• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos de autor: Roberto Cataldi

Entre la Literatura y la Ciencia

06 martes Dic 2016

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A mediados de la década del 90 coordiné una mesa redonda sobre literatura, medicina y ética, donde participaron como panelistas, Alicia Jurado de la Academia Argentina de Letras y José Isaacson del PEN Club Internacional. Unos días antes hablé por teléfono con Alicia sobre el tema y me dijo que entre la literatura y la medicina no existía ninguna relación. Me sorprendió su afirmación, luego pensé que podía tratarse de una boutade. Un rato antes de comenzar la reunión,  les dije que estaban en plena libertad para abordar el tópico que les pareciese, pues, de esa manera procuraba darle cierta dinámica al encuentro. La reunión salió muy bien, según confirmaron los asistentes. Jurado abordó los problemas sociales del aborto y el concepto de infalibilidad papal, mientras Isaccson mencionó las características de la relación médico-enfermo y los aspectos mercantilistas. Pero mi objetivo no se cumplió, ninguno se metió en el terreno donde la literatura se cruza con la ciencia, teniendo como marco a la ética. Tengamos presente que Isaccson no solo es filósofo y poeta, se graduó de ingeniero en la UNLP y, Alicia además de novelista y ensayista, era licenciada  en ciencias naturales por la UBA, con un hijo ingeniero y una hija médica. En otras palabras, para ninguno de los dos, dedicados en cuerpo y alma a la literatura, el mundo de la ciencia les resultaba extraño. Yo llevaba ciertos comentarios para analizar así como citas famosas de médicos de la antigua Grecia que también fueron filósofos y poetas. Claro que además de los griegos no olvidé a Maimónides, tampoco a Averroes, Antón Chéjov, Gregorio Marañón, José Ingenieros, Pedro Laín Entralgo, entre otros. En fin, la experiencia me ha enseñado que cuando un panel se mueve con absoluta libertad, uno jamás sabe como finalizará (eso es lo interesante), y con los hechos y sucesos de la vida cotidiana pasa algo similar. A ambos los recuerdo con admiración por el talento y la seriedad de sus trabajos.

En alguna oportunidad he sido testigo de la descalificación de un artículo científico no porque su contenido careciera de solvencia, sino porque era muy literario y poco científico. Es decir, el cuestionamiento no era tanto metodológico sino más bien formal, tenía que ver con la manera de presentar el tema, la hipótesis de trabajo, los datos obtenidos, así como la discusión y las conclusiones. El artículo no carecía de validez científica, el problema era el estilo con que el autor redactó su informe, distante de la preceptiva científica y afín a la literatura. También he sido testigo de la situación inversa. Como ser, que en las llamadas ciencias humanas o del espíritu, concepto epistemológico que designa a un grupo de disciplinas cuyo objeto es el ser humano en su relación con el lenguaje, el arte, el pensamiento y la cultura en general, el discurso tenía un lenguaje científico, pese a que en el fondo no decía  nada nuevo o revelador.

Creo que cuando alguien habla de cultura, salud, educación, dignidad, libertad, democracia, todos sabemos de qué se habla, o quizá creemos saberlo. Pero cuando nos piden que definamos esos términos nos enfrentamos a un serio problema. La prueba es que hay innumerables definiciones para cada uno de ellos, lo que revela que no existe una definición certera que a todos nos deje satisfechos. También se habla de “literatura médica” como un conjunto de obras propias de la medicina. Y en el lenguaje coloquial, decimos con ánimo crítico que el discurso de tal político tiene mucho de literatura por no decir de palabrería o verborragia.

A esta altura es menester preguntarse: ¿qué caracteriza a la literatura y en qué se diferencia de la ciencia? Desarrollar el tema nos llevaría mucho tiempo, pero dada la brevedad del artículo procuraré dar algunas pistas.

La literatura tiene que ver con el arte de la palabra, pues, la literatura se hace con palabras. Las obras literarias suelen clasificarse según el género, la época o la nación. Wallace Stevens, que trabajó toda su vida como abogado de compañías de seguro, consideraba que el poeta mira el mundo como un hombre mira a una mujer, es decir, con amor, y que tiene que amar las palabras, las ideas, las imágenes y los ritmos. Por eso la poesía tiene que ver con el amor. La literatura de ficción, que se representa habitualmente en la novela y el cuento, pero también en el relato cinematográfico, hace alusión a lo inventado o fingido. El teatro se acomoda muy bien a la literatura ficcional, pero tiene una fuerte impronta oral. El género ensayístico permite una gran libertad de pensamiento y obviamente de expresión, hasta da cabida a la imaginación, y como decía el pedagogo francés Jacky Beillerot, tiene una capacidad de imaginario que puede rendir cuenta de lo real de una manera diferente de la investigación.

No recuerdo dónde leí que la ideología es la representación imaginaria de los individuos con sus condiciones verdaderas de vida. En consecuencia, la literatura tiene mucho que ver, tanto por lo de la representación como por lo de la imaginación.

La ciencia, en cambio, está guiada por la investigación y regida por un método, que llamamos el método científico. En la evaluación de una publicación científica uno pretende hallar las respuestas a una serie de preguntas puntuales que suelen consignarse al inicio del artículo. Ante tanta información, imposible de procesar en la mente, uno pretende que el informe -en la medida de lo posible- sea breve, además de claro y preciso. Nadie espera de un científico el métier  de un escritor o el conocimiento de la lengua de un gramático, pero sí que sepa redactar. El rigor científico incluye los datos estadísticos, cuyo análisis debe ser cuidadoso, ya que en ocasiones la recopilación de datos posee un sesgo ideológico o institucional.

Las estadísticas, que pueden estar bien hechas o incluso fraguadas (de estas últimas los argentinos sabemos mucho), se prestan a diferentes interpretaciones. Me viene a la memoria que para Borges, maestro de la ironía, la normalidad y la democracia eran  cuestiones estadísticas, y que Josef Stalín, a quien responsabilizan del Holodomor entre otros crímenes, sostuvo que la muerte de un individuo constituía una tragedia, pero un millón de muertes era sólo una estadística. A veces pienso que la realidad se nos presenta como una especie de test de Rorschach, es decir, una mancha en la que cada uno cree ver una cosa diferente.

La actual realidad científica, tecnológica, literaria, en suma cultural, se le ofrece al gran público a través de los medios periodísticos. Y la preocupación de los grandes medios pasa por la noticia, por el estruendo mediático que llega a describir grandes hechos que pueden ser falsos, mientras olvida o ignora verdades que considera minúsculas, pero que habitualmente la literatura recoge porque sabe captarlas. Hay voces que alertan por el peligro actual de que la literatura se vuelva periodística, que la creación literaria se torne indistinguible del periodismo. Pensemos que muchos de los grandes escritores del siglo pasado y del actual han cultivado el periodismo y, buena parte de su obra hay que rastrearla en los periódicos.

La crónica y la historia son géneros que acaparan la curiosidad de los lectores. Hace pocos días murió Fidel Castro. No recuerdo cuántas crónicas leí en los periódicos. Para algunos era un ángel, para otros un demonio. Pocos análisis revelan imparcialidad de juicio. En medio de las turbulencias pasionales es muy difícil expedirse con un juicio equilibrado. Hace falta tiempo para establecer una vía entre el reconocimiento y la condena de lo que aconteció en Cuba durante medio siglo. Recuerdo que en la Fundación Universitaria Española, frente al Parque del Retiro de Madrid, concurrí a un curso de filosofía y, quien nos daba lógica, conocía a Fidel desde su adolescencia, pues, este jesuita lo tuvo como alumno durante dos años en el colegio de la Habana al que asistía. Corría la década del 70, estábamos en plena Guerra Fría, y ya Fidel tenía mucho de mito. Nosotros le preguntábamos al profesor cómo era de adolescente, y nos decía que sumamente sociable, sin dudas el más sociable de la clase (…)

Tell me your life

10 jueves Nov 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los valores personales, las tendencias ideológicas, los amores no correspondidos, las creencias religiosas, los sentimientos ocultos e inconfesables, las preferencias sexuales, la confesión del penitente, los diálogos de alcoba, en fin, ciertos secretos, constituyen la intimidad de una persona. Se trata, precisamente, de aquella zona espiritual libérrima y a la vez recóndita, que merece ser protegida de cualquier intromisión. La vida íntima tiene un alcance más restringido que la vida privada y, la privacidad también debe protegerse. Hay datos que quizá no tengan gran relevancia pero que sin embargo pueden dar una idea del perfil del individuo y hacen a su vida privada, como son el domicilio, los libros preferidos, hobbies, programas de televisión más vistos, ciertos gustos. Es habitual confundir vida íntima con vida privada debido a su proximidad y, en ocasiones la línea divisoria es sinuosa. Cuando a la hora de la cena suena el teléfono en mi domicilio y una persona me pregunta qué programa de TV estoy mirando, o con algún ardid procura obtener información personal de mis tarjetas de crédito, o  pretende hacerme una encuesta sobre un político, confieso que logra hacer brotar de mi interior lo peor y, en ocasiones, no puedo evitar dar una respuesta destemplada.

Cuéntame tu vida fue una película que en mi adolescencia me impresionó. La vi en el cine del barrio años después que se estrenó, en blanco y negro, ya que se rodó en 1945, bajo la dirección de Alfred Hitchcock. Ingrid Bergman, Gregory Peck y Leo G. Carroll, me parecieron magistrales en sus respectivos papeles. El trasfondo de la película era el psicoanálisis, anudado a una trama de misterio y suspenso. El paciente, interpretado por Gregory Peck, debía recordar por medio del análisis aquello que había olvidado y que pertenecía a su infancia traumática, para así poder alcanzar la cura. La historia se había rodado en Alemania varios años antes con el título Secretos de un  alma. Luego del éxito de taquilla, supe que la criticaron por considerar que el film psicoanalíticamente era falso. Pero Hitchcock solía decirle a la psicoanalista que lo asesoraba en el rodaje que sólo se trataba de una película. En efecto, una película, nada más.

