• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: septiembre 2013

El Estado de Bienestar ya pertenece al pasado

25 miércoles Sep 2013

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando vivía en el viejo continente, en los años setenta, pude ver de cerca el Welfare State, creado a partir del New Deal y de las experiencias europeas vividas después de la guerra. El panorama era muy diferente del actual. Yo pensaba que en América Latina debíamos seguir ese modelo, ya que la concepción o la mentalidad del Estado de Bienestar nos remitía a la obligación que tiene éste de procurar el bienestar económico y social de los ciudadanos, respetando los principios de igualdad de oportunidades, distribución equitativa de la riqueza, e incluso la responsabilidad pública de garantizar un mínimo de subsistencia. En ese marco o contexto había un importante sistema de seguridad social, me consta, y se pretendía una redistribución de la renta a través de los impuestos que no clausurase las esperanzas de los que menos tenían, como sucede con el sistema de globalización, cuya falta de humanitarismo es un  horror.

Hoy por hoy presidentes, primeros ministros, reyes y ministros de economía, tratan de convencernos que los ajustes económicos son inevitables para salir de la crisis, una crisis que nadie sabe quién la produjo. Se trata de una política de duros recortes, que se lleva por delante vidas y esperanzas. Estos dirigentes sostienen que un futuro próspero exige austeridad en la atención de la salud, la educación, la seguridad social. Claro que la austeridad a ellos no les llega, bástenos reparar que no modifican su estilo de vida ni siquiera para dar el ejemplo, de allí el cinismo del discurso. Lo acuciante es que cada vez hay menos empleos, en consecuencia más desocupados, y muchos de los nuevos empleos se hallan al margen de la dignidad laboral y solo sirven para la confección de estadísticas con fines políticos. Generaciones de jóvenes con un futuro sombrío, sin importar la capacitación que posean. Clases medias que vivirán con menos confort. Una crisis que también involucró la cultura y el arte. Los jóvenes de mi generación depositábamos buena parte de nuestras esperanzas en el Estado, pese a ser muy críticos con los vicios del mismo.  Recuerdo que se discutía con pasión acerca de si la educación debía ser estatal o privada, laica o religiosa, así como otros temas ideológicos que continúan siendo actuales. También se hablaba de crisis energética, de tercer mundo, de anticolonialismo, de movimientos de liberación, de Guerra Fría, entre varios tópicos que por momentos resultaban agobiantes. Había un entorno de situación muy problemático que lógicamente daba pie a encendidas discusiones, donde no faltaba cierta dosis de romanticismo, mientras algunos nos deleitábamos oyendo a Charles Aznavour cantar La Bohème, et nous vivions de l´air du temps.

La sociedad occidental llegó a creer en el dogma de un progreso material y moral que no se detendría jamás y, hoy tiene que enfrentarse con los límites del modelo que ella misma creó (o aceptó) así como padecer las consecuencias. Las vanguardias de principios del siglo pasado temieron que esto sucediese, no se equivocaron, pero nada pudieron hacer para evitarlo.

La Modernidad no sólo trajo una fuerte dosis de romanticismo e irracionalidad, también aportó un profundo sentido individualista -por momentos casi autista-, así como otros ingredientes: atomización social, contractualismo, regulación abusiva,  utilitarismo extremo, hiperespeculación, y, finalmente, nos sumergió en un relativismo cuando no en un inevitable nihilismo. La intelectualidad de nuestros días tiene que montar su discurso ateniéndose al panorama que ofrecen estas incómodas notas, que algunos intelectuales parecen ignorar. A ello debemos sumarle que la gente es bombardeada  las 24 horas del día  por mensajes poco serios, tendenciosos, y salta a la vista que no hay mayores reparos  en apelar a la mentira si ésta resulta conveniente. El lenguaje político se atiene a lo que George Orwell sostuvo, es decir, procurar que las mentiras parezcan verdaderas y, no hay duda de que desde el poder se puede mentir gratuitamente. Como si esto fuera poco, en el corazón de la sociedad se ha instalado una cultura del comentario, al igual que del slogan, y no existe vocación por atenerse a la verificación de los hechos. La estrategia, muy antigua, la usaban los emperadores romanos, con el objetivo de que la gente no piense y, en esta cultura eslogámica y del comentario, se invoca con énfasis y no sin orgullo, la defensa de los valores de Occidente, como si se tratase de una nueva cruzada. Yo me pregunto de qué valores hablamos. Es evidente que el cinismo de estos sofistas no conoce fronteras.

