• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: enero 2019

Buscando un lugar en el mundo

30 miércoles Ene 2019

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El año 1989 ha sido clave en la historia moderna. Con la caída del Muro de Berlín concluyó formalmente la Guerra Fría, pero la conflictividad entre los Estados Unidos y Rusia se mantuvo hasta nuestros días aunque con otras escenografías. Los estados comunistas que conformaban el Bloque del Este comenzaron sus revoluciones independentistas, las que culminaron con una quincena de países independientes en 1991. También en 1989 los tanques de guerra entraron en Pekín para sofocar una rebelión popular que reclamaba democracia y cuestionaba al Partido único, hubo represión y muchos muertos, no se sabe cuántos (las informaciones van desde cientos hasta miles) y, la fotografía de un hombre solo  que se plantó ante un tanque pasó a la historia, nunca se supo qué fue de él, en tanto China procuró rápidamente dar vuelta la página. En ese año nació Internet. No hay duda que en 1989 finalizó el tormentoso Siglo XX.

Los intelectuales durante el siglo pasado se presentaron como una clase destinada a iluminar la opinión pública, e incluso a influir con su pluma o la oratoria en materia  política. La historia nos revela que el compromiso a unos los condujo al nacionalismo y al fascismo, a otros los llevó al comunismo. Lo lamentable fue que ni unos ni otros tuvieron la suficiente rapidez de reflejos para  advertir que la trampa consistía en la dictadura, pues ese era el destino común. Por eso no pocos intelectuales al darse cuenta abjuraron públicamente o sino fueron expulsados del partido por inconducta o traición, pero claro, no faltaron los que no dejaron de aprovechar ciertas prebendas…

Un académico puede ser brillante sin salir de su casa y un científico un notable estudioso pasando la mayor parte de su vida en su laboratorio, y pese a que se informen a través de los medios sobre lo que sucede en su aldea, ninguno logra ser un intelectual. Ya sé que distamos mucho de la época en que Zola o Sartre aparecían en los medios fijando su posición ideológica, polemizando con el gobierno de turno, tratando de analizar y clarificar los hechos cotidianos para que la gente conozca realmente la verdad. Hoy por hoy es imposible que alguien que se precie de ser intelectual no salga a la calle a mezclarse con la gente, no vaya al supermercado,  no viaje en un medio de transporte público en hora pico, o no escuche las quejas de los taxistas. En suma, esta realidad cotidiana no puede ser ignorada por alguien que en su columna o en su discurso pretende descorrer los velos de la realidad. El problema es que no faltan los viven su propio mundo y desde ese mirador están convencidos de saber lo que pasa en el mundo real.

Es posible que Platón haya sido el primer intelectual que sufrió por no poder participar del gobierno. Sabemos que tuvo una relación tormentosa con los tiranos de Siracusa. Pero Aristóteles, su discípulo, también sufrió porque  los griegos de pura cepa le negaron la dirección de la Academia de Atenas a la muerte de Platón debido a su condición de macedonio. En efecto, los griegos discriminaban a los macedonios, los consideraban “bárbaros”. Dicen que la venganza de Aristóteles fue educar a Alejandro Magno, pues, le enseño a pensar como un griego y a luchar como un bárbaro. Alejandro antes de ganar el Imperio persa y convertirse en el mayor conquistador de la Antigüedad, sometió a Grecia, claro que más tarde Aristóteles debió refugiarse de la persecución de su discípulo. Es curioso, en el Siglo XXI  Grecia litiga con la exrepública de Yugoslavia Macedonia, con mediación de la ONU, porque los griegos actuales se consideran macedonios y no están dispuestos a permitir que ese nombre sea usurpado. En fin, han transcurrido 25 siglos y en verdad no advierto cambios sustanciales, si bien es cierto que las miradas cambian.

