En septiembre del 2021, en este blog, abordé nuestro problema educativo bajo el título “De qué educación hablamos”, y me parece oportuno retomarlo, ya que el declive educativo y cultural en la Argentina continúa profundizándose en el 2022. Recomiendo a los interesados leer ese artículo y complementarlo con el que ahora entrego.
Como todos sabemos este declive no es un fenómeno de reciente aparición, viene del siglo pasado, como el tango “Cuesta abajo”, de Alfredo Le Pera, que popularizó Carlos Gardel: “Sueño con el pasado que añoro. El tiempo viejo que lloro y que nunca volverá”. Es obvio que el pasado jamás vuelve, pero la Argentina tiene un pasado educativo notable que auguraba un futuro extraordinario.
Son varias las causas del deterioro y la discusión está muy ideologizada. Aquí vuelve a ponerse de manifiesto el pensamiento binario, las actitudes radicalizadas, la brecha entre la enseñanza de gestión estatal y la privada. Y no hay duda que con la pandemia y la larga cuarentena la situación empeoró en todos los niveles. En el caso de los hogares pobres, muchos padres se preguntaban cómo podían aprender sus hijos sin Internet. Algunos se las ingeniaron usando el Smartphone y, no pocas madres debieron sustituir a las maestras. Pero la tarea docente es compleja, porque los padres, aun siendo profesionales universitarios, no tienen la capacitación didáctica y pedagógica de las maestras y los profesores. Muchos padres no disponen de tiempo porque trabajan y tampoco de los conocimientos básicos para ayudar en las tareas escolares a sus hijos. En fin, así un millón de estudiantes se desvincularon del sistema, retornando una parte, pero hasta ahora la mayoría no volvió, pues se perdió en la niebla de la pobreza.
Con las restricciones impuestas por la pandemia quedaron al descubierto una serie de situaciones sociales ligadas a la escuela que ya se conocían, pero se las ocultaba. Como ser, dada la situación de pobreza y la necesidad de alimentos muchos niños van a la escuela a comer, y convengamos que esa función social no es propia de la escuela pero ante la emergencia se hace cargo de esa imposición moral. En lo que atañe a la presencialidad escolar, tan debatida por los políticos y los gremialistas de la educación, estuvo regida por intereses políticos, no sanitarios, y hoy nadie se hace responsable de los daños que produjo en niños y jóvenes, cuyas consecuencias tendrán su impacto a lo largo de toda la vida… En medio de tanto ruido y desvíos de la atención, los ciudadanos debemos tomar conciencia que estamos hablando de la Argentina, que en su momento llegó a tener estándares educativos de primer nivel en el mundo, no hablamos de un país devastado por la guerra donde los niños deben escolarizarse como pueden protegidos de los bombardeos o reciben enseñanzas en campos de refugiados. Sin duda la educación no le interesa a la dirigencia de nuestro país, y esto lleva décadas. No es una opinión, los datos lo revelan. Y lamentablemente debemos reconocer que desde hace tiempo no se come, no se cura ni se educa porque la ciudadanía está al servicio del Estado y no la inversa, más allá que los gobiernos se renueven periódicamente por elecciones democráticas.
Domingo Faustino Sarmiento, aborrecido por unos, venerado por otros, fue sin duda nuestro mayor intelectual decimonónico, un autodidacta que promovió con firmeza la educación, la cultura y el progreso. Más allá de los errores que cometió y de su visceral apasionamiento, lo que le motivó numerosas críticas del revisionismo y ataques a su memoria, no se puede negar que fue un hombre genial. Hace unos días se realizó el censo nacional 2022, lo que motivó que recordásemos el primer censo que se hizo en el país bajo su presidencia, en 1869. Entonces éramos poco más de un millón ochocientos treinta mil almas, y hoy superaríamos los 47 millones. Un dato curioso que tiene que ver con mi profesión: había 458 médicos en todo el país y 1047 curanderos…Pero lo interesante fue que el censo reveló que el 70% de la población era analfabeta, y en los cinco años que le quedaban como presidente construyó más de 800 escuelas, porque pensaba que la educación debía ser pública, obligatoria y para ambos sexos (toda una avanzada para la época). Además fundó la Academia Nacional de Ciencias, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, el Colegio Militar, el Liceo Naval, el Observatorio Astronómico, y lo curioso es que él no provenía del mundo académico ni del universitario, sin embargo creía firmemente en la educación y la cultura como factores determinantes del progreso. Al año siguiente que terminó su mandato, no fue por una banca en el senado para tener fueros que lo protegieran de actos de corrupción ni pidió una embajada en Paris o Londres para disfrutar de la buena vida, simplemente asumió como director general de escuelas de la Provincia de Buenos Aires, un cargo de escasa jerarquía para un ex presidente de la Nación, revelando que la educación para él era una política de estado y que había que trabajar para lograr ese objetivo. ¡Qué lejos estamos!
Como decía mi abuela, hay que tener sangre de horchata para no indignarse ante la degradación y el oprobio actual. En estos días leí un estudio sobre los alumnos de la escuela secundaria, basado en datos oficiales: en 2014 ingresaron a primer año 848.303 chicos en todo el país y solo el 43% finalizó en 2019… En los establecimientos de gestión privada se graduó el 64% y en los estatales (que reúne el 75% del total), el 36%…. Al parecer en todas las juridicciones del país las escuelas de gestión privada tienen mayor relación entre ingresados y graduados. Pero hay que consignar que la mayoría de los alumnos que no termina la escuela secundaria proviene de los hogares más humildes y esto sí es una injusticia social.