Una transacción bancaria, navegar por Internet pasando páginas y sitios, así como los tuits, e-mails, SMS, comunicaciones por WatsApp, contenidos de Facebook, entre mucha otra información que surge de las huellas que dejamos, sirve para conformar los datos masivos o Big data. En Google se defienden sosteniendo que saben muchas cosas de sus usuarios pero que no los espían. Lo cierto es que de esta información masiva  surge un negocio multimillonario, porque la información personal así como los datos recogidos, son útiles para que las empresas se posicionen estratégicamente en el mundo de los negocios. El meollo de la cuestión está en que se apropian de una información que no les pertenece. Hoy por hoy los gobiernos estudian qué medidas tomar para frenar este abuso que, todavía no constituiría un delito, aunque de lo que no cabe duda es que se trata de una transgresión a la ética, pues, nadie está autorizado a usar información ajena sin el consentimiento de los verdaderos propietarios. Y si la misma genera un beneficio pecuniario, lo coherente sería que fuese compartido con el propietario de los datos. Pero claro, estamos en el área de los ciudadanos de a pie, gente común, y por eso no existe un escándalo, absolutamente necesario para que el hecho se difunda o adquiera relieve informativo en los medios. Si se tratase de información reservada de un gobierno o de una gran empresa, se incurriría en el delito de espionaje, castigado por la ley. Las escuchas telefónicas son otro medio para enterarse de lo que el otro habla, con quién habla y cómo piensa, pero aquí la población está más enterada de sus derechos y, en teoría, no podrían realizarse sin una orden judicial. Los paparazzi, término que se le atribuye a Fellini por su película La dolce vita, siempre andan fisgoneando y tratan de plasmar en la fotografía alguna indiscreción personal o íntima de una celebrity. Pero la información de consumo masivo, también se da en esos programas televisivos de chimentos que se emiten por las tardes y que duran horas, donde pseudoperiodistas comentan infidelidades o discusiones triviales cuando no peleas orquestadas para atraer la atención de gente  que no sabe qué hacer con su vida.

Hace unos días pude leer un par de entrevistas biográficas que le hicieron a Haruki Murakami y a Michel Legrand respectivamente, cuyas confesiones no son la de San Agustín pero me parecieron interesantes. En cuanto a Murakami, candidato este año al Nobel de Literatura, postergado por Bob Dyland, confiesa que todo lo que sabe sobre el arte de escribir lo aprendió de la música. Siendo joven se preguntaba si era capaz de transferir la música a la escritura, si podía escribir como se ejecuta un instrumento musical. Me recordó a Theodor Adorno, un hombre formado en la Academia y en el Conservatorio, quien influyó decididamente en la literatura de su amigo Thomas Mann cuando llevó a la narrativa su sentido musical. El escritor japonés sostiene que en la música como en la literatura de ficción lo más importante es el ritmo. El ritmo sería la magia, lo que invita a la gente a bailar. Él tiene como hobby salir a correr por Hawai (vive entre Hawai y Japón), desde chico toca el piano, y su producción literaria se nutre del jazz, debido a que en su ejecución reina la improvisación. Esto me trajo a la memoria la prohibición que quisieron imponer los jerarcas nazis sobre esta música que consideraban propia de judíos, y cuyo peligro advertían justamente en la improvisación, en la autonomía que podía desarrollar el ejecutante, por eso ordenaban que el músico se atuviese a la partitura. En fin, la música necesita tener un buen ritmo, como en la literatura, sino el lector no termina de leer el texto. Luego viene la melodía, que en la literatura es el orden de las palabras y que debe ser apropiado para mantener el ritmo. Después la armonía, que es el sonido mental que sostiene a las palabras y, finalmente, la improvisación, sin duda lo que más le agrada a Murakami.

Michel Legrand, compositor de más de 200 películas, creador de la música de Los paraguas de Cherburgo, El caso Thomas Crown, Verano del 42, confiesa que la música es su razón de vivir y que nunca ha producido tanto como a sus 84 años. En efecto, la música sinfónica, la música contemporánea, la ópera, nada le resulta extraño. Monsieur Legrand escribió los primeros temas de rock and roll  en francés. Hoy vive en un château rodeado de 250 hectáreas a 120 Km de París, lugar ideal para hacer sus solitarias caminatas y trabajar alejado del ruido de la ciudad. Cada 10 años necesita cambiar de disciplina, pues, cuando uno todo el tiempo hace lo mismo termina por perder interés. En su juventud conoció a Jean Cocteau, Paul Valéry, André Malraux, e incluso pudo conversar con Ígor Stravinski, quien le confesó que cuando uno es un verdadero creador, no sabe muy bien lo que hace. Legrand actualmente escribe música sinfónica y según el entrevistador, tiene fama de no morderse la lengua, por eso cuando se refiere a Wagner, dice que tiene páginas muy hermosas, pero también muchas malas que deberían eliminarse. Ganador de tres Oscar, piensa que todo joven no sabe que lo es y lo desperdicia, pero cuando llega a la vejez ya sabe cómo es ser joven porque ha vivido, y se es joven con la cultura y la reflexión. Esa sería la auténtica juventud para él.

De la misma manera que mucha gente defiende a capa y espada su vida privada y su intimidad, hay otros que cometen indiscreciones de las que luego se arrepienten y, no faltan los que exhiben algo muy personal, íntimo, para captar la atención de los otros. Esta última actitud se ha visto muy facilitada por los videos en las redes sociales.

Oscar Wilde pagó muy caro su transgresión a la moral de la época, fue acusado de sodomía, hallado culpable y condenado a trabajos forzado durante dos años. No es que la homosexualidad en Londres fuese una rareza, simplemente Wilde no era discreto con su vida, escandalizó a la sociedad victoriana y esto era imperdonable. Cuando salió de la cárcel estaba arruinado, murió en París, en la indigencia, abandonado por su musa.

El conocimiento y los universos culturales

18 martes Oct 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El tema del conocimiento y de los universos culturales siempre despertó mi curiosidad cuando no mi preocupación. En efecto, desde muy joven advertí la necesidad de que existiese un puente o conexión entre los diferentes universos. Los seres humanos en determinados momentos actuamos como espectadores pasivos y en otros lo hacemos de manera activa, como si fuésemos investigadores o experimentadores al procurar observar los fenómenos e indagar sus causas. Todos conocemos muchas cosas pero también ignoramos muchas otras. Una manera de denostar a un individuo es calificarlo de ignorante, claro que no existe un ignorante total, que no sepa un montón de otras cosas. Cuando se trata de las masas, éstas siempre fueron consideradas totalmente ignorantes, como si no supieran nada de nada, y esto alentó la tendencia a tutelarlas, invocando una lógica pedagógica que termina generando un imaginario colectivo. El líder político asume el papel de padre o maestro y, en el caso del mesianismo, se considera que es el único que de antemano conoce el rumbo. Como padre ejercería un paternalismo de regla y como maestro acortaría o suprimiría la distancia entre su saber y la ignorancia del ignorante. Jacques Rancière menciona el “saber de la ignorancia” como el conocimiento de la distancia exacta que separa el saber de la ignorancia.

Hace un tiempo leí a un sociólogo brasileño que sostenía que los pueblos anglosajones de hoy tienen gran capacidad técnica pero no saben qué hacer con la vida, y que para los pueblos de América Latina es más fácil adquirir tecnología que para ellos dotarse de humanismo, ya que éste se tiene o no, mientras que la tecnología se adquiere. No hay duda de que es mucho más laborioso incorporar las humanidades que la tecnología. El humanismo está ligado a la educación y la cultura, vinculado en gran medida con las políticas pedagógicas que adopte un Estado. La tecnología depende del desarrollo y en su defecto del poder económico para hacerse de ella cuando uno no la produce.

En la Grecia clásica Pitágoras y Aristóteles fueron representantes del universo humanístico y también del universo científico. Durante el Imperio Romano algo similar aconteció con Plinio el viejo y su sobrino Plinio el joven. En el Renacimiento se dio con Leonardo Da Vinci y Erasmo de Rotterdam. En toda época hubo quien transitó por ambas islas y se convirtió en el puente que une las orillas. Rafael Sanzio pintó la Escuela de Atenas, allí aparece Platón señalando el cielo (el idealismo) y Aristóteles la tierra (el realismo). Marcel Prélot sostiene que Platón simboliza lo ideal y personifica a la filosofía, pero Aristóteles encarna lo real y representa a la ciencia; me parece una simplificación riesgosa, sin embargo debemos admitir la visión aristotélica como la visión de la ciencia moderna, sin duda hoy triunfante. A comienzos del Siglo XVI Erasmo de Rotterdam acumulaba prácticamente la totalidad del saber de la época, es decir, filosofía, teología, literatura, ciencia, astrología. El autor de “Elogio de la locura” era considerado un sabio y, el conocimiento que entonces existía podía ser abarcado casi en su totalidad por la mente humana, hoy resulta imposible.

Ya en el Siglo XX, a fines de los años 50, Charles P. Snow, físico y novelista inglés, señaló que la vida intelectual de la sociedad occidental se divide cada vez más en dos grupos entre los que existe mutua incomprensión, hostilidad, antipatía y, por sobre todas las cosas, falta de entendimiento. Snow, en “Las Dos Culturas”, sostuvo que de un lado estaban los “intelectuales literarios” y del otro los científicos. En la práctica, la torre de los hombres de letras excluye a los científicos, por más prestigiosos que éstos sean y, esta exclusión obedece a la carencia de conocimientos humanísticos que se verifica en la gran mayoría de los hombres de ciencia. Miguel de Unamuno creía que lo de España era la mística, y añadía: que investiguen ellos, es decir, los otros, los extranjeros. Jean Paul Sartre, al igual que otros pensadores de su tiempo, manifestó abiertamente que no le interesaba el discurso científico. En fin, me animo a formular una hipótesis contra-fáctica: si hoy viviesen cambiarían de opinión.