El estado de crisis es una constante del mundo moderno, sin embargo en casi todos los períodos de la historia acontecieron crisis. Mi generación quiso cambiar el mundo, pues, a principios de los 70 la posibilidad de un cambio radical parecía probable y, hasta se creyó en la sublevación armada como el instrumento necesario para el cambio social. El poder, con gran habilidad, logró abortar estos intentos y no titubeó en hacerlo de la manera más brutal y sanguinaria. Luego vino cierto inmovilismo, así como una tendencia por recluirse en proyectos individuales. Las generaciones actuales viven una realidad diferente pero también revelan disconformidad con las condiciones de vida, no aceptan el sistema que nos rige porque intuyen que está lleno de trampas, cuestionan la globalización imperialista, critican el capitalismo salvaje, claro que más allá de esas críticas que comparto, me parece que el problema reside en que todavía no hallaron una alternativa explicitable por la cual luchar. Entre el lucro desenfrenado y la inclusión social, los que detentan el poder nunca dudaron en inclinarse por el primero. Es evidente que no están dispuestos al cambio, a lo sumo pueden ceder mínimamente para afianzar el engaño, o tal vez hacer alguna concesión por razones de fuerza mayor, y siempre procuran apelar a cierta cosmética para serenar los ánimos porque en el fondo le temen al humor social. Daría la impresión que estos “señores” pretenden que retornemos a la pobreza y la estratificación social que se daban en la época victoriana, tan bien recreada en las obras de Charles Dickens, o que nos retrotraigamos a ciertas condiciones de vida propias del Medioevo. En forma paralela a la concentración de dinero que es una concentración de poder destinado al sometimiento, se suceden hechos que al tomar estado público ponen al descubierto la obscenidad, situación que en otro tiempo y contexto hubiera despertado una profunda vergüenza, pero también la vergüenza sería cosa del pasado. Los corruptos hoy actúan desembozadamente, no les preocupa que sus trampas sean reveladas, son inmunes a los estrados judiciales y, en última instancia la condena de la gente no deja de ser inefectiva. Por otra parte, yo me pregunto, hasta qué punto las masas están dispuestas a combatir la corrupción.

Este es un juego donde está presente la teoría del hecho consumado. En efecto, cierran una fábrica donde trabajan quinientos operarios y quedan a la deriva quinientas familias, esa es una situación fáctica que jamás se revierte. Esas personas ya no son elementos activos del tejido social, no forman parte del sistema, y no se sabe qué hacer con ellas, para peor ahora las redes de contención social son laxas cuando no inexistentes. El Estado revela una profunda incompetencia, quisiera trasladar esas familias al medio del desierto, lejos de la mirada del hombre de la calle. La sociedad tampoco da mayores muestras de altruismo. Además, la sociedad ya tiene sus problemas con los altos impuestos y otras dificultades en la lucha por la vida, percibe que esas familias son una pesada carga, en consecuencia los sujetos activos protestan frente a tantas obligaciones y, en todo caso, que sea el Estado –al que suelen ver como una entelequia- quien se haga cargo de las mismas. Pero el Estado de Bienestar hace décadas que está en franca retirada, es más, su certificado de defunción lo firmó el neoliberalismo globalizador que terminó domesticando a los gobiernos.

