• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

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Multiculturalismo, religión y bioética

19 lunes Mar 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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A fines de los 70 hice dos viajes a Francia, en el primero recorrí todas las ciudades de la Costa Azul y en el segundo me hospedé en el mítico Barrio Latino de París, epicentro de las revueltas del Mayo Francés. Recuerdo que me asombró la cantidad de extranjeros que había en Marsella y también en París, la mayoría provenía de países africanos. En visitas posteriores advertí el incremento de la inmigración y cómo surgían problemas de todo tipo, pues, estas familias provenientes de otros países, hablan otras lenguas, profesan otras religiones, en suma son diferentes y, suelen tener dificultades para integrarse. Gran parte de esa población no tiene trabajo, vive en condiciones marginales, y el Estado no aparece organizando la vida social. La educación no es una panacea y la escuela no puede sustituir al Estado. La ausencia de éste y del mercado da cabida a las mafias con sus códigos y sometimientos indignos, también a los extremismos religiosos. Desde fines de los 60 se habla de multiculturalismo, un concepto que hace referencia de la coexistencia de diversas culturas en una región o país, fenómeno que se ha incrementado con la globalización. La aspiración es que los grupos culturales minoritarios sean respetados y que exista un trato igualitario. Algunos hablan de diversidad cultural y de tolerancia, otros temen que se pierda la identidad del país. Manuel Castells dice que la identidad es la apelación a la tribu, un refugio comunitario al que recurre la gente que ya no confía en las instituciones y que teme por el descontrol de los mecanismos sociales ante la globalización. Castells sostiene que la identidad es despreciada por los  autoproclamados “ciudadanos del mundo”, aclarando que lo son porque se lo pueden permitir. En fin, entiendo ciertos miedos, y confieso que desde hace mucho me gusta considerarme ciudadano del mundo, quizá por mis experiencias de vida, tal vez por mi formación y cosmovisión, pero aclaro que no desprecio la identidad, sin embargo tampoco estoy con los que hacen de ella un concepto reduccionista y hostil. La identidad no puede ser un impedimento para que la gente se comunique y conviva.

El Siglo XXI despertó con un panorama confuso, donde muchas de las predicciones  que eran promocionadas por los grandes medios de comunicación no se cumplieron.  Un clima de escepticismo, desesperanza y también cinismo que venía gestándose desde hacía varios años se profundizó y esparció por el planeta. Hubo intelectuales mediáticos que no se cansaron de hablar y de vender sus libros –algunos fueron Best Sellers– sobre aquellos fenómenos que bautizaron con el prefijo “pos”, y que en mi opinión muchas veces no pasaron de ser elucubraciones. Ideas, normas y costumbres del pasado ahora estarían definitivamente superadas, según la bibliografía impuesta por el mercado. También se anunció el fin de la historia, de las ideologías, de los grandes relatos, y recuerdo que me impresionaron ciertos duelos anticipados, ya que el muerto gozaba de buena salud. Es habitual que los intelectuales procuren exhibir una “conciencia anticipatoria” y no siempre puedan demostrar aquello que detectan o tal vez quieren ver.  Zygmunt Bauman decía que la modernidad le negó a Dios el derecho a dirigir el destino de los seres humanos, mientras la postmodernidad sospecha de la certeza y no promete garantía alguna.

La  crisis del mundo actual, así como los cambios profundos que se producen en todos los órdenes de la vida, exigen que el intelectual vuelva a pensar los problemas, pues, no puede retornar a la vieja ideología de cuño intelectual del Affaire Dreyfus, donde la justicia se oponía al Estado, el laicismo a la Iglesia, el progreso a la reacción, y donde eso bastaba. En efecto, ya no es suficiente con esperar que la razón suministre las soluciones a todos los problemas de la vida y, por otra parte, las viejas religiosidades se mantienen firmes en su pretensión de ahogar el ejercicio de la razón crítica, que en la práctica quedaría confinada a ciertos autores y círculos de pensamiento que no aceptan ser domesticados y mucho menos sojuzgados. Un dato importante en el intelectual de hoy es su ironía y escepticismo, su absoluta falta de respeto por los tabúes, y sobre todo su creencia en las “verdades intelectuales”. De todas maneras, no me parece necesario pensar que todo lo que emerge oscuramente del mundo tiene que ser oscurantismo, y tampoco que el mito siempre es superstición. El mito ya no se ahoga en el racionalismo clásico y resulta evidente que éste en si mismo resulta un pensamiento agotado. Carlos Monsivais decía que durante la Guerra Fría no solo intentaron repartirse el mundo sino que también se repartieron los mitos, así la libertad le tocó a Occidente, la igualdad a la URSS, y la fraternidad fue a parar al asilo.

Con la caída del Muro de Berlín se propusieron liquidar toda herencia comunista. La religión y el nacionalismo se afirmaron con vigor, mientras los dirigentes se lanzaron a una reescritura del pasado. Las nuevas repúblicas que pertenecieron a la URSS debían construir “democracias electivas”, pero no contaban con organizaciones políticas fuera del PC. La apertura de los mercados permitió eliminar miles de empleos, apareció la inseguridad, el miedo al futuro, los valores familiares se erosionaron, y cobró una importancia desmesurada el dinero y los bienes materiales. Para algunos ese fue el precio que debieron pagar estos pueblos por adoptar la occidentalización que anhelaban.

Jacques Maritain  provenía de una familia protestante, su mujer, Raissa, era judía de origen ruso, pero él fue un fiel discípulo de Santo Tomás. De Maritain tomé conocimiento en mis años del bachillerato, muy superficialmente, como sucede con la filosofía que se imparte en la escuela secundaria. Su conversión al catolicismo marco un hito en su vida. El intelectual francés murió en los 70 y su muerte tuvo una amplia repercusión en el mundo católico porque entonces era considerado el intelectual católico de mayor renombre, al punto que se le reconoce su influencia en el Concilio Vaticano II. En la biografía de Maritain figura el hecho de que de joven participó en la resistencia francesa, que fue defensor de la libertad y de los derechos humanos.  Él distinguía muy bien al individuo de la persona y creía que la ética debía subordinarse a la teología, porque consideraba que el hombre es partícipe del orden sobrenatural, un concepto que tuvo muy buena acogida en la Edad Media.

Hace poco, Manuel Vincent, en su columna semanal, sostenía que hoy matar puede ser lo mismo que rezar, pues, los yihaidistas antes de cometer una masacre gritan ¡Alá es grande! Claro que si hacemos mención de los crímenes y torturas cometidos en nombre de Dios veremos que esto no solo sucede con fanáticos del Islam. Y no necesitamos remontarnos al Medioevo. Los líderes religiosos siempre tuvieron un interés manifiesto por el poder temporal y hasta recurrieron a las armas para defender sus privilegios. Los Estados teocráticos nos alarman pero en los países de régimen democrático que se declaran  laicos, donde habría separación entre la religión y el Estado, según sus Constituciones, todos sabemos que este postulado no se cumple. Desde los templos se organizan campañas políticas, los candidatos procuran congraciarse con la cúpula religiosa, los pastores en sus arengas les dicen a los fieles a quien deben votar y a quien rechazar, y ningún estamento del Estado resulta inmune. Más allá de los casos de corrupción, abusos sexuales y otros vicios, no debe extrañar que frente a un panorama tan poco espiritual, muchos no hallen el consuelo que buscan y terminen decepcionados. Los que respetamos a todas las religiones, a pesar de las diferencias, pretendemos que sus representantes cumplan con la misión espiritual, que es primordial, y sean dignos. Pienso en sacer (lo sagrado en latín) y en el ejemplo de San Francisco de Asis, hoy venerado por católicos, anglicanos y luteranos, quien se dirigía a Dios no en su lengua materna, sino en un idioma distinto, el francés.

Hoy por hoy la convivencia del multiculturalismo, la religión y la bioética constituye un desafío. No me parece justo exigir a los inmigrantes una fuerte asimilación, no tienen por qué abandonar su propia cultura, pero deben integrarse en las estructuras políticas del país que los acoge y compartir una ética común. Habermas, Rawls y otros se han ocupado del asunto, cuyas consideraciones por razones de espacio no expondré. El mundo de la cultura no tiene un modelo sino una pluralidad. Es necesario respetar la diversidad cultural si se quiere combatir el racismo, la xenofobia y la intolerancia. No hay cultura  que no exprese las necesidades humanas.

La mala educación

19 lunes Feb 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde mucho antes de Comenio, aquel checo del Siglo XVII considerado Padre de la Didáctica, sabemos que la educación es un medio fundamental en la formación del ser humano y que es esencial en el progreso de las sociedades, concepto que ha sido tomado como si fuese una verdad absoluta e inmutable. Al punto que no son pocos los que creen que la mayoría de los males del mundo actual se resolverían haciendo que la educación llegue a todos. Pero no es tan simple. Primero debemos preguntarnos de qué educación hablamos, pues, no toda educación es buena o recomendable. Y no he querido hacer alusión al título de la película de Almodóvar, donde está representada un tipo de “mala educación” que hizo época. La educación que se le imparte a un niño en la familia como la instrucción que se le da en la escuela determinan sin duda su conducta como adulto, caso contrario no podríamos explicar la xenofobia, la supremacía blanca y el odio racial, los crímenes por limpieza étnica o religiosa, el antisemitismo, la islamofobia, entre tantas otras calamidades.

Los intelectuales de la Modernidad pertenecen en su gran mayoría a la burguesía. Curiosamente todas las revoluciones nacen de la burguesía. El poder intenta reclutar a los intelectuales o los tienta con aquello que febril e íntimamente desean, es decir, el reconocimiento, el brillo, el dinero, un buen pasar. En lo que hace a la proximidad al proletariado, si se da, suele ser espasmódica. El intelectual hoy surge de la clase media, una clase con la que sucede algo llamativo, pues, los que carecen de recursos y que podríamos catalogar de pobres, dicen pertenecer a la clase media, y los que son ricos también declaran engrosar sus filas. Esta referencia se basa en el concepto tradicional de clase, es decir, el ingreso económico. Según un estudio que acabo de leer en un matutino, el 80% de los argentinos se ven a sí mismos como de clase media, pero de acuerdo al nivel educativo y laboral, sólo el 45% pertenecería a esta clase, mientras que a mediados de los años 70, más del 70%  de la población la integraba. ¡Qué retroceso! Lo cierto es que por ascenso de unos o por descenso de otros, la coartada de nuestros días sería pertenecer a la clase media.

