En la vida, lo primero, es, lo primero. En efecto, el sentido común nos indica el orden de las prioridades. No se necesita haber pasado por la universidad o incluso estar alfabetizado, pues, he conocido académicos y expertos que carecen de este sentido.
El presidente Javier Milei, en su campaña hizo una serie de promesas rimbombantes que generaron el apoyo de una amplia mayoría, harta de ser abusada y de soportar los privilegios de una clase política y sus socios que siempre antepusieron sus intereses personales, es más, muchos se jactaron que ante la corrupción la impunidad los protegía.
La ciudadanía esperaba un recorte drástico de los privilegios económicos de la “casta”, aunque no fueran suficientes para arreglar las maltrechas cuentas públicas, pero que fuese un gesto, un símbolo. En efecto, el país necesita que se combata a fondo el mayor mal argentino que es la corrupción, mientras la economía, nudo gordiano del mal humor social y de necesidades existenciales, comience a mejorar. La microeconomía es algo fundamental. Y hasta ahora no fue así, más allá de algunas escenificaciones, la “casta” continúa con sus privilegios y en el Parlamento al ejecutivo le hacen morder el polvo de la realidad. El ajuste económico está, pero es el ciudadano de a pie quien eternamente sigue pagando los platos rotos…
La CGT, por su parte, durante los cuatro años del gobierno anterior enmudeció, a sabiendas que era el gran responsable del actual descalabro financiero, que entre otras cosas gravísimas, produjo la mayor inflación mundial. Rápidamente convocó a los trabajadores (tiene un núcleo duro y descarado), también al pueblo en general para que se manifestara en la calle contra el DNU, la Ley Ómnibus y se sumara al paro general (en cuatro años no hizo un paro pero ahora lo concretó a 45 días de asumir el nuevo ejecutivo). La intención es clara: voltear al gobierno elegido por la mayoría. Desde hace 77 años el sindicalismo responde a un partido político, lo que es ilegítimo, porque entre sus afiliados hay trabajadores con distintas ideas y coloraturas políticas, sin embargo eso no importa, la CGT es peronista, así como la histórica Plaza de Mayo es la Plaza de Perón, y podríamos seguir con las incontables apropiaciones indebidas. Que sus dirigentes permanezcan en el poder desde hace tres, cuatro o más décadas sin reemplazo posible no es casual… Todos sabemos cómo se logra esto, con democracia sindical jamás.
A un presidente le asiste el derecho de tener su ideología política y su credo religioso, pero le pertenece a él, no a los ciudadanos. Y de ninguna manera puede imponerle a la ciudadanía su visión de las cosas. Si pretende imponerla contra el viento y la marea, caerá en la autocracia, tal vez en la dictadura, quizás en la tiranía (hoy está más cerca de Juan Manuel de Rosas que de su admirado Alberdi). Milei se autopercibe como un mesías y aspira ser el faro del capitalismo occidental. En Davos, templo del capitalismo, en vez de mostrar las oportunidades del país para los inversionistas, quiso dar cátedra: “Buena parte de las ideas aceptadas en Occidente son variantes colectivistas, ya sea que se declamen comunistas, fascistas, nazis, socialistas, socialdemócratas, keynesianos, progresistas, populistas, nacionalistas o globalistas. En el fondo no hay diferencias sustantivas, todos sostienen que el Estado debe dirigir la vida de los individuos”. Metió a todos en la misma bolsa… Él no es Moisés. Si cree que es un hombre predestinado por las fuerzas del cielo es su problema, ahora si confunde la mística y la mitología con la política y la gobernanza, es la ciudadanía la que tiene un serio problema. En efecto, las elecciones libres no siempre nos aseguran que habrá una democracia republicana, ya que a veces se eligen dictaduras, pero éste no sería el caso actual de la Argentina. Además no es la primera vez que un presidente no está capacitado para ejercer múltiples y variadas funciones de gobierno, eso se subsana con muy buenos colaboradores y escuchando a los expertos en cada rubro que sepan asesorarlo.
