• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: febrero 2018

La mala educación

19 lunes Feb 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde mucho antes de Comenio, aquel checo del Siglo XVII considerado Padre de la Didáctica, sabemos que la educación es un medio fundamental en la formación del ser humano y que es esencial en el progreso de las sociedades, concepto que ha sido tomado como si fuese una verdad absoluta e inmutable. Al punto que no son pocos los que creen que la mayoría de los males del mundo actual se resolverían haciendo que la educación llegue a todos. Pero no es tan simple. Primero debemos preguntarnos de qué educación hablamos, pues, no toda educación es buena o recomendable. Y no he querido hacer alusión al título de la película de Almodóvar, donde está representada un tipo de “mala educación” que hizo época. La educación que se le imparte a un niño en la familia como la instrucción que se le da en la escuela determinan sin duda su conducta como adulto, caso contrario no podríamos explicar la xenofobia, la supremacía blanca y el odio racial, los crímenes por limpieza étnica o religiosa, el antisemitismo, la islamofobia, entre tantas otras calamidades.

Los intelectuales de la Modernidad pertenecen en su gran mayoría a la burguesía. Curiosamente todas las revoluciones nacen de la burguesía. El poder intenta reclutar a los intelectuales o los tienta con aquello que febril e íntimamente desean, es decir, el reconocimiento, el brillo, el dinero, un buen pasar. En lo que hace a la proximidad al proletariado, si se da, suele ser espasmódica. El intelectual hoy surge de la clase media, una clase con la que sucede algo llamativo, pues, los que carecen de recursos y que podríamos catalogar de pobres, dicen pertenecer a la clase media, y los que son ricos también declaran engrosar sus filas. Esta referencia se basa en el concepto tradicional de clase, es decir, el ingreso económico. Según un estudio que acabo de leer en un matutino, el 80% de los argentinos se ven a sí mismos como de clase media, pero de acuerdo al nivel educativo y laboral, sólo el 45% pertenecería a esta clase, mientras que a mediados de los años 70, más del 70%  de la población la integraba. ¡Qué retroceso! Lo cierto es que por ascenso de unos o por descenso de otros, la coartada de nuestros días sería pertenecer a la clase media.

Recuerdo que en los años 60 y 70 se respiraba un clima de profunda crítica, sobre todo entre los jóvenes, fueran estudiantes u obreros, y daba la sensación que los ideales y los valores eran muy fuertes. Estábamos confiados en que podríamos alterar el orden de las cosas, cambiar el mundo, y que nuestras sociedades fuesen más justas. Hasta llegamos a creer que la verdad terminaría imponiéndose en un futuro próximo, pero los seres humanos a menudo confundimos los deseos con la realidad y, ésta  muchas veces no es más que una manera de mirar las cosas. Recuerdo que entonces había autores como Ionesco que sostenía que vivíamos en un infierno total, que todo era ilusorio, y que la felicidad no existía.

En aquella época, Richard Sennett, hijo de un anarquista y de una comunista, estaba en la escuela y el FBI tenía agentes posicionados en el recreo para observar con quien jugaba y, luego iban con los padres de esos chicos para obtener información sobre su madre. Al leer este comentario recordé una anécdota de mi niñez, el hijo de un amigo de mi padre, mayor que yo, comentó entre sus compañeros del secundario que pronto habría una revolución que derrocaría al gobierno. Al día siguiente se presentaron en su casa policías de la Federal y le dijeron al padre que si eso llegaba a ocurrir, vendrían por él y sería el primer encarcelado.

Ian Mc Ewan siempre se consideró un outsider de la cultura británica, siendo joven trabajó unos meses de basurero subido detrás de un camión, y se dio cuenta que entre la gente con que comía el sándwich en los descansos, había un rango de inteligencia igual al que se halla en las universidades. Obviamente había de todo, gente estúpida y gente brillante, pero lo interesante es que esa experiencia de campo le hizo comprender al escritor cómo la suerte y el accidente de nacimiento determinan lo que cada uno es.

