• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: agosto 2021

EL RELATO POLÍTICO, LA INOCENCIA Y EL FANATISMO.

31 martes Ago 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Nunca estuve de acuerdo con la frase: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, frase que además de ser un lugar común, adjudicada a diferentes intelectuales, desde el aristocrático Joseph de Maistre hasta el revolucionario José Martí, no me parece justa. Tampoco considero correcto que se hable del “pueblo” como si se tratase de la totalidad de los habitantes dándole el sentido de una masa homogénea, pues, es ignorar las diferencias significativas entre los distintos grupos sociales y tribus que componen cualquier país. Sin dudas éste es el concepto abstracto al que apelan los demagogos y las dictaduras, que bien saben cómo hacer callar a los disidentes, dejando muy atrás el concepto de ciudadanía. Creo que a lo sumo podemos hablar de mayorías habilitadas para votar, porque los niños y los adolescentes no cuentan, tendrán que esperar que les llegue el momento. Recuerdo que yo era un niño que aún no había entrado en la adolescencia cuando ya discutía de política con mis mayores, les hacía preguntas incómodas y, un tío lejano me decía que por ser chico no podía entender la política, de esta manera como ahora dicen me clausuraba. Con los años comprobé fehacientemente que el que no entendía era él. A veces los niños tienen la clarividencia que no tenemos los adultos y nos señalan el error.

Que un 35, 50 o 75 por ciento vote a un partido político de ninguna manera representa a todo el pueblo, ya que el por ciento restante que se pretende ignorar también forma parte del pueblo. Quienes descreen de la democracia piensan que las minorías no deberían tener los mismos derechos, ni propalar sus reclamos o explicitar críticas, en todo caso deben aceptar mansamente una muerte civil decretada por el poder y avalada por una mayoría. Pero qué sucede cuando la mayoría de los votantes decide no concurrir a votar, o si lo hace vota en blanco, el poder mira hacia otro lado, la clase política no se da por aludida, se rehúsa considerar el acuse de recibo, en otras palabras, el mensaje es desoído.

No importa el agotamiento, la ansiedad, las crisis de pánico, los trastornos del sueño y de la alimentación que ha producido este encierro injustificadamente interminable, como día tras día venimos registrando los médicos. Hubo parejas que rompieron su vínculo no sé si por el virus o por la convivencia en la clausura; miles de empresas quebraron y dejaron un tendal de víctimas; seres humanos que fallecieron en una soledad no buscada e indigna; pobreza y hambre como jamás se habían registrado; deserción escolar y una larga lista de daños de todo tipo que tratan de ocultarse, cuando no adjudicarlos a los otros (incluyendo el virus) o simplemente ignorarlos… En fin, mucha tristeza. Alguien dijo que el virus nos despojó de la posibilidad de mentir, es posible, pero está claro que no a los políticos ni a los que ejercen el poder.

Continúan implementándose medidas que jamás se tomarían en un país normal y, a los que no están de acuerdo o expresan sus críticas se los desacredita o estigmatiza. El pensamiento y la voluntad de los ciudadanos que somos independientes y carecemos de contaminación ideológica no existe en esta inveterada lógica binaria. Claro que el mal humor social no sería tal, en todo caso lo fabrican los medios y los opositores, que no es el pueblo y mucho menos gente de bien. La realidad, la única realidad, es la que nos cuenta el poder de turno, que no tiene “puntos ciegos”. De esta manera, los delitos de unos son los errores de otros, las excepciones se convierten en reglas, las creencias en certezas, los hechos anecdóticos en axiomas, las doctrinas se descontextualizan y, todo termina en un relato de alcantarilla.

Tirios y troyanos se arrojan los dardos envenenados de las culpas por los desastres que se van sucediendo sin interrupción, gobierno tras gobierno, década tras década, mientras descendemos como por un tobogán que nos conduce al infierno. La autocrítica fue, ha sido y es la gran ausente. Y claro, ninguno de ellos es culpable, pero ahora dicen que “todos somos culpables”.

