• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

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La crispación del poder o el intelecto blindado

17 miércoles Oct 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Este año falleció Philip Roth, uno de los grandes novelistas estadounidenses que solía intervenir en el ágora de los intelectuales para opinar sobre la realidad y criticar aquello que consideraba injusto. Para mi Roth era de esas personas que dicen lo que hay que decir en el momento que resulta necesario. Hace un tiempo leí una entrevista que le hicieron, comentaba que en los 70 tenía por costumbre viajar todos los años a Praga y visitar a sus amigos escritores. El gobierno de Checoslovaquia solía perseguir a los intelectuales, a quienes luego de expulsarlos de la Unión de Escritores, les prohibía publicar, dar clase o cualquier actividad que tuviese que ver con su profesión, e incluso a sus hijos les estaba vedado estudiar en institutos oficiales. Para que pudiesen ganarse la vida, el régimen les asignaba tareas como vender cigarrillos en los quioscos, ser repartidores de pan en bicicleta, trabajar de operarios en la planta depuradora de aguas, limpiar ventanas o ser ayudantes de conserjes. Roth sostenía que esa gente era lo más preciado de la intelectualidad nacional y, así se los humillaba. En una oportunidad, a uno de sus amigos lo detuvo la policía para interrogarlo, querían saber por qué viajaba todos los años a Praga. Cualquiera que haya visitado Praga sabe que esa hermosa ciudad amerita retornar a menudo. El amigo para salir del paso no tuvo mejor idea que responder que Roth  iba allí por las chicas… En fin, eran los años de la Guerra Fría, y allí como en muchas otras partes sucedían hechos que violaban la dignidad de las personas. Eran años cargados de fuertes antagonismos ideológicos, de luchas criminales por hacerse del poder, donde la cultura, la política y la propaganda se entrecruzaban de manera constante, perseverante, y sobre todo peligrosa. Quienes sostienen que las fake news son un fenómeno actual tienen mala memoria. Lo que sucede es que en la historia se viven momentos de mayor y menor tensión, pero siempre hay tensión. Entonces vivíamos una guerra no declarada y, como en toda guerra, la primera baja es la verdad.

Witold Gombrowicz fue un polaco irreverente que vivió su exilio en la Argentina. Un intelectual a contrapelo de su época, pues, no era nacionalista, católico ni comunista. Escribió una novela, Ferdydurke, que fue ignorada por la revista Sur. La revista de Victoria Ocampo, cuya importancia en la historia de nuestras letras resulta insoslayable, solía dispensarle olímpico desdén a quienes no formaban parte de su círculo, por cierto muy selecto. Dicen que Gombrowicz al marcharse del país les dejó una  recomendación a sus discípulos: “Muchachos, maten a Borges”, pero también dicen que más allá del aburrimiento que le producía la metafísica de Jorge Luis, la que consideraba demasiado formal,  eran los borgeanos los que lo irritaban.

En la Argentina de esos años, Rodolfo Walsh,  Francisco Urondo y Juan Gelman dieron mucho que hablar. Walsh  era el típico intelectual comprometido de la época, dueño de una prosa elogiable, quien no titubeó a la hora de las denuncias pero que terminó su vida en un enfrentamiento armado. Urondo fue un intelectual polifacético, un militante de la lucha armada que también murió en un enfrentamiento con la policía. En una entrevista, su hermana comentó que Paco le había confesado que siempre llevaba consigo una pastilla de arsénico por si llegaban a detenerlo, ya que no quería delatar a nadie bajo efecto de la tortura. Gelman, sin abdicar de su veta militante, adquirió notoriedad internacional por su poesía. Pero otro intelectual del que se hablaba con frecuencia era Oscar Masotta, muy respetado en los círculos psicoanalíticos. Recuerdo que murió en Barcelona en el año 79, época en que yo finalizaba mi etapa de becario y preparaba mi regreso a la Argentina. Desde hacía tiempo sabía que Masotta estaba exiliado y que era un ávido lector de Lacan, al punto que fue el introductor del psicoanálisis lacaniano en español. En esa época los existencialistas daban paso a los estructuralistas. El hombre ya no hace el sentido, es el sentido el que adviene al hombre. La “conciencia” o el “sujeto” quedan atrás y ahora se habla de “reglas”, “códigos”, “sistemas”. Massota fundó escuelas de psicoanálisis en Buenos Aires y en Barcelona. Sus comentaristas sostienen que tenía la costumbre de no escribir sobre Borges aunque se lo solicitaran, y jamás lo hizo, pero en una oportunidad habría expresado sus discrepancias con la revista de Victoria Ocampo. Para él la literatura argentina era muy rica y no era imprescindible recurrir de manera infatigable a Borges, como todavía sucede. También estaban Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, William Cook, Leopoldo Marechal, todos intelectuales al que el peronismo rinde culto, pero que mientras vivieron no tuvieron ese reconocimiento, tal vez porque en el fondo no infundían confianza y, el peronismo no tuvo una tesitura claramente pro-intelectual.

En los años 80, si mal no recuerdo, leí una antología de ensayistas argentinos y entre ellos descubrí a Héctor A. Murena. El texto me sorprendió y recuerdo que me pregunté con fastidio por qué no sabía nada de este talentoso escritor, al que no se lo mencionaba  en los suplementos y medios literarios, y en cambio se le daba espacio a otros con menos talento. Un tiempo después hurgué en su biografía. Murena había ocupado una posición expectante en los ámbitos literarios de los  años 50 y 60, pero se fue alejando de las candilejas por propia decisión y, la vuelta del peronismo en los 70 lo perturbó profundamente, dicen que él no hallaba explicación a la amnesia reinante, y al poco tiempo falleció siendo un hombre joven. Pude leer en la prensa una nota de su hija, también hija de Sara Gallardo, escritora relevante. En esa nota desmentía que su padre se hubiese suicidado, como lo consignan algunas antologías. Durante muchos años la obra de Murena estuvo silenciada, hasta que algunos jóvenes que no llegaron a conocerlo se interesaron en sus libros y, como suele suceder con los grandes argentinos olvidados, ese interés vino del exterior, concretamente de Italia y España. Murena estuvo influenciado por Martínez Estrada, otro gran crítico de nuestra realidad. Se lo considera un intelectual ajeno a la filosofía de la época, un escritor íntimo y espiritual, un severo observador de la existencia real y efectiva. Su primer libro de ensayo fue El pecado original de América, allí desarrolla una dura crítica al fascismo y al imperialismo norteamericano. También supe que Victoria Ocampo lo promovió, pero a su vez fue rechazado por el grupo de la revista Sur. Durante el período peronista Murena declaró que la autocensura siempre fue más importante que la censura oficial. Él no estaba de acuerdo con el compromiso y tampoco con Sartre. Como alguien dijo     -no recuerdo quien-, “tradujo a Benjamin y a Adorno en tiempos de policías”. En fin, se lo acusó de ser anacrónico, pero al parecer su anacronismo era deliberado y, convengamos que posicionarse en contra del propio tiempo no suele ser reivindicable. Murena tenía un fino olfato y estaba muy lejos de la credulidad ideológica, sobre todo en una época en que había que exhibir carnet de afiliación partidaria. Lo interesante es que tuvo el talento necesario para permanecer en el circuito intelectual e incluso convertirse en jefe de capilla, dejándose llevar por los honores, utilidades y privilegios que esto acarrea, pero su vocación por la épica pudo mucho más. Sus biógrafos y comentaristas coinciden en que fue víctima del odio ideológico, y la intolerancia finalmente se impuso. Murena fue un pensador independiente, condición que en la Argentina jamás fue gratuita. Su hija admite que su padre siempre bebió mucho y es probable que haya muerto a consecuencia del alcohol, el antidepresivo más difundido.

En esos años toda la cultura latinoamericana estaba vapuleada por la política. Nosotros teníamos nuestros propios demonios, mientras al otro lado de la cordillera estaba Augusto Pinochet, quien dijo: “Yo creo lo mismo que San Pablo, Dios nos eligió para cumplir misiones y nos facilita el camino para que se haga lo que Él manda” (sic). Muchos años después, estábamos en Londres y veíamos cómo la televisión y los periódicos mostraban a Pinochet detenido allí por sus crímenes, siendo su imagen la de un abuelo apaleado, que sufría el escarnio de los activistas de los derechos humanos. Pero el gobierno británico terminó compadeciéndose y lo liberó aduciendo “razones humanitarias”. Qué ironía, las mismas razones que él sistemáticamente les negó a sus opositores. La justicia en no pocas ocasiones actúa así, de manera injusta, incluso en el Reino Unido. Una anécdota no menor en esos días de “cárcel”,  nada parecida a la de los calabozos de la Torre de Londres donde fueron a parar Thomas Moro, Ana Bolena y Rudolf Hess, fue la cálida visita de una entrañable amiga, la ex premier Margaret Thatcher, quien precisamente nunca fue una émula de la Madre Teresa de Calcuta.

Hoy vivimos una época diferente, con los problemas y los dilemas propios del Siglo XXI, sin embargo nada de aquello esta definitivamente sepultado y, no dudo en afirmar que de esos hechos quedan leños y brasas que forman parte del malestar actual.

Más escritores malditos

20 jueves Sep 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La lista de “escritores malditos” es una lista de nunca acabar. Y algunas obras pese a no estar bien escritas terminan siendo best sellers. Mein Kampf  (Mi Lucha) de Adolf Hitler, lo convirtió en el autor más próspero de Alemania por los millones de ejemplares que vendió. Luego fue prohibida en muchos países, pero continuaron las ediciones pirata y, 90 años después sigue siendo un éxito de ventas, incluso en Alemania.

Hace unos  años Günter Grass admitió  que había formado parte de las Waffen-SS en su juventud. Ese pasado no había tomado estado público y desencadenó una catarata de opiniones a favor y en contra. A partir de ese momento Grass dejó de ser el referente moral que era considerado antes de la reunificación de Alemania. Por qué lo hizo, por qué no guardó el secreto y evitó las críticas, no se sabe, pero estoy seguro que si lo hubiese admitido mucho antes no le hubieran otorgado el Premio Nobel de Literatura.

Giovanni Gentile fue un estudioso de la filosofía, con una larga trayectoria en la docencia universitaria. Amigo y colaborador de Benedetto Croce, llegó a ser el Ministro de Instrucción Pública de Benito Mussolini, de quien también era amigo. Algunos lo llamaron el filósofo del fascismo, y no faltaron los que lo acusaron de  ser un “corruttore di tutta la vita intelletuale italiana”. Tampoco era bien visto por los jacobinos.  Lo cierto es que Gentile estaba convencido de que Benito Mussolini sería capaz de lograr la unidad nacional y que mediante la guerra Italia recuperaría el honor perdido. Como todos sabemos, nada de eso ocurrió. Gentile llegó a presidir la Academia de Italia, a la vez que procuró alcanzar la concordia, la tolerancia y condenó la represión brutal, al fin de cuentas él no era más que un intelectual metido a político. Lo interesante es que muchos de los intelectuales antifascistas de entonces  habían  sido sus alumnos en la Escuela Normal Superior y, si bien de entrada se habían adherido a su filosofía, luego se convirtieron al comunismo. Gentile fue un claro ejemplo del intelectual cercano al poder que a su vez resulta ser un “militante tibio”, y a éstos no los quieren los unos ni los otros. En 1943 finaliza un ensayo donde hablaba de la muerte y dicen que se lo mostró a un amigo antifascista, anunciándole que su tarea estaba terminada y que ahora sí podían matarlo. La frase sonó como una muerte anunciada. Por otra parte, Gentile intercedió ante las autoridades por la vida de algunos jóvenes antifascistas que habían sido detenidos. En 1944 fue asesinado por un grupo de partisanos dirigidos por una discípula suya de la Universidad de Florencia, Teresa Mattei, miembro del PC italiano Dicen que Teresa concurrió a la Academia para señalarle el objetivo a quienes lo asesinarían, Gentile la reconoció y la saludó. Años después, Mattei que llegó a tener importantes cargos políticos, dijo que su ejecución estaba justificada porque en medio de la crueldad que se vivía en Italia, Gentile llegó a ser el máximo responsable de la “cultura fascista”.