La doctrina Monroe duró casi un siglo. Los Estados Unidos no se metían en los problemas de Europa ni tampoco en sus colonias, pero impedían cualquier intervención europea en el continente americano. Durante el segundo mandato de Thomas W. Wilson el aislacionismo se rompió. Logró ser reelecto como presidente bajo el slogan: “He kept us out of war”. Este hijo de pastor presbiteriano mantuvo a su país fuera de la conflagración mundial solo hasta el año siguiente de su reelección y le declaró la guerra a Alemania.  A partir de allí se lanzaron a una política de intervencionismo bélico permanente, dando muestras de rapacidad cuando no de paranoia. Esta política exterior permitió asumir un papel imperial y un permanente estado de belicosidad, porque sin blandir un garrote amenazante no existe ningún imperio. Claro que Wilson antes de político fue presidente de Princeton, hoy una universidad Ivy League, y durante su mandato ningún estudiante afroamericano fue admitido a pesar de que ya las universidades de Harvard y de Yale,  desde hacía décadas, admitían alumnos negros. Tengamos presente que Wilson fue criado en el sur de los Estados Unidos y llegó a escribir sobre “un gran Ku Klux Klan” que procuraba liberar a la gente blanca de aquellos gobiernos sostenidos por la votación de negros ignorantes. Hace poco estudiantes negros cuestionaban a Wilson, no admitían que se continuase con su culto, y exhibían pósters con citas que poco honor le hacen a su figura de estadista, como: “la segregación no es humillante, sino un beneficio y así debería ser considerada” (sic).

Juan Antonio Vallejo-Nájera fue el primer catedrático de psiquiatría que tuvo la universidad española, de quien en los 70 leí su obra más difundida: Locos egregios. Era un eugenista que consideraba al comunismo una enfermedad no hereditaria, pero que se podía prevenir apartando a tiempo los hijos de sus padres. Yo no sé si en la Argentina los militares del Proceso llegaron a leerlo, tengo dudas porque nuestros militares no parecían ser muy afectos a la lectura, pero cumplieron al pie de la letra con su teoría, secuestrando hijos de “subversivos” y entregándolos a familias “bien constituidas”. Los comunistas revelaban inferioridad mental. Los que militaban en las filas del marxismo eran psicópatas antisociales. La perversidad de los regímenes democráticos favorecería el resentimiento y promociona a los fracasados sociales con políticas públicas, a diferencia de los regímenes aristocráticos donde sólo triunfan los mejores. Tenía un concepto peculiar de la mujer, de la que llegó a decir que a ésta se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas (…). Vallejo-Nájera pensaba que para mejorar la raza era necesario militarizar la escuela, la universidad, el taller, el café, el teatro, en fin, todos los ámbitos sociales. Solía decir que en la península había demasiados Sanchos y pocos Quijotes, y estaba convencido de que  era necesario que resurgiese la Santa Inquisición, con la noble misión de perseguir a los que corrompían la “raza española” (los antipatrias, los anticatólicos, los antimilitares). Con este hervidero de ideas, uno llega a entender el calvario que fue la España de Francisco Franco.

El Banco Mundial en su informe sobre el desarrollo mundial 2018, sostiene que hay que aumentar las mediciones y atenerse a la evidencia para impulsar los cambios educativos y, da a entender que escolarización no es lo mismo que  aprendizaje. En efecto, no siempre es la falta de escolaridad sino la insuficiencia de aprendizaje. Los niños y los jóvenes pueden  estar desinteresados, tal vez desalentados, o quizá inmersos en esta cultura del facilismo. Pero no pocos maestros y profesores fueron alcanzados por la burocratización, siendo la vocación una rara avis. La incorporación de la tecnología en el aula no hace magia. Además los padres no pueden estar ausentes en la marcha del proceso educativo por carecer de tiempo o creyendo que con la costosa matrícula que pagan están exentos. En esta crisis educativa la sociedad no es inocente, mucho menos los sindicatos docentes y los políticos. En 1975 terminó la Guerra de Vietnam dejando un país desbastado, sin embargo hoy los estudiantes de 15 años tienen un rendimiento académico similar a los de Alemania. En Corea del Sur en los años 50 finalizó la guerra aunque el estado de tensión bélica continúa; sus altos índices de analfabetismo quedaron atrás y sus estudiantes ocupan los primeros puestos mundiales. No quiero hablar de la educación en  Finlandia o en los otros países nórdicos para no caer en un lugar común.

