Los viajes, la memoria, el tiempo y el recuerdo siempre están presentes. Para mí los viajes son una fuente de revelación ya que descubro historia, geografía, gastronomía, arte, relaciones humanas, idiomas, y tantas otras cosas que considero fundamentales para la vida. Recuerdo que en la escuela debíamos estudiar de memoria el recorrido de ríos y mares, montañas y planicies, así como otros accidentes geográficos que se esfumaban de la memoria a los pocos días de haber aprobado el examen. Nunca entendí esa pedagogía memorística. Pienso que la geografía hay que recorrerla, y las ruinas examinarlas, incluso con el tacto, al extremo que me emociona pasar la mano sobre una columna, estatua o monumento anterior a nuestra era, es, como si retrocediese gracias a la máquina del tiempo, una ficción que supo explotar el cine hollywoodense. Hoy más que nunca la historia necesita ser investigada con actitud crítica, sin ignorar el contexto de época. Por ejemplo, la historia del Asia Menor es compleja, allí varios imperios se desarrollaron, como los imperios Hitita, Bizantino, Otomano.
Hay escritores que viajan por el mundo a través de su biblioteca y de su imaginación, como Immanuel Kant, que vivió sus ochenta años de precaria vida en Königsberg, capital del ducado prusiano, sin siquiera salir un solo día de su ciudad. Pascal solía decir que todas las miserias de la humanidad provenían del hecho de que la gente no puede quedarse en su hogar. No fue el caso de Kant. En una oportunidad asistió a una de sus clases de geografía un joven inglés que estaba de paso por la ciudad y, cuando oyó al maestro describir con minuciosidad las aldeas y los pueblos que atraviesa el Támesis, así como los cultivos y los monumentos, revelando absoluta precisión, supuso que Kant conocía personalmente la región que describía, al terminar la clase le dijo que si algún día retornaba a Inglaterra lo recibiría con agrado. En realidad, Kant estaba muy a gusto en su ciudad, cultivaba la tertulia con sus amistades y llevaba una vida sin sobresaltos, excepto cuando se le ocurrió publicar La religión dentro de los límites de la mera razón. A causa de este libro tuvo que firmar un compromiso de no volver a hablar ni escribir sobre el tema, obligación que le impuso Federico Guillermo II de Prusia, un rey de perfil intelectual, protector de las artes, pero muy temeroso de que las ideas de la Ilustración se difundieran en Alemania.
En nuestros días es común hablar de turismo cultural, tal vez como una manera de despojar a los viajes del sentido de hacer ocio, que a mi entender es absolutamente necesario para el cuerpo, la mente y el espíritu. Cuando viajo mi mente trabaja, acopia datos, referencias, observaciones, tengo tiempo material para reflexionar, y procuro comunicarme con aquellos que viven a miles de kilómetros, que parecen ser muy diferentes a nosotros, pero no lo son. El hecho de viajar acompañado me facilita la evocación de ciertas experiencias, y los sucesos y observaciones dan pie a enjundiosas charlas. El turismo está cada vez más presente en la economía de los Estados, llega a ser una fuente de ingresos primordiales para la subsistencia de muchas regiones, aunque ya comienzan a considerarse sus consecuencias medioambientales, pues la movilización de millones de personas a una región incrementa el nivel de contaminación.
En lo que atañe a la literatura, los viajes han generado en la Argentina una narrativa particular, como sucedió con Lucio V. Mansilla, hijo del célebre general Lucio N. Mansilla y sobrino por parte materna de Juan Manuel de Rosas. Él era un hombre erudito, polifacético y consumado dandy. Recuerdo que Una excursión a los indios ranqueles, era de lectura obligatoria cuando yo cursaba el bachillerato. Otro autor fue Roberto Arlt, quien por el contrario no provenía de una cuna aristocrática, sus padres eran inmigrantes europeos pobres, y para vivir tuvo que ejercer diferentes oficios que le impidieron asistir a la escuela, sin embargo se convirtió en autodidacta. Borges decía que uno es por lo que ha leído y no por lo que escribe. Pues bien, Arlt termina siendo una excepción a esa norma borgeana. No era un escritor de bibliotecas, no tenía una prosa al uso y estaba distante de cualquier academicismo. Lo tildaron de inculto, salvaje, bárbaro, sobre todo por sus incorrecciones sintácticas y errores ortográficos, pero no hay duda que leyó a Nietzsche y a Dostoievski, fue un cronista excepcional y se lo considera el creador de la novela urbana. Arlt llegaba a boxear con las palabras, tenía una mirada penetrante y era capaz de atrapar al lector sin soltarlo. Pensaba que el hombre civilizado destruyó la magia que había en nuestros ancestros. Recuerdo que en sus Aguafuertes españolas y marroquíes, refiriéndose al árabe dice que por más que esté cargado de piojos sigue siendo un dechado de cortesía. Sus temas eran lo cotidiano, pero también el mundo marginal, donde no faltaban las prostitutas y los rufianes, ese ambiente considerado de baja estofa y que muchos escritores de su tiempo prefirieron ignorar. No se sentía a gusto con las cofradías literarias, tenía ideas anarquistas, y no fue cordial con sus pares. Mallea, Gálvez, entre otros, cayeron bajo sus críticas. Y sus opiniones no pasaban inadvertidas, carecían de la diplomacia o tal vez de la hipocresía que le hubiese evitado no pocos problemas. El mundillo literario le dio la espalda y lo condenó al olvido, cuando no a la indiferencia, pues, su jactancia y su estilo de vida resultaban intolerables. Lo privaron del lustre y del reconocimiento económico, pero él no se privó de criticar el sistema de promoción literario que continúa vigente. Arlt jamás hizo concesiones y elaboró una obra que es un monumento de la literatura nacional.