Hannah Arendt fue enviada a Jerusalén por la revista The New Yorker a cubrir el juicio contra Adolf Eichmann. Lo que a ella le interesaba era hallar una explicación para la maldad de los actos que había cometido el lugarteniente de Himmler. Eichmann era muy diligente, gran lector de Kant, y dicen que tenía alergia por la violencia. En la época que vivió en la Argentina bajo una identidad falsa llevaba una vida rutinaria, trabajaba todos los días y convivía con su familia, como cualquier individuo normal. Cuando Arendt publicó su libro Eichmann en Jerusalén y le puso como subtítulo: “Un informe sobre la banalidad del mal”, indignó tanto a los intelectuales alemanes como a los judíos. Pero el problema fue que no supieron interpretar la banalización a la que Arendt aludía. Como sostiene Julia Kristeva, no vieron que en Eichmann su incapacidad de pensar era lo banal. En efecto, los nazis destruyeron en la gente la capacidad de pensar, de formular preguntas e intentar dar respuestas, ya que consideraban peligrosa esa actitud. En fin, una vieja medida implementada por los regímenes totalitarios. Pero el régimen también combatía el llamado “arte degenerado” y, en lo musical proscribía el jazz por ser una música de negros y judíos, e incluso llegó a prohibir los solos de batería, donde el músico suele improvisar y revelar su autonomía. Es indudable que para Hitler nada de lo que sucedía en el mundo del arte y la cultura le era indiferente, y no olvidemos su vocación frustrada por la pintura. Hitler tenía por costumbre levantarse al mediodía y mientras almorzaba veía una película antes de que fuese exhibida en los cines, actuando como censor. Lo irritó la película King Kong, por considerar que no era posible que una hermosa rubia se enamorase de un orangután, e interpretó que se trataba de un velado ataque a la raza aria. Los cineastas de Hollywood estaban muy atentos al juicio estético del Führer, al extremo que el representante diplomático de Alemania solía reunirse con ellos para comentarles su opinión. Esto también ocurrió con las otras expresiones artísticas, pues, ninguna manifestación de autonomía era tolerada y, a la destrucción del pensamiento le sigue inevitablemente la destrucción de la vida humana.

Roberto Arlt no provenía de una cuna aristocrática, como sucedió con varios de los escritores de la época que gozaban del privilegio de ser reconocidos y halagados por los medios literarios porteños, sus padres eran inmigrantes pobres, la madre italiana y el padre alemán. Para poder vivir tuvo que ejercer diferentes oficios que le impidieron cursar estudios escolares, sin embargo se convirtió en autodidacta. Borges solía decir que uno es por lo que ha leído y no por lo que escribe. Pues bien, Arlt terminó siendo una excepción a la regla borgeana. No era un escritor de bibliotecas, no tenía una prosa al uso, y estaba distante de cualquier academicismo. Llegaron a tildarlo de inculto, salvaje, bárbaro, sobre todo por sus incorrecciones sintácticas y errores ortográficos, aunque no hay duda que leyó a Nietzsche y a Dostoievski. Arlt se convirtió en un cronista excepcional y hoy se lo considera el creador de la novela urbana. Él pensaba que el hombre civilizado destruyó la magia que había en nuestros ancestros. Recuerdo que en sus Aguafuertes españolas y marroquíes, refiriéndose al árabe, decía que  por más que esté cargado de piojos sigue siendo un dechado de cortesía. Tenía una mirada penetrante, escrutadora, llegaba a boxear con las palabras y era capaz de atrapar al lector y no soltarlo. Sus temas rondaban lo cotidiano, también el mundo marginal, donde no faltaban las prostitutas y los rufianes, un ambiente que muchos escritores de su tiempo preferían ignorar. Nunca se sintió a gusto con las cofradías literarias, abrigaba ideas anarquistas, y jamás fue cordial con sus colegas. Pero lo curioso es que las opiniones de Arlt no pasaban inadvertidas, si bien es cierto que carecía de la diplomacia necesaria o tal vez de la hipocresía que le hubiese evitado ganarse enemigos al igual que no pocos problemas. Lo cierto es que el mundillo literario local le dio la espalda y lo condenó al olvido, cuando no a la indiferencia, ya que su jactancia y su estilo de vida resultaban intolerables. En consecuencia, le negaron el lustre y el reconocimiento económico que merecía y que también necesitaba, pero él no se privó de criticar el sistema de promoción literario que en muchos aspectos hoy continúa vigente. Arlt jamás hizo concesiones y elaboró una obra que es un monumento de la literatura nacional. Recuerdo que a fines de los 70, en Madrid, Luis Rosales, notable poeta y ensayista de la generación del 36, le organizó un homenaje a Juan Carlos Onetti, quien estaba exiliado, y en esa mesa redonda de literatos con muy escaso público, Onetti comentó algunas anécdotas de Arlt poco conocidas. Cuando uno de los asistentes que estaba a mi lado le preguntó cómo murió Arlt, el autor de El pozo, El astillero y Dejemos hablar al viento,  le respondió que eso habría que preguntárselo a la señora que estaba con él.

Don Delillo considera que un escritor lo es siempre que escriba contra el poder del Estado, de las grandes empresas, del consumismo rampante y de toda la basura que pretenden hacernos tragar. Dice que en los Estados Unidos los escritores suelen recibir ofertas para integrarse al sistema. Y añade que antes el clima de miedo y de horror lo creaban los escritores, y desde los años 80 lo crean los terroristas y los dictadores bajo el lema de la libertad y la justicia, pues,  ellos configuran la narrativa del mundo actual.

A Neruda lo criticaron por haber compuesto una oda a Stalin, igual actitud asumieron con José Saramago por haberse dado cuenta tarde del problema de los derechos humanos en Cuba, y también sucedió con Noam Chomsky por negar el genocidio de Pol Pot en Camboya, aunque más tarde lo reconoció. Los críticos de la derecha sostienen que los intelectuales de izquierda siempre se equivocan porque de entrada suelen apoyar a los totalitarismos. Es cierto que se ha dado en muchos casos, pero de ninguna manera puede considerarse una regla. Pienso que en ocasiones el entusiasmo y las buenas intenciones, inflamadas por una retórica falaz y oportunista, como sucede hoy con los “populismos”, terminan imponiéndose al juicio mesurado y a la prudencia necesaria.

Otros escritores malditos

11 martes Sep 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Decía el dramaturgo griego Agatón que ni siquiera Dios puede cambiar el pasado, y por su parte Homero aconsejaba dejar que el pasado sea tan solo el pasado. Pero tratándose de escritores célebres, el pasado de sus vidas puede pesar mucho en la consideración de su obra, en ocasiones más que la propia obra. Aquí el lector juega un papel clave en la evaluación y, están los que prefieren anteponer la moral del autor. Yo soy un lector de inmersión. En efecto, cuando leo procuro sumergirme en la obra, dejando de lado preconceptos y prejuicios. Me sucede que al terminar de leer un libro me siento satisfecho, y entonces pienso que el autor hizo un buen trabajo, pero al cabo de unos años descubro información que revela ciertas máculas imborrables en su personalidad, en su conducta, y me digo a mi mismo: bueno, el tipo no era un santo, o tal vez fue un canalla, pero lo que escribió es una obra de arte y eso no se lo puedo negar.

En una nota anterior me referí al trío que conformaron Brasillach, Céline y Pierre Drieu la Rochelle, a los que se les llamó “los escritores malditos”. Claro que éstos no fueron los únicos escritores malditos de la época. Otro trío fue el de los rumanos Emile Michele Ciorán, Mircea Eliade y Eugène Ionesco, considerados los mayores intelectuales rumanos del Siglo XX. Al igual que los otros, fueron cuestionados por haber tenido un pasado afín al nazismo. Ellos se conocieron en la Universidad de Bucarest donde trabaron amistad, y terminaron exiliándose en París. Recuerdo que a los tres los leí entre los años 60 y 70, pues, entonces estaban de moda y, confieso que cada uno llegó a impresionarme en lo suyo. Tanto a Ciorán como a Ionesco no sólo los atrapó la cultura y las letras del país galo, sino la vida parisina (¿le savoir fare y le bon vivre des parisiens?). En cambio Mircea Eliade vivió solo un tiempo en París, ejerciendo como profesor, y luego se instaló en los Estados Unidos. Él fue un estudioso de los mitos y consideraba a lo sagrado como una experiencia fundamental del Homo religiosus. Pero lo interesante es que antes había sido subyugado por la fuerte personalidad del Capitán de la Legión de San Miguel Arcangel, Corneliu Zelea Cadreanu, un fascista que organizó la rama paramilitar Guardia de Hierro (una denominación muy familiar en la Argentina), que defendía a la Iglesia Ortodoxa Rumana y que tenía una concepción medievalista del Estado. Cadreanu llegó a ser electo diputado, más tarde lo apresaron y terminó asesinado  en la cárcel.

Eugène Ionesco, considerado padre del teatro del absurdo junto con el irlandés Samuel Beckett, siempre llevó una vida más bien sobria, pero tanto él como Ciorán tuvieron cargos diplomáticos en la ciudad de Vichy, sede del gobierno colaboracionista francés. Con el tiempo Ionesco comprendió que las ideologías separan a los hombres, mientras los sueños y la angustia los unen, y así lo expresó en sus obras. Estaba convencido de que el infierno reside en la tierra, ya que para él la existencia en sí era un infierno, y lo expresa muy bien en El hombre cuestionado, un ensayo cautivante donde revela su forma de pensar. Recuerdo que en uno de los párrafos dice que no sabe si la pesadilla de la vida diurna no es más terrible que la del sueño. Ionesco llevaba una vida angustiada y eso llegó a conmover a Ciorán, su gran amigo. Pero Emilie Ciorán también fue un hombre atormentado, al extremo que en una oportunidad su madre le dijo que si hubiese sabido que iba a sufrir tanto habría abortado. El padre de Emilie fue un sacerdote ortodoxo pero él fue agnóstico. Sus biógrafos dicen que prefería a un líder como Hitler, que delegaba en otros los crímenes. Ciorán tenía por costumbre recomendar el suicidio, y cuando alguien le preguntaba por qué no se suicidaba, él aclaraba que en realidad no recomendaba el suicidio, simplemente sostenía que la idea del suicidio hacía tolerable la vida.  Cambió su lengua natal, el rumano, por el francés y, aprendió el inglés leyendo a Shakespeare y a la autora de Frankestein, Mary Shelley. Como era de esperar, estuvo muy influenciado por Nietzsche y Schopenhauer, sin embargo careció de una formación filosófica sistemática, tampoco se dedicó de lleno a la profesión de escritor. Sus opiniones eran las de un cínico, un provocador, un pesimista. Ciorán fue un intelectual inclasificable. Tenía predilección por el pueblo ruso y por el pueblo español, porque sostenía que ambos eran pueblos derrotados.  Siendo muy joven pude leer una entrevista que le hicieron en un suplemento literario donde aconsejaba visitar los cementerios cuando uno se siente deprimido (…) Hay frases que revelan cómo pensaba: “La razón es una puta que sobrevive mediante la simulación, la versatilidad y la desvergüenza”; “El miedo de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única realidad”. Durante años recorrió Francia en bicicleta mientras permanecía matriculado crónicamente en la Sorbona, sin hacer nada. Su compañera de toda la vida, Simone Bové, decía que él era un apátrida, sin profesión ni dinero, y que se sentía un fracasado, al punto que nunca llegó a saber que ya era un intelectual reconocido.

Estos escritores rumanos tuvieron que apelar a diferentes estrategias para ocultar el pasado sombrío que los relacionaba con el nacionalsocialismo alemán. Es cierto que en muchos otros este dato pasó inadvertido, o se lo encubrió hábilmente, pero la celebridad de ellos los situó en el ojo de la crítica. No hay duda que jamás tuvieron la intención de que se les perdonase ese pasado, simplemente buscaron el olvido. Ninguno de ellos  vive, y para las generaciones actuales son prácticamente desconocidos, sin embargo sus obras se reeditan, son motivo de tesis doctorales, de libros exegéticos y reveladores, de recensión en las revistas y suplementos literarios. Y cuando la obra de un autor supera la prueba del tiempo nos hallamos ante una obra clásica. Muy diferente fue la historia de Paul Celan, otro autor rumano, uno de los más grandes poetas del Siglo XX. Los padres de Celan murieron en un campo de concentración nazi y él logró sobrevivir de un campo de trabajo rumano. Su vida, signada por la conflictividad y la infelicidad, terminó en 1970 cuando decidió arrojarse al Sena desde el puente Mirabeau.

Knut Hamsun, el más grande escritor de Noruega, desarrolló una fuerte veta moralista a través de sus escritos, al punto que le concedieron el Premio Nobel de Literatura, pero en 1948 fue multado y sometido a un examen psiquiátrico por haberse declarado a favor de Hitler. Murió en la década del 50 sin cambiar de opinión. Hace unos años las autoridades de Noruega anunciaron que celebrarían los 150 años del nacimiento de Hansum, esto motivó que Marcos Aguinis en La Nación protestara contra el escritor noruego, a quien calificó de “fascista criminal y traidor”, añadiendo que Hansum pertenece a la misma indigna columna de Martín Heidegger, Louis-Ferdinand Céline y tantos otros. Aguinis en su diatriba recuerda que además de los elogios a Hitler, Hansum le regaló a Goebbels su medalla del Nobel, y consideraba que el mayor mérito para ser homenajeado en su país era el de haber nacido hace 150 años (…). La ira no debería confundir la realidad, y Hansum mal que le pese a Aguinis fue un gran escritor. Tengo en claro que un autor muy respetado por su obra, en el plano personal puede no merecer mayor respeto. Heidegger se encargó de dejar explícito que no hay que buscar al pensador en su posicionamiento ante tal o cual cuestión coyuntural. En su caso, lo relevante es sin duda su pensamiento filosófico. De todas maneras, estoy convencido de que el hombre no solo se define por lo que piensa sino también por lo que hace.

