• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos mensuales: diciembre 2025

CON TONO INTIMISTA

29 lunes Dic 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Creí que con la nota anterior clausuraba, en cierta medida, esa intimidad que si bien algunas amigas no me lo solicitaban explícitamente, lo hacían con metamensajes… La vida íntima del otro nos despierta la curiosidad y salpimienta la existencia. Y por cierto, la nota tuvo una repercusión en sus lectores que en verdad no esperaba.Alicia Losoviz luego de leerla, me habló de, “la misteriosa esencia de mi Mismidad” (aquello por lo cual soy lo que soy). Pero ahora se sumaron amigos, también les interesa a los de mi sexo. No soy sexista, tengo pacientes gays y lesbianas que me confían sus intimidades de entre sábanas y, les tengo afecto, pues, no soy quien para juzgarlos. Pienso que en la Edad Media habrían sido ejecutados, época terrible y misteriosa, todavía la ciencia no logra descifrar la magia, la brujería, los milagros. Además de la veta científica profesional, tengo una veta humanística, por eso suelo decir que mi actividad personal es “pontificia” (constructora de puentes). A los médicos que tenemos una inclinación literaria, filosófica o artística (otra vocación más), en la profesión somos mal vistos por ciertos colegas, quienes sostienen que lo hacemos porque no nos gusta la medicina asistencial (tema para otra nota), crítica que revela la incapacidad para explorar diferentes campos del conocimiento y establecer puentes. En última instancia, el arte es una forma de escape.“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, decía el conde Tolstoi, que junto con Kafka, son los dos grandes maestros que más influyeron sobre tantas generaciones de escritores, aunque, curiosamente, ninguno recibió el Nobel de Literatura. Yo siempre fui muy lector, especialmente de la buena literatura. El mayor desafío es leer al autor que uno no prefiere o abordar una teoría con la que no se concuerda (suelo someterme a esa dura prueba para entrenar la apertura mental). Desde joven advertí que somos capaces de plantearnos la inescrutabilidad, como ser, liberar pueblos de sus opresores para luego sojuzgarlos, recurrir al amor y promover el odio, usar la energía nuclear para combatir enfermedades y destruir con ella pueblos enteros, y como alguien dijo, hacer música de cámara y simultáneamente cámaras de gas… La vida se centra en los seres humanos y las relaciones vinculares humanas; el terreno en el que se articulan los encuentros y desencuentros; la conexión que va más allá de las palabras. En fin, los autores clásicos, con gran poder de observación se adelantaron, vieron el problema, y lo expusieron con estilo (por eso son clásicos).Pero cuidado con la hermenéutica, no busco ubicarme a la altura de un pontífice, como nuestro Papa jesuita. A propósito, retornado de Europa, mientras finalizaba la carrera docente en la UNLP, me incorporé simultáneamente a la Universidad del Salvador en 1982 (Europa me abrió la cabeza y dejé atrás ciertos prejuicios ideológicos), y lo hice en la Primera Cátedra de Medicina que sigue funcionando en el célebre Hospital Ramos Mejía (CABA), fundada por el Profesor Lucio Sanguinetti que todavía asistía a las recorridas de sala (tío de mi amigo Florentino), y que dirigía el Profesor Ángel Centeno, también Secretario de Culto de La Nación durante los gobiernos de Frondizi y Menem, muy amigo del Cardenal Samoré. Ángel me presentó en nuestra primera reunión a Carlos Celso, con quien mantenemos una entrañable amistad y juntos continuamos dando clase a los alumnos en el Ramos. Yo solo podía concurrir una mañana a la semana (una clase teórica, seguida de una práctica con pacientes en la sala, y otra clase teórica), porque durante seis años viajé diariamente a La Plata, donde tenía el puesto de broncoscopista, en el mismo hospital donde el Profesor José María Mainetti, padre de José Alberto, considerado en el exterior como el mejor cirujano general que dio la Argentina, hizo médico a Favaloro, según lo manifestó públicamente René. Terminé la carrera docente de cuatro años con la calificación final de 10 puntos. Y recuerdo que Centeno un día me dijo que yo no nunca le rechazaba ningún tema de clase (no sabía que mi amor propio me llevaba a exponer temas que no me movían el amperímetro, pero los preparaba con detenimiento). En la USAL obtuve mi primer cargo de profesor auxiliar, luego en otras universidades fui profesor adjunto, asociado, titular en dos universidades, y ahora consulto. En fin, di clases de grado y postgrado regularmente creo que para más de media docena de universidades, estatales y privadas. Volviendo a Bergoglio, cuando lo designaron