Desde la década del 70, mis amigos y colegas extranjeros suelen preguntarme por la Argentina, no entienden qué sucede, y siempre les digo que es como una enfermedad crónica, autoinmune, ya que sin necesidad de un agresor externo el sistema inmunitario ataca al propio organismo y sus tejidos, dañándolo e incluso comprometiendo su existencia. A uno de ellos que vive del otro lado del Atlántico, que no entiende esa recurrente actitud autodestructiva y que no se cansa de decir que tenemos un país rico, le envié “El Gaucho Martín Fierro” (1879) de José Hernández, y también el tango “Cambalache” de Discépolo, compuesto como denuncia a la Década Infame (1930-1943) y censurado por inmoral entre 1943 y 1949.

Cuando me enteré de que en 1895 la Argentina tuvo el PBI per cápita más alto del mundo, no sé si esa información es incontrovertible, confieso que quedé atónito. ¿Qué pasó? Si observamos los hechos que se han sucedido en estos 125 años, tenemos que aceptar que se trata de un escándalo único en el mundo. Sobre el tema hice varias consideraciones en mi libro “La Espera de la Esperanza”, publicado al año siguiente de la crisis del 2001. En efecto, una Argentina que se ha dedicado a fabricar crisis, produce pobres, enemigos acérrimos, y relatos que amplios sectores de la población consumen como si fuese agua. Víctor Hugo pensaba: “Entre un Gobierno que lo hace mal y un Pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. Y por su parte Mahatma Gandhi sostenía que, “Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”. En fin, me gustaría decir que es hora de que cada uno escuche su conciencia y actúe en consecuencia, que a la hora de emitir su voto lo haga responsablemente y sobre todo asuma las consecuencias, pero sé que mi planteo es solo un deseo, tal vez por aquella frase que, los canallas siempre duermen en paz.

A decir verdad, uno ya está harto de tantas obviedades irrepetibles y de tantas máximas desconcertantes, como también de los artículos de fe en la política y de las moralinas que ésta produce con la intención de intoxicar. Muchos viven entre la ignorancia y la desmemoria, algo que es de suma utilidad para la clase política y para aquellos que han cometido todo tipo de tropelías, que viven reinventándose, pues, el tiempo pasa y siempre los hallamos en medio de la degustación de poder.

Hoy tenemos la moda de los asesores, sobre todo los surgidos con la pandemia, y nos olvidamos que éstos tienen responsabilidades porque no solo aconsejan al príncipe, también planifican y escogen entre diferentes alternativas, y cuando el príncipe no los escucha o ignora, su deber moral es irse. Pues bien, los asesores que fueron de la primera hora y colaboraron con el relato, luego de un año y medio comienzan a convertirse en los críticos de la última hora… Otra expresión del teatro argentino del absurdo.

Cuando un país está compuesto por cientos de miles o millones de habitantes resulta imposible gobernar si no existen varios representantes de amplios sectores de la población y, surgen los partidos políticos que tratan de alinear sus consignas a la gente para alcanzar el poder, por un lado con una crítica vociferante y por otro prometiendo lo que harían en el poder. Lógicamente esos partidos pretenden conquistar a la gran mayoría del electorado. En cuanto a los candidatos “genuinamente independientes”, nadie los quieren como participantes en la arena política, ya que pueden ser reacios a los alineamientos, se corre el riesgo de que actúen como “libre pensadores” y se enfrenten a la férrea disciplina partidaria que tiene mucho de disciplina castrense, incluso no vaya a ser que pretendan expresar el verdadero sentir de sus votantes. En efecto, cuando aparece una figura nueva en la política suele surgir de un estudio de mercado, es decir que mide bien en las encuestas de popularidad, aunque sea un ignorante, pues, se lo disputan las distintas fuerzas para que sea la cara visible del partido y atrape votos. Alguien dijo que la democracia argentina es una suerte de “monarquía electoral”.