Cuando Luigi Pirandello solía visitar a Mussolini en el Palazzo Venezia, se dejaba deslumbrar por el trato que le dispensaban. Pirandello ya tenía un gran prestigio y el régimen procuraba usarlo en provecho propio. La adhesión de muchos intelectuales a los regímenes totalitarios es un hecho inveterado. Attilio Dabini, en su taller de la SADE, nos comentó que un cuento suyo escrito a los 17 años le fue leído a Pirandello y que éste lo había elogiado. Dabini participó de la resistencia italiana y estaba en contra de lo que pudiese beneficiar al régimen de la República de Saló, pero cuando se refería a Pirandello, recuerdo, no ocultaba  su admiración por la capacidad de este precursor del teatro del absurdo y del existencialismo. Hoy pienso que así como le reconocía su talento, también le perdonaba su debilidad por el fascismo. Algunos sostienen que la adhesión de Pirandello al régimen no era tan fuerte, y que en el fondo había un subversivo, al extremo que Hitler le habría  comentado a Mussolini que el siciliano no era de confiar, claro que cuando fue la invasión de Abisinia, Pirandello donó su medalla del Nobel como colaboración a la causa.

Al pasado lo revivimos en la memoria, siempre nos acompaña, mientras ésta funcione. No hay duda que todos tenemos vivencias que preferiríamos sepultar, pero quienes han tenido un pasado oscuro, infausto, les cabe convivir con sus demonios. En algunos se despierta el remordimiento, quizá sean los menos. Para Borges la única venganza es el olvido y también el único perdón.

Rendición de cuentas

13 lunes Ago 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En determinados momentos de la vida, uno siente que ha llegado la hora de hacer una rendición de cuentas. Yo cada tanto suelo descargar mi conciencia, y tengo algunos testimonios publicados, pero en esta oportunidad coincide con que acabo de cumplir 70 años. Un hombre como yo que ha pasado la mayor parte de su vida en los hospitales atendiendo enfermos, formando a futuros médicos, capacitando a jóvenes profesionales y, como valor agregado, transitando por diferentes caminos de la cultura pudiendo mostrar una obra propia, tiene una vida que es más o menos pública y que puede despertar algún interés. Lo digo sin falsa modestia, sobre todo en una época donde el exhibicionismo vacuo, el marketing y la autopromoción desmedida mandan. Esta narración será en primera persona del singular, a sabiendas que algunos pueden considerarla un acto de narcisismo. Un amigo diría: ¿y por qué no? En fin, no es mi propósito. Desde la adolescencia tengo claro que uno debe esforzarse por vivir la vida que soñó, no la que otros quieren que viva, de allí mi natural rebeldía. Ser romántico, idealista, librepensador, denominaciones que en el pasado tuvieron su predicamento hoy no están socialmente bien vistas. Claro que no  se puede depender en exceso de la mirada ajena ni del reconocimiento de los otros si esto significa sacrificar lo que uno quiere ser, y yo nunca claudiqué.  Ahora bien, prescindiré de aspectos privados e íntimos que aquí no interesan. Tengo la intención de centrarme en algunos temas de mi profesión y quiero  dar testimonio. Al respecto, me gusta un proverbio árabe que dice: “Las cosas valen no por el tiempo que duran sino por la huella que dejan”.

Desde mucho antes de graduarme consideré la profesión de médico como una misión y un servicio. Desde ya que no quiero caer en el lugar común de formular el parangón entre el médico y el sacerdote, conozco perfectamente el metier de cada uno, más allá de que no ignore los orígenes sacerdotales de la profesión galénica. Los médicos no tenemos nada de ángeles, tampoco de santos, simplemente somos seres humanos, con la naturaleza de las pasiones humanas, con las luces y las sombras propias de la condición humana. Siendo estudiante universitario advertí que sería muy difícil ejercer la profesión sin tener una genuina vocación y careciendo de sentido común, por fortuna  no era mi caso, de lo contrario no hubiera dudado en tomar otro camino. Al  referirme a una misión hago alusión a la que incluye el poder que otorga la facultad de medicina para desempeñar el cometido específico, que más allá de los tecnicismos y exigencias curriculares, conlleva una natural exigencia u obligación moral. En lo que atañe a un servicio quiero explicitar la acción y efecto de servir a los seres vulnerados por las enfermedades, brindándoles asistencia y cuidado. Algunos profesionales no  comparten en la práctica este punto de vista, como lo revelan sus conductas. Cuando me entero de que ciertos colegas incurren en actos reñidos con la ética, que revelan insensibilidad ante el dolor ajeno, que no tienen un mínimo de sentido humanitario, confieso que siento vergüenza ajena. Deberían dedicarse a otra cosa y dejar de incrementar el malestar ya existente en los pacientes y sus familiares, el que termina por generar un clima de desconfianza como nunca antes vivimos en la historia de la medicina. Entiendo que estamos ante un cambio de época, que los valores están trastocados, que el dinero se ha convertido en un imperativo absoluto, pues, hoy todo pasa por la rentabilidad económica, y lo que no es rentable carece de valor, incluyendo la vida humana. Por eso, cuando tomo conocimiento de hechos que desvirtúan el espíritu del acto médico me asalta la impresión de que los valores de la profesión se han evaporado y me pregunto dónde fueron a parar las vocaciones, aquellas promesas altruistas. Afortunadamente muchos  escapan a estas miserias y enaltecen la tarea del médico, entre ellos rescato a mis discípulos. A los alumnos y médicos residentes, con quienes dialogo cotidianamente y de quienes siempre aprendo, suelo decirles que uno tiene que creer en lo que hace, estar convencido de ello,  porque estimo que de no ser así es mejor abandonar la profesión y armar otro proyecto de vida, al fin de cuentas nadie nos obliga a ser médicos.

Creo que el reconocimiento más importante que puede recibir un médico es el de sus enfermos, y como profesor la gratitud de aquellos que uno formó. Confieso que me sorprende cuando alguien me dice lo importante que he sido en su carrera, sinceramente pienso que exagera, que quizá tiene un buen recuerdo porque he procurado que mis enseñanzas se desarrollen en un clima de cordialidad (del latín cordis, corazón). El título de “maestro” pueden concederlo los discípulos y los alumnos, nadie más, las otras vías pertenecen a la política. El problema es que vivimos una época de escasa reflexión crítica, ideas frágiles,  definiciones y conceptos borrosos. En efecto, hay quienes no entendieron que tener el título de médico no es lo mismo que ser realmente médico, de la misma manera el profesor de por sí no es un maestro, el académico o estudioso no necesariamente es un intelectual, y nadie por el hecho de publicar un libro se convierte en escritor. Tampoco la poesía es prosa escrita en verso.

Yo soy de los que creen que las deudas morales jamás se saldan, no hay con qué pagarlas. Por eso estoy tan agradecido con aquellos que me enseñaron y ayudaron a llegar a ser lo que soy. A pesar de que hoy no están, los evoco con afecto, es una forma de homenajearlos. Hace poco alguien me preguntó qué me parecía el curso del mundo en general y de la medicina en particular. Le respondí que pertenezco a una generación mítica (la de los 70), que quiso cambiar el mundo para bien, pero no tuvo éxito. Entiendo, como sostenía Cesare Pavese, que los problemas que agitan a una generación suelen extinguirse en la generación siguiente, no porque se resolvieron sino porque perdieron interés general. La modernidad nos  permitió evolucionar en muchos aspectos, y debo subrayarlo para que no me tilden de reaccionario, claro que en lo que hace a la fraternidad, la solidaridad, el humanitarismo, los valores universales, hemos retrocedido trágicamente. Los jóvenes de mi generación veíamos el mundo y la medicina desde otra perspectiva, hasta creíamos en la evolución del hombre como ser humano. Lo que fue la trama y sostén del mundo ya no lo es. Éste no es el mundo que yo soñé, por el que trabajé y trabajo con honestidad, para que en él puedan convivir mis hijos y mis nietos. En cuanto a la medicina, también dista mucho de la que soñé como vocación de servicio y tarea altruista. Cuando fundamos el ICIM escribí: “Necesitamos una medicina que sea técnicamente eficiente, éticamente correcta, humanitariamente satisfactoria, económica y financieramente viable”. No se  logró. El negocio de la salud, como el negocio de la educación o el negocio de la fe, hoy solo inspiran desconfianza. Cuando deba irme, me llevaré conmigo ese desengaño.

Desde que a los 29 años fui secretario adjunto a la presidencia de un congreso mundial en Europa, mi interés en los eventos internacionales nunca decayó, si bien soy muy crítico con ellos porque considero, entre otras cosas, que bailan con la música y al compás de la industria farmacéutica. En más de 45 años de profesión he participado de grupos europeos, publicado en revistas y libros con colegas de todos los continentes. También he comunicado en distintos idiomas casos clínicos infrecuentes e incluso diagnosticado patologías que son raras en cualquier parte. Por ende, tengo una experiencia asistencial importante, a fuerza de cometer errores, porque es poco probable contar con una riqueza experiencial sin haber cometido errores, de allí la humildad que creo necesario adoptar. Si al ego no lo tenemos bajo control, si permitimos que  nos desborde, termina convirtiéndose en nuestro peor enemigo. Todos los años viajo al exterior para participar de estos eventos, y por supuesto aprovecho para hacer con mi mujer lo que hoy se llama turismo cultural, pero aclaro que los costos de esos viajes y los demás gastos salen de nuestros bolsillos, no de los laboratorios y, muy pocas veces he recibido en el pasado alguna colaboración económica para viajar, pagar la matrícula de un congreso o incluso poner en marcha algún proyecto de capacitación para mis médicos residentes. Mi relación con la industria farmacéutica es transparente, no recuerdo que me hayan solicitado nada que estuviese fuera de lugar, tal vez porque saben cómo pienso. Sin embargo la relación económica de muchos laboratorios con los médicos es un problema en todas partes, y da lugar a un submundo que deslegitima la profesión. En efecto, procuran congraciarse con los médicos jóvenes a través de todo tipo de dádivas y buscan convertirlos en vendedores de sus productos. Por otra parte, estoy en desacuerdo con los colegas que aparecen en los medios promocionando un producto medicinal como si fuesen agentes de venta de esas empresas, no es ético, y estoy en desacuerdo con las sociedades científicas que apoyan una marca a cambio de una contraprestación para esa sociedad (no son ONG humanitarias), tampoco es ético, y  lo saben. Mi maestro de gastroenterología, Eduardo Arias Vallejo, un madrileño muy afable que fue discípulo de Gregorio Marañón, quien siempre mencionaba las cuatro vertientes de la medicina (ciencia, técnica, arte y oficio) cuando se enteraba de alguna  irregularidad o traspié en el ámbito universitario o en el seno de la especialidad, con enojo y tono amenazante solía decirnos: “Mejor que yo no suelte la pluma”. No sé si alguna vez la soltó, en el fondo Don Eduardo era un hábil político.

En 1979, con diferencia de unos meses, luego de haber convalidado mis títulos de médico y doctor en medicina por los equivalentes españoles y de haber aprobado un curso de doctorado en la cátedra de Laín Entralgo, me citaron a examen de especialista en la Universidad Complutense de Madrid, en el Hospital San Carlos. Primero fue el examen de neumonólogo, cuya autorización concedieron por los antecedentes que tenía en esa especialidad desde que me gradué, paralelos a mi formación en medicina interna. Luego fue el de gastroenterólogo, tras dos años de curso en el Servicio-Escuela de Enfermedades Digestivas de Madrid, en régimen de residencia y donde obtuve la calificación de “sobresaliente”. Ambos exámenes, cuyas mesas examinadores fueron integradas respectivamente por cinco profesores de la Complutense, fueron teóricos y prácticos. Cuando retorné al país con esas acreditaciones debidamente legalizadas y muy entusiasmado con los resultados de tantos esfuerzos, las presenté en algunas instituciones y, comprobé que a menudo no eran consideradas un mérito, por el contrario, en una de ellas un funcionario le dijo a un colega amigo que, “en España regalan títulos”, pues, consideraba que no era posible que alguien en tiempo record hubiese obtenido ambas titulaciones. Alguno llegó a calificarme de “junta papeles”. Al parecer, tenía demasiado currículum para ser tan joven y eso  evidentemente era un inconveniente (…). Entonces comprendí que el camino que había escogido me traería muchos problemas. Siendo adolescente la lectura de José Ingenieros me vacunó contra la envidia, desde entonces elogio todo aquello que merezca ser elogiado. Los envidiosos, como sostenían los griegos, sufren doblemente: por sus males y por los bienes ajenos.  No exagero si digo que podría escribir un libro relatando los incontables obstáculos con los que tropecé o que arteramente me pusieron tanto en la actividad hospitalaria como universitaria y académica. Ni hablar de las trampas en los concursos. Todavía hay colegas que pueden dar testimonio de lo que digo por haber sido testigos. Recuerdo que siendo aún joven, hubo momentos en que llegué a considerar la posibilidad de retornar a Europa, pero había fuertes razones personales que me lo impedían. Opté por quedarme, al fin de cuentas ese siempre fue mi plan, vivir un tiempo como becario allí y retornar con lo visto y aprendido. Recuerdo que volví cargado de proyectos. No me arrepiento de la decisión que tomé, creo que fue acertada y, no quiero caer como muchos hacen en elucubraciones contrafácticas. Con los años comprendí que estar del lado de la verdad es importante pero no es suficiente, lo mismo puedo decir de la honestidad, los méritos, la capacidad, la conducta responsable, ya que hay otros factores que a veces terminan imponiéndose.

