Creí que con la nota anterior clausuraba, en cierta medida, esa intimidad que si bien algunas amigas no me lo solicitaban explícitamente, lo hacían con metamensajes… La vida íntima del otro nos despierta la curiosidad y salpimienta la existencia. Y por cierto, la nota tuvo una repercusión en sus lectores que en verdad no esperaba.Alicia Losoviz luego de leerla, me habló de, “la misteriosa esencia de mi Mismidad” (aquello por lo cual soy lo que soy). Pero ahora se sumaron amigos, también les interesa a los de mi sexo. No soy sexista, tengo pacientes gays y lesbianas que me confían sus intimidades de entre sábanas y, les tengo afecto, pues, no soy quien para juzgarlos. Pienso que en la Edad Media habrían sido ejecutados, época terrible y misteriosa, todavía la ciencia no logra descifrar la magia, la brujería, los milagros. Además de la veta científica profesional, tengo una veta humanística, por eso suelo decir que mi actividad personal es “pontificia” (constructora de puentes). A los médicos que tenemos una inclinación literaria, filosófica o artística (otra vocación más), en la profesión somos mal vistos por ciertos colegas, quienes sostienen que lo hacemos porque no nos gusta la medicina asistencial (tema para otra nota), crítica que revela la incapacidad para explorar diferentes campos del conocimiento y establecer puentes. En última instancia, el arte es una forma de escape.“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, decía el conde Tolstoi, que junto con Kafka, son los dos grandes maestros que más influyeron sobre tantas generaciones de escritores, aunque, curiosamente, ninguno recibió el Nobel de Literatura. Yo siempre fui muy lector, especialmente de la buena literatura. El mayor desafío es leer al autor que uno no prefiere o abordar una teoría con la que no se concuerda (suelo someterme a esa dura prueba para entrenar la apertura mental). Desde joven advertí que somos capaces de plantearnos la inescrutabilidad, como ser, liberar pueblos de sus opresores para luego sojuzgarlos, recurrir al amor y promover el odio, usar la energía nuclear para combatir enfermedades y destruir con ella pueblos enteros, y como alguien dijo, hacer música de cámara y simultáneamente cámaras de gas… La vida se centra en los seres humanos y las relaciones vinculares humanas; el terreno en el que se articulan los encuentros y desencuentros; la conexión que va más allá de las palabras. En fin, los autores clásicos, con gran poder de observación se adelantaron, vieron el problema, y lo expusieron con estilo (por eso son clásicos).Pero cuidado con la hermenéutica, no busco ubicarme a la altura de un pontífice, como nuestro Papa jesuita. A propósito, retornado de Europa, mientras finalizaba la carrera docente en la UNLP, me incorporé simultáneamente a la Universidad del Salvador en 1982 (Europa me abrió la cabeza y dejé atrás ciertos prejuicios ideológicos), y lo hice en la Primera Cátedra de Medicina que sigue funcionando en el célebre Hospital Ramos Mejía (CABA), fundada por el Profesor Lucio Sanguinetti que todavía asistía a las recorridas de sala (tío de mi amigo Florentino), y que dirigía el Profesor Ángel Centeno, también Secretario de Culto de La Nación durante los gobiernos de Frondizi y Menem, muy amigo del Cardenal Samoré. Ángel me presentó en nuestra primera reunión a Carlos Celso, con quien mantenemos una entrañable amistad y juntos continuamos dando clase a los alumnos en el Ramos. Yo solo podía concurrir una mañana a la semana (una clase teórica, seguida de una práctica con pacientes en la sala, y otra clase teórica), porque durante seis años viajé diariamente a La Plata, donde tenía el puesto de broncoscopista, en el mismo hospital donde el Profesor José María Mainetti, padre de José Alberto, considerado en el exterior como el mejor cirujano general que dio la Argentina, hizo médico a Favaloro, según lo manifestó públicamente René. Terminé la carrera docente de cuatro años con la calificación final de 10 puntos. Y recuerdo que Centeno un día me dijo que yo no nunca le rechazaba ningún tema de clase (no sabía que mi amor propio me llevaba a exponer temas que no me movían el amperímetro, pero los preparaba con detenimiento). En la USAL obtuve mi primer cargo de profesor auxiliar, luego en otras universidades fui profesor adjunto, asociado, titular en dos universidades, y ahora consulto. En fin, di clases de grado y postgrado regularmente creo que para más de media docena de universidades, estatales y privadas. Volviendo a Bergoglio, cuando lo designaron Papa, felicité a una monja que conocía y me miró como si le hubiese faltado el respeto, entonces advertí que aquí tenía su interna); al