• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: septiembre 2018

Más escritores malditos

20 jueves Sep 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La lista de “escritores malditos” es una lista de nunca acabar. Y algunas obras pese a no estar bien escritas terminan siendo best sellers. Mein Kampf  (Mi Lucha) de Adolf Hitler, lo convirtió en el autor más próspero de Alemania por los millones de ejemplares que vendió. Luego fue prohibida en muchos países, pero continuaron las ediciones pirata y, 90 años después sigue siendo un éxito de ventas, incluso en Alemania.

Hace unos  años Günter Grass admitió  que había formado parte de las Waffen-SS en su juventud. Ese pasado no había tomado estado público y desencadenó una catarata de opiniones a favor y en contra. A partir de ese momento Grass dejó de ser el referente moral que era considerado antes de la reunificación de Alemania. Por qué lo hizo, por qué no guardó el secreto y evitó las críticas, no se sabe, pero estoy seguro que si lo hubiese admitido mucho antes no le hubieran otorgado el Premio Nobel de Literatura.

Giovanni Gentile fue un estudioso de la filosofía, con una larga trayectoria en la docencia universitaria. Amigo y colaborador de Benedetto Croce, llegó a ser el Ministro de Instrucción Pública de Benito Mussolini, de quien también era amigo. Algunos lo llamaron el filósofo del fascismo, y no faltaron los que lo acusaron de  ser un “corruttore di tutta la vita intelletuale italiana”. Tampoco era bien visto por los jacobinos.  Lo cierto es que Gentile estaba convencido de que Benito Mussolini sería capaz de lograr la unidad nacional y que mediante la guerra Italia recuperaría el honor perdido. Como todos sabemos, nada de eso ocurrió. Gentile llegó a presidir la Academia de Italia, a la vez que procuró alcanzar la concordia, la tolerancia y condenó la represión brutal, al fin de cuentas él no era más que un intelectual metido a político. Lo interesante es que muchos de los intelectuales antifascistas de entonces  habían  sido sus alumnos en la Escuela Normal Superior y, si bien de entrada se habían adherido a su filosofía, luego se convirtieron al comunismo. Gentile fue un claro ejemplo del intelectual cercano al poder que a su vez resulta ser un “militante tibio”, y a éstos no los quieren los unos ni los otros. En 1943 finaliza un ensayo donde hablaba de la muerte y dicen que se lo mostró a un amigo antifascista, anunciándole que su tarea estaba terminada y que ahora sí podían matarlo. La frase sonó como una muerte anunciada. Por otra parte, Gentile intercedió ante las autoridades por la vida de algunos jóvenes antifascistas que habían sido detenidos. En 1944 fue asesinado por un grupo de partisanos dirigidos por una discípula suya de la Universidad de Florencia, Teresa Mattei, miembro del PC italiano Dicen que Teresa concurrió a la Academia para señalarle el objetivo a quienes lo asesinarían, Gentile la reconoció y la saludó. Años después, Mattei que llegó a tener importantes cargos políticos, dijo que su ejecución estaba justificada porque en medio de la crueldad que se vivía en Italia, Gentile llegó a ser el máximo responsable de la “cultura fascista”.

Hannah Arendt fue enviada a Jerusalén por la revista The New Yorker a cubrir el juicio contra Adolf Eichmann. Lo que a ella le interesaba era hallar una explicación para la maldad de los actos que había cometido el lugarteniente de Himmler. Eichmann era muy diligente, gran lector de Kant, y dicen que tenía alergia por la violencia. En la época que vivió en la Argentina bajo una identidad falsa llevaba una vida rutinaria, trabajaba todos los días y convivía con su familia, como cualquier individuo normal. Cuando Arendt publicó su libro Eichmann en Jerusalén y le puso como subtítulo: “Un informe sobre la banalidad del mal”, indignó tanto a los intelectuales alemanes como a los judíos. Pero el problema fue que no supieron interpretar la banalización a la que Arendt aludía. Como sostiene Julia Kristeva, no vieron que en Eichmann su incapacidad de pensar era lo banal. En efecto, los nazis destruyeron en la gente la capacidad de pensar, de formular preguntas e intentar dar respuestas, ya que consideraban peligrosa esa actitud. En fin, una vieja medida implementada por los regímenes totalitarios. Pero el régimen también combatía el llamado “arte degenerado” y, en lo musical proscribía el jazz por ser una música de negros y judíos, e incluso llegó a prohibir los solos de batería, donde el músico suele improvisar y revelar su autonomía. Es indudable que para Hitler nada de lo que sucedía en el mundo del arte y la cultura le era indiferente, y no olvidemos su vocación frustrada por la pintura. Hitler tenía por costumbre levantarse al mediodía y mientras almorzaba veía una película antes de que fuese exhibida en los cines, actuando como censor. Lo irritó la película King Kong, por considerar que no era posible que una hermosa rubia se enamorase de un orangután, e interpretó que se trataba de un velado ataque a la raza aria. Los cineastas de Hollywood estaban muy atentos al juicio estético del Führer, al extremo que el representante diplomático de Alemania solía reunirse con ellos para comentarles su opinión. Esto también ocurrió con las otras expresiones artísticas, pues, ninguna manifestación de autonomía era tolerada y, a la destrucción del pensamiento le sigue inevitablemente la destrucción de la vida humana.