Papa, felicité a una monja que conocía y me miró como si le hubiese faltado el respeto, entonces advertí que aquí tenía su interna); al día siguiente, mi amigo, el Profesor Elías Hurtado Hoyo, me llamó al Hospital Sirio Libanés porque tenía en la AMA a periodistas que le reclamaban información, y sabía que a los 21 años, a poco de ingresar al seminario (muy próximo al hospital) lo llevaron para realizarle una intervención torácica que le salvó la vida. Traté de averiguar si había algún médico de esa época pero fue inútil, entonces pedí que me trajeran del archivo la historia clínica, pero la humedad la había destruido, recordaban solo los nombres de los dos cirujanos que lo operaron, y eso le informé a Elías.A los 25 años fui secretario del Ateneo de Oratoria de Buenos Aires, pero al poco tiempo suspendimos las actividades porque en el país había “estado de sitio”. Asistí al taller de narrativa que daba anualmente Attilio Dabini en la SADE; allí conocí a Miguel Vendramin, escritor y productor de TV, desde entonces mantenemos una amistad, y a Gloria Kehoe, talentosa joven que cuando escribía dejaba boquiabierto al viejo escritor italiano. Gloria, con quien congeniamos al conocernos, sigue desaparecida… Ya en Madrid, asistí al curso anual de filosofía de la Fundación Universitaria Española, hice un curso de doctorado sobre antropología en la Universidad Complutense, y me prendía de cuanta actividad cultural podía, más los viajes trimestrales por otros países. Mi madre solía decirme que yo tenía “un Dios aparte”. Pues bien, en el Centro Gallego, institución a la que ingresé por concurso en 1985, asistía por la tarde, y tenía un servicio de internación muy conflictivo, dividido en un sector atendido por la residencia y otro por médicos de staff (algo totalmente irracional, entre otras medidas que disponía la dirección). Eran decenas y decenas de camas en distintos pisos. Un día, un médico de planta faltó, avisó por teléfono y, deliberadamente no me informaron. Terminada la tarea me fui a mi casa pensando que el servicio quedaba en orden. Al día siguiente, la médica que tenía como jefa de los residentes, no bien llegué, me dijo a boca de jarro: “jefe, ayer lo reputee”. Cuando ella se iba, observó que en un office se estaban riendo de lo que me sucedería al día siguiente, cuando la dirección tomase conocimiento que el jefe de servicio se fue sin asistir a los 20 pacientes a cargo del médico faltante, podía costarme el cargo, y si fallecía alguno, tendría posiblemente una demanda penal y otra civil. La joven, que sin duda sabía lo que es la lealtad (por eso amo tanto a mis jóvenes alumnos y discípulos), tomó la decisión de abortar la maniobra, se fue al office, agarró las 20 historias clínicas, y atendió a todos los pacientes hasta la noche, impidiendo así la artera maniobra. Por eso digo que soy casi herpetólogo (especialista en reptiles).Me viene a la memoria un paciente, nacionalista vasco hasta las entrañas, a quien asistí en una internación, y a partir de allí, cada vez que consultaba a un colega por alguna de sus patologías, me buscaba por los pasillos del Centro y me decía: “vengo a consultar a mi brujo”. Necesitaba que yo estuviese de acuerdo con el diagnóstico y la prescripción indicados. A mis alumnos siempre les digo que la clave en la relación médico-paciente está en la “confianza”. Y en una oportunidad, al llegar a la institución, me aguardaba su esposa para llevarme a la habitación donde hacía horas lo habían ingresado, cuando lo vi quedé sorprendido, pues, dos o tres meses atrás le habían detectado un cáncer de cabeza de páncreas, y ahora estaba muy ictérico, caquéctico, daba pena; nos saludamos como siempre, intercambiamos algunas bromas (él sabía que mi abuelo materno era de Pamplona), y le dije que iría a buscar a la médica que lo seguiría en la internación; cuando a los pocos minutos regresé ya había fallecido; su mujer cubrió su cuerpo con una bandera del país vasco y me dijo: “él lo esperó para despedirse”.En esa época, a la mañana me desempeñaba en un hospital público de Vicente López, el hospital de tórax “Dr. Cetrángolo”, donde también conocí no pocas maniobras de baja calidad moral. Allí fui presidente del Comité de Docencia e Investigación por dos períodos, jefe de consultorios externos, alcancé en el escalafón la categoría más alta (médico de hospital), pero un día me tendieron una trampa con la intención de humillarme, y mi decisión causó sorpresa (a pesar que necesitaba ese empleo), porque no dudé en dar un portazo renunciando (he dado varios portazos en mi vida). Los que me conocen saben que con mi dignidad no se juega, pero qué saben de dignidad los que se amparan en las sombras…También colaboraba con los