Stefan Zweig, un escritor que con maestría ejecutó todas las notas musicales de la literatura, en “El mundo de ayer”, libro autobiográfico que recomiendo leer, describe la Europa que conoció y vivió, desde su Viena natal y su condición de judío, que finalmente lo llevó al exilio. Él fue un amante de la libertad, soñaba con una Europa sin fronteras, se oponía a los nacientes nacionalismos, a la guerra, y tuvo el honor de que su obra fuese prohibida por los gobiernos de Hitler y Mussolini. Pero lo interesante es cómo describe la ambición expansionista y el clima belicista que iban surgiendo después de varias décadas de pacifismo, el abuso de poder por parte de las personas y los Estados, que se asemeja mucho a la realidad que hoy se vive en el mundo. De allí la sensación de que la historia se repite, eternamente, aunque cambien los actores.

Uno no puede permanecer impávido ante un panorama tan preocupante. La democracia no puede limitarse sólo al voto. En efecto, se puede acusar por este estado de cosas, a los denominados por Giuliano da Empoli: “ingenieros del caos”, estoy de acuerdo, sin embargo, la gente no es totalmente inocente, sobre todo cuando alaba tiempos pasados que jamás existieron, y termina dándole la oportunidad de gobernar a aquellos que nos plantan un caballo de Troya.

Tengo la percepción de vivir en una sociedad que, si no es engañada, se deja engañar o incluso no tiene inconvenientes en autoengañarse… Como si lo pasado no sirviese para protegerse y evitar la autodestrucción.

Cuando comencé a escribir este Blog, en el 2013, le solicité a Paula, mi nuera, que me hiciera el favor de subir los textos. No tenía mucha idea qué sucedería, pues, más allá de aquellos que lo leen por ser anunciado en Facebook o en Google, tengo un mailing que fui armando con los años, en su mayoría gente ligada a distintas actividades culturales, muchos académicos de diferentes países, amigos, gente que no conozco pero que me sigue, y algunas instituciones. En fin, desde hacía tiempo buscaba un ámbito donde pudiese opinar sobre temas de interés general. Y confieso que la respuesta de los lectores fue muy estimulante. Ahora bien, si nadie me leyese no publicaría nada y seguiría escribiendo, porque en mi caso, se trata de una necesidad. Me remito a Ortega y Gasset cuando acerca de la vocación, la definía como una íntima necesidad, no una simple afición o un entretenimiento. Lo mismo me sucede con la profesión o las otras actividades que he desarrollado desde muy joven. Entiendo lo que procura significar Byung-Chul Han cuando en “La sociedad del cansancio” se refiere a la autoexplotación del individuo moderno para realizarse, no creo que sea mi caso. Además, en el mundo, mucha gente tiene trabajos que no le agrada o incluso detesta; las necesidades económicas y de subsistencia se imponen, es comprensible.

Para mí la tarea de asistir a pacientes clínicamente complejos, el formar médicos con una visión integral de la profesión, pensar en profundidad ciertos temas existenciales y exponerlos por escrito o incluso dar conferencias ante un nutrido auditorio, siempre me produjo una íntima satisfacción. No soy un improvisado, me preparé con esmero y entusiasmo desde mucho antes de ingresar a la Universidad. Y nunca lo tomé como una carga, si como una responsabilidad. En varias oportunidades me han dicho que soy un romántico, un idealista, un soñador, y hasta han señalado mi inclinación por cierto quijotismo. Pues bien, es probable que tengan razón.

Me viene a la memoria que en mi juventud, cuando algún hecho me ocasionaba un bajón anímico, inmediatamente buscaba en mi biblioteca la obra completa de Almafuerte, para releer su poema Piu Avanti, que lo tenía con un señalador: “No te des por vencido, ni aún vencido, no te sientas esclavo, ni aún esclavo…” Y, rápidamente, henchía el pecho y daba vuelta la página. Pedro Bonifacio Palacios, estuvo muy ligado a La Plata, y tuvo una existencia sumamente difícil, pero sin duda fue un ejemplo de vida.

