En estos días he leído varios artículos periodísticos y alguno filosófico donde hablan de la “supervivencia”. La RAE recomienda usar la palabra “supervivencia” y no “sobrevivencia”. El problema, a mi entender, estaría en la preposición, ya que “sobre” significa encima, y “super” quiere decir de alto grado o muy bueno. Cuando usamos el verbo “sobrevivir” hacemos alusión a seguir existiendo luego de un suceso o tras la desaparición de algo. A diferencia del verbo, el sustantivo derivado de “supervivencia” (acción de sobrevivir) habría triunfado frente a “sobrevivencia”. Pues bien, aquí haré referencia a sobrevivir en las actuales condiciones luego de los graves sucesos y de las numerosas pérdidas sufridas en la Argentina.
Me referiré a la necesidad de subsistir o mantener la vida, es decir, seguir viviendo pese a todo lo malo acontecido y sin tener que perder la dignidad y, no es algo menor en un país donde las crisis se suceden una tras otra, como en una cinta sin fin. En efecto, desde hace décadas la Argentina es un laboratorio social donde se prueban fórmulas que terminan dejando tendales de seres humanos, sin que nadie jamás asuma la responsabilidad, bástenos el duro período de la dictadura militar o el neoliberalismo de los años 90 con el espejismo de la convertibilidad y la corrupción estructural, antesala indubitable de la crisis de 2001.
Los que vivimos el mes de diciembre de 2001 y padecimos sus consecuencias en años ulteriores, advertimos cómo 20 años después no logramos superar la situación de base. Muchos lamentablemente ya no están, otros perdieron la memoria, y no faltan los que prefieren no recordar… Por otro lado, hoy existe una generación que no vivió esa época pero que tiene el derecho de preguntar: ¿qué pasó?
Cuando comienzo a hablar del tema con los jóvenes, las vivencias, aquello que pude ver y de lo que fui testigo cuando no protagonista, siento que no me alcanza el tiempo material para evocar lo vivido. Es más, en alguna oportunidad me sugirieron que escribiese un libro sobre ese período, pero ya lo han hecho algunos con bastante precisión porque se han atenido a la verdad de los hechos. Otros, en cambio, han alimentado el relato con inexactitudes, muy peligrosas cuando llegan a esa juventud que no vivió los acontecimientos y que puede caer en una intoxicación ideológica. En fin, canallas siempre los hubo y los habrá. En la Argentina los cambios en el humor social se promueven a través de formadores de opinión o “gestores de la opinión pública”, es decir, intelectuales, políticos, economistas, periodistas, que defienden ideas a contrapelo de la realidad, mientras tanto aguardan la llegada de vientos favorables. Los comisarios de la cultura difunden noticias falsas a la vez que censuran las críticas, y también compran influencias. Esta tarea desde hace años se verifica en universidades, escuelas de periodismo, institutos del profesorado, medios de comunicación adictos o comprados y, el colmo de esta canallada la materializan algunas maestras y profesores con mente talibana que no respetan la niñez ni la adolescencia. Está claro que para ellos la meta es adoctrinar, no educar.
De todas maneras, el clima de época del 2000, los problemas de identidad, la larga historia de fracasos sociales, los mitos y algunos hechos perfectamente documentados están en mi libro: “La Espera de la Esperanza” de 2002. Ensayo presentado en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional donde uno de los comentadores, mi colega Miguel J. C. de Asúa, calificó de verdadero tour de forcé, e hizo mención del período sombrío que estábamos viviendo: “Todos hemos sido sacudidos, estamos siendo sacudidos por lo que sucede y los más débiles son los que más sufren. Hambre, desocupación, miseria, violencia infame, corrupción descarada: tantos males que corremos el peligro de anestesiarnos”.
Tengo muy presente los días 19 y 20 de diciembre de aquel año, los cacerolazos, la desobediencia civil ante el estado de sitio, los saqueos orquestados por aquellos que buscaban generar el caos para hacerse del poder, las numerosas víctimas de la represión policial, la desesperación de la gente que sentía que no solo le habían robado sus depósitos sino también el futuro. Un caos que no surgió espontáneamente, se preparó con mucho tiempo, y una de las tantas pruebas fueron los 358 camiones de caudales completamente llenos de dólares que llegaban al Aeropuerto de Ezeiza desde el mes anterior rumbo al exterior (otro hecho que quedó en el limbo de la justicia) , así como el tráfico de influencias, la información privilegiada que anticipaba el famoso corralito, finalmente la apropiación indebida de los ahorros de la gente que en incontables casos fue causa de depresión, miseria y hasta suicidio.
