• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

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Archivos mensuales: octubre 2022

Algunos tanteos culturales: la tarde que llegué a la CAEC

03 lunes Oct 2022

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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A mediados de la primera década de este siglo, una tarde llegué a la reunión mensual de la CAEC, la Cámara Argentina de Entidades Culturales, en ese entonces cámara de empresarios culturales, pero con el tiempo advertimos que varios de sus miembros no eran precisamente empresarios de la cultura, si bien la cultura en sí es una empresa, también un desafío. Rápidamente me di cuenta que por un lado estaban los empresarios y gestores culturales, por otro aquellos que somos autores, algunos verdaderos creadores. Llegué invitado por la licenciada Liana Sabatella, alma mater del grupo, un poco intrigado por saber qué se cocinaba allí, y me sorprendió hallar en un mismo ambiente, músicos, artistas plásticos, editores literarios, galeristas, museólogos, periodistas, críticos de arte, gente de cine y teatro, así como de otras ramas de la cultura, todos en un dialogo afable, donde exponían acerca de la problemática de sus respectivas profesiones en lo que atañe a los aspectos laborales como creativos.

Mis amigos me preguntaron cómo fui a parar allí, qué tenía que hacer un médico dedicado a la profesión asistencial y la docencia, más allá de tener una formación humanista y una innata curiosidad por otros ámbitos del saber. Pues bien, había llegado a Buenos Aires para participar del “Seminario Germano-Argentino de Bioética”, que durante años se dio en mi Fundación con el auspicio de la UNESCO y la Embajada de Alemania, el profesor Dietrich von Engelhardt, vicerrector de la Universidad de Lübeck y luego presidente de la Academia Alemana de Ética en Medicina. Dietrich, filósofo de profesión, en esa oportunidad se quedó tres o cuatro días en el país, si mal no recuerdo, y como es de tener muchas actividades accedió a dar una charla sobre ética y cultura por invitación del licenciado Jorge Cichero, quien colaboraba conmigo y a su vez formaba parte de la CAEC. Lo llevé a Dietrich a la Cámara Argentina de Comercio y al finalizar su conferencia la invité a Liana al asado que la noche siguiente haría en mi casa, porque mi amigo alemán disfruta sobremanera de la carne argentina. Y Liana me invitó a que concurriera a las reuniones de la cámara.

No pasó mucho tiempo y un día lo hice. Recuerdo que esa tarde me sentí muy a gusto, pude dialogar con los distintos integrantes de la reunión, y advertí que allí se realizaba aquello por lo que venía bregando desde que retorné de Europa: el diálogo interdisciplinario. Esa tarde descubrí un filón cultural, pues, toda esa gente podía aportarme no pocos conocimientos de los que yo carecía, me ayudaría a ampliar mi mente y mi perspectiva de la cultura. Por eso, a partir de entonces, durante muchos años concurrí religiosamente a la reunión mensual de los segundos martes, y entre café y café, pude familiarizarme con esas disciplinas. Recuerdo que salía del hospital para estar a las dos de la tarde y a las cinco nos retirábamos, yo directo a mi consultorio para la tarea asistencial vespertina.

Pasaron años, realizamos numerosas actividades, incluso viajamos al exterior y en mi caso expuse sobre las relaciones de la ética con la cultura y los negocios, temática sensible en la que se entrecruzan ideologías, prejuicios e intereses. De pronto irrumpió la pandemia con el consabido encierro por cuarentena. El mundo se detuvo, no así la actividad sanitaria, y con Liana solíamos hablar por WhatsApp con cierta frecuencia, para terminar muchas veces haciendo la catarsis… Este año decidimos comenzar una nueva etapa, incorporando la cultura digital, ya que cuando se fundó la cámara (2001) no había adquirido la dimensión actual y vivíamos en un mundo predominantemente analógico. Bástenos el hecho que a principios del Siglo XXI un 6% de la población mundial estaba conectada a Internet y hoy supera el 60%. Lo digital ha cambiado el mundo en todas sus dimensiones y no podemos darle la espalda.