No tengo temor en llamar a las cosas por su nombre. En varias de las instituciones que trabajé, comprobé todo tipo de favoritismos, arreglos trasnochados y corrupción sistémica, algo que forma parte del underground de la profesión, pero siempre procuré mantenerme al margen, incluso de las “internas”, ya que mi objetivo fue, ha sido y es desarrollar la tarea específica, nada más. Mi mujer dice que yo vivo en mi mundo, de allí mi afición por el estudio y el trabajo. Pero algunos de mis críticos, por no llamarlos difamadores, jamás entendieron que disfruto del trabajo y que no es una impostura, pienso que no lo pueden entender porque no les sucede lo mismo, tal vez carecen de vocación. En el ámbito hospitalario cuando un jefe se dedica de lleno a su tarea despierta no pocas resistencias o recelos entre sus pares, y a veces lo ataca la jauría de los que no aceptan nada que pueda modificar el statu quo. Los delincuentes se cuidan mucho de dejar rastro, pero los mediocres no dejan rastro alguno porque no pueden.

En el ámbito laboral no me propuse hacer amigos, estimo que no es bueno mezclar lo personal con lo laboral, si bien es cierto que en todos los trabajos coseché grandes amistades. La amistad es muy importante, la valoro mucho, y surge espontáneamente. Las amistades por interés, buscadas por los arribistas, obviamente no son genuinas.

No es infrecuente que médicos muy capaces y responsables cultiven en sus momentos libres otras vocaciones, como el arte, la literatura, la reflexión filosófica o algún deporte, mientras otros colegas los toman como blanco de sus maliciosas críticas. En más de una oportunidad he defendido a alguno que fue injustamente criticado por el hecho de pintar, ejecutar un instrumento o escribir en sus ratos libres. Aquellos que no admiten que el médico tenga otras actividades paralelas no se dan cuenta de la importancia de las mismas para abrir la mente y tener una visión más amplia de la profesión y de la vida. Hace unos meses un individuo que no conozco,  a raíz de una carta que me publicaron en los diarios con motivo del día del médico, me envió un mail preguntándome si yo creía que en la medicina existía la ética, adjuntando la información periodística de tres casos mediáticos de mala praxis y, dado que  escribo, también me preguntó a qué me dedicaba realmente. No soy de los que se esconden y no tengo problemas en bajar a la arena, pero confieso que me desagrada el barro, y sé que hay gente que suele manejarse muy bien en ese medio, por eso procuro ser prudente, ya que uno sabe cómo entra al barro y no cómo sale.

En mi adolescencia mi padre me hizo leer su biblioteca del Siglo de Oro Español así como otros libros que consideraba importantes para mi formación, siempre le estaré agradecido. Me considero un gran lector, he leído de todo, incluso aquello con lo que no estoy de acuerdo, y tengo cierta habilidad para leer entrelíneas.  A los 24 años, además de graduarme de médico ya daba conferencias, escribía y publicaba, y simultáneamente asistía a cursos de historia, narrativa, filosofía, relaciones humanas e idiomas. La lectura de los clásicos y de otros pensadores actuales que incluso no figuran en el canon, me permite dialogar con ellos. Recuerdo que siendo muy joven, en momentos de adversidad, cuando el ánimo tiende a decaer, solía refugiarme en la poesía de Almafuerte. Mi inmersión en Las Dos Culturas, la científica y la humanística, ya era un hecho cuando ingresé a la universidad. En cualquier actividad que uno elija es necesario prepararse a menos que uno crea en la generación espontánea, tengo mala opinión de los improvisados y también de aquellos que simulan ser lo que no son.

Una de las cosas que me han criticado algunos allegados es mi clara inclinación por la defensa de los débiles y mi participación en ciertas causas perdidas. Quiero aclarar que no concibo la falta de sensibilidad social, tampoco el pragmatismo despojado de un sentido ético. Jamás pertenecí a ningún movimiento o partido político. Tengo por costumbre escuchar a mi conciencia que se impone de manera categórica. Mientras algunos de mis colegas se han pasado la vida procurando hacer relaciones importantes que les ayuden a conseguir puestos de jerarquía, ganar influencias, ser homenajeados, obtener premios, y qué se yo cuantas otras cosas, mi verdadero interés fue, ha sido y es otro. No recuerdo qué escritor decía que los premios, las buenas críticas, los homenajes, son estímulos psicológicos, ayudan a seguir adelante, pero si uno no los tiene igual puede seguir adelante. Claro que no he adoptado la postura extrema del talentoso Henri Micheax, que permanentemente se negó a conceder entrevistas, ser homenajeado, recibir premios, ser parte de un comité de redacción, al punto que no autorizó la edición de sus obras completas nada menos que en la Bibliothèque de la Pléiade, porque consideraba que más que canonización significaba una momificación. Las tesituras extremas no me agradan. Es evidente que hoy vivimos el tiempo de la inocencia perdida y, llegar a ocupar un ministerio, una dirección, un rectorado o un decanato suele responder al mecanismo de las puertas giratorias, es excepcional que sea por el peso de los méritos, aunque conozco algún caso que afirma que toda regla tiene sus excepciones. Cuando verbalizo estas observaciones hay quien se incomoda, considera que es políticamente incorrecto, que sería mejor que enmudeciese y mirase para otro lado. Como decía Aristóteles, soy amigo de Platón pero soy más amigo de la verdad. Y en cuanto a la mentira, creo que hay que mentir lo necesario, no más, pongo por ejemplo la mentira piadosa. En resumidas cuentas, he procurado ser sobrio, mantener cierta discreción personal y pública, no sé si lo he logrado, pero  estoy seguro que esa actitud ha despertado en algunos una inocultable falta de empatía.

Siempre tuve claro que ser jefe a uno no lo convierte en líder. Y como jefe en más de una docena de instituciones (servicios hospitalarios y cátedras universitarias), cargos casi todos obtenidos por concurso abierto, he procurado dar lo mejor, sin embargo no he podido evitar ciertas deslealtades, así como las ambiciones de algunos que deseaban sucederme a cualquier precio, soportar reticencias malvadas, sin que faltaran la insidia y la inquina personal. En todas partes me he encontrado con gente que me ve como un forastero o un outsider, y me han dicho –como crítica velada- que uno debe nacer y morir en la misma institución. Yo no estoy anclado en el pasado, por más que lo tengo presente, pero creo firmemente en el futuro, pese a mi edad y a saber que no llegaré a disfrutarlo, y trabajo con honestidad como ciudadano, médico e intelectual por un futuro abierto para todos, sin privilegios. No es retórica. Estoy comprometido con mi discurso, más allá de los peligros que entraña, y me viene la imagen de la puerta guardada por el dios Jano, aquel de las dos caras, que con una mira hacia la oscuridad y con la otra hacia la esperanza.

Mi capacidad de trabajo me llevó a ser jefe de servicio en dos hospitales a la vez, en uno por la mañana tenía bajo mi responsabilidad unas 150 camas de internación, además de consultorios externos, y en el otro por la tarde también otras 150 camas, ambos con sus respectivas plantas y residencias clínicas.  Además daba clases en los hospitales para alumnos de tres universidades. Reconozco que por momentos el trabajo me absorbía, pero era joven y tenía bastante vitalidad. Obviamente esto me llevó a cerrar el consultorio particular, lo que representó un error que luego lamenté. Recuerdo que en una oportunidad, cuando ingresaba al segundo hospital pasado el mediodía, me esperaba impaciente quien era mi jefe de departamento para reprenderme porque a mis espaldas tres médicos de staff habían solicitado reunirse con el director con la intención de dejarme en mala posición, y en un conflicto que el mismo director sabía que yo tenía razón. El jefe de departamento que avalaba mi desempeño, consideraba que ninguno de los tres podía reemplazarme, pero criticaba mi “distracción” ante situaciones como ésta, un defecto que admito siempre tuve.

La autonomía de vuelo, la libertad de palabra (no solo de pensamiento) y el rechazo al sometimiento que imponen algunas instituciones oficiales y también privadas, tiene un precio muy alto. Yo he pagado ese precio en defensa de mis principios y no me arrepiento, aunque sé que hay quienes pretenden que lo siga pagando hasta el día del juicio final. Creo que la firmeza en asumir mi autonomía, al fin de cuentas firmeza de carácter, a algunos les ha caído mal, otros se han molestado por no poder encasillarme o darse cuenta que nunca quise formar parte del rebaño. Puedo decir lo que pienso mientras otros callan y, considero que si uno está comprometido con la verdad tiene el deber y el derecho de no callar, a menos que esté en juego el pellejo. No quiero situarme en un plano moral superior porque nunca me lo creí, rehúyo del puritanismo y de toda neurosis ética. No tengo inconvenientes en aceptar que he cometido mis pecados de juventud, y ahora de mayor tengo no pocas fallas y errores, pero cuando me equivoco con alguien –y suele pasarme- tengo la costumbre de pedir disculpas.

He sido respetuoso con las instituciones y las jerarquías, pero jamás fui sumiso, a diferencia de algunos colegas que exhiben un orgullo vacuo y que cargados de oropeles van caminando sobre alfombras ajenas. Está claro que si queremos vivir en una comunidad humana necesitamos de un orden, de reglas y normas que todos cumplan para facilitar la convivencia. Pero cuando las reglas de juego fueron mal diseñadas o se establecieron de forma incorrecta o incluso tramposa, como en ocasiones sucede, nos enfrentamos a un dilema. Pienso que debemos situarnos más acá del Bien y más allá del Mal. Las instituciones las conformamos los hombres, y si hoy casi  todas están en crisis es porque la conducta de sus dirigentes revela una profunda crisis. Esperamos ejemplaridad de la dirigencia, pero ésta no aparece.

En lo que atañe a las jerarquías, desde chico mi padre me enseñó que no es el hombre el que se prestigia por ocupar un cargo en una institución, sino que debe ser el hombre el que le de prestigio al cargo, un concepto a contrapelo de la opinión masificada que yo tomé muy en serio. Dicen que los que persiguen el éxito a menudo procuran alcanzar las 3P: prestigio, poder y plata. En mi caso el dinero es solo un medio y de allí mi desapego. En la profesión médica, como también en otras, hay personajes que se mueven como si fueran los dueños de las instituciones, tal vez lo sean, aunque hacen lo imposible por ocultarlo, y a todo aquel que pretende irse por la cuneta que ellos no controlan con vocación de Big Brother, suelen actuar como comisarios políticos y terminan borrándolo de la nomenklatura. Lo sé perfectamente y, hasta podría escribir un libro de enjundiosas anécdotas, pero su publicación debería ser postmorten, no vaya a ser que alguno tenga la brillante idea de contratar un sicario. En muchas oportunidades he manifestado e incluso publicado que sólo reconozco las dinastías intelectuales, las otras no tienen sustento, pero alimentan a muchos tilingos.

