Cuando vivía en el viejo continente, en los años setenta, pude ver de cerca el Welfare State, creado a partir del New Deal y de las experiencias europeas vividas después de la guerra. El panorama era muy diferente del actual. Yo pensaba que en América Latina debíamos seguir ese modelo, ya que la concepción o la mentalidad del Estado de Bienestar nos remitía a la obligación que tiene éste de procurar el bienestar económico y social de los ciudadanos, respetando los principios de igualdad de oportunidades, distribución equitativa de la riqueza, e incluso la responsabilidad pública de garantizar un mínimo de subsistencia. En ese marco o contexto había un importante sistema de seguridad social, me consta, y se pretendía una redistribución de la renta a través de los impuestos que no clausurase las esperanzas de los que menos tenían, como sucede con el sistema de globalización, cuya falta de humanitarismo es un horror.
Hoy por hoy presidentes, primeros ministros, reyes y ministros de economía, tratan de convencernos que los ajustes económicos son inevitables para salir de la crisis, una crisis que nadie sabe quién la produjo. Se trata de una política de duros recortes, que se lleva por delante vidas y esperanzas. Estos dirigentes sostienen que un futuro próspero exige austeridad en la atención de la salud, la educación, la seguridad social. Claro que la austeridad a ellos no les llega, bástenos reparar que no modifican su estilo de vida ni siquiera para dar el ejemplo, de allí el cinismo del discurso. Lo acuciante es que cada vez hay menos empleos, en consecuencia más desocupados, y muchos de los nuevos empleos se hallan al margen de la dignidad laboral y solo sirven para la confección de estadísticas con fines políticos. Generaciones de jóvenes con un futuro sombrío, sin importar la capacitación que posean. Clases medias que vivirán con menos confort. Una crisis que también involucró la cultura y el arte. Los jóvenes de mi generación depositábamos buena parte de nuestras esperanzas en el Estado, pese a ser muy críticos con los vicios del mismo. Recuerdo que se discutía con pasión acerca de si la educación debía ser estatal o privada, laica o religiosa, así como otros temas ideológicos que continúan siendo actuales. También se hablaba de crisis energética, de tercer mundo, de anticolonialismo, de movimientos de liberación, de Guerra Fría, entre varios tópicos que por momentos resultaban agobiantes. Había un entorno de situación muy problemático que lógicamente daba pie a encendidas discusiones, donde no faltaba cierta dosis de romanticismo, mientras algunos nos deleitábamos oyendo a Charles Aznavour cantar La Bohème, et nous vivions de l´air du temps.
La sociedad occidental llegó a creer en el dogma de un progreso material y moral que no se detendría jamás y, hoy tiene que enfrentarse con los límites del modelo que ella misma creó (o aceptó) así como padecer las consecuencias. Las vanguardias de principios del siglo pasado temieron que esto sucediese, no se equivocaron, pero nada pudieron hacer para evitarlo.
La Modernidad no sólo trajo una fuerte dosis de romanticismo e irracionalidad, también aportó un profundo sentido individualista -por momentos casi autista-, así como otros ingredientes: atomización social, contractualismo, regulación abusiva, utilitarismo extremo, hiperespeculación, y, finalmente, nos sumergió en un relativismo cuando no en un inevitable nihilismo. La intelectualidad de nuestros días tiene que montar su discurso ateniéndose al panorama que ofrecen estas incómodas notas, que algunos intelectuales parecen ignorar. A ello debemos sumarle que la gente es bombardeada las 24 horas del día por mensajes poco serios, tendenciosos, y salta a la vista que no hay mayores reparos en apelar a la mentira si ésta resulta conveniente. El lenguaje político se atiene a lo que George Orwell sostuvo, es decir, procurar que las mentiras parezcan verdaderas y, no hay duda de que desde el poder se puede mentir gratuitamente. Como si esto fuera poco, en el corazón de la sociedad se ha instalado una cultura del comentario, al igual que del slogan, y no existe vocación por atenerse a la verificación de los hechos. La estrategia, muy antigua, la usaban los emperadores romanos, con el objetivo de que la gente no piense y, en esta cultura eslogámica y del comentario, se invoca con énfasis y no sin orgullo, la defensa de los valores de Occidente, como si se tratase de una nueva cruzada. Yo me pregunto de qué valores hablamos. Es evidente que el cinismo de estos sofistas no conoce fronteras.
El estado de crisis es una constante del mundo moderno, sin embargo en casi todos los períodos de la historia acontecieron crisis. Mi generación quiso cambiar el mundo, pues, a principios de los 70 la posibilidad de un cambio radical parecía probable y, hasta se creyó en la sublevación armada como el instrumento necesario para el cambio social. El poder, con gran habilidad, logró abortar estos intentos y no titubeó en hacerlo de la manera más brutal y sanguinaria. Luego vino cierto inmovilismo, así como una tendencia por recluirse en proyectos individuales. Las generaciones actuales viven una realidad diferente pero también revelan disconformidad con las condiciones de vida, no aceptan el sistema que nos rige porque intuyen que está lleno de trampas, cuestionan la globalización imperialista, critican el capitalismo salvaje, claro que más allá de esas críticas que comparto, me parece que el problema reside en que todavía no hallaron una alternativa explicitable por la cual luchar. Entre el lucro desenfrenado y la inclusión social, los que detentan el poder nunca dudaron en inclinarse por el primero. Es evidente que no están dispuestos al cambio, a lo sumo pueden ceder mínimamente para afianzar el engaño, o tal vez hacer alguna concesión por razones de fuerza mayor, y siempre procuran apelar a cierta cosmética para serenar los ánimos porque en el fondo le temen al humor social. Daría la impresión que estos “señores” pretenden que retornemos a la pobreza y la estratificación social que se daban en la época victoriana, tan bien recreada en las obras de Charles Dickens, o que nos retrotraigamos a ciertas condiciones de vida propias del Medioevo. En forma paralela a la concentración de dinero que es una concentración de poder destinado al sometimiento, se suceden hechos que al tomar estado público ponen al descubierto la obscenidad, situación que en otro tiempo y contexto hubiera despertado una profunda vergüenza, pero también la vergüenza sería cosa del pasado. Los corruptos hoy actúan desembozadamente, no les preocupa que sus trampas sean reveladas, son inmunes a los estrados judiciales y, en última instancia la condena de la gente no deja de ser inefectiva. Por otra parte, yo me pregunto, hasta qué punto las masas están dispuestas a combatir la corrupción.
Este es un juego donde está presente la teoría del hecho consumado. En efecto, cierran una fábrica donde trabajan quinientos operarios y quedan a la deriva quinientas familias, esa es una situación fáctica que jamás se revierte. Esas personas ya no son elementos activos del tejido social, no forman parte del sistema, y no se sabe qué hacer con ellas, para peor ahora las redes de contención social son laxas cuando no inexistentes. El Estado revela una profunda incompetencia, quisiera trasladar esas familias al medio del desierto, lejos de la mirada del hombre de la calle. La sociedad tampoco da mayores muestras de altruismo. Además, la sociedad ya tiene sus problemas con los altos impuestos y otras dificultades en la lucha por la vida, percibe que esas familias son una pesada carga, en consecuencia los sujetos activos protestan frente a tantas obligaciones y, en todo caso, que sea el Estado –al que suelen ver como una entelequia- quien se haga cargo de las mismas. Pero el Estado de Bienestar hace décadas que está en franca retirada, es más, su certificado de defunción lo firmó el neoliberalismo globalizador que terminó domesticando a los gobiernos.