Quienes creen que solo con la “libre empresa” se solucionan los problemas del país revelan una visión acotada de la realidad, un sentido reduccionista de la vida, una actitud profundamente dogmática. Tampoco es una solución achicar el Estado a su mínima expresión (minarquismo). Existen países desarrollados con grandes Estados. Pero lo cierto es que muchos de los integrantes de los tres poderes deberían irse a su casa o ser juzgados por sus faltas. El tamaño del Estado depende de las necesidades concretas del país, y además se necesita que las instituciones estatales sean fortalecidas. No hay un mercado fuerte sin un Estado fuerte.
Milei es un experto en macroeconomía, y no ha dado muestras de otros conocimientos que son fundamentales, dando por sentado verdades que no son tales. Los populistas, que ignoran la escala de los grises, en su megalomanía creen saber de todo y se sienten autorizados para tomar decisiones sin base ni fundamento. Es el caso de Donald Trump, que cada tema que aborda recurre a su muletilla: “nadie sabe más que yo”, cuando su estupidez es garrafal. En fin, la política corre el riesgo de reemplazar viejos vicios por nuevos vicios disfrazados de virtudes.
En Milei su temperamento irascible es un obstáculo para el diálogo abierto y constructivo con aquellos que piensan diferente y a los que necesita para asegurar la gobernabilidad. No tiene el don de la palabra, ni hablada ni escrita. Grita, enciende el ánimo de quienes lo consideran su líder y, cree que eso alcanza para llevarse puesto los contrapoderes que le están demostrando que si quieren son capaces de funcionar. Recientemente una diputada de su agrupación lo calificó de “estadista”, evidentemente esta mujer desconoce el significado del término, es más, no creo que en nuestros días haya en el mundo un presidente o primer ministro que podamos definir como un verdadero estadista.
La historia económica y social de la Argentina es propia de un laboratorio de ensayo. La crisis macroeconómica exige resolver el problema del “déficit fiscal”, y hoy estabilizar la economía resulta muy difícil porque no hay reservas (las despilfarró el gobierno que se fue). He leído que los planes de estabilización de los años 80 (Plan Austral, Plan Primavera) fracasaron porque no consideraban el “ajuste fiscal”, y que el Plan de Convertibilidad de Cavallo se implementó en otras condiciones contextuales. Ahora no hay dinero suficiente y la hiperinflación ya está. Si se llegase a resolver la hiperinflación la dolarización no resultaría necesaria.
Perón en 1946 aprobó 1542 decretos, la Corte Suprema se opuso y la desmanteló mediante juicio político junto al procurador general de la Nación. Menem en los años 90 privatizó cientos de empresas públicas y dejó un reguero de secuelas sociales que hoy padecemos. Ahora los partidarios de ese movimiento dicen que la patria no se vende… Desde ya que estoy de acuerdo en no privatizar aquellas empresas que son estratégicas para el país además de rentables, pero por favor, lean un poco de historia. Es curioso, hacen mención de la historia como si la conocieran y repiten aquellas cosas con las que los adoctrinaron. No se molestan en verificar la información. Cuando se les muestra las evidencias históricas, caen en el más absoluto negacionismo o ven conspiraciones por todos lados. No creen en lo que ven, pero ven lo que creen… En fin, ya sé que un amplio sector de la sociedad no lee y, si lo hace no es con espíritu crítico, o solo lee aquello que refuerza sus convicciones, y piensa que las cosas fueron y son como quieren creer, por eso la tarea de despertar conciencias resulta imposible. La pasión se impone a la evidencia, el dogma al pensamiento crítico, la duda prudente a la opinión tajante, y el monólogo al diálogo esclarecedor.
El actual gobierno cuenta todavía con un gran apoyo de la población y debe evitar defraudarla, pues, todos los gobiernos (legítimos y de facto) otorgaron privilegios sectoriales a grupos de poder económico y político, a la vez que defendieron instituciones deficitarias. El comunismo y el anarcocapitalismo no son más que utopías. Los economistas del gobierno son los encargados de dar las soluciones, y Milei tiene el deber moral de cumplir sus promesas de campaña, al menos las más importantes y urgentes, otras pueden ser importantes pero no son urgentes.