Desde mi Fundación, que ya tiene más de dos décadas, estamos empeñados en promover Las Dos Culturas y, las grandes dificultades para concretar muchos proyectos obedecen a que no existe un negocio detrás como en otras instituciones que se declaran sin ánimo de lucro, a pesar de todo su reconocimiento cruza el Atlántico. Mis deseos reales suelo verbalizarlos, no son un enigma ni están encriptados. Gracias a Dios he logrado cumplir con no pocos sueños, lamento que otros no se hayan concretado, pero ha sido por falta de colaboración o porque no se dieron las circunstancias, sin embargo continúo en la lucha, soy de los hombres que luchan toda la vida como diría Beltold Brecht, pues, considero que quien no lucha ya perdió. Pienso que soy moderadamente optimista o tal vez un  pesimista bien informado, depende del momento. Proyectos muy elaborados e innovadores como la concreción de un hospital comunitario, una universidad internacional o una world conference of internal medicine, tuvieron como rechazo el argumento de que no respondían a la “lógica del negocio” y, sinceramente yo nunca me sentí como El mercader de Venecia. En la contabilidad de la vida, deberíamos abrir dos columnas, una con las cosas que hacemos por nosotros, la otra con las que hacemos por los demás. Hoy por hoy en todas partes y en diversos ámbitos el estado de cosas está cambiando. Lo cierto es que muchos decorados y cánones se están resquebrajando al igual que la hipocresía sistemática, y los encargados de esta loable tarea suelen ser jóvenes pensantes. Es de lamentar que en muchos casos haya que rehabilitar al hereje luego de haberlo quemado en la hoguera, porque pretender hacer justicia tardíamente ya no es justicia. El mundo está ávido de reparaciones de la memoria. Y el ejercicio de la desmemoria es manejado por los poderes según sus deseos y conveniencias. Los seres humanos siempre damos vueltas alrededor de los mismos temas existenciales, lo hacemos desde que tenemos registro del mundo, pero en el fondo se trata de problemas insolubles, que nos llevaremos con nosotros. No podemos pretender que la tecnología sustituya a la metafísica o la lógica a los sentimientos. Las máquinas solo entienden aquello para lo que han sido programadas y el mundo con o sin algoritmos será siempre un misterio, no nos engañemos ni nos dejemos engañar por aquellos que dicen tener todo resuelto. La vida de por sí es compleja, el asunto es que muchos se dedican a complicarla. Cuando uno comienza a entender ciertos mecanismos de la vida, es justamente cuando tiene que prepararse para la partida. Hoy la desigualdad está presente en todos los ámbitos, y por supuesto en la atención médica. La muerte es quizá la única ley que nos iguala, nadie escapa, nos iremos como vinimos.

Gracias, muchas gracias, a mis familiares, amigos y maestros.

La Revolución Industrial y el Urbanoceno

26 jueves Jul 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Tengo la impresión que los jóvenes de hoy son conscientes de los problemas sociales, quizá porque los sufren o tal vez porque los observan en otros, pero cuando dialogo con ellos acerca de cómo se generaron esos problemas o qué información poseen sobre los antecedentes y su evolución en el tiempo, compruebo un profundo desconocimiento de la historia, lo que resulta peligroso, porque los torna vulnerables ante ciertos discursos simplistas con los que se busca manipularlos. Claro que esa falta de información, a menudo tan criticada por los mayores, no es culpa de los jóvenes, obedece a políticas educativas tendenciosas e irresponsables, que no tienen presente que el conocimiento de la “historia real” les permite formar opinión propia y saber dónde están parados.

A fines del Siglo XVIII la economía europea todavía asentaba en la agricultura y el comercio, era una economía más bien artesanal. Entonces aparecieron en Inglaterra los telares mecánicos, los ferrocarriles, los barcos a vapor. No fue obra de la casualidad. Inglaterra poseía importantes yacimientos de carbón que era el combustible más usado y disponía de hierro, la materia prima de la construcción de máquinas, barcos y ferrocarriles. Además la burguesía inglesa tenía ahorrado grandes capitales que obtuvo por medio de la expansión colonial y las ideas liberales favorecían la iniciativa privada. Como resultado de la conjunción de estos hechos se modificó la forma de explotar la tierra y se redujo el personal al mínimo imprescindible, como sucede con el capitalismo globalizador actual. Había que aumentar la producción al máximo, por eso cayeron los precios, los campos fueron cercados y los grandes propietarios se quedaron con las tierras de los campesinos. Por eso masas de campesinos migraron a las ciudades en busca de trabajo, mientras las ciudades se llenaron de fábricas. La gran oferta de mano de obra llevó a los patrones a rebajar los sueldos, despedir obreros  y, en su lugar, tomaron niños de hasta 5 años de edad a los que les pagaban mucho menos. Extendieron la jornada laboral hasta 15 y 17 horas con mínimas condiciones de seguridad y salarios miserables. Así surgió una burguesía industrial integrada por los dueños de las grandes fábricas que arrasaron con los talleres de los artesanos. La industria terminó asociándose a la banca y al mundo de las finanzas. Como vemos, la actual globalización no inventó nada, pues, en aquella época ya existían los abusos que hoy se verifican, excepto que todavía no había aparecido el mundo digital. De esta manera se construyeron las bases ideológicas y procedimentales del capitalismo. Charles Dickens reflejó en sus obras de manera magistral y quizá como ningún otro escritor las vivencias de la época victoriana, así como la ruin explotación del trabajador. En la Inglaterra decimonónica las familias pobres debían soportar el frío por no tener carbón, y era frecuente que el padre se quedase sin trabajo porque en la mina de carbón donde trabajaba sobraba la producción… Dickens es más actual que nunca, también Marx o Chéjov. Mucho antes de que surgiera la Revolución Industrial, William Shakespeare decía que los peces viven en el mar como los hombres en la tierra: los grandes se comen a los pequeños. La consecuencia inevitable de esta injusta situación fue el triunfo de los nacionalismos, luego vinieron las tragedias que todos conocemos y que aún no hemos podido digerir. Bertolt Brecht se preguntaba para qué servía decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada sobre el capitalismo que lo origina.

A principios del Siglo XX Robert Tressell escribió una novela sobre la explotación laboral que ahora se publica con el título: “Los filántropos en harapos”. Tressell hablaba de “filántropos” porque los obreros entregaban su trabajo por una paga miserable a unos patrones que los amenazaban con despedirlos si detectaban una mínima distracción. Ellos agradecían tener un trabajo, pese a que vivían hambreados y prácticamente esclavizados. La situación de nuestros días en muchos lugares del planeta no parece ser muy diferente, ya que el trabajo cada vez está más precarizado y los que tienen trabajo en blanco viven angustiados por la incertidumbre y el peligro de perderlo. Lo que Tressell no aceptaba es que aquellos que trabajan bajo un sistema cuyo trasfondo es esclavista y consecuentemente indigno, terminen votando a quienes los explotan y les roban. Lo grave es que esto sigue ocurriendo patéticamente un siglo después.

La historia de esta cultura capitalista, que nada tiene de “rostro humano” y que podríamos calificar de canalla, no solo instrumentó la política de la explotación humana, también la de la explotación de los recursos naturales, al extremo que se niega a dejar de contaminar el planeta, aunque prometa lo contrario. Se habla de la “deuda ecológica” del norte con respecto al sur, porque las grandes emisiones de anhídrido carbónico provienen de allí, y los que habitan en estas regiones del planeta deben padecer las consecuencias dañosas de una situación que no provocaron. Los causantes de este desastre ecológico niegan hipócritamente su responsabilidad cuando no la diluyen.

Es lógico que ante la imposibilidad de transformar el mundo surja la desesperanza, pero el capitalismo hábilmente trastoca y muta la desesperanza en adaptación. A diario escuchamos que hay que adaptarse o sino perecer… Y es frecuente que muchos citen a Darwin para darle fuerza a esta idea, aunque nunca lo hayan leído, pero cuando hablamos de adaptación deberíamos especificar de qué entorno hablamos. Ahora bien, el capitalismo puede funcionar si existe Estado de derecho que a través de los altos impuestos financie escuelas, hospitales, pensiones, más allá de que exista el derecho a la propiedad y el libre comercio. Pero si sólo se toman estos dos últimos aspectos y se evaden las leyes, si no hay seguridad jurídica y gobiernan los corruptos que benefician a grandes empresas, familiares y amigos, es imposible que funcione bien. La malicia de esta trampa ideológica es evidente y esta historia la conocemos todos. Los países nórdicos, que soportan algunos problemas sociales importantes, tienen un sistema capitalista, existe el juego democrático y sostienen un Estado de Bienestar aceptable.

En una nota anterior hice referencia al Antropoceno. Geoffrey West propone reemplazar el término Antropoceno por Urbanoceno, que según él sería más geográfico y hace referencia a las urbes o ciudades populosas. Y Richard Florida considera que el gran desafío del mundo actual está en la crisis urbana. En efecto, menciona el crecimiento desigual de las ciudades, la gran desigualdad que se advierte dentro de las ciudades populosas, y habla de una “clase creativa”. Para Florida el crecimiento urbano no pasa por los proyectos faraónicos y tampoco por las sedes de las grandes empresas, como creen algunos gobernantes y gestores urbanísticos que abusan del marketing, sino por la tecnología, el talento y la tolerancia, tres factores que son el motor del crecimiento. West sostiene que unas sencillas leyes matemáticas rigen las propiedades de las ciudades, como ser, del número de población puede deducirse la riqueza, la movilidad, la criminalidad y otros aspectos de la vida en una ciudad. La urbanización se ha expandido en los últimos 200 años de manera exponencial, resulta sorprendente, y se cree que en la segunda mitad de este siglo el planeta estará totalmente dominado por el desarrollo de las ciudades. He leído que China planea construir unas 300 ciudades en los próximos 20 años. Por otra parte, se calcula que para el 2050 habrá en el mundo unos 10.000 millones de seres humanos, lo que alarma aún más a los malthusianos.

Si bien es cierto que en las ciudades surgieron las civilizaciones o las culturas tal como hoy las conocemos, no podemos negar que en ellas se origina el calentamiento global, la contaminación ambiental, la polución y numerosos fenómenos que causan daño ambiental y enfermedades, por eso allí reside la esencia o el meollo del problema, a lo que podemos sumar las dificultades energéticas, las finanzas, la economía, entre otros factores. La fundación y el desarrollo de nuevas ciudades sin duda traen progreso, pero repercute de forma dañosa en el planeta. La producción de basura y su tratamiento no es un problema menor, y la contaminación tiene consecuencias muy graves en la salud. El plástico, un derivado del petróleo, contamina los océanos y va detrás del calentamiento global. Un panorama preocupante que no puede quedar en manos de los especuladores.

Que la gente migre a las ciudades buscando una mejor vida es entendible, claro que cuanto más gente llega el desequilibrio entre la demanda y lo que las ciudades pueden ofrecer aumenta. No podemos pretender que esa gente se vaya al campo sin ninguna expectativa de progreso, tampoco que sobrevivan en el desierto, no sería justo. Me gustan las políticas urbanas de desarrollo inclusivo y holístico, en tanto no sean parte de una retórica que encubre los grandes negocios urbanísticos. El desarrollo exige una planificación inteligente cuya meta sea el Bien común. En fin, como reza un proverbio holandés: no puedo impedir que el viento sople, pero sí puedo construir molinos.

Los escritores malditos

10 martes Jul 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La historia del Affaire Dreyfus me atrapó en plena adolescencia. Leí J’accuse de Zola en mi época del bachillerato, no porque fuese de lectura obligatoria en la escuela, ya que en nuestra educación oficial es habitual escamotear ciertos temas. Recuerdo que por televisión vi una representación teatral del caso, se lo comenté a mi padre y él me dijo que en su biblioteca había un ejemplar de la denuncia de Zola. Durante los últimos doscientos años hubo rispideces que dividieron a los intelectuales franceses, como el pacto entre Stalin y Hitler, la invasión a Polonia, la liberación de Argelia e Indochina, el Mayo del 68, entre otros. No pocos intelectuales asumieron actitudes que dieron lugar a críticas, es el caso de Charles Maurras, heredero de Barrés, quien tuvo una posición antisemita, antirrepublicana y nacionalista. Otros cambiaron de rumbo, como André Gide que viajó a la Unión Soviética y retornó decepcionado. Sartre abogaba por la revuelta y a la vez radicalizaba su pensamiento, en cambio Albert Camus que también partía de la revuelta, estaba convencido de que convenía adoptar una tesitura moderada.

El Affaire Brasillach no alcanzó la repercusión pública que tuvo el Affaire Dreyfus, y muchos de los que saben de las peripecias del capitán Dreyfus ignoran quien fue Robert Brasillach. Este escritor y periodista integró con Ferdinand Céline y Pierre Drieu la Rochelle el denominado trío de “los escritores malditos”, que tuvieron en común haber combatido en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial del lado de los aliados, veneraron a Charles Maurras, quizás el mayor intelectual católico de derechas del Siglo XX y, en sus escritos asumieron una tesitura filofascista. Por sus escritos ideológicos se los acusó de colaboracionistas, aunque nadie pudo probar que lo hayan sido.

Dreyffus salvó la vida y al final se reveló su inocencia. Brasillach debió entregarse cuando se enteró que su madre y su hermana habían sido detenidas por la resistencia francesa. Dos semanas después de iniciado el juicio donde se lo acusó de haber colaborado con los alemanes fue fusilado en un frío amanecer por orden del General De Gaulle. El joven escritor de origen catalán, en sus artículos arremetió contra los siete poderes que según él dominaban el mundo: el comunismo, la socialdemocracia, la Iglesia católica, el protestantismo, la masonería, los trusts económicos y el judaísmo. En fin, Brasillach abrió demasiados frentes de combate. Mientras aguardaba la sentencia en su celda, escribió algunas reflexiones que me parecen muy actuales: “La vida es una broma de mal gusto”; “Si buscas justicia en vez de tranquilidad en este mundo democrático, suicídate”; “Para vivir hay que saber reírse de la estúpida realidad”.

