En derecho se habla de público y privado. Pues bien, yo hablo de “vida pública”, “vida privada”, y “vida íntima” (estas dos últimas procuro separarlas con precisión y claridad). No suelo darle letra a los fisgónes, aunque hoy hablaré porque algunas amigas me lo sugirieron, y creo que es el momento, claro que contaré solo algunas cosas… Les pido paciencia porque mi narración será más extensa que la usual.

Al igual que Pablo Neruda, “Confieso que he vivido”. Reconozco que he tenido años muy difíciles, nunca con la tristeza de este año, ni tampoco que estaba funcionando en “piloto automático”. Tristeza, sí, no depresión, porque entonces entraríamos la psicopatología. Soy de los que creen que la vida íntima, es, íntima, y que uno a veces debe apelar al método de Cortázar (decir lo que debe decirse pero de tal manera que no parezca que uno lo dijo), y que hay secretos que uno se lleva a la tumba (aprovecho para hacer público mi deseo de que cuando llegue el momento me cremen y esparzan mis cenizas). No me olvido que llegamos al mundo desnudos y, así nos iremos, explica mi escaso afecto por las cosas materiales, sin embargo, creo que me pasé de rosca, y esto me ha causado no pocos problemas. En efecto, así como todo tiene sus límites, conviene ser equilibrado y, como los antiguos griegos, buscar el término medio, que no es el matemático ni el geométrico. Por otro lado, los que son verdaderos amigos, nos dicen aquello que no queremos oír, con la intención de que nos demos cuenta y reaccionemos. En cambio, los dictadores, están rodeados de aduladores y alcahuetes, no toleran a quien les muestre la realidad, prefieren crear su propia realidad, su burbuja, su épica, su mito, y no permiten tocar temas que no son de su conveniencia (temas tabúes). Y en la vida nos topamos con no pocos temas tabúes, bástenos el hecho que, absolutamente nadie, quiere hablar de las relaciones íntimas de sus padres.

Estimo que hay años muy difíciles de vivir, pienso que esto le ha de suceder a muchos. Yo recuerdo cuando murió mi padre, a los 64 años (él sentía pánico de la inminente jubilación) y, justo en el día de mi cumpleaños, hizo un ACV hemorrágico, fue como si el destino me hubiese clavado un puñal en la espalda; recuerdo que lo saqué de la bañadera con rigidez de descerebración y un ronquido tan fuerte que se oía a lo lejos ( lo percibía subiendo las escaleras con la puerta de su departamento cerrada (un hematoma temporal izquierdo, era hipertenso); el neurocirujano quería intervenirlo y me opuse, pues, sabía que de superar la intervención, perdería aquellas habilidades que le daban más placer: leer, escribir, caminar… Recuerdo que siendo muy chico, él me hizo leer toda su biblioteca de los clásicos, y también me hacía escribir, lo que me regocijaba. Pero ante la situación con que me encontré, tome una decisión, y a partir de entonces, la toma de decisiones en situaciones límites (afectaba nada menos que su calidad de vida) pasó a ser uno de los temas bioéticos (todavía no sabía de la bioética) a los que dediqué especial interés, eso sí, en aquella oportunidad, tuve el apoyo moral de mi primo Jorge, pocos años mayor que yo, y de todos los colegas de la UTI del Instituto Médico Platense que se solidarizaron con esta difícil decisión, que me costó lágrimas. Después falleció de SIDA mi primo Jorge, más tarde mi amada tía Martha (una soprano lírica que me introdujo a los nueve años en el coro de niños como barítono, solo fueron dos años), mi tío Fermín, y finalmente mi madre con Alzheimer (cuando aún no sabía leer, ella me leía ”Corazón” y, con el relato de Edmundo de Amicis, comenzó mi educación sentimental). A los cinco los recuerdo todos los días, viven en mi memoria, forman parte de mis sentimientos, pues, en gran medida ayudaron a que yo llegase a ser lo que soy. Y las deudas morales, a diferencia de las deudas materiales, jamás se saldan…

Alejandra y Maximiliano, mis hijos, Joaquín e Isabel, mis nietitos, Mara (a quien tanto le debo en todo sentido), al igual que otros familiares, amigos, exalumnos y discípulos, forman parte de esta constelación de afectos. No quiero hablar de mis maestros porque me llevaría un libro.