Recuerdo que en los años 60 y 70 se respiraba un clima de profunda crítica, sobre todo entre los jóvenes, fueran estudiantes u obreros, y daba la sensación que los ideales y los valores eran muy fuertes. Estábamos confiados en que podríamos alterar el orden de las cosas, cambiar el mundo, y que nuestras sociedades fuesen más justas. Hasta llegamos a creer que la verdad terminaría imponiéndose en un futuro próximo, pero los seres humanos a menudo confundimos los deseos con la realidad y, ésta  muchas veces no es más que una manera de mirar las cosas. Recuerdo que entonces había autores como Ionesco que sostenía que vivíamos en un infierno total, que todo era ilusorio, y que la felicidad no existía.

En aquella época, Richard Sennett, hijo de un anarquista y de una comunista, estaba en la escuela y el FBI tenía agentes posicionados en el recreo para observar con quien jugaba y, luego iban con los padres de esos chicos para obtener información sobre su madre. Al leer este comentario recordé una anécdota de mi niñez, el hijo de un amigo de mi padre, mayor que yo, comentó entre sus compañeros del secundario que pronto habría una revolución que derrocaría al gobierno. Al día siguiente se presentaron en su casa policías de la Federal y le dijeron al padre que si eso llegaba a ocurrir, vendrían por él y sería el primer encarcelado.

Ian Mc Ewan siempre se consideró un outsider de la cultura británica, siendo joven trabajó unos meses de basurero subido detrás de un camión, y se dio cuenta que entre la gente con que comía el sándwich en los descansos, había un rango de inteligencia igual al que se halla en las universidades. Obviamente había de todo, gente estúpida y gente brillante, pero lo interesante es que esa experiencia de campo le hizo comprender al escritor cómo la suerte y el accidente de nacimiento determinan lo que cada uno es.

La doctrina Monroe duró casi un siglo. Los Estados Unidos no se metían en los problemas de Europa ni tampoco en sus colonias, pero impedían cualquier intervención europea en el continente americano. Durante el segundo mandato de Thomas W. Wilson el aislacionismo se rompió. Logró ser reelecto como presidente bajo el slogan: “He kept us out of war”. Este hijo de pastor presbiteriano mantuvo a su país fuera de la conflagración mundial solo hasta el año siguiente de su reelección y le declaró la guerra a Alemania.  A partir de allí se lanzaron a una política de intervencionismo bélico permanente, dando muestras de rapacidad cuando no de paranoia. Esta política exterior permitió asumir un papel imperial y un permanente estado de belicosidad, porque sin blandir un garrote amenazante no existe ningún imperio. Claro que Wilson antes de político fue presidente de Princeton, hoy una universidad Ivy League, y durante su mandato ningún estudiante afroamericano fue admitido a pesar de que ya las universidades de Harvard y de Yale,  desde hacía décadas, admitían alumnos negros. Tengamos presente que Wilson fue criado en el sur de los Estados Unidos y llegó a escribir sobre “un gran Ku Klux Klan” que procuraba liberar a la gente blanca de aquellos gobiernos sostenidos por la votación de negros ignorantes. Hace poco estudiantes negros cuestionaban a Wilson, no admitían que se continuase con su culto, y exhibían pósters con citas que poco honor le hacen a su figura de estadista, como: “la segregación no es humillante, sino un beneficio y así debería ser considerada” (sic).

Juan Antonio Vallejo-Nájera fue el primer catedrático de psiquiatría que tuvo la universidad española, de quien en los 70 leí su obra más difundida: Locos egregios. Era un eugenista que consideraba al comunismo una enfermedad no hereditaria, pero que se podía prevenir apartando a tiempo los hijos de sus padres. Yo no sé si en la Argentina los militares del Proceso llegaron a leerlo, tengo dudas porque nuestros militares no parecían ser muy afectos a la lectura, pero cumplieron al pie de la letra con su teoría, secuestrando hijos de “subversivos” y entregándolos a familias “bien constituidas”. Los comunistas revelaban inferioridad mental. Los que militaban en las filas del marxismo eran psicópatas antisociales. La perversidad de los regímenes democráticos favorecería el resentimiento y promociona a los fracasados sociales con políticas públicas, a diferencia de los regímenes aristocráticos donde sólo triunfan los mejores. Tenía un concepto peculiar de la mujer, de la que llegó a decir que a ésta se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas (…). Vallejo-Nájera pensaba que para mejorar la raza era necesario militarizar la escuela, la universidad, el taller, el café, el teatro, en fin, todos los ámbitos sociales. Solía decir que en la península había demasiados Sanchos y pocos Quijotes, y estaba convencido de que  era necesario que resurgiese la Santa Inquisición, con la noble misión de perseguir a los que corrompían la “raza española” (los antipatrias, los anticatólicos, los antimilitares). Con este hervidero de ideas, uno llega a entender el calvario que fue la España de Francisco Franco.

El Banco Mundial en su informe sobre el desarrollo mundial 2018, sostiene que hay que aumentar las mediciones y atenerse a la evidencia para impulsar los cambios educativos y, da a entender que escolarización no es lo mismo que  aprendizaje. En efecto, no siempre es la falta de escolaridad sino la insuficiencia de aprendizaje. Los niños y los jóvenes pueden  estar desinteresados, tal vez desalentados, o quizá inmersos en esta cultura del facilismo. Pero no pocos maestros y profesores fueron alcanzados por la burocratización, siendo la vocación una rara avis. La incorporación de la tecnología en el aula no hace magia. Además los padres no pueden estar ausentes en la marcha del proceso educativo por carecer de tiempo o creyendo que con la costosa matrícula que pagan están exentos. En esta crisis educativa la sociedad no es inocente, mucho menos los sindicatos docentes y los políticos. En 1975 terminó la Guerra de Vietnam dejando un país desbastado, sin embargo hoy los estudiantes de 15 años tienen un rendimiento académico similar a los de Alemania. En Corea del Sur en los años 50 finalizó la guerra aunque el estado de tensión bélica continúa; sus altos índices de analfabetismo quedaron atrás y sus estudiantes ocupan los primeros puestos mundiales. No quiero hablar de la educación en  Finlandia o en los otros países nórdicos para no caer en un lugar común.

Jamás cambié de opinión y siempre me mantuve en mis trece

09 viernes Feb 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Dicen que lo que cuenta es la primera impresión, y así es como a veces caemos en el error. Hoy por hoy debemos aceptar que la otrora diosa razón tuvo y tiene sus limitaciones, y que en ocasiones ignoramos los hechos, las evidencias, porque no se adaptan a lo que realmente pensamos. Ese es el quid de la cuestión. Recuerdo que en mi infancia, en algunas fiestas o reuniones familiares, surgía inexorablemente el tema político, y eso generaba una acalorada discusión entre los que eran partidarios del peronismo y los que estaban en su contra. Los hombres discutían, mientras las mujeres se quejaban de que siempre la política terminase agriando los encuentros (quizá debí haber dicho desencuentros). En aquella época, los chicos guardábamos silencio o nos íbamos a otro cuarto a jugar. Yo prefería quedarme prestando atención y, a pesar de mi corta edad, aun recuerdo lo que sostenían unos y otros. Hoy puedo aseverar que todos estaban equivocados. Ya en esa época comencé a desconfiar de ciertas opiniones maniqueas y, con los años terminé adoptando un pensamiento crítico e independiente, motivo por el que jamás pertenecí a ninguna agrupación política o capilla ideológica, me responsabilizo de mis opiniones y me hago cargo de mis decisiones. Como dijo Aristóteles de su maestro, “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad”. Por supuesto que esta posición ante la vida no es gratuita, más mi consciencia no se queja.

Muchos se ufanan proclamando a los cuatro vientos de que jamás cambiaron de opinión, que siempre se mantuvieron en sus trece, como si se tratase de una virtud. Es evidente que cambiar de opinión no tiene buena prensa, se considera una deslealtad, una traición a los principios, sin embargo la vida es un incesante cambio y la realidad puede darnos argumentos para cambiar de opinión. La frase popular de “mantenerse en sus trece”, proviene de Benedicto XIII, un hueso duro de roer, que en medio del Cisma de Occidente y sitiado por tropas francesas, se negó a renunciar al papado, abandonando sucesivamente Aviñón, Nápoles, Barcelona, y finalmente llegó a Peñiscola. Superado el conflicto y habiéndose designado un nuevo Papa, él continuó  en esa ciudad manteniendo una suerte de corte papal. Hoy es uno de los más de 40 antipapas que reconoce la Iglesia.

No siempre la falta de información o el llamado déficit informativo suele ser la principal causa de los males que acontecen en el mundo actual, donde la verdad carece del peso específico que tenía. En efecto, hubo una época en que los políticos se cuidaban mucho de ser puestos en evidencia por decir una mentira, ya que esto los desacreditaba y, en algunos casos la mentira terminó con la carrera política, como sucedió con Richard Nixon que fue el único presidente estadounidense que dimitió a su cargo. Hoy Donald Trump, también del mismo partido, no se inmuta, porque tiene en claro que la verdad no importa y que a sus seguidores debe decirles lo que quieren oír, aquello que les permite llegar a las conclusiones que quieren llegar, en última instancia se está defendiendo una cosmovisión. Los mensajes deben apuntar a lo emocional, no a la razón, y eso lo manejan arteramente los marketineros de la política. Sobre los datos se imponen las ideas preconcebidas, por eso la permanente manipulación. En efecto, el manejo interesado de los datos puede tanto apoyar a una postura optimista como a una tesitura pesimista. El político puede ocultar información relevante y hasta llega a mentir porque sabe que debe privilegiar la repercusión pública del mensaje, aunque éste asiente sobre datos falsos. Por eso lo que importa es el mensaje, y por supuesto el medio. Pero McLuhan sostenía que el medio es el mensaje ya que si el medio cambia el mensaje se distorsiona. Como ser Trump tiene como medio predilecto a Twitter y, prácticamente gobierna a golpes de tuits.

