudiantes que hay en Argentina, al menos un millón durante la pandemia abandonó la escuela, sobre todo la secundaria y, la pregunta pertinente es: ¿por qué se fueron o abandonaron la escuela? No todo es obra de la pandemia, si bien es cierto que el virus profundizó este fenómeno inveterado. Hay un retroceso en la calidad educativa que resulta muy preocupante. Algunos dicen que regresar a la escuela es un sinsentido, no les cambiará la vida ni tendrán oportunidades. De allí que para que retornen a las aulas habrá que crear otras condiciones, formales y de fondo, que les ofrezcan una enseñanza-aprendizaje que sea fundamental para su vida futura, que les permita armar un proyecto de vida digna, donde lo ético así como lo intuitivo, lo artístico, lo lúdico y el pensamiento crítico estén presentes.
Según encuestas oficiales, de los que abandonaron la escuela más de un 40% dijo que le resultaba difícil o le costaba estudiar, y un 25% se fue para poder trabajar. Todo esto en un contexto de creciente empobrecimiento y desesperanza de la población, donde la pobreza infantil en el 2020 trepó al 63%. Entiendo que la pobreza no se puede solucionar por decreto y menos de un día para otro, pero convengamos que nadie puede estudiar con el estómago vacío, y pienso que tampoco se puede enseñar con el puño cerrado. El proceso de enseñanza-aprendizaje demanda condiciones dignas. Algunos expertos sugieren recurrir a las habilidades blandas, que surgieron en los años 70, para retomar el vínculo escolar con los adolescentes, e incluso facilitarles el ingreso al mundo laboral. Y entre estas habilidades blandas (soft skills) está el “pensamiento crítico”, sin duda fundamental para seleccionar la información, analizar los discursos, detectar las fake news, y sobre todo evitar ser engañado.