En medio de las crisis de distinto tenor que hoy vivimos los ciudadanos y las sociedades en su conjunto, la moral emerge como un elemento central, que escruta y cuestiona la conducta, dando lugar a diversas interpretaciones, algunas contradictorias. Esto ha generado un terreno fértil para aquellos que se preocupan en exceso de la moral de los otros y a los que se cataloga de “moralistas”. El querer juzgar constantemente convertiría a la moral en el pasaporte de la maledicencia según Napoleón; para el corso la moral de los hombres de estado era tan importante en el terreno de la política como en el de la guerra.
Basta escuchar las declaraciones públicas de ciertos dirigentes de los gobiernos o de las organizaciones sociales, al igual que militantes políticos o religiosos, para advertir rápidamente que viven en otra realidad, que precisamente no tiene nada que ver con las necesidades y preocupaciones del ciudadano de a pie. En efecto, estos individuos tienen otros intereses y habitan un mundo de certezas, sin cabida para las dudas, dando la imagen de haber detenido el tiempo, y no faltan los que con su discurso nos retrotraen al moralismo victoriano, con sus prejuicios, valoraciones rígidas cuando no hipócritas, y la “doble moral victoriana”, puesta de manifiesto sobre todo en materia sexual.
Hoy por hoy preocupa más la incorrección política que el acto de corrupción o el delito en sí. Y no deja de sorprender como a ciertos votantes les resulta indiferente el robo desde el poder, como si no incidiese en la economía del país y el bolsillo del contribuyente, como si no afectase la alimentación, la salud, la educación, el trabajo, la seguridad. Es evidente la falta de conciencia, al extremo que muchos de los más vulnerados son justamente quienes votan a políticos cuya corrupción es un secreto a voces. Desde hace décadas en la Argentina escucho la frase: “roba pero hace…”
La falsedad de estos personajes se revela en el uso y abuso de la mentira, la negación, la tergiversación, los enredos, los trascendidos. En fin, un panorama desalentador donde no faltan los mojigatos que se erigen en bastiones de lo correcto, de las buenas costumbres, de la tradición, mientras manejan el doble estándar: moral inflexible, severa para unos, y permisividad ilimitada para otros, es decir, los propios. Todo esto se da en un contexto cultural que nos recuerda a Nietzsche y su exposición sobre la moral de los amos y los esclavos…
No pocos analistas coinciden en que la principal crisis de la humanidad, es, moral, sin por ello caer en la tentación de una moral ácrata o en una tesitura existencialista como moral contestataria, rayanas con la cultura del posmodernismo, aunque para algunos estaríamos viviendo una etapa posmoral. En fin, lo cierto es que el poder y sus seguidores no admiten la protesta contra algo que está tradicionalmente establecido, que por su naturalización lo consideran normal, más allá de si la protesta desnuda la verdad y combate la mentira disfrazada. La contestación es sinónimo de polémica y como tal puede despertar muchas conciencias adormecidas, por eso la combaten.
Y ciertamente la moral no se trata de costumbres y valores inmodificables en el tiempo, por el contrario, los cambios que se suceden, como acontece en nuestros días, de manera acelerada, terminan incidiendo en la conducta de los individuos y las sociedades. Estamos condicionados por las situaciones contextuales que vivimos, pues, somos en gran medida producto de la época que nos toca vivir, más allá de los principios, valores, sentimientos y creencias que profesemos.
Está claro que no es lo mismo haber aceptado como algo habitual la esclavitud hace 25 siglos, ser partidario de la monarquía 200 años atrás o defender los nacionalismos en la etapa independentista del colonialismo, que, asumir hoy la defensa de estos símbolos polémicos, cuando no execrables. Por esa razón, si hacemos referencia del pasado hay que ser muy cuidadoso para no caer en consideraciones anacrónicas, desde ya injustas.
El mes pasado, la noticia de que la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, en sus vacaciones había estado bailando y divirtiéndose con sus amigos en una discoteca, según un video viralizado, dio la vuelta al mundo. Llegaron a circular rumores de que había consumido drogas y para desmentirlo se sometió a un test que fue negativo. Luego aparecieron en las redes dos amigas besándose en una reunión celebrada en el sauna y los jardines de la residencia oficial. El escándalo llevó varios días y los medios le dedicaron un espacio inusitado, que a su vez le negaron a hechos verdaderamente trascendentes. Quizá noticias de este tenor sean útiles para mantener entretenida a la gente y que no repare en los asuntos verdaderamente importantes.
El tema es que Sanna es una mujer bonita, de 36 años, criada por su madre soltera y su novia en un hogar humilde, que hoy está casada y es madre de dos hijos. Sanna ha revelado ser muy inteligente y es la premier más joven de Europa. Estas breves referencias pueden motivar el elogio, pero también la animadversión cuando no la envidia. Ante las acusaciones ella asumió una actitud humilde, se disculpó y dijo que aprenderá la lección. Pero lo cierto es que en su país le reconocen la conducción acertada durante la pandemia, la adhesión a la OTAN como consecuencia de la guerra, y las reformas que imprimió en la sociedad. Dicen que despierta la admiración de los desenfadados millennials (nacidos entre 1981 y 1996) por su posición ante el cambio climático, las desigualdades y su defensa del Estado de bienestar, en un país donde hay sectores de mayor edad proclives al conservadurismo y que no apoyarían sus medidas progresistas. De todas maneras Sanna recibió el apoyo necesario para continuar en su función, porque no faltó a la ley ni tampoco incurrió en fallas graves a la ética pública. Claro que si hubiese vivido en la época victoriana lo hubiera pasado muy mal, aunque recordemos que Finlandia logró independizarse de Rusia en 1917, finalizada la época victoriana, y hoy por quinto año consecutivo es “el país más feliz del mundo”, según una medición.
En fin, cada país tiene su propia moral, y el coronavirus a través de la pandemia puso a prueba la inteligencia aplicada a la conducta de las dirigencias mundiales, es decir, la ética. En efecto, en medio de las restricciones varios mandatarios incurrieron en graves fallas con la campaña sanitaria y la situación que dramáticamente se vivía. Es más, fotos y videos descubrieron que ellos no cumplían con lo que le exigían a la población, como sucedió con Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, Alberto Fernández, entre otros. El cumplimiento de la ley sería una obligación para todos, así está escrito, pero en la práctica estos personajes estarían exceptuados, como si ejercer el poder fuese la excepción a la regla. Arthur Schopenhauer, por su parte, sostenía que: “Predicar moral es cosa fácil; mucho más fácil que ajustar la vida a la moral que se predica”.