El intelectual no puede sustraerse a la verdad, aunque le resulte incómoda. Claro que puede equivocarse, pero es consciente que para mantener su credibilidad pública debe hacer un culto de la honestidad. Los llamados “intelectuales orgánicos” siempre han existido, y al perder su independencia para mi dejan de ser intelectuales. Una de las máculas imborrables de la segunda mitad del siglo pasado, en plena guerra fría, fue la negación de algunos intelectuales de lo que acontecía en las sociedades comunistas, y no es que no supieran lo que allí pasaba, pero ignoraron las quejas de las víctimas y siguieron con su discurso desde un estamento moral superior. En no pocas oportunidades se impuso la retórica ideológica.

Cuando reparé en el mundo árabe actual no pude dejar de prestarle atención al ginebrino Tariq Ramadán, quien además de ser un “emir”, es un “ulema”, o sea un doctor en la ley musulmana. Soy consciente de que la célebre frase de Baltasar Gracián de habla para que te conozca, no siempre nos permite conocer el alma del hablante. De todas maneras sus opiniones me parecieron interesantes en los días que corren. Ensaya una autocrítica, aunque no puedo aseverar si surge de una posición de honestidad o si se trata de una impostura. Ramadán es nieto del fundador de los Hermanos Musulmanes y tiene en claro que la falta de consciencia política de los árabes no es culpa de Israel, además que los intelectuales árabes carecen de un proyecto social y político. Cita a Mohammed Igbal que en los años 60 decía que los países árabes habían sido colonizados porque eran colonizables. Él cree que la inmigración musulmana en Europa provocará con el tiempo la “necesaria renovación del Islam” y a su vez la “islamización de Europa”. Ramadán opina que la pena de muerte, la lapidación y los castigos corporales exigen una moratoria, y admite la separación de lo espiritual de lo terrenal. También sostiene que el  inmigrante debe hablar el idioma del país, así como conocer las tradiciones, la historia, las instituciones y las leyes de ese país. En lo que atañe al uso del velo, tan problemático en Francia luego de la caída del Muro de Berlín, dice que entre el velo y la falta de escolarización debe priorizarse la educación, tesitura que considero muy pragmática. Por otra parte, no le parece bien que haya escuelas destinadas a los inmigrantes, porque precisamente no son una ayuda para la supuesta integración. Estoy de acuerdo, claro que los problemas de integración que tiene Europa con los inmigrantes nunca se dieron en los Estados Unidos y tampoco en la Argentina, donde los hijos de inmigrantes rápidamente se convierten en estadounidenses o en argentinos.

Ramadán resulta irritante para el poder. Estados Unidos le revocó la visa para ir a enseñar en la Universidad de Notre-Dame, y Zapatero cuando presidía España se negó a recibirlo, además se enfrentó con intelectuales franceses –todos judíos- como Alain Finkielkraut, Bernard-Henry Lévy, André Glucksmann y el ex canciller galo Bernard Kouchner. Hace unos meses estuvo en Buenos Aires discutiendo agriamente con el director de Charlie Hebdo, el semanario satírico francés que lo tiene en la mira. Y días atrás fue arrestado en París, pues, lo han denunciado de practicar acoso y violencia sexual. Sus detractores lo acusan de practicar un doble discurso, moderado en público y fundamentalista cuando se dirige a los musulmanes. En fin, veremos cómo se desenvuelve esta historia.

Francia es un caso curioso, no sabe qué hacer con su pasado, sobre todo con su papel de antigua colonia y su tradición antisemita que pone en cuestión la defensa de los derechos universales. Pasado que alcanza a varios de sus intelectuales de derecha. En el 2011, con motivo del 50º aniversario de la muerte de Luis-Ferdinand Céline intentó homenajearlo y despertó una polémica. El mes pasado Gallimard planeaba publicar Bagatelles pour un massacre, y debió suspender la publicación. Hace unos días procuraron recordar a Charles Maurras, quien llegó a nuclear a lo más excelso de la intelectualidad católica francesa, incluyéndolo en el Libro de las Conmemoraciones Nacionales, pero la decisión de los expertos fue criticada por instituciones judías.  Si algo está claro es que el pasado, es, el pasado, y que la historia no puede reescribirse, en todo caso hay que asumirla, aunque ésta nos duela, irrite o avergüence. Los argentinos también deberíamos tener presente que no podemos seguir falsificando la historia, argumentando que para la “gobernabilidad” no conviene alterar el statu quo. En fin, me viene a la memoria la frase de Terencio, del siglo II antes de Cristo: “Ya no hay nada que decir que no se haya dicho”.

Las luces y las sombras en el arte y el sexo

18 jueves Ene 2018

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando yo tenía alrededor de 11 años, presencié un escándalo que aún conservo en mi memoria. Entonces estaba en el coro de niños del Teatro Argentino de La Pata, era barítono, y había llegado allí por mi tía, una soprano lírica que pertenecía al elenco estable. Una noche se presentaba la ópera Tosca en versión moderna del joven régisseur Tito Capobianco y, al finalizar el primer acto, con un teatro colmado de público un pequeño grupo de jóvenes comenzó a proferir gritos y críticas a la representación, deteniendo la función. Recuerdo que estábamos en un palco y mi tía a viva voz pedía que se comportasen, pero no hacían caso, eran alumnos del veterano maestro Mattioli quien defendía a capa y espada la versión original. Lo cierto es que con ese alboroto lograban interrumpir la función, mientras los acomodadores los conminaban a que abandonasen la platea. Tosca es una ópera trágica, ambientada en la época de Napoleón Bonaparte y, junto a Madama Butterfly y La Bohème, constituye el trío operístico más célebre de Giacomo Puccini. Con tanto griterío yo no entendía lo que sucedía pero finalmente la ópera continuó.  En fin, ya a esa edad pude ser testigo presencial de la intolerancia y la agresividad que se vive en el mundo del arte. Decidí evocar este episodio sucedido en mi infancia porque hace unos días, en Italia, se alteró el montaje de la ópera Carmen de Bizet y se produjo otro escándalo. En efecto, Carmen, en vez de ser ultimada por don José de acuerdo a la versión original, decide asesinarlo, pues, ahora es el maltratador quien muere y no su víctima. Este cambio argumental sorpresivo sería motivado por la necesidad de denunciar los femicidios actuales. Como era de esperar, en los medios y en la red surgieron opiniones para todos los gustos. Y esto se articula con las denuncias por acoso sexual en el mundo cinematográfico de Hollywood, que han destapado una olla podrida, el movimiento Me Too, la carta de las cien artistas e intelectuales francesas encabezada por la bella Catherine Deneuve donde se critica un supuesto clima de puritanismo inquisitorial, así como otras manifestaciones sexistas que día a día toman estado público y denuncian a celebrities del arte y la política. Estoy de acuerdo en que se sepa la verdad y que los acosadores no queden impunes, pero que todo aquel que sea denunciado pueda defenderse, caso contrario alentaremos una caza de brujas.

Hace unos años le obsequié a Mara, mi mujer, un ejemplar de Una mujer en Berlín, diario que la autora llevó durante los meses previos y posteriores a la caída de Berlín y cuya identidad está guardada bajo siete llaves. En el libro narra situaciones que tocan lo más profundo de la sensibilidad humana. Dice que en una oportunidad llevaba en la bolsa de las compras un libro envuelto, la novela Hambre de Knut Hamsun, y que un ladrón le robó confundiendo el libro con la cartilla de racionamiento. La autora en un pasaje describe una comida y al respecto dice: “Ya había avanzado unas diez líneas cuando volví a ese pasaje. Lo leí quizás una docena de veces y me sorprendí arañando las letras con las uñas como si pudiera entresacar esa comida  –prolijamente escrita- desde la letra impresa. Vaya locura. Es el comienzo de una demencia leve por hambre”. No hay duda que con hambre la mente termina por claudicar, por eso los políticos deberían entender que  no se puede adoctrinar con el estómago vacío. Por su parte Virginia Wolf sostenía que uno no puede pensar, amar, dormir bien, si previamente no ha cenado bien.

La autora berlinesa fue acusada de incurrir en “desvergonzada inmoralidad” por mencionar las violaciones que sufrieron mujeres alemanas a manos de los soldados rusos, quienes consideraban que éstas formaban parte del botín de guerra, situación que viene sucediendo desde tiempos inmemoriales. Ésta es una triste historia, desgarrante, por eso muchos prefieren olvidarla o quizá negarla. Anthony Beevor sostiene que con la caída de Berlín, al menos dos millones de mujeres alemanas fueron violadas por el Ejército Rojo, y añade que entre los años 1945 y 1948 habría habido dos millones de abortos como consecuencia de las violaciones. Es sabido que en el Ejército Rojo era muy difícil mantener la disciplina, ya que por las noches los soldados se emborrachaban y salían por las calles a practicar su deporte favorito: la violación, si bien es cierto que muchos oficiales rusos estaban en desacuerdo con esa conducta impropia. Dicen que cuando a Stalin le informaban sobre estas violaciones, él respondía, con tono de pregunta y cierto cinismo, si acaso sus soldados no tenían derecho a divertirse (…) Bajo la ocupación militar rusa el tema se convirtió en tabú, un pacto de silencio cubrió a la destruida Berlín, sin embargo el libro cobró actualidad y vulneró esa omertá, para usar un término de la mafia siciliana que apela al honor del silencio por los delitos cometidos.

Hoy por hoy afloran muchas historias que colectivamente estaban reprimidas, y esta nueva situación permite que ciertos pactos se diluyan y surja la discusión, porque convengamos que ya no sólo se trata del terrible Holocausto a manos de los nazis, existieron muchas otras situaciones inhumanas que revelan la alienación que dominó en el Siglo XX y que los escribidores de la historia oficial se han propuesto ignorar. Anthony Beevor también comenta que durante la Guerra Civil Española, el ejército africano y musulmán en su avance sobre Madrid comandado por Francisco Franco no respetó a esposas e hijas de sindicalistas, quienes a menudo eran violadas e incluso asesinadas por soldados marroquíes. En fin, actitud idéntica asumieron hace unos años soldados serbios con mujeres de Bosnia. Por su parte Japón finalmente ha pedido perdón a Corea del Sur por las mujeres que sometió a esclavitud convirtiéndolas en prostitutas para satisfacer el apetito de sus tropas; fueron unas 200.000 mujeres obligadas a trabajar en burdeles, a las que eufemísticamente llamaban “mujeres de confort”. En estos días en Myamar, un país de tradición budista, mujeres y niñas rohingyas musulmanas son violadas sistemáticamente por soldaos birmanos. La violación sería utilizada como un arma de guerra para obligar a los rohingyas a abandonar definitivamente la tierra en que se instalaron sus ancestros y que huyan a Bangladesh. Mientras tanto, Daw Aung San Suu Kyi, aquella viuda que despertó la admiración de muchos por permanecer durante 15 años arrestada en su domicilio y hacer campaña por la democracia, y a quien por sus méritos le adjudicaron el Premio Nobel de la Paz, hoy en el poder permanece en silencio ante la brutal limpieza étnica. Un claro ejemplo de lo que yo llamó la visión sesgada de los “derechos humanos”.