A principios de los años 90, John Brockman, un empresario cultural estadounidense, habló de la Tercera Cultura, aquella formada por los científicos y otros pensadores empíricos, que a través de los medios de comunicación relevaron a los intelectuales tradicionales en la tarea de redefinir quiénes somos y qué somos, cuáles son los problemas profundos de nuestras vidas, esos que a simple vista no se ven. Estos pensadores tomaron la posta de los que comenzaron a formarse en la década del 50, capaces de hablar con soltura de modernismo, de psicoanálisis, de marxismo, pero que ignoran muchos de los trascendentes adelantos científicos y tecnológicos de nuestro tiempo, y lo que para mí es grave, se muestran orgullosos de exhibir en público esa ignorancia. Por esa razón, estos profesionales y académicos no tendrían la cualificación esperable en un pensador del siglo XXI.

Un fenómeno de nuestros días son los jóvenes economistas devenidos en intelectuales a partir de la crisis desatada en el 2008. En efecto, ellos escriben libros sobre la crisis que rápidamente se convierten en best sellers, el gran público los acoge, tienen éxito, al punto que se han convertido en líderes de opinión y son convocados permanentemente por los medios. Para un periódico español, serían los nuevos intelectuales, aunque enseguida el columnista debe reconocer que un economista, es, un economista. Su conocimiento técnico de la materia en cuestión supera al de otros individuos, pero no en lo que tiene que ver por ejemplo con la política, los problemas sociales o la vida cultural. Durante mucho tiempo el debate público estuvo dominado por cuestiones morales que alimentaron tesituras intelectuales que dejaron secuelas. El problema que advierto es que muchos de estos nuevos intelectuales, debido a la irresistible atracción de la exposición mediática y la influencia lograda, están tentados de opinar sobre cualquier cosa y hasta creen que pueden solucionarlo todo. Claro que para ser justos, eso también le sucedió a no pocos de los viejos intelectuales, quizá porque a los unos y a los otros, las candilejas terminaron por deslumbrarlos.

Desde hace un tiempo la distancia entre las humanidades y la tecnociencia se ha tornado excesiva, y esto se verifica tanto en la escuela secundaria como en la universidad. Jostein Gaarder, autor de “El mundo de Sofía”, comentaba que en su país, Noruega, todavía se sigue la tradición de la Edad Media en el sentido de que, antes de iniciar la universidad, es necesario estudiar filosofía durante medio año. Creo que las referencias compartidas tienen su valor. Por otro lado, no es casual que algunas universidades del primer mundo hayan desvirtuado el genuino espíritu de la institución convirtiéndose en escuelas profesionales, donde el utilitarismo pedagógico alcanza cimas peligrosas. No se puede negar que existe una fuerte presión del mercado, que las empresas buscan que la universidad se encargue de formar a sus futuros trabajadores, y que el negocio de la educación sigue en auge mientras la calidad educativa en términos generales se deteriora. Las escuelas de negocios están sustituyendo a las escuelas humanísticas. La búsqueda de rentabilidad económica ha irrumpido en todas las esferas de la vida como una exigencia inexcusable,  metiéndose de lleno en las formalidades y en los contenidos de la educación y, siendo responsable del déficit cultural que hoy evidencian muchos estudiantes, profesionales y también expertos en distintas ramas del saber.

En Madrid le oí decir a Francisco Umbral que Gregorio Marañón era el último hombre del Renacimiento. Creo que exageró, también había otros con perfil similar. Marañón, con inteligencia y elegancia, supo articular el mundo de la ciencia con el de las letras.

Es lamentable que el sistema, este sistema, denote apatía por el humanismo, cuando no hostilidad, así como un fingido interés por el humanitarismo al que procura enaltecer con una retórica altruista pero en cuya trastienda  sólo hallamos el marketing.

Hipocresía.com

22 jueves Sep 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El año pasado conversaba en Moscú con un italiano del sur que vive en Luxemburgo y trabaja para una multinacional de los Estados Unidos. Mi amigo Andrea, abogado especializado en derecho internacional, estaba allí por trabajo y, mientras almorzábamos en el barco que nos mostraba las bellezas de la ciudad desde el río Moscova, hablábamos –en la lengua de Dante, Petrarca y Boccaccio- sobre los problemas políticos y sociales de nuestros días. Andrea vive muy bien, pero más allá de los privilegios y lujos que le brinda su importante puesto en la multinacional, como que lo trasporten en autos de alta gama y se hospede en habitaciones de lujo, tiene muy presente sus orígenes y me dice sonriente: Io sono un uomo umili. Luego de terminar el plato de salmón con caviar y disfrutar de un dolce, viene el café. Y con el café surgen los temas filosóficos (filosofía de café).  Coincidimos en que la “originalidad” y la “autenticidad” hoy están en entredicho.  Emplear indistintamente los términos como si fuesen sinónimos es un error muy difundido. Andrea no cumplió los 35 años y, al igual que mi hijo menor, pertenece a la generación de los millennials, los nacidos entre los años 1980 y 2000. Leí que con los millennials habría surgido la “autenticidad” como característica generacional, en reacción a los sentimientos fingidos y supuestas cualidades de las generaciones anteriores. En otras palabras, la autenticidad de ellos habría desplazado a las hipocresías de sus padres y abuelos. Las generalizaciones así como las simplificaciones extremas suelen despertarme dudas cuando no sospechas. Recuerdo que en los 60 y 70, época de revoluciones de inspiración marxista, psicoanálisis, contracultura e hipercriticismo, nos decían que los jóvenes debíamos ser auténticos, pues, esa era la consigna de mi generación, cuya influencia del Mayo Francés, del anticolonialismo, de los derechos humanos, constituía un fuerte rasgo generacional.

En cuanto a la “originalidad”, el crítico musical de un diario español en su columna semanal se quejaba de que la gente ya no quiere las bandas originales de Pop y Rock,  prefiere a sus imitadores que se presentan en público  como “bandas tributo”, también hay solistas. La intención o tal vez la excusa, sería honrar a bandas, algunas ya desaparecidas como  Abba o Los Beatles y a solistas difuntos como Elvis o Freddie Mercury. El crítico decía que éste es otro signo de los tiempos: optar por los sucedáneos. Lo que me recuerda como bebedor de café que soy, que el café descafeinado puede ser muy agradable, pero sin duda no es café (…) Es más, estoy convencido de que mucho de lo que hoy pasa por ser original no es más que un simple refrito. En efecto, refritos culturales, artísticos, científicos y de toda laya, que tienen éxito porque sus consumidores no son buenos lectores o quizá carecen de memoria. La fórmula para promover estos refritos consiste en hacer mucho ruido en los medios. Es curioso, porque en la jungla los animales -incluyendo los depredadores- evitan el ruido, mientras que nuestra civilización evita el silencio.

En el teatro de la vida la gente suele usar máscaras, ya sea con la intención de agradar, protegerse, disimular o engañar. Se enmascaran los deseos, los sentimientos, las pasiones y los placeres. También se ocultan los intereses aviesos a la vez que se procura minimizar los defectos personales o los traspiés morales cometidos. Muchos están encorsetados en prejuicios y tradiciones, mientras otros repiten todos los días el mismo discurso con la esperanza de convencerse. Pero: ¿cuántos se muestran tal cual son? Una civilización que invita a usar máscaras no puede hacer alarde de autenticidad. Al punto que tan sólo en la seguridad que puede ofrecer la vida íntima –la vida privada ya ha sido vulnerada-, es posible intercambiar abiertamente pensamientos que serían censurados.

En el 2030 Noruega no tendrá ningún auto que sea propulsado a nafta y a su vez ayuda a países pobres para que sigan su ejemplo. Es uno de los mayores donantes para proyectos que preserven las selvas tropicales. No hay duda que el país escandinavo lidera la lucha por sanear el medioambiente y quiere borrar la huella del carbono en la atmósfera combatiendo el uso del petróleo y el gas. Es más, ha sido uno de los primeros países que refrendó el Acuerdo de París sobre cambio climático el año pasado. Sin embargo, es el octavo exportador mundial de crudo y el tercer exportador mundial de gas.

Hace 30 años se produjo el desastre de Chernobyl, un desastre que como alguien dijo cambió la concepción del espacio, ya que en cuatro días la nube llegó a África, y también la concepción del tiempo, porque el peligro de radioactividad pervivirá unos 3.000 años. Las narrativas del desastre nuclear comenzaron con las bombas de Hiroshima y Nagasaki, un horror irreparable por el cual sus responsables jamás pidieron perdón. Desde esa época, todo tiranuelo con ambiciones expansionistas quiere tener su propia bomba nuclear, caso contrario se conforma con un arsenal de armas químicas y bacteriológicas, que es el equivalente de la bomba nuclear pero al alcance de países pobres. Alrededor del desarrollo nuclear, de las actuales explosiones limitadas a título de prueba, de la posesión de ojivas nucleares, ha surgido toda una retórica que elude la acción criminal, un discurso burdamente mentiroso, pues, como decía Ionesco en los 70, la bomba atómica no es para defendernos sino para matarnos. El líder de Corea del Norte, Kim Jong-Un, miembro destacado del club de mandatarios impresentables, ordenó hace unos días la quinta prueba nuclear que produjo un terremoto, despertando la indignación de los gobiernos de Corea del Sur, Estados Unidos, Rusia, China, Japón, entre otros.  Esto ha generado preocupación entre sus vecinos, sobre todo en Seúl. La historia moderna de Corea comienza después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón que tenía bajo su poder a la península es derrotado (las bombas de Hiroshima y Nagasaki sólo adelantaron la fecha de rendición), en consecuencia los Estados Unidos y Rusia se repartieron los territorios, en el norte las tropas soviéticas y en el sur las estadounidenses, así surgieron dos repúblicas de distinto signo que en 1950 fueron a la guerra. Desde entonces las hostilidades no cesan. Kim con estas demostraciones de poder nuclear, busca infundir terror en los otros pueblos para ganarse  el “respeto” y, en  el suyo, que por otra parte conoce en sus entrañas la hambruna, pretende generar “lealtades”. A esto se suma un nuevo peligro, ya que los drones podrían transportar armas químicas, bacteriológicas o nucleares. Frente a la nueva amenaza,  a la policía holandesa se le ocurrió adiestrar águilas que puedan derribarlos, pero como siempre sucede con cualquier medida que se adopte surgen otros problemas no contemplados, el partido que defiende los derechos de los animales y tiene representación parlamentaria, se opone por considerar inhumana la instrumentalización de estas aves de rapiña.

