• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: octubre 2017

Las formalidades y sus vericuetos

30 lunes Oct 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando se dice que una declaración fue “políticamente incorrecta”, habitualmente se procura significar que fue una crítica desembozada. Un discurso correcto se cuidará mucho de embestir al poder o a una fuerte corriente de pensamiento. Lo curioso es que a diario tomamos conocimiento de manifestaciones públicas que los periodistas juzgan como políticamente incorrectas y, esto nos motiva a que hagamos algún tipo de análisis y que evitemos de entrada sumarnos al coro de esta cultura imperante de los slogans.

Para Aristóteles la forma es lo que otorga a las cosas una particular manera de ser. En la antigua Roma, quien en un procedimiento judicial se equivocaba en la repetición de las fórmulas perdía el litigio. Los abogados sostienen que las formas hacen al fondo de la cuestión La democracia es una forma de gobierno y el funcionamiento de las instituciones en una república estaría garantizado por las formas. Claro que hoy estos conceptos revelan una profunda crisis, comenzando por la verdad. Y además nos hemos acostumbrado a las formas, pero como esos individuos que quedan bien con todo el mundo aunque no producen ningún resultado. Es indudable que todos los actos de la vida tienen una forma y un fondo. El don de la palabra nos permite expresamos y comunicamos, por eso la vida transcurre entre lo que decimos y cómo lo decimos.

La contradicción de Juan Goytisolo de aceptar el Premio Cervantes al que se había opuesto, se debió a la necesidad de obtener dinero para pagar los estudios de sus ahijados que vivían con él. Esto se supo a la hora de los obituarios, lo mismo que la carta que escribió de puño y letra unos años antes solicitando la eutanasia, o la precaria situación económica en que vivía. La muerte de Goytisolo se produjo en junio de este año, a los 86 años en Marrakech, donde vivía. Recuerdo que al día siguiente de haber recibido de manos del Rey en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares la distinción, no pocas críticas aparecieron en los medios peninsulares como consecuencia de su discurso, al extremo que hubo quienes opinaron que si estaba disconforme con la realidad de España que no hubiese aceptado el premio. La situación política, la corrupción, el paro y el nacionalismo no estuvieron ausentes en su breve pero indignado discurso. En realidad, fue el discurso de un intelectual cabal, de alguien que se pasó la vida denunciando las injusticias, defendiendo a los débiles, desenmascarando las inexactitudes de la historia oficial, criticando las estupideces de una sociedad injusta, y creo que estaba demasiado viejo para transigir con tantas hipocresías. ¿Qué esperaban que dijese? ¿Pretendían que traicionase sus principios? El maestro catalán que en su infancia vivió la Guerra Civil, siempre fue fiel a los valores universales y estuvo a la altura del intelectual que presta su voz a los que son acallados, que habla en representación de esos seres invisibles que son casi muertos civiles. Quienes hayan seguido durante años las intervenciones de Goytisolo -entre los que me incluyo- saben cómo respondía frente a las injusticias. Günter Grass dijo que Goytisolo era la “Casandra” de España (la que enreda a los hombres), que por decir verdades es rechazado por sus colegas intelectuales. Algunos olvidaron que hace más de veinte años viajó a Sarajevo, por consejo de su amiga Susan Sontag (otra personalidad incómoda y políticamente incorrecta), y denunció a los cuatro vientos el genocidio de los musulmanes de Bosnia-Herzegovina, una limpieza étnica frente a la que Europa y buena parte de su intelectualidad tuvo una actitud cínica. Tampoco recuerdan su encendida defensa del Tercer Mundo así como de los refugiados y los inmigrantes que día  tras día golpean las puertas de Europa pidiendo ayuda. El discurso no me sorprendió.

Cuando me encuentro con japoneses compruebo que son muy formales, ceremoniosos, de costumbres arraigadas y se muestran respetuosos. Hace poco tuve conocimiento que en el ámbito de los negocios también cuidan los modales, al punto que consideran que el comportamiento es tan importante como la propuesta del negocio. Saludan con una leve reverencia, no son afectos al contacto físico y, solo a los extranjeros nos dan la mano. Algunas mujeres de la colectividad judía al entrar a mi consultorio dicen que no dan la mano. La primera vez me cayó mal porque quedé con la mano tendida. Luego supe que se trata de una antigua costumbre, con no menos de quinientos años, porque el contacto físico podría incitar al pecado de adulterio. Algo similar le pasó a una colega con un judío religioso, pues, no tocan a ninguna mujer que no sea su propia esposa.