Para un pintor, un músico o un escritor, vivir de su profesión no es sencillo. Kafka trabajó toda su vida como agente de seguros, desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. T.S. Elliot trabajaba durante el día en el banco y por las noches se dedicaba a escribir cuando lograba liberarse de ese “espíritu envenenado”.  Italo Svevo ya había publicado sus primeros libros cuando se hizo cargo de la fábrica familiar. Dejó de escribir durante casi veinte años y, no es que el trabajo fuese tan absorbente que no le dejase ningún resquicio del día para escribir algo, no quería dejarse tentar, sabía que si escribía una sola línea terminaría arruinando la fábrica y caería en una frustración. Quiso paliar ese vacío estudiando violín, más tarde el idioma inglés con su joven amigo James Joyce, quien viviendo en Roma cumplía con desgano su trabajo en un banco. Gracias a Joyce, Svevo habría retornado a las letras. Logró convertirse en un gran industrial pese a sus ideas socialistas, siendo judío se movía entre católicos intransigentes y, hacía vida de sociedad aunque tenía un carácter solitario. Todo ello reforzaba su pose de “observador divertido”.

David Hume padeció la pobreza y la intrascendencia. Su primer trabajo estable lo logró a los cuarenta años, como bibliotecario en los Tribunales de Edimburgo y, pasaron muchos años para que el público llegase a conocerlo. Su meta era la razón, a la que siguió dondequiera que lo condujese. No creo que nadie haya tenido más confianza en la razón que él, quien pese a estar emparentado con la aristocracia no dejaba de ser un pariente pobre. En cambio para Tolstoi la razón no le había enseñado nada, todo se lo había dado el corazón, mientras que Descartes pensaba que todo el mundo cree tener suficiente razón (…)

El destino, el poder y las desigualdades III

20 miércoles Dic 2017

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Hace unos años regresábamos de Europa con mi mujer y hacíamos la cola para la revisión de aduana en el aeropuerto, un trámite que a veces resulta interminable. De pronto advertí que en la cola de al lado, destinada  al personal diplomático, estaba un conocido empresario que traía grandes bultos transportados por personal contratado, lo curioso es que él no pertenecía al cuerpo diplomático. También noté que muy cerca, la ex esposa de un futbolista famoso, custodiada por dos o tres individuos de seguridad privada, recibía una serie de atenciones poco comunes. Le comenté a mi mujer, quien con tono sarcástico me respondió que se trataba de gente importante. Evidentemente,  los cientos de personas que estábamos allí respetando las normas del aeropuerto, no éramos importantes. No hay duda que las reglas de juego no son las mismas para todos, y en la Argentina esto es palmario.

“The importance of Being Earnest” es el título original de una obra de teatro de postrimerías del Siglo XIX, de Oscar Wilde, conocida en nuestro idioma como “La importancia de llamarse Ernesto”. Una comedia de enredos, cómica, con la seriedad y las costumbres de la época victoriana, que desde el título plantea la dualidad “earnest” que significa serio en inglés, y el nombre Ernesto. Lo interesante de la ficción es que el autor puede transmitir sus sentimientos a través de los personajes y, creo que no hay nada más humano que los sentimientos. En literatura se habla de trama y de estructura. La trama es todo lo que sucede en la narración y, la estructura es la manera de presentar los acontecimientos, el modo en que se encadenan y la técnica del autor. Más allá del indiscutible talento intelectual de Oscar Wilde, sabemos que era un gran conversador, muy agudo, y eso se pone de manifiesto en los diálogos de esta obra que se estrenó en Londres tres meses antes de que fuera a parar a la cárcel.

Hace poco me comentaron acerca de un joven que en You Tube tiene más de dos millones y medio de seguidores. Movido por la curiosidad busqué uno de sus videos. Lo que vi me pareció grotesco, sin mérito, pues lo que resaltaba de la actuación era la flatulencia de uno de los protagonistas, pero antes de expedirme, le pedí a un par de talentosos jóvenes artistas que vieran ese video. Quería evitar el sesgo generacional y también la deformación profesional. La conclusión de ellos no difirió de la mía. Todavía me pregunto qué es lo que les atrae a esa multitud de personas. De todas maneras está claro que se trata de un individuo de éxito, muy importante, no solo para sus seguidores sino para el mercado.

Hace unos años José María Aznar sostenía  que el Estado de Bienestar es incompatible con la sociedad actual y que el apoyo que le daban los socialistas encubría un complejo de inferioridad. En realidad, el Estado de Bienestar o Welfare State, surgido después de la Segunda Guerra Mundial, tenía por objeto superar los males padecidos por la población y procurar alcanzar cierta igualdad. Este proceso de construcción social no consiste en repartir a diestra y siniestra subsidios y ayudas económicas, eso sería malgastar los recursos y sobre todo generar malos hábitos. El clientelismo político es una manifestación patética de este error, habitualmente disfrazado de solidaridad y de justicia social. En los sectores más pobres y atrasados culturalmente, es habitual que estén a la espera de la llegada del caudillo o del “señor presidente”, como si se tratase de la venida del mesías.

Según Tocqueville la democracia es un sistema representativo que no tiene respuestas para la desigualdad, tampoco para la corrupción o la pobreza. Algunos economistas sostienen que todos los impuestos son negativos para el crecimiento de un país o de una región, aunque se cuidan mucho de hablar del “crecimiento con equidad”. Los escandinavos centraron sus esfuerzos en la educación y la sanidad, con la intención de que los ciudadanos fuesen más productivos. En Dinamarca, Finlandia, Suecia, países considerados entre los menos corruptos del planeta, la evolución del PBI ha sido buena. He leído que en Noruega se investigó el efecto que tiene heredar una gran fortuna y, la conclusión es que los herederos son menos productivos, entre otras cosas porque trabajan menos. Algunos consideran que debe gravarse en forma considerable no a las pequeñas herencias pero sí a las grandes, me parece razonable. La desigualdad también ha crecido por los trabajadores no formados, poco calificados, en un mundo dominado por el avance tecnológico. En cuanto a las clases medias, éstas suelen quejarse porque se ven estancadas en su crecimiento cuando no sienten que descienden. Y no faltan los que creen que la situación se resolvería haciendo la de Robin Hood, es decir, apropiándose  del dinero de los ricos para dárselo a los pobres. Nunca fue una solución, ya que sobran los ejemplos donde esos dineros fueron a parar a otras manos y no a quienes realmente lo necesitaban. Más allá de lo que se recaude, el nudo gordiano está en que la recaudación sea bien asignada, y esto a menudo no sucede.

El Foro Económico Mundial cree que harán falta unos 100 años para lograr la igualdad de géneros. A pesar del progreso, todavía se ve a las mujeres como cuidadoras y encargadas de las tareas propias del hogar, una misión que a través de la historia siempre tuvieron.

En estos días estuvo en Buenos Aires la escritora canadiense Margaret Atwood, quien sostiene que para construir una sociedad igualitaria es necesario empezar por la educación en el hogar. Estoy de acuerdo, siempre lo pensé, porque muchas familias no asumen esa responsabilidad o creen que es función del Estado. Atwood considera que el lenguaje tiene mucho que aportar, ya que los gobiernos retuercen y distorsionan el lenguaje. George Orwel así lo entendió. Convengamos que más allá de que en política las palabras superan a los hechos, no podemos ignorar que tanto en la desigualdad como en la pobreza se manifiesta el insondable abismo que separa la retórica de la realidad.

También en estos días Roy Moore, quien llegó a presidir el Tribunal Supremo de Alabama, perdió la votación para regresar al senado de ese estado, lo que significó una desgracia para Trump y los republicanos. Moore considera que la América grande era la de los padres fundadores “en las que las familias estaban unidas, aunque hubiese esclavitud”.

Los expertos de la UCA que miden la pobreza en el país cambiaron de método para hacer sus mediciones, ya no se atienen al ingreso para detectar a los pobres sino que utilizan un índice donde se considera el déficit que sufre la población en ciertos derechos: seguridad alimentaria, cobertura de salud, servicios básicos, vivienda digna, recursos educativos, afiliación al sistema de seguridad social, comunicación e información. Me parece más real porque tiene un enfoque más amplio y multidimensional, pues, no todo es el ingreso. Lo cierto es que ya sea por ingresos o por derechos, en la Argentina un tercio de la población continúa en la pobreza. En efecto, 13,5 millones de personas son pobres, y de ellas 2,54 millones son indigentes, y el 48,4% de los chicos hasta 14 años padecen de este flagelo. Pero tengamos presente que las villas miseria surgieron en Buenos Aires en la década del 30, desde entonces no pararon de crecer y ningún gobierno buscó una solución definitiva. Hay más de 4.000 en todo el país. Por otra parte, hace 110 años se produjo la huelga de los inquilinos de los conventillos contra la suba de los alquileres. Estos inquilinos percibían bajos salarios y la huelga aconteció en Buenos Aires, Rosario y Bahía Blanca. Aquí hubo represión policial bajo las órdenes de Ramón Falcón. Unos años después, en 1919, se produjo la Semana Trágica, a raíz de una huelga prolongada que reclamaba mejoras laborales; también hubo represión, torturas, grupos parapoliciales, y un saldo de centenares de muertos, desaparecidos (muchos niños) e incontables detenidos. En esos días se produjo el único pogrom o matanza de judíos registrado en el continente americano, que tuvo por epicentro al barrio de Once. Se llegó a hablar de 1356 muertos, 4.000 heridos y más de 50.000 detenidos. Aquí los números de las víctimas jamás pueden ser corroborados porque el gobierno de turno declara la niebla estadística. Muchos eran rusos, que se los asimilaba a los judíos, de allí que en nuestro medio “ruso” y “judío” fue tomado como sinónimo. En medio de esta “locura criolla”, encabezada por la Liga Patriótica Argentina, algunos usaban como salvoconducto la frase: “yo, argentino”. Luego vinieron los atentados a la Embajada y a la AMIA, pero esa es otra historia.  La violencia es una constante en nuestro país,  hay demasiados agujeros negros, pero a muchos ciudadanos les tiene sin cuidado.