alumnos de la UBA del hospital contiguo, el “Hospital Houssay”. El profesor a cargo de esa cátedra me certificó la colaboración e hice una presentación ante la Facultad de la UBA, luego de consultar la Ley, ya que podía pasar de “Docente Autorizado” de la UNLP a la UBA en la misma condición, me resultaba más cómodo (además estaba claro que con el tiempo iría por la titularidad de una cátedra). El vice-decano me citó en la Biblioteca de la Facultad, me dijo que si bien la Ley habilitaba el traspaso entre universidades nacionales, el trámite era “muy dificultoso”, que se analizaría y luego me llamarían, jamás se comunicaron… Pasado unos años, en uno de mis períodos sin trabajo estable, me presenté a concurso de profesor en una universidad privada donde ahora él era decano, éramos cinco postulantes, y en el orden de méritos del concurso, me adjudicaron el último lugar (un colega amigo me dijo que el concurso tenía número puesto). Al dejar el Hospital Cetrángolo, con los años apareció la oportunidad de concursar por oposición pública la jefatura del Hospital Israelita, en el aula magna y en presencia de todo el hospital. Cinco inscriptos debíamos presentar el curriculum vitae (tres pertenecían al staff del hospital) y exponer en el aula magna sobre un tema sorteado el día anterior: EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). Gané el concurso sin pertenecer a la institución ni ser judío. Mara, entre el público, al finalizar y mientras deliberaba el jurado, me anotició que sería el ganador, e intuyo que inclinó la balanza el jurado externo, jefe de clínica del Hospital Argerich. En la gestión tuve gran apoyo del director, que lamentablemente duró solo seis meses por una movida de otro grupo de la colectividad, y a partir de entonces comenzó la persecución y la difamación. Allí también era profesor titular de la Universidad Bar-Ilan, confesional, diseñada a semejanza de la de Israel (fue la única universidad del país que se fundió…), y daba clases simultáneamente para la unidad hospitalaria de la UBA, pero nunca deje de concurrir semanalmente al Ramos por la USAL. Una filósofa amiga decía que yo estaba en la encrucijada, me producía mucha gracia. Confieso que cuando en las recorridas de las numerosas salas a mi cargo, encontraba algún viejito con los números del campo de concentración tatuados en la cara anterior del antebrazo, como si fuese un animal, me producía un enojo vehemente. Recuerdo que un lunes, no bien llegué al hospital, me esperaba el infectólogo para comunicarme que en mi servicio había 40 pacientes con un brote de salmonelosis, originado en la cocina del hospital (yo ya me veía en la tapa de los diarios y abandonando la profesión). Sin embargo, rápidamente organicé piquetes de cuatro médicos para la atención por sectores: uno de staff como coordinador, dos médicos residentes, y un médico concurrente, y les impuse la ley del silencio. Durante una semana casi no dormí, al final, los 40 pacientes se habían curado de la salmonelosis.Más adelante gané el concurso abierto en el Hospital Sirio Libanés para el cargo de jefe de departamento medicina interna. Unos meses antes había participado del concurso para la jefatura de clínica del hospital quizá más marketinero del país, sé que gané, pues al día siguiente me llamó el director del hospital para decirme que mi inesperada participación había prestigiado el concurso, pero que no me darían el cargo, y se lo otorgaron a un jefe de sección con la cuarta parte de mis antecedentes (un colega local me dijo que no podían aceptar el riesgo de un jefe de afuera que pudiera cambiar las reglas de juego de los numerosos “kioscos”); recuerdo que un prestigioso colega comentó que la institución era buena en lo técnico, pero maniobraba como un banco…. En otra oportunidad, me llamó un alto funcionario de un ministerio para que aceptase amigablemente un trámite de un asunto personal, lo acepté, pero al salir, mientras aguardaba el colectivo, súbitamente me vino la idea de que me estaban traicionando (¡una epifanía! diría Diana Paris). En efecto, me habían armado una causa con testigos falsos. Entonces busqué un abogado, que lo conocía por mis actividades bioéticas, pero de quien entonces no era amigo, y le comenté que detrás había un entramado político. Él me respondió: no te preocupes, vos también tenés apoyo político, andá a tu casa, recogé a tus hijos, instalate por un mes en el departamento de tu tía para que no puedan notificarte, y yo me encargo del resto. Su exmujer con quien se llevaba muy bien era jueza, y él era asesor de una figura muy importante del gobierno nacional, datos que yo desconocía. Al cabo de unos días, fue a hablar con el ministro del área (quien había