• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: agosto 2020

Viviendo la cuarentena entre el chantaje emocional y el autoritarismo

31 lunes Ago 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Hace unos días se produjo la dimisión del Comisario europeo de Comercio Phil Hogan por incumplir las medidas contra la pandemia. Hogan, de 60 años, tiene un pasado importante en la política ya que fue diputado nacional, senador, ministro y Comisario europeo de Agricultura y Desarrollo Rural, pero tuvo la mala idea de acudir la semana previa a una cena con otros 80 comensales, a pesar de que las leyes irlandesas limitan a 15 el máximo permitido. Antes había cometido otras faltas: se movió por la isla sin guardar la cuarentena obligatoria de 14 días para los llegados de Bélgica y no respetó el confinamiento forzoso para los que ingresan al condado de Kildare. Él quiso justificarse a través de los medios, diluir su responsabilidad y dijo que no había quebrado la ley, pero sus argumentos fueron rebatidos por las autoridades sanitarias irlandesas. Como no logró convencer sobre su inocencia tuvo que renunciar, en un momento políticamente delicado por la salida del Brexit del Reino Unido y la guerra comercial con los Estados Unidos. Nada ni nadie logró evitar su salida, y éste es un claro ejemplo de cómo deben comportarse los altos funcionarios en un sistema que se precia de ser democrático: renunciar cuando corresponde, porque de no ser así terminamos cuestionando la democracia como forma legítima de gobierno (válida, justa y eficaz). Claro que esto no sucede en la Argentina, jamás sucedió, ya que los gobernantes se sitúan más allá, incluso del bien y del mal.

La medicina suele tomar prestado términos y conceptos propios del ambiente bélico. También la cultura adopta palabras y expresiones que son de uso médico. Como ser, el concepto de “viralidad”, propio de la ciencia, en los años noventa surgió en el ámbito del marketing y fue adoptado por las corporaciones en su retórica de promover el negocio, ya que una publicidad debe “contagiar”, “infectar” las mentes, propagarse en la sociedad como lo hace un virus. Asimismo hoy asistimos a noticias e ideas falsas que se viralizan, porque el objetivo es el engaño para lograr manejar nuestra voluntad. Y cuando la propaganda triunfa sobre la realidad se impone una visión falsa, que en política tiene consecuencias desafortunadas.

En estos días veo que se menciona con frecuencia a la psiquiatría en las declaraciones oficiales en contra de los que se manifiestan en la calle Ya no sólo se trata de hacer interpretaciones psicológicas sobre el humor social o el comportamiento de sectores de la población, sino que se les adjudica etiquetas propias de las enfermedades mentales. No es mi especialidad, pero debo reconocer que observo a algunos individuos en el poder con cierta frialdad emocional, no muestran empatía, su narcicismo es inocultable, viven manipulando y no logran controlarse, en una palabra muestran una “personalidad psicopática”. Y estamos acostumbrados a ver en las series de TV a los asesinos seriales como psicópatas, pero cuidado porque en la política hay varios “psicópatas ajustados” con gran capacidad de seducción y manipulación, quienes buscan el poder a cualquier precio, sin medir las consecuencias.

Los que salen en los medios y en las redes a descalificar, mentir, agraviar o que emplean chicanas en defensa de “la causa” (su causa), invocando la patria, la defensa del pueblo y los principios universales, a mendo solo defienden sus abstrusas creencias o intereses personales, profundizando una grieta que estuvo y seguirá estando. La grieta es permanente, pone de manifiesto las diferencias entre los rivales, donde se verifican momentos de mayor y menor tensión. Esto no solo sucede con los partidos políticos, habituados a cargar las tintas y los golpes bajos, también pasa en otros ámbitos, como en los clubes deportivos. Claro que nada impide manejarse con corrección, respeto y hasta con cierta amabilidad, pero no es así. Y en estos momentos críticos, que nos preocupan a todos, me pregunto a qué viene tanto énfasis en desdibujar los hechos, en negar la verdad, como si esa actitud pudiese cambiar la realidad. En vez de abocarse a resolver los problemas acuciantes privilegian la hostilidad. Cotidianamente veo en Facebook gente que conozco personalmente y por quien tengo afecto, tratando de distorsionar la verdad de los hechos, defendiendo sus prejuicios ideológicos a través de interpretaciones caprichosas. Y se trata de individuos que pasaron por la Universidad y gozan de reconocimiento en sus respectivas profesiones, de allí que me resulte inevitable replantearme por enésima vez el tema de la educación, la instrucción y la ética. Hablan convencidos de aquello que impone el relato o lo que les inocularon en la casa en su etapa infantojuvenil. Por otra parte sé que desconocen la historia, actual y remota, no han navegado en sus meandros. Algunos jóvenes hacen afirmaciones temerarias sobre lo que no vivieron. Y a decir verdad, lo lamento, porque no hay mayor autoengaño que creer saber cuando en realidad no se sabe.

