Se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Adolfo Bioy Casares (15 de septiembre de 1914), uno de los más importantes escritores del país, cuya trayectoria literaria tuvo un amplio reconocimiento internacional, bástenos el hecho que “La invención de Morel” (prologada por Borges y dedicada a él) fue traducida a más de dieciséis idiomas, y que entre las numerosas distinciones que recibió por su trayectoria, están los Premios Alfonso Reyes y el Cervantes.
Mi amigo Miguel Vendramin, escritor y productor de TV, compañero en el taller de narrativa de Attilio Dabini en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), entonces ambos veinteañeros, me recordó la fecha y, conociendo alguno de mis comentarios, me sugirió que escribiese algo sobre Bioy Casares.
Tuve la oportunidad de estar con él en una reunión literaria que organizó para sus amigos la psicóloga Delia Cabrera, ya fallecida, quien había convocado a un locutor para que leyese un cuento de Bioy y luego establecer una conversación con el escritor. Éramos muy pocos, no sé si llegábamos a diez, pero sé que fue en 1996 porque asistió Fernando de la Rúa cuando era candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad. Recuerdo que el futuro presidente de la Argentina, hizo un alto en la campaña a solicitud de nuestra común amiga. Fernando se sentó a mi lado y no bien comenzó la lectura del cuento se quedó profundamente dormido, pensé que estaría muy cansado por el trajinar de la campaña, pero al terminar la lectura, rápido de reflejos, abrió los ojos, se puso de pie, aplaudió e improvisó un brevísimo discurso acerca de la cultura y la importancia de la reunión literaria, le dio la mano a Bioy, un beso en la mejilla a Delia, saludó a todos, y se fue rápidamente. Entonces comenzó el diálogo sobre el cuento con Bioy, quien observaba el panorama con una sonrisa y, amablemente se mostraba dispuesto a contestar todas las preguntas.
Un tiempo después, nos recibió en su piso de la calle Posadas, un domingo por la tarde y, distendidos pudimos hablar de diversos temas, sobre todo de anécdotas de viajes por Europa, pero no hablamos de literatura. Me acuerdo que nos aguardaba en su biblioteca (abarrotada de libros), impecablemente vestido, como era su costumbre, y estaba sentado en una silla de ruedas, en ningún momento se puso de pie. Siempre me impresionaron sus ojos tan claros, pero ahora me impresionaba su notable delgadez, que no coincidía con fotos de poco tiempo atrás. Como médico internista y semiólogo, reparé en algunos signos de caquexia, sobre todo en su rostro y manos, pero desconocía que estuviese enfermo.
A un costado de la biblioteca, sobre una mesa había varios premios, entre ellos se destacaba el Cervantes, que recibió en 1990 (nosotros también le llevamos un premio). Y antes de retirarnos, me pidió tener unas palabras a solas con Delia. Luego supe por mi amiga que estaba muy preocupado por el destino de su vivienda, debido a un reclamo hereditario, pues su hija Marta había fallecido en un accidente, tengo entendido que la propiedad era de la familia Ocampo, y Silvina, su esposa, también había fallecido. Delia me comentó que, ella por su cuenta había conversado con un famoso estudio de abogados que estaba dispuesto a representarlo sin percibir honorarios.
Recuerdo que cuando nos fuimos, ya en la calle, le dije a mi amiga: “mi ojo clínico me dice que Bioy tiene una enfermedad grave, posiblemente maligna, y que lo está consumiendo lentamente”.
Ella se quedó muy preocupada y al día siguiente me llamó para que le diese más detalles sobre mi impresión, y comentó que hablaría con Bioy para que yo lo atendiese profesionalmente. Entonces desconocía su historia clínica y las internaciones previas, pero ella varias veces insistió con esta propuesta y, siempre le respondí que por ética debía esperar a que el interesado me lo solicitase, por otra parte no podía opinar sobre el tratamiento que recibía porque ni siquiera conocía el diagnóstico, más allá que la atención de los colegas fuese la correcta. En fin, era comprensible su ansiedad, porque veía que Adolfo iba desmejorando paulatinamente.
Bioy con frecuencia invitaba a Delia a almorzar los domingos en Lola, su restaurante preferido, próximo a su domicilio. Él era un hombre apuesto, seductor, un verdadero dandy, y con una vida privada e íntima de novela. Durante el almuerzo solía hacer la catarsis, le hablaba de sus problemas personales, le contaba sobre sus experiencias con escritores y escritoras de fama, y también ciertas intimidades, que serían la comidilla de un semanario de peluquería o de esos programas televisivos que por las tardes reparten a diestra y siniestra chismes de los famosos.
Bioy, hijo único de una familia aristocrática, reveló vocación por la literatura desde muy temprana edad, e influyó su padre y la biblioteca de su hogar, al punto que ya a los once años escribía relatos. Hizo el secundario en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza (UBA) pero no tuvo éxito con la Universidad, porque abandonó las carreras de Derecho y de Filosofía y Letras. Quiso administrar una de las estancias familiares, seguramente para demostrar que a pesar de todo estaba dispuesto a trabajar, pero fracasó en los negocios porque no estaba preparado para ese métier y, tampoco tenía interés. La estancia Rincón Viejo, de Pardo, partido de Las Flores, era para él un lugar placentero, donde volvía asiduamente para escribir. Y lo cierto es que la holgada posición económica de su familia, le permitió dedicar su vida a la literatura sin sobresaltos. En efecto, su compromiso con la literatura fue total, una entrega sin reservas.
La obra de Bioy estuvo muy ligada a Jorge Luis Borges, ya que hicieron numerosos trabajos literarios en dupla (ciencia ficción, policial, fantástico, guiones, antologías, traducciones) y fueron amigos inseparables desde que Victoria Ocampo los presentó (1932). En menor medida su producción estuvo conectada a la de Silvina Ocampo, quien tenía una obra prolífica y cuyos méritos fueron postergados por la crítica, pero se la reconoce como una de las escritoras más importantes de la literatura argentina.
Recuerdo de Bioy su trato afable, su capacidad de escucha en tanto me miraba con curiosidad, y su inocultable buen humor. Ante alguna de las anécdotas que le comenté, se echó a reír y se llevó las manos a la cabeza mientras la meneaba. En fin, conversar con el maestro era un verdadero placer y, para mí un privilegio. Su calidez humana se articulaba a la perfección con su pensamiento reflexivo, como lo revelan algunas de sus frases célebres: «Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros». “Llega un momento en la vida en que, haga uno lo que haga, solamente aburre. Queda entonces una manera de recuperar el prestigio: morir».