oído hablar de mí) y le dijo: “si vos no solucionas esto, el doctor lo publicará en Página 12”, donde entonces estaba Lanata (en una oportunidad me entrevistó por la radio, muy profesional, al igual que Nelson Castro o Santos Biasati en TV). Exigí que el expediente quedase en aguas de borrajas, y que constase que quedaba a salvo mi buen nombre y honor… Paralelamente, escribí un informe, lo entregué a una amiga ya fallecida, para que lo guardase en su caja fuerte del banco por si me sucedía algún accidente…Después de 18 años a cargo del servicio de clínica de internación del Centro Gallego, el enviado de España, una suerte de gurka que respondía a una banda peninsular que pretendía gestionar económicamente todas las instituciones españolas de salud en América Latina (¿una vuelta a la colonia?), decidió despedirme, aduciendo que yo me había interpuesto en su camino. El telegrama decía por “reorganización del servicio”, y llegó un sábado por la tarde, púes, el día anterior, varios jefes de servicio nos revelamos ante la información que pretendía cerrar las residencias médicas, incluso había ido al Ministerio de Salud de la Nación para averiguar si esa medida podía traerle alguna consecuencia legal. Tiempo atrás me habían exigido que estuviese en la institución mañana y tarde (full time), con lo cual pasó a ser mi único trabajo rentado. El lunes siguiente retiré la indemnización, y con el dinero asegurado, escribí una carta que ningún periódico de aquí publicó. Había un diario de la colectividad gallega para el que hacía un tiempo había escrito algo y que circulaba por Latinoamérica. Pensé que no la publicaría, sin embargo, me tiré el lance. Grande fue mi sorpresa cuando la nota apareció en el cuerpo principal y, el director puso de título: “El Centro Gallego de Buenos Aires en su peor momento”. Al llegar la edición aquí, fue secuestrada, pero recibí un ejemplar, y un colega amigo me llamó preocupado, me dijo si me daba cuenta de lo que había hecho, que este hombre podía llevarme a los tribunales por difamación, y le respondí que justamente eso es lo que buscaba, que nos viésemos frente a frente en presencia de un juez, nunca sucedió. Me contaron que a los pocos días lo llamaron de Madrid para preguntarle qué estaba pasando en la institución. A los nueve meses lo echaron y se volvió a España para seguir con sus tropelías. Unos años después, El País de Madrid, informaba de una manifestación de mis colegas madrileños por el intento de privatización de hospitales públicos, donde aparecía su foto. Aquí le dejo al Centro una deuda enorme, y la institución dejó de ser lo que un día fue…Este año, charlando en un congreso con un gerente de la industria farmacéutica, me dijo que le llamaba la atención tantas jefaturas de diferentes hospitales (no le comenté de otras tres muy breves en clínicas privadas) y, le respondí que nunca me llevé bien con la corrupción. No hace mucho, un colega, discípulo, me dijo que deberían darme los títulos de “Médico de los Hospitales” y de “Profesor de las Universidades”. Para finalizar esta entrega, responderé la pregunta que me hacen desde 1980 y los años aciagos que pasé. Volví suspendiendo mi matrícula habilitante del Colegio de Médicos de Madrid, soy Doctor en Medicina por la UNLP pero también por la Universidad Complutense de Madrid, ya tenía un curriculum vitae internacional (entonces se valoraba el CV) e importantes contactos, en consecuencia, es fácil suponer que el futuro era más que promisorio y, ante mi país que me rechazaba, lo lógico hubiera sido irme, sin embargo, mis dos únicos hijos, que tuve con mi primera esposa (ya fallecida), no podían salir legalmente del país, y la paternidad implica responsabilidad, además de amor, por ellos no emigré, caso contrario posiblemente hubiera llegado a ser jefe de servicio y catedrático en París, Roma o Londres… Es más, antes de retornar, estando en Marruecos, supe que necesitaban en la Universidad de Rabat (se hablaba francés) un profesor adjunto de medicina interna. Me dijeron que si era aceptado podía ejercer y atender solo a la población europea que allí vivía, que los fines de semana tendría la oportunidad de viajar a París para descansar, e incluso hacer mucho dinero como paso intermedio para la radicación en Europa. En fin, pese a las fuertes tentaciones, tomé la decisión correcta. Los seres amados pesan a la hora de las decisiones trascendentes, para mí mucho más que los intereses y las pasiones. El problema es que la medicina es muy absorbente, como el arte, y crea dificultades en la compaginación de la vida familiar.A todos los que han tenido el estoicismo de leer esta nota, les agradezco cordialmente la deferencia y les deseo: ¡Feliz Año 2026!