Cuando debemos enfrentar una crisis es menester centrarnos en el presente, que es lo urgente, y no en la historia. Ahora bien, si insistimos en evocar el pasado como sucede en estos días de manera febril, pues seamos honestos. La educación pública universitaria y gratuita surgió durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen (Reforma Universitaria de 1918), no en décadas posteriores; a partir de 1945 la Argentina conoció la inflación (son datos, no opiniones); las principales leyes sociales fueron pergeñadas por los socialistas (cómo arrebatarle méritos a Alfredo Palacios); el enjuiciamiento al Proceso Militar y el Nunca Más fue obra de Raúl Alfonsín. Y podría continuar con una serie de hechos históricos trascendentes que hoy reaparecen en las redes, son usurpados, y sirven de combustible para inflamar la polémica y distraer la atención pública. Por favor, un poco de respeto, hay mucha gente bien informada que conoce la historia, no somos un rebaño de ovejas.

La oralidad y la escritura son dos herramientas poderosas, capaces de transformar la realidad.

En efecto, son operaciones mentales muy complejas y, gracias a estas herramientas los seres humanos podemos comunicarnos, educarnos, rescatar la memoria, fortalecer las identidades culturales y además ejercer poder. A través de estas herramientas culturales construimos conocimiento y, como proceso cognitivo, la posibilidad de dar nuevas significaciones a los acontecimientos es algo permanente. Pensamos, hablamos, escribimos, una trilogía que se retroalimenta de manera continua. La palabra hablada y la palabra escrita operan como instrumentos capaces de liberarnos, pero también de dominarnos y esclavizarnos.

La cultura, concepto inabarcable, que engloba las ideas, los comportamientos, las emociones, los hechos y las obras humanas, sistemáticamente está en la mira del poder. Los autoritarismos cobijan la cultura en tanto se comporte como “la sierva del poder”, caso contrario la vigilan, la censuran y hasta la asesinan. Hay muchas maneras de destruir la cultura y, como decía Ray Bradbury, no es necesario quemar libros, basta con dejar de leerlos. Sócrates privilegió la oralidad y desconfió de la escritura, no dejó nada escrito, pero un presidente en los 90 aseguró haber leído sus obras completas… Lo que sabemos de Sócrates es a través de sus discípulos.

El mundo venía mal desde hace mucho y, en mi opinión, a pesar del progreso en sus diferentes vertientes carecía de brújula, tampoco tenía metas claras y justas, por otra parte el tejido social se estaba deshilachando peligrosamente y la sociedad en su conjunto ya no tenía interlocutores válidos, así lo expresé en diferentes publicaciones a lo largo de estos años. Con el nuevo siglo hubo fenómenos que podríamos calificar según Taleb como “cisne negro”. En efecto, la crisis financiera de 2008 (que terminó con el Estado de Bienestar), el Brexit, la elección de Trump, la actual pandemia por Covid-19, entre otros fenómenos que no se vieron venir.

Recordemos que con la Revolución Industrial comenzó el desempleo y el auge de la máquina en reemplazo de la mano de obra. Hoy se plantean varias propuestas como solución: gravar con impuesto la robotización del trabajo, capacitar en otras actividades a aquellos que perdieron su empleo (la reingeniería laboral que declamaron en los 90 con la globalización resulto un engaño), que el Estado se haga cargo de los desocupados ofreciéndoles empleos que no son necesarios y, la renta básica universal. Al parecer, ninguna de estas propuestas ha revelado ser efectiva, en consecuencia habrá que seguir pensando en hallar una solución con sentido humanitario que a la vez sea viable y no retórica.

