• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: octubre 2018

La cultura y sus negocios

29 lunes Oct 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La relación del arte, la educación o la cultura con el mundo de los negocios fue, ha sido y es problemática. En efecto, los conflictos de intereses entre los hacedores de cultura y los representantes del mercado se caracterizan por una tensión permanente. Ya Homero, autor de la Ilíada y la Odisea, quien era un protegido del emperador romano, se quejaba amargamente por no percibir los derechos de autor que merecía.

El año pasado la CAEC (Cámara Argentina de Empresarios Culturales) filial Bolivia, organizó en Cochabamba un evento sobre la llamada “Economía Naranja”, el cual debía realizarse en Buenos Aires, pero ante la deserción a último momento de la institución que se había comprometido a subvencionar los gastos y que suele declarar su “interés por la cultura”, no pudo concretarse. En Argentina suelen pasar estos simulacros de cultura, de allí el desencanto de muchos. Roberto Aranibar que venía siguiendo de cerca  nuestros frustrados preparativos,  organizó el evento en solo tres meses, demostrando que con iniciativa y buenas intenciones se logran muchas cosas.

Por Argentina concurrimos Liana Sabatella, que expuso sobre “gestión cultural”, y yo que hablé acerca de “la cultura, el comercio y la ética”. Me sorprendió que la sala estuviese colmada de jóvenes veinteañeros y que la mayoría de los expositores rondasen los treinta años. Convengamos que en nuestro medio no es algo habitual. Algunos tenían estudios universitarios completos, otros los habían abandonado en sus inicios y decían que: “la Universidad mata la creatividad”. Confieso que la frase me dolió por ser un veterano integrante de los claustros, llevo décadas como profesor en distintas universidades, pero reconozco que los argumentos que esgrimían eran atendibles.

Recuerdo que una joven explicó cómo creó una ruta de turismo cultural que permitía visitar cafetales y viñedos, lo que reactivó la economía de la región, generando trabajo para los lugareños y, ella manejaba este proyecto desde su casa por medio de una computadora, incluso me comentó que ya tenía propuestas de otras regiones de Bolivia para implementar proyectos similares. Otro joven refirió que una vez que aprendió la técnica de los videojuegos armó su empresa que se dedica a programar videojuegos de contenido pedagógico y que ya los exportaba al exterior. No faltó el mundo de la moda con interesantes experiencias culturales que terminan alumbrando negocios inteligentes. Los asistentes prestaban atención y no disimulaban el interés que tenían por poner en marcha sus propios proyectos. También estuvo la representante regional de la UNESCO explicando cómo debían presentarse las solicitudes para obtener apoyos a los proyectos. En fin, me sentí reconfortado al ver a que esos jóvenes no carecían de sueños. Hace un tiempo escribí a manera de guía un opúsculo que publiqué on-line: Cómo FormarSe en la Universidad. Claves para no desfallecer en el intento (Amazon). Allí decía que no todos los que abandonaron la carrera universitaria para dedicarse a otra actividad que les atraía han fracasado y, en ocasiones ha sucedido lo inverso. Puse como modelos icónicos a Bill Gates, quien abandonó sus estudios en la Universidad de Harvard, a Mark Zuckerberg que también dejó Harvard y a Steve Jobs que a los 6 meses de haber ingresado debió renunciar por el alto costo de la matrícula. Los ejemplos los hallamos en todas las épocas, solo escogí a tres empresarios exitosos de la  nueva cultura digital.

El mes pasado asistí en Paris a L´Atelier des Lumières. Allí se realizó una muestra sobre la obra del pintor austríaco Gustav Klimt, creador del modernismo y quien murió hace cien años. Se trata de “arte de inmersión”, donde en un inmenso espacio que fue una fábrica, en el techo, las paredes de 10 metros de altura y el piso, se proyectó la obra pictórica de Klimt con 140 proyectores, acompañado de un ensamble musical exquisito y con una narrativa que denotaba talento. La sala estaba llena de jóvenes. Una  manifestación que representa la fusión del arte clásico con la tecnología digital. Sus promotores sostienen que éste es el futuro para atraer a niños y adolescentes, inmersos en el mundo digital y que no están dispuestos a concurrir pasivamente a un museo.

No hay duda que el cambio de época compromete todos los ámbitos de la vida. Las generaciones que provenimos del mundo analógico nos vemos obligados a incorporar velozmente los avances del mundo digital, no sin dificultades. Algunos ven en esto un divorcio, mientras otros pensamos que ambos mundos deben complementarse.