día siguiente, mi amigo, el Profesor Elías Hurtado Hoyo, me llamó al Hospital Sirio Libanés porque tenía en la AMA a periodistas que le reclamaban información, y sabía que a los 21 años, a poco de ingresar al seminario (muy próximo al hospital) lo llevaron para realizarle una intervención torácica que le salvó la vida. Traté de averiguar si había algún médico de esa época pero fue inútil, entonces pedí que me trajeran del archivo la historia clínica, pero la humedad la había destruido, recordaban solo los nombres de los dos cirujanos que lo operaron, y eso le informé a Elías.A los 25 años fui secretario del Ateneo de Oratoria de Buenos Aires, pero al poco tiempo suspendimos las actividades porque en el país había “estado de sitio”. Asistí al taller de narrativa que daba anualmente Attilio Dabini en la SADE; allí conocí a Miguel Vendramin, escritor y productor de TV, desde entonces mantenemos una amistad, y a Gloria Kehoe, talentosa joven que cuando escribía dejaba boquiabierto al viejo escritor italiano. Gloria, con quien congeniamos al conocernos, sigue desaparecida… Ya en Madrid, asistí al curso anual de filosofía de la Fundación Universitaria Española, hice un curso de doctorado sobre antropología en la Universidad Complutense, y me prendía de cuanta actividad cultural podía, más los viajes trimestrales por otros países. Mi madre solía decirme que yo tenía “un Dios aparte”. Pues bien, en el Centro Gallego, institución a la que ingresé por concurso en 1985, asistía por la tarde, y tenía un servicio de internación muy conflictivo, dividido en un sector atendido por la residencia y otro por médicos de staff (algo totalmente irracional, entre otras medidas que disponía la dirección). Eran decenas y decenas de camas en distintos pisos. Un día, un médico de planta faltó, avisó por teléfono y, deliberadamente no me informaron. Terminada la tarea me fui a mi casa pensando que el servicio quedaba en orden. Al día siguiente, la médica que tenía como jefa de los residentes, no bien llegué, me dijo a boca de jarro: “jefe, ayer lo reputee”. Cuando ella se iba, observó que en un office se estaban riendo de lo que me sucedería al día siguiente, cuando la dirección tomase conocimiento que el jefe de servicio se fue sin asistir a los 20 pacientes a cargo del médico faltante, podía costarme el cargo, y si fallecía alguno, tendría posiblemente una demanda penal y otra civil. La joven, que sin duda sabía lo que es la lealtad (por eso amo tanto a mis jóvenes alumnos y discípulos), tomó la decisión de abortar la maniobra, se fue al office, agarró las 20 historias clínicas, y atendió a todos los pacientes hasta la noche, impidiendo así la artera maniobra. Por eso digo que soy casi herpetólogo (especialista en reptiles).Me viene a la memoria un paciente, nacionalista vasco hasta las entrañas, a quien asistí en una internación, y a partir de allí, cada vez que consultaba a un colega por alguna de sus patologías, me buscaba por los pasillos del Centro y me decía: “vengo a consultar a mi brujo”. Necesitaba que yo estuviese de acuerdo con el diagnóstico y la prescripción indicados. A mis alumnos siempre les digo que la clave en la relación médico-paciente está en la “confianza”. Y en una oportunidad, al llegar a la institución, me aguardaba su esposa para llevarme a la habitación donde hacía horas lo habían ingresado, cuando lo vi quedé sorprendido, pues, dos o tres meses atrás le habían detectado un cáncer de cabeza de páncreas, y ahora estaba muy ictérico, caquéctico, daba pena; nos saludamos como siempre, intercambiamos algunas bromas (él sabía que mi abuelo materno era de Pamplona), y le dije que iría a buscar a la médica que lo seguiría en la internación; cuando a los pocos minutos regresé ya había fallecido; su mujer cubrió su cuerpo con una bandera del país vasco y me dijo: “él lo esperó para despedirse”.En esa época, a la mañana me desempeñaba en un hospital público de Vicente López, el hospital de tórax “Dr. Cetrángolo”, donde también conocí no pocas maniobras de baja calidad moral. Allí fui presidente del Comité de Docencia e Investigación por dos períodos, jefe de consultorios externos, alcancé en el escalafón la categoría más alta (médico de hospital), pero un día me tendieron una trampa con la intención de humillarme, y mi decisión causó sorpresa (a pesar que necesitaba ese empleo), porque no dudé en dar un portazo renunciando (he dado varios portazos en mi vida). Los que me conocen saben que con mi dignidad no se juega, pero qué saben de dignidad los que se amparan en las sombras…También colaboraba con los alumnos de la UBA del hospital contiguo, el “Hospital Houssay”. El profesor a cargo