Del Himalaya a Lima, la frase que hace mención de la rebelión juvenil que hoy desafía el poder de tres continentes. Las rebeliones suelen ser juveniles, como fue la Revolución Francesa (1789) protagonizada por jóvenes veinteañeros o el Mayo Francés (1968), así como otras célebres revueltas, más allá que a menudo haya detrás un viejo intelectual meditando, deliberando y, dando letra a los jóvenes. Me viene a la memoria Jean Paul Sartre: “No somos lo que nos hicieron, somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” (determinarse por sí mismo), y para quien, “El infierno son los otros”.
Mi generación, bautizada “setentista” (teníamos entre 20 y 30 años), era muy lectora de Sartre, pretendía luchar contra la opresión, las desigualdades, e iba tras un proyecto sociopolítico que buscaba un cambio radical, al punto que creyó con fervor en la “revolución”. Generación mítica, catalogada de “generación derrotada” o “generación militante”, a pesar de que muchos no militábamos en política ni en movimientos radicalizados, sin embargo, teníamos opinión formada. No eran tiempos de tesituras tibias. La moral pública castigaba a los que cuestionaban el statu quo, aunque no eran pocos los que practicaban en la intimidad aquello que condenaban en público. A la rebelión juvenil le sobraban argumentos, pero equivocó la estrategia.
Recuerdo el opúsculo ¡Indígnate! de Stéphane Hessel (best seller), publicado en octubre de 2010, a los 93 años. Hessel, judío alemán, perteneció a la resistencia francesa y de adolescente fue lector de Sartre. Participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), y sostenía que el interés general debe primar sobre los intereses especiales. En ¡Indignate! se dirigía con afecto a las personas hacedoras del Siglo XXI: “Crear es resistir; resistir es crear”.
En 2011 los jóvenes de la generación Y (Millennials), protagonistas de la Primavera Árabe que luchaban por la libertad, mejores condiciones de vida y contra la corrupción, por primera vez se cruzaron con los jóvenes indignados de los países democráticos. Y Hessel convocaba a la rebelión pacífica. En muchos lugares del planeta, llegando al centenar, expresaron su indignación por los privilegios del sistema bancario, la corrupción y la injusticia social. La protesta produjo algunos cambios, pero la movilización fue desarticulada. El símbolo de los Indignados de New York era la máscara de Guy Fawkes (la película V de Vendetta-2006), que ocultaba la identidad de los manifestantes de la resistencia, máscara también utilizada por Anonymus, que luchaba contra la censura en Internet y pedía transparencia política.
En nuestros días, la primera generación ciento por ciento nativa digital es la generación Z, que usa nuevas tácticas de activismo político y comparte una profunda indignación, la que a las claras vuelve a resurgir. Estos jóvenes llegan a movilizar multitudes con las redes sociales, pero al no tener líderes desconciertan a los gobernantes. Pues bien, ahora como símbolo de resistencia anti-establishment, hacen flamear la bandera pirata del animé japonés One Piece. En efecto, jóvenes separados por miles de kilómetros comparten las mismas críticas frente a la corrupción, la desigualdad social, la represión. No confían en las elites, padecen la precariedad económica, y son conscientes del poder de movilización de las redes. En estos últimos meses, los medios nos han mostrado manifestaciones y represiones, en ocasiones brutales, que se han extendido por Asia, África y el continente americano, llegando a provocar renuncias y reformas por la ruptura del contrato social, las promesas incumplidas, la postergación de la meritocracia, la detención del ascensor social. Y lo cierto es que hoy millones y millones de adolescentes y jóvenes viven desesperanzados.
