• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: junio 2018

La Democracia en la era del Antropoceno II

27 miércoles Jun 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El título de este artículo iba a ser otro, pues, pensaba cambiar de tema, pero dado que el anterior motivó alguna crítica destemplada, he decidido volver sobre mis pasos. Tengo en claro que enfrentarse a las propias ideas, someterse a juicio para probar su validez es difícil, pero en mi caso confieso que es una imposición kantiana. El Antropoceno, como ya dije,  tiene una crítica que discurre fundamentalmente por  el ámbito geológico y  aquí no ha generado comentario alguno, sí ha despertado la ira algunas observaciones y reflexiones que hice sobre la democracia. Antes de proseguir, debo señalar que a lo largo de la historia se han ensayado diferentes modelos de gobierno y ninguno satisfizo o al menos dejó conforme a las “mayorías” (no uso el adjetivo “pensantes” para evitar ser acusado de clasista). No es un hecho casual que tanto Platón como Aristóteles desconfiasen de la democracia, más allá que viviesen en una sociedad esclavista, ya que  advertían que el sistema se prestaba a demasiada manipulación. Nuestros maestros del pensamiento adherían a la sofocracia, que en la práctica distó mucho de ser algo perfecto, claro que Emmanuel Lévinas solía decir que la “perfección” no es una idea, solo se trata de un deseo. Podríamos hacer no pocas disquisiciones sobre los distintos sistemas de gobierno experimentados a través de las épocas, pero con un sentido pragmático, estimo que conviene limitarnos al Siglo XX y a lo que va del actual. Es así como podríamos circunscribirnos a los inicios del siglo pasado, con el arrastre de una fuerte cultura y moral decimonónicas, el período de entreguerras con sus devaneos ideológicos, la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín, y la actual posmodernidad.

La Belle Époque, la Primera Guerra Mundial, el período de entreguerras, revelaron la expansión de los imperios, el auge del capitalismo, la creencia en el progreso tecno-científico como impulsor del bienestar de la humanidad, pero sobre todo estuvieron signados por la irresponsabilidad de las clases dirigentes.  En Europa se dio la lucha entre los fascismos y el llamado mundo libre. Las élites tuvieron una mirada sesgada, priorizaron sus intereses económicos y de poder, por eso los costos sociales fueron altísimos. Con la implementación del nuevo orden surgido de Yalta se inició un período en varios aspectos prometedor, no sin grandes claroscuros. Rescato como hecho positivo el Welfare State, ese Estado de Bienestar, con sus más y sus menos, que fue sin duda la gran conquista social y representó un progreso genuino. Luego vino la globalización neoliberal y las sucesivas crisis políticas, económicas y financieras, en consecuencia ese Estado comenzó a desmontarse, al punto que hoy vivimos el  Estado de Malestar, que castiga duramente a millones de seres humanos en todas las facetas de la vida, incluyendo las necesidades básicas, los expone al dolor de la temporalidad y la precariedad laboral debido a exigencias del mercado, y al final los deja sin ninguna protección social. Una tragedia que priva a las jóvenes generaciones de tener un proyecto, una esperanza de vida, una idea de futuro. Ellos sienten que este mundo los rechaza, no les pertenece. Quizá tengan razón los que estudian las posibilidades de vida humana en otros planetas, al paso que vamos, la tierra será sólo para los elegidos.

La Guerra Fría significó entrar en conflicto pero sin declararse la guerra convencional a través de las armas, y fue la lucha desembozada entre la democracia capitalista occidental y el comunismo. Recuerdo que no había finalizado el bachillerato cuando leí El archipiélago Gulag, de Alexander Solyenitzin, quien en los años 50 había sido condenado a trabajos forzados por sus críticas al régimen soviético. Hace unos años, en Moscú, al pasar por delante del edificio de la antigua KGB, recordé que allí estuvo detenido. Luego de ser expulsado de Rusia, el Nobel de Literatura fue aclamado en las universidades de Occidente. La prensa y la opinión pública lo trataban con afecto, lo comparaban con Dostoievsky y Tolstoi, pero la luna de miel no duró mucho. Las declaraciones de Solyenitzin fueron políticamente incorrectas. En efecto, él manifestó sin pelos en la lengua su desilusión por la vida occidental, no era como suponía, y hasta llegó a criticar sus vicios.  Solyenitzin, a diferencia de otros intelectuales, no se dejó tentar por las comodidades, privilegios y halagos que le ofrecían quienes pretendían utilizarlo con fines propagandísticos, por eso su presencia terminó siendo incómoda a uno y a otro lado de la cortina de hierro. En Occidente estaban más interesados por sus declaraciones políticas que por su meritoria producción literaria. La intelligentsia rusa no lo quería porque Alexander sostenía que ésta no había hablado de las víctimas de la represión totalitaria, convirtiéndose así en parte del sistema.

