El estar dotado de un bagaje cultural, de cierta gimnasia reflexiva y también discursiva, así como tener la oportunidad de expresarse en los medios acerca de los problemas sociales, la marcha de los asuntos públicos o el curso de la historia, a uno lo convertiría de hecho en intelectual. Ahora bien, el término es muy amplio, pues en este escenario aparecen desde los especuladores financieros al estilo de George Soros hasta los escritores revolucionarios como el sacerdote Ernesto Cardenal. En efecto,un espectro visible donde podemos hallar a pensadores de visión ultra conservadora, progresistas radicalizados, intelectuales de salón que desprecian la cultura popular, académicos con expresión de angustia crónica(a veces no es más que una pose), y aquellos que nos fatigan con su empedernido pesimismo. Claro que no faltan los filósofos irreverentes, como lo fue Jean Paul Sartre y quien pese a sus no pocos errores luchó hasta el último momento de su vida contra la cultura hegemónica. Hoy por hoy la hegemonía burguesa se sostiene tanto en los medios de comunicación como en las instituciones culturales del Estado. Y tecnócratas e intelectuales son tentados por los beneficios de llevarse bien con el gobierno de turno, para ello emplean un lenguaje técnico y edulcorado como: “ajustes estructurales”, “flexibilidad laboral”, “capital desnacionalizado”, “reingeniería laboral”, “retención de talentos”, “capital humano”, y tantas otras denominaciones que solo pretenden ocultar las políticas que se tejen a espaldas de los intereses del hombre de la calle. También están de moda palabras como: “disrupción”, “innovación”, “empatía”,reinvención”, y los que hacen uso y abuso de ellas no ocultan la satisfacción de hallarse a la altura de los tiempos. Pero en cuestiones de prioridades temáticas, algunos omiten referirse a las desigualdades que vulneran la dignidad humana, como la pobreza o el hambre, males que por supuesto nada tienen que ver con ellos, y eluden hábilmente referirse a los problemas relacionados con las migraciones, la raza o el género.
La vida se desenvuelve entre historias que contamos y narraciones sobre hechos y sucesos que escuchamos. Todos lo hacemos, claro que sólo algunos logran narrar con talento y cierto arte literario. Con la conversación, hoy en retirada frente a los medios electrónicos que nos relacionan a través de una pantalla, también sucede algo peculiar y, advertimos la decadencia del arte de la conversación. ¡Qué sería de los procesos de hominización y de humanización sin la existencia de la palabra! Al hombre se lo considera un animal dotado de palabra. Pero las palabras deben ser seguidas de hechos como sostenía Demóstenes, el gran orador y político ateniense, sino carecen de valor.
Los organismos internacionales, por su parte, poblados de tecnócratas, elaboran recomendaciones y líneas de acción, como es el caso de establecer una línea de pobreza de manera arbitraria, mientras se cuidan de pronunciar palabra alguna sobre la corrupción o los desastres ocasionados por ciertas privatizaciones, donde la falta de transparencia y el incumplimiento de los contratos están a la vista. Cualquier ciudadano medianamente inteligente advierte que a los problemas vitales de las clases bajas, ahora se le suman las clases medias, y constituyen una tragedia, pero nada efectivo se hace, en todo caso el futuro individual dependerá de tener o no suerte. En consecuencia,no tendría sentido que los intelectuales de nota que viven en los medios, que son premiados y gratificados por el poder, pierdan el tiempo (y sus privilegios) criticando a los que suelen cobijarlos, y si se les escapa alguna crítica, no dejará de ser una crítica ocurrente, simpática, como las que se hacen entre amigos. En efecto, estos intelectuales suelen besar la mano del amo, que al fin de cuentas es quien les da de comer.
El parque temático de los intelectuales de nuestros días suele cruzarse con el parque temático de los políticos, y en ambos hallamos a los que cultivan la provocación, los que generan escándalos, los que cuando yo era chico se llamaban intelectuales o políticos de barricada, los que se autoproclaman custodios del orden, la fe y las tradiciones, los que representan la “voz del pueblo” y, por supuesto, siempre hubo y habrá oradores y escritores cortesanos. No están ausentes los que con una dudosa preparación desmenuzan la realidad (la única realidad) desde la columna de un semanario de peluquería o de una revista dominguera, y no olvidemos a los que tienen más vocación de comisarios políticos que de intelectuales. En fin, en esta variada taxonomía habría que incluir también a los que se sitúan en el anti-intelectualismo. La simulación y la disimulación son dos fenómenos siempre presentes. Hay quien simula ser estudioso de las obras de los grandes pensadores, a quienes jamás leyó (en el mejor de los casos recurrió a textos breves de segunda mano) e invoca esas fuentes de sabiduría para darse lustre, mientras revela su impostada preocupación por la defensa de los derechos humanos (conozco personalmente a algunos de estos farsantes). Pero también están los que disimulando sus privilegios (para ellos derechos adquiridos) esgrimen un discurso de igualdad social en el que jamás creyeron, sin embargo les resulta efectivo ante la masa de crédulos.