La contracara del belicismo son los procesos de paz, que también generan tensiones y dilemas. La guerra nunca fue un medio idóneo para la resolución de conflictos, la historia lo demuestra. Por otra parte, los países que promueven la paz son líderes en el mercado de armamentos, en consecuencia hasta dónde irán contra sus propios intereses.

Durante el 2015 llegaron a Europa 26.000 menores de edad de zonas en conflicto. De 10.000 se desconoce el paradero. Muchos habrían caído en manos de traficantes que les cobran hasta 800 euros por cruzar la frontera. La información fue fugaz y, motivado por la indignación, quise difundirla en las redes. Me pregunto si esa información no tiene suficiente consistencia para convertirse en una noticia que en los medios martille cotidianamente nuestras conciencias ¿Dónde están esos chicos y chicas? ¿Cómo los gobiernos y los servicios de seguridad no logran dar con 10.000 seres humanos? Quizá si esos niños y adolescentes proviniesen de Occidente la historia sería diferente. En fin, lo cierto es que dónde existe una necesidad surge un negocio. Frente a una tragedia siempre hay miserables dispuestos a obtener ganancias con cualquier método, por eso necesitamos de la sabiduría y del rigor de Temis, lástima que la venda se le haya caído.

¿Qué es ser intelectual?

25 jueves Ago 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La Hermandad de los Legionarios acaba de pedirle al Ayuntamiento de Madrid, responsable de la Memoria Histórica, que no cambie la calle que lleva el nombre del general José Millán Astray por el de “Inteligencia”. Considera que sería un desatino. El general, compañero de Franco y fundador de la Legión, tuvo un áspero encuentro con Miguel de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936 durante la celebración del Día de la Raza. En medio del acto Millán Astray profirió las frases: ¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia! El rector contestó “¡Viva la inteligencia! Luego Unamuno, invocando su condición de sumo sacerdote de ese templo de la inteligencia, cerró el acto con palabras destempladas hacia el general y sus huestes, mientras el custodio del jefe legionario le apuntaba con su pistola ametralladora. La esposa de Franco, allí presente, evitó una tragedia. Pero ese día finalizó la vida pública de Unamuno y, en menos de tres meses falleció. En defensa del general, los legionarios hablan de su valor, de sus gestas militares (no olvidemos que fue un golpista), que era un “intelectual”, hablaba francés y nunca descuidó su formación. En fin, quienes sostienen que fue un intelectual, mienten o no saben qué es ser un intelectual.

El Affaire Dreyfus habría dado origen a la intelectualidad (de allí su sello francés). El Capitán Dreyfus, judío, fue acusado de espiar para Alemania y se lo sentenció injustamente. Emilie Zola fue su defensor. En Le Temps se publicó una petición firmada por Zola, Anatole France, Émile Duclaux, Marcel Proust, Georges Sorel, Claude Monet, Jules Renard, Émile Durkheim, Gabriel Monod, entre otros notables, para que se hiciera una revisión del juicio. Esto motivó la ira de muchos franceses antisemitas y que no consentían que el honor del ejército francés fuese cuestionado. Con el Affaire Dreyfus habría comenzado la era de los intelectuales. Al parecer fue Georges Clemenceau quien instaló el término, claro que lo hizo con un sentido positivo, aunque en una época en que éstos despertaban desconfianza y todo tipo de críticas.

En la segunda mitad del Siglo XX, Sartre, Camus, Simone de Beavoir, Barthes, Lévi-Strauss, Raymond Aron, Merleau Ponty, Derrida, Althuser, Lacan, Foucault, Bordieu, y tantos otros, fueron intelectuales muy influyentes en el pensamiento de la época. Es habitual creer que el intelectual además de ser un producto de la cocina cultural francesa debe estar enrolado necesariamente en la izquierda política. Foucault sostenía que el intelectual es un “parrhesiasta”, alguien que dice lo que realmente piensa. Estoy plenamente de acuerdo ya que la honestidad intelectual debe ser un imperativo moral. Pero convengamos que decir lo que uno piensa a veces resulta muy peligroso.

En los medios anglosajones esta figura es poco apreciada y en el mundo cultural germano es poco conocida. La imagen del intelectual ha sido muy importante en América Latina, creo que obedece a la fuerte influencia de la cultura francesa.

Edgar Morin ha diferenciado la intelectualidad de la intelligentzia, ésta última nace en un medio muy hostil como en el que se dio en Rusia, pero el objetivo final es el mismo.

Los que critican al intelectual dicen que éste se considera a sí mismo la conciencia del pueblo cuando no del mundo, que pretende ubicarse en un plano superior, universal, que actúa como si fuese el juez de jueces, y que se arroga el derecho a opinar sobre cualquier cosa. Estimo que estas generalizaciones son injustas y además peligrosas, si bien conozco casos que se ajustan bastante a dicha crítica. A menudo el intelectual es un profesional que en su actividad específica ha logrado un sólido prestigio, ya sea como escritor, filósofo, sociólogo, profesor universitario, académico, y que no se conforma con su metier, dándose permiso para intervenir en la “Res publica” y defender los principios, la ética ciudadana, ciertas cosmovisiones, así como denunciar las injusticias que detecta. Jean-Paul Sastre fue el paradigma del intelectual comprometido. Se podía estar de acuerdo o en desacuerdo con él, pero no se lo podía ignorar. Pierre Bordieu evidenciaba fastidio por el intelectual comprometido y solía comentar que de joven padeció a Sartre, pero admiraba a su maestro, Claude Lévi-Strauss. Albert Camus fue el paradigma del intelectual con fuerte impronta moral, fiel a sus convicciones, no temía navegar contra el viento y la marea, de allí su célebre disputa con Sartre y su círculo áulico, su expulsión del Partido Comunista Francés, su denuncia contra los atropellos tanto de la derecha como de la izquierda, y las duras críticas que recibió de los independentistas argelinos. El autor de La Peste y El Extranjero, terminó siendo una figura incómoda para los argelinos y también para los franceses. Por ello Camus sigue dando que hablar y, se le niega un lugar –por cierto merecido- en el Panteón de París.

Los intelectuales de la Modernidad pertenecen en su gran mayoría a la burguesía y, no es infrecuente que procuren congraciarse con la clase dominante, si bien es cierto que esto sucedió en toda época. El poder los recluta en sus filas tentándolos con aquello que íntimamente buscan: reconocimiento, brillo, dinero, vivir cómodamente. Su proximidad al proletariado fue y es algo espasmódico. Noam Chomsky dice que la tradición intelectual es de servilismo hacia el poder. Al respecto, me sorprendió que Osama Bin Laden fuese lector de Chomsky, ya que hallaron sus libros en la biblioteca de Osama.

El intelectual de nuestros días surge de la clase media, una clase social con la que sucede algo muy curioso, pues, muchos pobres dicen pertenecer a la clase media o pretenden asimilarse, y a su vez los ricos también declaran pertenecer a sus filas (…).

Para ciertos autores el intelectual es el sucesor del sofista griego, para otros lo es del humanista del Renacimiento, y están los que sostienen que es el heredero del filósofo del Siglo XVIII. Pero el pensamiento crítico y la conciencia social siempre los calificó.

Sócrates fue condenado a beber la cicuta por hacerse responsable de sus palabras. El dar una opinión crítica sobre la sociedad o la conducción del Estado, ya es incurrir en política y, el intelectual -salvo raras excepciones- no es un político de profesión. Sócrates le agradeció a Asclepio el haberlo librado de las malas opiniones. Y desde aquella época, e incluso desde mucho antes, la intención del intelectual es descorrer los velos, procurar que los hombres sean capaces de construir un mundo diferente, donde religiones aparte, la vida merezca ser vivida, y que no deban conformarse con la creencia de alcanzar una vida digna en el más allá porque aquí resulta imposible. Sócrates desempeñó en su tiempo el papel de un intelectual. Su intervención siempre fue oral, no dejó nada escrito. Esto desmiente la creencia muy difundida de que el intelectual debe ser un escritor, es más, yo diría que la gran mayoría de los escritores jamás asumen la función del intelectual. Y además sostengo que en toda época los hubo.

Marx pretendía que el intelectual llegase a ser pensador y sabio a la vez, también sociólogo, economista e historiador. Claro que mientras Marx desmitificaba al intelectual, el marxismo se había convertido en el mito del intelectual de izquierda. Sus críticos dicen que ignora la realidad sociológica e histórica en que vive pero cree conocerla repitiendo algunas fórmulas sobre el socialismo y el capitalismo, no tiene por costumbre interrogar la nueva edad en que vive, cayendo en una suerte de involución del pensamiento y, no sería necesario explicar esta pobreza intelectual mediante la estupidez, ya que es esta estupidez la que quedaría entonces por explicar. Por eso, estoy convencido que el intelectual de hoy tiene que volver a pensar los problemas.

Tengo presente aquellas controversias que dieron lugar a enfrentamientos intelectuales memorables, casi cuerpo a cuerpo, entre Diógenes y Platón, Sarmiento y Alberdi, Sartre y Camus, Václav Havel y Milan Kundera. ¡Qué distantes hoy nos parecen!

He procurado hacer referencia –brevemente- de la función primordial del intelectual así como de algunos aspectos históricos, pero el tema es muy amplio y profundo. Acabo de finalizar mi libro ¡MUERAN LOS INTELECTUALES! Me ha demandado más de 150 páginas. Como siempre me sucede cuando finalizo un libro, no sé si hallaré EDITOR.

Los discursos, la elocuencia y el diseño.