Aquella moral de los 70

10 martes Sep 2013

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los jóvenes que no han vivido la década del 70 ignoran mucho de lo que entonces sucedió, sin embargo el tema les despierta un vivo interés, me consta. Cesare Pavese decía que aquellos problemas que agitan a una generación desaparecen en la siguiente, y no porque se los haya resuelto sino porque el interés general prescinde de ellos. Es probable que tuviese razón. Mara, mi mujer, se molesta conmigo cuando hago referencia a ciertos hechos de esos años. En realidad, hablar de ellos es volver a decir lo que ya se ha dicho de tantas formas, incluso lo que se ha visto y oído en tantas imágenes y versiones. Pero, cómo domesticar el pasado. Yo pertenezco a la generación “derrotada”, como algunos la bautizaron, otros la llamaron la generación “militante”, a pesar de que muchos nunca militamos en partidos políticos ni en movimientos radicalizados, sin embargo ello no era obstáculo para que tuviésemos opinión formada. La repetición tiende a reforzar la memoria y, la memoria no es más que la vida, por eso cuando perdemos la memoria dejamos de ser lo que éramos. Me sorprende la gente que olvida el daño que ocasionó un gobernante, sus turbios negocios, las promesas incumplidas, su conducta abyecta, y en la siguiente elección vuelve a votarlo hasta con entusiasmo, exculpándolo de sus responsabilidades políticas e históricas. Tampoco deja de sorprenderme la gente de mi edad que al evocar esos años de la Argentina signada por el terror dice: yo no sabía nada de lo que pasaba, para mí todo estaba bien (…)
En mi generación no faltaron las ideas ni las lecturas, se pretendía luchar contra la opresión y las desigualdades, a la vez que se vislumbraba un proyecto social y político que buscaba un cambio radical, al extremo que muchos creyeron en la revolución con un fervor cuasi religioso. Es frecuente que entre nosotros surjan interpretaciones contradictorias, es natural, y que en los textos oficiales las realidades y las ficciones se entrecrucen con la finalidad de imponer un relato apócrifo, como si las deudas y los ocultamientos pudiesen sepultarse por decreto.
Las consecuencias del Mayo del 68 fueron inmediatas, en los 70 cobró fuerza la liberación sexual, la búsqueda de placeres como una escapatoria, el misticismo, el terrorismo político, entre otros fenómenos que escandalizaban a los custodios de la moral. Muchos jóvenes universitarios teníamos una visión utópica de esta rebelión. Pier Paolo Pasolini, al enterarse del choque entre los estudiantes y la policía francesa simpatizó con los últimos, y aclaraba que los policías eran hijos de pobres y los estudiantes hijos de papá. En el semanario L´Espresso dijo que odiaba a los estudiantes como a sus padres, a quienes acusaba de ausencia de compromiso y de practicar un fascismo de izquierda. Creo que en ese momento se pusieron de manifiesto y de manera peculiar las mezquindades de la vida, las grietas entre los hombres y las mujeres así como entre las clases sociales, y también los mecanismos brutales del poder. La sumisión y la crueldad, al igual que la bondad y todos los tipos de amor, no sólo el de las “parejas normales”, comenzaron a tornarse visibles, como si de pronto quedase al descubierto lo que se ocultó durante tanto tiempo. La consigna juvenil era revelarse contra la disciplina, el discurso religioso, la presión ejercida por el hecho de pensar diferente, en otras palabras, la rebelión era contra el autoritarismo del sistema. Frente a la argumentación de la caída, del pecado original y la perversión, hubo autores que trataron de tornar más humano el discurso. No hay duda que la piedra angular de la moral religiosa siempre pasó por el sexo. La práctica del amor libre, las relaciones extramaritales, el preservativo, la píldora anticonceptiva, así como la igualdad de los sexos abrieron fuertes debates que aún continúan.
