Toda herramienta o práctica innovadora despliega oportunidades y riesgos, por eso la necesidad de una mirada equilibrada y no entregarse al encanto de la moda. Muchos creen que la moda trae soluciones mágicas y que si uno no está con los dictados de ella: “ya fue”. En mis días juveniles se hablaba del “último grito de la moda”. Y me preguntó por qué algunos mensajes estúpidos prenden en la gente, se repiten una y otra vez como un mantra, en cambio, reflexiones inteligentes, que podrían cambiar el curso de la historia, pasan inadvertidas. De allí que los individuos ligados al mercado publicitario, parafernalia que suele ser tóxica, estén muy atentos al momento, a las tendencias del día, a la veleta de la opinión público, pues, se trata del negocio.
Me pone mal ver familias con niños viviendo en las calles de Buenos Aires, así como adolescentes con bebidas alcohólicas que fuman porros y consumen alguna otra droga. Un problema infantojuvenil grave, al cual no se le brinda suficiente atención, más allá que haya gente comprometida. Son vidas quemadas, y a menudo me hago la pregunta contra-fáctica: ¿qué vida hubieran tenido esos chicos en otro contexto?
En mi juventud el alcohol hacía lo suyo, pero la droga prácticamente no existía,
estaba reservada a ciertos círculos de poder adquisitivo, la Argentina era un país de paso, no de consumo como ahora.
Otro gran problema, verificable es todas partes, es la generación Ni-Ni (ni estudian ni trabajan), jóvenes sin proyecto de vida etiquetados por buena parte de la sociedad como “vagos”. Revelan un fenómeno social complejo, donde la carencia de oportunidades se mezcla con la exclusión, la desmotivación, la pobreza, la crisis económica, el trabajo informal, e incluso no pocas chicas se dedican a tareas de cuidado familiar, lo que no es tenido en cuenta. ¿Cómo rescatar a estos jóvenes que la sociedad estigmatiza y el Estado siempre ignoró?
A esta crisis debemos sumarle los intentos de suicidio o suicidios consumados. Días pasados, al salir del gimnasio, presencié el rescate en las alturas de un joven por el grupo especial de bomberos, y el SAME lo trasladó a un hospital. Tema complejo, donde los profesionales que asisten a los suicidas muestran un altruismo no reconocido en ningún aspecto; si ese altruismo lo adoptase la clase dirigente, otro sería el mundo
La niñez y la adolescencia son cruciales, pues en los primeros años se configura la personalidad, el cerebro, y resulta fundamental el papel de la familia y de la escuela, porque se pueden detectar ciertas dificultades y prevenir problemas mayores. Los chicos deben ser acompañados en su maduración, y preparados para gestionar la frustración, desarrollar el pensamiento crítico, en fin, construir la identidad. La sociedad debería estar involucrada en fomentar valores como la empatía, la igualdad, el respeto a la diversidad, la responsabilidad democrática, ya que tienen que ver con el futuro.
Hace poco, en una charla de café, recordé un episodio que lo tengo tan fresco como si lo hubiese vivido hoy. Cuando bajaba una escalera, tenía solo cuatro años, perdí el equilibrio, me vi de cara contra el piso, y corrió mi tío Fermín que me tomó en sus brazos y no sabía cómo calmar mi llanto por el susto, la consecuencia fue que padecí tartamudez durante un largo año, afortunadamente desapareció de manera espontánea, aunque de tanto en tanto reaparecía cuando me ponía nervioso, pero me enojaba mucho no poder hablar con fluidez y, hoy pienso qué hubiera pasado si se hubiese perpetuado, quizá no habría llegado a ser un orador experimentado en foros internacionales.