A lo largo de cada año, pero sobre todo los fines de año, recibo un sinnúmero de saludos de colegas que fueron mis alumnos o mis residentes, y lo curioso es que no solo han pasado años, sino décadas sin vernos, situación que me reafirma en la convicción de haber realizado a conciencia la tarea, en una época donde cada vez pareciera que lo humano va perdiendo terreno.

En estos días, un exitoso colega extranjero que fue mi residente y que vive en el exterior me decía: Y de verdad se lo digo con mucho cariño: gran parte de lo que soy hoy como internista se lo debo a usted. Su forma de enseñar, de razonar los casos y de exigirnos siempre un poco más me marcó muchísimo. Le estaré siempre agradecido por todo lo que aprendí a su lado y por su ejemplo como médico”. Un colega argentino, que también fue mi residente en otro hospital de CABA y que vive a 90 km, me decía: En estos días me estuve acordando mucho de Ud. Les contaba anécdotas a mis hijas de mis maestros del hospital. Me agarro un poquito de nostalgia, será que me estoy poniendo grande, le mando un afectuoso saludo, que pase unas lindas fiestas, un abrazo grande”. En fin, son palabras que le dan sentido a la vida, que acarician el alma, pero confieso que nada es gratuito, lamentablemente todo tiene un costo y, generalmente corre por cuenta de los hijos y la compañera… La remanida metáfora de la sábana corta, que jamás abandonan los economistas y políticos en ejercicio, también nos llega a los médicos con “conciencia moral”.

Hace poco leía una entrevista que le hicieron con motivo de cumplir 80 años al escritor inglés Julián Barnes, y decía que la memoria está más cercana de la imaginación que a una precisa recuperación intelectual, allí residiría la paradoja, y añadía que en cada nueva versión uno sale mejor parado… Reconozco que siempre me ha preocupado ser objetivo, aunque ello implicase ir contra mis propios intereses o simpatías.

Cuando se lee con fruición a los clásicos, uno se da cuenta que es muy poco lo que puede aportar a la literatura. A los grandes escritores del pasado los mantengo vivos, no me canso de citarlos, aunque a veces llegue a criticarlos por algún traspié o situación particular, nadie es perfecto, pero los encuentro tan actuales.

En lo que atañe a los maestros de la profesión, los evoco a menudo, y si bien es cierto que la medicina desde entonces cambió mucho, que “ahora la medicina es otra” según algunos, sin embargo, la mirada que ellos tuvieron perdura, y trasciende a través del tiempo por medio de quienes tuvimos el honor de ser sus discípulos. En efecto, tengo la gran ventaja de conocer lo viejo y de haber incorporado lo nuevo, por eso cuando desarrollo un tema de actualidad, metodológicamente procuro llegar a sus orígenes, para que ese abordaje facilite la comprensión de la cuestión vigente.

De todas maneras, me rebelo al ocio forzoso que algunos intentaron imponerme, por alguna razón no verbalizada con honestidad. Es curioso, parecería que a cierta altura de la vida, aun cuando uno puede seguir dando mucho a los demás, la sociedad, el sistema o lo que fuere, lo obliga a retirarse, sin embargo, algunos desobedecemos.

En varias oportunidades me han preguntado si continúo ejerciendo la profesión debido a que estoy jubilado, y siempre respondo que en realidad me jubilaron… Carezco del privilegio de otros (absolutamente prescindibles para el tejido social), que se jubilan cuando les da la gana y además con un estipendio que es ofensivo para la gran mayoría de los jubilados, pero en la Argentina, las cosas son así.

Y como “el hombre que está solo y espera”, para usar la frase de Scalabrini Ortiz, aguardo a que me llamen de algún hospital, de una universidad, de alguna institución cultural o humanitaria, porque todavía mantengo el sentimiento de estar vivo.