La educación de los niños y adolescentes debería ser un tema central, de política de Estado, no lo es quizá desde Sarmiento. El coronavirus no puede imponerse a la educación, mucho menos las miserias orquestadas por políticos, gremialistas y militantes. En CABA hay unos 6500 alumnos que desde que comenzó la cuarentena no pudieron estudiar a distancia, ya sea porque carecen de computadora, o Internet de buena calidad, o no tienen Internet de ningún tipo, y muchas veces no hay acompañamiento familiar para ayudarlos en las tareas. Esta situación es comprensible pero no deja de ser grave porque compromete el futuro de esos miles de chicos. La iniciativa del gobierno de la ciudad para que asistan durante unas horas a los gabinetes de computación en número de 15 alumnos por establecimiento, con protocolos y guías que intentan evitar los contagios, fue bloqueada por las autoridades centrales, promocionando una vez más la desigualdad que simulan combatir. Claro que también en las provincias se cuecen habas. Como ser, en Chubut hay chicos que desde hace dos años y medio no tienen clases… Sin embargo el gobierno central acaba de autorizar la apertura de los casinos en esa provincia, actitud que privilegia el juego sobre la educación. Maquiavelo sostenía que de tanto en tanto las palabras deben servir para ocultar los hechos. Pues bien, los hechos que acabo de mencionar no se ocultan con palabras. Estoy convencido de que uno debe creer en lo que dice y en lo que hace. Es justo que los ciudadanos le reclamen coherencia a la dirigencia. Y los militantes deben entender que los hechos no dejan de existir porque se los ignore, como decía Aldous Huxley.

El país jamás saldrá adelante si no puede derribar ciertos prejuicios. Se necesita una educación inclusiva y de calidad. Si a los niños se les enseña a convivir, del latín conviv?re, que significa vivir acompañado de otros y de otras, en un clima de diversidad y, con una pedagogía de los valores, donde el respeto sea fundamental, en el largo plazo esa generación será muy positiva, no lo dudo. Pero necesitamos formar mejores personas y para ello hay que promover la amabilidad, la cordialidad, la solidaridad, la empatía, incluso la paciencia, valores que nos conducirán a una sociedad más respetuosa y madura. Claro que esto implica un cambio de mirada, un cambio de paradigma educativo, y es un largo proceso que lleva tiempo y supera a menudo los tiempos de la alternancia en el poder.

El problema se presenta cuando las cosas que verbalizamos como “esenciales”, no las sentimos como tales. Hasta qué punto para nosotros la educación, la igualdad de oportunidades o la cobertura de necesidades básicas para la población en general, es, esencial.

Nos hemos acostumbrado a que la política aquí como en otras partes recurra al abuso en el ejercicio de la autoridad así como que ejerza presión para obligarnos a actuar de determinada manera. Por otra parte, en algunos dirigentes sindicales, políticos, empresarios, y hasta académicos, vemos una cuasi monarquía del poder y no faltan los comportamientos típicamente mafiosos.

Bielorrusia hoy acapara la atención internacional. Lukashenko ocupa la presidencia desde 1994. Cuando hace unos años participé de un congreso en Moscú, un colega me invitó a exponer la semana siguiente en una reunión que se haría allí, en la facultad de medicina, pero no pude aceptar la invitación ya que al día siguiente viajábamos a San Petersburgo. Y en estos días un amigo me decía que en ese país no podía existir una democracia por más que se recurriese a las elecciones periódicas (matizadas por el fraude) porque Lukashenko se eternizó en el poder. Le respondí que en provincias de nuestro interior, tenemos varios gobernadores que parecerían ser discípulos de Lukashenko…. Churchill pensaba que la alternancia es el abono del suelo de la democracia. Yo no tengo dudas que la alternancia es condición necesaria, pero no es suficiente.