Marruecos fue el primer país del mundo árabe que visité. En efecto, en la década del setenta fuimos a un mercado de Tánger acompañados de un español que vivía allí y, cuando luego de averiguar el precio de una prenda saqué los dírhams para pagarle al vendedor, mi acompañante me reprendió y se puso a regatear el precio, el vendedor parecía muy enojado pero finalmente quedó satisfecho. Muchos años después, en contra de mi manera habitual de obrar, yo también regateaba los precios en el Gran Bazar de Estambul. Si uno busca lograr la buena convivencia, debe respetar las costumbres.

En la antigua Roma, frente al caos o la guerra, el Senado ofrecía el cargo de Dictador a una personalidad relevante. Duraba seis meses, improrrogables, y durante ese tiempo el Dictador tenía en sus manos todos los poderes del Estado. El objetivo era que la concentración del poder en un hombre facilitase la toma de decisiones. De este modus operandi se ha abusado a lo largo de la historia. Pero la delegación del poder en un Dictador no estaba exenta de peligros, como la corrupción, los excesos en las decisiones de vida o muerte, y no faltaba la tentación de perpetuarse en el poder. Este régimen de excepción autorizaba al Senado a revocar el mandato antes de tiempo, aunque algunos dicen que el Dictador tenía tanto poder que podía suspender la autoridad del Senado. Quizás el único que tuvo un proceder ejemplar fue Cincinato, figura legendaria de la Roma republicana, quien antes había sido cónsul y general romano, pero como le disgustaba la oligarquía abandonó la política y se refugió en las tareas agrícolas. Otros autores sostienen que el motivo de su retiro fue el exilio de su hijo, quien ante los tribunos habría usado un lenguaje violento, no habría respetado las formas. En una oportunidad las legiones del Cónsul Minucia quedaron atrapadas por fuerzas enemigas y el pueblo exigió al Senado un Dictador. A Cincinato le llegó la designación cuando estaba arando sus tierras a orillas del Tiber. Él organizó un nuevo ejército y derrotó al enemigo en tan solo dieciséis días. Inmediatamente renunció al cargo y se negó a recibir recompensa alguna. Esa era la moral de Cincinato, impensable en nuestros días. Dos décadas después fue convocado de urgencia por el Senado debido a la conspiración de Espurio Manlio, quien pretendía restablecer la realeza. Cincinato tenía ochenta años, sin embargo actuó con la misma celeridad y astucia que tuvo en su juventud, ya que luego de ejecutar a Manlio repartió entre la plebe el trigo y las riquezas de éste, evitando así una guerra civil. Cumplida la misión renunció al cargo, pero antes de retornar a su finca les advirtió a los senadores que si Roma llegase a estar nuevamente al borde del abismo, ellos mismos se ocupasen de salvarla. Catón el Viejo lo convirtió en arquetipo. Una historia que fue bien acogida en los Estados Unidos, la prueba es que una ciudad de Ohio fue bautizada con el nombre de Cincinnati, en honor de George Washington, a quien muchos consideraron que fue el Cincinato de la Revolución Norteamericana.

Hay personas que tienen pensamientos loables, pero para su desgracia no saben cómo manifestarlos. Recuerdo que los manuales escolares sostenían que el fondo era la parte esencial de algo y la forma lo accesorio. No siempre es así, ya que valoramos una novela fundamentalmente por cómo está escrita, sino todos serían escritores. Los artículos académicos suelen revelar una labor escrituraria muy trabajada, no recuerdo quien dijo que están “altamente formalizados”. Claro que un texto prolijamente escrito a veces contiene pocas ideas y para peor sin valor.  Roland Barthes sostuvo que, “La palabra es irreversible, esa es su fatalidad”. Estoy de acuerdo, porque se trata de una fatalidad a menudo determinante, que puede llegar a condenar al hombre y su mundo.

