Cualquier observador atento verificará que todavía hay gente que tiene “conciencia moral”, pero también están los que nunca la tuvieron o simplemente la desactivaron porque les resultaba un estorbo para sus propósitos diabólicos y crueles. Asimismo no faltan los que en un momento crucial de la vida se les activa: ”tomé conciencia de la situación”; en hora buena.
Hoy por hoy estamos viviendo un nuevo clima de época, muy distinto no solo al del Siglo XX, sino al que vivíamos ayer no más, antes de la pandemia. Los que ya somos viejos no podemos evitar hacer comparaciones con tiempos pasados, por más que procuremos no caer en el anacronismo, es inevitable, sería como negar la experiencia que nos ha permitido llegar hasta aquí, con aciertos y errores, falacias y ficciones.
Freud, médico y gran escritor, a través del inconsciente (que ya lo habrían descubierto los antiguos griegos) logró inspirar a numerosos movimientos culturales del siglo pasado. Breton y Soupault, siendo muy jóvenes, dieron paso a la escritura automática, cuya rapidez y sin pretensión alguna de estética, tenía por objetivo principal alcanzar el inconsciente. El surrealismo fue mucho más que literatura, pues, llegó al arte y a la “oratoria” (el automatismo hablado), también a la fotografía, y se expandió por todos los recovecos de la creatividad, y como alguien ha dicho (no recuerdo quien) dándole legitimidad a la improvisación, a la desapropiación, incluso al concepto de que todas las creaciones de alguna manera son colectivas. Es más, he leído que el fenómeno tuvo por marco de época al espiritismo que estaba en auge, llegando a ocupar el escritor el lugar del médium. Es posible.
El tema es que en nuestros días nos imponen la inteligencia artificial con la imagen de un fenómeno arrollador, definida fundamentalmente por la velocidad, y mediante machine learning se pueden producir canciones, poesías, cuentos, fotografías, en fin, daría la impresión que se puede producir cualquier cosa que logre hacer el ser humano.
Hoy la concentración de cultura en muchos casos va ligada a la concentración de dinero, y por supuesto de poder, de la mano de las grandes corporaciones que en la década pasada ya eran unas 50, además de las plataformas y las redes sociales. En efecto, estamos viviendo una vida híbrida (física y virtual). Alguien señalaba con acierto que se busca el “secuestro de la atención”, y que nuestra vida, es, una serie de series (perfil). También es posible.
Pero ahora se suma la simbiosis entre la inteligencia artificial y la biología (inteligencia artificial organoide). Se cultivan células cerebrales in vitro para transformarlas en células madre y a partir de esa muestra estar en condiciones de reproducir una parte del cerebro humano, que se complementaría a distancia mediante una conexión con una batería de organoides al procesador de la PC… Repararemos en todo lo que nos ha permitido hacer el uso de la electricidad. Un querido compañero de Academia, ya fallecido hace varios años, en su crítica a los médicos jóvenes me decía: “son médicos de 220 voltios, si se corta la luz no saben qué hacer…“ No es tan así, pero en el fondo él defendía la formación semiológica y el pensamiento clínico, pilares indiscutidos, actualmente tan vapuleados en la formación de no pocos médicos. De todas maneras, uno tiene la impresión que se ha esfumado la “conciencia de límite”.
Un amigo me preguntó qué piensan los intelectuales de esta situación y, qué pienso yo, pues, él me considera un intelectual. Ante todo, el tema resulta muy complejo, no se puede dar una opinión al pasar como muchos hacen o como hacemos en una charla de café.
En primer lugar hay que preguntarse si los “intelectuales verdaderos” desaparecieron, porque los que los medios presentan como intelectuales en su gran mayoría no lo son. Durante la pandemia los expertos pasaron por intelectuales, ahora son los economistas, los politólogos y ciertos comentaristas y comentadores de cualquier tema. Pero ser intelectual es muy diferente. Desde mi punto de vista y, como lo he expresado en mi libro ¡Mueran los Intelectuales!, sostengo que intelectuales siempre hubo, aunque el término como tal en la antigüedad no existiera, porque es propio de la modernidad.
A nadie le pagan por ser intelectual, ya que éste vive de su profesión, donde es frecuente que haya alcanzado prestigio y, se toma una especie de licencia o permiso para convertirse en un observador crítico de la realidad social, interviene en el campo cultural, es testigo de su tiempo y procura detectar los cruces entre el poder y la verdad.
Noam Chomsky piensa que el intelectual no le debe hablar al poder sobre la verdad, éste la conoce y está ocupado en ocultarla, sino que debe hablarle al ciudadano.
La misión es descorrer los velos de la realidad, nadando a menudo contra corriente o caminando por la cornisa. El compromiso no es con la ideología como habitualmente se sostiene, sino con la verdad, lo lleve ésta donde lo lleve. El sentimiento de hierro del intelectual (para utilizar una expresión propia de la esgrima), es profundamente humanitario, de allí que autoconvocado participe de las causas humanitarias más disímiles, sobre todo de aquellas donde se verifican las fragilidades sociales y no hay voces que las representen, por eso presta su voz, asumiendo la responsabilidad de su discurso. Y convengamos que se necesita coraje.
