Hace unos días apareció en Periodistas en español (Madrid) mi artículo de opinión: “Willi Münzenberg y Joseph Goebbels: dos maestros del engaño” (22/07/22), que en cierta medida sirve de introducción a este texto. Al respecto, un amigo sostiene que hoy al igual que ayer, las mentiras provienen de la izquierda y de la derecha, de arriba y de abajo, y si quienes están más preparados para descifrar las trampas y revelar el engaño, por caso los intelectuales, no pueden evitar ser presa de este artificio, entonces qué se puede esperar de las masas… No sé si es tan así, pero no hay duda que vivimos rodeados de burdas mentiras, verdades a medias, pensamientos ilusorios, creencias infundadas, y basta que bajemos la guardia para convertirnos en presa.
Antonio Gramsci, un intelectual brillante, que quizá fue el primer marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas, junto al húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico que postulaba el “terrorismo cultural” (según definición propia) y que hizo aportes a la Escuela de Frankfurt, consideraban que el acceso al poder requería demoler las bases morales de la tradición judeocristiana. Willi Münzenberg, el principal dirigente de la Kommintern (Internacional Comunista), se encargó de extender por Occidente las consignas para promover la subversión. Willi había sido compañero de Lenin en Suiza, antes de la revolución bolchevique, y fue el creador del sistema de la “agencia de noticias”, que bajo sus directivas servía para la manipulación informativa pero también para ocultar a los espías en los países anfitriones.
Algunos consideran que Gramsci y Luckas son los padres del progresismo del Siglo XXI, porque habrían sentado las bases de la contracultura, es así como en el progresismo de los años 60 se cuestionaba la propiedad privada, los valores de la familia y la tradición moral occidental. Claro que el fanatismo ideológico no le impidió a Gramsci poner la lupa sobre su credo, pues, en la primera visita a la URSS percibió que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social. Luego de su experiencia en España durante la Guerra Civil volvió a su país para liderar el PC Italiano, pero Benito Mussolini, otro socialista, que curiosamente terminó fundando el fascismo (el fascismo ha sido identificado con la extrema derecha, pero también existe un fascismo de extrema izquierda), lo encarceló en 1926. En prisión escribió: “Cuadernos de la cárcel”. En 1937 lo dejaron en plena libertad pero ya estaba muy enfermo, tenía tuberculosis, aterosclerosis, hipertensión arterial, gota, y en menos de una semana falleció a causa de un accidente cerebrovascular hemorrágico. Gramsci pensaba que para lograr el éxito había que ganar a los intelectuales, el mundo de la cultura, la religión y la educación, por ser los sectores dinámicos del mundo de las ideas, y que luego de algunas generaciones cambiaría el paradigma dominante en Occidente. No hay duda que esas ideas prendieron muy fuerte en buena parte de la intelectualidad, se infiltraron en los campus universitarios y en otras instituciones, al punto que despertó gran preocupación en Occidente y, en varios países se inició una caza de brujas. No faltaron las delaciones, las falsas denuncias, los castigos injustos, bástenos la sucia campaña del senador republicano Mc Carthy o las dictaduras militares de América Latina. En fin, lo cierto es que no pocos intelectuales volvían de la URSS cantando loas al sistema bolchevique, constituyendo así un contingente de “tontos útiles” (denominación atribuida a Lenin), y hasta Sartre habría declarado: “la libertad de crítica en la URSS es total”. La propaganda fue muy eficiente y llegó incluso a la UNESCO de la época.
Christian Jelen sostiene que desde 1917 el despotismo y la tiranía de la revolución eran conocidos en Europa occidental y, los que se engañaron durante tantas décadas no lo hicieron por falta de información, sino de voluntad. Quizá tenga razón, pues, como sostiene la sabiduría popular cada uno ve lo que quiere ver y oye lo que quiere oír. De todas maneras, ante las evidencias que fueron surgiendo, muchos conversos abjuraron del credo soviético. En efecto, modificaron su actitud al comprobar que lo que defendían no era lo que creían de buena fe, bástenos las críticas de André Gide cuando retornó desilusionado de su visita a la Unión soviética (1936) o cuando Albert Camus fue expulsado del PC francés luego de advertir que el paraíso comunista no era más que una mentira. Sartre tuvo una relación con el PC que fluctuó entre la defensa y la condena, pero el compromiso fue su estilo de vida, y cometió no pocos errores. Recuerdo que ya en este siglo Saramago dijo: “Hasta aquí he llegado” y renunció al PC portugués. Está claro que algunos despertaron del sueño totalitario para tomar otro rumbo. Y el abandonar un bando no significó pasarse inexorablemente al banco contrario como ciertos maniqueos se empeñan en sostener. La propaganda los acusó de traidores y procuró enlodarlos.