Luces y sombras en el marketing académico III

10 martes Oct 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La lectura de la historia nos revela que el saber o el conocimiento surgió como algo más bien sagrado, por ello el mito y la religión no le son ajenos. Decía Jacy Beillerot que en el orden simbólico de las filiaciones el profesor es el heredero del clero y el maestro el heredero de la República, pues, con la Revolución Francesa se vio la necesidad de que ciertos individuos instituyeran la Nación y la República, había que enseñarle a leer y escribir a los hijos del pueblo. Luego esa carga histórica, ideológica y social se esparció, incluso fuera de Francia, dando lugar a  profundos cambios sociales. Durante el Imperio Romano, el filósofo solía llevar la vida de un maestro, pero dice Michel Onfray que con el triunfo del cristianismo (principios del Siglo IV), el filósofo se convirtió en un insufrible profesor, en un pedante que complicó aquello que hasta entonces era sencillo, y lo acusa de caer en la hipocresía de enseñar lo que no practica. No tengo dudas que Onfray es afecto a las declaraciones que producen rédito mediático.

Cuando hago referencia de las luces y las sombras del mundo académico, del que formo parte, tengo presente que Paul Cézanne decía que la sombra es un color como la luz, menos brillante, pero en el fondo, la luz y la sombra son la relación de dos tonos. Y añadía el pintor que debemos pintar lo que vemos y no lo que creemos que vemos.

Este año fui invitado a exponer sobre cultura, economía y ética en  Cochabamba, en un evento  sobre industrias culturales y creativas colmado de estudiantes. Un joven que en Bolivia es un innovador o creativo del mundo digital, dijo que había abandonado la universidad porque sentía que la principal preocupación de las autoridades era la mensualidad que pagaba y, advertía que la estructura de los estudios y su rigidez terminaban asfixiando cualquier intento de innovación o creatividad por parte de los alumnos. A través de una capacitación de extramuros pudo desarrollarse. Lo felicité y me quedé reflexionando sobre aquellas cosas que evidentemente hacemos mal.

Desde hace tiempo la educación se ha convertido en un serio problema, probablemente siempre lo fue, pero la percepción social actual y el interés de los medios generan mucha inquietud. El marketing académico publicita instituciones que ofrecen una educación de excelencia y, en no pocos casos, no hallamos tal excelencia. La modestia, esa virtud que nos modera y templa para evitar el engreimiento o la fatuidad, aquí no cuenta. Se ha abusado tanto de la palabra “excelencia” que han terminado por desgastarla y, cuando oigo que se trata de una educación de excelencia, confieso que me asalta la duda. En efecto, la excelencia como calidad superior o extrema en el ámbito de la pedagogía a menudo es una invocación en busca de una reputación no alcanzada.

Cuando este año la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas anunció que la cineasta belga Agnès Varda recibiría en Hollywood el Oscar de honor, ella pensó que era una broma, porque se considera una cineasta al margen de la industria y sostiene que allí premian a gente conocida, que hace mucho dinero como si fuesen auténticos bancos. Con su cine nunca persiguió éxitos comerciales, sólo le interesa crear vínculos de fraternidad. Sabe que el cine viene de la vida y su fuerte es el documental, cuyo objetivo es ponerse al servicio de los sujetos. “Hay que estar siempre reinventando la vida”, dice Agnès a sus 89 años. Y añade que la vejez también es materia de creación.