Hace 20 años, el domingo 14 de octubre del 2001, hubo elecciones legislativas durante el gobierno de Fernando de la Rúa, en el contexto de una gran crisis económica. En la oposición el Partido Justicialista  tomó el control de ambas cámaras de la legislatura. Sin embargo, el descontento hacia la clase política se plasmó en casi un 24% de votos en blanco  y una abstención de casi el 25% para un país donde el voto es obligatorio, revelando una crisis de representatividad. Mucho se habló del “voto bronca”. Y en diciembre se desencadenó la crisis. Fui testigo de los desmanes que se produjeron en una ciudad liberada, pues no vi ningún policía por la calle mientras se producían actos de vandalismo en distintos barrios, lo que hacía pensar que todo estaba orquestado. La frase que se impuso fue: “que se vayan todos”. Ninguno se fue, excepto quien era un presidente incompetente. Durante varios meses los políticos de cualquier signo evitaban ir a lugares públicos para no ser increpados o insultados por la gente.

Algunos analistas interpretaron que había dos maneras de entender la ciudadanía en relación a este “voto bronca”. La primera era de aquellos que ven al ciudadano como alguien que tiene el “deber cívico” de “elegir” entre las opciones que se le presentan, y su participación no va más allá, rechazando incluso la protesta. Esto se compatibiliza con la división entre ciudadanos corrientes y políticos, con un rechazo al “voto bronca”. La segunda sería la posición de fuerzas minoritarias que entienden este voto como una expresión justa de la ciudadanía ante una crisis que los políticos no solucionan. Recuerdo que una parte de la ciudadanía, no solo de clase media, optó por los cacerolazos, las marchas, los escraches, los piquetes, las asambleas populares. La clase política fue paciente, se invisibilizó, y cuando vio la oportunidad, retornó para repetir el mismo juego… Entonces un expresidente decía que los argentinos estábamos condenados al éxito. Pasaron veinte años y solo vemos un fracaso disfrazado de triunfo.

Hoy por hoy eexiste la necesidad o la obligación de presentarse uno mismo ante las redes sociales, lo que implica un auto-diseño (self-design), es decir, la creación de la propia imagen. Eso no solo lo hacen los políticos, los sindicalistas, los pastores, también cualquier individuo de a pie. La gente postea todo, el restaurante que fue, donde está, que comida preparó e incluso ciertas intimidades que en otros tiempos motivaban vergüenza y hasta la condena moral. En fin, para algunos es una suerte de confesión, pero no ante el sacerdote sino frente al algoritmo que gobierna Internet. Esto revela nuestra fascinación por la tecnología, pero tratándose de la ciencia, su hermana putativa, hay reparos, cuando no desconfianza, bástenos ver lo que está sucediendo en el mundo con las vacunas y las medidas sanitarias que pretenden protegernos.

Boris Groys piensa: “Heidegger dijo que la tecnología es la realización de la metafísica ligada a la realización del destino. Significa que nuestra relación con la tecnología no tiene que ver con el conocimiento, es una relación de desconocimiento y al mismo tiempo ligada al destino. Muy en línea con la tragedia griega”. Y cuando el Renacimiento forjó al Humanismo, puso en el centro al ser humano, la idea era verlo como fuente de poder, pero ahora el Transhumanismo tiene una visión distinta, incluso piensa que el ser humano es una criatura a la que hay que cuidar, no lo dudo.

El relato es como la religión, se apela a la fe del individuo, pues, uno cree o no, pero si cree no hay discusión posible… Para peor, mientras los protagonistas de uno y de otro lado sigan siendo los mismos no veo una salida como país. Recuerdo que cuando era chico mi abuela al referirse a los políticos de entonces repetía a menudo que, “entre bueyes no hay cornadas”. No podemos ignorar los problemas que están instalados desde hace décadas y que la gente ha terminado por naturalizar. La pandemia los agravó y tornó visibles, pero no los produjo, apartemos el cinismo. La Argentina no puede seguir prolongando esta agonía, peleándose con la realidad, “tragándose los sapos” (antiguamente significaba que Lucifer o Satanás se introducía en el propio cuerpo) que le ofrece esta clase farandulesca cuando no circense que se cree especial y “vive de la política”. La famosa grieta a gran parte de los argentinos logró colmarnos de fastidio, y no es nueva como algunos desinformados de la historia creen, ya estaba planteada entre Urquiza y Mitre. En fin, caer una y otra vez en la misma trampa revela una grave anomalía cuyo objetivo es el derrumbe de la sociedad y, escudarse en la edad de la inocencia es recurrir a un libreto sin duda obsoleto.

