• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: junio 2021

Los intelectuales, entre la pandemia y el abismo III

11 viernes Jun 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Gianni Vattimo no cree en el progreso, sostiene que tendemos hacia una sociedad dominada por unos pocos y, se autodefine pesimista, un pesimismo que según él se acentuaría con la vejez. Vattimo, uno de los impulsores de la postmodernidad, sostenía hace varios años que entrábamos a una “Babel informativa” y se abría un camino a la tolerancia de la diversidad. También pensaba que a través de la postmodernidad y el pensamiento débil en este escenario multimedia, surgía un nuevo esquema de valores y de relaciones, yo añadiría inédito. Vattimo fue eurodiputado y se define como un “comunista hermenéutico”, alejado tanto del estalinismo como del comunismo chino. Y cree que la gran responsabilidad actual de los pensadores es repensar lo que significa el mundo, comprender la vida como valor así como la responsabilidad que tenemos con lo humano.

Vattimo no cree en la ontología liberal del libre mercado fundada en Adam Smith, pero sí en una cierta forma de comunismo. La economía por su parte buscaría establecer una argumentación para explicar el mundo, pero de ninguna manera es una ciencia exacta.

La clave de nuestra esperanza estaría en la irrupción de una nueva dialéctica. Él habla de la “hermenéutica de la indignación” y piensa que pequeñas revueltas pueden llegar a ser formas útiles de protesta ya que una revolución a nivel mundial hoy no parece posible. Reconoce que los conservadores son muy realistas, con exactitud perciben aquello que hace peligrar su poder. Asevera que nos estamos enfrentando a un límite. En efecto, en él como en muchos de nosotros ya está presente y funcionando la conciencia de límite.

Daniel Feierstein, para explicar esta realidad pandémica y sus consecuencias enuncia dos derrotas parciales y articuladas: la primera es la del “principio precautorio” (evitar daños medioambientales irreversibles, actuando con cautela ante la falta de datos) y el valor de la salud de la población por sobre la ganancia empresarial, y la segunda es la derrota del papel del Estado como articulador de los intereses colectivos. Considera que para mejorar en el cumplimiento normativo, la batalla se libra en tres planos: cognitivo, emocional y ético-moral. Coincido con él en que asumir las derrotas sirve para intentar revertir lo que sucedió en el primer año de la pandemia. Feierstein propone imaginar la existencia de otros modos de vida, de otras opciones que no impliquen resignarse a la ley del más fuerte o quizá del más cruel. Considera a la “mano invisible del mercado” como algo ineluctable y que determina nuestro destino.

Daniel Innerarity asegura que, los que menos aprenden son aquellos que dan lecciones y, querer tener siempre razón no se compatibiliza con el aprendizaje. Me viene a la memoria Quevedo cuando sostenía lo peligroso que es tener razón en un ámbito donde hay poca justicia.

Innerarity refiriéndose a la crisis pandémica, hace hincapié en lo lamentable que es limitar las libertades: “Saber lo que vamos a aprender tras una crisis es imposible; si ya lo sabemos, no necesitamos aprenderlo; y si lo vamos a aprender es que ahora no lo sabemos”. Estoy de acuerdo, y me remito a Confucio cuando sostenía que el saber consiste en admitir como saber lo que se sabe y como no saber lo que no se sabe.

Innerarity considera que en esta época de gran volatilidad existe una creciente fragilidad social que nos somete a tensiones y, en este contexto la implosión del capitalismo puede ser un deseo o tal vez un ejercicio. Él dice que frente a cualquier crisis que sea grave, “se forma un coro de los que sabían cuando nadie sabía y saben ahora cuando todavía no sabemos”.