Confieso que siento una mezcla de tristeza e indignación por aquellos artistas e intelectuales talentosos, incluyendo los profesionales meritorios, que murieron sin ningún reconocimiento. Pienso que es una injusticia irreparable. Yo no creo en los homenajes póstumos. En realidad, no creo en los homenajes, porque siempre me pregunto cuánta hipocresía habrá detrás del discurso laudatorio. Y esto también me pasa con la desaparición de gente anónima, con  individuos que vivieron honestamente sin ser nada de otro mundo, pero que cumplieron con su trabajo y fueron buenas personas. Hace un par de semanas falleció el encargado del edificio donde vivo, en la madrugada un infarto cardíaco lo mató en pocos minutos sin que el SAME pudiera salvarlo. Al día siguiente por la mañana, al salir de casa no lo encontré como todos los días y supuse que habría tenido un inconveniente. A menudo sosteníamos alguna conversación sobre el tiempo, la ciudad o la política. Al retornar por la tarde me llamó por teléfono mi mujer para darme la infausta noticia. En el consorcio nadie confeccionó una nota informando su fallecimiento. El hecho pasó inadvertido, no hubo comentarios, no se le dio la menor trascendencia a la muerte de un trabajador que durante 19 años, desde que se inauguró el edificio, nos atendió día tras día con amabilidad. Mi mujer y yo quedamos consternados por varios días,  esperábamos hallarlo cuando bajábamos al vestíbulo… La “actitud humanitaria” de mis vecinos me hizo reflexionar: ¡si esto pasa en un consorcio, qué puede pasar en un país!Al respecto, yo no sé qué le sucede a la gente. Tampoco sé qué le pasa a amplios sectores de la población. Y eso que  procuro despojarme de ciertos prejuicios para poder entender al otro. Por momentos tengo la impresión de que están hipnotizados, quizá drogados por la demagogia, tal vez un virus les produce un estado de cerrazón mental. En 1844 Karl Marx, un filósofo e intelectual  que marcó un antes y un después, pronunció su célebre frase: “La religión es el opio del pueblo”. Mi padre que era católico la repetía a menudo. En realidad, lo que quería significar Marx es que las clases dominantes usaban a la religión para controlar  al pueblo. Pero en este caso no se trata precisamente de la religión, sino de la “política partidaria” entendida y asumida como un credo, como un acto de fe, ya que siguen dogmáticamente a un líder y a  un partido con tal devoción que los elevan al altar. En efecto, ninguna evidencia o prueba irrefutable de sus mentiras o falsedades es aceptada, un cerrado negacionismo sale al cruce de cualquier crítica, en todo caso los pecados cometidos serán perdonados por la excelsa misión que declaran perseguir. El fanatismo es común a la religión y la política. Por eso tengo la impresión que esa gente cree en lo que quiere creer, y está en su derecho, porque si defendemos la libertad de pensamiento debemos tolerarlo, mientras no perjudique en los hechos a terceros, ya que la tolerancia también tiene sus límites.

La rebelión de las clases medias empobrecidas

22 martes Ene 2019

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En el 2011 viajamos con mi mujer a El Cairo, llegamos un domingo de calor agobiante, pero más allá de la elevada temperatura, percibíamos en la calle cierto malestar y que bien podríamos definir como “humor social”. Claro que hacía unos meses había sido derrocado Mubarak. Los revolucionarios tenían por epicentro la Plaza Tahrir y, según decían, el país parecía encaminarse por la vía democrática, lo que nos alegraba.

Recuerdo que esa sensación de malestar social la percibí en otras oportunidades, como cuando en uno de mis viajes a París, en el 2005, presencié alguna manifestación callejera, fuertes debates televisivos, cruces de opiniones en los periódicos, inmigrantes y desocupados a cada paso y, a las pocas semanas se produjeron numerosos actos vandálicos y quema de autos. Era la protesta de los inmigrantes de segunda generación que habitaban en las banlieues. De todas maneras, la situación egipcia era muy diferente. Rady, nuestro guía, un moro que se autocalificaba revolucionario, nos comentaba que durante 30 años Mubarak se había preocupado por llenarse los bolsillos, olvidándose del pueblo. Un pueblo que según Rady y Atef (nuestro chófer) es muy estimable, no tiene grandes ambiciones materiales ya que solo aspira a vivir con lo necesario para llevar adelante una vida digna, y sobre todo, honrar a Alá. De vuelta al país comprobé, al igual que Casandra, que la profecía se cumplía y que aparentemente nada podía hacerse para evitar la tragedia que luego se desencadenó, y que ahora con Abdelfatah Al-Sisi continúa.