Como profesor universitario que previamente curso en la universidad pedagogía y sociología, suelo seguir de cerca las discusiones que tienen que ver con la educación y la capacitación de los jóvenes. Creo que hay mucha confusión, dentro y fuera de las instituciones. En efecto, para la sociedad la escuela constituye una solución, allí el chico está contenido durante varias horas al día, aprende una serie de asignaturas y también lo educan. Por eso la ansiedad de los padres para que la escuela admita a sus hijos, aunque después surgen los cuestionamientos, y si el chico revela problemas de conducta o de aprendizaje es culpa de la escuela. Resulta cómodo delegar todo en la escuela. Esto acontece en la educación oficial y en la privada. Es más, desde hace años vemos actos de violencia de padres hacia los maestros, algo similar a lo que sucede en las salas de guardia de los hospitales públicos con los pacientes o sus familiares que agreden a los médicos. Y año tras año, las manifestaciones de violencia se incrementan, hecho que revela un serio problema social que no ha sido abordado con seriedad.
Desde ya que una política educativa inteligente pone su esfuerzo primero en la accesibilidad (que todos sin distinciones de clases sociales puedan acceder), en segundo lugar que no haya deserciones (que los alumnos permanezcan en el sistema), y en tercer lugar que la educación que se brinde sea de calidad (capacitación docente).
Pero la educación se inicia en el hogar, en el ámbito familiar, y luego continúa en la escuela. Hoy está de moda hablar de “educación en valores”, y yo siempre pregunto ¿de qué valores hablamos? Me suena a cliché. La enseñanza de los valores no es privativa de la escuela, en realidad los valores se aprenden primero en la familia, también pueden aprenderse en la Iglesia u otro templo religioso, en un club de amigos o en los boy scouts. Es más, un padre analfabeto puede enseñarle valores a su hijo, aunque no pueda enseñarle a leer y escribir. Un padre profesional exitoso, pero que es corrupto, egoísta y mentiroso, es difícil que le enseñe valores a su hijo porque él no los tiene incorporados.
He leído que el bachillerato actual ha decaído porque los chicos llegan a quinto año sin ningún saber, y que muchas familias eligen la escuela técnica por haber incorporado robótica y programación a su matrícula. Es sabido que hoy se cuestionan aquellas habilidades que no serían útiles y, todos los días aparecen en los medios empresarios que se quejan de que los jóvenes no están capacitados para trabajar, que la escuela no los prepara para el mercado. Aquí disiento, porque el objetivo fundamental de la escuela o el colegio es formar personas y de manera integral, no los trabajadores que requiere el mercado, en todo caso, un joven con buen nivel de lectoescritura, expresión oral y dominio de las operaciones matemáticas puede aprender cualquier cosa, porque a partir de allí está en condiciones para que la empresa en cuestión lo capacite en la tarea específica, lo que puede demandar semanas o quizás un par de meses. Y cuando ese joven cambie de empresa deberá aprender otro trabajo, todo esto resulta muy dinámico, como la vida laboral misma. Pero el mercado no puede ni debe dirigir la pedagogía, a menos que aceptemos la esclavitud del mercado.
Emilio Tenti Fanfani sostiene que el poder liberador de la escuela es la lengua y las matemáticas, y que la institución debe contribuir a desarrollar el conocimiento complejo, “capital cultural” que produce riqueza. Los valores y las habilidades socioemocionales se desarrollan en la escuela cuando los docentes realizan bien su labor. En las competencias se enseñan algunos conocimientos y se aplican para desarrollar la habilidad de resolver problemas. La escuela construye “conocimientos estructurales y flexibilidad”, para luego poder incorporar los conocimientos específicos. Estoy de acuerdo.
El problema que yo veo es que llegan a la universidad alumnos que provienen de colegios oficiales y privados que tienen un vocabulario muy pobre, dificultades para interpretar y desarrollar una idea, y escribir un informe les resulta muy difícil. Sin embargo saben computación y tienen conocimientos de inglés aunque no dominan la propia lengua. Está claro que la culpa no es de ellos. En algunas oportunidades se acercó un alumno, otras un médico residente, para que les aconsejara qué libros leer porque se daban cuenta que la falta de lectura les jugaba en contra. También me han preguntado cómo estudiar, cómo exponer frente a una clase, cómo hacerse de una cultura general. En fin, creo que las falencias no son pocas, y que aquellos métodos tradicionales hoy denostados, más allá de sus fallas, resultaron ser útiles para muchas generaciones, incluyendo la mía. A menudo en pedagogía vemos ciertas discusiones que no hacen al fondo de la cuestión, pues, en algunos la motivación primordial pasa por mantener ciertas ventajas gremiales o mejorar su imagen política, y en otros por querer ser innovadores sin serlo, o estar pendientes de los beneficios del marketing y del atrayente negocio que gira en torno a la educación. Nada de esto hace a lo sustancial del problema. Pienso que si algo no debe faltar en cualquier pedagogía es el pensamiento crítico, la comunicación (oral y escrita), la colaboración (trabajo en equipo), además de la innovación, la creatividad y la resolución de problemas complejos.
Estoy convencido de que en la vida es clave tener una “mentalidad de aprendizaje constante”, no importan la edad, la cuna, las posibilidades que brinde el status social ni el nivel de educación de que se parta, lo que importa es la pasión por mantener un aprendizaje constante. Y para mí ese aprendizaje es un atributo de la personalidad de quien cree realmente en el progreso personal y disfruta del mismo.