La educación como piedra fundamental de toda sociedad tiene que ver con el desarrollo del ser humano. Junto a la educación están los valores y la cultura. Más allá que debamos explicitar de qué valores y de qué cultura hablamos, ya que en este mundo colmado de publicidad engañosa existe mucha confusión, no hay duda que esta trilogía ha sido de gran importancia a lo largo de la historia, pero hoy asume una importancia especial ante el cambio de época que vivimos. No es sencillo introducir cambios en el sistema y, de procurar hacerlo, primero conviene poner a resguardo aquello que ha superado la prueba del tiempo demostrando su utilidad para alcanzar un desarrollo completo. Hoy tenemos nuevas herramientas tecnológicas, también debemos enfrentar problemas inéditos, de allí la necesidad de implementar cambios que den respuestas a las necesidades actuales. Estos cambios no siempre pueden hacerse sobre la base de una evidencia total, no es posible evadirse del ensayo y error. Las ideas nuevas necesitan ser puestas a prueba, pero jamás consagrarlas por el simple hecho de ser nuevas. Aquí también existen modas, muchas de éstas son transitorias y, estimo que se impone ser prudente en su aplicación. Hay quienes piensan que basta con derribar los tabiques de las aulas, modificar la disposición de los bancos, suplantar los libros por los papers o por las nuevas tecnologías. Tampoco faltan los que piden eliminar las clases, reducir los tiempos de lectura, suprimir los exámenes porque de por sí no mejoran la educación o terminar de una vez por todas con las formalidades del sistema tradicional. El tema es mucho más complejo y me temo que sobran las coartadas políticas y pedagógicas.

Peter Burke, que se especializa en la historia del conocimiento, sostiene que debemos incorporar aquellos logros intelectuales de las otras culturas, y que hay que hacer un esfuerzo para visibilizar y entender el aporte que hicieron los otros. Añade que es necesario ampliar el campo de los saberes, considerando sus límites, y tener presente que el pasado interesa sobre todo para interrogar el presente. Desde hace unas décadas hemos tenido que incorporar Internet, imposible de ignorar porque en gran medida marca la cultura de nuestro tiempo y además se proyecta en el futuro, pero por más entusiastas que seamos no debemos caer en la ingenuidad. Internet está controlada por megaempresas y esto representa un verdadero problema, también nos plantea una incógnita sobre la gestión política del conocimiento en la “sociedad de la información”.

Algunos expertos dicen que existe hiperinformación, capaz de producir una suerte de intoxicación informática, mientras otros sostienen lo contrario, que la sociedad está desinformada pese al cúmulo de noticias. Por otro lado, se advierte cómo sobre todo a través de la Red se multiplican y “viralizan” las noticias que generan preocupación e infunden miedo, lo que lleva a adoptar una actitud pasiva en muchos consumidores de este tsunami informativo, capaz de producir un burnt out.

Hoy se pone énfasis en desterrar el conocimiento inútil. Pienso que debemos ser  cuidadosos con esta calificación. Las Humanidades y la investigación básica serían inútiles, porque la consigna son los conocimientos que generen beneficios económicos en el corto plazo. En esta burbuja de  inmediatez, la posibilidad de logros en el largo plazo no despierta ningún entusiasmo. Al respecto, es interesante la experiencia del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, fundado en 1930 por los hermanos Bamberger. Abraham Flexner, reformador de la educación universitaria, aprovechó su amistad para convencerlos que pusieran su dinero en la investigación más abstracta. Flexner escribió un célebre ensayo: The Usefulness of Useless (La utilidad de los conocimientos inútiles). Él sostenía que el Instituto estaba en deuda con Hitler por personas como Einstein, John von Neumann y otros científicos que huyeron de Europa. Robbert Dijkgraaf, actual director, para quien la realidad siempre tiene la última palabra, recuerda que allí se produjo la bomba atómica y la computadora.

Del mundo académico han salido algunos políticos. Emanuel Macron tuvo este año una  victoria resonante, pero su popularidad está en caída libre. Este filósofo y ex banquero, discípulo de Paul Ricoeur, implementa en Francia una reforma laboral antipopular. Siendo ministro de economía de Hollande trató de “iletrados” a unos trabajadores de un matadero en crisis. Ahora les recomendó a unos obreros de una fábrica en dificultades que en vez de protestar busquen  trabajo. Macron critica a los “vagos” que se oponen a su reforma. La prensa dice que es un elitista, que solo presta atención a las personas de alto nivel educativo y de altos ingresos, pues, no le interesan los franceses de a pie, y pensar que muchos de ellos lo votaron. No me sorprende, intuía lo que sucedería, ya que  la palabra puede traicionarnos y su uso revelar quienes realmente somos. Por eso los clásicos sostenían que había que cuidarla pero también cuidarse de ella.

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