En la antigüedad los estudiosos viajaban a Egipto para tomar contacto con su cultura milenaria, como lo hizo Séneca. Era un viaje más o menos equiparable al que desde hace un par de siglos realizan los intelectuales y artistas latinoamericanos a Europa. Yo diría un viaje iniciático que sin dejar de ser turístico centra las expectativas en la formación cultural. Allí aparecieron las primeras sociedades secretas de cariz iniciático cuyo objetivo era custodiar las “verdades eternas”. La escuela iniciática egipcia era esotérica y sólo aceptaba a los elegidos, que pertenecían a la nobleza. Con la quema de la Biblioteca de Alejandría, hoy reconstruida, desaparecieron los textos esotéricos. Solón, Tales, Demócrito, Pitágoras, Platón, entre muchos otros, visitaron la tierra de los faraones y permanecieron allí largo tiempo capacitándose. El teólogo Orígenes decía que los filósofos egipcios mantenían en secreto lo que sabían de la naturaleza divina, jamás la revelaban al pueblo, y cuando lo hacían era tras un velo de fábulas y alegorías.

Cuando comenzó la Primavera Árabe, el movimiento despertó mi adhesión. Más allá de los viajes que hicimos a la región, desde aquí seguí día a día el desarrollo del proceso, pero el poder siempre se las ingenia para abortar cualquier movimiento de liberación que afecte sus mezquinos intereses. En efecto, la Primavera Árabe no logró modificar la situación injusta de esos pueblos, quizá Túnez, donde comenzó la rebelión, sea la excepción. Se derrocaron gobiernos pero no se produjeron cambios sustanciales y esto obedece a lo que sustenta el poeta sirio Adonis: si no se separa la religión del Estado no hay solución porque se trata de un problema de poder y al parecer nadie está dispuesto a dar ese paso. En efecto, la mayoría no tendría un proyecto para finalizar con esa relación, que además de tradicional es confesional. Para peor, las intervenciones militares de Occidente han derrocado a gobernantes laicos, que sin duda eran dictadores, pero incrementaron las luchas interreligiosas. Está claro que los otros gobernantes de la región también son dictadores, y Occidente los tolera porque son garantía de sus negocios.

Las ansias de libertad y el querer elegir a sus gobernantes para mejorar las condiciones de vida facilitaron el advenimiento de la democracia, también el surgimiento de partidos islámicos, algo previsible en países que profesan ese culto. No creo que haya que asustarse, al fin de cuentas Italia tiene la democracia cristiana. Claro que en esta inveterada relación de poderes, en este tablero de ajedrez, el fanatismo siempre se cuela. En Arabia Saudí la corona de Riad prohíbe las marchas y las huelgas por considerarlas una ofensa a Ala, y terminan satanizando diversas manifestaciones, incluso culturales, que precisamente no son antirreligiosas, desde la música y la televisión hasta los deportes. Para incrementar el malestar, Arabia Saudí ejecutó al clérigo chií Al Nimr junto con 46 personas acusadas de terrorismo durante la Primavera Árabe, y estas ejecuciones tuvieron motivaciones políticas, lo que agravó la fractura entre suníesy chiíes, enfrentó a Riad con Irán, y también involucró a otros actores de Oriente Próximo. Creo que a estos movimientos de liberación les vienen muy bien la fábula de “La zorra y las uvas”.

La batalla se libra cotidianamente y ni siquiera la literatura de ficción se salva. “Una barrera viva”, novela de la israelí Dorit Rabinyan, generó un escándalo por que trata la relación amorosa entre una mujer judía y un hombre palestino. El Ministerio de Educación Israelí la prohibió como material de lectura para los alumnos secundarios, aduciendo que alienta la “asimilación” y que es necesario cuidar la “identidad”. Intelectuales israelíes, políticos, población en general y también el alcalde de Tel Aviv, protestaron contra esta medida ridícula. A la autora le hicieron un gran favor, porque de la noche a la mañana el libro se agotó en las librerías, quizá por la seducción que ejerce todo aquello que esté prohibido. Algo que deberían tener presente las elites dirigentes cuando quieren imponer su voluntad contra el viento y la marea.