El destino, el poder y las desigualdades II

06 miércoles Dic 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde mi primer viaje a España impulsado por un proyecto personal que demandó una larga estancia, retorné en varias oportunidades y, en octubre de 2012, después de 35 años, procuré recorrer aquellos lugares de Madrid que me atraparon en plena juventud y donde se gestaron algunos de los sueños que aún me acompañan. Ya nada era igual, es natural, lo intuí cuando planifique esa visita destinada a exhumar una etapa de mi pasado. Sabía que era imposible retrotraerme en el tiempo, hallar lo que en su momento me hizo feliz, sin embargo no me sentí bajo la influencia proustiana de À la recherche du temps perdu.

Llegué la tarde de un domingo lluvioso y frío, justamente el día de las elecciones en Galicia y el País Vasco (terruño de mi abuelo). Los resultados de los comicios calentaron los ánimos de no pocos españoles. Desde mi habitación en un hotel de la Gran Vía procuré seguir esa madrugada los acontecimientos que minuto a minuto recogían las cadenas televisivas. Esa semana fue muy conflictiva, en la ciudad se produjeron 80 huelgas por diferentes motivos. A los dos días de llegar me reuní con un discípulo que venía de Barcelona, impresionado por la multitudinaria manifestación independentista que en la ciudad condal había presenciado. Esa noche, los canales de televisión mencionaban el cerrojo de 1.500 policías establecido en torno al parlamento, donde se estaba debatiendo el presupuesto para el 2013, un presupuesto que según la oposición y en mérito a la experiencia reciente no tenía visos de realidad. Lo invité a mi joven médico residente al lugar donde se desarrollaban los hechos, diciéndole que tenía la oportunidad de ver cómo se gestaba la historia y que dentro de veinte años podría contarle a sus hijos. En la calle estaba el movimiento 25-S que, según los analistas, nadie entendía lo que pretendía. El gobierno los acusaba de practicar la violencia, de ser anti-sistema, y de carecer de propuestas. Es habitual que en las manifestaciones se cuelen elementos radicalizados que pretenden desvirtuar el espíritu de la convocatoria, basta con cuatro o cinco violentos para malograr una manifestación de miles de hombres y mujeres que reclaman pacíficamente. En cuanto a las propuestas que exigían los críticos, estimo que primero deben ser explicitadas por la clase política dirigente, que justamente se especializa en formular propuestas, aunque luego se olvide de cumplirlas, al fin de cuentas para algo se postulan. Las pancartas, muchas de ellas con frases más que ingeniosas, denunciaban una realidad que el poder prefería ocultar. Para algunos, ese movimiento integrado por jóvenes desocupados, debía limitarse a formar parte de esa mayoría silenciosa que tanto alaba el gobierno del PP. No todos eran desocupados, me consta, y algunos que denunciaban el sistema abusivo proponían medidas concretas para combatir la corrupción y salir de la crisis. Lo curioso es que ese panorama hoy se repite en muchos otros lugares del planeta.

Indignez vous!, título del librito de Stéphane Hessel que se convirtió en el manifiesto de los tiempos que corren, sirvió de inspiración a los indignados. Tengo entendido que el original francés fue introducido en España por Federico Mayor Zaragoza. Su prédica se  esparció por toda Europa y desbordó el viejo continente.  Héssel fue un intelectual profundamente europeísta, que participó en la elaboración de la Declaración de los Derechos Humanos en 1948. Era judío alemán, se nacionalizó francés, y en París se hizo activista siguiendo los cursos de Maurice Merleau-Ponty y leyendo a Sartre. Él participó de la Resistencia contra los nazis, fue diplomático, y dicen que pasaba de una batalla a otra, como los derechos de los inmigrantes sin papeles, el ecologismo, la pobreza, la causa palestina que le granjeó el enojo de las asociaciones judías. Stéphane, ya nonagenario, se convirtió en el referente moral de los indignados y murió en 2013.

Es una verdad de Perogrullo que cada uno ve lo que quiere ver al igual que oye lo que desea oír, pues, es propio de la condición humana. Pero claro, cuando se trata de la lucha por los Derechos Humanos, en ocasiones nos topamos con contradicciones flagrantes. Esto sucede cuando a Temis se le cae la venda y pierde la imparcialidad, o cuando nos tapamos un ojo. Si estamos dispuestos a condenar a todo aquel que comete un crimen, condenemos a todos los criminales, no sólo a unos, a la vez que a otros los disculpamos.

El lema de la Revolución Francesa: “Liberté, égalité, fraternité”, constituye una frase muy afortunada, que hizo historia porque sirvió de inspiración a muchos movimientos reivindicatorios. La libertad es la que ha tenido mayor éxito, mucho menos la igualdad, y casi nada la fraternidad. Mandatarios y políticos jamás dejan de mencionarlas.

La igualdad en lo legal significa que todos seríamos iguales ante la ley, y en lo social apunta básicamente a la igualdad de oportunidades. Todos sabemos que es una ficción, sin embargo pienso que debemos luchar para que sea algo efectivo y práctico. Si tenemos una sociedad machista que oculta la servidumbre y los abusos, donde hay privilegios de clase, de culto o de otra especie, y donde  tanto el caciquismo, como el nepotismo y el amiguismo son monedas corrientes, la igualdad no deja de ser  un artículo más de la retórica.

En un estudio de opinión aparecido hace unos días en un matutino porteño, se reveló que el 78% de los argentinos desconfía de la justicia y que el 89% piensa que ésta no es igualitaria. No me sorprende. José Hernández recogió este vicio en el Martín Fierro: “Hacete amigo del juez…”; frase que denuncia esa íntima relación entre la justicia y el poder, que después de doscientos años se mantiene y nos retrotrae al absolutismo monárquico disfrazado  por la supuesta división de poderes.

En los primeros años del Siglo XXI la agricultura fue uno de los sectores más rentables en la Argentina, sin embargo los trabajadores del campo estuvieron entre los asalariados que menos percibieron. El avance tecnológico simplificó las cosas pero no acortó la jornada laboral, la prolongó, y el obrero rural no recibió gratificación por las cosechas récords que oxigenaban el país. Ellos, sin duda, nunca formaron parte del “discurso del campo”.

América Latina sería la región más desigual del mundo, y varios factores tienen  que ver en esta situación compleja. Según algunos analistas la desigualdad en el ingreso sería el resultado y no la causa de las profundas desigualdades sociales.

De lo que no hay duda es que la pobreza debe ser eliminada. Ser pobre produce vergüenza, degrada la dignidad, resiente el sentido de lo que uno vale. Claro que la vergüenza hoy es un sentimiento ignorado en las sociedades occidentales, pero en la doctrina de Confucio constituía una de las ocho virtudes. Las políticas para hacer frente a la pobreza no suelen considerar lo que siente un individuo pobre. En efecto, la pobreza humilla e impide que el individuo se sienta confiado para salir adelante. Es fundamental que quien tenga que hacer frente a esta situación lo haga dignamente y movido por el amor propio. En la India, el que pierde una cosecha, además del perjuicio económico, lo invade la vergüenza, y no es excepcional que se refugie en el alcohol o termine suicidándose. Los gobernantes no entienden que la miseria no se combate con dádivas, ni con planes clientelistas, sino generando las condiciones para que estos seres puedan salir adelante. La palabra caridad no me cae bien, más allá de que sea una virtud teologal junto con la fe y la esperanza. La asocio a la limosna, y a ésta la considero denigrante, prefiero hablar de ayuda al necesitado.

Montesquiu decía que la desigualdad conduce a la aristocracia y que la igualdad extrema al despotismo. Aristocracia y despotismo coinciden en encumbrar a una clase privilegiada.

La política puede ser vista como el intento de organizar racionalmente la convivencia mediante pautas respetadas por todos, pero también distribuyendo justamente los beneficios y las cargas sociales. Una buena política estimula el diálogo, procura la moderación, busca el equilibrio entre los sectores antagónicos, crea una atmósfera pacifista. En materia de distribución de los beneficios y las cargas sociales se impone la equidad, de lo contrario surge la ira entre los afectados. En cuanto a los medios de comunicación, son la principal herramienta para llegar a la población, pero a menudo exageran los pequeños éxitos del gobierno y tapan las grandes fallas. Así se genera un relato y se crea otra realidad.

El destino, el poder y las desigualdades

21 martes Nov 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando yo era chico, mi tía, una mujer extraordinaria de profesión soprano lírica, solía comentar que muchos teatros líricos del mundo no se animaban a incluir en sus programaciones La Forza del Destino porque tenía fama de que traía mala suerte. En efecto, entonces la ópera del Siglo XIX, de Giuseppe Verdi, basada en la obra de teatro del español Ángel de Saavedra, duque de Rivas, tenía fama de gafe debido a los contratiempos y las desgracias que se sucedieron durante muchos años, al extremo que en los sesenta en el Metropolitan de New York, el barítono falleció mientras cantaba un aria. Por otro lado mi madre, su hermana, solía decirme a menudo que el destino se lo diseñaba uno mismo. Claro que también escuchaba de otros familiares con gran apego por la religión, que en la vida todo está prefijado: el destino está escrito…En fin, debo admitir la tendencia a creer que lo que llamamos destino suele encerrar cierta fatalidad, si bien es cierto que para muchos no es más que la meta o el punto de llegada y para otros aquello que sucederá sin conocerlo. Lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta qué sucederá mañana. En la década pasada, en medio de las turbulencias a las que ya nos hemos acostumbrados, quien presidía el país dijo que los argentinos estábamos condenados al éxito. Yo interpreté la frase como parte del excepcionalísimo argentino, esa suerte de parafernalia de la que nos jactamos y que resulta muy dañina porque nos aleja de la realidad. Ortega y Gasset decía que los argentinos queremos un destino peraltado, exigimos un futuro soberbio y estamos dispuestos a mandar porque tenemos vocación imperial. Si hoy viviese, luego de lo que pasamos en los últimos cincuenta años, no sé si Ortega mantendría esas afirmaciones. Pero también están los que mencionan la suerte como factor decisorio del curso de la vida, esa circunstancia que nos puede ser favorable o quizás adversa, y para la que no tenemos explicación causal o racional alguna.