Viviendo la cuarentena entre la incompetencia moral y el gatopardismo

19 miércoles Ago 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La cuarentena debe continuar, según el presidente, pero la novedad es que ya no se llama cuarentena, de acuerdo al anuncio que hizo en la décima prolongación del aislamiento obligatorio. Al parecer los “expertos” le han aconsejado que ya no emplee la palabra cuarentena, aunque continúe, vaya uno a saber hasta cuando, mientras tanto yo desde el 20 de marzo sigo sin poder abrazar a mis hijos ni besar a mis nietos, pues, en la familia hemos adoptado una actitud propiamente socrática, aunque nadie esté dispuesto a beber la cicuta. Pertenezco a una población de riesgo, o si se quiere de doble riesgo, por la edad y la profesión. Por eso la demostración de mis afectos ha pasado a formar parte del mundo virtual, que debemos aceptar como algo inevitable y que se proyectaría en el firmamento. Dicen que nuestro futuro será la virtualidad. Es evidente que interpretar la realidad no es el fuerte de los políticos, se enojan con ella o la niegan.

Recuerdo que en uno de los hospitales donde trabajé como jefe de servicio, la comisión directiva fue desalojada a la fuerza por otros miembros de la colectividad que ocuparon su lugar. Los que asumieron inmediatamente dijeron que ahora había un nuevo hospital, aunque todo permanecía igual. Pero antepusieron al nombre del hospital el adjetivo “nuevo” con la intención de modificar la realidad. La única novedad consistió en que una corrupción fue sustituida por otra corrupción, algo que aquí ya no causa asombro.

Vivimos en una sociedad donde las palabras no suelen ser valoradas, sin embargo para mí está vigente aquella frase socrática de: “habla para que yo te conozca”. Es evidente que los asesores del poder no aman las palabras, tal vez porque la verdad no forma parte de sus prioridades. En cambio los escritores, los trovadores y los oradores de fuste denotan precisión en el manejo del vocabulario. Desde chico me enseñaron en familia, y no en la escuela, que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

El hecho también me recordó que hace unos años hubo un escándalo político-mediático con la investigación de una droga en un hospital que habría producido una desgracia humana. En el camino de retorno a mi casa recibí un llamado al celular de un periodista que quería hacerme una entrevista por la radio en el momento. Le pedí que aguardara unos minutos y entré a un bar. Procuré darle mi opinión, haciendo mención que desconocía los pormenores del caso y, proseguí mi camino, no bien llegué encendí el televisor y vi cómo el abogado que representaba a la institución oficial corregía reiteradamente a los periodistas que hablaban de experimento, los rebatía aduciendo que se trataba de un “protocolo científico” y no de un experimento. Pues bien, si aleatoriamente a un paciente le damos una droga y a otro un placebo, para comprobar sus efectos, estamos experimentando. A qué viene tanto eufemismo. Toda operación destinada a descubrir, comprobar o demostrar determinados fenómenos o postulados científicos, es, un experimento. También cuando a un paciente debo explicarle lo que le sucede procuro hablar claro, sencillo y preciso, porque si omito la palabra apropiada o busco otra que desvirtúe el verdadero sentido del mensaje, le estoy faltando el respeto, y mi deber moral es decirle la verdad, obviamente adaptada a su realidad. Eso justamente es lo que pasa en la Argentina con los políticos, no tienen respeto por el ciudadano.

Aquí expertos y asesores curten el “gatopardismo”. En mis siete años de alumno en la Dante Alighieri, la novela “Il Gattopardo”, de Lampedusa, estuvo siempre presente. En su momento Einaudi y Mondadori no quisieron editarla, lo hizo Feltrinelli de manera póstuma y, Luchino Visconti la llevó al cine. Tancredi, un trepador con ambiciones políticas, como tantos que conocemos, le dice a su tío Don Fabrizio, que era príncipe: “Se vogliamo che tutto rimanga come è bisogna che tutto cambi”. La historia se desarrolla en Sicilia, donde la burguesía en ascenso y leal a la Casa de Saboya sustituye como nueva élite en el poder a la aristocracia, llegando a recurrir al fraude electoral bajo la apariencia de una democracia. De esa novela proviene la calificación en política de gatopardismo. Y la Argentina fue, ha sido y es un claro ejemplo de gatopardismo.