Jamás cambié de opinión y siempre me mantuve en mis trece

09 viernes Feb 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Dicen que lo que cuenta es la primera impresión, y así es como a veces caemos en el error. Hoy por hoy debemos aceptar que la otrora diosa razón tuvo y tiene sus limitaciones, y que en ocasiones ignoramos los hechos, las evidencias, porque no se adaptan a lo que realmente pensamos. Ese es el quid de la cuestión. Recuerdo que en mi infancia, en algunas fiestas o reuniones familiares, surgía inexorablemente el tema político, y eso generaba una acalorada discusión entre los que eran partidarios del peronismo y los que estaban en su contra. Los hombres discutían, mientras las mujeres se quejaban de que siempre la política terminase agriando los encuentros (quizá debí haber dicho desencuentros). En aquella época, los chicos guardábamos silencio o nos íbamos a otro cuarto a jugar. Yo prefería quedarme prestando atención y, a pesar de mi corta edad, aun recuerdo lo que sostenían unos y otros. Hoy puedo aseverar que todos estaban equivocados. Ya en esa época comencé a desconfiar de ciertas opiniones maniqueas y, con los años terminé adoptando un pensamiento crítico e independiente, motivo por el que jamás pertenecí a ninguna agrupación política o capilla ideológica, me responsabilizo de mis opiniones y me hago cargo de mis decisiones. Como dijo Aristóteles de su maestro, “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad”. Por supuesto que esta posición ante la vida no es gratuita, más mi consciencia no se queja.

Muchos se ufanan proclamando a los cuatro vientos de que jamás cambiaron de opinión, que siempre se mantuvieron en sus trece, como si se tratase de una virtud. Es evidente que cambiar de opinión no tiene buena prensa, se considera una deslealtad, una traición a los principios, sin embargo la vida es un incesante cambio y la realidad puede darnos argumentos para cambiar de opinión. La frase popular de “mantenerse en sus trece”, proviene de Benedicto XIII, un hueso duro de roer, que en medio del Cisma de Occidente y sitiado por tropas francesas, se negó a renunciar al papado, abandonando sucesivamente Aviñón, Nápoles, Barcelona, y finalmente llegó a Peñiscola. Superado el conflicto y habiéndose designado un nuevo Papa, él continuó  en esa ciudad manteniendo una suerte de corte papal. Hoy es uno de los más de 40 antipapas que reconoce la Iglesia.

No siempre la falta de información o el llamado déficit informativo suele ser la principal causa de los males que acontecen en el mundo actual, donde la verdad carece del peso específico que tenía. En efecto, hubo una época en que los políticos se cuidaban mucho de ser puestos en evidencia por decir una mentira, ya que esto los desacreditaba y, en algunos casos la mentira terminó con la carrera política, como sucedió con Richard Nixon que fue el único presidente estadounidense que dimitió a su cargo. Hoy Donald Trump, también del mismo partido, no se inmuta, porque tiene en claro que la verdad no importa y que a sus seguidores debe decirles lo que quieren oír, aquello que les permite llegar a las conclusiones que quieren llegar, en última instancia se está defendiendo una cosmovisión. Los mensajes deben apuntar a lo emocional, no a la razón, y eso lo manejan arteramente los marketineros de la política. Sobre los datos se imponen las ideas preconcebidas, por eso la permanente manipulación. En efecto, el manejo interesado de los datos puede tanto apoyar a una postura optimista como a una tesitura pesimista. El político puede ocultar información relevante y hasta llega a mentir porque sabe que debe privilegiar la repercusión pública del mensaje, aunque éste asiente sobre datos falsos. Por eso lo que importa es el mensaje, y por supuesto el medio. Pero McLuhan sostenía que el medio es el mensaje ya que si el medio cambia el mensaje se distorsiona. Como ser Trump tiene como medio predilecto a Twitter y, prácticamente gobierna a golpes de tuits.

El intelectual no puede sustraerse a la verdad, aunque le resulte incómoda. Claro que puede equivocarse, pero es consciente que para mantener su credibilidad pública debe hacer un culto de la honestidad. Los llamados “intelectuales orgánicos” siempre han existido, y al perder su independencia para mi dejan de ser intelectuales. Una de las máculas imborrables de la segunda mitad del siglo pasado, en plena guerra fría, fue la negación de algunos intelectuales de lo que acontecía en las sociedades comunistas, y no es que no supieran lo que allí pasaba, pero ignoraron las quejas de las víctimas y siguieron con su discurso desde un estamento moral superior. En no pocas oportunidades se impuso la retórica ideológica.