Los intelectuales, la universidad y los mitos

05 jueves Ago 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El mundo abordado desde la pregunta es propio de la mayéutica socrática, al menos así lo ha sido en sus inicios para la cultura occidental. En efecto, la pregunta opera como inductora de la reflexión y ésta busca la luz en el laberinto de la mente. La interrogación como método está destinado a personas que tienen el hábito y también el coraje de pensar. Por eso Sócrates fue el que inauguró un nuevo mundo moral en el Siglo V a.C., pero la política se impuso y ese siglo se lo conoce como el de Pericles, célebre defensor de la democracia. Han pasado 25 siglos y los políticos siguen empecinados en mostrarnos la realidad (ese es su negocio), las religiones como siempre nos ofrecen respuestas a todas las preguntas, y hoy el mercado nos provee de un sinnúmero de comodidades de la mano del progreso tecnológico y científico, a la vez que se advierte el poco espacio que va quedando para la reflexión, la filosofía, incluso la ficción. Estamos rodeados de certezas humanas, vivimos opinando y juzgando, rara vez comprendemos las acciones y sentimientos del otro, en fin, se percibe una suerte de fundamentalismo cultural que opera como coartada de un mundo a la deriva.

En la antigüedad surgió la figura del intelectual, de ello estoy convencido, más allá que su denominación sea producto de la modernidad. Y éste surge de la combinación del culto al estudio con la observación crítica de lo que acontece en la calle, así como la reflexión sobre temas morales y éticos, y los planteos frente a la condición humana. Consecuencia del interés por la res publica, las formas de vida de la comunidad, sin olvidar las diferencias individuales, el intelectual no puede evitar colisionar con el poder de turno, mucho menos eximirse del vasallaje impuesto por ciertos regímenes.

Es habitual que el intelectual piense en derechos sin olvidar los deberes y obligaciones, en una búsqueda infatigable por alcanzar cierto equilibrio razonable que facilite una digna convivencia. En su mente, la verdad y la justicia siempre están rumiando, a menudo refunfuñando, de allí la capacidad para el cuestionamiento, que es una característica de aquellos que conviven lúcidamente con su propia conciencia.

La perspectiva de todo intelectual es alcanzar un mundo mejor, justo y equitativo, para algunos que sea virtuoso, para otros que sea correcto, eso explica su apego a los principios y valores, no importa que se declare optimista, agnóstico, creyente, nihilista o anarquista. Y cree que al considerarse “ciudadano del mundo” ha logrado superar las fronteras físicas, ideológicas y espirituales, lo que no deja de ser una bella utopía. El santuario es su biblioteca, lugar preferido donde se refugia a leer, reflexionar y escribir. Allí cumple con una rutina cotidiana, pero no significa que los confines de su visión sean los de ese recoleto espacio físico, tampoco el contenido de los textos de filosofía, historia, ensayos o novelas que están en los estantes. Por eso el intelectual tiene un pie en esas literaturas y otro en la calle, pues, si prescinde de ésta le resulta imposible leer e interpretar lo que acontece en la sociedad.

El “intelectual autónomo”, aquel que abiertamente sienta una opinión crítica y responsable sobre los asuntos que ocurren en el mundo, sería cosa del pasado. En los medios se ha impuesto el “intelectual asalariado”, condicionado por los intereses del amo. Claro que no podemos ignorar que hoy existe una demanda mediática y, se les pide que opinen sobre problemas diversos que ocurren en este planeta donde el caos y la desmesura son notas dominantes. Si bien es cierto que el intelectual es un hombre que vive entre dos mundos, es menester aclarar que éstos no están divorciados como algunos creen. Es frecuente que alterne su trabajo profesional del que vive y con el que se ganó prestigio, con este otro metier de pensador de la realidad social. Para algunos críticos el intelectual se agota en lo teorético, o habla por boca de sus lecturas preferidas, dando la impresión de ser un mero repetidor o tal vez un ingenioso comentarista. No me parece justo, ya que se niega tanto el proceso de elaboración reflexiva como el de construcción expositiva y, por otra parte, todo gran lector no puede evitar ser influenciado por las lecturas, incorporando así conceptos e ideas.

