Una pregunta clave y urgente que estimo debemos formularnos: ¿qué es lo que nos hace humanos? Desde ya que la respuesta no la hallaremos en el poder, la riqueza o la fama. La conciencia o capacidad de darse cuenta, la tan mentada empatía, la creatividad o imaginación constructiva, la capacidad de adaptarse a la adversidad o resiliencia, así como la búsqueda de significado y propósito, son atributos propios del ser humano, pero no son todas las cualidades de los humanos.
Llegamos a entender si alcanzamos la claridad y nos enteramos de la causa de un hecho. La ignorancia hace que mucha gente tenga un “entendimiento entenebrecido” (lleno de oscuridad) del cual ya hablaba la Biblia, refiriéndose a la persona cuya mente estaba alejada del conocimiento de Dios (entendimiento espiritual). Sin embargo, más allá de las tinieblas, pienso que todos los seres humanos queremos entender qué es lo que nos pasa, y qué sucede a nuestro alrededor, pues existen situaciones contextuales que nos producen un estado de zozobra, de turbación, incluso de incertidumbre por falta de confianza, seguridad o certeza.
El entendimiento es superado por la comprensión del asunto o cuestión. En efecto, llegamos a comprender cuando logramos penetrar o quizás interpretar. Recuerdo que André Malraux, que tuvo una vida muy rica en experiencias, dijo: “Si de veras llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar”. Estoy de acuerdo. Y un tema álgido es la comprensión del dolor ajeno, bástenos el dolor de un padre cuyo hijo recibió una bala en una manifestación, o un niño de Gaza que murió en un bombardeo, o un israelí que fue secuestrado por terroristas, o una joven africana que se ahogó en el Mediterráneo. Cómo no comprender el dolor de ese padre que no halla consuelo.
El valor de una vida no puede depender de la ideología que tenga el ser humano, ni del sexo, el color de la piel o la condición socioeconómica. Confieso que no deja de sorprenderme la Ley cuando estima el valor pecuniario de una vida perdida en un accidente frente a una demanda reparatoria, aunque entiendo que esto sea necesario. ¿Cuánto vale una vida?
Pero volviendo a las cualidades humanas, más allá de los rasgos cognitivos y sociales, no podemos olvidar los rasgos emocionales y la conciencia ética. En el ser humano encontramos el mundo sensible (cambiante, imperfecto, corruptible) y el mundo perfecto que sería el alma, según Platón. Para Kant, la persona no es un medio para lograr algo, es un fin en sí mismo. Y claro, los humanos además de tener capacidad de conocer, también podemos amar.
En estos días he escuchado en los grandes medios a ciertos personajes temerarios dar cátedra de historia sobre lo que aconteció en la Argentina de los años 70, curiosamente cuando ellos aún no habían nacido, incluso alguno emitiendo una versión oficial de los hechos, mientras los que vivimos esos terribles años y podemos dar testimonio de primera mano, solo logramos manifestarnos en pequeños círculos. Me causan indignación los que se presentan como adalides de los derechos humanos y, difunden relatos donde la falta de veracidad y la carencia de ecuanimidad son rasgos patéticos. Del mismo modo aquellos que tienen un negocio anclado en la supuesta defensa de estos derechos. En efecto, la protección de los mismos exige tener los ojos bien abiertos, el izquierdo y el derecho, pues, taparse uno es propio de canallas.
Con la memoria no solo recordamos, también recuperamos información acerca de acontecimientos que vivimos, o que contemporáneamente conocimos a través de terceros, asimismo hechos y sucesos que el paso del tiempo se ha encargado de develar. Una cosa es descorrer los velos de la historia y otra muy diferente montar una farsa.
Los años 70, con los últimos años de los 60 y los primeros de los 80, marcan una historia irresuelta de la Argentina, sujeta a caprichosas reescrituras y reivindicaciones amañadas de uno y otro bando. A veces la historia, que fluctúa entre lo viejo y lo nuevo, es una evocación que solo puede contar el que la vivió… Pues bien, recuerdo que en esa época convivimos al menos tres generaciones muy mal, en medio del horror, el espanto, la diversidad de pensamiento, el ocultamiento de las opiniones y los libros que leíamos, ya que primaba el terrorismo de Estado como reacción al terror de las organizaciones guerrilleras; un verdadero desastre que se cobró incontables vidas, muchas inocentes. Hoy sabemos que los muertos sobreviven y pesan… Estoy harto de ciertas repeticiones simbólicas capaces de contorsionar la realidad. Podría escribir un libro sobre el irrespirable clima de la violencia setentista, los relatos y las vivencias, como me han sugerido, pero no lo haré, aunque en mis crónicas y artículos de opinión, al pasar suelo dejar alguna pista o comentario.
Las memorias, como género literario, tienen la intención de “guardar memoria”, de que el relato permanezca in aeternum, no solo en el texto escrito, también en los distintos medios tecnológicos. Hay textos que son catalogados como novelas u obras de teatro, y sin llegar a ser biografías, son verdaderas memorias. El género memorístico siempre despertó mi curiosidad. Como ser, a mi padre le gustaba leer los seis tomos de las “Memorias de la Segunda Guerra Mundial” de Winston Churchill, mientras yo siendo estudiante universitario, leía “Un hombre que se va” de Eduardo Zamacois, o “El mundo que yo deseo” de Ángel Ossorio y Gallardo, entre otras memorias. Considero que el género memorístico exige una cuota de responsabilidad: transmitirle al lector lo que uno ha vivido, tal como fue, y no como a uno le gustaría. Y quienes exigen toda la verdad, sin omisiones, olvidan que hay secretos que uno se los lleva a la tumba.
Cuando a mi amigo y colega, el profesor Marcos Meeroff, le sugerí que escribiese sus memorias, me respondió con tono destemplado si yo estaba esperando que se muriese… Él siendo alumno participó en Córdoba de la Reforma Universitaria; se declaraba agnóstico pese a ser hijo de rabino y nieto de gran rabino; era marxista y judío, lo que le valió que durante el gobierno de Perón fuese a parar a la Isla Martín García durante cuatro meses; en su momento fue el gastroenterólogo de mayor renombre en el exterior (lo comprobé) y un organizador de la bioética de nuestro medio. Marcos llegó a sufrir el macartismo, al punto que tenía prohibido el ingreso a los Estados Unidos. En fin, nunca quiso comentarme lo que había vivido en prisión, aunque una noche me dijo que esa etapa la recordaba día por día y, al despedirme su esposa me acompañó al vestíbulo para abrir la puerta del edificio, entonces nos cruzamos con Raúl Alfonsín que ingresaba (había dejado la presidencia) y nos saludó con su habitual amabilidad. Además, recuerdo cuando Marcos ya bastante enfermo, me dijo que yo tendría el honor de asistirlo como paciente. Yo consideraba que merecía escribir sus memorias, que sin duda serían jugosas en relatos, como los que solía contarme entre café y café. Creo que al final comenzó a dictarlas, pero ya no había tiempo, su enfermedad se le adelantó.
Algunos amigos me han sugerido que debería escribir mis memorias, por las anécdotas y los hechos que me ha tocado vivir, incluso con gente muy importante que ha pasado a la historia, sin embargo, la idea nunca me gustó. De todas maneras, he decidido que a partir de ahora, desde este blog trataré de contar con más asiduidad estos hechos y sucesos, porque como decía Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”.