La nota de Néstor Tirri en Ideas de La Nación, publicada hace unos días, me movilizó y decidí escribir una carta, muy breve, en el correo de lectores de ese periódico. Habían pasado 40 años de su desaparición física y no es que a Dabini lo tuviese en el olvido, por el contrario, quienes asistimos en los 70 a su taller de narrativa en la SADE lo recordamos con consideración y aprecio. Por eso en mi blog quiero hacer algunos comentarios que en la carta por razones de espacio no pude realizar.
Recuerdo que el año anterior yo había asistido a un ateneo de oratoria donde me eligieron secretario del mismo, pero en el país se vivían días de violencia, había estado de sitio, y quien dirigía el ateneo consideró prudente no seguir con la reuniones, por otra parte en el piso de abajo funcionaba un local de un partido de izquierda y el clima era propio de caza de brujas. Consideré que era el momento de ir a la SADE. Si mal no recuerdo funcionaban dos talleres de narrativa, uno era de Attilio Dabini, de quien no había oído hablar. Luego supe que Dabini, además de su maestría como escritor de cuentos y novelas, fue un traductor imprescindible, pues, tradujo a una pléyade de notables escritores italianos, como Italo Svevo, Cesare Pavese, Alberto Moravia, Vasco Pratolini, Ignazio Silone, Guido Piovene, Elio Vittorini, Ennio Flaiano, Italo Calvino. En fin, un trabajo ciclópeo que yo entonces ignoraba.
En esa época aún vivía en mi ciudad natal, La Plata, y los martes por la tarde, cuando finalizaba de atender el consultorio de clínica de la UOCRA, a dos o tres cuadras tenía el colectivo que me traía a Buenos Aires. Llegaba a la SADE una media hora antes de que comenzara el taller y algunos alumnos solíamos reunirnos en el café donde charlábamos de cualquier cosa. Con Gloria Kehoe, algo menor que yo, tenía unos 20 años, entablamos una amistad. Recuerdo que a fin de año, en el acto de finalización de los talleres me presentó a su madre y a su esposo. Gloria poseía una fina sensibilidad y tenía un futuro promisorio como cuentista y poetisa. Dabini decía que ella tenía la capacidad de “meter el dedo en la llaga”, y creo que en algún momento lo acompañó a un programa periodístico. Con Miguel Vendramin nos une una amistad que ha superado el paso del tiempo, pues, nos hemos hecho viejos. Recuerdo que Dabini calificó a Miguel de escritor borgeano.
No era su costumbre perder la calma, aunque su veta peninsular era más que evidente, recuerdo que cuando me preguntó qué autores leía, mencioné a varios escritores españoles, en especial a Ortega y Gasset. Me miró con el ceño fruncido y me espetó: “¡Ortega ha prostituido la prosa castellana!”. Tal fue el impacto de sus palabras que durante varios años no volví a leer a Ortega y, cuando retomé su lectura lo hice con bastante ánimo crítico.
En una oportunidad comentó que había tenido una discusión con Julián Marías por haber calificado a Unamuno de “energúmeno”. Y creo que estaba convencido de que el intelectual vasco era un personaje demoníaco. A Marías no le cayó bien y prometió contestarle públicamente, en el periódico, pero según Dabini nunca lo hizo.
Con Ernesto Sábato tuvo una fuerte discusión. Ambos habían acordado una reunión porque Dabini tenía que publicar la crítica a uno de sus libros. Pero grande fue su sorpresa cuando Sábato llegó acompañado de un séquito de personas, como quien va a un espectáculo y lleva a sus fans. A Dabini le pareció una actitud incorrecta, ya que la conversación debía ser entre los dos, pero algunos de los seguidores comenzaron a terciar objetando la mirada que Dabini desplegaba sobre la obra y éste perdió la paciencia, al extremo que dejó mudo a Sábato y sus acompañantes. Nos decía que Ernesto pretendía ubicarse por encima de Borges y Arlt, y que el episodio le dejó una sensación de malestar que le duró varios días.
De Borges siempre contaba anécdotas, algunas risueñas, y más allá de elogiar sus cuentos y ensayos, decía que su poesía era muy buena.
Como crítico me impresionaba que era más bien compasivo con sus juicios, a diferencia de otros que son implacables e incluso se dedican a colocar lápidas. Alguien le preguntó por la traducción del italiano al español que hizo un colega de una novela célebre, al parecer traducción no lograda, y Dabini respondió: “hizo lo que pudo”.
Sus años en Italia tuvieron mucho de aventura, ya que fue miembro de la resistencia contra el fascismo. Comentaba que había estado en más de 80 bombardeos, que la primera semana creía que enloquecería, pero luego se acostumbró, al punto que los bombardeos pasaron a ser algo normal. Y siempre nos repetía que los artistas y escritores que participaron de la resistencia no dejaban de trabajar pero habían decidido no publicar como protesta al régimen fascista.
En un viaje en tren se encontró con su gran amigo Michelangelo Antonioni, que ya era un hombre rico y no solía llevar dinero encima. Éste le pidió dinero prestado a Dabini y luego cada uno se fue por su lado. Pero al cabo de un tiempo leyó un cuento sobre ese episodio donde Antonioni encarnaba a un hombre pobre, perseguido y atormentado por un prestamista, y recuerdo que dijo que el cuento era maravilloso.
Cuando mencionaba que un cuento suyo escrito a los 17 años había sido del agrado de Luigi Pirandello, se notaba que el hecho le producía cierto orgullo. Creo que su admiración por Pirandello le hacía olvidar el apoyo que el siciliano le dio a Mussolini y a la causa fascista, es más nunca lo mencionó.
A menudo hablaba de su hija que vivía en los Estados Unidos, decía que todos los días pensaba en ella. Estaba casada con un científico y tenía hijos, incluso mencionó que en una oportunidad estuvo en el país del norte hospitalizado, no dijo el motivo, pero que luego de varios años seguía recibiendo cartas de los pacientes con que compartió la internación.
En los 80, de vuelta de mi periplo europeo e instalado en Buenos Aires, fui a la SADE con la intención de reencontrarme con el maestro y mis compañeros de taller (Miguel ya me había visitado en Madrid), pero me desilusioné porque no encontré nada de aquello. Había pasado un lustro. Luego, dos personas que habían concurrido al taller, me dijeron que creían que Dabini vivía en una especie de retiro, y que Gloria había sido secuestrada por un grupo de tareas de la ESMA y estaba desaparecida. Más tarde supe que la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) instituyó un premio que lleva el nombre de ella.
Ricardo Piglia en la segunda mitad de los 50 comenzó a firmar sus cuadernos con el seudónimo de Emilio Renzi, influenciado por el piamontés Pavese. Y esa influencia surgió de una conferencia que Dabini pronunció sobre Pavese, a la que Piglia asistió. Hace unos años leí una entrevista que le hicieron donde mencionaba a Dabini y el interés que tenía por realizar una investigación sobre su obra, pero lamentablemente no tuvo tiempo material para lograr el cometido.
Un hecho curioso es que en los siete años que estuve en la Dante Alighieri de Buenos Aires como alumno, cuatro años de lengua y tres años de literatura, historia y cultura, no recuerdo que allí nunca se mencionase el nombre de Dabini, y resulta extraño si tenemos en cuenta que este autor nacido en Milán probablemente haya sido la figura más importante de la cultura ítalo-argentina en el Siglo XX. En fin, hay cosas que en la Argentina son difíciles de entender si bien ya nos hemos acostumbrado.