Más allá del discurso interior que todos tenemos y del discurso que expresamos en voz alta para comunicarnos con el otro, debemos reconocer que en este proceso de verbalización no siempre ambos discursos concuerdan. Por otra parte, hay gente que prefiere expresar sus ideas en privado, y otros que gustan hacerlo en público, como el actor que sale a escena a representar su papel. Claro que cuando se trata de dirigirse a un auditorio, el discurso estará condicionado por varios factores y, en caso de tener éxito, el expositor atrapará la atención del público y ganará su voluntad, ese será su trofeo.
Borges ha sido un maestro de la palabra escrita, como lo revelan sus cuentos, poesías y ensayos. Hace poco me enteré que durante un tiempo y por cuestiones económicas tuvo que pronunciar discursos en público, era la época en que tenía conflictos con el gobierno peronista por su condición de opositor. Dicen que a él no le atraía esta tarea pero finalmente accedió. En realidad, Borges jamás fue un orador, sus exposiciones no estaban a la altura de sus escritos, incluso en las entrevistas yo lo notaba deslucido, el arte de la palabra hablada no era su fuerte, carecía de elocuencia, su tono era monocorde y cansino, y a más de uno le resultaba aburrido escucharlo, más allá que lo que dijese fuera muy importante. Pido perdón a los apasionados borgeanos.
En realidad, no es nada nuevo que grandes escritores hayan sido incapaces de cautivar con su palabra a un auditorio, incluso es infrecuente que en una misma persona haya un escritor y un orador. Todos sabemos de escritores notables y académicos de fama que prefieren leer sus discursos, hecho que me parece lamentable, pues, prefiero leer lo que escribieron en la comodidad de mi escritorio. Cada tanto resurge la inveterada discusión sobre la importancia de la forma y el fondo. Pero en los escritores como en los oradores, más allá de lo que dicen, importa cómo lo dicen, ya que allí reside su arte.
Belisario Roldán y Alfredo Palacios, dos tribunos injustamente olvidados, fueron grandes oradores. Belisario Roldán fue definido por sus contemporáneos como un poeta de la palabra oral, un príncipe de la oratoria, un hombre de retórica grandilocuente, acorde con la escuela asiática. Hoy difícilmente ese estilo despertaría admiración, los tiempos han cambiado y los gustos también. Quizás en la cultura de nuestros días tenga apogeo la escuela de Esparta, lacónica, muy del gusto castrense, ya que a diario utilizamos los SMS a través de los celulares. En Bouglogne-sur-Mer, ante la estatua de San Martín, Belisario Roldán pronunció aquella famosa frase: “Padre nuestro que estás en el bronce”. Dicen que combatía su miedo a hablar en público bebiendo unos minutos antes alguna bebida espirituosa y que alguna vez se excedió en la ingesta, sin embargo en ese estado de exaltación alcohólica llegó a pronunciar alguno de sus mejores discursos. La enfermedad pulmonar que sufría lo llevó a quitarse la vida pegándose un tiro. Alfredo Palacios también supo conquistar los auditorios, pero atento al devenir de los tiempos y las modas, abandonó el estilo asiático por la oratoria ática, cuyo máximo exponente fue Demóstenes. En efecto, Palacios optó por el discurso sencillo y directo, nada alambicado, aunque quienes llegaron a conocerlo me dijeron que el epílogo siempre era pomposo, lo que revelaba su afición por la escuela asiática.
A los veinte años, recuerdo, pude asistir a una conferencia de Arturo Berenguer Carisomo, otro de nuestros grandes oradores. No recuerdo qué tema trató, seguramente fue algo literario ya que él era profesor de literatura, pero quedé impresionado por su habilidad de palabra que nada tenía que ver con la charlatanería.
