Gianni Vattimo no cree en el progreso, sostiene que tendemos hacia una sociedad dominada por unos pocos y, se autodefine pesimista, un pesimismo que según él se acentuaría con la vejez. Vattimo, uno de los impulsores de la postmodernidad, sostenía hace varios años que entrábamos a una “Babel informativa” y se abría un camino a la tolerancia de la diversidad. También pensaba que a través de la postmodernidad y el pensamiento débil en este escenario multimedia, surgía un nuevo esquema de valores y de relaciones, yo añadiría inédito. Vattimo fue eurodiputado y se define como un “comunista hermenéutico”, alejado tanto del estalinismo como del comunismo chino. Y cree que la gran responsabilidad actual de los pensadores es repensar lo que significa el mundo, comprender la vida como valor así como la responsabilidad que tenemos con lo humano.
Vattimo no cree en la ontología liberal del libre mercado fundada en Adam Smith, pero sí en una cierta forma de comunismo. La economía por su parte buscaría establecer una argumentación para explicar el mundo, pero de ninguna manera es una ciencia exacta.
La clave de nuestra esperanza estaría en la irrupción de una nueva dialéctica. Él habla de la “hermenéutica de la indignación” y piensa que pequeñas revueltas pueden llegar a ser formas útiles de protesta ya que una revolución a nivel mundial hoy no parece posible. Reconoce que los conservadores son muy realistas, con exactitud perciben aquello que hace peligrar su poder. Asevera que nos estamos enfrentando a un límite. En efecto, en él como en muchos de nosotros ya está presente y funcionando la conciencia de límite.
Daniel Feierstein, para explicar esta realidad pandémica y sus consecuencias enuncia dos derrotas parciales y articuladas: la primera es la del “principio precautorio” (evitar daños medioambientales irreversibles, actuando con cautela ante la falta de datos) y el valor de la salud de la población por sobre la ganancia empresarial, y la segunda es la derrota del papel del Estado como articulador de los intereses colectivos. Considera que para mejorar en el cumplimiento normativo, la batalla se libra en tres planos: cognitivo, emocional y ético-moral. Coincido con él en que asumir las derrotas sirve para intentar revertir lo que sucedió en el primer año de la pandemia. Feierstein propone imaginar la existencia de otros modos de vida, de otras opciones que no impliquen resignarse a la ley del más fuerte o quizá del más cruel. Considera a la “mano invisible del mercado” como algo ineluctable y que determina nuestro destino.
Daniel Innerarity asegura que, los que menos aprenden son aquellos que dan lecciones y, querer tener siempre razón no se compatibiliza con el aprendizaje. Me viene a la memoria Quevedo cuando sostenía lo peligroso que es tener razón en un ámbito donde hay poca justicia.
Innerarity refiriéndose a la crisis pandémica, hace hincapié en lo lamentable que es limitar las libertades: “Saber lo que vamos a aprender tras una crisis es imposible; si ya lo sabemos, no necesitamos aprenderlo; y si lo vamos a aprender es que ahora no lo sabemos”. Estoy de acuerdo, y me remito a Confucio cuando sostenía que el saber consiste en admitir como saber lo que se sabe y como no saber lo que no se sabe.
Innerarity considera que en esta época de gran volatilidad existe una creciente fragilidad social que nos somete a tensiones y, en este contexto la implosión del capitalismo puede ser un deseo o tal vez un ejercicio. Él dice que frente a cualquier crisis que sea grave, “se forma un coro de los que sabían cuando nadie sabía y saben ahora cuando todavía no sabemos”.
Lo cierto es que esta crisis estructural es permanente y la sensación de estabilidad no deja de ser una apariencia. Él propone fortalecer las instituciones trans-nacionales y promover la inteligencia cooperativa. Asimismo ensaya una defensa de la política, señalando que en los males de la democracia surgen dos grupos: los que culpabilizan a los representantes y los que le echan la culpa a los electores. Por eso en la democracia son fundamentales las instituciones que se mueven entre la confianza y la desconfianza, aunque no tengo dudas de que predomina la desconfianza. Todos sabemos que los mejores no llegan al poder y que hoy la gente reclama ser oída por sus representantes (quienes le arrebatan el voto para luego incurrir en traición), también es evidente que la gente quiere participar y exige transparencia. Es cierto que algunos problemas son específicos, muy complejos y no están al alcance de las mayorías, entonces aparecen los expertos en esos temas. Pero uno de los grandes problemas sigue siendo la corrupción, para lo cual Innerarity piensa que no se trata de poner en las instituciones a gente incorruptible sino en dificultar la corrupción con todos los mecanismos necesarios de control. Está claro, siempre sostuve que lo que genera confianza en un país es la forma en que se combate la corrupción, ya que a mayor tolerancia de ésta existe mayor degradación moral en el Estado y en la sociedad.