Pienso que la mimesis de algunos obedece a la reconocida autoridad que la condición de intelectual supone, a la cercanía del fuego sagrado, o a la consideración social que despierta, aunque tengo la impresión que en los últimos tiempos esto ha cambiado de manera sustancial. En efecto, el intelectual solía ser considerado un individuo importante, por sus saberes y capacidad de raciocinio, era admirado por su habilidad discursiva,condiciones que lo habilitaban para ver aquellas situaciones que muchos no alcanzaban a desentrañar, y luego las exponía ante el público con claridad y sencillez. Desde ya que podía equivocarse, pero se le perdonaba porque era honesto. De todas maneras, el intelectual nunca estuvo obligado a ser un clarividente, tampoco lo está el político, a pesar de que muchos lo presumen.Hay quienes insisten en que el papel del intelectual sería hablarle al poder con la verdad, y esto no es más que un cliché. Noam Chomsky ha desmentido enfáticamente ese cliché: el poder ya conoce la verdad y está ocupado tratando de ocultarla, y los que necesitan la verdad no son los que están en el poder sino aquellos a quienes el poder oprime.
A la figura del intelectual se la asocia en ocasiones con uno de los siete pecados capitales: la soberbia, sobre todo cuando se esfuerza por hacer patente una opinión ideologizada que pretende elevar al altar de las verdades eternas. En cuanto a la figura del político, hoy se la asocia con la del “mentiroso compulsivo”. Éste es el triste panorama de nuestros días, donde además asistimos a la lucha por conseguir la atención del otro, en lo posible varias veces al día, ya que sería una forma de existir, la prueba la hallamos en la vidriera de Facebook y en los que viven tuiteando al instante, en consonancia con lo que les pasa en ese momento por la cabeza, sin detenerse a realizar un análisis meditado para luego dar una opinión responsable, por eso Goethe decía que no era prudente confiar en las palabras que se pronuncian en momentos de emoción.
Las divergencias siempre existieron, no hay que temerles aunque nos incomoden. Desde ya que es imposible que todos estemos de acuerdo en todo, por eso las discrepancias son naturales. Pero lo que me preocupa es que la racionalidad se haya convertido en una rara moneda de cambio. Gobernantes y políticos, así como sus acompañantes en esa suerte de élite adscripta al poder, procuran disfrazar sus soliloquios de discurso liberal y democrático, donde no habría lugar para las dudas. Lo que sucede es que cultivan un pensamiento único y adoptan una actitud absolutista. Una mirada panorámica del planeta, detecta un clima enrarecido y descubre fuertes posturas intolerantes, prácticamente en todas partes. Me resulta llamativo que en países considerados tradicionalmente democráticos,culturalmente evolucionados, donde la justicia no sería una caricatura, surjan ciertas complicidades morales en amplios sectores de la población, como también actos cuasi-mafiosos, no sólo en la política, también es comprobable en ámbitos empresariales y sindicales, militares y religiosos, y hasta en los tres niveles de la educación, incluyendo a las instituciones académicas y las sociedades científicas. Y esto pasa en el mundo de hoy, pese a que nos cueste aceptarlo, más allá de los discursos de progreso, justicia y altruismo que se proyectarían en un futuro imaginario. En fin, no es difícil registrarlo si existe interés, pero tengo la impresión de que a poca gente le interesa.
Los antiguos demagogos y los modernos populistas sabían y saben explotar hábilmente el descontento, la ira, el mal humor por las dificultades vitales, apelando a una narrativa engañosa, que nada tiene que ver con la literatura de ficción que a menudo nos ayuda a escaparnos de esta cotidianidad opresiva para el espíritu. De allí que algunos prefieran vivir fuera del mundo o tal vez en su propio mundo.