UNA CIERTA INTIMIDAD

22 lunes Dic 2025

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En derecho se habla de público y privado. Pues bien, yo hablo de “vida pública”, “vida privada”, y “vida íntima” (estas dos últimas procuro separarlas con precisión y claridad). No suelo darle letra a los fisgónes, aunque hoy hablaré porque algunas amigas me lo sugirieron, y creo que es el momento, claro que contaré solo algunas cosas… Les pido paciencia porque mi narración será más extensa que la usual.

Al igual que Pablo Neruda, “Confieso que he vivido”. Reconozco que he tenido años muy difíciles, nunca con la tristeza de este año, ni tampoco que estaba funcionando en “piloto automático”. Tristeza, sí, no depresión, porque entonces entraríamos la psicopatología. Soy de los que creen que la vida íntima, es, íntima, y que uno a veces debe apelar al método de Cortázar (decir lo que debe decirse pero de tal manera que no parezca que uno lo dijo), y que hay secretos que uno se lleva a la tumba (aprovecho para hacer público mi deseo de que cuando llegue el momento me cremen y esparzan mis cenizas). No me olvido que llegamos al mundo desnudos y, así nos iremos, explica mi escaso afecto por las cosas materiales, sin embargo, creo que me pasé de rosca, y esto me ha causado no pocos problemas. En efecto, así como todo tiene sus límites, conviene ser equilibrado y, como los antiguos griegos, buscar el término medio, que no es el matemático ni el geométrico. Por otro lado, los que son verdaderos amigos, nos dicen aquello que no queremos oír, con la intención de que nos demos cuenta y reaccionemos. En cambio, los dictadores, están rodeados de aduladores y alcahuetes, no toleran a quien les muestre la realidad, prefieren crear su propia realidad, su burbuja, su épica, su mito, y no permiten tocar temas que no son de su conveniencia (temas tabúes). Y en la vida nos topamos con no pocos temas tabúes, bástenos el hecho que, absolutamente nadie, quiere hablar de las relaciones íntimas de sus padres.

Estimo que hay años muy difíciles de vivir, pienso que esto le ha de suceder a muchos. Yo recuerdo cuando murió mi padre, a los 64 años (él sentía pánico de la inminente jubilación) y, justo en el día de mi cumpleaños, hizo un ACV hemorrágico, fue como si el destino me hubiese clavado un puñal en la espalda; recuerdo que lo saqué de la bañadera con rigidez de descerebración y un ronquido tan fuerte que se oía a lo lejos ( lo percibía subiendo las escaleras con la puerta de su departamento cerrada (un hematoma temporal izquierdo, era hipertenso); el neurocirujano quería intervenirlo y me opuse, pues, sabía que de superar la intervención, perdería aquellas habilidades que le daban más placer: leer, escribir, caminar… Recuerdo que siendo muy chico, él me hizo leer toda su biblioteca de los clásicos, y también me hacía escribir, lo que me regocijaba. Pero ante la situación con que me encontré, tome una decisión, y a partir de entonces, la toma de decisiones en situaciones límites (afectaba nada menos que su calidad de vida) pasó a ser uno de los temas bioéticos (todavía no sabía de la bioética) a los que dediqué especial interés, eso sí, en aquella oportunidad, tuve el apoyo moral de mi primo Jorge, pocos años mayor que yo, y de todos los colegas de la UTI del Instituto Médico Platense que se solidarizaron con esta difícil decisión, que me costó lágrimas. Después falleció de SIDA mi primo Jorge, más tarde mi amada tía Martha (una soprano lírica que me introdujo a los nueve años en el coro de niños como barítono, solo fueron dos años), mi tío Fermín, y finalmente mi madre con Alzheimer (cuando aún no sabía leer, ella me leía ”Corazón” y, con el relato de Edmundo de Amicis, comenzó mi educación sentimental). A los cinco los recuerdo todos los días, viven en mi memoria, forman parte de mis sentimientos, pues, en gran medida ayudaron a que yo llegase a ser lo que soy. Y las deudas morales, a diferencia de las deudas materiales, jamás se saldan…

Alejandra y Maximiliano, mis hijos, Joaquín e Isabel, mis nietitos, Mara (a quien tanto le debo en todo sentido), al igual que otros familiares, amigos, exalumnos y discípulos, forman parte de esta constelación de afectos. No quiero hablar de mis maestros porque me llevaría un libro.

Cuando hace varios años, José Alberto Mainetti me invitó a participar de un seminario en la UNLP sobre” transhumanismo”, uno de los panelistas que ya había firmado en los Estados Unidos un contrato para ser criopreservado, manifestó que le gustaría despertarse dentro de 200 años y ver con qué mundo se encontraba, y yo dije que no me interesaba despertarme sin tener alrededor los seres que amo. Para mí lo importante es el arte de ser humano, que radica en la nobleza del espíritu, ya que no concibo un ser que carezca de sensibilidad humanitaria. Quizá la clave para comprender la mente resida más que en el raciocinio, en los sentimientos.