La ira popular contra el establishment estaba plenamente justificada, no era para menos, pero esa ira fue manipulada por los oportunistas de la política y de los negocios non sanctos que crearon una historia apócrifa que hoy siguen como zombis millones de argentinos, logrando dividir una sociedad ya maltrecha. En efecto, las protestas, los saqueos y los muertos dejaron una marca imborrable al menos en los que somos memoriosos. Los responsables no se detuvieron ni siquiera frente a la proximidad del abismo, ya que siguieron privilegiando sus negocios en desmedro del ciudadano de a pie y, esto parecería ser una historia sin fin.
El impacto de aquella crisis fue mayor que todas las anteriores. Entonces el clamor de la multitud pedía que se vayan todos, pero nadie se fue (excepto el presidente que lo fueron), se reinventaron o se hicieron los desentendidos y apelaron a la inocencia, y hoy siguen participando del juego de las puertas giratorias. En efecto, están como si nada malo hubiera sucedido, al extremo que son partícipes desvergonzados en los tejes y manejes de la cosa pública. Para colmo los medios los convocan para que opinen con su “palabra autorizada”, hagan sus diagnósticos, vaticinen el futuro, de allí que los medios también tienen su cuota de responsabilidad en este desastre.
Claro que los que pedían que se fueran todos no proponían con quien reemplazarlos. Y creo que ese fue, ha sido y es el gran problema. Pero qué hacer cuando los gobiernos y las oposiciones no dan la medida o no están a la altura de las circunstancias, cuando todos los poderes del Estado revelan alta ineficiencia, y cuando amplios sectores de la población, por cierto nada virtuosa, se muestran desinteresados por el porvenir del país y el futuro de los jóvenes. Una juventud que según información reciente, el 58% de los mayores de 25 años terminó la secundaria, un 51 % de los hijos de las familias más ricas asisten a la universidad y apenas el 2% de los hijos de las familias más pobres tienen ese privilegio, mientras políticos y sindicalistas de la educación no se cansan de hablar de igualdad, de cuestionar el mérito, y sobre todo fomentar la incultura.
Las estrategias y directrices de formación de los jóvenes no pueden estar en manos del mercado, que se especializa en hacer negocios y no en la pedagogía. Los métodos de enseñanza-aprendizaje son importantes, pero más importante es que los jóvenes aprendan con el método que sea, en tanto éste no vulnere la dignidad. Tenemos una educación que se viene deteriorando aceleradamente desde hace décadas en paralelo con una debacle cultural y un sistema de salud que hace agua por los cuatro costados.
La indiferencia de los ciudadanos facilita que la corrupción se imponga, pues, se usa el dinero de los contribuyentes en provecho propio, afectando la calidad de vida y comprometiendo el futuro. Son recursos que en vez de destinarse a la lucha contra el hambre y la inseguridad, la educación, la salud y otras áreas vitales, van a parar a manos privadas, empresas fantasmas o paraísos fiscales. Un amigo dice que éste es el país de las oportunidades, pero de los malos ejemplos.
La Argentina se ha convertido gracias a su dirigencia en una zona de alto riesgo y muchos se preguntan cómo estar preparados para sobrevivir. Lamentablemente no dispongo de fórmula alguna y no tengo un manual de sobrevivencia, como sí lo hay cuando uno se encuentra perdido en la selva o debe hacer frente a los fenómenos devastadores que actualmente ocasiona el cambio climático.
Mi generación creyó en el estudio y el trabajo, en el esfuerzo y el sacrificio, en la satisfacción del mérito propio y en las responsabilidades de los propios actos. Quienes nos enseñaban tenían prestigio y reconocimiento social. El hijo del profesional universitario coincidía con el hijo del obrero tanto en la escuela y como en la universidad. Los jóvenes de entonces podían elegir una profesión o un oficio, y el trabajo era valorado, no implicaba un castigo de clase, una explotación o esclavitud, si bien es cierto que abusos no faltaban. Entonces era importante hacerse de un curriculum vitae para poder progresar laboralmente. El que tenía un prontuario era mal visto, no inspiraba confianza por sus antecedentes delictivos, pero hoy puede aspirar a los cargos más altos en el Estado. Así estamos. En fin, no me gustan los pesimistas de regla ni los pronósticos apocalípticos, pero si algo está claro es que el país es un enfermo crónico con pronóstico reservado.