de esa cátedra me certificó la colaboración e hice una presentación ante la Facultad de la UBA, luego de consultar la Ley, ya que podía pasar de “Docente Autorizado” de la UNLP a la UBA en la misma condición, me resultaba más cómodo (además estaba claro que con el tiempo iría por la titularidad de una cátedra). El vice-decano me citó en la Biblioteca de la Facultad, me dijo que si bien la Ley habilitaba el traspaso entre universidades nacionales, el trámite era “muy dificultoso”, que se analizaría y luego me llamarían, jamás se comunicaron… Pasado unos años, en uno de mis períodos sin trabajo estable, me presenté a concurso de profesor en una universidad privada donde ahora él era decano, éramos cinco postulantes, y en el orden de méritos del concurso, me adjudicaron el último lugar (un colega amigo me dijo que el concurso tenía número puesto). Al dejar el Hospital Cetrángolo, con los años apareció la oportunidad de concursar por oposición pública la jefatura del Hospital Israelita, en el aula magna y en presencia de todo el hospital. Cinco inscriptos debíamos presentar el curriculum vitae (tres pertenecían al staff del hospital) y exponer en el aula magna sobre un tema sorteado el día anterior: EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). Gané el concurso sin pertenecer a la institución ni ser judío. Mara, entre el público, al finalizar y mientras deliberaba el jurado, me anotició que sería el ganador, e intuyo que inclinó la balanza el jurado externo, jefe de clínica del Hospital Argerich. En la gestión tuve gran apoyo del director, que lamentablemente duró solo seis meses por una movida de otro grupo de la colectividad, y a partir de entonces comenzó la persecución y la difamación. Allí también era profesor titular de la Universidad Bar-Ilan, confesional, diseñada a semejanza de la de Israel (fue la única universidad del país que se fundió…), y daba clases simultáneamente para la unidad hospitalaria de la UBA, pero nunca deje de concurrir semanalmente al Ramos por la USAL. Una filósofa amiga decía que yo estaba en la encrucijada, me producía mucha gracia. Confieso que cuando en las recorridas de las numerosas salas a mi cargo, encontraba algún viejito con los números del campo de concentración tatuados en la cara anterior del antebrazo, como si fuese un animal, me producía un enojo vehemente. Recuerdo que un lunes, no bien llegué al hospital, me esperaba el infectólogo para comunicarme que en mi servicio había 40 pacientes con un brote de salmonelosis, originado en la cocina del hospital (yo ya me veía en la tapa de los diarios y abandonando la profesión). Sin embargo, rápidamente organicé piquetes de cuatro médicos para la atención por sectores: uno de staff como coordinador, dos médicos residentes, y un médico concurrente, y les impuse la ley del silencio. Durante una semana casi no dormí, al final, los 40 pacientes se habían curado de la salmonelosis.Más adelante gané el concurso abierto en el Hospital Sirio Libanés para el cargo de jefe de departamento medicina interna. Unos meses antes había participado del concurso para la jefatura de clínica del hospital quizá más marketinero del país, sé que gané, pues al día siguiente me llamó el director del hospital para decirme que mi inesperada participación había prestigiado el concurso, pero que no me darían el cargo, y se lo otorgaron a un jefe de sección con la cuarta parte de mis antecedentes (un colega local me dijo que no podían aceptar el riesgo de un jefe de afuera que pudiera cambiar las reglas de juego de los numerosos “kioscos”); recuerdo que un prestigioso colega comentó que la institución era buena en lo técnico, pero maniobraba como un banco…. En otra oportunidad, me llamó un alto funcionario de un ministerio para que aceptase amigablemente un trámite de un asunto personal, lo acepté, pero al salir, mientras aguardaba el colectivo, súbitamente me vino la idea de que me estaban traicionando (¡una epifanía! diría Diana Paris). En efecto, me habían armado una causa con testigos falsos. Entonces busqué un abogado, que lo conocía por mis actividades bioéticas, pero de quien entonces no era amigo, y le comenté que detrás había un entramado político. Él me respondió: no te preocupes, vos también tenés apoyo político, andá a tu casa, recogé a tus hijos, instalate por un mes en el departamento de tu tía para que no puedan notificarte, y yo me encargo del resto. Su exmujer con quien se llevaba muy bien era jueza, y él era asesor de una figura muy importante del gobierno nacional, datos que yo desconocía. Al cabo de unos días, fue a hablar con el ministro del área (quien había oído hablar de mí) y le dijo: “si vos no