Hace pocos meses volvimos a París, y si bien percibíamos cierto malestar, no nos imaginamos lo que poco después sucedería con el movimiento de los “chalecos amarillos”, que ya cumplió diez semanas, y que comenzó como un emblema en contra del aumento del combustible pero ahora expresa el hartazgo de la gente que vive en las provincias. La clase media después de dos o tres décadas advirtió que fue engañada, que nada de lo que le prometieron era verdad, hoy está empobrecida y prácticamente en vías de extinción. Empleados, obreros, ejecutivos intermedios, pequeños asalariados, se han convertido en una población vulnerable. De pronto salieron a la calle y comenzaron una protesta que preocupa al poder, tal vez porque la violencia parece haber recuperado una legitimidad que había perdido y le da visibilidad (algo muy peculiar en las protestas del pueblo galo), al punto que el arrogante Emmanuel Macrón, un presidente sin partido, ahora sí estaría dispuesto a escuchar los reclamos de la Francia de abajo. Macrón no advirtió que dista mucho de ser De Gaulle, Pompidou, Giscard d´Estaing o Mitterrand, y que sus ambiciones imperiales que ocultó durante toda la campaña terminarían por jugarle en contra. Vivimos otros tiempos, otros escenarios, y los actores también son otros.

En mi blog del 10 de octubre de 2017, cito la fecha para evitar que alguien diga que hago pronósticos leyendo el periódico del día anterior, yo intuía la traición de este filósofo y ex banquero, discípulo de Paul Ricoeur, a quien la prensa internacional entonces veía como el futuro estadista de la Unión Europea. De Laín Entralgo aprendí que cuando uno aborda un problema, incluso un personaje, primero debemos remitirnos a la historia. En efecto, no podemos ignorar la historia de un político que monta su campaña contra el viejo orden político, que combatirá a la casta, pero que tiene inocultables ambiciones monárquicas. Siendo ministro de economía de Hollande trató de “iletrados” a unos trabajadores de un matadero en crisis, ahora les recomendaba a unos obreros de una fábrica en dificultades que en vez de protestar buscasen; trabajo, incluso criticaba a los “vagos” que se oponían a su reforma. Ya nadie duda de que es un elitista que solo presta atención a las personas de alto nivel educativo y de altos ingresos económicos, que no escucha ni le interesan los franceses de a pie, pese a que muchos de ellos lo votaron creyendo en sus vanas promesas. En fin, las palabras pueden traicionarnos y revelar quienes somos. Hoy la sociedad francesa está seriamente dividida y Macrón con su ego a cuestas sólo trata de sobrevivir, porque la confianza es como la virginidad…

Los populistas viven al acecho, venteando como los sabuesos el humor social, y cuando aparece el caos, rápidamente escogen un enemigo como responsable de los males y esgrimen una solución simplista que suele ser irreal, pero que les permite posicionarse e incluso acceder al poder. Así sucedió con Gran Bretaña y el Brexit, una pesadilla que no encuentra salida, ya que cualquier acuerdo a que se llegué (si se llega) no puede ignorar los fundamentos de las cuatro libertades de la UE, que son la libertad de personas, de bienes, de servicios y de capitales. Los populistas que impulsaron a la población británica descontenta a apoyar la salida de la UE señalaron como enemigo a Bruselas. De todas maneras, un 52% a favor y un 48 % en contra solo nos habla de una sociedad dividida. Quizá habría que preguntarse qué porcentaje debería existir para considerar realmente legítimo un referéndum sobre un sí o un no.

Un paralelismo lo hallamos en la sociedad estadounidense con el actual shutdown motivado por culpa de los migrantes, que serían los chivos expiatorios, sin embargo no hay dudas que la sociedad está profundamente dividida y las soluciones que esgrime su presidente, un showman metido a político, no son más que una distracción para no abordar los serios problemas de fondo que tiene el país. Y a los argentinos no nos va mucho mejor, porque también nuestra sociedad está crónicamente dividida, situación que fue, ha sido y es el caldo de cultivo ideal del populismo vernáculo.

La gran mentira

17 jueves Ene 2019

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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No hace muchos alguien me decía que si el futuro no nos plantea una esperanza estamos perdidos y, a decir verdad, la percepción que tenemos del futuro hoy se reduce a una amenaza. En efecto, vislumbramos un futuro amenazante donde todo irá a peor, al menos en lo que afecta a las mayorías. Esta situación se ve reforzada porque detectamos dificultades vitales en capas sociales que hoy se sienten injustamente castigadas por el sistema imperante. Las clases medias están empobreciéndose a la vez que pierden derechos. Y cuando esto se va extendiendo surge un lógico interrogante: ¿cuál será la capacidad de aguante de esa población?