La incidencia que hoy tienen las llamadas industrias culturales (Adorno aborrecía el término) y creativas sobre el PBI de un país puede ser muy importante y, no podemos ignorar lo macroeconómico, importancia que ha crecido en algunos países de manera llamativa a partir de las última crisis (2008). Comentaré algunos casos. Finlandia le ha dado a estas expresiones un enfoque empresarial. Dinamarca es considerada un país culto porque exporta su arte. En Suecia la música, el cine y la literatura adquirieron gran desarrollo y el arte de los videojuegos se enseña en la Universidad. En plena crisis, mientras los países del sur de Europa practicaban drásticos recortes y a la vez subían los impuestos, Islandia se volcó a las industrias creativas y hoy su porcentaje al PBI supera al de la agricultura. Noruega apostó estratégicamente a la música y facilita la presencia de sus músicos en el extranjero. Holanda en materia de industrias creativas apoya decididamente la colaboración entre la industria, los institutos del conocimiento y el gobierno, y al parecer procura ubicarse entre los mejores del mundo en el 2020. Todos estos países tienen en común, entre otras cosas, estar muy bien posicionados en materia de educación, salud, seguridad social, y no han dejado la cultura a la intemperie.

En América latina y en muchas otras regiones no se advierte de parte de los gobiernos un genuino interés por privilegiar la cultura, en todo caso se hace alguna alusión al pasar pero como un artículo de la retórica gubernamental. Por otra parte,  llama la atención el desconocimiento del valor económico de la actividad cultural, lo que revela un grave error de estrategia. El sector privado a menudo ha visto el problema desde una óptica exclusivamente comercial, desentendiéndose de otros aspectos que tienen contenido social. Claro que una cosa es la calidad de una expresión cultural y otra muy distinta el montaje comercial. Para peor hoy se entremezclan problemas de diversa índole como la diversidad cultural, la identidad, la protección del patrimonio, el desequilibrio en el desarrollo y el apoyo que reciben las diferentes industrias. Lo cierto es que vivimos un cambio de paradigmas y la cultura ya no puede ser tan solo la cultura letrada. Existen otras expresiones que merecen un apoyo concreto, como las artes audiovisuales, la moda, el diseño gráfico, las artesanías, la fotografía, las nuevas apps, entre otras expresiones culturales, más allá de las tradicionales como la comunicación, la pintura, la escultura, las artes escénicas y la edición de libros. Las startup surgen de una idea innovadora, montan un buen negocio, crecen a una velocidad mayor al del PBI del país. Desde ya que el PBI refleja solo algunas realidades, pero éste es otro tema. Estimo que es necesario que haya políticas de Estado que promuevan la innovación, la producción de bienes y servicios culturales, y que a su vez se facilite el consumo de los mismos. La cultura y la educación van tomadas de la mano, como lo advirtió Malraux cuando fue Ministro de Cultura de De Gaulle. Es necesario reparar en los que hacen la cultura, los que la comercializan, y finalmente los destinatarios. Deberíamos ver a la cultura como motor del desarrollo de una región  y a la ética como guía del “desarrollo con equidad”.

Colombia el año pasado promulgó la Ley Naranja destinada a fomentar y proteger las industrias creativas en el marco del derecho de autor. Las críticas no se hicieron esperar, pues, algunos vieron en esta medida la reafirmación del neoliberalismo, la privatización de la cultura, la oportunidad para que hagan negocios los grandes empresarios y los bancos, y el desentendimiento del Estado de sus obligaciones. No poseo toda la información, pero tengo por costumbre esperar a ver en marcha los proyectos, analizar su dinámica, y frente a los resultados dar una opinión que se ajuste a la verdad, de allí mi poca afinidad con las ideologías y los vendedores de humo. Aquí como en otras áreas están al acecho los que quieren sacar ventajas, los que solo les interesa el dinero, y los que procuran monopolizar una actividad. En fin, esto resulta inevitable, pues, el egoísmo es parte de la condición humana. Algunos adoptan como marketing la filantropía, escondiendo sus verdaderos intereses. Pese a todo, he comprobado que dentro de lo que llaman economía naranja, hay mucha gente dispuesta a llevar adelante sus sueños y proyectos creativos, y pienso que merecen apoyo, no trabas burocráticas, mucho menos caer en la trampa de quienes les ofrecen financiamiento y terminan quedándose con la mayor parte de los beneficios. La corrupción está a la vuelta de la esquina. Muhammad Yunus, creador del microcrédito, sostiene que la economía cambia si la mentalidad cambia, y dice que hay negocios para ganar dinero y negocios para cambiar el mundo. Necesitamos que la economía de la cultura se instrumente bien, con un sentido ético, para que sea un beneficio social y no una aventura financiera más.