Cultivar el intelecto a uno no lo convierte en intelectual, a menos que adopte el metier del “observador social” y esté dispuesto a cuestionar a los que enmascaran la verdad. Por otro lado, si se trata de una figura popular, dos peligros acechan: el poder que procura seducirlo para convertirlo en un cortesano, y las ideologías que como tales tienen un sesgo y le restan visión de imparcialidad. El intelectual tiene un pie en su biblioteca que es su gabinete de trabajo, y el otro en la calle para tomar contacto directo con la realidad; posee mucha gimnasia para leer entrelíneas, analizar y reflexionar, y por eso debe ayudar a pensar sin limitaciones. Pero cuidado, no es asunto que piense por los demás, sería un error, tampoco que se ubique en un plano superior creyéndose que es la conciencia universal. El intelectual debe asumir una tesitura humilde y confiable, hablando con claridad y precisión para que todos le entiendan y así despertar no pocas conciencias. Esto explica por qué el poder si no logra someter al intelectual lo combate.
Hoy existe una disociación entre la tecnología y la ciencia, pese que hasta no hace mucho hablábamos de “tecnociencia”, como si ambas disciplinas tuviesen una íntima relación y mutua dependencia. Eso quedó atrás con la pandemia de Covid-19. En efecto, muchos idolatran la tecnología y aborrecen la ciencia. Están los que creen que la técnica terminará por sustituir al hombre y los que creen que la ciencia descubrirá todos los misterios del universo. No me canso de repetir que creer es más fácil que pensar. Pues bien, pienso que no sucederá ni lo uno ni lo otro, porque ambas son creaciones del ser humano y deben estar al ser vicio de la humanidad dentro de un contexto ético. Pero lamentablemente hemos retrocedido en muchos aspectos y ya hay signos alarmantes de barbarie.
Como sostengo en mi libro, la perspectiva de todo intelectual es alcanzar un mundo mejor, justo y equitativo, para algunos que sea virtuoso, para otros que sea correcto, de allí el apego a los principios y valores, sin importar que el intelectual se declare optimista, agnóstico, creyente, nihilista o anarquista.
En los años 30 Unamuno manifestaba no tener interés en la ciencia (lo de España era la mística), y en los 50 Jean Paul Sartre sostenía también su desinterés. Hoy estos intelectuales no pensarían lo mismo, porque el Siglo XXI les obligaría a tener en cuenta a la ciencia y a la tecnología, no podrían ignorar los puentes entre las culturas.
Han resurgido los nacionalismos con el pretexto de recobrar sueños del pasado (que fueron pesadillas) o paraísos perdidos que nunca existieron. Antony Beevor, un intelectual dedicado a la historia de la guerra, dice que en el futuro las guerras serán entre las democracias y las autocracias, pero en mi opinión son muchos los problemas de fondo en que no existe el mínimo interés por solucionarlos, más allá de la forma de gobierno que se adopte. Bástenos un par de ejemplos: el alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos sostiene que el “derecho a la alimentación” está amenazado por el cambio climático, instó a los Estados a tomar medidas urgentes y a los tribunales de todo el mundo a exigir responsabilidades. Reparemos que esta tendencia pone en riesgo de padecer hambre hasta a 80 millones de seres humanos más a mediados de este siglo, cifra que se sumaría a los 828 millones de personas que pasaron hambre en 2021. Otro ejemplo sensible es cuando la industria farmacéutica resulta demasiado poderosa y, como dice Michael J. Sandel, de la Universidad de Harvard, en su libro “El descontento democrático”, esta industria obstruye la reforma de la sanidad y pone énfasis en las protecciones a largo plazo de las patentes con la intención de prohibir la fabricación de vacunas y medicamentos genéricos, incluso en plena pandemia… Podría seguir con los ejemplos, pero si mal no recuerdo, T. S. Elliot decía que el ser humano no puede soportar mucha realidad…
En nuestros días el colonialismo tradicional (dominación militar, política y religiosa sobre el territorio, sus recursos y la población nativa) ha sido en muchos casos sustituido por el “colonialismo de los datos”, es decir, el negocio del manejo de los datos personales que antes controlaba el propio individuo. En este negocio, donde a menudo se emplea la metáfora, “Los datos son el nuevo petróleo”, o se menciona la “minería de datos”, las materias primas para este trabajo insalubre provienen de África, Asia y Latinoamérica, y los residuos tóxicos van a parar a regiones pobres del sur del planeta.
En fin, en todas partes uno ve mucho fuego de artificio con sus efectos visuales y acústicos. Pienso que habría que reducir la velocidad para mirar con detenimiento lo que nos rodea. Está claro que falta equidad, justicia e inclusión, y que los Derechos Humanos son manipulados por intereses geopolíticos.
De todas maneras, hay intelectuales que son clave en el cultura de un país, pero son poco conocidos (no están en los medios), excepto por un círculo de lectores donde suele haber miembros altamente calificados en lo intelectual. La falta de información acerca de su importancia puede ser un déficit, aunque para algunos se convierte en casi una virtud.