Cuando hace varios años, José Alberto Mainetti me invitó a participar de un seminario en la UNLP sobre” transhumanismo”, uno de los panelistas que ya había firmado en los Estados Unidos un contrato para ser criopreservado, manifestó que le gustaría despertarse dentro de 200 años y ver con qué mundo se encontraba, y yo dije que no me interesaba despertarme sin tener alrededor los seres que amo. Para mí lo importante es el arte de ser humano, que radica en la nobleza del espíritu, ya que no concibo un ser que carezca de sensibilidad humanitaria. Quizá la clave para comprender la mente resida más que en el raciocinio, en los sentimientos.

Cuando regresé al país, luego de mi experiencia científica y humanística siguiendo el consejo de Comenio, siendo muy joven y con muchos antecedentes, enfrenté un horizonte oscuro. Presenté ante una Institución certificaciones legalizadas, donde constaban los exámenes teórico-prácticos aprobados ante un tribunal de cinco profesores: “Neumonólogo” y “Gastroenterólogo” (ambos rendidos en un mismo año), y un importante miembro de esa Institución, dijo que en la Universidad Complutense de Madrid me habían “regalado” los títulos. En otra oportunidad, para cerrarme el paso, alguien sostuvo que hacía varios años que no hacía nada en la medicina. En diversos hospitales donde trabajé, la parte directiva se encargó de propagar a través del “radio pasillo” el rumor de que yo no examinaba a los pacientes (siendo semiólogo), no les enseñaba a los médicos residentes, en fin, que era un vago, y convenía “rajarme”.

Leyendo a José Ingenieros cuando tenía 12 años, aprendí que la mejor manera de combatir la envidia era elogiar los méritos ajenos. No me gusta la estridencia, la erudición debe exponerse de manera tenue, sin que se note, como la luz del amanecer. Con la humildad hace tiempo que me llevo muy bien, aunque como todos tengo mi ego (bajo rigurosa supervisión) y, el haber tomado partido por los débiles siempre me trajo problemas, no soy de los oportunistas que se suben al carro del vencedor… Tampoco tengo enemigos, aunque sé que varios me consideran su enemigo (problema de ellos). A mis íntimos les recomiendo como higiene, que el enojo no pase de las 48 horas, y, nunca humillar a otro (frecuente en la política), porque las secuelas pueden ser profundas, bástenos las dos últimas Guerras Mundiales. Sé que la envidia y el odio envenenan el alma, y en eso soy egoísta, procuro cuidar mi salud mental.

Este 2025 ha sido un año de tristeza, repito. Con la jubilación forzada (que no existe en ámbitos privilegiados), los muy canallas pretenden a uno sacarlo del juego, y yo pertenezco a una generación cuya principal característica fue, ha sido y es la rebeldía. Nos apartan en el momento que más podríamos dar en base a la experiencia. No se trata de una cuestión de poder o de ambiciones, pues, antes de cumplir los 40 años yo ya había satisfecho todas mis ambiciones profesionales, porque cumplí con los objetivos juveniles, lo que vino después fue valor agregado.

En muchas oportunidades me dijeron que no valía la pena que me quedase en el país, que estaba desaprovechado, pero tengo mis debilidades. De todas maneras, a veces uno necesita hacer la catarsis, aunque sea mínima, como si fuese un soplo, metafóricamente. Y debo darles las gracias a mi primo Fabián (hijo de mi tío Fermín) y a mis dos colegas de la bioética (también psicoanalistas), Diana Paris y Alicia Losoviz, por haberme escuchado. En efecto, a veces solo basta que los amigos te presten la escucha.