Simone de Beauvoir siguió de cerca el juicio y afirmó que no fue un juzgamiento judicial. Una solicitud pidiendo clemencia fue firmada por Albert Camus, Jean Cocteau, André Malraux, François Mauriac, Paul Valery, pero el General De Gaulle la desestimó. Camus habría sido el único escritor de la nueva generación que firmó la petición no sin antes navegar en un mar de dudas y exigir modificaciones al texto original, pero lo cierto es que Camus siempre se opuso a la pena de muerte. Sartre y Simone de Beauvoir se negaron a firmar, pues, consideraban que la escritura de por sí compromete y crea una responsabilidad que para ellos era “ilimitada”. Es célebre la frase de Beauvoir en una de sus obras: “hay palabras tan asesinas como una cámara de gas”. El tribunal consideró que se trataba de actos de propaganda a favor del enemigo y condenó al escritor. Una actitud diferente, imparcial, desde mi punto de vista, sería aquella que sostiene que por el contenido de sus escritos al escritor no se lo puede poner en pie de igualdad con los que colaboraron económicamente o empuñaron las armas y mataron.

Dicen que el abogado del joven periodista fue recibido por De Gaulle e hizo hincapié en que la solicitud de clemencia había sido firmada por intelectuales antinazis, todos adversarios de Brasillach. Además el acusado no había delatado, torturado ni asesinado a nadie. Al finalizar la reunión De Gaulle no dudó en firmar la sentencia de muerte. El caso Brasillach no tuvo etapa de instrucción, la acusación se basó exclusivamente en sus escritos y para el jurado fue suficiente. Brasillach no era inocente, era culpable de lo que había escrito (como todo escritor), y en sus palabras estaban sus crímenes de guerra.

A De Gaulle le gustaba decir  –sotto voce– que el talento era una responsabilidad, y es probable que éste haya sido el argumento de mayor peso para que no haya tenido con el escritor la clemencia que sí tuvo para con su viejo camarada de armas, el Mariscal Philippe Pétain, principal representante del Régimen de Vichy. Los vínculos de Pétain con la Gestapo y la SS, su relación personal con Hitler, la deportación de 76.000 judíos franceses a los campos de concentración de los que sobrevivieron 2.500, el envío a Alemania de 650.000  trabajadores franceses, no se podían ignorar… Pero para De Gaulle,  su antiguo comandante merecía conservar la vida (¿espíritu de cuerpo?), no así Brasillach, cuyo delito fue publicar lo que pensaba. De Gaulle escamoteó la ley, el derecho, y apeló a la Razón de Estado: los intereses de la República están por encima de la vida de un individuo. Más allá de la desmesura de Sartre y Simone de Beauvoir, de la decisión de De Gaulle, el desenlace del proceso sentó otro triste  precedente para que el Estado pueda perseguir y criminalizar a los escritores en función de lo que escriben.

Charles Maurras fundó L´Action Française. Él pretendía que Francia retornase a la monarquía y creía necesario catolizar e implantar un gremialismo que sustituyese al individualismo liberal, en beneficio de una sociedad corporativa similar a la medieval, donde la sociedad no debía soportar más las penurias del capitalismo ya que los gremios ayudarían a sus integrantes más necesitados. Maurras durante la Guerra Civil Española estuvo del lado franquista, y pese a que Alemania fue su eterna enemiga, al finalizar la Segunda Guerra Mundial fue condenado por colaboracionista.

Louis-Ferdinand Céline ejerció la medicina durante veinticinco años, fue un clínico general de los barrios pobres de Paris, muy hábil con los idiomas, pero pasó a la historia como novelista. Para Céline el estilo de quien escribe es un cuestionamiento a la moral de quien lee. Nos gusta juzgar aquello que leemos pero no que lo que leemos nos juzgue a nosotros. Para él, estilo y moral serían una misma cosa. En una entrevista que le hicieron en The Paris Review, comentó que toda su vida transcurrió en la pobreza, comiendo fideos. Reconoce que la conciencia social se le despertó muy tarde, cuando vio gente que hacía dinero mientras otros morían en las trincheras. Luego de la caída de Alemania escapó a Dinamarca y allí fue arrestado porque en plena guerra había hecho declaraciones antisemitas. Céline disfrutaba con ridiculizar a la sociedad, provocación que no podía ser gratuita. Para algunos críticos modernizó la literatura francesa, con su estilo cuestionaba la moral del lector. Introdujo como recurso literario la técnica de los tres puntos: “¡los franceses son tan vanidosos, que el ´yo´ del otro los saca de quicio!…”  Él vivía atacando a sus contemporáneos, a los editores que no leen, y a las frases de Proust, un asmático severo que solía utilizar frases muy largas, no usuales en francés. En los últimos años buscaba la soledad, pese a no tener dinero mucha gente lo reconocía en la calle, por eso comentaba que tenía “un hambre animal de reclusión”.

De estos intelectuales de derecha, el que más estuvo ligado a la Argentina fue Pierre Drieu La Rochelle, quizás el más contradictorio. Herido en Verdúm durante la Gran Guerra, pasó del surrealismo al dandismo, experimentó con drogas y se hizo comunista. “Siempre me ha gustado juntar y mezclar los problemas contradictorios: nación y Europa, socialismo y aristocracia, libertad y autoridad, misticismo y anticlericalismo”. Estaba obsesionado con la decadencia de la época y retrataba a la burguesía de entreguerras de manera alegre y dedicada a sus amantes. Pierre ya había madurado la idea de la Unión Europea y coincidía con la idea que al respecto tenía Hitler, un dato sorprendente que muchos ignoran. A comienzos de los años 30 se adscribe a la ultraderecha, se hace fascista, conoce a Victoria Ocampo y da conferencias en el Jockey Club de Buenos Aires, donde conoce a Borges. Intentó suicidarse en dos oportunidades, tomando Luminal y cortándose las venas. Pierre fue un defensor del gobierno de Vichy, pero a diferencia de Céline, nada indica que fuera antisemita, su primera mujer era judía y él la salvó de los campos de concentración. André Malraux y otros amigos intentaron protegerlo, pero en 1945 se entera de que hay una orden para arrestarlo y, esta vez logra su cometido ingiriendo el contenido de tres tubos de somníferos y respirando todo el gas que puede en la cocina de su casa. Los tres autores ya fallecieron, pero qué duda cabe que son contemporáneos, pues, se anticiparon a la realidad de nuestros días.

La Democracia en la era del Antropoceno II

27 miércoles Jun 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El título de este artículo iba a ser otro, pues, pensaba cambiar de tema, pero dado que el anterior motivó alguna crítica destemplada, he decidido volver sobre mis pasos. Tengo en claro que enfrentarse a las propias ideas, someterse a juicio para probar su validez es difícil, pero en mi caso confieso que es una imposición kantiana. El Antropoceno, como ya dije,  tiene una crítica que discurre fundamentalmente por  el ámbito geológico y  aquí no ha generado comentario alguno, sí ha despertado la ira algunas observaciones y reflexiones que hice sobre la democracia. Antes de proseguir, debo señalar que a lo largo de la historia se han ensayado diferentes modelos de gobierno y ninguno satisfizo o al menos dejó conforme a las “mayorías” (no uso el adjetivo “pensantes” para evitar ser acusado de clasista). No es un hecho casual que tanto Platón como Aristóteles desconfiasen de la democracia, más allá que viviesen en una sociedad esclavista, ya que  advertían que el sistema se prestaba a demasiada manipulación. Nuestros maestros del pensamiento adherían a la sofocracia, que en la práctica distó mucho de ser algo perfecto, claro que Emmanuel Lévinas solía decir que la “perfección” no es una idea, solo se trata de un deseo. Podríamos hacer no pocas disquisiciones sobre los distintos sistemas de gobierno experimentados a través de las épocas, pero con un sentido pragmático, estimo que conviene limitarnos al Siglo XX y a lo que va del actual. Es así como podríamos circunscribirnos a los inicios del siglo pasado, con el arrastre de una fuerte cultura y moral decimonónicas, el período de entreguerras con sus devaneos ideológicos, la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín, y la actual posmodernidad.

La Belle Époque, la Primera Guerra Mundial, el período de entreguerras, revelaron la expansión de los imperios, el auge del capitalismo, la creencia en el progreso tecno-científico como impulsor del bienestar de la humanidad, pero sobre todo estuvieron signados por la irresponsabilidad de las clases dirigentes.  En Europa se dio la lucha entre los fascismos y el llamado mundo libre. Las élites tuvieron una mirada sesgada, priorizaron sus intereses económicos y de poder, por eso los costos sociales fueron altísimos. Con la implementación del nuevo orden surgido de Yalta se inició un período en varios aspectos prometedor, no sin grandes claroscuros. Rescato como hecho positivo el Welfare State, ese Estado de Bienestar, con sus más y sus menos, que fue sin duda la gran conquista social y representó un progreso genuino. Luego vino la globalización neoliberal y las sucesivas crisis políticas, económicas y financieras, en consecuencia ese Estado comenzó a desmontarse, al punto que hoy vivimos el  Estado de Malestar, que castiga duramente a millones de seres humanos en todas las facetas de la vida, incluyendo las necesidades básicas, los expone al dolor de la temporalidad y la precariedad laboral debido a exigencias del mercado, y al final los deja sin ninguna protección social. Una tragedia que priva a las jóvenes generaciones de tener un proyecto, una esperanza de vida, una idea de futuro. Ellos sienten que este mundo los rechaza, no les pertenece. Quizá tengan razón los que estudian las posibilidades de vida humana en otros planetas, al paso que vamos, la tierra será sólo para los elegidos.

La Guerra Fría significó entrar en conflicto pero sin declararse la guerra convencional a través de las armas, y fue la lucha desembozada entre la democracia capitalista occidental y el comunismo. Recuerdo que no había finalizado el bachillerato cuando leí El archipiélago Gulag, de Alexander Solyenitzin, quien en los años 50 había sido condenado a trabajos forzados por sus críticas al régimen soviético. Hace unos años, en Moscú, al pasar por delante del edificio de la antigua KGB, recordé que allí estuvo detenido. Luego de ser expulsado de Rusia, el Nobel de Literatura fue aclamado en las universidades de Occidente. La prensa y la opinión pública lo trataban con afecto, lo comparaban con Dostoievsky y Tolstoi, pero la luna de miel no duró mucho. Las declaraciones de Solyenitzin fueron políticamente incorrectas. En efecto, él manifestó sin pelos en la lengua su desilusión por la vida occidental, no era como suponía, y hasta llegó a criticar sus vicios.  Solyenitzin, a diferencia de otros intelectuales, no se dejó tentar por las comodidades, privilegios y halagos que le ofrecían quienes pretendían utilizarlo con fines propagandísticos, por eso su presencia terminó siendo incómoda a uno y a otro lado de la cortina de hierro. En Occidente estaban más interesados por sus declaraciones políticas que por su meritoria producción literaria. La intelligentsia rusa no lo quería porque Alexander sostenía que ésta no había hablado de las víctimas de la represión totalitaria, convirtiéndose así en parte del sistema.

Libertad y democracia han sido fusionadas en el discurso político, pero conozco gente que defiende a viva voz la libertad y la democracia siempre y cuando no afecten sus intereses privados. Por otra parte, no todo el mundo tiene problemas en vivir bajo un régimen autoritario si a cambio tiene asegurado la cobertura de sus necesidades y alguna que otra comodidad. Esto lo tienen muy claro los impulsores de los regímenes antidemocráticos que se dedican a comprar conciencias.

Hoy existen muchos interesados en destruir la democracia por medio de la confusión y el caos. He leído declaraciones de algunos nostálgicos de la monarquía que aseguran que debemos retornar al sistema monárquico, ya que sería superior y daría una estabilidad que tranquiliza. En fin, creí que estábamos volviendo a las etapas más sombrías de la Edad Media. Pues bien, no hay nada mejor que sembrar la desconfianza en las instituciones del Estado, la Ley, y el espíritu democrático, el que está replegándose mientras crece el autoritarismo trasnochado. Situación que alienta a los grupos chovinistas y xenófobos, mientras la corrupción es el telón de fondo. Como ya señalé, el debate político no pasa de ser puro espectáculo e Internet constituye el ámbito ideal para que la mentira prolifere sin cortapisas. En lo que atañe  a la prensa, que tantos elogios cosechó en el pasado, al punto de ser considerada el cuarto poder, hoy vive el drama de la falta de credibilidad. Pienso que la esperanza está en la prensa “independiente”, fundamental para informar con veracidad y explicar desde la razón, guste o no guste al poder de turno. Thomas Jefferson decía en las postrimerías del Siglo XVIII que entre tener un gobierno sin prensa o una prensa sin gobierno prefería lo último. George Orwell en 1944 advirtió a sus colegas periodistas que no creyesen que durante años podían ser serviles haciendo propaganda al régimen soviético o de cualquier otro y luego retornar súbitamente a la honestidad intelectual. Orwell añadía: “Basta con que una vez te prostituyas, para que te conviertas en una puta”.