Cuando regresé al país, luego de mi experiencia científica y humanística siguiendo el consejo de Comenio, siendo muy joven y con muchos antecedentes, enfrenté un horizonte oscuro. Presenté ante una Institución certificaciones legalizadas, donde constaban los exámenes teórico-prácticos aprobados ante un tribunal de cinco profesores: “Neumonólogo” y “Gastroenterólogo” (ambos rendidos en un mismo año), y un importante miembro de esa Institución, dijo que en la Universidad Complutense de Madrid me habían “regalado” los títulos. En otra oportunidad, para cerrarme el paso, alguien sostuvo que hacía varios años que no hacía nada en la medicina. En diversos hospitales donde trabajé, la parte directiva se encargó de propagar a través del “radio pasillo” el rumor de que yo no examinaba a los pacientes (siendo semiólogo), no les enseñaba a los médicos residentes, en fin, que era un vago, y convenía “rajarme”.

Leyendo a José Ingenieros cuando tenía 12 años, aprendí que la mejor manera de combatir la envidia era elogiar los méritos ajenos. No me gusta la estridencia, la erudición debe exponerse de manera tenue, sin que se note, como la luz del amanecer. Con la humildad hace tiempo que me llevo muy bien, aunque como todos tengo mi ego (bajo rigurosa supervisión) y, el haber tomado partido por los débiles siempre me trajo problemas, no soy de los oportunistas que se suben al carro del vencedor… Tampoco tengo enemigos, aunque sé que varios me consideran su enemigo (problema de ellos). A mis íntimos les recomiendo como higiene, que el enojo no pase de las 48 horas, y, nunca humillar a otro (frecuente en la política), porque las secuelas pueden ser profundas, bástenos las dos últimas Guerras Mundiales. Sé que la envidia y el odio envenenan el alma, y en eso soy egoísta, procuro cuidar mi salud mental.

Este 2025 ha sido un año de tristeza, repito. Con la jubilación forzada (que no existe en ámbitos privilegiados), los muy canallas pretenden a uno sacarlo del juego, y yo pertenezco a una generación cuya principal característica fue, ha sido y es la rebeldía. Nos apartan en el momento que más podríamos dar en base a la experiencia. No se trata de una cuestión de poder o de ambiciones, pues, antes de cumplir los 40 años yo ya había satisfecho todas mis ambiciones profesionales, porque cumplí con los objetivos juveniles, lo que vino después fue valor agregado.

En muchas oportunidades me dijeron que no valía la pena que me quedase en el país, que estaba desaprovechado, pero tengo mis debilidades. De todas maneras, a veces uno necesita hacer la catarsis, aunque sea mínima, como si fuese un soplo, metafóricamente. Y debo darles las gracias a mi primo Fabián (hijo de mi tío Fermín) y a mis dos colegas de la bioética (también psicoanalistas), Diana Paris y Alicia Losoviz, por haberme escuchado. En efecto, a veces solo basta que los amigos te presten la escucha.

Tendría 35 años cuando escribí un opúsculo sobre redacción médica y técnicas documentales, y el Profesor Francisco Vilardell, entonces a cargo de docencia del Ministerio de Salud de España y presidente de la Organización Mundial de Gastroenterología, me dijo: “En España todos los médicos deberían leer su libro” (mi tío Fermín pagó la edición, pues ninguna editorial veía éxito comercial). En 2004 estuve toda una mañana conversando con el Profesor Ciril Rozman (creo que la figura viva más importante de la especialidad, hoy con 96 años), en el Clinic de Barcelona, y a las 48 horas recibí un mail donde me decía que estaba asombrado por la coincidencia de ideas que ambos teníamos. Con Federico Mayor Zaragoza, quien fue Ministro de Educación y Ciencia de España y por doce años director general de la UNESCO, solo nos escribimos, y la última vez me dijo que cuando retornase a Madrid le gustaría que nos conociéramos personalmente (falleció hace un año). Recuerdo con afecto a Diego Gracia (la personalidad más notable en la bioética de nuestra lengua), y esa semana que estuvo en Buenos Aires, nuestras conversaciones de la mañana a la noche (me enseñó mucho). De Laín Entralgo (el gran historiador de la medicina del Siglo XX), por quien sentía un respeto reverencial, ni me animaba a abordarlo cuando nos cruzábamos en el pasillo, aprendí que para tratar seriamente un tema había que remitirse a los orígenes (a Don Pedro le robé no pocas ideas). Con el alemán Dietrich von Engelhardt (un hombre de la nobleza aunque no lo parecía), gran amigo, fallecido en una UTI este año 2025, quien fue vice-rector de la Universidad de Lübeck y presidente de la Academia Alemana de Ética en Medicina, juntos concretamos muchos proyectos, más allá que el bife de chorizo y el cabernet savignon eran un placer que compartíamos. Este año también falleció otro gran amigo, el Profesor Florentino Sanguinetti, director del Hospital de Clínicas por más de 10 años y quien recibió a los damnificados por la bomba de la AMIA; nunca logré que me tuteara, ya que era mayor que yo, pero antes de morir en un WhatsApp me confesó que no se había animado por el respeto que me tenía. .. Debo detenerme, porque repito, mis maestros darían para un libro.