25 lunes Jul 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Más allá del discurso interior que todos tenemos y del discurso que expresamos en voz alta para comunicarnos con el otro, debemos reconocer que en este proceso de verbalización no siempre ambos discursos concuerdan. Por otra parte, hay gente que prefiere expresar sus ideas en privado, y otros que gustan hacerlo en público, como el actor que sale a escena a representar su papel. Claro que cuando se trata de dirigirse a un auditorio, el discurso estará condicionado por varios factores y, en caso de tener éxito, el expositor atrapará la atención del público y ganará su voluntad, ese será su trofeo.

Borges ha sido un maestro de la palabra escrita, como lo revelan sus cuentos, poesías y ensayos. Hace poco me enteré que durante un tiempo y por cuestiones económicas tuvo que pronunciar discursos en público, era la época en que tenía conflictos con el gobierno peronista por su condición de opositor. Dicen que a él no le atraía esta tarea pero finalmente accedió. En realidad, Borges jamás fue un orador, sus exposiciones no estaban a la altura de sus escritos, incluso en las entrevistas yo lo notaba deslucido, el arte de la palabra hablada no era su fuerte, carecía de elocuencia, su tono era monocorde y cansino, y a más de uno le resultaba aburrido escucharlo, más allá que lo que dijese fuera muy importante. Pido perdón a los apasionados borgeanos.

En realidad, no es nada nuevo que grandes escritores hayan sido incapaces de cautivar con su palabra a un auditorio, incluso es infrecuente que en una misma persona haya un escritor y un orador. Todos sabemos de escritores notables y académicos de fama que  prefieren leer sus discursos, hecho que me parece lamentable, pues, prefiero leer lo que escribieron en la comodidad de mi escritorio. Cada tanto resurge la inveterada discusión sobre la importancia de la forma y el fondo. Pero en los escritores como en los oradores, más allá de lo que dicen, importa cómo lo dicen, ya que allí reside su arte.

Belisario Roldán y Alfredo Palacios, dos tribunos injustamente olvidados, fueron grandes oradores. Belisario Roldán fue definido por sus contemporáneos como un poeta de la palabra oral, un príncipe de la oratoria, un hombre de retórica grandilocuente, acorde con la escuela asiática. Hoy difícilmente ese estilo despertaría admiración, los tiempos han cambiado y los gustos también. Quizás en la cultura de nuestros días tenga apogeo la escuela de Esparta, lacónica, muy del gusto castrense, ya que a diario utilizamos los SMS a través de los celulares. En Bouglogne-sur-Mer, ante la estatua de San Martín, Belisario Roldán pronunció aquella famosa frase: “Padre nuestro que estás en el bronce”. Dicen que combatía su miedo a hablar en público bebiendo unos minutos antes alguna bebida espirituosa y que alguna vez se excedió en la ingesta, sin embargo en ese estado de exaltación alcohólica llegó a pronunciar alguno de sus mejores discursos. La enfermedad pulmonar que sufría lo llevó a quitarse la vida pegándose un tiro. Alfredo Palacios también supo conquistar los auditorios, pero atento al devenir de los tiempos y las modas, abandonó el estilo asiático por la oratoria ática, cuyo máximo exponente fue Demóstenes. En efecto, Palacios optó por el discurso sencillo y directo, nada alambicado, aunque quienes llegaron a conocerlo me dijeron que el epílogo siempre era pomposo, lo que revelaba su afición por la escuela asiática.

A los veinte años, recuerdo, pude asistir a una conferencia de Arturo Berenguer Carisomo, otro de nuestros grandes oradores. No recuerdo qué tema trató, seguramente fue algo literario ya que él era profesor de literatura, pero quedé impresionado por su habilidad de palabra que nada tenía que ver con la charlatanería.

En 1977, no bien llegado a Madrid, en el centro cultural que está debajo de la Plaza Colón, pude asistir a una conferencia de Pedro de Lorenzo. Sabía de su existencia a través de un artículo que había publicado en un suplemento literario de Buenos Aires hacía un tiempo: “Grandezas y miserias de la oratoria”. Pedro de Lorenzo conocía muy bien su metier, su exposición era atrapante, acompañada de modulaciones de la voz, ademanes ajustados, pulcritud en el vestir, y de tanto en tanto alguna exclamación que tenía un cierto dejo de ampulosidad retórica. Era un orador notable. Después de aquella tarde nunca más tuve noticias de él, tampoco he leído ninguno de sus libros, sé que solía frecuentar el Café Gijón y que murió en el 2000.

El discurso de Gettysburg, del presidente Abraham Lincoln, fue pronunciado después de la batalla que lleva ese nombre, durante la Guerra Civil de los Estados Unidos. Se trató de una alocución o discurso breve. Lincoln dijo que sus palabras no serían recordadas por el mundo pero sí lo que hicieron aquellos que lucharon y murieron por la libertad, lo curioso es que sucedió lo contrario, hoy el mundo ignora a los que combatieron en la Batalla de Gettysburg mas no ha olvidado las palabras de Lincoln, al punto que existe consenso en que ha sido uno de los grandes discursos de la historia. Allí definió a la democracia como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, fórmula que a todas luces nunca llegó a plasmarse.

El arte de la palabra escrita difiere del arte de la palabra hablada, la primera perdura a través del papel, la segunda suele esfumarse al cabo de ser pronunciada y a lo sumo queda en la memoria de  algún oyente. De todas maneras, siempre hay excepciones.

Hay quienes se han preocupado por la relación entre la elocuencia y la creatividad. Milton Glaser, uno de los grandes diseñadores gráficos que vive en los Estados Unidos, famoso por ser el autor del logotipo I love NY, ha dedicado su larga vida a la estética, y enfatiza que ésta no se halla reñida con la ética ni con la verdad, por el contrario, han sido una constante en su vida. Cuando un periodista le preguntó si era más importante ser elocuente o creativo, él respondió que la pregunta era falsa, porque no tiene respuesta. Sostiene que el diseño y el arte están distantes, el primero tiene que transformar al que mira, hacerle ver el mundo de otra manera, y el segundo acomoda un público con un cliente. Es necesario forzar la mirada para que las cosas queden impresas en el cerebro y resulta gratificante expresar una idea poderosa a través de medios muy simples: I love NY, sólo eso. El diseño de la vida de un individuo está representado por las intenciones aunque también por lo que logra conseguir, de allí las diferencias entre las intenciones y la realidad. Milton Glaser comenzó estudiando pintura en Italia pero terminó siendo diseñador. “No es que no quisiera ser pintor, es que no quería ganarme la vida formando parte de esa transformación del arte en cultura de consumo”. Dice que la gente confunde estilo y diseño, cuando se comienza a diseñar uno se pone en el lugar del público. Un buen diseño es aquel que termina reforzando lo que uno cree y, debemos considerar los prejuicios, ya que generamos expectativas a partir de ellos y en la gran mayoría de los casos resultan ser falsos.

José Ramón Recalde, catedrático de derecho, intelectual y político, acaba de fallecer en España. En el 2000 le dispararon un tiro en la cabeza en la puerta de su casa (estaba amenazado por ETA), salvó la vida milagrosamente, siguió con su tarea habitual, y era acompañado permanentemente por dos guardaespaldas. Durante el franquismo fue detenido y mientras lo torturaban le vinieron a la cabeza unas palabras de Sartre en las que decía que el torturador no podía sostener la mirada del torturado, él lo puso en práctica y el torturador continuó  golpeándolo pero con más energía, en sus memorias acotaba que evidentemente el policía no había leído a Sartre.

Hace unos días la esposa de Donald Trump pronunció un discurso que sería un plagio del que dio Michel Obama. Nunca entendí porque las esposas de los presidentes y candidatos al puesto tienen que dar conferencias, también sus hijos. ¿Esto no alienta el nepotismo? Antes los gobernantes solían preparar con esmero sus discursos, rumiaban las ideas y eran piezas oratorias salidas de sus cabezas. Ahora otros los escriben. No recuerdo que político dijo en una oportunidad que un charlatán da un discurso todos los días, un mediocre uno por semana y, un gran orador a lo sumo uno o dos al mes (…)

En busca de una nueva narrativa (parte IV)

01 viernes Jul 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los libros de autor anónimo han existido desde antaño, quizá Las mil y una noche sea la obra que tuvo mayor trascendencia. La literatura española tiene textos de autor anónimo que forman parte del canon literario. En cuanto a la narrativa del siglo pasado, me impresionó: Una mujer en Berlín, diario escrito en 1945, donde la autora narra las violaciones de mujeres y niñas por el Ejército Rojo. Una historia penosa e infame mantenida oculta por la necesidad de preservar una supuesta moral, de allí que su autora fuese considerada una traidora que atentaba contra la moral alemana, en fin, una mujer que no quiso respetar la ley del silencio impuesta como código de honor

En nuestros días, Elena Ferrante, seudónimo de una escritora italiana, o tal vez un escritor, tiene novelas que son best sellers, su identidad está guardada bajo siete llaves, y sólo mantiene contacto con sus editores italianos. Es curioso, porque todo aquel que hoy escribe un libro y ya cualquiera escribe su libro, quiere ser tenido en cuenta y sueña con firmar dedicatorias. En efecto, vivimos tiempos donde la exhibición es tan fuerte que parecería ser un mandato social, al extremo que la intimidad más criptica estaría en entredicho. He leído un par de entrevistas que le hicieron vía e-mail a través de sus editores, donde manifiesta que para asignar un orden narrativo al mundo, prefiere una escritura clara, honesta y donde los hechos de la vida ordinaria sean convincentes. Pero además, tiene en claro que el acto de escribir difiere de la exhibición pública, no le gusta improvisar ni salir a escena, cuida mucho su intimidad y, vive alejada del marketing y del mundo editorial. Ferrante se pregunta por qué no hay más escritores que adopten esta tesitura y, critica al mercado editorial que hasta le inventan una imagen al autor para que alcance la fama literaria. Mi amigo Alejandro Patat, con quien fuimos compañeros de estudios en la Dante Alighieri de Buenos Aires, escribió desde Italia una reseña para La Nación. Dice que después de Elsa Morante, nadie en Italia pudo contar con tal intensidad el mundo a su alrededor. Alejandro comenta que en los Estados Unidos es un fenómeno editorial, infrecuente en un escritor europeo, y que sus detractores le adjudican injustamente estar al servicio del mercado y que responde a una política feminista, cuando en realidad su visión trasciende la cuestión de géneros.

