El tema de la riqueza, o de los ricos, está siempre presente en el debate social, como no podía ser de otra manera, incluso La Biblia lo consigna. Pero mucho antes fue motivo de discusión entre los griegos. Tales de Mileto, un filósofo presocrático del Siglo VI a.C., que consideraba el agua como principio de todas las cosas, habría sido el primer financista de Occidente. En efecto, decidió incursionar en las finanzas debido a las burlas que recibía por su condición de filósofo que lo habría llevado al hundimiento económico. Según Aristóteles, en base a sus conocimientos de astronomía predijo que habría una gran cosecha de aceitunas y empleó todo su capital en rentar molinos destinados a obtener aceite de las aceitunas. Al parecer nadie le creyó, los dueños de las tierras no sabían qué sucedería en la próxima temporada, pero cuando la predicción se hizo realidad Tales obtuvo grandes ganancias y, dejó en claro que los filósofos podían ser ricos gracias a la sabiduría que tenían, sin embargo preferían tener sólo el dinero que necesitaban, no más. Todos sabemos de personajes que tienen pasión por el dinero y la riqueza y, esa y no otra es su prioridad en la vida, lo que le da sentido a su existencia. Recordemos que en Egipto los faraones eran enterrados con artículos de lujo en la creencia que éstos serían necesarios para la otra vida. En lo personal, soy consciente de que uno abandona este mundo en las mismas condiciones en que llegó: sin nada.

Contemporáneamente ha surgido una clase de ricos, muy jóvenes, que han hecho incalculables fortunas a partir de ideas innovadoras en el contexto del mundo digital, algunos trabajando en el garaje de su casa. Existen grandes fortunas construidas en el sector de la tecnología de la información, algo que era impensable hasta no hace mucho.

La relación entre la ética, los negocios y la riqueza ha sido, fue y es conflictiva. Para Aristóteles es reprobable el dinero que genera más dinero. El Estagirita también reprobaba el cobro de intereses por un préstamo, incluso estuvo prohibido en la Edad Media. Sin embargo, en nuestros días el abuso o la usura de los bancos bajo el paraguas del Estado (otro desmán que la ley protege) son el drama y la ruina de infinidad de familias en todas partes. Nos han bancarizado la vida sin consultarnos. Bertolt Brech decía: “¿Qué es el robo de un banco en comparación con fundar uno?”

La hipérbole de Jesús de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de Dios, sigue dando que hablar. Para San Pablo: «… la raíz de todos los males es el amor al dinero». Y la pasión por el dinero está relacionada con el egoísmo, la codicia, la avaricia. Alejandro Dumas decía que el dinero es un buen siervo y un mal amo.

De acuerdo a la historia, los primeros cristianos llevaban una vida propia de comunistas, lo que generó un problema a los exégetas cuando tuvieron que hacer alusión del tema y, la teoría rechazada por las generaciones posteriores. Hoy por hoy los creyentes ganan fortunas y acumulan bienes materiales sin sentir culpa, pues, se impone la libre empresa, a la vez que se busca y alienta el éxito económico. Y nada de esto resulta incorrecto.

Max Weber consideró que la ética del trabajo del protestantismo desempeñó un papel fundamental en el desarrollo del capitalismo. El énfasis calvinista por el trabajo duro y el llevar una vida frugal se consideraba que acercaban el individuo a Dios, y explicaría por qué las poblaciones protestantes tienen economías exitosas, lo que haría que el afán de lucro sea visto como una virtud y no como un vicio. Pero la realidad es que el afán de lucro a veces desemboca en comportamientos éticamente cuestionables.

Algunos críticos ven en el germen de la pobreza de América Latina y otras regiones del planeta la influencia doctrinaria del catolicismo y el culto por el llamado “pobrismo” como una muestra de superioridad moral. Para Adam Smith la búsqueda de ganancias aun mediando el egoísmo haría que los efectos sociales positivos superen moralmente a sus dificultades o problemas.

La polémica Ayn Rand estuvo influenciada por Nietzsche y se hizo famosa por su libro “La rebelión de Atlas”, que según dicen fue una reacción contra el New Deal de Franklin Delano Roosevelt. Cuando el intervencionismo estatal estadounidense resulta asfixiante los empresarios se declaran en huelga y se retiran a un valle oculto a la espera que todo se derrumbe, para luego volver y reconstruir el país. Atlas en la mitología griega es quien sostiene al mundo sobre sus hombros, al igual que los emprendedores, que sobre sus espaldas cargan con el destino del mundo y sostienen la vida del resto sin obtener reconocimiento. El cristianismo sería el gran responsable de este pensamiento.