Lo cierto es que ccuando uno cuenta la propia historia, también cuenta la historia de otros, y en todo caso, de toda la humanidad. Sin embargo, conviene tener presente que el pasado es inmodificable: “Lo hecho, hecho está”, decía Shakespeare en Macbeth, pero la historia, a diferencia del pasado, se puede reescribir…
Me viene a la mente, que siendo muy chico, mis padres solían llevarme al cine del barrio (había cuatro o cinco cercanos, hoy templos evangélicos o shoppings) y, me impresionaban las imágenes enormes que aparecían en la pantalla en blanco y negro, luego mi abuela (vivíamos con mis padres en su casa, ubicada en el centro de La Plata) compró la primera TV del barrio, entonces era como tener el cine en el living, y para mi desgracia la pantalla me cautivó (la adicción por las pantallas ya existía), luego vino la TV en color, Internet, las redes sociales, los dispositivos móviles (WhatsApp me permite comunicarme a diario con varios de mis afectos), la IA, y seguirán apareciendo otras tecnologías que facilitarán ciertas funciones de la vida cotidiana, aunque nos harán perder algunas habilidades y, sobre todo procurarán crear una dependencia, para que evitemos tomar decisiones con la propia cabeza.
Internet nació como el sueño de la interconexión entre los humanos, con la promesa de no vender los datos personales, dar respuestas confiables en vez de avisos comerciales, ser un nuevo ágora donde la gente se exprese con libertad y se fortalezca la democracia, y anunciaba la gratuidad de sus servicios, sin embargo, a pesar de sus ventajas, la realidad real demostró ser una trampa para los usuarios… He visto surgir estas tecnologías y desarrollarse (a diferencia de la generación Z), ello me tornó precavido. Ahora bien: ¿cómo la tecnología dará forma al mundo en los años que vienen?
En tiempos de fake news, influencers, dictaduras, en varias oportunidades, amigos y lectores elogiaron la “valentía intelectual” del contenido denunciatorio de mis artículos y cartas en los periódicos. Para mí, la “honestidad intelectual” fue, ha sido y es un imperativo moral. No pocos intelectuales ceden y, hasta venden la honra a los perros.
Hoy todos hablan de “cambio”, políticos y opinólogos presumen, pero lo cierto es que los seres humanos, aferrados a nuestras rutinas y hábitos (incluso los que son malos), somos reticentes a los cambios. Y cambiar exige hacer un esfuerzo consciente.
Para el marxismo, así como existe la lucha de clases, el cambio en los modos de producción origina transformaciones profundas en la vida de la sociedad, y sin duda está a la vista. Al respecto, recuerdo que Ortega y Gasset consideraba a la izquierda y la derecha como “formas de hemiplejía moral”. Pero el gran problema que aqueja a la humanidad es el sistema que no considera a los seres humanos como tales, los ve como piezas de producción, individuos que son funcionales y que están solos en el mundo.
En días signados por la rapidez e inmediatez de las mutaciones en cualquier orden de la vida, la lecto-comprensión del mundo es diferente, jóvenes y viejos transitamos el cambio, por eso la necesidad de una nueva narrativa del mundo, porque la sociedad ha comenzado a narrar de otra manera y, en la percepción social, lo audiovisual como lo iconográfico son potentes, hasta se habla de una cultura de la transformación. En fin, un clima de época con desorientación en las sociedades, las disciplinas, y las instituciones, duramente interpeladas, de no reinventarse quedarán al margen de la historia.
En lo personal, siguiendo a Ortega, uno es uno y su situación contextual, y yo soy consciente que procuré dar lo mejor en distintos planos de la vida, no ignoro los errores ni las falencias, pero si no di mucho más fue por los obstáculos y barreras que me pusieron, algunos con artimañas. Nunca faltan los quintacolumnistas, los difamadores, ni los dinamitadores de puentes (una historia universal de infames y canallas).
Tengo una inclinación natural por la justicia y ser considerado con los vulnerables, e incluso abrazar batallas perdidas, y ello tiene un alto precio. En este juego de la vida, asoma el libre albedrío, el azar, y sobre todo el “destino”, concepto complejo. Mi madre solía decirme que el destino se lo hacía ella, en verdad nunca le creí. Según Dostoievski, uno tiene sus planes, pero nos olvidamos que el destino también tiene planes…