Tendría 35 años cuando escribí un opúsculo sobre redacción médica y técnicas documentales, y el Profesor Francisco Vilardell, entonces a cargo de docencia del Ministerio de Salud de España y presidente de la Organización Mundial de Gastroenterología, me dijo: “En España todos los médicos deberían leer su libro” (mi tío Fermín pagó la edición, pues ninguna editorial veía éxito comercial). En 2004 estuve toda una mañana conversando con el Profesor Ciril Rozman (creo que la figura viva más importante de la especialidad, hoy con 96 años), en el Clinic de Barcelona, y a las 48 horas recibí un mail donde me decía que estaba asombrado por la coincidencia de ideas que ambos teníamos. Con Federico Mayor Zaragoza, quien fue Ministro de Educación y Ciencia de España y por doce años director general de la UNESCO, solo nos escribimos, y la última vez me dijo que cuando retornase a Madrid le gustaría que nos conociéramos personalmente (falleció hace un año). Recuerdo con afecto a Diego Gracia (la personalidad más notable en la bioética de nuestra lengua), y esa semana que estuvo en Buenos Aires, nuestras conversaciones de la mañana a la noche (me enseñó mucho). De Laín Entralgo (el gran historiador de la medicina del Siglo XX), por quien sentía un respeto reverencial, ni me animaba a abordarlo cuando nos cruzábamos en el pasillo, aprendí que para tratar seriamente un tema había que remitirse a los orígenes (a Don Pedro le robé no pocas ideas). Con el alemán Dietrich von Engelhardt (un hombre de la nobleza aunque no lo parecía), gran amigo, fallecido en una UTI este año 2025, quien fue vice-rector de la Universidad de Lübeck y presidente de la Academia Alemana de Ética en Medicina, juntos concretamos muchos proyectos, más allá que el bife de chorizo y el cabernet savignon eran un placer que compartíamos. Este año también falleció otro gran amigo, el Profesor Florentino Sanguinetti, director del Hospital de Clínicas por más de 10 años y quien recibió a los damnificados por la bomba de la AMIA; nunca logré que me tuteara, ya que era mayor que yo, pero antes de morir en un WhatsApp me confesó que no se había animado por el respeto que me tenía. .. Debo detenerme, porque repito, mis maestros darían para un libro.

De los pacientes también he recibido muchas satisfacciones. En una oportunidad estaba en Tucumán y Callao, cerca de mi hogar, esperando que abriera el semáforo para cruzar, y un hombre mal entrazado, con pérdida de varias piezas dentarias, me dijo: “Doctor Cataldi, usted hace muchos años me curó la tuberculosis”. Rápidamente lo reconocí, lo había atendido en el hospital público (mi amiga Diana París me diría: ¡una epifanía Roberto!). Vivía en la “villa” (su eterno destino) e iba a que en la Iglesia le dieran ayuda (ropa y comida). Por Tucumán hacia el bajo, saliendo de la Iglesia, solía caminar Bergoglio cuando todavía no era el Papa Francisco.

Mi padre creo que tenía una suerte de “neurosis moral”, era implacable en su crítica de la corrupción, y a menudo me repetía, palabra más, palabra menos, que estaba con los que eran “pobres pero honrados”. Rectitud moral que le elogiaban los que lo conocían. En el momento que podía lanzarse al ruedo como concertista de piano (fue al conservatorio nacional pero no a la universidad), lo invadieron los nervios (¿pánico escénico?), y el neurólogo que consultó le recetó no tocar nunca más el piano, en vez de indicarle psicoterapia (mala praxis). Le dio la excusa perfecta. Sin embargo, reveló su coraje cuando estando yo en primer año de la facultad, la casa del al lado donde vivíamos voló por los aires por una explosión de gas, en la calle la gente gritaba, había una mujer atrapada, nadie se animaba a entrar a socorrerla, pero mi padre sin pensar en los riesgos la rescató y, luego se fue caminado hacia su empleo como si nada. No era muy demostrativo, pero sé que a mis espaldas decía que yo era un joven de fuerte carácter y que había heredado su moral. A mis padres les pasé facturas, como hacen todos los adolescentes, y con la madurez más que “entenderlos”, los “comprendí”.

