Mucha gente se vanagloria de tener una ideología y detesta a aquellos que no profesamos ninguna, como si fuésemos individuos irracionales o seres que escogimos el fracaso, a diferencia de ellos que el destino bendijo, porque ellos “sí la ven”, además de autoconsiderarse “gente de bien”… Y no faltan los conversos (quizás oportunistas), que tuvieron una epifanía en el momento que esa ideología curiosamente adquirió notoriedad visible y cobró impulso social gracias a los influencers, más allá de ocupar ésta la centralidad de la agenda de un país, habitualmente por necedad de la élite en el poder. Asimismo entre los que tienen ideologías encontradas y radicalizadas, existe una lucha sin cuartel, pues, se pretende que el otro, al que se declara sin ambages enemigo, sea combatido con el método que fuere y desaparezca de la faz de la tierra, proceder que estaría legitimado. En fin, las ideologías, que son creencias recargadas de emoción, se adoptan como ideas irrefutables de la realidad, y tienen que ver básicamente con las conductas sociales. Es innegable que esta presunta superioridad epistémica y moral, cuando no dogma de infalibilidad, ha sido y es causa de las grandes masacres que enlutan la historia.

Definir la cultura no es tarea sencilla por la vastedad de aptitudes y hábitos que engloba, y también por el valor que representa para las personas, las generaciones, las regiones, las épocas, en sus diferentes formas de manifestarse, de allí la diversidad cultural. En efecto, “las culturas” son muy importantes en las sociedades, al punto que nos permiten consensuar expectativas en torno a la convivencia en medio de las diferencias.

Ahora bien, el problema reside cuando pretenden hacer pasar la ideología por cultura genuina, e incluso cuando confunden ideología con política. Yo diría que el sustantivo se aplica incorrectamente a muchas cosas. Más allá de los conflictos entre los pueblos, a veces inevitables, toda guerra tiene un carácter destructivo, por consiguiente discrepo con la frase “guerra cultural”, cuando en realidad se trata en sentido estricto de una “guerra ideológica”.

Hoy se recrean conflictos ideológicos propios del Siglo XX, que en cierta medida dábamos por superados, sobre todo luego de la Guerra Fría, que creíamos finalizada. Y tanto la cultura como los intelectuales estuvieron y están en el ojo de la tormenta. Como ser, en 1971, un suceso conmocionó a la intelectualidad internacional, y fue el encarcelamiento de Herberto Padilla por sus críticas a la Revolución Cubana (la que apoyó de entrada), hecho que terminó con el idilio de una década de muchos intelectuales con la revolución castrista. En efecto, después de estar preso un mes, Padilla fue obligado a retractarse públicamente y a “confesar sus actividades contrarrevolucionarias”, al estilo de los juicios de Moscú. A esta humillación le siguió una década de marginación, hasta el exilio en 1980. En su momento Fidel Castro se pronunció: “Rechazamos las pretensiones de la mafia de intelectuales burgueses pseudoizquierdistas de convertirse en conciencia crítica de la sociedad”.

En 1979 se produjo otro histórico levantamiento popular: la Revolución Sandinista; entonces Sergio Ramírez era el vicepresidente de Nicaragua y el sacerdote Ernesto Cardenal el ministro de cultura. El sacerdote fue severamente reprendido por Juan Pablo II y, falleció en 2020, mientras que el escritor Sergio Ramírez, despojado de su nacionalidad, hoy vive en el exilio por sus críticas a la dictadura de su ex compañero Daniel Ortega, pero continúa escribiendo sus observaciones y opiniones no solo sobre lo que sucede en su país, también lo que acontece en América Latina.

En 1959 Charles De Gaulle decide crear el Ministerio de Cultura y designa al frente a André Malraux. Y en España en 1988 Felipe González nombra como Ministro de Cultura a Jorge Semprún. Dos presidentes de ideologías distintas, que al elegir para esa función a figuras intelectuales de talento, revelaron el valor que su gestión le confería a la cultura. Claro que eso es cosa del pasado y, hoy por hoy la realidad es muy diferente, al extremo de interrogarnos si puede una “batalla cultural” ser iletrada…

Los populismos consideran a las políticas culturales como un gasto superfluo, dando lugar a groseros malentendidos, cuando no a siniestras decisiones. Bástenos la confusión en torno a la “batalla cultural” que promueven trolls a sueldo (para ellos siempre hay dinero), que atacan a periodistas, socialdemócratas, académicos, cualquiera que critique o no acepte el dogma reinante, y hasta quienes creen en la libertad de elección sexual. En fin, vemos cómo la violencia discursiva del político se amalgama con una suerte de cruzada evangelizadora… La intención es imponer por la razón de la fuerza o el miedo una política cultural cerrada e ideologizada. Líderes psicológicamente inestables que además de exigir sumisión y obsecuencia, ven a cada paso traiciones y conspiraciones que residen en su mente, de la misma manera que ven comunistas, nazis, fascistas y anarquistas donde no los hay, y en todo caso de haberlos, no en la medida que constituyan un peligro para el desarrollo de una cultura abierta, democrática y libre.

La confusión entre cultura y espectáculo resulta patética, y el reality show está en su apogeo. Hoy la “cultura de la imagen” se impone al poder de las palabras e incluso al de los hechos, pues no logran convencer, y la verdad ya no importa. En efecto, por eso desde arriba y desde abajo se desprecia la actividad intelectual genuina, se ningunea la información veraz, a la vez que se degrada la calidad democrática.

A este panorama, por cierto preocupante, ahora debemos sumarle la inteligencia artificial (IA). Antes no había manera de falsificar fotos o videos, pero hoy es posible por medio de esta tecnología, y si todo puede ser alterado de manera fraudulenta, habrá un motivo más para alimentar la desconfianza de la gente, pudiendo llegar al extremo que ya no crea en las imágenes auténticas, en consecuencia será necesario dar con nuevas formas de verificar los hechos.

Arturo Pérez-Reverte dice que no tiene ideología, pero si biblioteca. Estoy de acuerdo, a muchos nos sucede lo mismo. Lo cierto es que estamos viviendo un agotamiento económico, moral y político, mientras las tesituras políticas extremas que se nutren de las ideologías, terminan produciendo un efecto pendular. Pienso que es necesario detener la marcha, reflexionar, y dar cauce a nuestros propios pensamientos, aunque éstos no sean bien vistos por la ideología en el poder o por el humor social de las masas.

No somos pocos los que cultivamos la idea inmarcesible de alcanzar un mundo mejor, y que más allá de un moderado escepticismo impuesto por tener que convivir con los males de la época, no abandonamos la esperanza de un mundo que llegue a ser digno, donde nadie quede afuera.