De los pacientes también he recibido muchas satisfacciones. En una oportunidad estaba en Tucumán y Callao, cerca de mi hogar, esperando que abriera el semáforo para cruzar, y un hombre mal entrazado, con pérdida de varias piezas dentarias, me dijo: “Doctor Cataldi, usted hace muchos años me curó la tuberculosis”. Rápidamente lo reconocí, lo había atendido en el hospital público (mi amiga Diana París me diría: ¡una epifanía Roberto!). Vivía en la “villa” (su eterno destino) e iba a que en la Iglesia le dieran ayuda (ropa y comida). Por Tucumán hacia el bajo, saliendo de la Iglesia, solía caminar Bergoglio cuando todavía no era el Papa Francisco.

Mi padre creo que tenía una suerte de “neurosis moral”, era implacable en su crítica de la corrupción, y a menudo me repetía, palabra más, palabra menos, que estaba con los que eran “pobres pero honrados”. Rectitud moral que le elogiaban los que lo conocían. En el momento que podía lanzarse al ruedo como concertista de piano (fue al conservatorio nacional pero no a la universidad), lo invadieron los nervios (¿pánico escénico?), y el neurólogo que consultó le recetó no tocar nunca más el piano, en vez de indicarle psicoterapia (mala praxis). Le dio la excusa perfecta. Sin embargo, reveló su coraje cuando estando yo en primer año de la facultad, la casa del al lado donde vivíamos voló por los aires por una explosión de gas, en la calle la gente gritaba, había una mujer atrapada, nadie se animaba a entrar a socorrerla, pero mi padre sin pensar en los riesgos la rescató y, luego se fue caminado hacia su empleo como si nada. No era muy demostrativo, pero sé que a mis espaldas decía que yo era un joven de fuerte carácter y que había heredado su moral. A mis padres les pasé facturas, como hacen todos los adolescentes, y con la madurez más que “entenderlos”, los “comprendí”.

Desde ya que mis hijos no se quedaron atrás conmigo. Ale, quien ha sabido cultivar la amistad como yo no logré y que en lo epistemológico más allá de su profesión de contadora vive haciendo cursos de lo que fuere, tiene una fuerte veta mística (en mi juventud también la tuve) y, tal vez por vivencias con su salud, habla en ritmo de narrativa de autoayuda. En lo onírico, ella es búho y yo alondra. Maxi tiene un fuerte sentido de la justicia. Recuerdo que siendo muy joven, acompañaba a un cantante que además era contador, y cuando presentaba a sus colaboradores decía: “en batería, Maxi Cataldi, ¡el incorruptible!” (lo caló al vuelo). De entrada vio a la música con sentido integral, desde la composición a la dirección orquestal y, con Mara pensábamos que sería director, pero un traspié de quien adoptó como modelo lo desilusionó. Reconozco que ambos tienen sobrados motivos para pasarme factura, lo considero muy normal. Maxi sostiene, “Papá hizo lo que pudo…”, y Ale: “el gran amor de su vida es la medicina…” En fin, son mejores personas que yo, eso me enorgullece, y sospecho que mis nietitos también lo serán.

En los años 90 fundé una revista de clínica, otra de humanidades médicas, y un periódico cultural, pero mi bolsillo no aguantó. También auto edité algunos de mis libros, esos que ninguna editorial quería editar por no ver la rentabilidad, lo que al principio me causaba vergüenza por la mala prensa, sin embargo, cuando supe que Jorge Luis Borges se pagó la edición de su primer libro, la vergüenza se diluyó. A propósito, ya me acostumbré a que me consideren Maestro e Intelectual. Si dijese que nunca lo desee sería un hipócrita, pero confieso que me ocasionaba timidez. Mi punto de vista es que la condición de maestro no la adjudican los pares, como sucede habitualmente, ya que les corresponde a los alumnos y discípulos (jurado natural), y la de intelectual, la otorga el ciudadano de a pie cuando reconoce que las palabras de uno lo hicieron reflexionar, despertar su conciencia. Lo digo despojándome de vanidad, la que me produce repulsa. Y en realidad, no tiene sentido pelearse con la verdad.

Hoy se dice que vivimos dominados por la rapidez, que en realidad es inmediatez, pero en mis años de estudiante, sucedía algo similar con características distintas. Como ser, yo a los 24 años estaba casado, graduado, atendía en un sindicato además de concurrir al hospital, y a poco más de un año nacía mi hija. Me pregunto: ¿por qué tanto apuro? Reconozco que elegí un medio altamente competitivo y eso tiene un precio. A mis alumnos y médicos residentes les aconsejo que vivan con plenitud, sin apuro, porque lo que no se vive siendo joven, suele vivirse después, y a menudo de manera problemática, ya que no somos ángeles.