Pasaron 75 años de que fueron arrojadas las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Uno de los historiadores que más ha estudiado este crimen de guerra, Peter Kuznick, quien dirige el Instituto de Estudios Nucleares de la American University (Washington, DC), dijo que Harry Truman no consultó a los militares porque ellos no estaban de acuerdo, por eso el general que tenía bajo su control el armamento nuclear eludió al Estado Mayor Conjunto. En Hiroshima fue una bomba de uranio y en Nagasaki una bomba de plutonio las que desataron ese infierno. El presidente Truman firmó las dos órdenes para arrojar las bombas cuando la rendición de Japón ya era irreversible. Miles y miles de vidas de niños, mujeres y hombres inocentes se perdieron, pero Truman logró su objetivo, hacerle llegar el mensaje a Stalin. Una historia truculenta. Dicen que luego del hecho el emperador Hirohito aceptó los términos de la rendición en un mensaje radial: “Ha llegado la hora de soportar lo insoportable y sufrir lo que es insoportable”. La noticia desencadenó una ola de suicidios y unos mil soldados invadieron el Palacio Imperial para impedir la rendición pero las fuerzas leales al emperador los rechazaron. Truman no se cansó de repetir que era la única forma de terminar la guerra y evitar una invasión que costaría innumerables vidas de soldados. Ese es el relato que les cuentan a los niños estadounidenses que asisten a la escuela, porque cómo decirles que una nación que se arroga una superioridad moral (que nunca tuvo) cometió semejante crimen… Y esa es la pedagogía que impera en el mundo, ya que en vez de enseñar a los chicos a ser amigos de la verdad y respetar al otro, se les lava el cerebro con un relato que luego les permitirá manejarlos cuando tengan edad de votar. A veces oigo a algunos de nuestros jóvenes repetir con vehemencia ciertas mentiras de nuestra política y pienso que les han dañado la mente, les inocularon el virus del fanatismo y lamentablemente no tenemos terapéutica. Hace un tiempo un joven inteligente me preguntó por qué para este crimen de guerra no hubo un Tribunal de Núremberg, y le respondí que a los vencedores jamás se los juzga.

En estos días he procurado comunicarme con Beirut, con el hospital de la Universidad Americana pero ha sido infructuoso y, las imágenes de destrucción de la ciudad por la explosión en el puerto son terribles, nada que ver con la Beirut que conocimos hace unos años. Aunque tengo entendido que la “Paris de Medio Oriente” fue destruida y reconstruida siete veces y, como Phoenix renace de entre sus cenizas. Mucha gente no tiene remota idea de lo que representa este pueblo en la historia de la humanidad. Recuerdo que a poco de llegar la ciudad me impresionó, lo mismo me sucedió unos años antes con Anatolia o el Asia Menor, hoy ocupada por Turquía.

El pequeño territorio a orillas del Mediterráneo tiene más de 40 universidades, para una población de 4,5 millones de habitantes, la alfabetización es altísima y, es habitual que la población hable árabe, francés e inglés indistintamente. La primera facultad de leyes en el mundo fue construida en el centro de Beirut, fundada por Ulpiano. El 70% de los estudiantes asisten a escuelas privadas, y es el país árabe con más alto porcentaje de población cristiana. Lo curioso es que 60 millones de libaneses viven fuera de su país…

He leído que el Líbano fue ocupado por numerosos pueblos a lo largo de su historia: Egipto, Hititas, Asirios, Babilonios, Persas, el ejército de Alejandro, el imperio Romano Bizantino, la península Arábiga, los Cruzados, los Otomanos, Francia, Israel y Siria, pero la influencia francófona salta a la vista. Pensar que el nombre de Líbano aparece ya en el Antiguo Testamento (dicen que 75 veces), que la mayor cantidad de libros relacionados con la Biblia se escribieron allí, y que Jesucristo hizo su primer milagro en el Líbano, en la ciudad de Qana (convirtió el agua en vino). También la leyenda cuenta que los Cedros del Líbano fueron plantados por las manos de Dios.

Una noche nos invitaron a cenar en Byblos, la ciudad más vieja del mundo desde la antigua Fenicia, pues allí se creó el primer alfabeto y se construyó el primer barco, por eso los fenicios fueron los primeros navegantes de la historia. Pasamos un fin de semana en las montañas, rodeados de cedros, en la finca de unos primos de mi mujer que viven en Filadelfia pero retornan a su patria chica todos los veranos. La belleza del lugar convierte al pueblo en un lugar paradisíaco y, próximo a la finca, una estatua del tío abuelo de mi mujer, que era el médico del pueblo. En fin, no hay duda que los libaneses vienen soportando serios problemas desde hace mucho tiempo, lamento lo que están pasando y que potencias extranjeras se aprovechen de la catástrofe.