Cuando reparé en el mundo árabe actual no pude dejar de prestarle atención al ginebrino Tariq Ramadán, quien además de ser un “emir”, es un “ulema”, o sea un doctor en la ley musulmana. Soy consciente de que la célebre frase de Baltasar Gracián de habla para que te conozca, no siempre nos permite conocer el alma del hablante. De todas maneras sus opiniones me parecieron interesantes en los días que corren. Ensaya una autocrítica, aunque no puedo aseverar si surge de una posición de honestidad o si se trata de una impostura. Ramadán es nieto del fundador de los Hermanos Musulmanes y tiene en claro que la falta de consciencia política de los árabes no es culpa de Israel, además que los intelectuales árabes carecen de un proyecto social y político. Cita a Mohammed Igbal que en los años 60 decía que los países árabes habían sido colonizados porque eran colonizables. Él cree que la inmigración musulmana en Europa provocará con el tiempo la “necesaria renovación del Islam” y a su vez la “islamización de Europa”. Ramadán opina que la pena de muerte, la lapidación y los castigos corporales exigen una moratoria, y admite la separación de lo espiritual de lo terrenal. También sostiene que el  inmigrante debe hablar el idioma del país, así como conocer las tradiciones, la historia, las instituciones y las leyes de ese país. En lo que atañe al uso del velo, tan problemático en Francia luego de la caída del Muro de Berlín, dice que entre el velo y la falta de escolarización debe priorizarse la educación, tesitura que considero muy pragmática. Por otra parte, no le parece bien que haya escuelas destinadas a los inmigrantes, porque precisamente no son una ayuda para la supuesta integración. Estoy de acuerdo, claro que los problemas de integración que tiene Europa con los inmigrantes nunca se dieron en los Estados Unidos y tampoco en la Argentina, donde los hijos de inmigrantes rápidamente se convierten en estadounidenses o en argentinos.

Ramadán resulta irritante para el poder. Estados Unidos le revocó la visa para ir a enseñar en la Universidad de Notre-Dame, y Zapatero cuando presidía España se negó a recibirlo, además se enfrentó con intelectuales franceses –todos judíos- como Alain Finkielkraut, Bernard-Henry Lévy, André Glucksmann y el ex canciller galo Bernard Kouchner. Hace unos meses estuvo en Buenos Aires discutiendo agriamente con el director de Charlie Hebdo, el semanario satírico francés que lo tiene en la mira. Y días atrás fue arrestado en París, pues, lo han denunciado de practicar acoso y violencia sexual. Sus detractores lo acusan de practicar un doble discurso, moderado en público y fundamentalista cuando se dirige a los musulmanes. En fin, veremos cómo se desenvuelve esta historia.

Francia es un caso curioso, no sabe qué hacer con su pasado, sobre todo con su papel de antigua colonia y su tradición antisemita que pone en cuestión la defensa de los derechos universales. Pasado que alcanza a varios de sus intelectuales de derecha. En el 2011, con motivo del 50º aniversario de la muerte de Luis-Ferdinand Céline intentó homenajearlo y despertó una polémica. El mes pasado Gallimard planeaba publicar Bagatelles pour un massacre, y debió suspender la publicación. Hace unos días procuraron recordar a Charles Maurras, quien llegó a nuclear a lo más excelso de la intelectualidad católica francesa, incluyéndolo en el Libro de las Conmemoraciones Nacionales, pero la decisión de los expertos fue criticada por instituciones judías.  Si algo está claro es que el pasado, es, el pasado, y que la historia no puede reescribirse, en todo caso hay que asumirla, aunque ésta nos duela, irrite o avergüence. Los argentinos también deberíamos tener presente que no podemos seguir falsificando la historia, argumentando que para la “gobernabilidad” no conviene alterar el statu quo. En fin, me viene a la memoria la frase de Terencio, del siglo II antes de Cristo: “Ya no hay nada que decir que no se haya dicho”.

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