Lo cierto es que esta crisis estructural es permanente y la sensación de estabilidad no deja de ser una apariencia. Él propone fortalecer las instituciones trans-nacionales y promover la inteligencia cooperativa. Asimismo ensaya una defensa de la política, señalando que en los males de la democracia surgen dos grupos: los que culpabilizan a los representantes y los que le echan la culpa a los electores. Por eso en la democracia son fundamentales las instituciones que se mueven entre la confianza y la desconfianza, aunque no tengo dudas de que predomina la desconfianza. Todos sabemos que los mejores no llegan al poder y que hoy la gente reclama ser oída por sus representantes (quienes le arrebatan el voto para luego incurrir en traición), también es evidente que la gente quiere participar y exige transparencia. Es cierto que algunos problemas son específicos, muy complejos y no están al alcance de las mayorías, entonces aparecen los expertos en esos temas. Pero uno de los grandes problemas sigue siendo la corrupción, para lo cual Innerarity piensa que no se trata de poner en las instituciones a gente incorruptible sino en dificultar la corrupción con todos los mecanismos necesarios de control. Está claro, siempre sostuve que lo que genera confianza en un país es la forma en que se combate la corrupción, ya que a mayor tolerancia de ésta existe mayor degradación moral en el Estado y en la sociedad.

La discusión entre la cultura analógica y la cultura digital está instalada desde el siglo pasado, y con la pandemia el mundo digital dio el gran salto. Daniel Miller cree que con el Smartphone llegamos a expresar nuestra propia personalidad, así como nuestros intereses y valores; que cuando en una reunión atendemos el teléfono y somos absorbidos ya nos fuimos, a eso lo llama “muerte de la proximidad”; incluso cuando perdemos el celular (o lo que es mucho más frecuente, nos lo arrebatan en la calle), somos como los homeless. El celular ha cambiado las relaciones con los amigos, el trabajo, y hasta modificó la naturaleza de la familia. Más allá de las ventajas, Miller advierte con razón que estamos perdiendo algo de la lógica de la conversación. Y para colmo el coronavirus nos hizo perder la presencialidad, el cara a cara, además de los abrazos, los besos y el darnos la mano, en una palabra, nos arrebató el contacto físico y creo que para las mayorías (me incluyo) se perdió una forma de vincularse que resulta insustituible, vital, propia de la existencia humana. La telefonía celular se ha impuesto como parte de nuestra cultura, pues, nos brinda múltiples oportunidades, al punto que, como sostiene Miller, no podemos conducir un automóvil sin GPS, programar las vacaciones o averiguar de algún síntoma si no lo buscamos en Google.

En lo que atañe al concepto de “redes sociales”, Miller apunta que ese concepto no se aviene al individualismo como muchos sostienen insistentemente. Lo cierto es que con pandemia o sin pandemia todos queremos tener vínculos, compartir cosas que hacen a nuestra naturaleza y, nos ponemos contentos cuando aparecen muchos “me gusta” y nos frustramos cuando nos ignoran olímpicamente. Algunos para intentar patear el tablero publican una noticia escandalosa, muchas veces no verificable, o llegan a revelar algo de su vida íntima que despierte el voyeurismo. Ante diferentes noticias, informes o planteos, los usuarios de Internet suelen reaccionar de manera binaria, es decir, a favor o en contra. Por otra parte, así como en estos tiempos se ha intensificado el cuidado de las personas y la vigilancia, se advierte que lo que para unos es cuidado, para otros no es más que vigilancia y espionaje personal. En fin, surge la “diferencia cultural”, ya que frente a una misma tecnología los efectos pueden ser muy diferentes. Está bien que los gobiernos busquen información para saber qué es lo que pasa en la sociedad y tomar decisiones, algo que bien podemos calificar de legítimo, pero a menudo la información que recogen está destinada al control social con fines políticos, y eso ya es criticable e ilegítimo.

Miller también hace referencia del bullyng, un fenómeno que siempre existió, lo recuerdo por haberlo padecido como tantos niños en alguna ocasión, pero antes solo sucedía en el patio de la escuela y cuando los chicos se iban a su casa desaparecía. Pues bien, ahora con Internet, se convirtió en un fenómeno permanente, el odio persiste y, el peligro es que ocurre todo el tiempo. En efecto, ese sentimiento que forma parte del abanico de las pasiones humanas, termina por envenenar el alma y, en lo colectivo promueve daños monstruosos e irreparables, bástenos las guerras, los asesinatos por limpieza étnica, los genocidios. Ni siquiera el coronavirus logró establecer un paréntesis en esta lógica del odio cuyos promotores sin duda están severamente enfermos.