En 1977, no bien llegado a Madrid, en el centro cultural que está debajo de la Plaza Colón, pude asistir a una conferencia de Pedro de Lorenzo. Sabía de su existencia a través de un artículo que había publicado en un suplemento literario de Buenos Aires hacía un tiempo: “Grandezas y miserias de la oratoria”. Pedro de Lorenzo conocía muy bien su metier, su exposición era atrapante, acompañada de modulaciones de la voz, ademanes ajustados, pulcritud en el vestir, y de tanto en tanto alguna exclamación que tenía un cierto dejo de ampulosidad retórica. Era un orador notable. Después de aquella tarde nunca más tuve noticias de él, tampoco he leído ninguno de sus libros, sé que solía frecuentar el Café Gijón y que murió en el 2000.
El discurso de Gettysburg, del presidente Abraham Lincoln, fue pronunciado después de la batalla que lleva ese nombre, durante la Guerra Civil de los Estados Unidos. Se trató de una alocución o discurso breve. Lincoln dijo que sus palabras no serían recordadas por el mundo pero sí lo que hicieron aquellos que lucharon y murieron por la libertad, lo curioso es que sucedió lo contrario, hoy el mundo ignora a los que combatieron en la Batalla de Gettysburg mas no ha olvidado las palabras de Lincoln, al punto que existe consenso en que ha sido uno de los grandes discursos de la historia. Allí definió a la democracia como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, fórmula que a todas luces nunca llegó a plasmarse.
El arte de la palabra escrita difiere del arte de la palabra hablada, la primera perdura a través del papel, la segunda suele esfumarse al cabo de ser pronunciada y a lo sumo queda en la memoria de algún oyente. De todas maneras, siempre hay excepciones.
Hay quienes se han preocupado por la relación entre la elocuencia y la creatividad. Milton Glaser, uno de los grandes diseñadores gráficos que vive en los Estados Unidos, famoso por ser el autor del logotipo I love NY, ha dedicado su larga vida a la estética, y enfatiza que ésta no se halla reñida con la ética ni con la verdad, por el contrario, han sido una constante en su vida. Cuando un periodista le preguntó si era más importante ser elocuente o creativo, él respondió que la pregunta era falsa, porque no tiene respuesta. Sostiene que el diseño y el arte están distantes, el primero tiene que transformar al que mira, hacerle ver el mundo de otra manera, y el segundo acomoda un público con un cliente. Es necesario forzar la mirada para que las cosas queden impresas en el cerebro y resulta gratificante expresar una idea poderosa a través de medios muy simples: I love NY, sólo eso. El diseño de la vida de un individuo está representado por las intenciones aunque también por lo que logra conseguir, de allí las diferencias entre las intenciones y la realidad. Milton Glaser comenzó estudiando pintura en Italia pero terminó siendo diseñador. “No es que no quisiera ser pintor, es que no quería ganarme la vida formando parte de esa transformación del arte en cultura de consumo”. Dice que la gente confunde estilo y diseño, cuando se comienza a diseñar uno se pone en el lugar del público. Un buen diseño es aquel que termina reforzando lo que uno cree y, debemos considerar los prejuicios, ya que generamos expectativas a partir de ellos y en la gran mayoría de los casos resultan ser falsos.
José Ramón Recalde, catedrático de derecho, intelectual y político, acaba de fallecer en España. En el 2000 le dispararon un tiro en la cabeza en la puerta de su casa (estaba amenazado por ETA), salvó la vida milagrosamente, siguió con su tarea habitual, y era acompañado permanentemente por dos guardaespaldas. Durante el franquismo fue detenido y mientras lo torturaban le vinieron a la cabeza unas palabras de Sartre en las que decía que el torturador no podía sostener la mirada del torturado, él lo puso en práctica y el torturador continuó golpeándolo pero con más energía, en sus memorias acotaba que evidentemente el policía no había leído a Sartre.
Hace unos días la esposa de Donald Trump pronunció un discurso que sería un plagio del que dio Michel Obama. Nunca entendí porque las esposas de los presidentes y candidatos al puesto tienen que dar conferencias, también sus hijos. ¿Esto no alienta el nepotismo? Antes los gobernantes solían preparar con esmero sus discursos, rumiaban las ideas y eran piezas oratorias salidas de sus cabezas. Ahora otros los escriben. No recuerdo que político dijo en una oportunidad que un charlatán da un discurso todos los días, un mediocre uno por semana y, un gran orador a lo sumo uno o dos al mes (…)