En Estados Unidos y la Argentina la generación Z está dividida, al extremo que muchos jóvenes con una posición antipolítica (la política ya dejó de ser un arte), y la necesidad de un cambio que les brinde un futuro promisorio, son atrapados por una suerte de “populismo cazabobos”, y manipulados por líderes outsiders (algunos con claras manifestaciones psicopatológicas). En efecto, líderes que dicen defender la libertad pero que usan el poder del Estado para combatir la libertad de los que piensan distinto. Procuran distraer la atención de los problemas vitales de la población, posándola con ira en enemigos escogidos estratégicamente y, con medias verdades (siempre más efectivas que una mentira completa), falsas estadísticas e invocando paraísos perdidos y retrotopías, logran éxito electoral. Tienen soluciones simples para todo (ignoran la complejidad) y cuentan con una maquinaria de propaganda que mantiene desinformada a la gente, mostrando una realidad apócrifa, manipulando las emociones (el blanco preferido son los adolescentes), y con una narrativa épica hasta aseguran que realizarán proyectos faraónicos. Me viene a la memoria la frase de Oscar Wilde: “Dale una máscara al hombre y te dirá la verdad”.
Para algunos analistas, esta generación Z cuestiona la formación universitaria y el trabajo tradicional, buscan trabajos híbridos con jornadas reducidas, forman parte de la precarización laboral con empleos freelance, glorifican el emprendedurismo, la innovación, el autodidactismo, y no pocos tienen por meta llegar a ser inluencer o desarrolladores de videojuegos. De todas maneras, me consta que son muchos los jóvenes Z que no participan de este esquema descriptivo, con los peligros que acarrea toda generalización…
Hoy la principal caja de resonancia de la generación Z en América Latina está en Perú, que ya lleva siete presidentes en la última década; la reforma del sistema de pensiones imponía cargas desproporcionadas a jóvenes y trabajadores independientes, además de denuncias por corrupción, hubo represión, y el Congreso destituyó a la presidenta mediante un juicio político exprés. En Paraguay un escándalo promovido por audios de presuntas coimas y sobres con dinero llevó a la destitución de una senadora. Y las denuncias de corrupción, inseguridad ciudadana e insensibilidad de los gobernantes ante los dramas sociales, es patética a lo largo de todo el continente.
Los jóvenes de Asia y África han protagonizado últimamente hechos trascendentes. Como ser, en Bangladesh el gobierno reservaba el 30% de los empleos públicos a descendientes de veteranos de guerra de la Liga Awami (su desempeño fue vital en la independencia del país). En el Himalaya (Nepal) el gobierno bloqueó las redes sociales con la excusa de proteger la seguridad nacional, pero quería ocultar el lujo de los hijos de los políticos (nepo kids); la represión policial mató a más de 20 personas, se desató el caos, el primer ministro debió renunciar y se disolvió el Parlamento. Ocho mujeres embarazadas murieron en un hospital público de Marruecos durante una noche por falta de insumos y de médicos; los manifestantes reclamaron menos estadios y más hospitales (más de 5000 millones de dólares en infraestructura para el Mundial de fútbol de 2030); la represión se cobró tres muertes, más de 400 detenidos y de 2400 personas acusadas de diversos cargos. Madagascar tiene cortes crónicos de agua y electricidad, el 75% de la población sufre la pobreza; la represión policial dejó al menos 22 personas muertas, más de 100 heridos y, un coronel del Ejército dio un golpe de Estado para asumir como presidente, en consecuencia Madagascar fue suspendida de la Unión Africana. En Indonesia el anuncio de un subsidio habitacional de 3.000 dólares al mes para 580 diputados, hizo que el presidente cambiara su gabinete. Y la lista no se agota.
En fin, marchas, protestas, cacerolazos, acampadas, todas manifestaciones que revelan el descontento social globalizado y el mal humor. En el corazón de la protesta está la sensación de que la injusticia social avanza, que el cambio climático y la contaminación ambiental crecen, al ritmo de la concentración de dinero y poder en pocas manos, gracias al juego financiero, los negocios opacos, la explotación humana y de los recursos naturales del planeta. Un mundo gobernado por corporaciones, autócratas, tuiteros y encantadores de serpientes…
No es asunto de buscar la restitución de un tiempo pasado, donde la memoria suele jugarnos sus coartadas, sino de entender el tiempo que fluye. Y no podemos negar que
estamos viviendo un presente colmado de distopías que marcan el pulso de una época desolada. Necesitamos personas con mentes abiertas, donde el entendimiento y la tolerancia no se confundan con la comprensión y el aguante, y que el cuidado del otro no sea sinónimo de control en su peor acepción.