Todos los días al levantarnos, cuando nos enteramos de las noticias que en el mundo se suceden casi a la velocidad de la luz, nos asalta un sentimiento de indefensión ante las malas nuevas, la creciente incertidumbre, y el escenario caótico que no sabemos dónde nos conducirá. Algunos para evitar la ansiedad y el stress, prefieren no enterarse, aduciendo que no desean que las malas noticias les amarguen su día. Lo entiendo, no es mi caso, tengo por hábito estar bien informado sobre lo que sucede en la aldea global, y no me resulta indiferente lo que hoy pasa en los distintos escenarios bélicos, ni el sufrimiento de la gente que se ve involucrada en conflictos que no provocó ni desea, pues allí reside el verdadero núcleo de los Derechos Humanos, no en los relatos desde las ideologías, los grupos étnicos, las creencias religiosas ni los intereses mezquinos del “libre mercado”. Quizá muchos no se den cuenta que más allá de la retórica discursiva de las partes en conflicto, y de los que se suman con pasión al patético coro de acólitos, no se lucha por el bienestar de la gente, están en juego otros intereses, y las vidas de seres inocentes que se pierden, eufemísticamente son “daños colaterales”, números que conforman estadísticas… En fin, hay que darse cuenta cuando la lucha es de malos contra malos.
Por las mañanas, a partir de las seis, mientras preparo el desayuno, aguardo que Ramón, un hombre de 75 años que se levanta a las cuatro para recibir, ordenar y repartir los diarios (quien debe sobrevivir con una jubilación mínima, vergonzosamente miserable…), me llame por el portero, y al bajar a buscar el diario, intercambiamos algún comentario sobre el clima. Hojeo las páginas, pocas veces encuentro un artículo que amerite una lectura completa, y en cuanto a los editoriales, en general no suelen estar libres de cierta tendenciosidad, la que detecto rápidamente con el olfato de un sabueso bien adiestrado.
En algún momento del día procuro informarme con la TV alemana, la francesa, a veces la BBC de Londres, pues, hace tiempo decidí evitar la TV argentina por la baja calidad informativa y las opiniones sesgadas. También he suprimido Instagram al igual que otras redes, por cuestiones de salud mental. Sí mantengo Facebook, con discreción, y cuando alguna noticia me sorprende, mueve a duda o debo referirla en alguna de mis notas, procuro verificar la información. En efecto, la verificación hoy está en el epicentro de toda información púbica, ya que en este aluvión informativo que padecemos, por cierto tóxico, pululan a diestra y siniestra las fake news, y, hoy con IA se logran videos donde cualquiera hace declaraciones disparatadas o se lo ve en situaciones que afectan su moral. En el ámbito académico, la IA está inventando artículos científicos que no existen y libros que jamás se publicaron. La intención es socavar la legitimidad de la investigación institucional, por eso la necesidad de verificar la autenticidad de las fuentes. La IA, sucesora de Google, revela más pretensiones académicas pero sus problemas son similares. Y no solo se interfiere en la información, también en la comunicación, es decir, la relación entre las personas. Más allá de sus aportes al desarrollo científico y tecnológico, revela que sirve tanto para crear realidades ficticias como para descubrir información falsa o imágenes trucadas. En realidad, con todo invento, que puede ser concebido con la mejor intención, siempre surge alguna mente perversa, que hábilmente encuentra la manera de cómo utilizarlo con fines maléficos.
A lo largo de la historia, podemos ver cómo masas humanas fueron conducidas a apoyar e involucrarse activamente en ciertas aventuras que resultaron ser disparatadas, sin darse cuenta que las estaban manipulando. Claro que nunca faltan los que con el tiempo y a la luz de los hechos se dan cuenta del error, pero cuando ya es tarde.
Como ser, el derecho de huelga es una conquista social que ha permitido importantes avances en el mundo, pero debería utilizarse con prudencia. En efecto, hay que darse cuenta que un paro médico en los hospitales a quienes más perjudica es a los pacientes (siempre permanecí en mi lugar de trabajo, pese a solidarizarme con mis colegas), que una huelga en el ámbito universitario perjudica directamente a los estudiantes que pierden oportunidades de aprendizaje, como un paro de las aerolíneas provoca trastornos a los pasajeros que vuelan con distintos propósitos (algunos con verdadera urgencia), y, un paro general perjudica a todo el país, comenzando por los trabajadores y los usuarios de los servicios, más allá de las enormes pérdidas generales, que repercuten en la economía de cada hogar, sobre todo en el bolsillo de los más vulnerables, al extremo que si ese día no trabajan no comen… No me opongo a la protesta, al contrario, no es asunto de callar frente a las injusticias para preservar la paz, que a veces termina siendo la paz de los cementerios, ni marchar como la mayoría silenciosa, conveniente a las autocracias, pero tengamos presente que cuando tomamos una medida extrema, debemos darnos cuenta a quienes más perjudicamos, y asimismo quienes son los más beneficiados…
Hace poco publiqué en Madrid un artículo sobre la necesidad que tenemos de generar un diálogo entre las distintas generaciones. No son pocos los que sostienen que es muy difícil entender la forma de pensar de los jóvenes de hoy, comprender sus ideas y puntos de vista, de allí que sería imposible realizar un intercambio, sobre todo cuando uno ya no es joven, y es cierto, pero que sea una tarea difícil no implica que sea imposible. Es necesario darse cuenta que si no iniciamos este camino, resultará inviable superar la incomunicación actual, que es crítica y nos está enfermando como sociedad. Alguien tiene que dar el primer paso, y pienso que somos los mayores, que tenemos la experiencia de haber vivido lo suficiente, aunque hay saberes que no se aprenden de las experiencias ajenas, sino de las propias experiencias.
En otro orden de cosas, también es necesario darse cuenta que la vida tiene un inexorable ciclo biológico, más allá del empeño de los “inmortalistas” por evitarlo. Los otros días, un amigo del alma, me recordaba que todavía hay gente que no toma conciencia de que se llega a esta vida sin nada y se va como vino… Y añadía que al llegar a la vejez, y a una altura que resulta muy individual, uno debería tener el derecho de decir basta, porque cuando se siente que la propia existencia ya carece de sentido, es preferible adelantarse y no asistir al propio derrumbe… En fin, ésta es su opinión, pero motiva a reflexionar o quizá puede servir para darse cuenta de que nada es eterno.