La globalización modificó sustancialmente el panorama turístico y, fue necesario mejorar la gestión. Hoy por hoy en todas las actividades, profesiones y otras tareas se considera a la gestión como algo que no puede ignorarse. Y hasta se habla de la gestión de los sentimientos… Creo que quien desee aprender a gestionar una empresa puede embarcarse en un crucero. En efecto, el año pasado decidimos con mi mujer hacer un crucero y desde el piso 15 donde teníamos nuestro camarote, pudimos comprobar la gestión inteligente y no improvisada de todas las actividades de una nave que transporta hasta 5.000 pasajeros y unos 2.000 tripulantes de diferentes nacionalidades.
Me atraen los aeropuertos, allí observo a la gente que va y viene. Esos “no lugares” de Marc Augé me fascinan, tal vez por el fluir de gentes con otros rasgos, vestimentas y culturas, quizá por los diferentes idiomas que uno oye y hasta percibe tan distantes.
Hace unos años estuvimos en Turquía, la tierra de Solimán el Magnífico, el sultán que con sus conquistas llegó a las puertas de Viena. Contábamos con la información que nos proveía un par de guías turísticas, una en español y otra en inglés. Nos llamó la atención un par de recomendaciones: no alquilar auto ni hablar de política, Algunos amigos me decían que el viaje podía ser peligroso, pero creo que estaban influenciados por las películas Expreso de Medianoche y Pasión Turca, esta última basada en la novela de Antonio Gala. Antes de viajar leí Estambul de Orham Pamuk. La ciudad que fue capital de tres imperios, antes Bizancio y antes Constantinopla, es el corazón de Turquía, país de quien Bismarck llegó a decir que era el enfermo de Europa. En Estambul el novelista busca el alma de la mítica ciudad y deja entrever su nostalgia por la grandeza perdida. De Pamuk tuve conocimiento antes de que le otorgaran el Premio Nobel de Literatura, ya que fue enjuiciado por reconocer en una entrevista a un diario suizo la matanza de más de un millón y medio de armenios y de treinta mil kurdos a manos de los turcos otomanos, en represalia por la alianza en contra del Imperio Otomano durante la Gran Guerra. En 1915 estaban en el poder los Jóvenes Turcos y, el 24 de abril comenzaron las deportaciones, también ese día unos 250 intelectuales armenios que vivían en Estambul fueron apresados. La palabra genocidio no existía, pero Raphael Lemkin, judío polaco, tomó del griego genos y del latín cidio, y creó el término, no sin antes estudiar con detenimiento ese exterminio. Pamuk considera que no es la discusión de los momentos más negros del pasado de un país lo que mancha su honor, sino la imposibilidad de discutir. Hoy Turquía mantiene tensiones étnicas con las minorías kurda, armenia y asiria que allí residen. Nacido a orillas del Bósforo, estrecho marítimo que divide a la ciudad en dos, vive en los Estados Unidos, y fue coherente con los dos derechos que Baudelaire sostenía que debían añadirse a la lista de los derechos del hombre: el derecho al desorden y el derecho a marcharse. Orham Pamuk se ajusta a lo que pensaba Camus sobre la escritura: tienen lectores los que escriben con claridad, mientras que los que escriben oscuramente solo tienen comentadores… En Estambul narra con concisión, exactitud y elegancia la tensión entre Oriente y Occidente, dos mundos con una inveterada desconfianza. Su mirada inteligente y escrupulosa se posa en la cultura, la psicología y el humor de la gente de la antigua Constantinopla.
Nicolás Sarkozy, no bien fue electo presidente, procuró sentar cátedra de geografía sosteniendo que Turquía no está en Europa, contradiciendo los argumentos de geógrafos y manuales oficiales. Y añadía que la Unión Europea era solo para los países europeos. Estambul es la única ciudad en el mundo que se halla entre dos continentes, por eso es transcontinental y, el Bósforo y el Estrecho de Dardanelos separan a Europa de Asia. El relato político puede defenestrar cualquier discurso científico, por más serio que fuere.