Hoy por hoy la impresión dominante en la sociedad es que todo pasa por el dinero y que todo es mercancía. Impresión que coincide con una mayor concentración de capitales en pocas manos. Es evidente que existe un inocultable malestar general, pues, las mayorías padecen estrecheces que hasta hace unos años no conocían e incluso no les queda más remedio que colaborar con esta concentración de poder. A los ya tradicionales centros de poder económico y financiero, hoy se añaden las Gafam (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsof), poderes tecnológicos que suman en capitalización bursátil más que el PBI del Reino Unido. Todas estas firmas tienen la estrategia fiscal de cotizar en paraísos fiscales o de eludir impuestos donde operan. Reparemos que las 25 corporaciones que más facturan superan el PBI de varios países. Además, gracias a la inteligencia artificial se han multiplicado los “mercados en la sombra”, aparecen nuevas formas de inversión, y los datos obtenidos de Internet permiten elaborar perfiles de los usuarios en base a los algoritmos que aprenden en minutos patrones de comportamiento humano. No tengo dudas que estas corporaciones carecen de techo, su apetito de poder resulta insaciable, y sin duda constituyen una amenaza para el futuro de la humanidad. Está sumamente claro que la política se halla en bancarrota y la especulación financiera en ascenso.

La tesitura política de que hay que bajarle los impuestos a los que generan riqueza comenzó con Thatcher y Reagan en los ochenta y en abierta oposición al Estado, pues, la forma del poder empresarial difiere mucho del estatal. Donald Trump, que ante todo es un businessman, ha prometido bajarles los impuestos a los ricos, no a los que menos tienen, pero he leído que 400 millonarios le han solicitado que no les baje los impuestos porque se incrementará la desigualdad. Confieso que la noticia me sorprendió. Recordemos que los norteamericanos en época de la colonia dejaron establecido que no se podía imponer a los ciudadanos el pago de impuestos si ellos no tenían participación en asambleas democráticamente elegidas. Como los colonos americanos no enviaban representantes al Parlamento británico que aprobaba los tributos que debían pagar, la conclusión fue que no debían pagarlos: “no taxation withou representation”. Y es obvio que el que paga tiene derecho a exigir.

A partir de la segunda mitad del siglo pasado, el estudio, el trabajo, la familia y otros menesteres entraron en una devaluación que fue progresiva, a la vez que la economía y las finanzas adquirieron una dimensión insospechada. En esta crisis cobró fuerza la figura del intermediario, quien suele alzarse con los mayores beneficios por medio de escandalosas comisiones. Por otro lado los CEOs y los asesores de los grandes grupos empresariales llegan a cobrar 90 veces más que sus empleados, y algunos hasta duplican esa cifra. Hace un tiempo los políticos socialistas europeos promovieron la fórmula 1:12, es decir, ninguno de estos ejecutivos debería ganar más de 12 veces lo que percibe un empleado común. No tuvieron éxito. También en un simposio europeo los expertos concluyeron que en una economía de mercado debe haber libertad contractual a la hora de establecer las remuneraciones pero asimismo debe haber límites, sobre todo cuando se trata de bancos “rescatados”, ya que es imposible justificar que el presidente de estas instituciones cobre 800 veces la retribución media de sus empleados. Hace unos días la prensa informó sobre las escandalosas jubilaciones que perciben en la Argentina quienes fueron jueces de la Corte Suprema, como ser, un ex integrante cobra ¡362.000 pesos por mes!, mientras que una jubilación mínima está en casi 7.247 pesos y la perciben seis millones de personas. Las jubilaciones de privilegio en los tres poderes del Estado son numerosas e intocables. Convengamos que en un país donde esto sucede, hablar de igualdad es tomarle el pelo al ciudadano de a pie. Aquí no existe el principio de proporcionalidad y los abusos de poder forman parte de la tradición.
El tema de la riqueza, o de los ricos, ya estaba presente en la Biblia. La hipérbole de Jesús de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de Dios, sigue dando que hablar. Según la historia los primeros cristianos llevaban una vida propia de comunistas, esto le generó un problema a los exégetas cuando tuvieron que hacer alusión del tema y en la práctica fue rechazado por las generaciones posteriores. Hoy los creyentes asumen sin culpa la acumulación de bienes materiales, y se imponen la libre empresa y la riqueza privada.
A partir de la crisis originada en la década pasada, la preocupación de los gobiernos se centró en el crecimiento macroeconómico y no en la recuperación social. En efecto, se rompió el contrato social que otorgaba derechos y deberes, que a su vez daba un marco de seguridad social para aquellos que no nacían en una cuna privilegiada. La desigualdad aumentó y no hay duda que termina socavando la democracia.

Otro problema serio es la falta de trabajo, que se perfila como uno de los grandes males. Simoine Weil estaba convencida de que el trabajo es el lugar donde el hombre alcanza la condición humana. Richard Hoggart, al igual que Weil fue espectador de dos mundos, tuvo una infancia vivida en un barrio obrero y una adultez en los claustros universitarios. Hoggart tenía un pie en la clase obrera de donde provenía y el otro en la élite intelectual a la que pertenecía. Estaba agradecido de las instituciones educativas en las que pudo formarse. Su ingresó al sistema universitario lo logró por medio de una beca que le permitió saltar de una cultura a la otra, a la vez que advirtió cuáles son los valores en conflicto, inclinándose finalmente por la cultura popular. Para Hoggart, becarios y autodidactas serían individuos que pasan de una cultura a otra, con la salvedad de que esta última nunca les pertenecerá por completo. Él sostenía que el mundo está dividido entre “ellos” y “nosotros”, donde “ellos” son lo que mandan, se reparten las ayudas sociales, y son “los que te aplastan si pueden”. Una visión actualmente compartida por muchos de los jóvenes que en todas partes se movilizan en reclamo de un mundo más justo y no encuentran respuestas. Pienso que es hora de que la sociedad y sus dirigentes se miren en el espejo y decidan qué quieren hacer.

Las formalidades y sus vericuetos

30 lunes Oct 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando se dice que una declaración fue “políticamente incorrecta”, habitualmente se procura significar que fue una crítica desembozada. Un discurso correcto se cuidará mucho de embestir al poder o a una fuerte corriente de pensamiento. Lo curioso es que a diario tomamos conocimiento de manifestaciones públicas que los periodistas juzgan como políticamente incorrectas y, esto nos motiva a que hagamos algún tipo de análisis y que evitemos de entrada sumarnos al coro de esta cultura imperante de los slogans.

Para Aristóteles la forma es lo que otorga a las cosas una particular manera de ser. En la antigua Roma, quien en un procedimiento judicial se equivocaba en la repetición de las fórmulas perdía el litigio. Los abogados sostienen que las formas hacen al fondo de la cuestión La democracia es una forma de gobierno y el funcionamiento de las instituciones en una república estaría garantizado por las formas. Claro que hoy estos conceptos revelan una profunda crisis, comenzando por la verdad. Y además nos hemos acostumbrado a las formas, pero como esos individuos que quedan bien con todo el mundo aunque no producen ningún resultado. Es indudable que todos los actos de la vida tienen una forma y un fondo. El don de la palabra nos permite expresamos y comunicamos, por eso la vida transcurre entre lo que decimos y cómo lo decimos.

La contradicción de Juan Goytisolo de aceptar el Premio Cervantes al que se había opuesto, se debió a la necesidad de obtener dinero para pagar los estudios de sus ahijados que vivían con él. Esto se supo a la hora de los obituarios, lo mismo que la carta que escribió de puño y letra unos años antes solicitando la eutanasia, o la precaria situación económica en que vivía. La muerte de Goytisolo se produjo en junio de este año, a los 86 años en Marrakech, donde vivía. Recuerdo que al día siguiente de haber recibido de manos del Rey en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares la distinción, no pocas críticas aparecieron en los medios peninsulares como consecuencia de su discurso, al extremo que hubo quienes opinaron que si estaba disconforme con la realidad de España que no hubiese aceptado el premio. La situación política, la corrupción, el paro y el nacionalismo no estuvieron ausentes en su breve pero indignado discurso. En realidad, fue el discurso de un intelectual cabal, de alguien que se pasó la vida denunciando las injusticias, defendiendo a los débiles, desenmascarando las inexactitudes de la historia oficial, criticando las estupideces de una sociedad injusta, y creo que estaba demasiado viejo para transigir con tantas hipocresías. ¿Qué esperaban que dijese? ¿Pretendían que traicionase sus principios? El maestro catalán que en su infancia vivió la Guerra Civil, siempre fue fiel a los valores universales y estuvo a la altura del intelectual que presta su voz a los que son acallados, que habla en representación de esos seres invisibles que son casi muertos civiles. Quienes hayan seguido durante años las intervenciones de Goytisolo -entre los que me incluyo- saben cómo respondía frente a las injusticias. Günter Grass dijo que Goytisolo era la “Casandra” de España (la que enreda a los hombres), que por decir verdades es rechazado por sus colegas intelectuales. Algunos olvidaron que hace más de veinte años viajó a Sarajevo, por consejo de su amiga Susan Sontag (otra personalidad incómoda y políticamente incorrecta), y denunció a los cuatro vientos el genocidio de los musulmanes de Bosnia-Herzegovina, una limpieza étnica frente a la que Europa y buena parte de su intelectualidad tuvo una actitud cínica. Tampoco recuerdan su encendida defensa del Tercer Mundo así como de los refugiados y los inmigrantes que día  tras día golpean las puertas de Europa pidiendo ayuda. El discurso no me sorprendió.