Desde que comenzó la cuarentena hemos incrementado el consumo de películas y series por TV. Al comienzo vimos “Poco ortodoxa”, una historia real basada en el libro “Unorthodox” de Deborah Feldman, autora y víctima de un casamiento arreglado que finalmente la llevó a abandonar el movimiento Satmar, una comunidad jasídica en la ciudad de Nueva York. Ella estaba embarazada y logró escapar a Berlín en busca de su libertad, pero el rabino le ordenó al marido que la trajese de vuelta. Y hace un par de semanas vimos otra producción de Netflix: “Hater”. Un joven expulsado de la facultad de derecho por plagiar un trabajo, en Varsovia, logra un empleo en una agencia de comunicación que usa el marketing digital para atacar a quien su cliente le indique como su enemigo. Pero además el joven encuentra la posibilidad de vengarse de manera anónima de aquellos que lo han despreciado, llegando a peligrosas instancias y revelando su costado psicopatológico. Dos producciones que recomiendo ver.

La pandemia es una experiencia única cuyas consecuencias no dudo que analizaremos durante décadas. También es un enorme laboratorio, un campo de experimentación no sólo científico, sino social, político y humano. En medio del aislamiento surgen todo tipo de pasiones humanas, incluyendo la actitud de los que revelan una insensibilidad extrema, que no les interesa el malestar y el sufrimiento de los demás, solo les importa su bienestar, revelando un individualismo absoluto.

Por otro lado, en estos días se habla mucho de la “inteligencia emocional”, es decir la capacidad de reconocer los sentimientos ajenos partiendo de la detección y gestión de los propios. Claro que sentir no es igual a saber qué se siente, ejemplo confundir la alegría con la manía. Con respecto a este nudo emocional, tengo presente a Aristóteles, quien sostenía que para desatar un nudo hay que saber cómo está hecho. Entiendo que no elegimos nuestras emociones, pero sí el modo de administrarlas.

Viviendo la cuarentena hacia una vida distinta, sin mariposas revoloteando

05 miércoles Ago 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Vivimos entre la incertidumbre y la esperanza, situación que no podemos eludir, en consecuencia, pienso que la experiencia actual debería ser aprovechada en todos los órdenes. No estábamos preparados para un escenario de crisis con estas características y, más allá de que habrá que reintegrarse sorteando muchas dificultades, no podemos volver como si no hubiese pasado nada, ya que tenemos que capitalizar esta experiencia.

Cuando cursaba microbiología en el tercer año de la facultad, recuerdo que el profesor nos decía que no debíamos menospreciar a los virus, quienes por sobrevivir revelaban ser más inteligentes que nosotros. Este virus saltó de los animales al ser humano, pero a veces sucede lo contrario, del dueño pasa a la mascota. Al iniciar el ciclo clínico, los docentes nos decían que a los métodos de estudio debíamos pedirles solo aquello que podían dar, no más, y con la terapéutica debíamos asumir igual actitud. Esos consejos los internalicé, sirvieron para formarme y se los transmito a mis discípulos. Por eso me pregunto qué pretenden políticos y expertos de la cuarentena, qué le piden. Si pretenden más de lo que puede ofrecer deberían leer la historia de la medicina (uno de los agujeros negros de la educación médica), en particular la de las epidemias. ¿Acaso creen que con una vacuna será suficiente para solucionar la pandemia? Ni hablemos de la población anti-vacuna, pues en estos días en Berlín han marchado desde la Puerta de Brandeburgo (ese monumento que Napoleón intentó trasladar a París y que Hitler utilizaba para sus coreografías) 20.000 personas sin barbijos ni distanciamiento social reclamando por la libertad robada, alabando las defensas naturales y negando las vacunas. Resulta curioso en un país elogiado por el manejo contra la pandemia y donde los chicos ya comienzan a retornar a las escuelas. En fin, más allá de las quejas de estos trogloditas y de la búsqueda de una vacuna que sin duda necesitamos, lo más rentable sería dar con un antiviral efectivo. Con cuarentena o sin cuarentena los virus seguirán circulando, de allí que a esta altura lo fundamental sea la higiene. La concientización de estos hábitos por la población resulta fundamental y, mentalizarse que habrá que convivir con el virus, lo vengo repitiendo desde que comenzó la cuarentena. Esta semana el director general de la OMS sorpresivamente dijo: “No hay solución y quizá nunca la haya”. Yo no soy tan pesimista. Quizás el colega esté deprimido por las críticas que le llueven. Es cierto que la OMS ha incurrido en errores, tardanzas y contradicciones, sin embargo no creo como ciertos personajes impresentables que haya que destruir el organismo internacional.