La discusión entre la cultura analógica y la cultura digital está instalada desde el siglo pasado, y con la pandemia el mundo digital dio el gran salto. Daniel Miller cree que con el Smartphone llegamos a expresar nuestra propia personalidad, así como nuestros intereses y valores; que cuando en una reunión atendemos el teléfono y somos absorbidos ya nos fuimos, a eso lo llama “muerte de la proximidad”; incluso cuando perdemos el celular (o lo que es mucho más frecuente, nos lo arrebatan en la calle), somos como los homeless. El celular ha cambiado las relaciones con los amigos, el trabajo, y hasta modificó la naturaleza de la familia. Más allá de las ventajas, Miller advierte con razón que estamos perdiendo algo de la lógica de la conversación. Y para colmo el coronavirus nos hizo perder la presencialidad, el cara a cara, además de los abrazos, los besos y el darnos la mano, en una palabra, nos arrebató el contacto físico y creo que para las mayorías (me incluyo) se perdió una forma de vincularse que resulta insustituible, vital, propia de la existencia humana. La telefonía celular se ha impuesto como parte de nuestra cultura, pues, nos brinda múltiples oportunidades, al punto que, como sostiene Miller, no podemos conducir un automóvil sin GPS, programar las vacaciones o averiguar de algún síntoma si no lo buscamos en Google.
En lo que atañe al concepto de “redes sociales”, Miller apunta que ese concepto no se aviene al individualismo como muchos sostienen insistentemente. Lo cierto es que con pandemia o sin pandemia todos queremos tener vínculos, compartir cosas que hacen a nuestra naturaleza y, nos ponemos contentos cuando aparecen muchos “me gusta” y nos frustramos cuando nos ignoran olímpicamente. Algunos para intentar patear el tablero publican una noticia escandalosa, muchas veces no verificable, o llegan a revelar algo de su vida íntima que despierte el voyeurismo. Ante diferentes noticias, informes o planteos, los usuarios de Internet suelen reaccionar de manera binaria, es decir, a favor o en contra. Por otra parte, así como en estos tiempos se ha intensificado el cuidado de las personas y la vigilancia, se advierte que lo que para unos es cuidado, para otros no es más que vigilancia y espionaje personal. En fin, surge la “diferencia cultural”, ya que frente a una misma tecnología los efectos pueden ser muy diferentes. Está bien que los gobiernos busquen información para saber qué es lo que pasa en la sociedad y tomar decisiones, algo que bien podemos calificar de legítimo, pero a menudo la información que recogen está destinada al control social con fines políticos, y eso ya es criticable e ilegítimo.
Miller también hace referencia del bullyng, un fenómeno que siempre existió, lo recuerdo por haberlo padecido como tantos niños en alguna ocasión, pero antes solo sucedía en el patio de la escuela y cuando los chicos se iban a su casa desaparecía. Pues bien, ahora con Internet, se convirtió en un fenómeno permanente, el odio persiste y, el peligro es que ocurre todo el tiempo. En efecto, ese sentimiento que forma parte del abanico de las pasiones humanas, termina por envenenar el alma y, en lo colectivo promueve daños monstruosos e irreparables, bástenos las guerras, los asesinatos por limpieza étnica, los genocidios. Ni siquiera el coronavirus logró establecer un paréntesis en esta lógica del odio cuyos promotores sin duda están severamente enfermos.
Procusto, personaje de la mitología griega que era hijo de Poseidón, tenía una posada y ningún viajero que allí pernoctaba coincidía con la medida de la cama; mientras dormían los ataba al lecho y amordazaba, a algunos les serruchaba las extremidades para acortarlos, a otros los descoyuntaba hasta estirarlos; su poder de terror terminó cuando Teseo le impuso su propia medicina. En fin, el Síndrome de Procusto en medicina consiste en la intolerancia extrema al individuo diferente, pero también actitudes procoustianas son el escoger datos científicos o estadísticas serias para que mediante la manipulación se acomoden a una teoría, o que las personas se adapten a los objetos y no al revés, o incluso establecer un estándar al que todos deben ajustarse en una suerte de igualitarismo procoustiano imposible de alcanzar.