Libertad y democracia han sido fusionadas en el discurso político, pero conozco gente que defiende a viva voz la libertad y la democracia siempre y cuando no afecten sus intereses privados. Por otra parte, no todo el mundo tiene problemas en vivir bajo un régimen autoritario si a cambio tiene asegurado la cobertura de sus necesidades y alguna que otra comodidad. Esto lo tienen muy claro los impulsores de los regímenes antidemocráticos que se dedican a comprar conciencias.

Hoy existen muchos interesados en destruir la democracia por medio de la confusión y el caos. He leído declaraciones de algunos nostálgicos de la monarquía que aseguran que debemos retornar al sistema monárquico, ya que sería superior y daría una estabilidad que tranquiliza. En fin, creí que estábamos volviendo a las etapas más sombrías de la Edad Media. Pues bien, no hay nada mejor que sembrar la desconfianza en las instituciones del Estado, la Ley, y el espíritu democrático, el que está replegándose mientras crece el autoritarismo trasnochado. Situación que alienta a los grupos chovinistas y xenófobos, mientras la corrupción es el telón de fondo. Como ya señalé, el debate político no pasa de ser puro espectáculo e Internet constituye el ámbito ideal para que la mentira prolifere sin cortapisas. En lo que atañe  a la prensa, que tantos elogios cosechó en el pasado, al punto de ser considerada el cuarto poder, hoy vive el drama de la falta de credibilidad. Pienso que la esperanza está en la prensa “independiente”, fundamental para informar con veracidad y explicar desde la razón, guste o no guste al poder de turno. Thomas Jefferson decía en las postrimerías del Siglo XVIII que entre tener un gobierno sin prensa o una prensa sin gobierno prefería lo último. George Orwell en 1944 advirtió a sus colegas periodistas que no creyesen que durante años podían ser serviles haciendo propaganda al régimen soviético o de cualquier otro y luego retornar súbitamente a la honestidad intelectual. Orwell añadía: “Basta con que una vez te prostituyas, para que te conviertas en una puta”.

Debemos convivir con el contexto neoliberal y el mundo en Red.  Pienso que en la medida que estos conflictos de fondo continúen incrementándose y en el horizonte no aparezcan soluciones concretas, los peligros de un estallido social global cada vez serán mayores. En efecto, no se puede seguir manteniendo un viejo orden injusto e insensible a la vez que se le da más oxígeno a sus perversos mandatos. No podemos permitir que una parte considerable de la sociedad sea abandonada a su suerte, es inhumano. Tampoco puede ser que los ricos sean los únicos depositarios del futuro, ya que son los más beneficiados por las políticas gubernamentales, mientras la desigualdad crece y la pobreza tiende a perpetuarse. ¿Cómo es posible que los pobres paguen en proporción más impuestos que la clase media? La democracia se ve cercada por la corrupción que ya es sistémica, la ineficiencia del gasto público, la elusión y la evasión fiscal. El sueco Stig Dagerman dice que, “los sistemas estatales, por más democráticos que sean, hacen caer sobre el común de los mortales una carga de angustia que ni los fantasmas ni las novelas policiacas pueden igualar”. Y claro, crece la angustia frente a la posibilidad de perder el empleo, la caída del nivel de vida, la espera de la próxima crisis económico-financiera que llegará inexorablemente. La democracia no es culpable, lo que sucede es que el hombre no es natural ni espontáneamente democrático, mucho menos solidario.

Hace un tiempo alguien me preguntó porque jamás ingresé en la política, pues, oportunidades no faltaron, de uno y de otro bando, incluso un masón me dijo que les sería muy útil. Siempre rechacé cordialmente toda propuesta. Soy amante de mi libertad, defiendo mi autonomía e independencia, si bien sé que tienen sus límites. Quizá por eso nunca ocupé un cargo importante en el Estado, tampoco en la esfera privada. Cuando leí a Macchiavello -en su idioma original-, comprendí que la política no podía llevarse bien con la moral, en consecuencia tomé la decisión. A quienes les cuesta definirme ideológicamente (o tal vez encasillarme), les comentó que desde muy joven admiré a  León Tolstoi, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Albert Camus, y creo que son datos  más que suficiente para sacar conclusiones taxonómicas.