En la antigüedad había un contacto directo con la gente, personal, como sucedía cuando se reunían en el ágora para discutir los temas de interés general ante la presencia de un público ávido de saberes. En los días que corren la situación es diferente, los avances de la tecnología comunicacional e informativa así como la facilidad y la rapidez del transporte han creado una nueva realidad, ligada a la virtualidad. Ahora el ágora estaría preferentemente en las redes sociales. No creo que haya que desdeñar los progresos de la tecnología, ya que la actitud inteligente consiste en apropiarse de sus ventajas y proteger los valores y aquellos conocimientos que han superado la prueba del tiempo.

Los conservadores a la vieja usanza y los progresistas de regla siempre me despertaron sospechas, ambos tienen en común la incapacidad para eludir el reduccionismo en el que finalmente quedan atrapados. Entiendo que a veces es necesario cargar las tintas para sacudir la modorra, pero dejarse tentar con planteos dogmáticos o visiones apocalípticas resulta peligroso.

El problema surge cuando quien suscita alguna objeción al orden establecido o pretende argumentar con absoluta libertad para llegar a una conclusión diferente termina por alterar el orden moral y político, y toda perturbación de la naturaleza que fuere es combatida por el poder, en ocasiones de manera brutal. Sin embargo pienso que un poco de desorden y ciertos aires de cuestionamiento pueden venir muy bien, no podemos vivir encorsetados o pasarnos la vida mirando a través de un agujero.

Me gusta navegar contra el viento y la marea, pero me desagradan las estridencias y los escándalos. Y justamente son los medios los que persiguen como sabuesos a aquellas presas que originan alboroto, discordia, ruido, desvergüenza, obscenidad, y qué duda cabe que algunos intelectuales están dispuestos a ser partícipes de estos negocios con tal de captar la atención y subirse al carro de la fama, aunque solo se trate de algo efímero.

Los intelectuales en su función académica han conseguido no pocas concesiones del Estado. Con la caída de Napoleón, la Universidad de Heidelberg reivindicó para Alemania la custodia de la filosofía así como de la expresión total del espíritu. Una vez más el pretendido monopolio del pensamiento y de la sabiduría terminó alimentando el mito. Nietzsche advirtió cómo el arte y la filosofía se estaban alejando de la universidad, algo que hoy resulta patético. Para él las estructuras que sostienen a la sociedad burguesa se reproducen dentro de esta institución y, se trataría de un modelo intelectual libre, pero solo en apariencia, ya que en el fondo termina siendo represivo. Martin Heidegger, probablemente el principal filósofo del Siglo XX, coincidirá con esa visión de la gran Alemania como cúspide del pensar filosófico, claro que su adhesión al nacionalsocialismo le acarreó un sinnúmero problemas.

El caso de mayor trascendencia es el de Thomas Mann, a quien en 1929 le habían otorgado el premio Nobel de Literatura y era considerado el escritor alemán del momento. Mann, un intelectual de la alta burguesía, intentaba superar su naturaleza de clase y se consideraba el heredero natural de Goethe Él denunció la complicidad de la universidad alemana con el nacionalsocialismo y terminó perdiendo la ciudadanía alemana a la vez que debió exiliarse en el extranjero. En efecto, de ser la gloria literaria de Alemania pasó a ser un apátrida. Mann fue muy crítico con la burguesía de su tiempo por no haber sabido defender la cultura y sus valores.

El saber nació siendo algo sagrado, en consecuencia el mito y la religión no le son ajenos. Dice Jacy Beillerot que en el orden simbólico de las filiaciones el profesor es el heredero del clero y el maestro el heredero de la República, ya que con la Revolución Francesa se vio la necesidad de que ciertos individuos instituyeran la Nación y la República, y para ello era necesario enseñarle a los hijos del pueblo a leer y escribir, a partir de allí esa carga histórica, ideológica y social se esparce fuera de Francia, llegando a lugares remotos, siendo motivo de consideración en nuestros días.

