La visión que tienen los españoles sobre la historia de América, en términos generales, es que ésta se inicia con el Descubrimiento, los viajes de Colon y las ulteriores guerras de independencia, en consecuencia ignoran la historia previa. Lo grave es que a este supuesto vacío existencial se hayan sumado algunos intelectuales de nuestra orilla, probablemente interesados en amputar una realidad histórica que no les convence o que en el fondo les desagrada. Por otra parte, a los habitantes naturales del continente, aborígenes o nativos, como quieran llamarles, ni siquiera se les reconocía la condición de seres humanos. En fin, todos conocemos los entresijos de la leyenda negra, también de la contra leyenda, y las discusiones encendidas de unos y otros.
Un dato no menor es que a pesar de todo el oro de América que llegaba a la península, Felipe III tuvo tres o cuatro bancarrotas, lo que resulta curioso, por eso pienso que tal vez la crisis que hoy vive España, con estas inveteradas y profundas raíces, sea más bien materia de estudio para los psicoanalistas. Las crónicas de aquella época refieren que había gente que se moría de hambre y la miseria obligaba a muchos a emigrar, como sucede actualmente en diferentes regiones de este mundo globalizado. El oro llegaba, pero no estaba destinado al pueblo, por eso algunos críticos sostienen que al rey le preocupaba financiar las guerras y a la Iglesia construir las catedrales. Estos entresijos históricos no forman parte de la educación formal de los jóvenes españoles y algo similar sucede con los jóvenes de otros países que tienen una historia de conquista y colonización, pues, sus pueblos desconocen lo que hicieron sus ancestros en otras tierras, el trato que le dieron a sus habitantes y los abusos que cometieron. En todo caso prefieren desentenderse de una historia que seguramente les resulta muy pesada. La exacción de los conquistadores a menudo llegó a límites intolerables, procurando vivir a sus expensas. Tengamos presente que el viejo continente ha conocido épocas de esplendor y de lujo gracias a la apropiación de los metales preciados así como de otros recursos materiales de sus colonias. Y esta es una realidad que Europa no estaría dispuesta a reconocer, porque en el fondo constituye una deuda. En varias oportunidades he hablado con europeos cultivados en distintas ramas del saber acerca de estos problemas y he advertido un profundo desconocimiento en el tema, no sé si por falta de información, tal vez desinterés o simplemente comodidad.
Los imperios europeos llegaron a colonizar buena parte del mundo y hoy miles y miles de habitantes de sus ex colonias pretenden ser admitidos en el continente, ya sea porque huyen de guerras, persecuciones ideológicas, étnicas, religiosas, o porque buscan mejores condiciones de vida para sus familias. La respuesta de Europa es lamentable. Bástenos con reparar en el cementerio que se ha convertido el Mediterráneo.
Otro tópico ignorado o quizá subestimado es la esclavitud, que tuvo como principales beneficiarios al viejo continente y también los Estados Unidos. Europa fue la principal responsable del subdesarrollo del continente africano durante cuatro siglos. La industria naviera le permitió a los portugueses realizar lo que algunos consideran el primer negocio globalizado de la Modernidad, porque permitió la triangulación comercial entre África, Europa y América. Hoy sabemos que Inglaterra, Holanda y Francia fueron los principales beneficiarios de este negocio. Portugal, al igual que España, tiene un pasado trágico, ya que traía a los esclavos de África para que trabajasen en sus propiedades de Brasil. En lo que atañe al trabajo en las minas, los esclavos africanos eran muy costosos y por esa razón pocos llegaron a trabajar en ellas, eran preferibles los indígenas porque estaban acostumbrados a las alturas y además su muerte no tenía mayor relevancia económica. Cuando los Estados Unidos era una colonia británica, un barco llegó a sus costas y dicen que un grupo de colonos obligó al capitán a cambiar su carga de esclavos por provisiones, pero ya en 1690 la situación de los esclavos estaba reglamentada y perfectamente regulada.
La principal colonia de Bélgica en el continente africano era el Congo. Allí Leopoldo II hizo grandes negocios, al punto de llegar a ser su enclave privado y él convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo. Su excusa fue la lucha contra el comercio de esclavos y la escasa civilización. Pero, más allá de sus inversiones que convirtieron a Bélgica en una potencia imperial, la armada privada del rey habría sido responsable de la muerte de 10 millones de congoleses según algunas fuentes, hecho que habría superado holgadamente al número de víctimas del holocausto judío. He podido leer que en la construcción de una extensa red de transporte ni siquiera se salvaron los niños que fueron obligados a acarrear pesadas cargas hasta que caían muertos. Frente a este genocidio muchas voces se alzaron, entre ellas las de Mark Twain y Joseph Conrad. En 1960 Bélgica le concedió la independencia a este territorio para no repetir la historia de Francia con Argelia y, al año siguiente, Bruselas tuvo que disculparse públicamente por la muerte del primer ministro de la República Democrática del Congo, el intelectual nacionalista Patricio Lumumba, quien sufrió un golpe de Estado militar en plena Guerra Fría, mientras las potencias occidentales exhibían una curiosa distracción.
En 1964 Nelson Mandela compareció ante los tribunales de Pretoria y lo condenaron a cadena perpetua. Allí pronunció un discurso histórico, cuyo alegato aún se recuerda. Mandela estuvo a favor de la paz y de evitar la violencia, hasta que llegó a la conclusión que con esa metodología había fracasado, entonces optó por el sabotaje porque no implicaba pérdida de vidas humanas. La destrucción de centrales eléctricas o la interrupción de comunicaciones telefónicas y ferroviarias ahuyentarían las inversiones extranjeras y obligarían a las autoridades coloniales a negociar. Mandela tenía una gran claridad conceptual: “He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros”. En su momento aceptó la ayuda del Partido Comunista, según comentó, porque los comunistas eran los únicos que estaban dispuestos a apoyar a los africanos, si bien reconocía diferencias ideológicas sustanciales, ya que los comunistas hacían hincapié en la diferencia de clases y Mandela solo pretendía que las clases convivieran en armonía. Luego de salir de la cárcel y convertirse en presidente de Sudáfrica por el voto popular, continuó siendo coherente con lo que venía manifestando durante décadas, aunque es indudable que no le pudo dejar a su pueblo el legado con el que había soñado.
En la Argentina tenemos nuestra historia de la esclavitud, que a todas luces preferimos olvidar. Los escribidores de la historia oficial procuraron hacernos creer que la esclavitud fue abolida con la Asamblea del Año XIII, pero en realidad sólo se declaró la “libertad de vientres”, y el tráfico y los negocios esclavistas siguieron adelante, incluso con la administración de Juan Manuel de Rosas. Si bien hubo que esperar a la Constitución de 1853, la esclavitud se extinguió naturalmente. Resulta curioso que en esa época, según he podido leer, a los estudiantes de abogacía de la UBA se les enseñaba con textos que justificaban la esclavitud, ya que ésta sería avalada desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras, mientras era legitimada por la ley de los hombres debido a que se trataba de individuos, no de personas, que incluso usaban la libertad en perjuicio de la sociedad (…) Los primeros esclavos negros llegaron aquí en el Siglo XVI. Al parecer, el 5% de la población argentina desciende de negros africanos, situación que fue camuflada por la masiva inmigración europea que ayudó en el “proceso de blanqueamiento”, algo muy caro a los sentimientos de la burguesía argentina, al punto que cuando se considera que un hecho carece de cultura se dice que es “propio de negros”. Este prejuicio por el color de la piel se trasladó a los individuos “morochos” y más tarde a los denominados “cabecitas negras”. Hoy continúa vigente.