Desde ya que mis hijos no se quedaron atrás conmigo. Ale, quien ha sabido cultivar la amistad como yo no logré y que en lo epistemológico más allá de su profesión de contadora vive haciendo cursos de lo que fuere, tiene una fuerte veta mística (en mi juventud también la tuve) y, tal vez por vivencias con su salud, habla en ritmo de narrativa de autoayuda. En lo onírico, ella es búho y yo alondra. Maxi tiene un fuerte sentido de la justicia. Recuerdo que siendo muy joven, acompañaba a un cantante que además era contador, y cuando presentaba a sus colaboradores decía: “en batería, Maxi Cataldi, ¡el incorruptible!” (lo caló al vuelo). De entrada vio a la música con sentido integral, desde la composición a la dirección orquestal y, con Mara pensábamos que sería director, pero un traspié de quien adoptó como modelo lo desilusionó. Reconozco que ambos tienen sobrados motivos para pasarme factura, lo considero muy normal. Maxi sostiene, “Papá hizo lo que pudo…”, y Ale: “el gran amor de su vida es la medicina…” En fin, son mejores personas que yo, eso me enorgullece, y sospecho que mis nietitos también lo serán.

En los años 90 fundé una revista de clínica, otra de humanidades médicas, y un periódico cultural, pero mi bolsillo no aguantó. También auto edité algunos de mis libros, esos que ninguna editorial quería editar por no ver la rentabilidad, lo que al principio me causaba vergüenza por la mala prensa, sin embargo, cuando supe que Jorge Luis Borges se pagó la edición de su primer libro, la vergüenza se diluyó. A propósito, ya me acostumbré a que me consideren Maestro e Intelectual. Si dijese que nunca lo desee sería un hipócrita, pero confieso que me ocasionaba timidez. Mi punto de vista es que la condición de maestro no la adjudican los pares, como sucede habitualmente, ya que les corresponde a los alumnos y discípulos (jurado natural), y la de intelectual, la otorga el ciudadano de a pie cuando reconoce que las palabras de uno lo hicieron reflexionar, despertar su conciencia. Lo digo despojándome de vanidad, la que me produce repulsa. Y en realidad, no tiene sentido pelearse con la verdad.

Hoy se dice que vivimos dominados por la rapidez, que en realidad es inmediatez, pero en mis años de estudiante, sucedía algo similar con características distintas. Como ser, yo a los 24 años estaba casado, graduado, atendía en un sindicato además de concurrir al hospital, y a poco más de un año nacía mi hija. Me pregunto: ¿por qué tanto apuro? Reconozco que elegí un medio altamente competitivo y eso tiene un precio. A mis alumnos y médicos residentes les aconsejo que vivan con plenitud, sin apuro, porque lo que no se vive siendo joven, suele vivirse después, y a menudo de manera problemática, ya que no somos ángeles.

Mi actual situación contextual me permitió retornar al gimnasio, algo que prácticamente abandoné cuando ingresé a la facultad, en tiempos tan conflictivos, absorbentes y exigentes. Entre los 15 y 17 años competía en torneos de fuerza en la categoría de pesado ligero (levantaba 110 kg sobre el pecho), tenía una apnea inspiratoria bajo el agua de 3 minutos, y era un fanático de la lucha libre (mi profesor actuaba por TV y hacía de “malo” en Titanes en el Ring). Es más, cuando fui a revisación del servicio militar, entonces obligatorio, los colimbas que me midieron dijeron: “éste va para Granaderos”. El destino hizo que obtuviese número bajo y me eximiera. De todas maneras, reconozco que haber abandonado el deporte fue uno de mis grandes errores.

