Una de las cosas que caracteriza a los seres humanos es la capacidad de narrar. En efecto, somos seres narrativos, en consecuencia no podemos entender el mundo si no es a través de historias, crónicas, anécdotas, comentarios, testimonios, en fin, necesitamos referir lo sucedido, ya sea verídico o ficticio. Los políticos, hoy como ayer, se dirigen al electorado a través de narraciones o relatos, y lo cierto es que muchos de estos relatos terminan por enfermar a la sociedad. Algunos piensan que necesitamos otra épica, que nos sea útil para volver a creer. Es probable.
La nostalgia asoma debido a que asistimos al final de un ciclo vital, es decir, un mundo que desaparece, en consecuencia necesitamos inventarnos otra épica que nos ayude a vivir, a seguir adelante. Estamos situados frente a un mundo que desaparece y otro que nace, y ante nuestros ojos una realidad que nos resulta muy diferente e incluso volátil.
El avance tecnológico ha modificado el mundo que conocíamos, y lo ha hecho en un tiempo récord, en poco más de veinte años. Pero no lo ha modificado tanto como lo vaticinaban ciertos agoreros mediáticos, pues, el paso del Siglo XX al Siglo XXI no ha sido tan abrupto. Claro que esto se ha acompañado de un inusitado cambio generacional. En efecto, nuestros hijos no viven ni piensan como nosotros, y mucho menos nuestros nietos.
La vida en sociedad, las relaciones interhumanas, la economía, el trabajo, la política, el estudio y la cultura, prácticamente todo se ha modificado, dando lugar a una serie de lugares comunes que escapan a un análisis profundo.
Después de haber emprendido una larga y dura carrera, de haber vivido aquí y en otros escenarios, volteo la cabeza para decir con Neruda: “confieso que he vivido”, pero más allá de hacer el esfuerzo necesario por adaptarme darwinianamente a los tiempos que corren, de entender que si uno no sube a ese tren se queda en el pasado, no puedo negar una cierta nostalgia, sí nostalgia, pero no melancolía. Tenemos una iconografía en blanco y negro, analógica, mientras se desvanece aquella otra narrativa por efecto de la decadencia, que algunos califican de crisis, no sin cierto afán conformista.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se impuso un nuevo orden mundial y muchos aspectos de la vida cambiaron. Los dos grandes bloques mantuvieron una Guerra Fría que duró décadas, alimentada por una tenaz disputa de poder, cada uno con su relato particular. En el 89 cayó el Muro de Berlín y supusimos que esto serviría para que con el tiempo cayesen otros muros y nunca más volviesen a levantarse. Nos equivocamos. Hoy por hoy tenemos otros escenarios, algunos inéditos, y la realidad no suele compadecerse con nuestras aspiraciones o sueños. Las sociedades actuales viven una alocada carrera proteccionista en busca de seguridades que ofrezcan paz. En efecto, paz y seguridad, claro, pero no felicidad. Algunos analistas dicen que actualmente hay intereses para revivir la Guerra Fría y, como hace un tiempo decía un intelectual en una publicación europea, más que una Guerra Fría vivimos una Paz Caliente.
Antes los muros eran para impedir la salida de personas autóctonas, hoy son para no permitir el ingreso de extranjeros. Esos altos muros pretenden resguardar la vida de un país e ignorar lo que sucede afuera, sin embargo resulta difícil no escuchar las súplicas, las demandas humanitarias, los lamentos que llegan del otro lado del muro. Ya sé que muchos dirán: es lamentable pero no es nuestro problema, debemos pensar en nosotros. Eso mismo dicen los nacionalismos que se miran el ombligo a la vez que se desentienden olímpicamente de las calamidades que suceden en el mundo actual.
Ahora bien, si vivimos en una época de cambio lo lógico es que nos preguntemos de qué manera verificaremos el cambio o cómo mediremos la magnitud del mismo. Pienso que primero deberíamos reparar en los temas vitales, esos que nos interesan a todos y no a unos pocos que por otra parte siempre son los beneficiarios directos. La medición habría que hacerla en áreas como educación, sanidad, nutrición, igualdad, cultura, etc. Doy por sentado que algunos privilegiarán el PBI, otros el desarrollo empresarial, las reservas del Estado, o quizá los capitales depositados en los paraísos fiscales.