Cuando me encuentro con japoneses compruebo que son muy formales, ceremoniosos, de costumbres arraigadas y se muestran respetuosos. Hace poco tuve conocimiento que en el ámbito de los negocios también cuidan los modales, al punto que consideran que el comportamiento es tan importante como la propuesta del negocio. Saludan con una leve reverencia, no son afectos al contacto físico y, solo a los extranjeros nos dan la mano. Algunas mujeres de la colectividad judía al entrar a mi consultorio dicen que no dan la mano. La primera vez me cayó mal porque quedé con la mano tendida. Luego supe que se trata de una antigua costumbre, con no menos de quinientos años, porque el contacto físico podría incitar al pecado de adulterio. Algo similar le pasó a una colega con un judío religioso, pues, no tocan a ninguna mujer que no sea su propia esposa.

Marruecos fue el primer país del mundo árabe que visité. En efecto, en la década del setenta fuimos a un mercado de Tánger acompañados de un español que vivía allí y, cuando luego de averiguar el precio de una prenda saqué los dírhams para pagarle al vendedor, mi acompañante me reprendió y se puso a regatear el precio, el vendedor parecía muy enojado pero finalmente quedó satisfecho. Muchos años después, en contra de mi manera habitual de obrar, yo también regateaba los precios en el Gran Bazar de Estambul. Si uno busca lograr la buena convivencia, debe respetar las costumbres.

En la antigua Roma, frente al caos o la guerra, el Senado ofrecía el cargo de Dictador a una personalidad relevante. Duraba seis meses, improrrogables, y durante ese tiempo el Dictador tenía en sus manos todos los poderes del Estado. El objetivo era que la concentración del poder en un hombre facilitase la toma de decisiones. De este modus operandi se ha abusado a lo largo de la historia. Pero la delegación del poder en un Dictador no estaba exenta de peligros, como la corrupción, los excesos en las decisiones de vida o muerte, y no faltaba la tentación de perpetuarse en el poder. Este régimen de excepción autorizaba al Senado a revocar el mandato antes de tiempo, aunque algunos dicen que el Dictador tenía tanto poder que podía suspender la autoridad del Senado. Quizás el único que tuvo un proceder ejemplar fue Cincinato, figura legendaria de la Roma republicana, quien antes había sido cónsul y general romano, pero como le disgustaba la oligarquía abandonó la política y se refugió en las tareas agrícolas. Otros autores sostienen que el motivo de su retiro fue el exilio de su hijo, quien ante los tribunos habría usado un lenguaje violento, no habría respetado las formas. En una oportunidad las legiones del Cónsul Minucia quedaron atrapadas por fuerzas enemigas y el pueblo exigió al Senado un Dictador. A Cincinato le llegó la designación cuando estaba arando sus tierras a orillas del Tiber. Él organizó un nuevo ejército y derrotó al enemigo en tan solo dieciséis días. Inmediatamente renunció al cargo y se negó a recibir recompensa alguna. Esa era la moral de Cincinato, impensable en nuestros días. Dos décadas después fue convocado de urgencia por el Senado debido a la conspiración de Espurio Manlio, quien pretendía restablecer la realeza. Cincinato tenía ochenta años, sin embargo actuó con la misma celeridad y astucia que tuvo en su juventud, ya que luego de ejecutar a Manlio repartió entre la plebe el trigo y las riquezas de éste, evitando así una guerra civil. Cumplida la misión renunció al cargo, pero antes de retornar a su finca les advirtió a los senadores que si Roma llegase a estar nuevamente al borde del abismo, ellos mismos se ocupasen de salvarla. Catón el Viejo lo convirtió en arquetipo. Una historia que fue bien acogida en los Estados Unidos, la prueba es que una ciudad de Ohio fue bautizada con el nombre de Cincinnati, en honor de George Washington, a quien muchos consideraron que fue el Cincinato de la Revolución Norteamericana.

Hay personas que tienen pensamientos loables, pero para su desgracia no saben cómo manifestarlos. Recuerdo que los manuales escolares sostenían que el fondo era la parte esencial de algo y la forma lo accesorio. No siempre es así, ya que valoramos una novela fundamentalmente por cómo está escrita, sino todos serían escritores. Los artículos académicos suelen revelar una labor escrituraria muy trabajada, no recuerdo quien dijo que están “altamente formalizados”. Claro que un texto prolijamente escrito a veces contiene pocas ideas y para peor sin valor.  Roland Barthes sostuvo que, “La palabra es irreversible, esa es su fatalidad”. Estoy de acuerdo, porque se trata de una fatalidad a menudo determinante, que puede llegar a condenar al hombre y su mundo.

Luces y sombras en el marketing académico III

10 martes Oct 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La lectura de la historia nos revela que el saber o el conocimiento surgió como algo más bien sagrado, por ello el mito y la religión no le son ajenos. Decía Jacy Beillerot que en el orden simbólico de las filiaciones el profesor es el heredero del clero y el maestro el heredero de la República, pues, con la Revolución Francesa se vio la necesidad de que ciertos individuos instituyeran la Nación y la República, había que enseñarle a leer y escribir a los hijos del pueblo. Luego esa carga histórica, ideológica y social se esparció, incluso fuera de Francia, dando lugar a  profundos cambios sociales. Durante el Imperio Romano, el filósofo solía llevar la vida de un maestro, pero dice Michel Onfray que con el triunfo del cristianismo (principios del Siglo IV), el filósofo se convirtió en un insufrible profesor, en un pedante que complicó aquello que hasta entonces era sencillo, y lo acusa de caer en la hipocresía de enseñar lo que no practica. No tengo dudas que Onfray es afecto a las declaraciones que producen rédito mediático.

Cuando hago referencia de las luces y las sombras del mundo académico, del que formo parte, tengo presente que Paul Cézanne decía que la sombra es un color como la luz, menos brillante, pero en el fondo, la luz y la sombra son la relación de dos tonos. Y añadía el pintor que debemos pintar lo que vemos y no lo que creemos que vemos.

Este año fui invitado a exponer sobre cultura, economía y ética en  Cochabamba, en un evento  sobre industrias culturales y creativas colmado de estudiantes. Un joven que en Bolivia es un innovador o creativo del mundo digital, dijo que había abandonado la universidad porque sentía que la principal preocupación de las autoridades era la mensualidad que pagaba y, advertía que la estructura de los estudios y su rigidez terminaban asfixiando cualquier intento de innovación o creatividad por parte de los alumnos. A través de una capacitación de extramuros pudo desarrollarse. Lo felicité y me quedé reflexionando sobre aquellas cosas que evidentemente hacemos mal.

Desde hace tiempo la educación se ha convertido en un serio problema, probablemente siempre lo fue, pero la percepción social actual y el interés de los medios generan mucha inquietud. El marketing académico publicita instituciones que ofrecen una educación de excelencia y, en no pocos casos, no hallamos tal excelencia. La modestia, esa virtud que nos modera y templa para evitar el engreimiento o la fatuidad, aquí no cuenta. Se ha abusado tanto de la palabra “excelencia” que han terminado por desgastarla y, cuando oigo que se trata de una educación de excelencia, confieso que me asalta la duda. En efecto, la excelencia como calidad superior o extrema en el ámbito de la pedagogía a menudo es una invocación en busca de una reputación no alcanzada.

Cuando este año la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas anunció que la cineasta belga Agnès Varda recibiría en Hollywood el Oscar de honor, ella pensó que era una broma, porque se considera una cineasta al margen de la industria y sostiene que allí premian a gente conocida, que hace mucho dinero como si fuesen auténticos bancos. Con su cine nunca persiguió éxitos comerciales, sólo le interesa crear vínculos de fraternidad. Sabe que el cine viene de la vida y su fuerte es el documental, cuyo objetivo es ponerse al servicio de los sujetos. “Hay que estar siempre reinventando la vida”, dice Agnès a sus 89 años. Y añade que la vejez también es materia de creación.

La educación como piedra fundamental de toda sociedad tiene que ver con el desarrollo del ser humano. Junto a la educación están los valores y la cultura. Más allá que debamos explicitar de qué valores y de qué cultura hablamos, ya que en este mundo colmado de publicidad engañosa existe mucha confusión, no hay duda que esta trilogía ha sido de gran importancia a lo largo de la historia, pero hoy asume una importancia especial ante el cambio de época que vivimos. No es sencillo introducir cambios en el sistema y, de procurar hacerlo, primero conviene poner a resguardo aquello que ha superado la prueba del tiempo demostrando su utilidad para alcanzar un desarrollo completo. Hoy tenemos nuevas herramientas tecnológicas, también debemos enfrentar problemas inéditos, de allí la necesidad de implementar cambios que den respuestas a las necesidades actuales. Estos cambios no siempre pueden hacerse sobre la base de una evidencia total, no es posible evadirse del ensayo y error. Las ideas nuevas necesitan ser puestas a prueba, pero jamás consagrarlas por el simple hecho de ser nuevas. Aquí también existen modas, muchas de éstas son transitorias y, estimo que se impone ser prudente en su aplicación. Hay quienes piensan que basta con derribar los tabiques de las aulas, modificar la disposición de los bancos, suplantar los libros por los papers o por las nuevas tecnologías. Tampoco faltan los que piden eliminar las clases, reducir los tiempos de lectura, suprimir los exámenes porque de por sí no mejoran la educación o terminar de una vez por todas con las formalidades del sistema tradicional. El tema es mucho más complejo y me temo que sobran las coartadas políticas y pedagógicas.

Peter Burke, que se especializa en la historia del conocimiento, sostiene que debemos incorporar aquellos logros intelectuales de las otras culturas, y que hay que hacer un esfuerzo para visibilizar y entender el aporte que hicieron los otros. Añade que es necesario ampliar el campo de los saberes, considerando sus límites, y tener presente que el pasado interesa sobre todo para interrogar el presente. Desde hace unas décadas hemos tenido que incorporar Internet, imposible de ignorar porque en gran medida marca la cultura de nuestro tiempo y además se proyecta en el futuro, pero por más entusiastas que seamos no debemos caer en la ingenuidad. Internet está controlada por megaempresas y esto representa un verdadero problema, también nos plantea una incógnita sobre la gestión política del conocimiento en la “sociedad de la información”.

