Los líderes que a lo largo de las historia nos han llevado a las guerras que costaron millones de vidas, no dudo que adolecían de salud mental y, en ellos el deseo de poder fue tan fuerte que se convirtió en “pasión maldita”. En efecto, la salud mental de los líderes políticos tiene consecuencias profundas en el destino de millones de seres humanos.

Stalin desde el “realismo socialista”, se entrometió en el mundo del arte y la cultura pretendiendo dictatorialmente que los artistas adoptaran en sus obras los valores marxistas y leninistas. El fascismo y el nazismo, por su parte, intentaron amoldar a su conveniencia las distintas expresiones culturales y, llegaron a estigmatizar aquellas que no se avenían a su limitada mirada ideológica. Así se mencionó el “arte degenerado”; se persiguió la música foránea, por caso el jazz; se prohibieron los “solos de batería” (donde el músico improvisa revelando su “autonomía”); se proscribieron libros cuando no se los quemó en la hoguera, además de perseguir a sus autores con la cárcel, la tortura o incluso el asesinato.

En Rusia después de la invasión a Ucrania en febrero de 2022, se prohibió cualquier crítica a la guerra. Escritores, músicos, cineastas, entre otros representantes del mundo de la cultura, por manifestar su oposición a la guerra integran listas negras, son prohibidos o parten al exilio como tantos otros ciudadanos con sus familias. Es evidente la necesidad del poder por tener bajo férreo control la información y cualquier expresión que resulte adversa a la causa. Más allá de las manifestaciones ciudadanas que fueron reprimidas en ciudades de la Madre Rusia, no pocos deben optar por la autocensura.

Para Ortega y Gasset la “masa” siempre son los otros, y el hombre-masa se identifica con la mediocridad, prefiere someterse al poder absoluto antes que discutir. Lo interesante es que la masa no hace referencia a clase social alguna o proletaria, está en todas las capas sociales. A este hombre-masa, hace un siglo el filósofo español ya lo veía como un nuevo bárbaro.

Las dictaduras y los populismos actuales, de uno y de otro extremo ideológico, defienden a rajatabla el llamado “pensamiento único”, pues no aceptan crítica alguna por mejor fundada o intencionada que esté y, mucho menos la disidencia política. Sus dirigentes establecen de manera tajante quienes son los buenos y quienes los malos, los corruptos y los íntegros, los pervertidos y los normales, la casta y la anticasta… A los opositores, sean disidentes, reaccionarios o cavernícolas, contrarrevolucionarios, herejes, degenerados, se los considera enemigos, y “para el enemigo, ni la justicia”, frase que hizo historia en la Argentina de los años 50, dando a entender que el enemigo no merecería ser considerado persona y tendría menos derechos que cualquier ciudadano, por lo tanto, ameritaría otro proceso y otra justicia, obviamente penal.

No estuve de acuerdo con Borges cuando sostuvo en la década del 70 que prefería una dictadura ilustrada (en referencia al peronismo), porque ilustrada o ignorante, al fin y al cabo es una dictadura. Y las dictaduras son todas asfixiantes, humillan, y pisotean la dignidad humana.

Alberto Lederman piensa que la ambición de poder es el resultado de un trauma, porque sostiene que así como cualquiera no necesita drogarse tampoco cualquiera se interesa por el poder. Es cierto. Su tesis es que detrás del líder político existe un trauma biográfico y la acción actúa como un antidepresivo. “Quien va detrás del poder lo hace porque lo necesita”. A la zaga está el narcisismo y un gran dolor, habitualmente generado en el ámbito familiar durante la infancia. Son individuos que necesitan ser observados ya que la mirada de los otros les permite existir. Los grandes liderazgos esconderían tragedias personales, que revelarían la relación entre el poder y la vulnerabilidad, y sobre esta base se han erigido imperios. Lederman sostiene que, “La biografía lo define todo: la propia identidad, la forma de pensar y la forma de hacer”. Y esto en un político con gran poder puede tener consecuencias nefastas. Recuerdo que Borges dijo que no entendía la necesidad de ciertos individuos por querer dirigir la vida de los otros. Está claro que alcanzar el poder no modifica la lógica del político, porque en el fondo, él sigue siendo el mismo, lo que indica que en el ejercicio del poder reaccione y actúe como lo hace en su intimidad, por eso Lederman enfatiza que entender la lógica del líder, que básicamente es emocional y mental, nos revela cómo esa lógica influye en el funcionamiento del sistema.

Por su parte Daniel Innerarity explica que, “Vivimos en una especie de tribalismo epistémico en el que visiones del mundo completamente distintas coexisten de mala gana sin puentes ni traductores”. Circunstancia que es hábilmente aprovechada por los liderazgos de corte autoritario, siendo el odio un hecho pero asimismo una elección. Por eso dice que la recuperación de los valores que constituyen la democracia no solo es procedimental sino sustancial. Hoy podemos ver cómo millones de seres humanos sufren las injusticias y los abusos del sistema, en un entorno de impotencia, pero debemos reconocer que son muchos los que resisten como pueden. Y para Cortázar, “resistir es la mejor forma de no aceptar la derrota”.

En fin, no quiero cerrar mi última nota del año sin homenajear a dos intelectuales argentinos que, a pesar de sus contradicciones (quién no las tiene), supieron dar voz a los que no la tienen, demostrando más allá de su talento, honestidad intelectual, me refiero a Juan José Sebreli, fallecido el mes pasado, y a Beatriz Sarlo, cuya muerte aconteció hace unos días. Ambos vivieron épocas muy difíciles (como muchos de nosotros), ejercieron una crítica con fundamentos sólidos, y supieron ubicarse en la vereda de enfrente del poder de turno. También en estos días falleció otro intelectual de fuste, Federico Mayor Zaragoza, quien fuera ministro de educación de España y director general de la UNESCO. Lamentablemente nunca coincidimos en persona con Federico. Recuerdo que antes de la pandemia, en un mail me manifestó que cuando yo retornase a Madrid le gustaría que tuviésemos un encuentro personal, pero desde hace unos años no he vuelto a la ciudad donde viví con placer parte de mi juventud como becario y a la que retorné en varias oportunidades no sin cierta nostalgia. Hoy por hoy confieso que tengo mucho pasado vivido y poco futuro.