Procusto, personaje de la mitología griega que era hijo de Poseidón, tenía una posada y ningún viajero que allí pernoctaba coincidía con la medida de la cama; mientras dormían los ataba al lecho y amordazaba, a algunos les serruchaba las extremidades para acortarlos, a otros los descoyuntaba hasta estirarlos; su poder de terror terminó cuando Teseo le impuso su propia medicina. En fin, el Síndrome de Procusto en medicina consiste en la intolerancia extrema al individuo diferente, pero también actitudes procoustianas son el escoger datos científicos o estadísticas serias para que mediante la manipulación se acomoden a una teoría, o que las personas se adapten a los objetos y no al revés, o incluso establecer un estándar al que todos deben ajustarse en una suerte de igualitarismo procoustiano imposible de alcanzar.

Los intelectuales, entre la pandemia y el abismo II

02 miércoles Jun 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Jacques Attali piensa que la vida antes nos condujo a la catástrofe actual y por eso no podemos volver a ella. En la pandemia de gripe H1N1, que la recuerdo muy bien por haberla vivido como médico de hospital, él como tantos otros advertíamos sobre la posibilidad de nuevas pandemias, pero la política circula por otro carril.

Es cierto que mucha gente tomó conciencia de los peligros del clima y, ahora con la pandemia toma conciencia de la higiene. Attali dice que hoy no se quiere ver la realidad, existe una mentira generalizada en todas partes, pues los líderes se equivocaron y cayeron en el grotesco al repetir que lo hicieron bien y que reaccionaron de manera adecuada, cuando todos sabemos que no fue ni es así.

La vida anterior no tenía ninguna preparación para hacer frente a riesgos como esta pandemia, y eso fácilmente se pudo comprobar. Hoy se sigue contaminando y creando las condiciones para un nuevo desastre climático y no hay una inversión fuerte que esté destinada a la investigación e innovación. Por eso Attali opina, con razón, que resulta delirante la industria textil como la petrolera, la automovilística o la del plástico, y pronosticar nuevas catástrofes no me parece aventurado. Hasta que apareció la pandemia no pocos negaban la muerte, una abstracción que condujo a no invertir en salud, menos en las generaciones futuras. De allí que yo me pregunte: ¿De qué altruismo hablamos? ¿Acaso eso es solidaridad?

Jean-Luc Nancy, por su parte, cree que diversos temas definen lo humano, como sucede con la realidad social, la economía, la tecnología, las enfermedades por caso el Covid-19, la muerte, el sexo y el arte. Y menciona los límites de la civilización actual, al extremo que existiría (el modo potencial es mío), la posibilidad de que la vida humana este llegando a su fin, aunque aclara que es un proceso que llevará siglos. Claro, esto bien podría explicar que a ciertos líderes les importe un comino el futuro, ya que cuando llegue ellos no existirán… Nancy fundamenta esta hipótesis en que existe conocimiento suficiente para afirmar que el sistema solar, dentro del cual está la vida en el planeta tierra, llegará a su fin. Y más allá del coronavirus, se pregunta de qué enfermedad es víctima la sociedad actual. Muy buena pregunta. Sostiene que desde hace varios años la civilización está llegando a su fin y vaticina que la futura civilización transformará la metafísica al no necesitar a un dios que le dé sentido, además deberá examinarse nuestro actual sistema de valores, pues, somos tan iguales como indiferentes, y, dependemos del dinero.