Debemos convivir con el contexto neoliberal y el mundo en Red.  Pienso que en la medida que estos conflictos de fondo continúen incrementándose y en el horizonte no aparezcan soluciones concretas, los peligros de un estallido social global cada vez serán mayores. En efecto, no se puede seguir manteniendo un viejo orden injusto e insensible a la vez que se le da más oxígeno a sus perversos mandatos. No podemos permitir que una parte considerable de la sociedad sea abandonada a su suerte, es inhumano. Tampoco puede ser que los ricos sean los únicos depositarios del futuro, ya que son los más beneficiados por las políticas gubernamentales, mientras la desigualdad crece y la pobreza tiende a perpetuarse. ¿Cómo es posible que los pobres paguen en proporción más impuestos que la clase media? La democracia se ve cercada por la corrupción que ya es sistémica, la ineficiencia del gasto público, la elusión y la evasión fiscal. El sueco Stig Dagerman dice que, “los sistemas estatales, por más democráticos que sean, hacen caer sobre el común de los mortales una carga de angustia que ni los fantasmas ni las novelas policiacas pueden igualar”. Y claro, crece la angustia frente a la posibilidad de perder el empleo, la caída del nivel de vida, la espera de la próxima crisis económico-financiera que llegará inexorablemente. La democracia no es culpable, lo que sucede es que el hombre no es natural ni espontáneamente democrático, mucho menos solidario.

Hace un tiempo alguien me preguntó porque jamás ingresé en la política, pues, oportunidades no faltaron, de uno y de otro bando, incluso un masón me dijo que les sería muy útil. Siempre rechacé cordialmente toda propuesta. Soy amante de mi libertad, defiendo mi autonomía e independencia, si bien sé que tienen sus límites. Quizá por eso nunca ocupé un cargo importante en el Estado, tampoco en la esfera privada. Cuando leí a Macchiavello -en su idioma original-, comprendí que la política no podía llevarse bien con la moral, en consecuencia tomé la decisión. A quienes les cuesta definirme ideológicamente (o tal vez encasillarme), les comentó que desde muy joven admiré a  León Tolstoi, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Albert Camus, y creo que son datos  más que suficiente para sacar conclusiones taxonómicas.

La Democracia en la era del Antropoceno

11 lunes Jun 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La actividad humana ha transformado los ecosistemas de manera radical y algunos científicos ya hablan de una nueva era geológica, la del Antropoceno, como una unidad distintiva en la historia de nuestro planeta, concepto rebatido por los que piensan que no es más que una ideología camuflada de época geológica. La señal del nuevo tiempo serían los “isótopos radiactivos” procedentes de los ensayos con las bombas nucleares cuyo rastro se cree durará unos 4.500 millones de años, tantos como los que tiene la Tierra. Por ello se estima que el Antropoceno debió comenzar en 1945 cuando Estados Unidos hizo explotar la primera bomba. A partir de allí se produjeron un sinnúmero de fenómenos mediante la mano del hombre que continúan modificando negativamente el planeta, en algunos casos de forma irreversible. Los metales pesados, el plástico, los hidrocarburos, el cemento, entre otros factores, han modificado la atmósfera y esto afecta profundamente a todos los seres vivos, entre ellos el hombre, un bípedo implume, según la definición de Platón, que además es un depredador consuetudinario. Numerosos cambios físicos, químicos y biológicos importantes comenzaron mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, claro que a partir de ella se incrementaron exponencialmente. La narrativa del período nos conduce a considerar sus consecuencias sociales, culturales y políticas, las que incluso contemplan una “ética antropocénica” y, pienso que también inciden en  la democracia. Con los orígenes de la democracia existe toda una mitología,  y podríamos decir lo mismo de la república, como la falacia según Heródoto y Tucídides de que Harmodio y Aristogiton habrían sido los fundadores de la democracia ateniense. Los emperadores romanos, por su parte, en una época de analfabetismo dominante, apelaban a la publicidad visual acuñando monedas con sus caras.  Lo cierto es que tanto en la democracia ateniense como en la república romana, hubo corrupción, tráfico de influencias, asesinatos por encargo y, desde mucho antes, los personalismos y la mentalidad imperial. Thomas Carlyle solía decir que, “El hombre que puede, es rey”.

En toda democracia se busca el apoyo de las mayorías y, en ese cometido ponen su  fervor los políticos, al punto que daría la impresión que el resto de los ciudadanos no cuenta. Pero la democracia implica no solo la voluntad de las mayorías, también el respeto por las minorías. Algo similar sucede con los distintos organismos integrados por diferentes países, donde los más fuertes imponen la agenda y los otros deben aceptarla mansamente, lo que habitualmente constituye una cesión de soberanía. En estos organismos está muy presente la mentalidad imperial. El dólar y el euro, más allá de sus simbolismos, sirven de hecho para dominar. Sin embargo, es necesario gobernar pensando en el bien de todos los habitantes, aunque es imposible conformar a todos. John Stuart Mill llegó a hablar  de: ”la extorsión moral de las mayorías”.

Las redes sociales han contribuido a modificar la forma de hacer política, pues, algunos gobiernan a golpes de tweets, dando la espalda a los otros poderes del Estado. Vivimos una época de referéndums, twitters y fake news. A través de las redes estamos expuestos a la visión del otro, que nos recuerda el Panóptico carcelario del utilitarista Jeremy Bentham (el prisionero era vigilado y controlado sin que lo supiese), y que fue criticado por Foucault al proyectar esa arquitectura política e institucional sobre la sociedad. En la lucha por alcanzar el poder hoy aparecen los trolls, cuya intención es difamar, acosar o mentir sobre el adversario. Los trolls surgieron con Internet y nada tienen que ver con las criaturas mitológicas del folklore noruego de donde proviene el término. Parece ser que es más efectivo tener un centenar de trolls que una legión de infantes, e impresiona ser  la versión digital de la política comunicacional de Joseph Goebbels.

El populismo sería el Leviatán de nuestros días. En efecto, a consecuencia del miedo y la incertidumbre las multitudes terminan clamando seguridad y certidumbre al precio que sea. Hoy existe un populismo posmoderno que clama por un mesías o una suerte de césar o amo que ponga la casa en orden y a la vez castigue a los responsables del mal. El cesarismo actual fabrica un relato épico, invoca una vuelta a las glorias del pasado -a menudo no son tales-, recurre a la escenificación mediante los símbolos y los otros artículos que conformarían la identidad nacional, e identifica fácilmente a los causantes del desorden y del caos, prometiendo soluciones muy simples a problemas complejos, todo en el lenguaje sencillo de la calle. ¿Acaso eso no hacían Mussolini, Hitler, Stalin? De esta manera las decisiones pasan por los sentimientos, con una metodología que es antipolítica y asamblearia. El Brexit es un claro ejemplo de cómo las emociones cambian la política, alteran la economía y terminan dibujando otra realidad. Marx estaba convencido de que tras la revolución y la expropiación de la burguesía, lo que acabaría con la propiedad privada, se declararía la dictadura del proletariado y se alcanzaría un mundo ideal, pero no fue así.  Hoy existe otro tipo de dictadura, que sería soberana y democrática, claro que en ambos casos y con distintas modalidades de implementación, la consecuencia, es, menos libertad. La frivolización de la política termina degradando los valores y principios de la democracia, y hasta resulta difícil diferenciar la política de la sátira. En el mundo actual asistimos a una serie de desviaciones viciosas como las autocracias, plutocracias, partidocracias, oclocracias, cleptocracias y cacocracias.

Daniel Innerarity advierte que una opinión pública que no entienda la política y no sea capaz de juzgarla, fácilmente puede ser instrumentalizada, y que la crisis política actual no  logra hacer visibles temas y discursos  trascendentes, no hay imputabilidad de las acciones  ni inteligibilidad política. La ciudadanía tiene el deber de controlar a aquellos en quienes ha confiado su representación, esa es su responsabilidad, aunque en política es mucho más fácil hacer un juicio sobre las personas que sobre los asuntos públicos, de allí la moralización de los problemas. Los escándalos surgidos de una revelación política son momentáneos, y revelan una “sociedad distraída”, sostiene Innerarity.

Hoy llegan al ágora individuos para hacer una política distinta de la tradicional, bipartidista y plagada de chanchullos, que dicen representar a la gente indignada, pero al cabo de un tiempo emergen los egos, las ansias de poder, la vocación por el dinero a través de los negocios. Y finalmente todo se privatiza, hasta la mirada, ya nada es público, incluso hemos perdido la noción del espacio público. En este cambio profundo, a la tradicional desigualdad de clases se le añade el cambio tecnológico. Para peor la sociedad no es transparente y sin secretos, mucho menos virtuosa. Nuestros instintos primarios están reprimidos, pues, hay gente que calla, pero cuando aparece un líder que habla de lo que ellos piensan, entonces ya no callan y le dan su voto, hasta con pasión.

Es curioso que en la actualidad no sean las derechas o las izquierdas, y tampoco los más conservadores o los menos populistas los que puedan definir el voto. Es evidente que solo importa la comunicación, por cierto en manos de ilusionistas y de expertos en la manipulación sentimental de las masas, así como la percepción del electorado. Los partidos son sospechosos. Daría la impresión que ya no existen mecanismos legítimos para seguir mandando en la sociedad. En fin, todo gobernante persigue una sociedad obediente,  tranquila, en lo posible silenciosa, ya que cuando las masas salen a la calle nadie sabe qué ocurrirá. Los mercados a través de la bolsa pueden advertir que la economía se precipita al vacío y logran crear pánico, ejerciendo así una labor extorsiva para imponer sus pretensiones. Hace días el comisario europeo Oettinger, disconforme por los resultados electorales en Italia manifestó que, “los mercados le enseñarán a votar a los italianos”. La realidad demuestra que los ciudadanos no son los que deciden, sino los mercados. Aquí está el nudo gordiano del problema. En el terreno de las parábolas evangélicas, Mateo y Marcos coinciden en el texto que sostiene: “al que tiene se le dará más, y al que no tiene aun lo que tiene se le quitará”. Parábola que fue adoptada literalmente por la globalización neoliberal. Desde los años 70 esta lógica se convirtió en el proyecto que ha marcado la agenda mundial y que decide la suerte de la humanidad. No existe un equilibrio entre lo que la población dignamente necesita y lo que el sistema ofrece.  Y no hay dudas que ni el poder político, ni las élites económicas o las élites intelectuales, están interesadas en cambiar el statu quo en beneficio de la sociedad, porque perderían su posición dominante. Si queremos continuar con el juego de la democracia necesitamos una mínima organización social, pero debemos terminar con el poder personalizado que alimenta la mentalidad imperial.

Del Mayo del 68 hasta los actuales indignados

29 martes May 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En este mes de mayo se cumplen 50 años de aquella rebelión contra la autoridad de los padres y la moral dominante que conmocionó a la sociedad francesa. Recuerdo que en Mayo del 68 yo tenía 19 años y cursaba mis primeros años de medicina en una universidad estatal. La Argentina de entonces era gobernada por Onganía, que había  derrocado al gobierno constitucional de Arturo Illía. Un golpe militar más entre varios. Aquí la desinformación y la censura eran moneda corriente.

Los estudiantes franceses armaron una rebelión estruendosa cuyas consecuencias produjeron cambios en el estilo de vida y hasta en las formas de vestir y de hablar. La revuelta estudiantil llegó a las aulas, el arte en sus diferentes expresiones, las discotecas e incluso a los hogares. Comenzó a finales de marzo con la movilización universitaria en Nanterre, en las afueras de Paris, y se prolongó hasta principios de junio cuando De Gaulle retomó el control de la situación.  La crisis estudiantil tuvo por epicentro el Barrio Latino con los slogans muy imaginativos que todavía se repiten, la toma de la Sorbona, las barricadas, y los adoquines que se intercambiaban con los gases lacrimógenos que lanzaba la policía parisina. Luego la crisis obrera que se tradujo en una huelga general en reclamo de una subida del salario mínimo. Y finalmente la crisis política, pues, los estudiantes y los sindicatos lograron acorralar al gobierno de De Gaulle. Se trató de un salto no planificado de la modernidad que chocó con un poder anquilosado en sus diferentes vertientes: Estado, universidades, sindicatos y familia. Los excesos no faltaron, al fin de cuentas sus protagonistas eran todos jóvenes. En estos días diversos intelectuales y periodistas se han visto en la obligación de evocar esta rebelión contra la autoridad y su pretensión de cambiar el mundo. No cabe duda que al respecto existe toda una mitología y, confieso que a muchos nos sedujo. Se lo ha calificado como: “un movimiento cuyo mayor problema fue la desmesura”, “una revolución fallida que cambió nuestras vidas”, “una insumisión permanente”, “un Mayo que nunca termina”. Pero lo cierto es que se convirtió en un fenómeno internacional que tuvo sus réplicas en Berlín, México, Berkeley, Praga. Los símbolos políticos que adoptaron los jóvenes del 68 fueron el Che Guevara y el vietnamita Ho Chi Minh frente a la locura de los bombardeos norteamericanos, símbolos que perviven en muchos jóvenes actuales que por cierto desconocen el Mayo francés.