Como dije, el mundo ha cambiado significativamente en poco tiempo, ya nada es como era, ni el clima, ni las costumbres ni las supersticiones. Se avecina una humanidad diferente, por momentos irreconocible. En efecto, un cambio climático innegable en función de una economía basada en la emisión de anhídrido carbono y otros gases (aunque lo nieguen sus principales beneficiarios), unas circunstancias culturales que evolucionan día a día a caballo del vertiginoso desarrollo tecnológico, así como de los avances de la ciencia, la medicina y el humanismo. En fin, el tiempo transcurre y los recuerdos se tornan anticuados, salvo en nuestra imaginación, y como sostiene un amigo el tiempo sigue matándonos poco a poco sin que lo percibamos…
Se avanza en la información de los ciudadanos a través de las redes sociales, mientras que las tecnologías que reducen la participación humana en los canales de producción y empleo, terminan destruyendo puestos de trabajo. La repercusión social es alarmante, pues, el desempleo no solo alcanza a la mano de obra no calificada, sino a los graduados universitarios con méritos académicos de primer orden.
A esta altura quiero hacer mención de la narrativa de los indignados, un colectivo como dicen los españoles, que ha dado lugar a movimientos antisistema que hacen vibrar los cimientos de la sociedad. Los políticos y los medios le han endilgado esa calificación que a mi entender es inexacta, ya que la crítica a los indignados (yo me adhiero a ellos porque me siento indignado) es contra “éste sistema”, no contra todo sistema. Vengo siguiendo los sucesos de estos movimientos con vivo interés a partir del opúsculo que publicó en Francia Stéphane Hessel en el 2010. Escuché a los indignados de Atenas en la plaza Zahir, cuando aún estaba en el poder Georgios Papandreou, también los escuche en Madrid, en la plaza del Sol, y llegué a hablar con un revolucionario –así él se calificaba- en El Cairo, a meses de la caída de Hosni Mubarak, en pleno auge de la Primavera Árabe. Sin duda las plazas se han convertido en el lugar de la catarsis y también de la resistencia. Tengo posición tomada al respecto y descreo de las condenas de los políticos y de las insidiosas críticas periodísticas, claro que esto no implica que por prudencia mantenga ciertos reparos, no acostumbro a dar cheques en blanco.
Hace unos días Nuit Debout (Noche en Pie) se reunió en la Place de la République y me recordó el clima de tensión que se vivía en el 2005 en París, yo estaba allí por un congreso. El próximo 15 de mayo habrá una movilización internacional. Los indignados parisinos llaman a ocupar las plazas de todo el mundo durante ese fin de semana y lo divulgan a través de las redes sociales. “Habitantes del mundo entero hagamos derribar las fronteras y construyamos juntos una nueva primavera global”. La retórica de la Revolución Francesa aflora una y otra vez en estos jóvenes alborotados y empecinados en cambiar el mundo. Sus dirigentes hablan de un “viento de esperanza”, aparecido en toda Europa en el 2011, “desde Madrid a Atenas y Turquía, luego de Nueva York a Brasil y México, y finalmente Hong Kong”. Ellos dicen representar “un nuevo impulso en la lucha mundial contra la dictadura de las finanzas, la explotación de las personas y la destrucción del medio ambiente”. ¡Cómo no estar de acuerdo con este postulado!
El 15-M español, la Primavera Árabe, el Occuppy Wall Street, inspiraron a ces jeunes français. Ellos se definen como un movimiento “horizontal y apartidista”, en consecuencia hacen a un lado los verticalismos y los partidos políticos, de allí la honda preocupación en las élites políticas, económicas y religiosas, tan afectas a los privilegios y también a la corrupción. Para sus detractores es una utopía más, no se sabe lo que quieren, y traerán el caos. Me recuerda las críticas del 68 en contra del Mayo Francés. Entonces yo tenía apenas 19 años y estudiaba en la Universidad Nacional de La Plata.