La Democracia en la era del Antropoceno

11 lunes Jun 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La actividad humana ha transformado los ecosistemas de manera radical y algunos científicos ya hablan de una nueva era geológica, la del Antropoceno, como una unidad distintiva en la historia de nuestro planeta, concepto rebatido por los que piensan que no es más que una ideología camuflada de época geológica. La señal del nuevo tiempo serían los “isótopos radiactivos” procedentes de los ensayos con las bombas nucleares cuyo rastro se cree durará unos 4.500 millones de años, tantos como los que tiene la Tierra. Por ello se estima que el Antropoceno debió comenzar en 1945 cuando Estados Unidos hizo explotar la primera bomba. A partir de allí se produjeron un sinnúmero de fenómenos mediante la mano del hombre que continúan modificando negativamente el planeta, en algunos casos de forma irreversible. Los metales pesados, el plástico, los hidrocarburos, el cemento, entre otros factores, han modificado la atmósfera y esto afecta profundamente a todos los seres vivos, entre ellos el hombre, un bípedo implume, según la definición de Platón, que además es un depredador consuetudinario. Numerosos cambios físicos, químicos y biológicos importantes comenzaron mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, claro que a partir de ella se incrementaron exponencialmente. La narrativa del período nos conduce a considerar sus consecuencias sociales, culturales y políticas, las que incluso contemplan una “ética antropocénica” y, pienso que también inciden en  la democracia. Con los orígenes de la democracia existe toda una mitología,  y podríamos decir lo mismo de la república, como la falacia según Heródoto y Tucídides de que Harmodio y Aristogiton habrían sido los fundadores de la democracia ateniense. Los emperadores romanos, por su parte, en una época de analfabetismo dominante, apelaban a la publicidad visual acuñando monedas con sus caras.  Lo cierto es que tanto en la democracia ateniense como en la república romana, hubo corrupción, tráfico de influencias, asesinatos por encargo y, desde mucho antes, los personalismos y la mentalidad imperial. Thomas Carlyle solía decir que, “El hombre que puede, es rey”.

En toda democracia se busca el apoyo de las mayorías y, en ese cometido ponen su  fervor los políticos, al punto que daría la impresión que el resto de los ciudadanos no cuenta. Pero la democracia implica no solo la voluntad de las mayorías, también el respeto por las minorías. Algo similar sucede con los distintos organismos integrados por diferentes países, donde los más fuertes imponen la agenda y los otros deben aceptarla mansamente, lo que habitualmente constituye una cesión de soberanía. En estos organismos está muy presente la mentalidad imperial. El dólar y el euro, más allá de sus simbolismos, sirven de hecho para dominar. Sin embargo, es necesario gobernar pensando en el bien de todos los habitantes, aunque es imposible conformar a todos. John Stuart Mill llegó a hablar  de: ”la extorsión moral de las mayorías”.

Las redes sociales han contribuido a modificar la forma de hacer política, pues, algunos gobiernan a golpes de tweets, dando la espalda a los otros poderes del Estado. Vivimos una época de referéndums, twitters y fake news. A través de las redes estamos expuestos a la visión del otro, que nos recuerda el Panóptico carcelario del utilitarista Jeremy Bentham (el prisionero era vigilado y controlado sin que lo supiese), y que fue criticado por Foucault al proyectar esa arquitectura política e institucional sobre la sociedad. En la lucha por alcanzar el poder hoy aparecen los trolls, cuya intención es difamar, acosar o mentir sobre el adversario. Los trolls surgieron con Internet y nada tienen que ver con las criaturas mitológicas del folklore noruego de donde proviene el término. Parece ser que es más efectivo tener un centenar de trolls que una legión de infantes, e impresiona ser  la versión digital de la política comunicacional de Joseph Goebbels.