Tengo plena conciencia de ser alguien que sueña con los ojos abiertos. Mis amigos dicen que soy idealista, pero en la profesión muy pragmático, por eso me consultan. Está claro que son las contradicciones propias de un ser humano. Concebí mi Fundación cerca del Mediterráneo y comenzó a funcionar en 1996. Mis proyectos de Universidad Internacional (con un diseño a la altura de los tiempos pero que recuperase el verdadero espíritu universitario) y de Hospital de la Comunidad (de alta complejidad destinado a gente de recursos limitados), fracasaron, mis potenciales socios no estaban dispuestos a realizar el esfuerzo económico ni el trabajo en equipo, en todo caso, que me encargase de todo y, a la hora de los beneficios, ellos aparecerían.

Una de las cosas que más disfrutamos, es viajar por el mundo. Conocer nuevos lugares, caminar sus calles en los circuitos no turísticos, descubrir su historia, hablar con los lugareños para que nos cuenten lo que viven y, con Mara siempre llegamos a la misma conclusión: en todo el planeta la gente tiene problemas similares, con sus más y sus menos. En realidad, es, la condición humana. Y todos, como el Dios Jano o como nuestra Luna, tenemos dos facetas. La cara oculta de la Luna hasta ahora resulta impenetrable, sobre todo porque es imposible comunicarse. Como decía una célebre psicoanalista francesa, cada cual debe saber qué hacer con su mal.

Hace unos años me llamaron de una clínica de Zárate (por indicación de unos residentes que había tenido unos 20 años atrás) para crear allí una residencia destinada a un hospital de alta complejidad. Concurrí con muchos entusiasmo, pese a manejar 180 km entre ida y vuelta dos veces por semana, pero la pandemia terminó por destruir el proyecto original, sin embargo, estoy muy contento de los colegas que formé, hoy muy bien ubicados y con quienes converso a menudo. Todas las semanas recibo WatsApps de discípulos que viven en nuestro continente y en Europa; pese a que a algunos hace décadas que no veo, me enorgullece el que hayan hecho carrera.

Hoy continúo esperando que alguien me llame para una actividad hospitalaria o universitaria, quizá remedando el título de mi primer libro de ensayo sociocultural, publicado en 2003 y presentado en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional: “La Espera de la Esperanza”.

En este diciembre, un poco complejo en mi “liberrimidad subjetiva críptica” (la frase es de un psiquiatra que internaba sus pacientes en la clínica donde hice guardias), invité a mi consultorio para charlar a tres hermosas jóvenes (por fuera y por dentro) de la generación Z. Generación a la que se le atribuye no pocos males de la época, pero doy fe que hay jóvenes que son la antítesis. Mer, Mechi y Justina, tres alumnas brillantes, y tengo el deseo que ellas como tantos otros jóvenes logren dar un golpe de timón a la alienación de este mundo. Espero que no les suceda lo de mi generación (setentista), que no pudo cambiar el mundo por fallar en la estrategia: recurrir a la violencia. No hay que confundir las causas con las consecuencias, ni las reglas con las excepciones, necesitamos dialogar, abrir la mente, pensar con la propia cabeza, romper las barreras intergeneracionales (comenzando por escuchar a los jóvenes), sobre todo en un país donde cada 20 horas se suicida un niño o un adolescente. No podemos desviar la mirada creyendo que no tenemos nada que ver con el problema.

En fin, como decía Epicteto: “La serenidad del espíritu se revela cuando eliges mantener la calma en medio del caos”. Convengamos que no es fácil, ya que por momentos nos sentimos agotados, destruidos, pero a la mañana siguiente volvemos renovados a la lucha por la vida.

A todos los creyentes les deseo Feliz Noche Buena y Feliz Navidad. A los no creyentes también les deseo mucha Felicidad. Y un reconocimiento a mi nuera, Pau, quien estoicamente sube los textos del Blog.