En Estambul, hace unos días, el gobierno reprimió violentamente a los participantes de la marcha del orgullo gay, una de las expresiones de la narrativa de géneros que más discusiones promueve. Confieso que me sorprendió, porque en el 2009 estuvimos en Estambul y en el centro de la ciudad presenciamos una pacífica manifestación de travestis turcos. Recuerdo que con mi mujer comentábamos el grado de tolerancia que había desarrollado Turquía, gracias a Tayip Erdogan, quien se proyectaba como un líder necesario para gestionar esa región históricamente convulsa. Pero el Erdogan de hoy difiere bastante del Erdogan de entonces, algo frecuente en los políticos. Erdogan quiere perpetuarse en el poder, sueña con  llegar al 2023, fecha en que se conmemorará los cien años de la fundación de la república, surgida de la guerra de independencia. Para ello se distancia cada vez más de la Turquía laica y moderna que concibió Ataturk, y en su alianza con el sector religioso del Islam revela una inédita intolerancia, al punto que un estambulí comentaba que sólo falta que les imponga la sharia.

Con la prolongada crisis europea han surgido una serie de relatos variopintos. Me interesa Dani Rodrick, nacido en Estambul, actual profesor de economía en Harvard,  autor de un trilema que enunció en el año 2000 y que fue premonitorio: en la Unión Europea, democracia, globalización y soberanía del Estado-nación no pueden convivir. El nudo gordiano del trilema de Rodrick reside en la zona euro. Dice socarronamente que cuando una idea se convierte en mayoritaria significa que ya está equivocada. El economista carga contra los grandes dogmas económicos y advierte que determinados modelos de política pueden ser positivos en un momento de la historia de un país y fallar rotundamente en el mismo lugar un tiempo después. La ideología política contamina el análisis económico en una doble vía, ya que los políticos convierten las ideas económicas en ideologías que sus creadores jamás pretendieron, bástenos el ejemplo de Adam Smith, quien hoy se hubiera opuesto al fundamentalismo del mercado. Sostiene, acertadamente, que el error del Consenso de Washington es suponer que un modelo va a funcionar en todos los países prescindiendo del momento histórico.

En los años 60, 70 e incluso 80, recuerdo, se hablaba mucho de la guerrilla y de la guerra de guerrillas. La narrativa del mal estaba allí. El fenómeno solía estar asociado al marxismo y durante la Guerra Fría los demonios fueron los comunistas, ahora ese lugar lo ocupan los terroristas.  El terror que se procura transmitir, no es un fenómeno propio de nuestra época, siempre existió, tanto terrorismo de Estado como el que surge desde abajo, terrorismo de izquierda como de derecha. Las muertes que ocasionan entre individuos inocentes son demenciales y sus narrativas carecen de toda  justificación.

Pero ante la grave situación de violencia que surge en distintos lugares del mundo, uno se pregunta qué fue lo que llevó a un individuo a convertirse en terrorista. He advertido que entre los estudiosos del tema no existe consenso. Están los que argumentan que los problemas económicos serían el principal factor que llevarían a la radicalización. Algún científico piensa que prácticamente cualquier persona podría convertirse en terrorista si están dadas las condiciones (…) ¿Cuál es el ADN del terrorista? Los que dicen conocer el tema esgrimen la ideología, otros la identidad, el dinero, la religión, el entrenamiento bélico, etc. Lo curioso es que pocas veces los que hablan del tema en su condición de expertos han tenido la posibilidad de dialogar con terroristas, face to face, de allí que el conocimiento que explicitan en sus notas no supere el plano de las opiniones.

Las narrativas de la condición humana,  frase acertada aunque desdichada de la novela de André Malraux, increpa el pensamiento de Sófocles que sostenía: “La obra humana más bella es la de ser útil al prójimo” o el de Alejandro Magno, “De la conducta de cada uno depende el destino de todos”. La condición humana, es, el laberinto más complejo que guardamos en nuestro interior. Aquí emerge el mal. Al respecto, quien haya leído las novelas La muerte de Iván Illich, El Extranjero, Archipiélago Gulag, tendrá una idea de lo que Tolstoi, Camus y Solzhenitsyn, respectivamente, quisieron señalar como condición humana. Luego Hannah Arendt,  a través de su tesis: la banalidad del mal, a propósito del juicio a Eichmann en Jerusalén, hizo con enjundia su aporte.

En cuanto a las narrativas de la innovación, tienen más peso o quizá más marketing que las narrativas científicas y tecnológicas. Alguien sostuvo que se trata de un híbrido de invención y mercado, pues, cuando una idea se convierte en un producto que puede ser manipulado por el mercado ya se habla de innovación. Leí que en los Estados Unidos se está invirtiendo más dinero en innovación que en investigación científica, no sé si será así, pero lo cierto es que la publicidad está del lado de la innovación. Se ha tomado el ejemplo de la familia Médici, aquellos banqueros florentinos del Siglo XV que ejercieron el mecenazgo para impulsar las artes,  la investigación, el pensamiento, y que dieron lugar al Renacimiento, un fenómeno extraordinario y típicamente italiano. La tónica actual sostiene que es necesario abrirse a la interdisciplinariedad, fusionando y mezclando paradigmas y saberes, que den paso al florecimiento de nuevas ideas. Así las disciplinas convergen, dejando de lado los prejuicios, las convenciones, los esquemas, las rígidas estructuras. En las fronteras entre las disciplinas, por cierto fronteras cada vez más porosas,  surgen los hechos creativos y, esto se sabe desde hace tiempo, no es una novedad como algunos pretenden vender no sé si por ignorancia o por oportunismo. En el mundo existe una fiebre innovadora con resultados muy interesantes, y el mercado aparece con su natural pragmatismo, invirtiendo, haciendo cálculos de ganancias, y hasta queriendo emular a los Médici, pero claro, éstos eran genuinos mecenas (…)

En busca de una nueva narrativa (parte III)

15 miércoles Jun 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La lectura de la historia revela que frente a una narrativa oficial es habitual que surja una contranarrativa, generalmente con sordina, ya que a veces la censura y la persecución  ponen en peligro la propia vida del autor. En este parque temático están los políticos que emplean una suerte de “narrativa circense”, fenómeno que ya existía en la época del Imperio Romano. Hoy los medios promocionan a Nicolás Maduro y Donald Trump, por dar un par de ejemplos, quienes persiguen de manera estentórea este tipo de espectáculo, pues, arman su coreografía política para consumo de las masas y procuran ser el centro de las noticias de cada día. Trump combate a la inmigración mejicana, pero durante la mayor parte de su vida calló que es nieto de la emigración ilegal. He leído que sus abuelos emigraron del pequeño pueblo alemán Kallstad. Durante la Gran Guerra su familia ya vivía en los Estados Unidos y se inventaron unos orígenes suecos, porque entonces era habitual ocultar la procedencia alemana. Donald admitió por primera vez su herencia germana en una entrevista con la revista Vanity Fair. Pero de ese pueblo también surgió otra dinastía, la de los Heinz, famosa por el kétchup y, en el pueblo éstos serían más queridos que los Trump porque donaron 40.000 euros para reparar el órgano de la iglesia, un acto de filantropía que al parecer Donald ignoró.

Hablar de los populismos está de moda. Las narrativas que procuran llegar emocionalmente a las masas, sin apartarse de la concepción de Manes, fueron y son empleadas por casi todos los gobernantes, sean de la izquierda, del centro o de la derecha. A los que tienen éxito con este recurso demagógico se los llama populistas.

Las narrativas imperiales dicen combatir el caos, la inseguridad, las injusticias y, en el caso de Occidente, privilegian la dialéctica de la libertad y la democracia. En la cronología de la invasión imperial a otro Estado o territorio esgrimiendo la defensa  de estos valores, primero desembarcan las tropas que hacen el trabajo sanguinario, sucio, inhumano, detrás los empresarios que realizan sus negocios, frecuentemente non sanctos, y finalmente aquellos que tienen por misión enseñarle a los nativos la nueva lengua (la lengua del imperio). En síntesis, la fórmula imperial es: garrote, negocios y lengua, tal como acontecía en la antigüedad.

La denominada industria creativa hoy apuesta a la formula “transmedia”, es decir, para contar una historia se recurre a distintos medios como el cine, la TV, los videojuegos, los cómics e incluso las redes sociales. Matrix es un caso paradigmático de la narración transmedia, El cine ha sido y es un medio popular, pese a que en las últimas décadas le han surgido rivales que le restan audiencia Dicho sea de paso, vivimos el auge de las artes visuales y para éstas la imagen lo es todo, comprender lo que dicen las imágenes y lo que decimos de ellas es por demás interesante. La investigación avanza sobre las conexiones entre la teoría del arte, del lenguaje y de la mente.

La actriz londinense Helen Mirren, una mujer de talento, recuerda en una entrevista que en su juventud se sentía constantemente menospreciada como mujer, ya que advertía que sus libertades estaban restringidas. Reconoce que ha tenido suerte en la profesión, pero subraya su sentido del deber, su responsabilidad, así como no escuchar lo que los otros dicen de ella. En efecto, sostiene que lo bueno de hacerse mayor es que no tiene que aguantar toda esa mierda. Cuando le preguntan sobre el cine hollywoodense y el compromiso, dice que a éste no se le puede pedir que se comprometa si al mismo tiempo no se le exige a la sociedad que se comprometa. Coincido con Helen.