La crispación del poder o el intelecto blindado

17 miércoles Oct 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Este año falleció Philip Roth, uno de los grandes novelistas estadounidenses que solía intervenir en el ágora de los intelectuales para opinar sobre la realidad y criticar aquello que consideraba injusto. Para mi Roth era de esas personas que dicen lo que hay que decir en el momento que resulta necesario. Hace un tiempo leí una entrevista que le hicieron, comentaba que en los 70 tenía por costumbre viajar todos los años a Praga y visitar a sus amigos escritores. El gobierno de Checoslovaquia solía perseguir a los intelectuales, a quienes luego de expulsarlos de la Unión de Escritores, les prohibía publicar, dar clase o cualquier actividad que tuviese que ver con su profesión, e incluso a sus hijos les estaba vedado estudiar en institutos oficiales. Para que pudiesen ganarse la vida, el régimen les asignaba tareas como vender cigarrillos en los quioscos, ser repartidores de pan en bicicleta, trabajar de operarios en la planta depuradora de aguas, limpiar ventanas o ser ayudantes de conserjes. Roth sostenía que esa gente era lo más preciado de la intelectualidad nacional y, así se los humillaba. En una oportunidad, a uno de sus amigos lo detuvo la policía para interrogarlo, querían saber por qué viajaba todos los años a Praga. Cualquiera que haya visitado Praga sabe que esa hermosa ciudad amerita retornar a menudo. El amigo para salir del paso no tuvo mejor idea que responder que Roth  iba allí por las chicas… En fin, eran los años de la Guerra Fría, y allí como en muchas otras partes sucedían hechos que violaban la dignidad de las personas. Eran años cargados de fuertes antagonismos ideológicos, de luchas criminales por hacerse del poder, donde la cultura, la política y la propaganda se entrecruzaban de manera constante, perseverante, y sobre todo peligrosa. Quienes sostienen que las fake news son un fenómeno actual tienen mala memoria. Lo que sucede es que en la historia se viven momentos de mayor y menor tensión, pero siempre hay tensión. Entonces vivíamos una guerra no declarada y, como en toda guerra, la primera baja es la verdad.

Witold Gombrowicz fue un polaco irreverente que vivió su exilio en la Argentina. Un intelectual a contrapelo de su época, pues, no era nacionalista, católico ni comunista. Escribió una novela, Ferdydurke, que fue ignorada por la revista Sur. La revista de Victoria Ocampo, cuya importancia en la historia de nuestras letras resulta insoslayable, solía dispensarle olímpico desdén a quienes no formaban parte de su círculo, por cierto muy selecto. Dicen que Gombrowicz al marcharse del país les dejó una  recomendación a sus discípulos: “Muchachos, maten a Borges”, pero también dicen que más allá del aburrimiento que le producía la metafísica de Jorge Luis, la que consideraba demasiado formal,  eran los borgeanos los que lo irritaban.

En la Argentina de esos años, Rodolfo Walsh,  Francisco Urondo y Juan Gelman dieron mucho que hablar. Walsh  era el típico intelectual comprometido de la época, dueño de una prosa elogiable, quien no titubeó a la hora de las denuncias pero que terminó su vida en un enfrentamiento armado. Urondo fue un intelectual polifacético, un militante de la lucha armada que también murió en un enfrentamiento con la policía. En una entrevista, su hermana comentó que Paco le había confesado que siempre llevaba consigo una pastilla de arsénico por si llegaban a detenerlo, ya que no quería delatar a nadie bajo efecto de la tortura. Gelman, sin abdicar de su veta militante, adquirió notoriedad internacional por su poesía. Pero otro intelectual del que se hablaba con frecuencia era Oscar Masotta, muy respetado en los círculos psicoanalíticos. Recuerdo que murió en Barcelona en el año 79, época en que yo finalizaba mi etapa de becario y preparaba mi regreso a la Argentina. Desde hacía tiempo sabía que Masotta estaba exiliado y que era un ávido lector de Lacan, al punto que fue el introductor del psicoanálisis lacaniano en español. En esa época los existencialistas daban paso a los estructuralistas. El hombre ya no hace el sentido, es el sentido el que adviene al hombre. La “conciencia” o el “sujeto” quedan atrás y ahora se habla de “reglas”, “códigos”, “sistemas”. Massota fundó escuelas de psicoanálisis en Buenos Aires y en Barcelona. Sus comentaristas sostienen que tenía la costumbre de no escribir sobre Borges aunque se lo solicitaran, y jamás lo hizo, pero en una oportunidad habría expresado sus discrepancias con la revista de Victoria Ocampo. Para él la literatura argentina era muy rica y no era imprescindible recurrir de manera infatigable a Borges, como todavía sucede. También estaban Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, William Cook, Leopoldo Marechal, todos intelectuales al que el peronismo rinde culto, pero que mientras vivieron no tuvieron ese reconocimiento, tal vez porque en el fondo no infundían confianza y, el peronismo no tuvo una tesitura claramente pro-intelectual.