La falta de trabajo hoy se perfila como uno de los grandes males del planeta, más allá de la pandemia y de lo que se denomina como la Gran Renuncia o el Gran Agotamiento emocional, que en los Estados Unidos y Gran Bretaña han producido una renuncia masiva de los empleos, falta de mano de obra y desinterés por la búsqueda de nuevos trabajos, aunque tengo entendido que últimamente algunos se han arrepentido de haber renunciado. El antecedente de este fenómeno se dio en 1919, cuando declinaba la epidemia de gripe española, y los trabajadores de Seattle fueron a la huelga cansados de las malas condiciones de trabajo, el bajo salario y la inflación. El movimiento se extendió por todo los Estados Unidos, superó sus fronteras, y causó preocupación en los grandes empresarios al comprobar que las clases bajas ya no querían trabajar y manifestaban abiertamente su anticapitalismo.

Para Simone Weil el trabajo es el lugar donde el hombre alcanza la condición humana. Richard Hoggart, como Weil, participó de dos mundos, tuvo su infancia en un barrio obrero y su adultez en los claustros universitarios (en Weil la cronología fue al revés). Él tenía un pie en la clase obrera y el otro en la élite intelectual. Estaba agradecido de las instituciones educativas en las que pudo formarse. Ingresó a la universidad por medio de una beca que le permitió saltar de una cultura a la otra, y advirtió cuáles son los valores en conflicto, inclinándose finalmente por la cultura popular. Para Hoggart, becarios y autodidactas son individuos que pasan de una cultura a otra, con la salvedad de que esta última nunca les pertenecerá por completo. En efecto, Hoggart sostenía que el mundo está dividido entre “ellos” y “nosotros”, donde “ellos” son los que mandan, se reparten las ayudas sociales, y son “los que te aplastan si pueden”. En fin, una visión que hoy es compartida por muchos de los jóvenes que en todas partes se movilizan en reclamo de un mundo más justo sin encontrar respuestas.

A partir de la crisis originada en la primera década de este siglo, la preocupación de los gobiernos se centró en el crecimiento macroeconómico (PBI) y no en la recuperación social. Así se rompió el contrato social que otorgaba derechos y deberes, que daba un marco de seguridad social para aquellos que no nacían en una cuna privilegiada. El Estado de Bienestar, con sus más y sus menos, duramente criticado por los ultramontanos, pasó a convertirse en Estado de Malestar. Y hoy con la pandemia vemos que la desigualdad aumenta y que la pobreza junto a los otros dramas sociales terminan socavando los cimientos de la democracia. Un panorama muy peligroso, que favorece a los líderes autócratas y los gobiernos populistas. Xi Jimping le dijo a Joe Biden: “Las democracias no se pueden sostener en el Siglo XXI”.

Lo cierto es que frente a cierta indiferencia globalizada, la mayor cantidad de golpes de Estado se ha producido en lo que va de esta década, los autoritarismos ganaron terreno, aumentaron las protestas sociales y en muchos casos hubo represión brutal. Sin contar la sanguinaria invasión a Ucrania que ya lleva un año, sin miras de solución, entre otras tragedias que asolan al planeta.

El sistema que nos rige le permite al individuo acceder a bienes y servicios de calidad siempre y cuando pueda pagarlos, ese es su diseño. En efecto, la capacidad de pago permite que se pueda acceder a una atención médica de calidad, recibir una educación óptima y gozar de una serie de prestaciones que hacen a la buena calidad de vida. Por otra parte, una fortuna (ya no importa cómo se obtuvo) contribuye a que el individuo pueda convertirse en una persona socialmente importante, admirada o envidiada, llegando a gozar de ciertas licencias y hasta de alguna consideración especial en el ámbito de la ley, que sin duda no es igual para todos.

Está claro que a los que les va muy bien en lo económico no están dispuestos a aceptar cambios en las reglas de juego, aunque éstas se tornen necesarias por las injusticias, las explotaciones y las faltas graves a los derechos humanos.

El Nobel de Economía Paul Krugman, comenta que a raíz de un episodio personal donde fue objeto de privilegios, aprendió la lección que los privilegios corrompen, y que los enormes privilegios corrompen enormemente, pues, las personas que los rodean no se atreven a decirles que están comportándose mal.

Un proverbio atribuido a Confucio dice que: “Un hombre rico teme a la fama como el cerdo teme engordar”. Pues bien, la situación cambió para algunos multimillonarios que han dejado de ser reservados, convirtiéndose en celebrities.

Creo que hoy se impone la “razón ilustrada”, es decir, la prudencia, el rigor y el sentido común. La corrupción que ha dado lugar a grandes fortunas así como el deterioro de los valores, conducen a naturalizar la pérdida de la esperanza y la falta de sentido de la vida. La realidad mundial es que día a día aumenta la demanda de alimentos, de salud, de educación, de vivienda, de transporte, de seguridad. Mientras la crisis climática, la contaminación ambiental, los desastres naturales y las aventuras bélicas siguen su curso.

Coincido con Andrés Malamud que las democracias de Occidente no son tan frágiles, que lo que en realidad fracasa es el Estado (división de poderes) y por eso fracasan los gobiernos que lo manejan, ya que existe una concepción hegemónica del poder que da lugar al mesianismo y una masa de votantes que individualmente se desligan de su responsabilidad moral y ética. Lo cierto es que vivimos tiempos sombríos y no podemos cruzarnos de brazos.