El populismo sería el Leviatán de nuestros días. En efecto, a consecuencia del miedo y la incertidumbre las multitudes terminan clamando seguridad y certidumbre al precio que sea. Hoy existe un populismo posmoderno que clama por un mesías o una suerte de césar o amo que ponga la casa en orden y a la vez castigue a los responsables del mal. El cesarismo actual fabrica un relato épico, invoca una vuelta a las glorias del pasado -a menudo no son tales-, recurre a la escenificación mediante los símbolos y los otros artículos que conformarían la identidad nacional, e identifica fácilmente a los causantes del desorden y del caos, prometiendo soluciones muy simples a problemas complejos, todo en el lenguaje sencillo de la calle. ¿Acaso eso no hacían Mussolini, Hitler, Stalin? De esta manera las decisiones pasan por los sentimientos, con una metodología que es antipolítica y asamblearia. El Brexit es un claro ejemplo de cómo las emociones cambian la política, alteran la economía y terminan dibujando otra realidad. Marx estaba convencido de que tras la revolución y la expropiación de la burguesía, lo que acabaría con la propiedad privada, se declararía la dictadura del proletariado y se alcanzaría un mundo ideal, pero no fue así.  Hoy existe otro tipo de dictadura, que sería soberana y democrática, claro que en ambos casos y con distintas modalidades de implementación, la consecuencia, es, menos libertad. La frivolización de la política termina degradando los valores y principios de la democracia, y hasta resulta difícil diferenciar la política de la sátira. En el mundo actual asistimos a una serie de desviaciones viciosas como las autocracias, plutocracias, partidocracias, oclocracias, cleptocracias y cacocracias.

Daniel Innerarity advierte que una opinión pública que no entienda la política y no sea capaz de juzgarla, fácilmente puede ser instrumentalizada, y que la crisis política actual no  logra hacer visibles temas y discursos  trascendentes, no hay imputabilidad de las acciones  ni inteligibilidad política. La ciudadanía tiene el deber de controlar a aquellos en quienes ha confiado su representación, esa es su responsabilidad, aunque en política es mucho más fácil hacer un juicio sobre las personas que sobre los asuntos públicos, de allí la moralización de los problemas. Los escándalos surgidos de una revelación política son momentáneos, y revelan una “sociedad distraída”, sostiene Innerarity.

Hoy llegan al ágora individuos para hacer una política distinta de la tradicional, bipartidista y plagada de chanchullos, que dicen representar a la gente indignada, pero al cabo de un tiempo emergen los egos, las ansias de poder, la vocación por el dinero a través de los negocios. Y finalmente todo se privatiza, hasta la mirada, ya nada es público, incluso hemos perdido la noción del espacio público. En este cambio profundo, a la tradicional desigualdad de clases se le añade el cambio tecnológico. Para peor la sociedad no es transparente y sin secretos, mucho menos virtuosa. Nuestros instintos primarios están reprimidos, pues, hay gente que calla, pero cuando aparece un líder que habla de lo que ellos piensan, entonces ya no callan y le dan su voto, hasta con pasión.

Es curioso que en la actualidad no sean las derechas o las izquierdas, y tampoco los más conservadores o los menos populistas los que puedan definir el voto. Es evidente que solo importa la comunicación, por cierto en manos de ilusionistas y de expertos en la manipulación sentimental de las masas, así como la percepción del electorado. Los partidos son sospechosos. Daría la impresión que ya no existen mecanismos legítimos para seguir mandando en la sociedad. En fin, todo gobernante persigue una sociedad obediente,  tranquila, en lo posible silenciosa, ya que cuando las masas salen a la calle nadie sabe qué ocurrirá. Los mercados a través de la bolsa pueden advertir que la economía se precipita al vacío y logran crear pánico, ejerciendo así una labor extorsiva para imponer sus pretensiones. Hace días el comisario europeo Oettinger, disconforme por los resultados electorales en Italia manifestó que, “los mercados le enseñarán a votar a los italianos”. La realidad demuestra que los ciudadanos no son los que deciden, sino los mercados. Aquí está el nudo gordiano del problema. En el terreno de las parábolas evangélicas, Mateo y Marcos coinciden en el texto que sostiene: “al que tiene se le dará más, y al que no tiene aun lo que tiene se le quitará”. Parábola que fue adoptada literalmente por la globalización neoliberal. Desde los años 70 esta lógica se convirtió en el proyecto que ha marcado la agenda mundial y que decide la suerte de la humanidad. No existe un equilibrio entre lo que la población dignamente necesita y lo que el sistema ofrece.  Y no hay dudas que ni el poder político, ni las élites económicas o las élites intelectuales, están interesadas en cambiar el statu quo en beneficio de la sociedad, porque perderían su posición dominante. Si queremos continuar con el juego de la democracia necesitamos una mínima organización social, pero debemos terminar con el poder personalizado que alimenta la mentalidad imperial.

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