En estos días leí el anticipo del libro de Mary L. Trump sobre su tío, el presidente de los Estados Unidos. Hija del hermano mayor, ya fallecido, Mary es psicóloga clínica y comenta ciertos secretos que ayudan a entender el proceder errático de Donald, quien parece no tomar nada en serio, ni siquiera el Covid-19. Y se decidió a escribir este libro porque considera que si su tío es reelecto será el fin de la democracia en ese país. Cuando en 2015 anunció su candidatura, la familia no lo tomó en serio, creyó que solo buscaba publicidad gratuita. La hermana mayor de Donald, jueza de la corte federal de apelaciones, habría dicho puertas adentro que era un payaso. Mary sostiene que como su reputación era la de un hombre de negocios fracasado (se fue a la bancarrota cinco veces), además de una “estrella apagada” de un reality show, terminaría fracasando. La familia se equivocó. Dice que cuando visitó la Casa Blanca, a través de las puertas vidriera vio que se realizaba una reunión, donde una docena de congresistas de pie rodeaban a su tío que permanecía sentado y, la escena le recordó una de las tácticas de su abuelo: hacía que los que tenían que pedirle algo fueran a él, en su oficina de Brooklyn o en su casa de Queens, y permanecía sentado mientras los otros estaban de pie. Según Mary, su tío cumple con los nueve criterios del Manual Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales (DSM-5), pero además tiene otros síntomas dentro de los criterios del trastorno de personalidad antisocial, pues revela incapacidad para tomar decisiones y asumir responsabilidades. También comenta la discapacidad de aprendizaje que interfiere para procesar información. Donald bebe más de doce Coca-Cola light al día y duerme poco. Nunca vivió en el mundo real, siempre estuvo contenido en alguna institución, ahora es la Casa Blanca. Para ella su carácter lo forjó la crueldad de su padre y las enfermedades de la madre, llegó a pagar para que le hicieran el examen de ingreso a la universidad y, Donald Trump maneja el país como su abuelo dirigía su familia. El año pasado, caminando por Manhattan, al llegar a la Quinta Avenida, entre las calles 56 y 57, vimos a numerosos turistas que se regocijaban sacándose selfies frente a la Trump Tower (…)

Hace 20 años, cansado de tantas decepciones tomé la decisión de dejar de optar entre lo malo y lo peor, siguiendo a Saramago, comencé a votar en blanco, le di mayor responsabilidad a mi voto, a la vez que empecé a gestionar la decepción de otra manera. Me dije a mi mismo que no podía responsabilizarme de tanto mal. Que no importaba lo que hiciesen las mayorías, cuyas locuras han generado las mayores tragedias de la humanidad, sino que debía actuar conforme a mi conciencia. Entonces escribí un ensayo que se convirtió en un opúsculo, el que salió a la luz un par de años más tarde y cuyo título hoy cambiaría. En fin, pienso que si todos aquellos que no estamos intoxicados por las ideologías, no consumimos relatos políticos, no caemos en el fundamentalismo de santificar a un líder negando su veta corrupta, adoptásemos el consejo de José Saramago, otra sería la realidad del país. Pero nada hace pensar que eso sucederá. Es posible que los que no fuimos alcanzados por esa patología lleguemos tal vez a ser el 40% de la población, a la que los analistas califican como “electorado independiente”. Pensar que ese sector de la sociedad podría poner las cosas en su lugar, sepultando los actuales paradigmas y comenzando a escribir otra narrativa. Si masivamente les retirásemos el apoyo a los políticos al negarles el voto, ya no podrían seguir jugando ese juego de póker con el que vuelven tontas a las masas o enloquecen a muchos, tampoco podrían ignorar la consideración y el respeto que merecen los ciudadanos. Los gobernantes no seguirían abusando del poder gratuitamente, ya sea desde la provocación o desde la impunidad, mucho menos mostrarse prepotentes cuando en realidad son ineptos y procuran ocultar su impotencia con promesas que jamás cumplirán. Pero lo grave es que a muchos votantes no les importa que su líder diga una cosa y haga otra, en tanto y en cuanto sea “su político”, el que identifican como miembro de su tribu, por eso aquí encontramos las manifestaciones abyectas de la tribu. Nos hemos acostumbrado a que en cada elección los partidos mayoritarios nos metan un caballo de Troya con el que engañan al pueblo (palabra en mi caso de uso restringido dado el abuso que hacen los demagogos), que por estar construido en madera no permite ver lo que hay dentro, sin embargo para aquellos que se atreven a pensar libremente, sin cortapisas, ese caballo termina siendo como de cristal, trasparentando la estrategia de mala calidad a la que recurren, viejo vicio de la política vernácula, que desde hace más de 200 años da sus frutos, claro que frutos podridos.