La defensa del estalinismo enfrentó a Octavio Paz con Pablo Neruda. Albert Camus criticaba a la izquierda estalinista, mientras Sartre y Simone de Beauvoir atacaban Camus. Es cierto que el estalinismo tuvo muchos defensores en todos los ámbitos, y a buena parte de la intelectualidad de izquierda se la acusa, antes y ahora, de haber permanecido en silencio.
En Buenos Aires, José Bianco, secretario de redacción de la revista Sur, viajó a Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas (1961), la Revolución cubana ya llevaba dos años, y Victoria Ocampo le pidió que públicamente dijese que el viaje era a título personal y no en representación de la revista. Bianco se molestó y argumentó que poco antes Héctor A. Murena había viajado a los Estados Unidos invitado por el Departamento de Estado y nadie le pidió esa aclaración. Entonces Victoria hizo la aclaración pública y Pepe Bianco a su regreso le envió un telegrama de renuncia a la revista, pero el entusiasmo de Bianco por el régimen castrista decayó con el emblemático caso Herberto Padilla, que terminó con el idilio entre la intelectualidad internacional y dicha revolución.
En Chile, Roberto Bolaño, anticomunista, era amigo de Pedro Lemebel (discriminado tanto por la izquierda como por la derecha debido a su orientación sexual), y cuando éste invitó a la Feria del Libro de Santiago (1999) a su amiga Gladys Marin, dirigente del PC chileno, se produjo un distanciamiento que fue definitivo.
La guerra cultural se libra en todos los frentes, porque se necesita de la manera que sea capturar la opinión pública. Al respecto, la investigación de la británica Frances Stonor Saunders sobre la CIA y la guerra fría cultural es reveladora, ya que muestra cómo los hombres de Langley reclutaron a intelectuales del “mundo libre” para su programa ideológico no bien finalizó la Segunda Guerra Mundial. En una entrevista que le hicieron, ella compara la CIA con la KGB. El Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) fue el centro de la operación ideológica, constituido como una organización asentada en París con apoyo de los servicios de inteligencia francés y británico. Washington no se fijó en gastos multimillonarios y, la CIA además de crímenes y golpes de Estado también funcionó como una suerte de ministerio de la Cultura. Frances también comenta que la institución trataba de captar a aquellos intelectuales de izquierda que no fuesen comunistas o en todo caso excomunistas pero que no odiasen a los Estados Unidos. Dice que la organización editó más de mil libros y financiaba numerosas revistas culturales a través de fundaciones y ONG, pero que procuraba no aparecer en público porque sabía de su mala imagen. La CIA logró dividir a la intelectualidad francesa, no soportaba a Sartre, tampoco a Neruda a quien consideraba el Sartre de América Latina. Al parecer había editores, intelectuales y artistas que ignoraban de dónde provenía la ayuda económica, y después de una exhaustiva investigación Frances deja abierta la duda de si los beneficiados sabían o no que ese dinero provenía de la CIA… Por lo que revela su investigación el dinero era la zanahoria, y el éxito consistía en la difusión a gran escala de la obra, algo que para muchos podía llegar a ser irresistible.
La lucha de ambos bandos (capitalismo versus comunismo) era por el control mental de la población. Ahora al comunismo lo sustituye el terrorismo. Pero nada de esto fue original del siglo pasado, aunque sin duda caló hondo. La manipulación de la opinión pública es muy anterior a nuestra era y un viejo proverbio chino dice que un hombre ignorante sigue la opinión pública… El veterano general Douglas McArthur decía que no se puede librar una guerra sin el apoyo de la opinión pública y, parece que los Bush lo tuvieron muy en cuenta. Por su parte Oscar Wilde pensaba que la opinión pública existe donde no hay ideas… En fin, la historia nos revela que la percepción de las mayorías o sus creencias, a menudo manipulada por el poder de turno, los medios de comunicación o las redes sociales, nos ha conducido por el camino de las emociones inconfesables y de la tragedia.