Nuestra civilización siempre tuvo un modelo de narrativa del mundo y, desde hace un tiempo, Dios habría muerto según Nietzsche. Por eso se debería concebir la idea de una civilización, una sociedad, carente de principios… Pero un hecho importante es la circulación de verdades individuales y opiniones que pretenden ser equivalentes a la información, y esto revela la irrupción de lo viral. En efecto, reparemos que desde hace años entre nosotros se habla de “viralizar la información”.

Nancy establece los ámbitos de la filosofía y la política, ya que la política se basaría en el cálculo de lo posible mientras que la filosofía a menudo está más allá de lo posible. Rousseau fue el gran pensador de la democracia pero lo aislaron de la política pese a que fue una fuente de inspiración para la Revolución Francesa. Al igual que otros pensadores sostiene lúcidamente: “Si hay algo que nuestra civilización no puede realmente integrar es la muerte”. Para él lo malo de esta civilización es el deseo y la voluntad de producir. Hoy se consume el trabajo de la gente, así como el tiempo y el talento de la gente. El hombre se produce a sí mismo sin darse cuenta en que también deviene un producto. Apoya a Giorgio Agamben cuando critica a una sociedad que entiende a la salud como un bien de consumo. La enfermedad, el infortunio (la vida que se piensa a sí misma y hace sufrir la existencia) y la maldad o el maleficio son las tres formas del mal. Durante el Siglo XIX se impuso la pulsión del progreso y, éste revela una capacidad de maldad para Nancy.

Byung-Chul Han dice que el coronavirus actúa como espejo de nuestra sociedad, ya que refleja la sociedad en que vivimos, donde la supervivencia adquiere carácter absoluto como si se tratase de una guerra. Entiendo que el término “supervivencia”, que reiteradamente menciona en su libro, es incorrecto, tal vez obedezca a la traducción, en realidad debemos hablar de “sobrevivencia”, pienso que a eso se refiere, y en adelante lo sustituiré.

Byung-Chul Han sostiene que la “sociedad paliativa” que hace todo por prolongar la vida, es, la “sociedad de la sobrevivencia”, materializada en la cuarentena con el incrementa del miedo a morir. Menciona la algofobia, que como sabemos es la aversión al dolor, muy común en los ancianos, pero que sin duda cualquier individuo puede experimentar. Claro que obtener placer con el propio dolor o el ajeno ya es una perversión patológica (la algolalgia no es sinónimo de masoquismo). El filósofo coreano-alemán piensa que la algofobia, es, una tanatofobia.

La pandemia con la cantidad de muertes que ocasiona diariamente volvió a tornar visible la muerte, la que se refleja en los medios de comunicación cotidianamente, generando temor cuando no pánico. Es más, la situación actual con respecto a los que fallecen por Covid-19 ha modificado el modelo antropológico de buena muerte que teníamos, dando paso a una muerte deshumanizada, porque los pacientes mueren solos, sin que ningún ser querido les tome la mano o tenga la oportunidad de despedirse, quizá solo bajo la mirada piadosa del personal de salud. Últimamente esta situación está cambiando ya que los servicios introuducen las videollamadas y la presencialidad con ulterior confinamiento, para acompañar al paciente y hasta para la despedida final (muerte digna).

La gente termina por aceptar sin hacer preguntas la restricción tajante de aquellos derechos que son fundamentales. Y el filósofo piensa que bajo ese estado de excepción viral las personas se condicionan voluntariamente a la cuarentena, mientras la virología, que tiene la última palabra, hoy sustituye a la teología: la resurrección es suplantada por la ideología de la salud y la sobrevivencia. En esta narrativa la vida gira en torno a la sobrevivencia.

Es interesante cuando Byung-Chul Han hace referencia del capitalismo, porque advierte que allí no está la narrativa de la vida buena, pues, se acumula capital para huir de la muerte. En esta sociedad donde surge la histeria por sobrevivir, su intelecto dibuja una sociedad de “muertos vivientes”. Y compara la pandemia con el terrorismo, porque en aquellos lugares públicos como los aeropuertos, a todo el mundo se lo trata como si fuese un terrorista, que si bien no porta un chaleco con explosivos, si potencialmente porta un virus.