Montesquieu vio con claridad los dos excesos que amenazan a toda democracia: el espíritu de desigualdad (aristocracia) y el espíritu de igualdad extrema (despotismo). La historia nos demuestra hasta el cansancio que tanto con la aristocracia como con el despotismo no llegamos a ningún buen puerto.

En la Argentina la clase media está sujeta a la “doble imposición”, ya que sostiene la educación pública con sus impuestos pero con frecuencia envía sus hijos a escuelas y universidades privadas. Conste que los tres ciclos educativos yo los hice en instituciones del Estado, que más allá de ciertos cuestionamientos tenían otra calidad y daban una respuesta social que hoy está ausente; cuando le tocó a mis hijos quise hacer lo mismo pero al cabo de un tiempo tuve que optar por la educación privada. También una clase media que cuando se jubila sostiene al PAMI pero jamás usa esa obra social porque contrata, no sin grandes esfuerzos, una medicina prepaga. Y una clase media que mantiene a la policía pero paga seguridad privada. Esto forma parte de los hechos, no de las opiniones, menos de las ideologías estatistas o privatistas. Desde hace décadas los gobiernos han alimentado esta doble imposición, que revela una profunda inequidad.

En el juego de las prioridades se establecen preferencias cuya aceptación demanda una sólida justificación. Priorizamos unas cosas sobre otras y a menudo lo hacemos luego de un análisis o dejándonos llevar por el sentido común. Pues bien, frente a las penurias que vivimos, se plantea una reforma judicial, imperiosa y urgente, que en nada afectará a los delitos comunes, léase la seguridad pública. Estaría más bien destinada a la Corte y los Tribunales Federales de Comodoro Py, que de ponerse en marcha costará miles de millones de pesos, los que saldrán de nuestros esquilmados bolsillos. La cuestión sería política, dicen, pero también leí que cuatro de los cinco miembros del máximo tribunal fueron designados por el partido que está en el poder, al igual que nueve de los diez jueces federales. En fin, otra de las fatídicas prioridades que nos sitúan en el abismo.

Pertenezco a una generación que vio por TV la llegada del hombre a la Luna, que alentó los movimientos independentistas y condenó el colonialismo, que creyó en utopías de cambio y tuvo que convivir con la violencia armada de arriba y de abajo, de derecha y de izquierda. La experiencia revela que cuando es ineludible hacer un cambio, se abren dos caminos: el del diálogo y el de la violencia. Prefiero los cambios por las buenas. La otra vía pone de manifiesto el lado tenebroso de la humanidad, que requiere de una psicología de la oscuridad, y que no suele conducirnos a la verdad y la justicia. Hoy por hoy vemos mucha gente sometida, que resiste estoicamente, se calla y cuida las apariencias, pero un buen día encuentra su límite y dice basta… Mi abuela solía decir que lo que no sucedía en cien años podía suceder en un día.

Una empresaria española de la tauromaquia, comentaba que hay valores perdidos en la sociedad y que están representados justamente en la tauromaquia (me gusta el colorido y la música del paseíllo, no la crueldad con el toro), y que en algún momento habrá que volver a ellos, como ser el espíritu de superación, la honestidad, la disciplina, el compañerismo y la capacidad de sacrificio. Me dejó pensando un largo rato, porque al fin de cuentas los toreros lidian con los toros, no con las personas.

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