Hace unos días, mis compañeros de ruta de este emprendimiento que promociona la cultura, me pidieron que como vicepresidente hiciera la presentación de la CAEC en el Salón Dorado del Teatro Colón, un templo mundial del arte lírico, dentro del evento organizado por Willy Artnouveau, y para mí fue un honor.

Quiero mencionar algunas reflexiones que entonces hice y añadir otras que considero importantes, ya que como decía Catón El Censor, la vida sin cultura no es más que la imagen de la muerte… Y si no existe diversidad cultural no hay una cultura que sea genuinamente posible, pues está interdicta la dignidad, que proviene de la autonomía, y ésta de la libertad.

Decía Antonio Gramsci que la cultura es la disciplina del Yo interior, y mucho antes Schopenhauer sostenía que cuando la naturaleza predomina sobre la cultura tenemos el salvaje, pero cuando la cultura prevalece sobre la naturaleza tenemos el pedante, por eso abogaba por el necesario equilibrio.

En lo personal soy partidario de la cultura sin estridencias, como sostenía George Simmel, la cultura hay que llevarla con discreción, como se lleva el reloj, si a uno le preguntan qué hora es, simplemente decirla… Por su parte Nietzsche pensaba que, “La sencillez y naturalidad son el supremo y último fin de la cultura”. Claro que la cultura es hija de su tiempo y, cada nación se identifica, básicamente, por su lengua y su cultura. En efecto, en estas herramientas hallan sus argumentos aquellos que defienden las políticas identitarias.

No hay duda que la cultura nos hace ver con los ojos de la mente, oír con los oídos de la mente, y llega a lo más profundo de nuestro ser, despertando todos nuestros sentidos y sentimientos, estimulándonos no solo a sentir, también a pensar, reflexionar, tener una conciencia crítica, una conciencia de límite y una conciencia anticipatoria, porque la cultura, es, la vida misma.

Las dictaduras se preocupan más por la cultura que las democracias, pero no porque intenten protegerla y difundirla, al contrario, saben del peligro que implica la libertad de pensamiento, de allí que en los inicios de nuestra era, Epicteto nos advirtiera que, “Solo el hombre culto es libre”.

La CAEC cumplió 20 años de existencia y ha sido la principal promotora en nuestro medio de la llamada Economía Naranja, una economía ligada a las industrias culturales y creativas, cuya importancia ha sido descuidada en nuestro medio. El naranja, color terciario mezcla del rojo y el amarillo, fue elegido por la ONU como el color de la esperanza. En el budismo el naranja significa la búsqueda del conocimiento. En esta sinfonía de valores culturales, de cultura de los valores, recogemos como principios en la CAEC: la libertad, la paz, la solidaridad, en fin, la dignidad.

Nuestra cámara es un espacio de pluralismo cultural, que fomenta el conocimiento en su más amplia acepción e incluye la economía del conocimiento, pero también la convivencia, ese acto de existir de forma respetuosa ante los demás. Para mí la integración cultural es fundamental, es el paso siguiente de la interdisciplinariedad, donde un experto procura ver el panorama o la problemática como lo hace otro experto, desde el mirador que no le pertenece, por eso considero que la integración tiene que ver con la empatía (ponerse en el lugar del otro). Confucio, unos 500 años antes de nuestra era, incitaba a sus contemporáneos a transmitir la cultura a todo el mundo, sin distinciones de raza ni de categorías.

El hombre es el mayor depredador que existe sobre el planeta, pero también es un glorioso creador de cultura, un contrasentido que sin duda forma parte de la condición humana. Y cuando hablo de cultura, no solo me refiero a la adquirida en la escuela, la academia, la universidad o el conservatorio, también hago referencia de la cultura de la dura escuela de la vida, con sus montañas y valles, sus aciertos y errores. Saramago cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, en el solemne acto dijo que su abuelo Gerónimo era la persona más sabia que conoció, un hombre que era pastor de ovejas además de analfabeto… Sin caer en dramatizaciones, en este mundo dominado por el consumismo, la tecnología y la conflictividad social, considero que la cultura al igual que la ética, sometidas al cambio permanente actual, nos pueden salvar de este clima tóxico de apocalipsis globalizado, evitando los sectarismos, las connotaciones morales, las estigmatizaciones ideológicas, en fin, rescato la cultura a secas.

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