Uno de los primeros libros que leí en mis días de Madrid fue, La noche que llegué al Café Gijón, de Francisco Umbral, una crónica de época excelente, escrita en los 70 bajo la escrutadora mirada de Paco. Luego leí otros libros, pero el del Café Gijón hizo historia y para mí fue su mejor obra. En ese café funcionaba una tertulia a la que acudían los personajes célebres de la cultura madrileña, naturales o recién llegados del interior como era el vallisoletano Umbral. Manuel Vincent sostiene que la literatura más interesante de España durante el Siglo XX fue publicada en la prensa y que muchos de esos artículos eran escritos en los cafés. Pero no sólo en España, en otros países sucedía algo similar, la prensa fue el medio ideal para que los escritores, artistas, pensadores, escribieran sus crónicas o notas de actualidad y sobre todo vertieran sus opiniones, entonces había una cierta fusión con el oficio del periodista, época en que no existían o asomaban tímidamente las escuelas de periodismo. Esto también se daba aquí, en Buenos Aires. Schopenhauer, siempre actual, sostenía que todos quieren tener opiniones pero muy pocos son los que pueden pensar. En fin, Manuel Vincent recuerda que Camus decía que nuestras generaciones serán recordadas por ser las que se masturban y leen periódicos, claro que la diferencia actual es que casi no leen periódicos.

El cambio de época ha llevado a los cafés a incorporar Internet, añadiendo a sus servicios gastronómicos el uso de la Red. Si consideramos los tuits, los blogs y otros artículos de la cultura digital, veremos que se está elaborando una literatura por fuera de los medios tradicionales. Algunos, apegados al canon, se niegan a aceptar esta producción como literaria, pero yo creo que se quedaron anclados en el pasado y no toleran lo que les resulta extraño o no son capaces de dominar. Nunca se leyó tanto como en nuestros días, claro que a través del celular y las computadoras. En realidad, la queja de no pocos pedagogos y afines es que los jóvenes no leen aquello que deberían leer, y en este punto estimo que tienen razón. Entiendo que lo que forma parte de la denominada “alta cultura” puede no ser accesible o entendible para mucha gente, y también entiendo que para los millennials, esa literatura suele ser aburrida. En fin, habrá que ver de qué manera se les puede hacer llegar a estos chicos ese legado imperdible, porque allí reside el alfa y la omega de lo que llamamos Humanidad.

Las estrellas de la Red son los youtubers, que suben a YouTube sus videos y son seguidos por millones de adolescentes. Ellos saben captar la atención a través del humor, la autoayuda, los cómics, y hasta publican libros. Los booktubers insisten en diferenciarse, leen libros, los critican, y también publican sus libros.

La narrativa de la “innovación virtual” surge en muchos por la desilusión ante el mundo real, por ello prefieren escapar de sus insatisfacciones refugiándose en la realidad virtual. Lo interesante es que ahora hay dispositivos que combinan todos los sentidos, ya no solo se trata de la vista y el oído, pues, existen dispositivos que simulan olores, sabores y texturas, y como dice un amigo, nos están hackeando el cerebro. Pero también los hologramas, que conocimos a través de La Guerra de las Galaxias (Star Wars) en los 70, donde la princesa Leia comunicaba sus mensajes. Pues bien, hoy se pueden proyectar imágenes en tres dimensiones, a distancia, en colores, y prácticamente en tiempo real, en consecuencia la comunicación entre las personas a través de los hologramas en vivo puede cambiar la forma de percibir el mundo. Qué maravilla, estamos más interconectados que nunca, lástima que no logremos entendernos.

Las narrativas economicistas, a cargo de titulados tecnócratas capaces de hallarle una justificación científica y no punible a cualquier defraudación al erario, denominado público redundantemente, me recuerdan el metier de los prestidigitadores. Con sus monólogos ellos esgrimen el soporte ideológico y legal de la corrupción actual. Pero la crisis económica y financiera que persiste, resucitó a Keynes. Hasta Marx es citado por aquellos que negaban sus categorías. Surgen economistas disidentes como Thomas Piketty o Yanis Varoufakis  que denuncian las trampas y los abusos del sistema. Para el legendario Régis Debray los grandes economistas han generado las guerras.

En conclusión, la palabra define al hombre, las frases y las oraciones estructuran un relato, y cuando desaparezca de la faz de la tierra la narración, sin duda desaparecerá la Humanidad.

En busca de una nueva narrativa (parte II)

13 viernes May 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Hace unos días, atendiendo a un compromiso institucional, asistí a la disertación de Mario Vargas Llosa sobre el futuro de Latinoamérica. No hay duda que Vargas es un gran escritor, merecedor del Nobel de Literatura, y que sus mejores novelas son de su primera época. Ahora bien, una cosa es manejar la ficción, escribir novelas, y otra asumir el papel de intelectual, de alguien que pretende analizar en el espacio público lo que acontece en el mundo con sus conflictos, sus injusticias, a la vez de echar luz sobre estos acontecimientos que afectan a las sociedades y sus gobiernos. En los 90 Vargas intentó ser presidente del Perú y fue vencido por Fujimori, pero mucho antes había hecho su resonante mutación ideológica, adoptando finalmente el neoliberalismo, que tantas satisfacciones personales le ha dado. Vargas siempre hace alusión a la libertad y la democracia, lo que a mi entender es meritorio, pero lo hace para defender el sistema actual, y a partir de allí opina lo que sucede en el mundo, en Latinoamérica, no sin dejar de reafirmar su concepción del libre mercado. En mérito a su gimnasia narrativa, subraya ciertos tópicos ideológicos con los que se identifica en cuerpo y alma, y critica otros que no son de su agrado, manifestando un profundo rechazo por todo aquello que huela a izquierda. Para muestra un ejemplo, en su discurso de marras alabó las nuevas clases medias de Chile, pero cuando se refirió al Brasil, más allá de su dura condena a Lula (situado en la vereda ideológica opuesta) omitió hablar de las nuevas clases medias brasileñas, fenómeno de mucha mayor envergadura que el chileno, pues, él no puede ignorar que durante el gobierno de Lula 30 millones de seres humanos salieron de la pobreza y se incorporaron a la clase media. Quiero aclarar que esto no significa exculpar al obrero metalúrgico que llegó a ser presidente de aquello que hoy está siendo investigado por la justicia de su país, más allá que sea una justicia politizada y que haya un parlamento donde más del 60% de sus miembros (entre oficialistas y opositores) tienen causas ante la justicia, situación que debería inhabilitarlos como parlamentarios. Un intelectual puede equivocarse, y a menudo sucede, pero lo importante es dejar a salvo su “honestidad intelectual”. Cuando se trata de su amigo Aznar, muy repudiado por amplios sectores de la población española, dado el alto nivel de corrupción que existe en el PP (mayor que en los socialistas), las numerosas irregularidades que se cometieron en su gestión, y sobre todo su responsabilidad en la criminal invasión a Irak junto a Bush y Blair, que costó la vida de tanta gente inocente, Mario Vargas Llosa mira para otro lado, evitando criticar a su amigo.

Hay un Vargas escritor, así como un Vargas político y, un Vargas que ya pertenece al jet set, como lo revelan las tapas de las revistas y semanarios de peluquería donde frecuentemente aparece con su actual pareja. Esto último es curioso, sobre todo por su severa condena a la civilización del espectáculo, pues, todo nos lleva a admitir que se ha convertido en una víctima de su crítica. Últimamente, con el escándalo de los Panamá Papers, la prensa reveló que habría vendido su sociedad offshore días antes de recibir el Premio Nobel (2010). En fin, me gusta el Vargas Llosa novelista.

La mayoría de los intelectuales son escritores, pero la mayoría de los escritores no son intelectuales. Juan Marsé ha sido muy claro cuando le entregaron el Cervantes y ante el requerimiento periodístico se negó a que lo considerasen intelectual, dijo que él no trabajaba con las ideas. Marsé, de quien leí en plena juventud, Si te dicen que caí, es uno de los grandes novelistas de nuestra lengua, lo que no le impide que dé sus opiniones sobre los problemas de Cataluña y la marcha del mundo actual, como lo hace cualquier ciudadano, sin necesidad de imitar a Sartre, cuando ya envejecido y casi ciego, subido sobre un tambor de petróleo con un megáfono arengaba a los obreros huelguistas de la Renault (la fotografía del acto ya es un ícono) o incluso cuando repartía en las calles el periódico clandestino La Cause du Peuple, motivo por el que fue arrestado por la policía. El General De Gaulle, declarado enemigo del filósofo existencialista dijo: “No se lleva preso a nuestro Voltaire”. Claro, eran otros tiempos, estaba de moda el compromiso. El modelo sartriano de intelectual ya no existe, ha sido reemplazado por un modelo mediático de dudosa calidad, afín a un consumo masivo donde no hay mayor cabida para la verdad, la reflexión y mucho menos la lógica.

Confieso que me siento muy a gusto con intelectuales como Albert Camus, José Saramago y Juan Goytisolo, en quienes no solo admiro el arte narrativo, la cosmovisión y la veta poética, sino la capacidad de haber sabido articular coherentemente la vida, con la obra y la persona. Con ellos suelo dialogar a través de sus escritos.