solucionas esto, el doctor lo publicará en Página 12”, donde entonces estaba Lanata (en una oportunidad me entrevistó por la radio, muy profesional, al igual que Nelson Castro o Santos Biasati en TV). Exigí que el expediente quedase en aguas de borrajas, y que constase que quedaba a salvo mi buen nombre y honor… Paralelamente, escribí un informe, lo entregué a una amiga ya fallecida, para que lo guardase en su caja fuerte del banco por si me sucedía algún accidente…Después de 18 años a cargo del servicio de clínica de internación del Centro Gallego, el enviado de España, una suerte de gurka que respondía a una banda peninsular que pretendía gestionar económicamente todas las instituciones españolas de salud en América Latina (¿una vuelta a la colonia?), decidió despedirme, aduciendo que yo me había interpuesto en su camino. El telegrama decía por “reorganización del servicio”, y llegó un sábado por la tarde, púes, el día anterior, varios jefes de servicio nos revelamos ante la información que pretendía cerrar las residencias médicas, incluso había ido al Ministerio de Salud de la Nación para averiguar si esa medida podía traerle alguna consecuencia legal. Tiempo atrás me habían exigido que estuviese en la institución mañana y tarde (full time), con lo cual pasó a ser mi único trabajo rentado. El lunes siguiente retiré la indemnización, y con el dinero asegurado, escribí una carta que ningún periódico de aquí publicó. Había un diario de la colectividad gallega para el que hacía un tiempo había escrito algo y que circulaba por Latinoamérica. Pensé que no la publicaría, sin embargo, me tiré el lance. Grande fue mi sorpresa cuando la nota apareció en el cuerpo principal y, el director puso de título: “El Centro Gallego de Buenos Aires en su peor momento”. Al llegar la edición aquí, fue secuestrada, pero recibí un ejemplar, y un colega amigo me llamó preocupado, me dijo si me daba cuenta de lo que había hecho, que este hombre podía llevarme a los tribunales por difamación, y le respondí que justamente eso es lo que buscaba, que nos viésemos frente a frente en presencia de un juez, nunca sucedió. Me contaron que a los pocos días lo llamaron de Madrid para preguntarle qué estaba pasando en la institución. A los nueve meses lo echaron y se volvió a España para seguir con sus tropelías. Unos años después, El País de Madrid, informaba de una manifestación de mis colegas madrileños por el intento de privatización de hospitales públicos, donde aparecía su foto. Aquí le dejo al Centro una deuda enorme, y la institución dejó de ser lo que un día fue…Este año, charlando en un congreso con un gerente de la industria farmacéutica, me dijo que le llamaba la atención tantas jefaturas de diferentes hospitales (no le comenté de otras tres muy breves en clínicas privadas) y, le respondí que nunca me llevé bien con la corrupción. No hace mucho, un colega, discípulo, me dijo que deberían darme los títulos de “Médico de los Hospitales” y de “Profesor de las Universidades”. Para finalizar esta entrega, responderé la pregunta que me hacen desde 1980 y los años aciagos que pasé. Volví suspendiendo mi matrícula habilitante del Colegio de Médicos de Madrid, soy Doctor en Medicina por la UNLP pero también por la Universidad Complutense de Madrid, ya tenía un curriculum vitae internacional (entonces se valoraba el CV) e importantes contactos, en consecuencia, es fácil suponer que el futuro era más que promisorio y, ante mi país que me rechazaba, lo lógico hubiera sido irme, sin embargo, mis dos únicos hijos, que tuve con mi primera esposa (ya fallecida), no podían salir legalmente del país, y la paternidad implica responsabilidad, además de amor, por ellos no emigré, caso contrario posiblemente hubiera llegado a ser jefe de servicio y catedrático en París, Roma o Londres… Es más, antes de retornar, estando en Marruecos, supe que necesitaban en la Universidad de Rabat (se hablaba francés) un profesor adjunto de medicina interna. Me dijeron que si era aceptado podía ejercer y atender solo a la población europea que allí vivía, que los fines de semana tendría la oportunidad de viajar a París para descansar, e incluso hacer mucho dinero como paso intermedio para la radicación en Europa. En fin, pese a las fuertes tentaciones, tomé la decisión correcta. Los seres amados pesan a la hora de las decisiones trascendentes, para mí mucho más que los intereses y las pasiones. El problema es que la medicina es muy absorbente, como el arte, y crea dificultades en la compaginación de la vida familiar.A todos los que han tenido el estoicismo de leer esta nota, les agradezco cordialmente la deferencia y les deseo: ¡Feliz Año 2026!