Mi actual situación contextual me permitió retornar al gimnasio, algo que prácticamente abandoné cuando ingresé a la facultad, en tiempos tan conflictivos, absorbentes y exigentes. Entre los 15 y 17 años competía en torneos de fuerza en la categoría de pesado ligero (levantaba 110 kg sobre el pecho), tenía una apnea inspiratoria bajo el agua de 3 minutos, y era un fanático de la lucha libre (mi profesor actuaba por TV y hacía de “malo” en Titanes en el Ring). Es más, cuando fui a revisación del servicio militar, entonces obligatorio, los colimbas que me midieron dijeron: “éste va para Granaderos”. El destino hizo que obtuviese número bajo y me eximiera. De todas maneras, reconozco que haber abandonado el deporte fue uno de mis grandes errores.

Tengo plena conciencia de ser alguien que sueña con los ojos abiertos. Mis amigos dicen que soy idealista, pero en la profesión muy pragmático, por eso me consultan. Está claro que son las contradicciones propias de un ser humano. Concebí mi Fundación cerca del Mediterráneo y comenzó a funcionar en 1996. Mis proyectos de Universidad Internacional (con un diseño a la altura de los tiempos pero que recuperase el verdadero espíritu universitario) y de Hospital de la Comunidad (de alta complejidad destinado a gente de recursos limitados), fracasaron, mis potenciales socios no estaban dispuestos a realizar el esfuerzo económico ni el trabajo en equipo, en todo caso, que me encargase de todo y, a la hora de los beneficios, ellos aparecerían.

Una de las cosas que más disfrutamos, es viajar por el mundo. Conocer nuevos lugares, caminar sus calles en los circuitos no turísticos, descubrir su historia, hablar con los lugareños para que nos cuenten lo que viven y, con Mara siempre llegamos a la misma conclusión: en todo el planeta la gente tiene problemas similares, con sus más y sus menos. En realidad, es, la condición humana. Y todos, como el Dios Jano o como nuestra Luna, tenemos dos facetas. La cara oculta de la Luna hasta ahora resulta impenetrable, sobre todo porque es imposible comunicarse. Como decía una célebre psicoanalista francesa, cada cual debe saber qué hacer con su mal.

Hace unos años me llamaron de una clínica de Zárate (por indicación de unos residentes que había tenido unos 20 años atrás) para crear allí una residencia destinada a un hospital de alta complejidad. Concurrí con muchos entusiasmo, pese a manejar 180 km entre ida y vuelta dos veces por semana, pero la pandemia terminó por destruir el proyecto original, sin embargo, estoy muy contento de los colegas que formé, hoy muy bien ubicados y con quienes converso a menudo. Todas las semanas recibo WatsApps de discípulos que viven en nuestro continente y en Europa; pese a que a algunos hace décadas que no veo, me enorgullece el que hayan hecho carrera.

Hoy continúo esperando que alguien me llame para una actividad hospitalaria o universitaria, quizá remedando el título de mi primer libro de ensayo sociocultural, publicado en 2003 y presentado en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional: “La Espera de la Esperanza”.

En este diciembre, un poco complejo en mi “liberrimidad subjetiva críptica” (la frase es de un psiquiatra que internaba sus pacientes en la clínica donde hice guardias), invité a mi consultorio para charlar a tres hermosas jóvenes (por fuera y por dentro) de la generación Z. Generación a la que se le atribuye no pocos males de la época, pero doy fe que hay jóvenes que son la antítesis. Mer, Mechi y Justina, tres alumnas brillantes, y tengo el deseo que ellas como tantos otros jóvenes logren dar un golpe de timón a la alienación de este mundo. Espero que no les suceda lo de mi generación (setentista), que no pudo cambiar el mundo por fallar en la estrategia: recurrir a la violencia. No hay que confundir las causas con las consecuencias, ni las reglas con las excepciones, necesitamos dialogar, abrir la mente, pensar con la propia cabeza, romper las barreras intergeneracionales (comenzando por escuchar a los jóvenes), sobre todo en un país donde cada 20 horas se suicida un niño o un adolescente. No podemos desviar la mirada creyendo que no tenemos nada que ver con el problema.

En fin, como decía Epicteto: “La serenidad del espíritu se revela cuando eliges mantener la calma en medio del caos”. Convengamos que no es fácil, ya que por momentos nos sentimos agotados, destruidos, pero a la mañana siguiente volvemos renovados a la lucha por la vida.

A todos los creyentes les deseo Feliz Noche Buena y Feliz Navidad. A los no creyentes también les deseo mucha Felicidad. Y un reconocimiento a mi nuera, Pau, quien estoicamente sube los textos del Blog.

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