Para Slavok Zizek la “filosofía estatal” promovería la investigación científica y el progreso técnico, pero por otro lado limitaría cualquier impacto social y simbólico que suponga una amenaza al conjunto teológico-ético. Considera que los más cercanos son los neokantianos y, Kant según Zizek, aborda el problema de garantizar (sin perder de vista a la ciencia de Newton) que la responsabilidad ética quede exenta del alcance de la ciencia, limitando el alcance del saber para crear un espacio de fe y moralidad. Al respecto, Zizek se pregunta cómo limitar a la ciencia su horizonte de sentido, y a la vez denuncia como ilegítimas sus consecuencias ético-religiosas.

Zizek piensa que Habermas se esfuerza desesperadamente en evitar el hundimiento de nuestro orden ético-político establecido y lo llama el filósofo de la re-normalización. La filosofía del futuro sería la integración consumada. Lo contrapone a Sloterdijk quien no teme “pensar peligrosamente”, tampoco cuestionarse los supuestos de la libertad y la dignidad humana, nuestro Estado de Bienestar liberal, entre otras cosas. En fin, sería una orientación del mal siguiendo a Heidegger, porque lo peligroso es el propio pensamiento que tiene que pensar contra sí mismo y rara vez lo puede hacer. En tanto y en cuanto el pensamiento es pensar libremente y “contra sí mismo” desde el pensamiento convencional, es malvado. Zizek cree que es fundamental persistir en esta ambigüedad como la tentación de encontrar una salida fácil a través de alguna “medida adecuada” entre los dos extremos de la normalización y el abismo de la libertad. Se pregunta si en esta disyuntiva debemos escoger un bando, entre “corromper a la juventud” (me recuerda algo muy socrático) o garantizar una estabilidad primordial.

Nosotros vivimos en un mundo capitalista y globalizado donde desafiamos nuestros supuestos más íntimos de una manera más violenta que las especulaciones filosóficas más insensatas, por eso la tarea del filósofo ya no es socavar el edificio simbólico-jerárquico de la estabilidad social sino que los jóvenes perciban los peligros crecientes del orden nihilista que se presenta como el dominio de las nuevas libertades. En esta época ya no hay tradición en qué basar nuestra identidad, no podemos ir más allá de la reproducción hedonista. El nihilismo actual, que él define como, “el reino del oportunismo cínico acompañado de permanente ansiedad”, le legitima como la liberación de las viejas represiones: disponemos de libertad para reinventar nuestra identidad sexual, cambiar de trabajo o de profesión, y nuestra orientación sexual. Todas estas libertades quedan ordenadas por el sistema en que funciona la “libertad consumista”, pues, la posibilidad de escoger y consumir se convierte de manera imperceptible en la obligación de consumir del superego, en psicoanálisis freudiano conciencia moral integrada por el yo ideal (lo que quiero ser) y el ideal del yo (censura e imperativo moral que juzga y determina los propios pensamientos y acciones). Perdón pero no soy psicoanalista, tampoco filósofo. Lo cierto es que para que esto funcione se necesita de la aceleración, porque si se frena somos conscientes de la falta de sentido de todo el movimiento. Este Nuevo Desorden Mundial según Zizek, esta civilización sin mundo que emerge gradualmente, afecta a los jóvenes quienes oscilan entre la intensidad de vivir plenamente (goce sexual, drogas, alcohol, violencia) y el ansia de triunfar (estudiar, ser profesional, ganar dinero). La transgresión permanente hoy se ha convido en norma.

Desde mucho antes de la pandemia veníamos criticando el orden mundial, el sistema imperante y la necesidad de tomar conciencia de que el rumbo era equivocado. En efecto, no podíamos caer en el conformismo por más que a uno le fuese bien, habiendo en el mundo tanta desigualdad, hambre, falta de oportunidades, odio y guerras de todo tenor. Quizá habría que darle razón a Dante cuando decía: “Quien sabe de dolor, todo lo sabe.”

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