Roberto Arlt no provenía de una cuna aristocrática, como sucedió con varios de los escritores de la época que gozaban del privilegio de ser reconocidos y halagados por los medios literarios porteños, sus padres eran inmigrantes pobres, la madre italiana y el padre alemán. Para poder vivir tuvo que ejercer diferentes oficios que le impidieron cursar estudios escolares, sin embargo se convirtió en autodidacta. Borges solía decir que uno es por lo que ha leído y no por lo que escribe. Pues bien, Arlt terminó siendo una excepción a la regla borgeana. No era un escritor de bibliotecas, no tenía una prosa al uso, y estaba distante de cualquier academicismo. Llegaron a tildarlo de inculto, salvaje, bárbaro, sobre todo por sus incorrecciones sintácticas y errores ortográficos, aunque no hay duda que leyó a Nietzsche y a Dostoievski. Arlt se convirtió en un cronista excepcional y hoy se lo considera el creador de la novela urbana. Él pensaba que el hombre civilizado destruyó la magia que había en nuestros ancestros. Recuerdo que en sus Aguafuertes españolas y marroquíes, refiriéndose al árabe, decía que  por más que esté cargado de piojos sigue siendo un dechado de cortesía. Tenía una mirada penetrante, escrutadora, llegaba a boxear con las palabras y era capaz de atrapar al lector y no soltarlo. Sus temas rondaban lo cotidiano, también el mundo marginal, donde no faltaban las prostitutas y los rufianes, un ambiente que muchos escritores de su tiempo preferían ignorar. Nunca se sintió a gusto con las cofradías literarias, abrigaba ideas anarquistas, y jamás fue cordial con sus colegas. Pero lo curioso es que las opiniones de Arlt no pasaban inadvertidas, si bien es cierto que carecía de la diplomacia necesaria o tal vez de la hipocresía que le hubiese evitado ganarse enemigos al igual que no pocos problemas. Lo cierto es que el mundillo literario local le dio la espalda y lo condenó al olvido, cuando no a la indiferencia, ya que su jactancia y su estilo de vida resultaban intolerables. En consecuencia, le negaron el lustre y el reconocimiento económico que merecía y que también necesitaba, pero él no se privó de criticar el sistema de promoción literario que en muchos aspectos hoy continúa vigente. Arlt jamás hizo concesiones y elaboró una obra que es un monumento de la literatura nacional. Recuerdo que a fines de los 70, en Madrid, Luis Rosales, notable poeta y ensayista de la generación del 36, le organizó un homenaje a Juan Carlos Onetti, quien estaba exiliado, y en esa mesa redonda de literatos con muy escaso público, Onetti comentó algunas anécdotas de Arlt poco conocidas. Cuando uno de los asistentes que estaba a mi lado le preguntó cómo murió Arlt, el autor de El pozo, El astillero y Dejemos hablar al viento,  le respondió que eso habría que preguntárselo a la señora que estaba con él.

Don Delillo considera que un escritor lo es siempre que escriba contra el poder del Estado, de las grandes empresas, del consumismo rampante y de toda la basura que pretenden hacernos tragar. Dice que en los Estados Unidos los escritores suelen recibir ofertas para integrarse al sistema. Y añade que antes el clima de miedo y de horror lo creaban los escritores, y desde los años 80 lo crean los terroristas y los dictadores bajo el lema de la libertad y la justicia, pues,  ellos configuran la narrativa del mundo actual.

A Neruda lo criticaron por haber compuesto una oda a Stalin, igual actitud asumieron con José Saramago por haberse dado cuenta tarde del problema de los derechos humanos en Cuba, y también sucedió con Noam Chomsky por negar el genocidio de Pol Pot en Camboya, aunque más tarde lo reconoció. Los críticos de la derecha sostienen que los intelectuales de izquierda siempre se equivocan porque de entrada suelen apoyar a los totalitarismos. Es cierto que se ha dado en muchos casos, pero de ninguna manera puede considerarse una regla. Pienso que en ocasiones el entusiasmo y las buenas intenciones, inflamadas por una retórica falaz y oportunista, como sucede hoy con los “populismos”, terminan imponiéndose al juicio mesurado y a la prudencia necesaria.