Uno puede referirse a la clase media desde una concepción sociológica o desde una visión economicista. Algunos hacen diferenciaciones dentro de esta clase, que van desde la clase media alta hasta la clase media baja. En fin, los límites cada día se ensanchan más, pues, éste es un segmento de población cada vez más impreciso, de claroscuros, cuyos límites estarían dados por los ricos en un extremo, y los pobres y los excluidos en el otro. Lo cierto es que este segmento de la población es el que da cierta estabilidad social y que en gran parte facilita la gobernabilidad. Se trata de una zona central de distribución de la renta, que tiene capacidad de gasto, de ahorro, de endeudamiento, y que por sobre todas las cosas consume. Dicen los entendidos que cuanto más progresivo es el sistema impositivo y más generosos son los programas de prestaciones, mayor es el peso de la clase media. Todo esto se desarrolla en sociedades con un sistema capitalista y, hablar de sus orígenes históricos para mí es incierto, más allá de lo que sostienen los manuales. El capitalismo sin duda ha permitido buena parte del progreso actual y del ascenso social, pero que como algunos de sus críticos sostienen también ha sido el gran hipnotizador de las masas e incluso ha revelado ser cruel e inhumano con los débiles. Sus teorías se han entrecruzado con las teorías darwinistas, y las historias que ha protagonizado son terribles e indignas. Hoy se habla de neoliberalismo, un producto de la revolución conservadora liderada en su momento por Margaret Tatcher y Ronald Reagan, dos políticos que hicieron de la mentira un culto. El contrato social que se había establecido en los años de postguerra, con sus más y sus menos, pero que tuvo cierta efectividad, comenzó a modificarse en los años 70 y principios de los 80, profundizándose cada vez más hasta llegar a nuestros días. Su instrumentación ha sido perversa, y esta gran mentira liderada por estos personajes siniestros fue seguida por no pocas élites políticas y sobre todo económicas. Ellas se encargaron de combatir el control político del capitalismo instaurado en el New Deal norteamericano y el Welfare State europeo, con tal éxito que convencieron a las masas que se trataba de un “proceso inevitable”, había que aceptarlo, mansamente, y ver cómo cada uno se las arreglaba para subsistir con sus respectivas familias. Una invitación a cultivar un individualismo extremo y olvidarse de cualquier aventura altruista, al fin de cuentas mucha gente entendió que se trataba del sálvese quien pueda.

Recuerdo que nos decían que era necesario desregular los mercados, eliminar las fronteras, flexibilizar las relaciones laborales y, los que perdiesen el trabajo no debían inquietarse ya que tenían la oportunidad de conseguir otro empleo previa reingeniería laboral (…) Pero todo fue una gran estafa y lo curioso es que algunas élites o think tank siguen repitiendo descaradamente este credo, y aquellos medios que participan de este cinismo les conceden un amplio espacio. Así surgió la cultura de la globalización que apuntaba a convertir el mundo en un gran mercado, pues, se terminaba el proteccionismo tan perjudicial para el libre comercio, desaparecían o se debilitaban las facultades autonómicas, soberanas y regulativas de los Estado-Nación, todas las empresas estatales se privatizaban porque además de generar excesivos gastos eran ineficientes, siendo el resultado final la concentración de la riqueza en una pocas manos. Esto continúa sucediendo y explica sin ambages el malestar globalizado actual que ya no logra tornarse invisible, pese a los esfuerzos maniqueos de ciertos expertos.