Algunos expertos dicen que existe hiperinformación, capaz de producir una suerte de intoxicación informática, mientras otros sostienen lo contrario, que la sociedad está desinformada pese al cúmulo de noticias. Por otro lado, se advierte cómo sobre todo a través de la Red se multiplican y “viralizan” las noticias que generan preocupación e infunden miedo, lo que lleva a adoptar una actitud pasiva en muchos consumidores de este tsunami informativo, capaz de producir un burnt out.

Hoy se pone énfasis en desterrar el conocimiento inútil. Pienso que debemos ser  cuidadosos con esta calificación. Las Humanidades y la investigación básica serían inútiles, porque la consigna son los conocimientos que generen beneficios económicos en el corto plazo. En esta burbuja de  inmediatez, la posibilidad de logros en el largo plazo no despierta ningún entusiasmo. Al respecto, es interesante la experiencia del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, fundado en 1930 por los hermanos Bamberger. Abraham Flexner, reformador de la educación universitaria, aprovechó su amistad para convencerlos que pusieran su dinero en la investigación más abstracta. Flexner escribió un célebre ensayo: The Usefulness of Useless (La utilidad de los conocimientos inútiles). Él sostenía que el Instituto estaba en deuda con Hitler por personas como Einstein, John von Neumann y otros científicos que huyeron de Europa. Robbert Dijkgraaf, actual director, para quien la realidad siempre tiene la última palabra, recuerda que allí se produjo la bomba atómica y la computadora.

Del mundo académico han salido algunos políticos. Emanuel Macron tuvo este año una  victoria resonante, pero su popularidad está en caída libre. Este filósofo y ex banquero, discípulo de Paul Ricoeur, implementa en Francia una reforma laboral antipopular. Siendo ministro de economía de Hollande trató de “iletrados” a unos trabajadores de un matadero en crisis. Ahora les recomendó a unos obreros de una fábrica en dificultades que en vez de protestar busquen  trabajo. Macron critica a los “vagos” que se oponen a su reforma. La prensa dice que es un elitista, que solo presta atención a las personas de alto nivel educativo y de altos ingresos, pues, no le interesan los franceses de a pie, y pensar que muchos de ellos lo votaron. No me sorprende, intuía lo que sucedería, ya que  la palabra puede traicionarnos y su uso revelar quienes realmente somos. Por eso los clásicos sostenían que había que cuidarla pero también cuidarse de ella.

Luces y sombras en el marketing académico II

25 lunes Sep 2017

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde que ingresé a la universidad no bien finalicé el bachillerato, intuí que ésta sería mi segunda casa y, lo ha sido y lo es junto con el hospital, dos instituciones con las que me siento plenamente identificado.  Por eso mi mejor homenaje fue, ha sido y es tener una actitud crítica frente a sus desvíos y no caer en un silencio cómplice. Ello me ha acarreado no pocos problemas, pero confieso que también ha sosegado mi conciencia.

Durante el Medioevo el centro del conocimiento y de los estudios superiores recayó en la teología, siendo sustituida en la modernidad por la filosofía. Ya en pleno Siglo XX ese lugar pasó a ocuparlo la ciencia, llegando hasta nuestros días. Claro que hoy aparecen varios factores ligados a la ciencia, la técnica y otras disciplinas que pretenden modificar lo que yo llamo el alma de la universidad o el espíritu de la vida universitaria.

A través de la universidad los académicos han conseguido del Estado no pocas concesiones. Con la caída de Napoleón, la Universidad de Heidelberg reivindicó para Alemania la custodia de la filosofía así como de la expresión total del espíritu y, una vez más el pretendido monopolio del pensamiento y de la sabiduría terminó alimentando el mito. Nietzsche advirtió cómo el arte y la filosofía se estaban alejando de la universidad, porque las estructuras que sostienen a la sociedad burguesa se reproducen dentro de esta institución. En concreto, se trataría de un modelo intelectual libre solo en apariencia, pues, en el fondo termina siendo represivo. Martin Heidegger defenderá esa visión de la gran Alemania como cúspide del pensar filosófico, siendo criticado por su proximidad al régimen nazi. Thomas Mann, premio Nobel de Literatura, fue considerado el escritor alemán del momento, un intelectual de la alta burguesía que intentaba superar su naturaleza de clase y se consideraba el heredero natural de Goethe. Mann denunció la complicidad de la universidad con el nacionalsocialismo, por eso perdió la ciudadanía alemana y debió exiliarse. Y de ser una gloria literaria pasó a ser un apátrida. Él acusó a la burguesía de su país de no haber sabido defender la cultura y sus valores.

La universidad  como templo del saber es el punto central y perceptible del mito. Sin embargo, con los tiempos que corren hay cambios que ponen en duda su legitimación, pues, ya no existe la solemnidad institucional, ni el sentido reverencial de sus estudios, ni los profesores son sometidos a la dura carrera de obstáculos que imponía la cátedra como sacerdotes del templo del saber y, es indudable que cierto facilismo llena las aulas. El mercado, que desconoce cualquier límite, se ha metido de lleno en los claustros y la gestión y el marketing son elementos primordiales. Tal es la influencia que hoy el lenguaje de la universidad es el lenguaje de la empresa.

El acceso masivo produjo la imagen de una fábrica de profesionales, imagen más ligada a la industria que a la cultura. Para peor el destino laboral de estos jóvenes profesionales hoy resulta incierto en todas partes, habiéndose convertido en un dudoso medio de ascenso social. Los que no ven el meollo del problema social quieren resucitar viejas luchas ideológicas a manera de trampa. La puja entre la educación estatal y la de gestión privada sigue vigente, como si el estado de la cultura y el acceso a una educación de calidad sólo se diesen allí. Por su parte el Estado pretende que la racionalidad de la universidad coincida con su propia racionalidad, a lo que debemos añadir que hoy la lógica imperante es la lógica del mercado. Un pragmatismo extremo convierte a las universidades en meras escuelas profesionales, carentes de visión universalista y desnaturalizando su verdadero sentido. La crisis que se da en su interior, en consonancia con la crisis social y de la cultura, revela también la decadencia. La institución no debería estar destinada al control social y la supuesta autonomía institucional no puede enmascarar los problemas de fondo. El saber, supremo principio, termina siendo negado en el orden social y apenas sobrevive en la abstracción de la teoría.

Ante este panorama sombrío pienso que la universidad necesita replantearse y recuperar su prestigio a través del rigorismo de su quehacer específico, pero también de la articulación de la cultura científica con la cultura humanística, donde la tecnología es un medio al servicio del hombre y no éste un elemento al servicio de la máquina.

Lord Byron fue muy elogioso con Madame de Staël. La decimonónica Biographie Universelle la consideró “le Voltaire  féminin”.  Ella fue una adelantada a su tiempo y encarnó el papel de la mujer intelectual europea. Su salón era uno de los principales cenáculos literarios y políticos de París. Durante la Revolución Francesa apoyó a Talleyrand, un personaje controvertido y seducido por el poder, y con la caída de la monarquía (ella era baronesa) se refugió en Suiza, donde participó del naciente movimiento romántico. Las crónicas dicen que solía llevar un enorme turbante sobre su cabeza y, Heinrich Heine llegó a sostener que ella quería presentarse a sí misma como la sultana del pensamiento. Transcurrieron más de diez años para que pudiese retornar a Francia. Napoleón la fascinó, pero el corso desconfiaba de una mujer que además de tener talento se dedicase a la política y ordenó que se alejara de París. Con ella el salón se mudó a su palacio en Coppet y continuó en ese cantón suizo con su producción literaria. Para Madame de Staël Alemania ocupaba el centro de Europa y era la patria del estudio y del pensamiento. Con su gusto refinado ejerció una suerte de monarquía en materia literaria. El culto por Alemania tuvo una influencia decisiva en la tradición romántica. Entonces las universidades del norte de Alemania eran consideradas las más eruditas y por eso algunos autores consideran que con ella nace el mito de la universidad. Su obra Alemania fue prohibida por Napoleón, pero tres años después se editó en Londres;  allí presentará una interesante perspectiva sobre el contraste entre kultur a la alemana y civilisacion a la francesa, tema que luego ocupará a muchos teóricos. Esta discusión tomó altura durante la Gran Guerra, donde también fue evidente un frente de batalla entre los intelectuales alemanes y los franceses. La kultur procedería de la esencia nacional y sería precisamente la cultura alemana, mientras que la civilisacion excedería el campo nacional y acentuaría lo que hay de común en todos los seres humanos. Partidarios de una y otra teoría se cruzaron y, finalizada la guerra,  la polémica no cesó. Luego de la Restauración Madame de Staël regresó a Francia y allí murió. Pero el mito de la universidad surgido con ella continuará con Wilhelm von Humbolt, para quien la institución era la cumbre de la formación humanista. Hegel la consideraba el reino del pensamiento y el templo de la verdad donde el filósofo es el sacerdote, idea coincidente con la que tenían Heine, Nietzsche y otros pensadores.

En Francia el sistema universitario fue obra de Napoleón, donde se cuela la burguesía y entonces se forma una aristocracia intelectual en mérito a la capacidad y no al privilegio de la cuna como era tradicional. La materia fundamental, eje de la vida universitaria, tanto en Francia como en Alemania todavía era la filosofía, que terminó convirtiéndose en el nexo entre la institución académica y el Estado. Schopenhauer criticó la filosofía universitaria, las concesiones que Hegel y sus discípulos obtenían del Estado, la falta de crítica de los estudiantes que se someten al discurso del profesor, así como el lucro, ciertas maquinaciones y mezquindades académicas. Parecería que Schopenhauer viviese y denunciara lo que sucede con la universidad de la posmodernidad.

En el Renacimiento las universidades europeas competían por contratar a los maestros más célebres, así muchas generaron su prestigio. Hoy los medios publicitan los rankings de las distintas universidades del mundo como si se tratase del listado de los mejores deportistas. Rectores y decanos hacen declaraciones altisonantes que la realidad niega. El trasfondo de estos rankings es el negocio. Se trata de una modalidad marketinera que surgió con el nuevo siglo. Hace poco me hallaba en Zúrich frente al Instituto Politécnico donde Albert Einstein estudió y luego fue profesor, y me preguntaba si los que allí asisten podían llegar a pensar que al egresar tendrán la talla intelectual de Einstein (…)

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