Otro tópico son las narrativas vanguardistas, que siempre han tenido su público, habitualmente artistas o simpatizantes del arte, jóvenes y rebeldes. En realidad, la rebeldía es naturalmente parte de ser joven y, hay que comprenderla. La intención de la vanguardia fue, ha sido y es destruir lo viejo, haciendo surgir una contracultura. La creatividad de la identidad vanguardista se la ve atada a una suerte de destrucción creativa. De allí que el blanco preferido sea la tradición, esa costumbre que los jóvenes respiran con dificultad, y que llegan a percibir como una atmósfera asfixiante. Sin embargo, a veces lo nuevo no es más que lo viejo hecho por jóvenes (…)

Hoy ya no sabemos qué es la cultura, o nos resulta muy difícil definirla, si bien nos damos cuenta de lo que es, no sé si por mera intuición. Tal vez el problema resida en que a casi todo hoy se le llama cultura, lo que favorece la confusión, y también porque han aparecido otros medios de difusión. En efecto, la cultura ya la hallamos en la Red, en los blogs, en los podcasts (archivos de audio o video que pueden incluir textos y que se cuelgan en Internet). Las expresiones culturales se han multiplicado en estas últimas décadas y no tengo duda que seguirán aumentando. Ni hablar de las narrativas tecnológicas y científicas, que nos conducen a un futuro impredecible, cuyos logros estarán al alcance de ciertos sectores de la sociedad que tienen el dinero suficiente para costearlos, dejando al margen a ese cono de sombra de la humanidad que muchos prefieren ignorar, sin advertir que allí existe un polvorín (…)

El Siglo XXI ha hecho resurgir la narrativa de los refugiados y de los migrantes económicos, propia de la primera mitad del Siglo XX. Pero la situación actual adquiere ribetes dramáticos. Ya no se trata de algunos indocumentados que se desplazan por Europa buscando trabajo para sobrevivir, como acontecía en los años 70, en que pude comprobarlo por vivir allí. Ahora son familias enteras las que abandonan sus hogares, prácticamente con lo puesto, huyendo de la guerra. No se trata de gente que pretende hacerse la Europa, huyen de las bombas y de las balas. La guerra de Siria lleva cinco años y ha obligado a 11 millones de seres humanos a abandonar sus hogares. ¿Quien quiere abandonar su casa para vivir en una carpa de un campo de refugiados? El drama de estas personas comienza cuando deben dejar la casa para huir de la guerra y en el camino suelen soportar todo tipo de vejámenes como violaciones, robos, torturas, ser presa de organizaciones que manejan la prostitución o de las que los transportan clandestinamente a cambio de dinero para luego abandonarlos, y en el peor de los casos, hallan la muerte en aguas del Mediterráneo. Una triste y vergonzosa historia. Pero claro, la mayoría de ellos profesan la religión musulmana, en consecuencia se los considera potenciales terroristas, con lo cual comienza otra narrativa, la de la islamofobia. Para colmo, en medio de los temores y la indignación de los europeos, aparecen aquellos líderes que se presentan como caudillos mesiánicos, aprovechando el justificado enojo de la población autóctona por los duros recortes económicos que le imponen sus gobiernos autistas en nombre de la democracia. Por ello, el racismo, la xenofobia, el multiculturalismo y otros conflictos son tapa de los diarios, como si no hubiera otros problemas de mayor envergadura que aquejan a la Humanidad.

En busca de una nueva narrativa (parte I)

26 martes Abr 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Una de las cosas que caracteriza a los seres humanos es la capacidad de narrar. En efecto, somos seres narrativos, en consecuencia no podemos entender el mundo si no es a través de historias, crónicas, anécdotas, comentarios, testimonios, en fin, necesitamos referir lo sucedido, ya sea verídico o ficticio. Los políticos, hoy como ayer, se dirigen al electorado a través de  narraciones o relatos, y lo cierto es que muchos de estos relatos terminan por enfermar a la sociedad. Algunos piensan que necesitamos otra épica, que nos sea útil para volver a creer. Es probable.

La nostalgia asoma debido a que asistimos al final de un ciclo vital, es decir, un mundo que desaparece, en consecuencia necesitamos inventarnos otra épica que nos ayude a vivir, a seguir adelante. Estamos situados frente a un mundo que desaparece y otro que nace, y ante  nuestros ojos una realidad que nos resulta muy diferente e incluso volátil.

El avance tecnológico ha modificado el mundo que conocíamos, y lo ha hecho en un tiempo récord, en poco más de veinte años. Pero no lo ha modificado tanto como lo vaticinaban ciertos agoreros mediáticos, pues, el paso del Siglo XX al Siglo XXI no ha sido tan abrupto. Claro que esto se ha acompañado de un inusitado cambio generacional. En efecto, nuestros hijos no viven ni piensan como nosotros, y mucho menos nuestros nietos.

La vida en sociedad, las relaciones interhumanas, la economía, el trabajo, la política, el estudio y la cultura, prácticamente todo se ha modificado, dando lugar a una serie de lugares comunes que escapan a un análisis profundo.

Después de haber emprendido una larga y dura carrera, de haber vivido aquí y en otros escenarios, volteo la cabeza para decir con Neruda: “confieso que he vivido”, pero más allá de hacer el esfuerzo necesario por adaptarme darwinianamente a los tiempos que corren, de entender que si uno no sube a ese tren se queda en el pasado, no puedo negar una cierta nostalgia, sí nostalgia, pero no melancolía. Tenemos una iconografía en blanco y negro, analógica, mientras se desvanece aquella otra narrativa por efecto de la decadencia, que algunos califican de crisis, no sin cierto afán conformista.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se impuso un nuevo orden mundial y muchos aspectos de la vida cambiaron. Los dos grandes bloques mantuvieron una Guerra Fría que duró décadas, alimentada por una tenaz disputa de poder, cada uno con su relato particular. En el 89 cayó el Muro de Berlín y supusimos que esto serviría para que con el tiempo cayesen otros muros y nunca más volviesen a levantarse. Nos equivocamos. Hoy por hoy tenemos otros escenarios, algunos inéditos, y la realidad no suele compadecerse con nuestras aspiraciones o sueños. Las sociedades actuales viven una alocada carrera proteccionista en busca de seguridades que ofrezcan paz. En efecto, paz y seguridad, claro, pero no felicidad. Algunos analistas dicen que actualmente hay intereses para revivir la Guerra Fría y, como hace un tiempo decía un intelectual en una publicación europea, más que una Guerra Fría vivimos una Paz Caliente.

Antes los muros eran para impedir la salida de personas autóctonas, hoy son para no permitir el ingreso de extranjeros. Esos altos muros pretenden resguardar la vida de un país e ignorar lo que sucede afuera, sin embargo resulta difícil no escuchar las súplicas, las demandas humanitarias, los lamentos que llegan del otro lado del muro. Ya sé que muchos dirán: es lamentable pero no es nuestro problema, debemos pensar en nosotros. Eso mismo dicen los nacionalismos que se miran el ombligo a la vez que se desentienden olímpicamente de las calamidades que suceden en el mundo actual.

Ahora bien, si vivimos en una época de cambio lo lógico es que nos preguntemos de qué manera verificaremos el cambio o cómo mediremos la magnitud del mismo. Pienso que primero deberíamos reparar en los temas vitales, esos que nos interesan a todos y no a unos pocos que por otra parte siempre son los beneficiarios directos. La medición habría que hacerla en áreas como educación, sanidad, nutrición, igualdad, cultura, etc. Doy por sentado que algunos privilegiarán el PBI, otros el desarrollo empresarial, las reservas del Estado, o quizá los capitales depositados en los paraísos fiscales.

Como dije, el mundo ha cambiado significativamente en poco tiempo, ya nada es como era, ni el clima, ni las costumbres ni las supersticiones. Se avecina una humanidad diferente, por momentos irreconocible. En efecto, un cambio climático innegable en función de una economía basada en la emisión de anhídrido carbono y otros gases (aunque lo nieguen sus principales beneficiarios), unas circunstancias culturales que evolucionan día a día a caballo del vertiginoso desarrollo tecnológico, así como de los avances de la ciencia, la medicina y el humanismo. En fin, el tiempo transcurre y los recuerdos se tornan anticuados, salvo en nuestra imaginación, y como sostiene un amigo el tiempo sigue matándonos poco a poco sin que lo percibamos…

Se avanza en la información de los ciudadanos a través de las redes sociales, mientras que las tecnologías que reducen la participación humana en los canales de producción y empleo, terminan destruyendo puestos de trabajo. La repercusión social es alarmante, pues, el desempleo no solo alcanza a la mano de obra no calificada, sino a los graduados universitarios con méritos académicos de primer orden.

A esta altura quiero hacer mención de la narrativa de los indignados, un colectivo como dicen los españoles, que ha dado lugar a movimientos antisistema que hacen vibrar los cimientos de la sociedad. Los políticos y los medios le han endilgado esa calificación que a mi entender es inexacta, ya que la crítica a los indignados (yo me adhiero a ellos porque me siento indignado) es contra “éste sistema”, no contra todo sistema. Vengo siguiendo los sucesos de estos movimientos con vivo interés a partir del opúsculo que publicó en Francia Stéphane Hessel en el 2010.  Escuché a los indignados de Atenas en la plaza Zahir, cuando aún estaba en el poder Georgios Papandreou, también los escuche en Madrid, en la plaza del Sol, y llegué a hablar con un revolucionario –así él se calificaba- en El Cairo, a meses de la caída de Hosni Mubarak, en pleno auge de la Primavera Árabe. Sin duda las plazas se han convertido en el lugar de la catarsis y también de la resistencia. Tengo posición tomada al respecto y descreo de las condenas de los políticos y de las insidiosas críticas periodísticas, claro que esto no implica que por prudencia mantenga ciertos reparos, no acostumbro a dar cheques en blanco.

Hace unos días Nuit Debout (Noche en Pie) se reunió en la Place de la République y me recordó el clima de tensión  que se vivía en el 2005 en París, yo estaba allí por un congreso. El próximo 15 de mayo habrá una movilización internacional. Los indignados parisinos llaman a ocupar las plazas de todo el mundo durante ese fin de semana y lo divulgan a través de las redes sociales. “Habitantes del mundo entero hagamos derribar las fronteras y construyamos juntos una nueva primavera global”. La retórica de la Revolución Francesa aflora una y otra vez en estos jóvenes alborotados y empecinados en cambiar el mundo. Sus dirigentes hablan de un “viento de esperanza”, aparecido en toda Europa en el 2011, “desde Madrid a Atenas y Turquía, luego de Nueva York a Brasil y México, y finalmente Hong Kong”. Ellos dicen representar “un nuevo impulso en la lucha mundial contra la dictadura de las finanzas, la explotación de las personas y la destrucción del medio ambiente”. ¡Cómo no estar de acuerdo con este postulado!

El 15-M español, la Primavera Árabe, el Occuppy Wall Street, inspiraron a ces jeunes français. Ellos se definen como un movimiento “horizontal y apartidista”, en consecuencia hacen a un lado los verticalismos y los partidos políticos, de allí la honda preocupación en las élites políticas, económicas y religiosas, tan afectas a los privilegios y también a la corrupción. Para sus detractores es una utopía más, no se sabe lo que quieren, y traerán el caos. Me recuerda las críticas del 68 en contra del Mayo Francés. Entonces yo tenía apenas 19 años y estudiaba en la Universidad Nacional de La Plata.

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