Otros escritores malditos

11 martes Sep 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Decía el dramaturgo griego Agatón que ni siquiera Dios puede cambiar el pasado, y por su parte Homero aconsejaba dejar que el pasado sea tan solo el pasado. Pero tratándose de escritores célebres, el pasado de sus vidas puede pesar mucho en la consideración de su obra, en ocasiones más que la propia obra. Aquí el lector juega un papel clave en la evaluación y, están los que prefieren anteponer la moral del autor. Yo soy un lector de inmersión. En efecto, cuando leo procuro sumergirme en la obra, dejando de lado preconceptos y prejuicios. Me sucede que al terminar de leer un libro me siento satisfecho, y entonces pienso que el autor hizo un buen trabajo, pero al cabo de unos años descubro información que revela ciertas máculas imborrables en su personalidad, en su conducta, y me digo a mi mismo: bueno, el tipo no era un santo, o tal vez fue un canalla, pero lo que escribió es una obra de arte y eso no se lo puedo negar.

En una nota anterior me referí al trío que conformaron Brasillach, Céline y Pierre Drieu la Rochelle, a los que se les llamó “los escritores malditos”. Claro que éstos no fueron los únicos escritores malditos de la época. Otro trío fue el de los rumanos Emile Michele Ciorán, Mircea Eliade y Eugène Ionesco, considerados los mayores intelectuales rumanos del Siglo XX. Al igual que los otros, fueron cuestionados por haber tenido un pasado afín al nazismo. Ellos se conocieron en la Universidad de Bucarest donde trabaron amistad, y terminaron exiliándose en París. Recuerdo que a los tres los leí entre los años 60 y 70, pues, entonces estaban de moda y, confieso que cada uno llegó a impresionarme en lo suyo. Tanto a Ciorán como a Ionesco no sólo los atrapó la cultura y las letras del país galo, sino la vida parisina (¿le savoir fare y le bon vivre des parisiens?). En cambio Mircea Eliade vivió solo un tiempo en París, ejerciendo como profesor, y luego se instaló en los Estados Unidos. Él fue un estudioso de los mitos y consideraba a lo sagrado como una experiencia fundamental del Homo religiosus. Pero lo interesante es que antes había sido subyugado por la fuerte personalidad del Capitán de la Legión de San Miguel Arcangel, Corneliu Zelea Cadreanu, un fascista que organizó la rama paramilitar Guardia de Hierro (una denominación muy familiar en la Argentina), que defendía a la Iglesia Ortodoxa Rumana y que tenía una concepción medievalista del Estado. Cadreanu llegó a ser electo diputado, más tarde lo apresaron y terminó asesinado  en la cárcel.

Eugène Ionesco, considerado padre del teatro del absurdo junto con el irlandés Samuel Beckett, siempre llevó una vida más bien sobria, pero tanto él como Ciorán tuvieron cargos diplomáticos en la ciudad de Vichy, sede del gobierno colaboracionista francés. Con el tiempo Ionesco comprendió que las ideologías separan a los hombres, mientras los sueños y la angustia los unen, y así lo expresó en sus obras. Estaba convencido de que el infierno reside en la tierra, ya que para él la existencia en sí era un infierno, y lo expresa muy bien en El hombre cuestionado, un ensayo cautivante donde revela su forma de pensar. Recuerdo que en uno de los párrafos dice que no sabe si la pesadilla de la vida diurna no es más terrible que la del sueño. Ionesco llevaba una vida angustiada y eso llegó a conmover a Ciorán, su gran amigo. Pero Emilie Ciorán también fue un hombre atormentado, al extremo que en una oportunidad su madre le dijo que si hubiese sabido que iba a sufrir tanto habría abortado. El padre de Emilie fue un sacerdote ortodoxo pero él fue agnóstico. Sus biógrafos dicen que prefería a un líder como Hitler, que delegaba en otros los crímenes. Ciorán tenía por costumbre recomendar el suicidio, y cuando alguien le preguntaba por qué no se suicidaba, él aclaraba que en realidad no recomendaba el suicidio, simplemente sostenía que la idea del suicidio hacía tolerable la vida.  Cambió su lengua natal, el rumano, por el francés y, aprendió el inglés leyendo a Shakespeare y a la autora de Frankestein, Mary Shelley. Como era de esperar, estuvo muy influenciado por Nietzsche y Schopenhauer, sin embargo careció de una formación filosófica sistemática, tampoco se dedicó de lleno a la profesión de escritor. Sus opiniones eran las de un cínico, un provocador, un pesimista. Ciorán fue un intelectual inclasificable. Tenía predilección por el pueblo ruso y por el pueblo español, porque sostenía que ambos eran pueblos derrotados.  Siendo muy joven pude leer una entrevista que le hicieron en un suplemento literario donde aconsejaba visitar los cementerios cuando uno se siente deprimido (…) Hay frases que revelan cómo pensaba: “La razón es una puta que sobrevive mediante la simulación, la versatilidad y la desvergüenza”; “El miedo de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única realidad”. Durante años recorrió Francia en bicicleta mientras permanecía matriculado crónicamente en la Sorbona, sin hacer nada. Su compañera de toda la vida, Simone Bové, decía que él era un apátrida, sin profesión ni dinero, y que se sentía un fracasado, al punto que nunca llegó a saber que ya era un intelectual reconocido.