La historia revela que la mentira cuando está bien orquestada tiene largo alcance, pero en algún momento se deshace. Millones de personas se sintieron atraídas por estas teorías que eran expuestas por hábiles mercenarios del discurso, algunos con brillantes méritos académicos, y lo curioso es que pese a que esas teorías iban contra sus propios intereses, esas mismas personas al descubrir nuevos estilo de vida quisieron imitar el tren de vida que llevaban ciertas élites, sin darse cuenta que la meta era inalcanzable. En el ambiente fluía el ser “realista”, “pragmático”, deshacerse de todo lo que fuese un obstáculo para la dinámica de esta nueva aventura, comenzando por el credo de los valores universales. En cuanto a la gente de principios, defensora de estos valores, era gente soñadora, idealista, que solo estorbaba. Mientras los mercados profundizaban el consumismo conseguían ampliar la brecha de ganancias de manera inimaginable. Pero hacer negocio, en la práctica (no en el discurso), era sacar ventaja de los otros, incluso recurriendo a ardides. Había que comprar barato y vender caro, no importaba el recurso al que se apelase, de allí que la ganancia fuese en una sola dirección, aunque se dijese lo contrario, y se burlaba el principio de que ambas partes debían ganar. Nunca antes la especulación tuvo tantas oportunidades, nunca antes la economía fue tan desvirtuada por las finanzas al punto que asistimos al surgimiento de una desembozada crematística. Por eso, al amparo de esta ideología, la explotación de hombres y mujeres es cada vez mayor y ayuda a alimentar la tragedia planetaria.

Creo que hoy todos estamos preocupados por el dinero, y también ocupados en ver cómo lo ganamos, pero no por codicia o avaricia, sino porque buscamos tener una vida digna, sin mayores sobresaltos. En fin, no me parece demasiado ambicioso que la gente pretenda tener trabajo, una casa confortable, y disponer de recursos económicos para los estudios de sus hijos, la cobertura de salud, darse algunos pequeños gustos en familia, y hasta gozar de unas merecidas vacaciones. No vislumbro que en estas aspiraciones se persigan lujos superfluos o se alimenten ambiciones desmedidas.

Sabemos que las grandes corporaciones padecen de adicción al dinero y al poder, nada las detiene, y si en el horizonte aparecen obstáculos saben muy bien cómo sortearlos. La globalización capitalista o el capitalismo global siempre despreciaron al sistema democrático, pues, sus intereses corporativos están por encima de los intereses de la sociedad. Daría la impresión de que la voluntad de los votantes ya no cuenta, tampoco el esfuerzo que hace el contribuyente de a pie para mantener el sistema. Mientras tanto la ideología que impera en política es la del oportunismo.

No es posible que para que unos gocen de ciertos derechos denominados “universales” haya que privar a otros de esos mismos derechos, esto es una contradicción. La última gran crisis, la del 2008, causó un daño inimaginable en vastos sectores de distintas sociedades. Y claro, siempre que existe una crisis hay quien se perjudica y quien se beneficia. En este caso y como suele suceder, se perjudicaron los más débiles, es decir, millones y millones de seres humanos, mientras las grandes empresas aprovecharon para incrementar sus ganancias y los bancos a punto de quebrar fueron rescatados con los dineros públicos.

Un amigo me dijo que dijo que la gente no está dispuesta a asumir riesgos para defender una causa ética o social, ya que se privilegia la protección de la familia, el trabajo, el negocio. Estimo que tiene razón, pero yo me preguntaba si podíamos hablar de una ética del capitalismo, de una ética de la globalización, de una ética del multiculturalismo o de las migraciones. Parecería ser que la búsqueda de una moral universal resulta ser una quimera y la preocupación por los valores aflora de tanto en tanto. Podemos discutir en qué consiste la felicidad (aquí me apartaré de los antiguos griegos), y cada uno podrá dar sus opiniones, pero de lo que estoy seguro es que no depende de conceptos abstractos. Para mucha gente la felicidad está en su realización personal, en disfrutar de su familia, así como de su trabajo y de la sociedad en que convive. Los pobres no logran cumplir su sueño de emprendimiento porque para ellos la igualdad de oportunidades no existe, es más, para el sistema son una carga y se los ignora.

Hemos llegado a un punto de quiebre, por cierto peligroso, sobre todo porque quienes están sacando ventajas de esta situación son los ahora llamados populistas que con sus mentiras nos traen los fantasmas del pasado. El Siglo XX fue decepcionante y se cobró miles de millones de víctimas. Sócrates dejó establecido la importancia de formular las preguntas. El Siglo XXI todavía no ha encontrado la forma de hacer las preguntas correctas, antes de esbozar cualquier solución.

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