Debido a la extensión de este artículo de opinión, he decidido dividirlo en dos partes.
La encrucijada es el lugar de cruce de varios caminos con distintas direcciones e implica una situación difícil ya que nos presenta varias posibilidades de actuación y, no solemos tener la certeza de cuál escoger, de allí las dudas y las opiniones encontradas. Tenemos una encrucijada cultural en su más amplia expresión, en cuyo centro está la disrupción, la rotura con el pasado o el cambio brusco, para algunos fuera de lugar o inoportuno, para otros inevitable y prometedor, aunque en general inseguro, aventurado.
Vivimos un cambio de era dado por la pandemia, también por las guerras, la amenaza nuclear, los estragos del cambio climático, entre otras calamidades. Y en este clima de época, cuyo telón de fondo es la cultura digital con sus productos y merchaidising, se requieren medidas urgentes e inteligentes, a la vez que surgen líderes que son vistos por amplios sectores como ídolos, que al final e inevitablemente caen como gigantes con pies de barro. La decepción es enorme, se ha perdido la paciencia, y esto abre la puerta a los populismos, todos con talante antidemocrático. Prevalece un mundo de dictaduras y autoritarismos, de democracias débiles y corrupción, de plebiscitos amañados, de guerras y actos sangrientos, de burócratas ricos y pueblos miserables. En fin, nuevos escenarios donde hay numerosos oficios en peligro de extinción y la obligación es reinventarse. Resulta curioso, pues durante siglos hubo que poner el cuerpo en el trabajo y hoy al mercado laboral le resulta insuficiente, pide también la entrega del alma…
Cuando un siniestro sanitario como la pandemia perjudica la economía y toda la productividad del planeta, con sus serias repercusiones, muchas letales, termina por alterar la calidad de vida de la población, incluyendo el cimbronazo emocional que produce la cercanía de lo inestable y la fragmentación cultural. Se calcula que en 2050 la población mundial llegará a 10.000 millones (actualmente son 8.000 millones), esto aumentará la demanda de alimentos, salud, educación, vivienda, transporte, seguridad, entre otras demandas que son vitales. Se prevé que la humanidad enfrentará una de las crisis alimentarias más graves de la historia, y como sucede habitualmente la prosperidad será para una élite privilegiada. Lo cierto es que tenemos un planeta donde unos pocos le generan a millones de seres humanos serios problemas para vivir, al mismo tiempo habrá una crisis climática, quizá con la profundidad de las que registra la paleoclimatología, disciplina tan ignorada.
La fuga de carbono es un problema fundamental, pues, cuando las empresas tercerizan o trasladan sus productos a países con normas ambientales y controles más bien laxos, y terminan importando esos bienes producidos a menor costo pero con mayor huella ambiental, se abre un escenario de vulnerabilidad e injusticia social. En nuestros días los países desarrollados consumen más emisiones de gases invernadero de las que producen y, cada vez más las políticas destinadas a mitigar el cambio climático que los poderosos si no las niegan las retrasan, se traducen en medidas que impactan en el comercio. Entre la energía y el ambientalismo, una situación dilemática, no es asunto de prohibir una actividad que resulta necesaria sino de preservar la normativa que protege al medioambiente, dando cabida a una ética medioambiental. La responsabilidad le compete a las empresas, las aseguradoras, los auditores internacionales, los gobiernos. El petróleo que no se extraiga quedará para siempre bajo tierra pero la transición energética exige un diálogo con fundamentos, sin artimañas. Está en juego la salud de los seres humanos, de los animales y del planeta.
Pero también tenemos otros graves problemas muy arraigados, como el racismo, la xenofobia, la esclavitud, los femicidios, la tortura, la cancelación o censura, los totalitarismos, en fin, los abusos o la maldad en sus distintas vertientes. En el fondo se cercena la libertad de pensar y de imaginar. Los gobiernos autoritarios y las dictaduras persiguen la disidencia, procuran esconder la naturaleza totalitaria, y subrepticiamente combaten la educación y la cultura, así crean un estado de ignorancia, como cuando se prohíbe la escolarización de las niñas o se rechaza en las escuelas la lectura de autores clásicos, también la quema de libros y la imposición de textos de adoctrinamiento.
Existe una reconfiguración del mundo donde el nuevo y promocionado paradigma que promueve valores como la solidaridad, el respeto, la honestidad, la justicia social, forma parte de la retórica, mientras las migraciones forzosas son un problema de derechos humanos, incluyendo la diáspora africana y de otras regiones. La violencia desatada, la muerte, las amenazas y la extorsión, en fin, la inseguridad, evidencia nuestra vulnerabilidad como seres humanos. Si no se combate la mentira, la corrupción, la idolatría, la injusticia no hay salida posible. La ley justa, el orden racional y las garantías personales son las bases de un Estado republicano sin engaños. Una nueva visión sería la del poder como servicio público, donde haya lugar para la sabiduría, la templanza, la empatía, algo que algunos ven como una utopía.
El concepto de género es quizá la última narrativa ideológica de Occidente impuesta por el colectivo LGBT+, donde surge la familia homoparental o lesbomaternal y se reclaman otros derechos.
La bioética, con sólido basamento filosófico y ético, pero sin duda con un mandato procedimentalista (descubrir aquellos procedimientos legitimadores de las normas), es urgida para hallar solución a problemas concretos pero sin afincarse cómodamente en teorizaciones o esquemas de gabinete. La bioética impone una mirada distinta de los cánones que el mercado busca instalar. Los bioeticistas narramos con nuestras miradas personales desde geografías que nos revelan mundos e historias diferentes. Acostumbrados al diálogo interdisciplinario, perseguimos la integración. Y será necesario transformar esta realidad con arte y una mirada crítica, cuestionándola y a su vez ofreciendo alternativas de solución. Aquello que necesita observación sensible, comprensión, reparación, valoraciones nuevas ante el porvenir debe prevalecer. Resulta ineludible el diálogo con las otras culturas, así como la capacidad de volver extraordinario aquello que es cotidiano, tanto del presente como del pasado. Existen problemas que nos resultan demasiado complejos, pues, nos sabemos cómo comenzaron, tampoco cómo y cuándo finalizarán. En el devenir histórico hay avances y retrocesos, momentos de mayor y menor tensión. Los eslóganes, más allá de dar la sensación de simplificar el problema, generan trabas o ataduras. El mundo eslogámico no es el mundo de la sabiduría. La aplicación de los principios éticos exige considerar el contexto, luego se verán las consecuencias. Los conflictos y dilemas requieren soluciones eficaces y racionales. Los problemas básicos, prácticos, no pueden enfrentarse con eslóganes, ideologías ni credos. Hoy más que nunca necesitamos nuevas narrativas morales y éticas que se articulen con políticas inteligentes a largo plazo, y que sean capaces de generar la adhesión de la gente que vea en los actos de la dirigencia una actitud ejemplificadora.