Antes del dominio del Cristianismo sobre el Imperio Romano, el filósofo llevaba la vida de un maestro. Michel Onfray sostiene que con el triunfo del Cristianismo, a principios del Siglo IV, el filósofo se convirtió en un insufrible profesor, en un pedante que complicó todo aquello que hasta entonces era sencillo, y lo acusa de caer en la hipocresía por enseñar lo que no practica. En fin, si bien es cierto que hoy los profesores de filosofía no pasan por un buen momento, no es menos cierto que no pocos tienden a ser coherentes con su vida. Al controvertido Onfray le gusta exagerar.

La universidad como templo del saber es el punto central y perceptible del mito. Sin embargo, con los tiempos que corren hay cambios que ponen en duda su legitimación. Como ser, ya no existe la solemnidad institucional, ni el sentido reverencial de sus estudios, ni los profesores son sometidos a la dura carrera de obstáculos que imponía la cátedra como sacerdotes del templo del saber, de ello puedo dar fe como estudiante y profesor. Una atmósfera de cierto facilismo llena las aulas en consonancia con el facilismo que anida en la sociedad. El mercado, que desconoce cualquier límite, se ha metido de lleno en los claustros, y la gestión y el marketing se han convertido en elementos primordiales. Tal es la influencia del mercado que hoy el lenguaje de la universidad, es, el lenguaje de la empresa. El acceso masivo produjo la imagen de una fábrica de profesionales, imagen más ligada a la industria que a la cultura, para peor el destino laboral de estos profesionales hoy resulta incierto en todas partes, de allí que el tener estudios universitarios se haya convertido en un dudoso medio de ascenso social.

Los que no ven el meollo del problema procuran resucitar viejas luchas ideológicas que uno quisiera ver sepultadas. Como la puja entre la educación estatal y la educación de gestión privada, manipulando el problema, como si el estado de la cultura y el acceso a una educación de calidad se plantease sólo allí. El Estado pretende que la racionalidad de la universidad coincida con su propia racionalidad, a lo cual debemos añadir que la lógica imperante es la lógica del mercado. Un pragmatismo extremo convierte a las universidades en “escuelas profesionales”, carentes de esa visión universalista que le es propia, desnaturalizando el verdadero sentido y espíritu de la institución. La crisis en su interior se articula con la crisis de la sociedad y de la cultura, lo que revela que no sólo es crisis, también es decadencia. La institución no debe estar destinada al control social como muchos profesores creen, y la supuesta autonomía tampoco puede enmascarar los verdaderos problemas. El saber, considerado supremo principio, termina siendo negado en el orden social y apenas sobrevive en la abstracción de la teoría. Pienso que la universidad necesita recuperar su prestigio a través del rigorismo de su quehacer específico, también de la articulación de la cultura científica y la cultura humanística, sencillamente porque nació con ese sello y allí reside su legitimidad, donde la tecnología es bienvenida como un medio al servicio del hombre y no la inversa.

Los intelectuales siempre hacen hincapié en la necesidad del conocimiento de la historia, pues, a los que la ignoran se los puede engañar más fácilmente, los otros ya están prevenidos. Y esto es problemático sobre todo en un mundo donde hay mucha gente que no sabe lo que quiere y tampoco sabe lo que no quiere. El tema dominante fue, ha sido y es, la libertad, y ésta es como el fuego, para que continúe encendido necesita aire… Por otra parte, el contrapeso de ella es la responsabilidad.

La pandemia nos puso en una situación inédita, hasta hace poco era insólito que todos pasáramos por lo mismo al mismo tiempo, y hasta el que dispone de los mayores y mejores recursos hoy está expuesto al virus, que ignora los privilegios. Gran parte de nuestra vida se desarrolla online y, la vida universitaria todavía no recobró la necesaria presencialidad. En fin, el progreso tecno-científico se afianza, no así el progreso moral.

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