En los años 80, si mal no recuerdo, leí una antología de ensayistas argentinos y entre ellos descubrí a Héctor A. Murena. El texto me sorprendió y recuerdo que me pregunté con fastidio por qué no sabía nada de este talentoso escritor, al que no se lo mencionaba  en los suplementos y medios literarios, y en cambio se le daba espacio a otros con menos talento. Un tiempo después hurgué en su biografía. Murena había ocupado una posición expectante en los ámbitos literarios de los  años 50 y 60, pero se fue alejando de las candilejas por propia decisión y, la vuelta del peronismo en los 70 lo perturbó profundamente, dicen que él no hallaba explicación a la amnesia reinante, y al poco tiempo falleció siendo un hombre joven. Pude leer en la prensa una nota de su hija, también hija de Sara Gallardo, escritora relevante. En esa nota desmentía que su padre se hubiese suicidado, como lo consignan algunas antologías. Durante muchos años la obra de Murena estuvo silenciada, hasta que algunos jóvenes que no llegaron a conocerlo se interesaron en sus libros y, como suele suceder con los grandes argentinos olvidados, ese interés vino del exterior, concretamente de Italia y España. Murena estuvo influenciado por Martínez Estrada, otro gran crítico de nuestra realidad. Se lo considera un intelectual ajeno a la filosofía de la época, un escritor íntimo y espiritual, un severo observador de la existencia real y efectiva. Su primer libro de ensayo fue El pecado original de América, allí desarrolla una dura crítica al fascismo y al imperialismo norteamericano. También supe que Victoria Ocampo lo promovió, pero a su vez fue rechazado por el grupo de la revista Sur. Durante el período peronista Murena declaró que la autocensura siempre fue más importante que la censura oficial. Él no estaba de acuerdo con el compromiso y tampoco con Sartre. Como alguien dijo     -no recuerdo quien-, “tradujo a Benjamin y a Adorno en tiempos de policías”. En fin, se lo acusó de ser anacrónico, pero al parecer su anacronismo era deliberado y, convengamos que posicionarse en contra del propio tiempo no suele ser reivindicable. Murena tenía un fino olfato y estaba muy lejos de la credulidad ideológica, sobre todo en una época en que había que exhibir carnet de afiliación partidaria. Lo interesante es que tuvo el talento necesario para permanecer en el circuito intelectual e incluso convertirse en jefe de capilla, dejándose llevar por los honores, utilidades y privilegios que esto acarrea, pero su vocación por la épica pudo mucho más. Sus biógrafos y comentaristas coinciden en que fue víctima del odio ideológico, y la intolerancia finalmente se impuso. Murena fue un pensador independiente, condición que en la Argentina jamás fue gratuita. Su hija admite que su padre siempre bebió mucho y es probable que haya muerto a consecuencia del alcohol, el antidepresivo más difundido.

En esos años toda la cultura latinoamericana estaba vapuleada por la política. Nosotros teníamos nuestros propios demonios, mientras al otro lado de la cordillera estaba Augusto Pinochet, quien dijo: “Yo creo lo mismo que San Pablo, Dios nos eligió para cumplir misiones y nos facilita el camino para que se haga lo que Él manda” (sic). Muchos años después, estábamos en Londres y veíamos cómo la televisión y los periódicos mostraban a Pinochet detenido allí por sus crímenes, siendo su imagen la de un abuelo apaleado, que sufría el escarnio de los activistas de los derechos humanos. Pero el gobierno británico terminó compadeciéndose y lo liberó aduciendo “razones humanitarias”. Qué ironía, las mismas razones que él sistemáticamente les negó a sus opositores. La justicia en no pocas ocasiones actúa así, de manera injusta, incluso en el Reino Unido. Una anécdota no menor en esos días de “cárcel”,  nada parecida a la de los calabozos de la Torre de Londres donde fueron a parar Thomas Moro, Ana Bolena y Rudolf Hess, fue la cálida visita de una entrañable amiga, la ex premier Margaret Thatcher, quien precisamente nunca fue una émula de la Madre Teresa de Calcuta.

Hoy vivimos una época diferente, con los problemas y los dilemas propios del Siglo XXI, sin embargo nada de aquello esta definitivamente sepultado y, no dudo en afirmar que de esos hechos quedan leños y brasas que forman parte del malestar actual.

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