En aquellos años de Guerra Fría se vivía un anticomunismo que rayaba con la paranoia. Hoy ha sido sustituido por el terrorismo islámico. Yo tenía la impresión que en el país había pocos comunistas, y los que estaban identificados no me parecían peligrosos, pero pecaban por leer a Marx y Engel y tenían esa particular visión de la sociedad, la política y el mundo que podía ser irritante para los cultores de la intolerancia. Claro que aquí existía el “delito ideológico”, y esto sí era muy peligroso. Mucho antes de que aparecieran las organizaciones guerrilleras ya se hablaba de los enemigos de la Patria: comunistas, socialdemócratas o liberales, judíos, masones, católicos tercermundistas, agnósticos, también en algún momento fueron considerados enemigos de la Patria los peronistas o los radicales, y por supuesto los banqueros, para quienes la patria siempre estuvo donde se halla el dinero. En este clima de profundo malestar social retornaban al escenario político los militares que, según decían, debían intervenir muy a pesar suyo. Hubo intelectuales convencidos de la necesidad de torcer el curso de la historia y la consigna matar o morir terminó imponiéndose. La derecha liberal aceptó que se estaba ante un “estado de excepción” que justificaba la represión ilegal, es decir, era legítimo incurrir en cualquier barbaridad.
Cuando Perón retornó al país en el 73, ese mismo día si mal no recuerdo, me sorprendió Borges, quien en La Prensa dijo que prefería una dictadura ilustrada antes que una dictadura chabacana y populachera (…) A pesar de mi juventud e inexperiencia, ya advertía que en la Argentina el consentimiento de las mayorías a través del voto siempre fue interpretado como un cheque en blanco, pues, el tema fue, ha sido y es el poder, no la democracia. También era evidente, en toda la región, el surgimiento de un marketing del miedo y las amenazas, cuyo objetivo era crear un contexto de inseguridad para poder gobernar de manera discrecional. En esa mise in scene uno podía ver a algunos jefes represores concurrir con sus familias los domingos a misa de once y, estoy seguro que se reclinaban en los confesionarios no para reconocer las malas acciones y pedir perdón, sino para que otros los observaran y creyesen que eran devotos. No faltaban los papanatas que repetían el slogan: «somos derechos y humanos».
Eran años de contracultura, existencialismo, psicoanálisis (a Buenos Aires se la consideraba la capital mundial), y estaban de moda el ocultismo, los horóscopos, el hippismo, la civilización oriental, la antisiquiatría, y numerosos movimientos que criticaban el orden establecido. En el aire flotaba un perfume a anarquismo y el espíritu de la época era profundamente contestatario. Recuerdo que Laing y Cooper tenían criterios muy próximos al cinismo filosófico y cuestionaban severamente a la familia del enfermo mental. Se hablaba de “modelo psicodélico” y de la cultura del LSD. Las interpretaciones bullían: el líder revolucionario era un inadaptado al medio que luchaba contra el padre, la policía se justificaba por la necesidad de castigar a las masas, el capitalismo se consolidaba por la estructura sádico-anal de sus hombres. Un autor denunciaba el pacto entre freudianos y marxistas en psiquiatría. Y alguien llegó a sugerir que la esquizofrenia había nacido como entidad de una disputa entre franceses y alemanes, quienes luchaban por ver quien patentaba mejor la misma.
En el 75 Foucault publicó Vigilar y castigar, donde describía la complicidad entre todas las instituciones que ejercen un poder disciplinario, como la fábrica, el cuartel, la escuela, el hospital. Foucault sostenía que todas ellas aparecieron en el mismo momento, se parecen entre sí, y ejercen un poder que se aviene a la imagen clásica del poder. La resistencia contra ellas y la disidencia moral fue criminalizada como reformista.
En el mundo de la cultura el eclecticismo era mal visto, ya que podía ser cualquier cosa menos real, según sus críticos. No eran tiempos de posiciones tibias. La moral pública asumía su rostro más adusto, pretendía sancionar a quienes cuestionaban el statu quo, y no eran pocos los que practicaban en la intimidad aquello que condenaban en público. En fin, a la rebelión juvenil le sobraban argumentos. Pero cuando alguien me pregunta qué fue lo que fracaso, mi respuesta siempre es la misma: fracasó la estrategia.

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