La globalización ha permitido dar grandes pasos en materia de ciencia, tecnología, turismo, comunicaciones. Internet abrió un amplio y fértil panorama, no exento de riesgos, bástenos como ejemplo el caso de wikileaks que irrumpió en la intimidad de la diplomacia estadounidense, poniendo al descubierto sus hipocresías o posteriormente el caso de Snowden, que ha revelado que los Estados Unidos no confían en nadie y espían a todos, si bien es probable que otros estados hagan lo mismo.
La globalización actual, objetivo perseguido desde hace mucho tiempo, ha irrumpido en las últimas décadas del siglo pasado de manera subrepticia e inesperada. No hay duda que el impacto ha sido brutal, la violencia de todo tipo que ha generado tiene como telón de fondo la argumentación del progreso y también la eficiencia, que según sus iluminados mentores serían inevitables. De la mano de esta embestida, que da la espalda a cualquier humanitarismo, se incrementó el hambre, la pobreza, la desocupación, la exclusión y una serie de males sociales que hoy los estados no sabrían cómo resolver. Pero en el corazón de la globalización están las finanzas, el orden financiero que rige este proceso y sus ramificaciones se extienden a todas las esferas de la vida. La economía, las finanzas, el mercado, pretenden dominar –y en gran parte lo logran- la vida en la tierra e incluso tienen proyectos para Marte. Algunos creen que todo es cuestión de política, sin embargo la delantera siempre la llevaron los negocios. En términos generales los políticos desarrollan su acción dentro de los límites físicos de la Nación, excepto cuando procuran saltar el cerco para intervenir en algún organismo internacional de dudosa efectividad, participar de alguna comisión protocolar, o hasta embarcarse en una aventura bélica con resabios colonialistas. En el fondo siempre hallamos el culto al mercado. Y es importante entender de una vez por todas que ya no se trata de una simple cuestión capitalista, al menos en el sentido que puede darle el hombre de la calle. No estamos hablando solo de hipervalorar el capital por sobre el esfuerzo laboral del proletariado como dirían los seguidores de Marx y Engels, estamos frente a una clara cuestión crematística.
Los que defienden a rajatabla el orden globalizador fijando la vista en las metas y evitando mirar hacia los costados, como si fuesen caballos con anteojeras, desconocen u ocultan que tal orden no es más que un desorden. En plena globalización asistimos a un brutal “capitalismo crematístico” que, se diferencia del verdadero espíritu de la economía porque conduce a una usura que es inocultable. Recordemos que para Aristóteles la crematística era una conducta desordenada, antinatural, y no hay duda que en la antigüedad los griegos ya veían el problema que se avecinaba.
Al igual que el dios Jano, la otra cara de la globalización muestra un panorama muy distinto al del progreso, donde millones de seres humanos han perdido todo y viven en la calle. Pero lo grave es que muchos ya no trabajan desde la década del 90 o antes gracias a las políticas neoliberales. En términos generales, se trata de gente de mediana edad formada en el paradigma del trabajo diario, acostumbrada a trabajar durante ocho o más horas del día y, de pronto, fueron obligados a una ociosidad no consentida –muy distinta del ocio de los antiguos griegos-; en la medida que el tiempo pasa, estos seres humanos sienten que su proyecto de vida se marchita, poniendo en entredicho los valores, las costumbres, los estilos de vida, y dando lugar en este duelo a un profundo escepticismo que en no pocos casos ha desembocado en la depresión y hasta en el suicidio. El arreglarse de alguna manera para seguir viviendo sin trabajar conlleva un profundo mal, la gente se acostumbra a vivir en la precariedad, y eso me parece terrible. Por otra parte, no es fácil la reinserción laboral para quien ha permanecido varios años fuera del sistema productivo. Recuerdo que cuando querían convencernos de la inexorable necesidad del cambio se hablaba de “reingeniería laboral” como una solución a estos casos problema. Otro cuento de los seguidores de Reagan y Thacher. La realidad es que algunos han perdido la dinámica laboral, ya no recuerdan el sabor que produce el hacer, mientras otros se sienten moralmente destruidos o incluso abandonados hasta por su fe religiosa, y no faltan los que en la búsqueda desesperada de una salida tropiezan con el alcohol, las drogas y hasta el delito.
Cómo ignorar a los jóvenes estudiantes, obreros, campesinos y profesionales que el mercado ha decidido marginar o descartar, o a los niños que viven en la calle o son utilizados para el trabajo en negro, así como los adolescentes que no vislumbran futuro alguno porque se les niega toda posibilidad de superación y hasta llegan a creer que son basura. Millones de ciudadanos ya han perdido el empleo y otros millones temen perder un trabajo que en el fondo no les gusta. Algunos deben pensar, en sintonía con la teoría de la metempsicosis de Pitágoras, que el destino los castigó vaya a saber porqué pecado cometido en otra reencarnación. Creo que el cinismo trepó a las más altas cumbres y que los niveles de corrupción estructural no tienen precedente en la historia. Y conste que el problema ya no sólo es de Occidente, también es de Oriente. Esta globalización ha convertido a muchos en “residuos humanos”.
¿Acaso se puede ser intelectual callando porque uno está a salvo? ¿No es imperioso reflexionar o siquiera hacer alguna referencia en voz alta? ¿Puede la realidad académica seguir divorciada de esta situación fáctica?
Hace poco en un programa de televisión un clérigo ensayaba un discurso conformista: la pobreza que nos debe interesar no es la pobreza material sino la espiritual, reparemos que hay pobres que sólo tienen dinero (…) Maravilloso, este hombre santo halló una salida al problema. Por otra parte, en la Unión Europea discuten acerca de la reducción de las horas de trabajo, lo que permitirá que los trabajadores tengan más horas libres, disponer de mayor tiempo para hacer otras cosas o simplemente no hacer nada Un filósofo devenido en intelectual mediático dijo que estos trabajadores hoy gozan de una libertad desconocida, porque más de la mitad del tiempo real de sus vidas la pueden vivir lejos del trabajo (…) Este profesional de la especulación filosófica por una vía diferente a la del clérigo también halló otra salida.
Pensar que hace 20 ó 25 años, cuando se estaba instalando este proceso mediante un relato mentiroso, yo expresaba mi desconfianza, y algunos me decían que estaba equivocado, que me había quedado en el tiempo, que no me daba cuenta del progreso que se avecinaba a pasos agigantados (…)
En fin, salta a la vista que el problema fundamental es el dinero, que no sólo es necesario para adquirir comida y subsistir, sino que se ha convertido en el eje de la vida de los seres humanos, en todos sus aspectos, al extremo que hoy por hoy quien no está bancarizado prácticamente es un muerto civil.
El mundo actual nos revela que se tiene prestigio si se dispone de mucho dinero, la investigación es aceptada si da dinero, existe calidad de vida si el bolsillo lo permite. La democracia, el progreso, la justicia, el conocimiento, todo ha quedado reducido a la dimensión del beneficio económico. Frente a este panorama, nada alentador, no faltan quienes reclaman por una dictadura, no de las mayorías, sino de algún iluminado que termine poniendo orden. Tomar conciencia de que hasta en aquellos gobiernos “mejor intencionados” también se verifican altos índices de corrupción no resulta sencillo. Es más, dudo que ésta sea propia de nuestros días, por el contrario creo que asistimos al fenómeno de la visibilidad que nos ha permitido descubrirla.