Edgar Morin, testigo de esos días, dijo que fue menos que una revolución y más que una revuelta. Jean-Pierre Le Goff, otro testigo, sostiene que fue una gran puesta en escena, un psicodrama donde se volvieron a interpretar capítulos como la Comuna de París y las revoluciones del Siglo XIX. Para Le Goff fue casi como una obra de Victor Hugo. Sin embargo reconoce que la catarsis social que se hizo era necesaria, aunque desembocó en una sospecha ante cualquier jerarquía o autoridad. Los jóvenes reclamaban una sociedad donde no hubiese reglas así como la instalación de una democracia directa que evidentemente no podía funcionar. Hasta se exhumó el concepto rousseauniano de que el hombre era bueno por naturaleza (…) Francia dejó atrás el moralismo católico y emergió una mentalidad hedonista. Todo muy francés.

Se pretendía “Cambiar la vida” en el sentido del enfant terrible Arthur Rimbaud y, pretendieron fusionar a Marx con Rimbaud. Es habitual que los movimientos ideológicos no desaprovechen la oportunidad para pescar en río revuelto y, se produjo un fervor por el maoísmo, el marxismo y todo lo que significaba la URSS. Un intelectual de gran protagonismo fue mi admirado y cínico Jean Paul Sartre. Otro intelectual, André Malraux, era ministro de cultura. Los jóvenes se levantaban contra los totalitarismos, reclamaban libertad y, no tenían  presente que el Gran Salto Adelante (1958-1960) dejó como resultado la muerte por hambre de más de 40 millones de chinos y que la Revolución Cultural (1966-1976) incrementó esa cifra en varios cientos de miles. Tampoco tenían presente las atrocidades que sucedían en los países de Europa del Este. Una contradicción difícil de explicar. Hubo intelectuales que fueron muy duros con estos jóvenes, me vienen a la memoria Passolini que decía odiarlos y Lacan que sostenía que solo buscaban un nuevo amo. Daniel Cohn-Bemdit, uno de los líderes de la revuelta, hoy convertido en apóstata, durante unos diez años fue eurodiputado ecologista. Alan Geisman, otro de los cabecillas, terminó liderando un grupo maoísta que lo llevó a prisión, luego regresó a la socialdemocracia y se convirtió en colaborador de varios ministros, él y Dani el Rojo, hoy son partidarios del presidente Macron, cuyo discurso y performance considero poco consistentes.

Regis Debray en Mayo del 68 cumplía prisión en Bolivia, había estado en la selva con el Che Guevara, a quien ajusticiaron el año anterior, y sostiene que hablar de ese movimiento es un ejercicio de intelectual francés, pero aclara que él no es intelectual francés. Su hija, Laurence, dice que en aquella época se vivía muy bien y que los gobiernos posteriores dejaron una Francia endeudada. En fin, entonces levantar barricadas y arrojar adoquines era ser transgresor, hoy ser transgresor es votar a la extrema derecha.

En los años 80 se impuso la frase “no hay alternativa”, apoyada por el capitalismo globalizado, pero también por sesentayochistas ahora en el poder, al fin de cuentas ellos habían hecho la revolución. Claro que la revolución pasó a ser cosa del pasado, surgió un pensamiento único, mientras neoliberales y socialdemócratas compartían una misma mesa pese a sus diferencias retóricas. Margaret Thatcher en 1979 invocaba a San Francisco de Asís y la muy canalla implementó el recorte más brutal de que se tenga memoria, por lo que cayó en desgracia en las encuestas pero la salvó la Guerra de Malvinas. Reagan no se quedó atrás en su ruindad, disminuyó los impuestos a los más ricos y apuntalar el aparato militar fue el objetivo del cowboy hollywoodense.

En el 2008 los Estados salvaron a bancos y banqueros con dineros públicos a la vez que hicieron recortes inhumanos en el gasto social. Se alzaron los indignados del 15-M y el movimiento Occuppy Wall Street. Simultáneamente afloraba la Primavera Árabe que generó grandes esperanzas, sin embargo rápidamente fue desarticulada, continúa en pie aunque con grandes dificultades en Túnez. En esos años pude hablar con gente indignada en El Cairo,  Atenas, Madrid, y otras capitales; los privilegios e injusticias que denunciaban merecían la mayor atención, pero inmediatamente salían al cruce los políticos con su relato y frecuentemente había medios que trivializaban los reclamos.

Recuerdo que en los años 70 visité Paris y, antes de que finalizara la década ya había comprendido que la fórmula dominante era adoptar un discurso de izquierda y vivir como gente de derechas, algo muy actual en aquellos que buscan formar opinión pública o dar cátedra de moral. El gatopardismo político y económico continúa vigente. Ya no tenemos ejemplos vivos, de carne y hueso, a los que seguir, pues, estamos a la intemperie, y las representaciones están bien pero para el teatro.

Entre la Inteligencia artificial y la inteligencia natural: el algoritmo maldito

25 miércoles Abr 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En los años 70, los sábados por la mañana, aprovechando que no debía concurrir como becario al hospital, asistía a un curso de lógica que se dictaba frente al Retiro de Madrid. El profesor, un viejo jesuita que de joven había sido profesor durante dos años de Fidel Castro en la escuela secundaria, en la Habana, no parecía recordarlo con estima. Cuando hacía referencia de los discursos kilométricos que “El Chino” pronunciaba (duraban horas), decía que estaban plagados de afirmaciones ilógicas. De paso se quejaba que su antiguo alumno los hubiese despojado de todos los bienes que tenía su orden en la isla. El profesor nos ejercitaba leyendo las noticias del periódico e invitándonos a sumergirnos en un cuidadoso análisis crítico. No había mejor manera de aprender lógica, pues, él consideraba a los periódicos como la mayor fuente de la antilógica y también nos advertía del peligro de que la antropotecnia sustituyese a la antropología. Recuerdo sus explicaciones acerca de los algoritmos y pienso en cuanta inocencia había. En efecto, hoy los algoritmos nos producen pánico cuando nos enteramos que gracias a ellos nuestros datos personales, gustos, sueños, historia de navegación, van a parar a un mercado negro. Lo constriñen a uno en función de lo que eligió antes y le dicen que dado cómo uno es le gustará esto. ¿Acaso hay libertad? El antídoto sería saltarse el propio pasado y ejercer la “desobediencia digital”. No hay duda que los gustos están prefigurados y que el consumidor elige aquello que ya sabía que iba a buscar. Pierre Bordieu solía decir que las elecciones que uno toma están marcadas por el grupo socioeconómico de pertenencia y las trayectorias culturales. La manipulación de la información siempre existió, claro que hoy se amplifica porque mediante los algoritmos se engaña a los ciudadanos. Un mensaje es amplificado mediante la interacción de centenares de cuentas durmientes en las redes sociales que se activan para una campaña política. Con el algoritmo no hay transparencia, es el mayor secreto de la empresa y su escudo son los derechos de propiedad intelectual. Quizá no hubiésemos llegado a esta situación si Al-Juarismi, aquel persa genial, no hubiese escrito el primer libro que existe sobre el tema: Algebra, en el 825.

Yo al igual que los de mi generación, la de los años 70, y los de las generaciones anteriores, provenimos del mundo analógico. La cultura que hemos heredado ha sido en gran medida analógica, lo que ha condicionado una forma de comunicarnos, de sentir, de informarnos, de estudiar, de leer y escribir, en fin, de entender el mundo o tal vez de tener una cosmovisión. Pero ese mundo, esa cultura, ya sería cosa del pasado, porque la realidad que vivimos es virtual. Bajo la presión de la inteligencia artificial, los algoritmos, los datos estadísticos, se modifica la realidad del planeta. Un tsunami digital no solo procura digitalizar todo el acervo cultural sino que se lleva el mundo analógico por delante, desde la antigüedad hasta el presente y generando una disrupción (término de moda) cuyas consecuencias ignoramos. No hay control político, ni legal, ni pensamiento crítico, ni transparencia democrática ni debate público u opinión pública bien informada.

Hoy existe un cambio de paradigmas que afecta profundamente a la Humanidad, pero lo peor es que no somos conscientes de ello. Nuestros imaginarios culturales cambian y observamos la revolución digital como si perteneciera al mundo de la magia. No advertimos que nuestras vidas se han tornado dependientes de esa tecnología, al punto que se configuran online. Lo grave e indignante es que somos obligados a aceptar el cambio tecnológico con resignación, como ayer fue la globalización, la crisis económico-financiera del 2008 donde las previsiones del Big Data fallaron, o incluso el desmantelamiento del Estado de Bienestar, entre otras varias tragedias contemporáneas. Las trampas del discurso se evidencian cuando sostienen que la inteligencia artificial, la robótica, el Internet de las cosas darán prosperidad a la población y proveerán de trabajo.

La obsesión que moviliza a las grandes corporaciones es incrementar exponencialmente la velocidad de circulación de los datos con el fin de convertirlos en dinero. Facebook, Instagram, Twitter no son plataformas gratuitas, ya que para usarlas debemos entregarles nuestros datos. Surge rápidamente el tema de la privacidad, que por otra parte a muchos no les preocupa porque no tienen sed de anonimato. Tengo la impresión que asistimos a la debacle de la privacidad de los datos y la pérdida de la confiabilidad. Estas máquinas en su aprendizaje pueden tomar datos aparentemente intrascendentes de un individuo pero al combinarlos con otros datos pueden descubrir hechos que ese individuo jamás quiso revelar. No nos damos cuenta que en nuestra navegación vamos dejando rastros digitales y, en ellos hay parte de nuestra privacidad. De esta manera se adueñan de la información de nuestras vidas y por eso estamos atrapados en el mundo digital.  La acumulación masiva de datos en manos de ciertas empresas, termina por saber más de nosotros que nosotros mismos. Todos los usuarios tenemos una personalidad digital, pero el caso Cambridge Analytica que afectó a 87 millones de usuarios revela la trama oculta del uso que Facebook hace con nuestros datos.

Como en el mundo actual domina la imagen, estas empresas procuran mostrar un rostro amable, desinteresado, altruista, en fin, humanitario. Y muchos son engañados o se dejan llevar porque creen que esta revolución es inevitable, en todo caso les preocupa hallar la forma de salvarse o de sobrevivir. Después de lo vivido en estas últimas décadas ya nadie tiene derecho a ser ingenuo, o a seguir creyendo en discursos progresistas y altruistas. Vivimos en un mundo de “vigilancia intensiva” y la sociedad actual podría definirse como la sociedad de la información y de los datos pero donde no hay pensamiento crítico, tampoco equidad. Daría la impresión que todo pasa por el PBI, ya que cuando un país mejora sus cifras de PBI rápidamente es felicitado por los organismos internacionales que se dedican a las finanzas planetarias. Los gobernantes se muestran orgullosos de exhibir cifras que hablan de crecimiento, pero lo curioso es que al mismo tiempo crece la pobreza. En fin, no me interesa el crecimiento sin equidad. La conciencia de límite ha desaparecido. El negocio digital lucra con nuestros datos sin pedir nuestro consentimiento, y también procura embobarnos el mayor tiempo posible,  pues, a más clics más dinero. Por otro lado, no solo se busca sustituir los hechos por mentiras (fake news) sino disminuir la capacidad de juicio con la que nos posicionamos frente al mundo. El nuevo poder reside en esa opacidad que nos considera digitalmente analfabetos, incapaces de identificar la procedencia de los bulos, de allí que las noticias falsas que vuelan por la red sean el nuevo opio del pueblo mientras las plataformas digitales no asumen ninguna responsabilidad. El problema se agrava cuando a la incompetencia digital se le suma la incompetencia moral. En el Siglo XIX Giuseppe Mazzini decía que el progreso exige del factor moral, un ideal que comparto, aunque si reparamos en la historia de la humanidad veremos que mucho del progreso alcanzado no tuvo en cuenta la ética ni la moral, solo se privilegiaron los intereses de grupos dominantes.

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