Estos escritores rumanos tuvieron que apelar a diferentes estrategias para ocultar el pasado sombrío que los relacionaba con el nacionalsocialismo alemán. Es cierto que en muchos otros este dato pasó inadvertido, o se lo encubrió hábilmente, pero la celebridad de ellos los situó en el ojo de la crítica. No hay duda que jamás tuvieron la intención de que se les perdonase ese pasado, simplemente buscaron el olvido. Ninguno de ellos  vive, y para las generaciones actuales son prácticamente desconocidos, sin embargo sus obras se reeditan, son motivo de tesis doctorales, de libros exegéticos y reveladores, de recensión en las revistas y suplementos literarios. Y cuando la obra de un autor supera la prueba del tiempo nos hallamos ante una obra clásica. Muy diferente fue la historia de Paul Celan, otro autor rumano, uno de los más grandes poetas del Siglo XX. Los padres de Celan murieron en un campo de concentración nazi y él logró sobrevivir de un campo de trabajo rumano. Su vida, signada por la conflictividad y la infelicidad, terminó en 1970 cuando decidió arrojarse al Sena desde el puente Mirabeau.

Knut Hamsun, el más grande escritor de Noruega, desarrolló una fuerte veta moralista a través de sus escritos, al punto que le concedieron el Premio Nobel de Literatura, pero en 1948 fue multado y sometido a un examen psiquiátrico por haberse declarado a favor de Hitler. Murió en la década del 50 sin cambiar de opinión. Hace unos años las autoridades de Noruega anunciaron que celebrarían los 150 años del nacimiento de Hansum, esto motivó que Marcos Aguinis en La Nación protestara contra el escritor noruego, a quien calificó de “fascista criminal y traidor”, añadiendo que Hansum pertenece a la misma indigna columna de Martín Heidegger, Louis-Ferdinand Céline y tantos otros. Aguinis en su diatriba recuerda que además de los elogios a Hitler, Hansum le regaló a Goebbels su medalla del Nobel, y consideraba que el mayor mérito para ser homenajeado en su país era el de haber nacido hace 150 años (…). La ira no debería confundir la realidad, y Hansum mal que le pese a Aguinis fue un gran escritor. Tengo en claro que un autor muy respetado por su obra, en el plano personal puede no merecer mayor respeto. Heidegger se encargó de dejar explícito que no hay que buscar al pensador en su posicionamiento ante tal o cual cuestión coyuntural. En su caso, lo relevante es sin duda su pensamiento filosófico. De todas maneras, estoy convencido de que el hombre no solo se define por lo que piensa sino también por lo que hace.

Cuando Luigi Pirandello solía visitar a Mussolini en el Palazzo Venezia, se dejaba deslumbrar por el trato que le dispensaban. Pirandello ya tenía un gran prestigio y el régimen procuraba usarlo en provecho propio. La adhesión de muchos intelectuales a los regímenes totalitarios es un hecho inveterado. Attilio Dabini, en su taller de la SADE, nos comentó que un cuento suyo escrito a los 17 años le fue leído a Pirandello y que éste lo había elogiado. Dabini participó de la resistencia italiana y estaba en contra de lo que pudiese beneficiar al régimen de la República de Saló, pero cuando se refería a Pirandello, recuerdo, no ocultaba  su admiración por la capacidad de este precursor del teatro del absurdo y del existencialismo. Hoy pienso que así como le reconocía su talento, también le perdonaba su debilidad por el fascismo. Algunos sostienen que la adhesión de Pirandello al régimen no era tan fuerte, y que en el fondo había un subversivo, al extremo que Hitler le habría  comentado a Mussolini que el siciliano no era de confiar, claro que cuando fue la invasión de Abisinia, Pirandello donó su medalla del Nobel como colaboración a la causa.

Al pasado lo revivimos en la memoria, siempre nos acompaña, mientras ésta funcione. No hay duda que todos tenemos vivencias que preferiríamos sepultar, pero quienes han tenido un pasado oscuro, infausto, les cabe convivir con sus demonios. En algunos se despierta el remordimiento, quizá sean los menos. Para Borges la única venganza es el olvido y también el único perdón.

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